miércoles, 6 de julio de 2011

Verano, lectura y evocaciones

                                                           A María Luisa Zamora, in memoriam

El verano tiene algo de tierra liberada, de lugar al margen. Ayer, a última hora de la tarde, mientras intentaba sobreponerme al turbión de emociones producido por la muerte de la persona querida y cercana a quien dedico esta entrada y contemplaba la pradera casi vacía de la piscina de la urbanización en que vivo, pensaba en la estrecha vinculación con la lectura que para mí tiene el verano. Vacaciones, horarios laborales distintos y, por tanto, mayor libertad para organizar el tiempo... Es una sensación extraña y expansiva que, año tras año, me lleva a poner sobre la mesa los libros no leídos o aplazados a lo largo del curso (incluso de cursos anteriores) con la voluntad de acabar  con su condición de asignaturas pendientes. Es tiempo para leer y tiempo para poner en orden los recuerdos, evocar y escribir.

Cabo de Palos, en los años sesenta del siglo XX
Recuerdo las siestas de la adolescencia y las lecturas de entonces, en aquellos largos y cálidos veranos de los años sesenta. Descubría la poesía y descubría una literatura erótica que se publicaba en España con cuentagotas y con sentido equívoco. La poesía era Juan Ramón Jiménez, un Juan Ramón que trascendía como nadie el verano (el estío, escribía él) de un pueblo próximo al mar, un pueblo blanco llamado Moguer sobre cuyo telón de fondo se levantaban aquellos poemas gozados en la Segunda Antología, un libro que todavía conservo, archisobado, en aquella edición de la colección Austral de Espasa. Recuerdo, sobre todo, una noche del mes de julio, a los 12 años, que pasé en vela intentando imitar los versos de sus primeros libros. Noche de insomnio, de una extraña y desconocida exaltación (muchos años después pensé que debió de ser, salvando las distancias, algo parecido al acceso místico que describe Teresa de Ávila) que tuvo como fruto un largo poema en romance, inmensamente malo, que guardo en algún lugar poco o nada accesible de la estantería de casa. A principios de los años noventa ese recuerdo dio lugar a un poema de mi libro El muro transparente titulado "Memoria del primer poema", del que os dejo un fragmento, quizá el más querido.


Era la noche al otro lado
de la luz amarilla de tu lámpara, era
la cercanía de las sombras
lo que daba
un tinte clandestino a aquella pluma
que extendía su incierto desafío
tras la puerta cerrada al resto de la casa
—largo sueño diario
de los seres amados, compartido paréntesis
con relojes, armarios, alacenas—
con lentos octosílabos que hablaban
del Juan Ramón violeta
que dormía también bajo aquel techo
en un libro de tapas bien  gastadas
por roces y caricias de un muchacho,
no sabes si soñado, que buscaba en sus páginas
una luz intuida  y, sobre todo,
el brillo inexplicable,
la fortaleza misteriosa
del arte.
               Tú tenías
doce años tan sólo
y un desván de palabras
temblando en el tintero.

Sí, descubría la literatura erótica, cierta literatura que tenía, entonces, esa etiqueta y que mi padre, carente de toda cultura literaria, compraba para que yo fuera adquiriendo, indirectamente, algo parecido a una formación sexual: recuerdo dos libros de aquella época. Edad prohibida, de Torcuato Luca de Tena, una novela que en aquellos años tuvo ediciones millonarias (creo que hoy es una novela de formación recomendada por sectores conservadores) y Lola, espejo oscuro, de Darío Fernández Flórez. Recuerdo, en ambas novelas, escenas de iniciación al sexo protagonizadas por adolescentes, ambientes prostibularios y la sombra de la culpa proyectada desde una concepción católica de la existencia.

Pero el verano fue, también, el acceso al erotismo sutil de la entonces jovencísima Françoise Sagan en una memorable narración (novela corta o relato largo), Buenos días tristeza, en días de playa en un pequeño pueblo de pescadores junto al Mar Menor mientras (era en 1966, o en 1967) las noches de mis quince años las llenaban los ecos de  las primeras melodías de Los Beatles, o de su versión española, jamás igualada, Los Brincos, o la versión musical de la Sagan en la voz de Silvie Vartan, o Johnny Halliday.

Memoria del verano de 1985 y de la inmersión, lleno de asombro, en las fiestas de una Costa Azul mítica protagonizadas por los personajes de Scott Fitzerald en Suave es la noche, novela que leí compulsivamente, en noches sucesivas y a la luz del porche, en casa de María Luisa, allá en las tierras prealcarreñas de El Casar de Talamanca, tierra de estepa y de trigales anchos, tierra de parte de la infancia de mi hija, tierra, hoy, de odiosas despedidas, mientras sonaba, al fondo, "el coro de los grillos que cantan a la luna", que diría Antonio Machado. Cinco o seis veranos más tarde (¿o fue el siguiente?) me enamoré de una libertina Emma leyendo, también bajo la luna de agosto aunque no de la Alcarria, sino de la sierra norte madrileña, Madame Bovary, de Flaubert. Siete años después, en el verano de 2000, en noches menorquinas llenas de olores a madreselva y a sal, leería El gran Gatsby, también de Fitzerald, y la estremecedora obra maestra de Truman Capote, A sangre fría.


Atardecer en el Mar Menor. Verano de 2010
 Veranos de música y aprendizaje. De descubrimientos y siestas interminables. De noches de fiesta y de amistad.. Pero sobre todo, veranos de lecturas, de sedimentación de una memoria que, con el paso de los años, se ilumina viendo las pasiones, los descubrimientos, las lecturas de mis hijos, de los "sucesores" en la hermosa tarea de vivir esas experiencias. Verano de Helena y el mar del verano, de Julián Ayesta; verano de Carver y Catedral, de Eliot y La tierra baldía, o de Carlos Álvarez y Aullido de licántropo en aquel año 1976, de lecturas nocturnas oliendo el galán de noche en Sanlúcar de Barrameda, ese lugar en que E. y María Luisa, su hermana, acabaron convirtiendo en un territorio mítico, en el espacio de todas las infancias y de todos los sueños imposibles (ella, en este verano duro de 2011, estará, con toda seguridad, allí respirando el aire inflamado de jazmín de sus noches eternas), verano de mi última novela.....

Todas esas sensaciones, irrepetibles, que cuantos ahora leéis este post habéis vivido de manera similar, encuentran su síntesis en esta hermosa canción, Summertime, interpretada por dos genios de la música del siglo XX: Ella Fitzerald y Louis Asmstrong. Tiempo de verano. Escuchemos. Para todos y, sobre todo, para ti, María Luisa.

jueves, 16 de junio de 2011

A Armando López Salinas y a Carlos Álvarez, por encima del tiempo

El pasado 10 de junio se celebró, en el Ateneo de Madrid, un homenaje a dos escritores emblemáticos de la literatura comprometida. Al narrrador Armando López Salinas y al poeta Carlos Álvarez. No pude estar presente, pero envié un texto en el que contaba mi relación con ellos desde los tiempos de la pretransición en España.  Invito al lector a leerlo en las líneas que aparecen más abajo. Sólo he corregido aquellas frases que aludían al acto "en vivo".

Con Armando y con Carlos, gran parte de los escritores y ciudadanos que fuimos adolescentes y alcanzamos la primera juventud bajo la dictadura, que maduramos en la transición política, tenemos (tengo) una enorme deuda. En primer lugar, la deuda de haber aprendido de ellos lo que significa el compromiso, la dedicación de parte de la vida a la construcción de un mundo mejor, más justo, más democrático, más equilibrado. En segundo lugar, la deuda literaria: yo, como muchos otros jóvenes de mi generación, encontré en sus libros algo que no nos enseñaban ni en el colegio ni en el instituto: que la literatura podía hablar de nuestra realidad más próxima, podía enseñarnos acerca de las grandes incertidumbres de la condición humana, mostrarnos la cara más dura de la desigualdad, de la explotación. Podía ofrecernos realidad a manos llena pero también ternura, solidaridad, cercanía, piedad, ira, ternura y protesta.

Mi memoria de Armando López Salinas

Descubrí esa cara de la narrativa cuando leí Caminando por las Hurdes, de Armando y de ese otro gran narrador de los años cincuenta, hoy felizmente recobrado, Antonio Ferres, hace ya tantos años que he olvidado el momento. Bueno, sólo tengo claro que lo leí en una España todavía dominada por el franquismo y en la que la lucha democrática se desenvolvía en la clandestinidad. Después leí La mina, ese homenaje enorme a quienes, siendo protagonistas anónimos de la Historia, casi nunca lo han sido de la literatura. Pero Armando para mí es mucho más (aunque quizá él no sea consciente). Es mi infancia en el barrio de la Alegría, al lado del barrio de la Concepción, donde él ya entonces (hablo de finales de los años cincuenta) era un mito como escritor y como militante comunista en la clandestinidad. Después, en los años setenta, compartí con él muchas reuniones. Yo era el joven militante con vocación literaria que sabía que Armando López Salinas formaba parte de la Comisión de cultura del PCE y de su Comité Central, que era parte de la historia viva de la literatura española y que no por ello había renunciado a una vida política activa. Pero aquellas reuniones no eran sólo las de la Comisión de cultura. Eran, también, las de la llamada federación este del partido. Eran las de las asociaciones de vecinos de los barrios de Quintana, Concepción, Ciudad Lineal, San Blas, Moratalaz. Las de los hombres y mujeres más concienciados de unos barrios que comenzaban a construir la democracia. En ese tiempo supe que Armando había publicado otra novela, una novela que hablaba de los barrios, de la periferia de aquella capital que todavía no había dejado de ser un poblachón manchego, del mundo de la industria y de la menesterosidad, también de la resistencia de un Madrid hoy desconocido. La novela llevaba por título Año tras año, fue publicada por Ruedo Ibérico en Francia y hace algunos años fue rescatada por una pequeña editorial española. Os la recomiendo vivamente.

Armando: nunca olvidaré lo que aprendí de ti como militante, como hombre comprometido. Nunca olvidaré tu ejemplo de escritor atento a la realidad de los humildes y buscador de mundos mejores y no sabemos si imposibles. La última vez que nos vimos fue en una manifestación contra la guerra. Hablamos de política y de literatura. Me contaste que habías recuperado la escritura de una novela que llevaba años interrumpida. No sé si la has acabado. Si fuera así nos darías una gran noticia. Vaya para ti, con mi admiración y con mi profunda pena por no acompañarte hoy, mi abrazo de compañero, de camarada, de colega, de amigo con mayúsculas.

El poeta Carlos Álvarez

¿Qué decir de Carlos Álvarez? Que fue para mí una novedad maravillosa saber que más allá de la poesía comprometida de Blas de Otero y de Gabriel Celaya, vinculada con la militancia política de izquierdas, estaba su poesía: la poesía de un joven e irreductible escritor comprometido Más que leerlo, lo escuché en la voz de algunos cantautores en aquellos primeros años setenta de vida militante, de activismo sin horas en los barrios situados, según nos dejó señalado Francisco Candel en una de sus novelas, “Donde la ciudad pierde su nombre”. Recitales en salas de viejas parroquias, en naves industriales, o al aire libre, en edificios púbicos del barrio de la UVA de Hortaleza. Lo escuché en la voz de Luis Pastor y en la voz de Gabriel González en poemas que hablaban de explotación, de afán liberador, de las servidumbres del trabajador en una sociedad dictatorial y profundamente injusta. Supe que su poema en el que evoca el juego del billar, en el que “la bola roja está roja / de los golpes que le dan” era una metáfora de su propia condición de preso político en una celda de castigo del franquismo (creo que en la cárcel de Carabanchel): “No puede haber otro juego / tan cruel como el billar: / tres hombres en una celda / condenados a chocar”, había escrito Carlos y lo cantaba Luis Pastor.

Era entonces el poeta de Escrito en las paredes, de Estos que ahora son poemas… serán mañana piezas de un sumario. Busqué sus libros y allá por el verano de 1976, en una pequeña librería de Cádiz, encontré una pequeña joya poética, de poesía comprometida, sí, pero de poesía con mayúsculas. Me refiero a Aullido de lincántropo, en la edición de Ocnos, aquella colección que dirigía Carlos Barral y que marcó una época decisiva en nuestra poesía. En Aullido... había una poesía exigente, atenta a la realidad, comprometida. Y en Aullido... estaban buena parte de los poemas que había escuchado en la voz de Luis Pastor y de Gabriel González. Después, vinieron más libros y vino… la amistad. No recuerdo dónde nos conocimos, seguramente en alguna reunión del PCE, o en un acto literario a medio camino entre la cultura y la política. El caso es que nos hicimos amigos, es que discrepamos mucho y muy abiertamente, que polemizamos y que nos reímos hasta decir basta cuando coincidimos en algún evento, sobre todo en el jurado anual del premio Andrés García Madrid que promueve el Ateneo Primero de Mayo, lugar donde cada año renovamos la amistad.

Carlos: siempre serás para mí el símbolo de la poesía que no se pliega ante las circunstancias. De la poesía resistente y a la vez iluminadora y combativa. De la poesía en definitiva. Te dejo aquí, al igual que a Armando, mi abrazo de compañero, de camarada, de colega, de amigo. Hasta siempre y espero que no tardando mucho podamos compartir mesa en un acto de presentación de la nueva edición de Aullido de licántropo.

Fin

Mi abrazo para los dos. Para Armando, el narrador imprescindible. Para Carlos, el poeta que nunca se doblegó. En los tiempos en que vivimos, en los que, en Europa, en España y en el mundo la derecha y las clases dominantes desarrollan, en todos los planos, también en el cultural, su ofensiva, ejemplos como los vuestros deben enseñar a las nuevas generaciones que la literatura y la política no pueden vivir en ciudades distintas. Que deben compartir la misma ciudad: la de la literatura comprometida con su tiempo y con la gente.

Os dejo con una lectura de poemas de Carlos en el Ateneo de Madrid en febrero de 2007.

lunes, 6 de junio de 2011

Portbou: lugar de la memoria derrotada, lugar del poema que vence a la derrota

El 27 de septiembre de 1940, el filósofo alemán Walter Benjamin murió en la localidad fronteriza de Portbou. Él simbolizaba como nadie la quiebra del pensamiento progresista, democrático y marxista, en la Europa asolada por el nazismo. Moría exiliado de su país y su ciudad de origen, en el más absoluto abandono y en la soledad de abismo de los derrotados y de los perseguidos. No fue una muerte más (todas terribles, sin duda), sino fue la muerte en la que quedaba representada lo más brutal apuesta de una ideología que de cuando en cuando resurge amenazante en la llamada Europa del bienestar. El desprecio del pensamiento, el enterramiento de cualquier discrepancia, la dominación de las armas y del terror, la condena y exterminio del diferente, la relegación de la crítica, de cualquier crítica a ser metáfora de la nada.


Terminó la Segunda Guerra Mundial, cayeron el nazismo y el fascismo (mucho después, demasiado tarde, lo harían las dictaduras de España, Grecia y Portugal), pero la conciencia de los derrotados, de las víctimas, de los testigos y de quienes sin serlo directamente se han sentido también víctimas,  transmitida de padres a hijos, ha seguido y debe seguir conformando la sensibilidad y el pensamiento de Europa y de los europeos. También de la poesía, que hoy más que nunca no debería ser "concebida como un lujo/ cultural por los neutrales", que diría Celaya. Antonio Crespo Massieu, poeta y narrador a quien me referí en este blog, con motivo de la publicación de los cuentos de El peluquero de Dios , acaba de publicar un gran libro de poemas o libro-poema: Elegía en Portbou.

Está dividido en diez capítulos o cantos a través de los cuales su palabra, intensa, llena de capacidades reveladoras, elusiva de la facilidad y no por ello hermética, va tejiendo el enorme paño de la conciencia contemporánea. En el libro, cuyo telón de fondo es la hermosa ciudad prepirenáica en la que se encuentra una de las más hermosas estaciones ferroviarias de España, se acerca a la peripecia humana., estética y moral de personajes que han contribuido a la construcción de los últimos 60 años de nuestra historia y de la historia de Europa.


El exilio, las distintas migraciones, la muerte, la realidad de los campos de trabajo y de los campos de exterminio, la peripecia del pueblo judío ante la memoria del Holocausto, los sueños emancipadores, la muerte de los que hicieron aportaciones decisivas al pensamiento o a la literatura y la de quienes, como personajes humildes, sólo conocidos por su nombre propio, sin apellidos, aportaron su pequeño grano de arena al edificio de la Historia. En Elegía en Portbou está Antonio Machado, paradigma de nuestros muertos desterrados, pero están también Rosa Luxembugo y Karl Marx,  Rainer María Rilke y Paul Celan, Francisca Aguirre y su dolorida memoria de posguerra junto a Sancho, Padín, García, Vega, Franco, Rivada, nombres apenas conocidos de quienes portaron el féretro con los restos de Machado hasta el cementerio de Collioure.


La poesía es un modo de adentrarse en el agujero negro del lenguaje, allá donde vida y muerte se interrelacionan y confunden. Pero es también un instrumento de la memoria para conectarnos con aquellos sótanos que existen pero que se mantienen ocultos a la mirada, a nuestra realidad de cada día. La Elegía de Antonio Crespo es una bajada a esos sótanos: recorre paisajes, reconstruye experiencias, se interna en la mente de cada uno de sus personajes y funde su mirada con la que imagina para ellos. El dolor, la pérdida, la decepción, pero también la alegría, los sueños, la identificación con las aspiraciones colectivas que marcaron toda una época pueden trasladarse sin que pierdan un ápice su vigencia, su capacidad de emocionarnos, a un presente como el que vivimos. Jorge Riechmann, durante la presentación del libro en la librería La buena vida el pasado 25 de mayo nos recordó que no han desaparecido las amenazas autoritarias, que los fascismos están ahí, agazapados detrás de la crisis financiera, al otro lado de unas democracias en parte demasiado autosuficientes y anquilosadas y en parte demasiado vulnerables. 
Portbou en los años 40
Esa reflexión despertará en el lector con sólo abrir el libro e iniciar la lectura del primer poema. Para ayudarle, para invitarle a que dé ese paso, aquí les dejo ese poema . Hermoso y desasosegador. Leámoslo:

¿A PARTIR DE CUÁNDO?

¿A partir de cuándo el ángel, el pájaro,
desde cuándo la herida, el canto, lo quebrado,
el asombro, la suave permanencia, la luz,
desde cuándo la música, su ingrávido descenso,
la claridad bañando el mundo, la palabra
escalando la noche, vaticinando, gira que gira,
el gozne, lo entreabierto, la cadera herida, la piel
marcada, lo que rodea y abraza, lo circunciso,
la agrietada fidelidad, la fraterna constancia
de lo que contemplan los contemplados,
a partir de cuándo el silencio y sus sombras,
desde que tiempo sin tiempo horada renuncias,
enumera traiciones olvidos cuándo.

Quién escuchó el pájaro, la luz, la carne,
quién la dijo, desde dónde la inventó, la bautizó
y sacralizó el instante, lo venidero como esperanza,
un sueño terso que adivina lo posible, lo nunca acaecido
y sin embargo siempre preguntado, indagado
en temblor, hueco, cuenco de vigilia, descenso, regreso.

¿A partir de cuándo el pájaro, la luz?
¿desde cuándo el cazador, el oscuro silencio?
¿a partir de cuándo?

Cuando llegó el verbo y fue sangre, boca, saliva,
cuando pobló, nombró, dijo, permaneció

Mas ¿cuándo llegó el verbo?
¿cuándo el pájaro y su canto?
¿a partir de cuándo el canto?
¿cuándo su renuncia?

viernes, 27 de mayo de 2011

Mi tía Julia y nuestros mundos


Domingo, 15 de mayo, día de nubes y claros en el que Madrid celebra un San Isidro entre electoral y lúdico. A las pocas horas de volver del valle y tras un largo paseo por uno de los parques del barrio, veo un mensaje en el contestador automático, ese aparato cuyo uso se va limitando bajo el dominio del teléfono móvil. Lo escucho y alguien me comunica que mi tía Julia ha fallecido, que sus restos estarán a partir de determinada hora en el tanatorio. De pronto, inmerso como estaba en preocupaciones colectivas como la actualidad electoral o la inminente presentación del primer volumen de la obra completa de Javier Egea, me encontré de bruces con la intimidad. Con la memoria más honda y callada. Hacía décadas que, ocupado en mi vida personal y mi propia familia, que mantenía a mi tía Julia en ese desván semioculto que todos tenemos en el corazón y donde reposan rostros y nombres que jugaron algún papel en nuestra vida. Sin embargo, ese día, en que comenzaba el movimiento Democracia real ya, volvió mi tía Julia. Y volvió su mundo, un mundo que en parte fue mío y que creía olvidado para siempre.

La casa estaba situada en una bocacalle que,entre las estaciones de metro El Carmen y Quintana, salía a Alcalá, en esa zona híbrida en la que nacen las calles que van hacia el barrio de la Concepción o hacia La Elipa, espacios hoy digeridos por la urbe central y entonces, en el tiempo de mi tía Julia, extrarradio puro y duro.

Mi tía Julia, en la que siempre he pensado cada vez que he leído el título de la conocida novela de Mario Vargas Llosa, era costurera, o modista, trabajaba en su casa, tenía dos hijos y quedó viuda muy joven. Su marido murió con treinta y ocho años, a mediados de la década de los sesenta, y con ella, en una casa con patio de vecinos cercana a la entonces llamada Carretera de Aragón y hoy calle de Alcalá, vivían mis dos primos, declarados huérfanos de un día para otro. Mi tía Julia representó a una multitud de mujeres que, como mi madre, como tantas otras mujeres "niñas de la guerra" tuvieron que renunciar a la vida en aquellos años.O al menos a un vida completa y visible.  Mi tía Julia llenó una parte de las tardes de mi infancia y para mí ha sido siempre la más concreta representación humana de la calle de Alcalá, del tramo que cuando yo era niño todo el mundo denominaba carretera de Aragón.

Recuerdo las tardes de verano en el patio, bajo una inmensa higuera, jugando con mis primos, leyendo tebeos y novelas ilustradas,  mientras mi tía recibía a potenciales clientas a las que tomaba medidas para futuros vestidos, o abrigos, o trajes de chaqueta. A veces, mi madre la ayudaba y, a la vez, aprendía los trucos de la confección, del corte, de una sastrería casera que, en aquellos años de precariedad económica, tenía algo de tabla de salvación. De esas tardes me han quedado palabras con un trasfondo entrañable: sisa, manga ranglan, percal, tiro, jaboncillo, punto de cruz... Mi tía Julia tenía la voz algo chillona, le gustaba bromear y durante largos años fue la tía viuda y todavía joven que aparecía en las reuniones familiares, muy habituales en aquella época en que los primos éramos niños, estábamos descubriendo el mundo y ellos, nuestros padres, eran jóvenes.  Reconozco que, ya en la adolescencia, me pregunté por el mundo que podía ocultarse tras su condición de viuda. Me llenaba de curiosidad cómo sería su vida íntima, pensaba en posibles amantes, en la eventualidad de que conociera a otro hombre y volviera a casarse. Y, al pensar en ello, pensaba también en mis primos, en cómo vivirían la condición de viuda todavía joven de su madre.

Junto a ello, del mundo de mi tía Julia recuerdo, sobre todo, mis salidas, con ella y con mi madre, a la calle de Alcalá, un hervidero comercial en expansión que tenía algo de Gran Vía improvisada para los barrios de los alrededores: Elipa, Concepción, de la Alegría, San Pascual, Canillejas, San Blas, Vicálvaro... Tiendas de bolsos, zapaterías, tiendas de confección para niños, señoras, caballeros, peluquerías, cafeterías iniciáticas (después serían los primeros sandwiches, las primeras cañas) y, sobre todo, cines. Aquel era, para mi tía Julia, para mis primos, para todos mis amigos del colegio, el territorio mítico donde la magia del cine tomaba tierra. Nombres como Mundial, Lepanto, Ventas, Aragón son inseparables de mi educación sentimental. Eran puertas a otros mundos, escaparates llenos de afiches, de carteleras que hoy vuelven a mí con el olor a ozono y lavanda que, en salas y vestíbulos, edulcoraba la acritud de aquel tiempo. Estaban allí, como seres vivísimos, esperándome a muy pocos metros de la casa en que mi tía Julia pasó gran parte de su vida. Hoy, como ella, han dejado de acompañar a los paseantes de la vieja carretera de Aragón.

Mi tía Julia falleció el pasado 15 de mayo. Como me dijo otro familiar por teléfono: "Julia nos ha dejado". Con su marcha compruebo con cierto vértigo cómo está a punto de extinguirse, en mi entorno familiar, la generación de "los niños de la guerra". Sólo vive, al día de hoy, la que fuera hermana menor de mi padre. Los demás, todos, nos han dejado. Una generación que se extingue: de nosotros depende preservar su memoria. La memoria colectiva.

viernes, 6 de mayo de 2011

Álvaro Salvador puntualiza mi columna en Culturamas. Sobre la Poesía completa de Egea



 El pasado lunes publiqué en la revista cultural digital Culturamas.es mi columna Espejo y tinta. En ella, a la que el lector puede acceder pinchando en su título, reflexionaba sobre algunas discrepancias expresadas por el poeta y catedrático Álvaro Salvador sobre la edición del primer volumen de la Poesía completa de Javier Egea. El artículo al que yo replicaba apareció en el diario Granda Hoy y llevaba por título "Olor a espera" . Pues bien, Álvaro Salvador ha escrito un nuevo artículo puntualizando algunas afirmaciones reflejadas en mi columna. Ante la imposibilidad de que su artículo apareciera como réplica en Culturamas.es en razón de su falta de encaje en la estructura de la publicación, invité a Álvaro Salvador a replicar en mi blog. A continuación pueden leer su artículo.  




                           OTRAS PUNTUALIZACIONES A MANUEL RICO 

                                                                                       por Álvaro Salvador

      El señor Manuel Rico afirma en su artículo que yo no me alegro de la edición de la Poesía Completa de Javier Egea, a pesar de que comienzo mi reseña con las siguientes frases: "Se publica, a los once años de su muerte ¡ya era hora! la poesía completa de Javier Egea. Y se publica en una buena editorial con prestigio y difusión nacional. Agradecemos, pues,a la editorial Bartleby y al prologuista, director de la misma, su interés por la obra del genial poeta granadino." Y más abajo añado: "...el prólogo de Manuel Rico me parece un ejemplo de imparcialidad,rigor y saber hacer crítica literaria. No en vano, es suficientemente conocida su trayectoria como crítico de poesía en alguno de los mejores suplementos literarios que se editan en España. "
      No obstante y, a pesar de afirmar que no le gusta contestar a las críticas que hacen de sus obras, Manuel Rico parece haberse sentido tan molesto con las simples "puntualizaciones" que yo hequerido hacer a su prólogo que, al final, ha acabado dedicando a su refutación casi cinco mil caracteres. El señor Rico, quizá porque yo no he sabido introducir la suficiente ironía en mis preguntas retóricas, se siente ofendido porque cree que con las mismas yo quería acusarlo de ignorancia. No era esa mi intención, mi intención era la de señalarle que no era justo que esgrimiera argumentos desde su condición de autor, olvidando la de crítico y editor. Pero si quiere que hablemos de ignorancias estaré encantado de decirle que yo no he sido incluido en ninguna de las prestigiosas y extraordinarias antologías publicadas en los últimos treinta años y en las que se recoge a los poetas de la experiencia. No tiene más que repasar esas antologías (cosa que no debió hacer con la suficiente atención cuando escribió el prólogo ni cuando escribió el artículo de respuesta) y verá que en ninguna, ninguna, ninguna, a excepción de "1917 versos", en la que también está Egea, por cierto, y la recientemente publicada sobre "La poesía de la experiencia" por Araceli Iravedra están incluidos mis poemas. Ni tampoco en la de Marta Sanz en la que sí está incluido, como él señala, Javier Egea. Así que, al menos, este aspecto, sí que lo ignora el crítico de poesía española Manuel Rico. Y sin embargo, en su introducción da la impresión de que yo he sido favorecido por la crítica y los antólogos mientras que mi compañero y amigo Javier Egea fue marginado sistemáticamente.
      En relación con otras ignorancias, yo no dudo de que el señor Rico leyera con verdadera fruición y entusiasmo la difícil de encontrar (en Maillot Amarillo o Hiperión, por ejemplo) obra de Javier Egea, pero lo cierto, lo constatable, lo empíricamente demostrable, es que el crítico no se ocupa de Javier Egea hasta el año 2002.
      Y finalmente, por supuesto que en Javier Egea hubo siempre una vena irracionalista, oscura, neorromántica, pero también estuvo siempre claro en él el propósito de elaborar “otra” poesía distinta, que no tuviese nada que ver con lo que él consideraba los lastres de los discursos poéticos tradicionales. Él se esforzó siempre (en ocasiones contra su porpia querencia irracionalista) por escribir una poesía que llegará sin dificultad a la mayor cantidad de lectores.
      Si hay alguna persona que se alegra de la publicación de un libro que debía haberse publicado hace diez años, ese soy yo. Sin embargo, no me alegro de que se sigan perpetuando los mitos y las inexactitudes relativas a Javier Egea, a su persona, a su biografía y a su obra. Y me duele que personas consideradas por mí hasta hoy como valiosas y sensatas se dejen convencer por el discurso de la maledicencia y el rencor. La nota de los supuestos editores Hernández&Alcántara, que el señor Rico califica de respetuosa, está ahí en el libro, en la página 59, para que el que quiera y tenga ojos, la lea y juzgue.

miércoles, 4 de mayo de 2011

¿Página 2 o Best-seller 2? Una reflexión en cuatro tiempos

UNO
El pasado Día del Libro, Página 2, el programa de La 2 de TVE, emitió un especial sobre el evento. Óscar López, el dinámico periodista cultural que ha logrado imprimir un ritmo no menos dinámico a un programa dedicado a los libros, no se alejó, sin embargo del gran déficit que históricamente arrastra el programa.  Fue un mero recuento de best-sellers, como si la labor de los responsables del programa se hubiera limitado a solicitar de las más poderosas editoriales sus libros más vendidos o exitosos con independencia de sus valores literarios. Por la pantalla pasaron  María Dueñas, Javier Sierra, Lorenzo Silva, Julia Navarro, Juan Eslava Galán, Carmen Posadas, Espido Freire, entre otros,  para concluir con un Noah Gordon que es el rey de reyes de todos los best-sellers que en el mundo han sido. Es decir, Página 2 no aportó absolutamente nada que no aporten los anaqueles de los hipermercados y grandes almacenes en sus secciones de librería.  En el fondo, se convirtió en un gran panel publicitario de sellos editoriales que no lo necesitan porque son, de manera legítima y no discutible obviamente, quienes suelen ocupar las mesas de novedades de todas las librerías y puntos de venta del país.

DOS
¿Existen, para ese programa, las pequeñas editoriales?. ¿Y la poesía y los poetas? ¿Y el ensayo y los ensayistas más allá de la "autoayuda de calidad"? Podría entenderse esa propensión al best-seller en el caso de una cadena de televisión vinculada a algunos de los grandes grupos editoriales que dominan el panorama de la venta de libros (que no el panorama literario, esa es harina de otro costal), pero una televisión pública que está al servicio de todos los ciudadanos, lo que quiere decir al servicio de todos los lectores, de todos los escritores y de todos los editores no puede, sin rubor, hacer de prolongación publicística o propagandística de los grandes grupos. Sabemos que hay grandes escritores con una obra de hondo aliento, literariamente rigurosa y profunda, que venden muchos ejemplares y que, como cualquier otro buen escritor, tienen que estar ahí: pienso en Javier Marías, en Eduardo Mendoza, en Mario Vargas Llosa, en Juan Marsé, en Ricardo Piglia, en Enrique Vila-Matas... Pero no nos acaban de encajar otros autores que nada aportan al panorama literario y cuyo único o esencial mérito es vender mucho y estar en todos los foros de lo que llaman mundillo, en una mutación del espacio de la literatura en una suerte de espacio de la prensa rosa del mundo del libro.
TRES
Era el Día del libro. Un par de semanas después de que Juana Castro obtuviera el Premio de la Crítica con un hermoso libro, Cartas de enero, que ni fue mencionado (no es de extrañar: no hubo un sólo poemario entre los recomendados), casi al tiempo de que llegara a librerías, después de más de tres décadas, el nuevo libro poético de Félix Grande, La cabellera de la Shoá, incluido en la nueva edición de Biografía, su poesía completa o en paralelo con la aparición de las cuatro novelas cortas de Manuel Longares, publicadas  bajo el título Las cuatro esquinas, o de la poesía completa de Antonio Colinas, o de Javier Egea.. Menciono tres pequeñas muestras de los silencios de Página 2 en el Día del libro pero éstos podrían ampliarse casi hasta el infinito.

Una cadena pública de televisión no puede caer en semejante despropósito. Decenas de pequeñas editoriales, numerosos poetas, muchos excelentes, ensayistas y pensadores que indagan en las grandes sombras que se ciernen sobre nuestra realidad, narradores minoritarios (o recluídos en el espacio de lo minoritario en razón de las editoriales en que publican, casi siempre modestas) de prosa innovadora y ambiciosa, traducciones de grandes poetas extranjeros realizadas por poetas españoles o latinoamericanos excelentes.  Todo queda fuera de la televisión pública, de Página 2. Y ante ello, caben algunas grandes preguntas: ¿necesitan los best-sellers el apoyo mediático de TVE? ¿Cuántos autores con una obra de muy alta calidad, superior en muchos casos a la de los llamados "superventas", aparecen en la pequeña pantalla? Si no es la televisión pública, ¿quién puede proyectar más allá de lo puramente testimonial la grandiosa labor que están realizando modestas editoriaales con catálogos de calidad indiscutible pero editando casi de milagro, viviendo económicamente en el límite de lo imaginable?  Preguntas para las que quizá no haya respuesta. Desde hace mucho tiempo, quizá desde los tiempos en que, con Paco Solano y Ángel García Galiano y bajo la producción de Blanca Navarro, realizaba el programa Libromanía para Europa FM (un programa que pese a ser galardonado con el Premio Nacional de Fomento a la Lectura fue suprimido de la parrilla de esa cadena privada), he pensado en las enormes posibilidades con que cuenta la televisión para fomentar la lectura, para cultivar el gusto por la literatura de calidad, para promocionar experiencias apenas conocidas que se desarrollan en cualquier rincón del país: bibliotecas de barrio, editoriales artesanales, recuperación de autores olvidados, editoriales que se arriesgan con la poesía, con poetas nuevos y con poetas consagrados,  rutas literarias, debates sobre el mundo del libro, experiencias novedosas desarrolladas en distintas comunidades autónomas, o municipios....

CUATRO
 Si Página 2 no depende de la publicidad, ni del apoyo de los grandes grupos puesto que se financia vía presupuestos generales del estado, ¿por qué su contenido descansa casi en exclusiva en lo superpromocionado previamente, en el best-seller, en los autores consagrados en los paneles y mesas de novedades de los grandes almacenes, de los hipermercados? Nombres como Gadir, Bartleby, Devenir, Rey Lear, Libros del Aire, Calambur, Ediciones del Viento, DVD, entre otros muchos... ¿no merecen asomarse a un programa como Página 2?

Difícil tiene el mundo editorial, sobre todo la parte más débil, las pequeñas empresas,  la salida de la crisis si en la televisión pública no encuentra una ventana por la que mostrar la calidad de su trabajo y de sus catálogos. No todo es abrir líneas de crédito a través del ICO, ni ayudas ministeriales o autonómicas a la edición. Darles voz, ofrecerles escaparate público, nuevas posibilidades de encuentro, a través de la pantalla, con lectores y amantes de la literatura, con posibles degustadores de sus libros, es también una función de programas como Página 2. El ejemplo no está demasiado lejos: ahí están La estación azul o El Ojo Crítico, de RNE (junto a algunos otros de Radio 3), o Borradores, de Aragón TV, entre otros ejemplos en las antípodas de la pasión best-selleriana de Página 2.

martes, 26 de abril de 2011

Celebración del 25 de abril y celebración del tiempo. Mi homenaje.

Mantengo inédito un libro titulado Mis días de los ochenta. Es un diario que algún día publicaré y en el que fui escribiendo mis experiencias vitales, literarias, sociales, políticas, sentimentales... entre los años 1983 y 1990. Tiempo anterior a Internet, a las bitácoras, al blog. De ese diario rescato este fragmento (no podría escribir otro mejor) dedicado a la conmemoración del 11 aniversario de la Revolución de los claveles en Portugal. Lo escribí el 26 de abril de 1985. Con él conmemoro nada menos que el 36 aniversario. Ahí os lo dejo.


"AYER fue veinticinco. Símbolo y metáfora del sueño de un Portugal nuevo de once años atrás. Aquel día de 1974 yo no había cumplido los veintidós años. Apenas nos habíamos repuesto del pinochetazo de siete meses antes cuando una mañana irrepetible supimos que en el país vecino, a los acordes de José Afonso y su Grandola, los cañones de los fusiles se llenaban de flores, la sonrisa encendía los rostros de los chiquillos, los adultos, ante aquel regalo inesperado, se sentían niños y un aire de libertad comenzaba a extenderse por la península aventando viejos fantasmas y temores y, con ellos, la realidad gris bajo la que nuestra vida se desenvolvía. Por aquel entonces yo vivía un peculiar destierro por razones sindicales y políticas en el Banco Popular, empresa en la que trabajaba desde los diecisiete años, un destierro que compartía con otros compañeros en una vieja y kafkiana nave semiabandonada y próxima a la Puerta de Toledo. Recibimos la noticia de aquel amanecer con una euforia no disimulada. Una euforia que se fue acrecentando con los días y, sobre todo, con los viajes. Cómo no recordar el aluvión de visitas de fin de semana a Portugal, o la invasión de nuestras casas, de los locales de las asociaciones de vecinos, de los clubs parroquiales y de otras organizaciones heterodoxas y semilegales, por pegatinas, posters, grabados, fotografías y todo tipo de objetos alusivos a una libertad que en nuestro país nos era negada y que buscábamos en el vecino del oeste en la conciencia de que la dictadura bajo la que sobrevivíamos a duras penas tenía los días contados.

"Más que el acontecimiento histórico que refieren las reseñas conmemorativas que estos días aparecen en la prensa, de los reportajes radiofónicos y televisivos (TVE ha dedicado el programa “En portada” al aniversario), el 25 de abril es una marca, una huella indeleble en nuestra memoria, en la memoria de mi generación. Aquel mundo de color, de banderas, de sueños al fin cercanos, de claveles, de viajes de fin de semana, ha quedado anclado para siempre en el catálogo de días felices que hemos vivido quienes en 1974 éramos muy jóvenes. En lo que a mí respecta, he de confesar que todavía me sigue emocionando casi hasta la lágrima aquel cartel en el que un niño rubio, de pelo rizado, introducía el tallo de un clavel rojo en la boca de un fusil. Durante muchos años ese cartel estuvo expuesto, siempre en un lugar preferente, en nuestra casa. Debió desaparecer en alguna de las mudanzas. Pero en todo caso, su recuerdo es, inevitablemente, la síntesis de un tiempo, de un estado emocional, de un sueño sólo parcialmente cumplido".
         
                                                                En Madrid, a 26 de abril de 1985

sábado, 16 de abril de 2011

En Granada, un 14 de abril inolvidable: volvió Javier Egea

El 14 de abril, día de la República, fue jueves. Un jueves de cielos despejados, sol intenso y verdes estallantes. Tanto en el Madrid que, al filo del mediodía, Pepo Paz y yo dejábamos atrás como en la Granada que nos esperaba al final de la carretera para acoger la tan esperada presentación del primer volumen de la poesía completa de Javier Egea. Durante el viaje, editor y prologuista hablamos largamente de la experiencia que estábamos viviendo, y de Granada, y del microcosmos en que Javier escribió la casi totalidad de su obra poética. Desde la tarde del 14 de abril de 2011, metidos en un Renault Scenic devorando kilómetros hacia el sur, no era fácil pensar que el autor del libro que íbamos a presentar horas después hubiera decidido suicidarse hacía doce años. Era como si viajáramos a un lugar ficticio, al escenario de una pesadilla. Como si en Granada, en alguno de sus cafés o de sus bares, fuéramos a encontrarnos con el autor del libro.

Egea, en La Herradura, conversa con Eduardo Castro,
 periodista de TVE
Llegamos a media tarde, a eso de las seis, a Granada. La ciudad del Paseo de los Tristes, la Granada de la que supimos en Madrid allá por los ochenta como escenario de un nuevo modo de afrontar la realidad a través del poema, nos esperaba. Cierto que no era la que caminaba por las Avenida de la Constitución, compuesta por paseantes anónimos, escolares de vuelta de clase, mujeres con bolsas de la compra, seguramente ajenas al poeta-novelista-crítico y al editor que caminaban hacia la librería Nueva Gala. Pero yo tenía la extraña sensación de que aquel aire con olor a primavera nos esperaba. De que nos esperaban los escaparates, la cafetería donde tomamos café antes de llegar a la librería, el adoquinado de las calles, las tiendas, la gente que ocupaba los veladores... El mundo que se  conmocionó un día del verano de 1999 ante la noticia de que un poeta extraño había decidido acabar con su vida, nos esperaba. Porque la Granada literaria esperaba el libro, esperaba los poemas de Javier, esperaba la restitución de quien había sido relegación y olvido.

Juan Antonio Hernández, José Luis Alcántara y el que suscribe
En la librería Nueva Gala no cabía un alfiler. Había un clima de celebración, de íntima fiesta por la vuelta de Javier Egea al panorama literario de la ciudad. Egea, me decían algunos de sus viejos amigos (o conocidos, qué se yo), esta vez ha venido desde el patio nacional a Granada. Como si se hubieran conjurado los maleficios que parecían condenar a la poesía de Egea al permanente salto desde su ciudad a la esfera literaria de España, un salto inútil durante décadas, ahora era su poesía la que llegaba de Madrid a Granada bien editada, bajo un sello (decían) de prestigio, amparada por una de las editoriales (decían) que parece haberse tomado en serio la poesía y asumido la recuperación de grandes poetas (más de un asistente me habló de su sorprendida y asombrada lectura del libro de Alfredo Buxán, la otra novedad de primavera de Bartleby).

Pude ver entre el público a escritores como José Gutiérrez, Ángeles Mora, Juan Carlos Rodríguez, Jairo García Jaramillo, Pedro Henríquez, Antonio Carvajal o Felipe Alcaraz. Fue una presentación con vocación integradora, en la que por encima de cualquier consideración y de todas las anécdotas que han jalonado los años posteriores a la muerte del poeta, brilló la emoción, la profundidad de la poesía de Javier y la evocación de sus días de comunión con la literatura en la Granada de los años ochenta.  Juan Antonio Hernández realizó una aproximación crítica a la lírica de Egea resaltando algunas diferencias sustanciales con la poesía figurativa de los ochenta y criticando la superficialidad con que a veces se le había adscrito a esa "escuela",  José Luis Alcántara hizo un recorrido por su amistad con Javier y expuso de forma detallada su papel (y las vicisitudes por las que ha pasado) como albacea del legado del poeta, aclarando algunos equívocos y falsas interpretaciones, y yo expuse, en síntesis, el contenido del prólogo al libro.

Susana Oviedo, entonando, en tango, Noche canalla

El acto tuvo tres complementos muy emotivos: la interpretación, por un grupo musical liderado por el propietario de Nueva Gala, de tres poemas de Egea; la reposición, casi 30 años después y como primicia, de un documental producido por La 2 de TVE, dirigido y presentado por Eduardo Castro en el que pudimos ver y escuchar a Javier reflexionando sobre lo divino y sobre lo humano sentado frente al mar que protagoniza Troppo mare, en la playa de la La Herradura (aunque donde se retiró en la realidad fue en la Isleta del Moro), pudimos entrar en el ambiente que rodeaba a "La otra sentimentalidad" en los primeros ochenta y nos sorprendimos viendo leer ante las cámras un largo poema a tres voces. Lo hicieron, alternativamente,  Álvaro Salvador, un Javier Egea en excelente forma y un Luis García Montero casi niño.  Por último, Susana Oviedo, actriz y cantante, compañera sentimental de Egea, cantó a capela, en las postrimerías de la copa, una hermosa versión, en tango, del poema (que aparecerá en el volumen de inéditos) Noche canalla, que abajo reproduzco:

Hubo, sí, ausencias. Muchos asistentes, durante el vino posterior a la presentación, me preguntaron por algunos de los poetas que convivieron en los ochenta con Javier. Abiertamente se interesaron por Álvaro Salvador y por Luis García Montero y ni Pepo ni yo supimos qué decir. Sólo teníamos la certeza de que habían sido invitados a la celebración por la librería y la constatación de que no habían acudido.  En todo caso, mantengo la esperanza y expreso el deseo de que nos acompañen el próximo 17 de mayo en la sala María Zambrano del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Con los presentadores que hemos intervenido en Granada estará en la mesa Félix Grande, el único miembro del jurado que aún vive de los que, en 1982, concedieron el Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez al libro de Egea Paseo de los tristes.
Yo no sé si la quise pero andaba conmigo,
me guiaba su risa por la ciudad tan gris.
Ella tenía en su boca colinas de Ketama
y el cielo de sus ojos me pintaba de añil.
Yo vi tantas estrellas como ella puso siempre
en aquel cielo raso como un paño de tul.
Ella llevaba el pelo como la Janis Joplin
y los labios morados como el Parfait-Amour.
La he perdido en un bosque de jeringas brillantes
por donde nos decían que se llegaba al mar;
se fue sobre un caballo de hermosos ojos negros,
por más que yo me muera no la podré olvidar.
Bajo el cielo ceniza me conducen mis piernas.
Esta noche no tengo ni esperanza ni amor.
Sólo queda el calor de mi pobre navaja.
Hoy me he visto la cara de un retrato-robot.
A pesar de sus ojos he salido a la calle,
a pesar de sus ojos me ha tocado vivir.
En un barrio de muertos me trajeron al mundo.
Esta noche canalla no respondo de mí.

martes, 5 de abril de 2011

Mi devoción por Alcalá de Henares y tres jóvenes escritores de América

Llevo conmigo, desde hace muchos años, una querencia especial hacia ese pueblo grande, situado en el llamado corredor del Henares, en el que el tiempo parece detenido. Alcalá es el recuerdo remoto de antiguas visitas a su notaría a principios de los años setenta para resolver un asunto familiar. Fue lugar de una excursión de fin de semana, cuando mi hija era muy pequeña, a la Casa Museo de Cervantes. Era, todavía, una ciudad lastrada por el desarrollismo del franquismo último, la ciudad dormitorio asociada a los grandes atascos y con un centro urbano deteriorado, con usos muy precarios. Pero Alcalá de Henares cobró una dimensión nueva, acogedora, cálida a principios del nuevo siglo, quizá en 2002, o en 2003, cuando acudí a la biblioteca municipal a debatir con lectores sobre mi novela Los días de Eisenhower.

Calle Mayor recién regada en el amanecer
La ciudad había asumido una vitalidad inédita. Los años de ayuntamiento democrático, de izquierdas, habían permitido la recuperación de su patrimonio histórico, la gestión de Arsenio (Curro) López Huerta, el primer alcalde tras la llegada de la democracia, había convertido la vieja ciudad en un lugar de encuentro en el que la cultura y la educación, con la Universidad como foco y referente, habían atenuado notablemente aquella calidad de ciudad dormitorio que le adjudicó el planeamiento especulativo del franquismo. La vi y la viví durante aquellas horas de una tarde invernal como una capital de provincias en el mejor sentido de la denominación. Me recordaba horas gozadas paseando por Burgo de Osma, o por Soria o Segovia... A poco más de treinta kilómetros de Madrid, pensaba mientras caminaba bajo los soportales de su Calle Mayor, me encuentro en medio de una ciudad apacible, a la medida del hombre, con viejos soportales, edificios recuperados, librerías hospitalarias.
Instituto Cervantes
Pero cuando empecé a vivirla y a disfrutarla de verdad fue a partir de mi llegada al Instituto Cervantes en 2007. Cierto que su sede madrileña, en la antigua oficina del histórico Banco del Río de la Plata, es un espacio atractivo, cargado de historia, con un emplazamiento envidiable al lado de Cibeles. Pero, al poco tiempo de asumir mi responsabilidad en el Instituto, quise visitar su sede en Alcalá. Recuerdo que lo hice una mañana de finales de junio, que me desplacé en el tren de cercanías y que mis anfitriones fueron Jorge Urrutia, entonces director académico del Cervantes, y Elena Verdía, entonces técnico del departamento de de formación de profesores (creo). La sede, con su viejo claustro, con su arquitectura heredera del barroco, me cautivó. Y me cautivó, sobre todo, la ciudad: salimos a tomar un café a alguno de los viejos bares próximos a la Calle Mayor y puede respirar el ambiente de un casco urbano municipal y alegre, como la representación más acabada de las ciudades ancladas en el tiempo que nos describía el maestro Azorín, una ciudad en la que se podía llegar a cualquier parte caminando, de servicios accesibles y próximos, una ciudad de pastelerías y viejos cafés, de librerías y colmados, de comercios de telas y de droguerías, una ciudad de las que cada vez quedan menos. Después, volví muchas veces. Algunas, con motivo de la apertura de exposiciones del Cervantes; otras, para celebrar reuniones en la sede. Pero las que más disfruté fueron aquellas en las que mi relación con Alcalá se establecía en mi condición de escritor: a leer poemas en alguna de sus librerías, a un jurado del premio de novela Ciudad de Alcalá, a escenificar, con Olvido García Valdés, una lectura de poemas intercambiados en el Corral de Comedias, o al estreno, en la misma (y maravillosa) sala de una obra de teatro basada en al poesía de Manolo Vázquez Montalbán cuyo título ahora no recuerdo. O las irrepetibles jornadas (aquí coincidía mi condición de escritor con la de directivo del Cervantes) que en Abril impulsaban Pepa Toro, entonces vicerrectora de la Universidad, Jesús Cañete y Fernando Fernández Lanza con el título Festival de la Palabra, auténtica  celebración de nuestra lengua, de nuestros creadores, de nuestros pensadores y poetas. O mi experiencia, de la mano de Julia Barella, en un taller de literatura con alumnos adultos, fuera de la enseñanza reglada, de la Facultad de Filología. Alcalá envolvente, Alcalá poema, Alcalá amiga, que se convertía en solmenidad y cercanía a la vez el 23 de abril con la entrega del Premio Cervantes en el Paraninfo de la Universidad y con el encuentro --el más importante regalo, junto con la convivencia con sus trabajadores y colaboradores, que me concedió el Cervantes-- con algunos de los premiados: Juan Gelman, Juan Marsé y José Emilio Pacheco, dos poetas sudamericanos y un novelista español y catalán. Si la felicidad existe, una parte de ella la he vivido, sin ninguna duda, en Alcalá de Henares.  Francisco Peña, poeta y profesor, sonetista implacable, Javier, el propietario de la librería Cervantes, ambos animadores culturales y sabios en su convivencia con la literatura, y tantos otros amigos y enamorados de la pequeña ciudad, han sido (son) también figuras de ese paisaje poliédrico y manejable a la vez al que de cuando en cuando vuelvo.
 
De esa realidad, que yo he vivido en mi actividad pública con una devoción tan inocente como apasionada, nos dan noticia tres jóvenes escritores latinoamericanos en el libro Crónicas de oreja de vaca. Son Andrea Jeftanovic, chilena, Giovanna Rivero, boliviana, y Juan Terranova, argentino. Tres escritores que disfrutaron de una beca en el verano de 2008 con estancia en Alcalá de Henares y con la condición de que tendrían que escribir de su experiencia en aquellos días. La ciudad cotidiana, el Alcalá más próximo y profundo, el Festival de la Palabra, la cercanía de un Juan Marsé premiado y tímido, los viajes en el tren de cercanías, la noche en la ciudad, la vida en la residencia universitaria, ese mundo que yo viví desde mi condición de escritor español y, a la vez, de directivo del Cervantes, ellos lo vivieron como deslumbrados aprendices en la tierra del autor de El Quijote, como viajeros de incógnito desde un mundo menos desarrollado que el nuestro pero conscientes de que Alcalá de Henares algo tenía de las ciudades que leyeron en los clásicos castellanos en su infancia, en su adolescencia o en su primera juventud. Cumplieron lo acordado y escribieron el libro. Un libro hermoso, lleno de cualidades evocadoras, que nos enseña la otra cara de Alcalá, nos da cuenta de tres magníficos escritores hasta ahora desconocidos (o casi desconocidos), y que prologa Juan Cruz con hermosas palabras. De su prólogo rescato un párrafo: "Quiero hablar de jóvenes escritores que estuvieron manchándose en La Mancha de Cervantes durante el penúltimo verano, que fue, casi, el último verano de nuestra juventud".

Pero Alcalá es, para mí, mucho más: es la ciudad de mi soledad, cuando terminados los fastos o concluida una lectura en alguna de sus librerías, paseo por sus calles, contemplo sus escaparates, tomo un café mientras observo, al otro lado de la ventana del bar, el deambular pausado de sus gentes bajo los soportales. Y es la ciudad de algún domingo por la tarde. Una ciudad silenciosa e invernal por la que E. y yo hemos alguna vez caminado después de disfrutar, en la "librería de Javier" de unos canapés y de un puñado de versos del amigo y poeta Javier Lostalé.

Concluyo este post con una invitación a Jesús, a Curro, a Fernando, a Paco Peña, al Ayuntamiento, al Rector de la Universidad, al director académico del Cervantes, Francisco Moreno (a quien tuve la satisfacción de conocer tras una lectura de mi antología Monólogo del entreacto, en el otoño de 2007, creo....) a que recuperen con decisión el Festival de la Palabra, hoy en peligro por la crisis, por la falta de implicación de los responsables culturales del Instituto Cervantes, por la reducción presupuestaria de la Universidad y por la cicatería del Ayuntamiento, a que  luchen por él, lo recuperen y lo fortalezcan y amplíen. Con el objetivo, ¿por qué no?, de que Alcalá sea, por unos días en el mes de Abril de cada año, la ciudad que celebre la lengua de Cervantes, que celebre la literatura de un modo parecido a cómo Córdoba se ha convertido en la gran capital de la poesía celebrando y potenciando el festival Cosmopoética. A ello les invito y animo y me pongo, modestamente, a su disposición para cooperar y para trabajar. Como escritor, como animador de la cultura y como enamorado de la ciudad.

domingo, 27 de marzo de 2011

En La Habana y Managua, conmemorando a Gabriel Celaya

Con Guillermo Roidríguez Rivera
En La Habana y en Managua se respira la necesidad del cambio, de la transformación. Política, en sentido democrático, en la capital cubana, un empeño en el que en los países europeos y todos los ciudadanos amantes del progreso, de un mundo diferente, debemos comprometernos a fondo. También social y económica para que la calidad de vida de la población (que en buena parte vive en condiciones muy precarias, casi miserables) mejore sensiblemente. Obama y la administración demócrata norteamericana pueden hacer mucho con una simple decisión: acabar con bloqueo y eliminar toda excusa para la bunkerización del sistema, respaldar un horizonte de reformas que huya de salidas radicales y busque fórmulas que lleven a la democracia y a un cambio en profundidad de una realidad injusta y profundamene anquilosada. En Nicaragua, donde convive la opulencia con un desolado paisaje de precariedad, de falta de horizontes, de miseria. se respira la necesidad de una transformación social, económica, reequilibradora. La democracia política todavía no ha dado respuesta a esas necesidades. Un desafío pendiente.
Esas dos realidades han acogido los actos conmemorativos del centenario de Gabriel Celaya. Un centenario al que me han invitado a participar en ambas capitales como conferenciante y con la celebración de encuentros con jóvenes poetas y con poetas menos jóvenes (memorable, irrepetible el diálogo en la Unión de Escritores de Cuba con poetas que conocieron a Celaya y lo acompañaron en sus viajes a la isla), con un diálogo con estudiantes en la Universidad de La Habana y con un taller de escritura en el Centro Nicaragüense de Escritores.

He tomado contacto con una realidad difícil, tremendamente difícil y, a la vez, cargada de expectativas y esperanzas. Con una realidad en la que el poeta Gabriel Celaya, casi olvidado en el panorama literario español, cobra un sentido profundo, de una actualidad casi hiriente. Leer ante alumnos de la universidad habanera o ante los propios escritores cubanos, o nicaragüenses, poemas como "La poesía es un arma cargada de futuro" o "España en marcha" ha supuesto situar los poemas del guipuzcoano en un contexto en el que la necesidad de una democracia que se digne de tal nombre y el apremio de profundas transformaciones económicas y sociales dan un sentido casi literal a versos como "maldigo la poesía concebida como un lujo / cultural por los neutrales" o "ni vivimos del pasado, / ni damos cuerda al recuerdo, / somos, turbia y fresca, un agua / que atropella sus comienzos".  La esencia de aquellos poemas directamente sociales de Celaya encontraba acomodo en un mundo cotidiano que exige de la poesía una mirada crítica, algo que en España y en las sociedades industrialmente avanzadas hemos olvidado con cierta vehemencia.
Gabriel Celaya y Rafael Alberti
Ha sido una experiencia emocionante compartir unas horas con los poetas que recibieron a Celaya en su viaje a La Habana en 1967. Allí estaban, en un ambiente de convivencia y encuentro, bajo la acción moderadora del crítico y ensayista Guillermo Rodríguez Rivera, Nancy Morejón,  César López, que hizo una evocación emocionada, llena de anécdotas, de su amistad con el guipuzcoano, Pablo Armando Fernández, Reynaldo González o Jaime Sarusky.

Gabriel Celaya ha sido el poeta olvidado de los grandes rotativos españoles en su centenario. La repetición de fórmulas desde la "trinchera" de la poesía comprometida de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo junto con el descrédito al que se sometió la poesía social por parte de la crítica novísima y por los estructuralistas más dogmáticos a lo largo de la década de los años setenta, relegó a un segundo plano su figura literaria y humana hasta el punto de que sus últimos años fueron, para él y para Amparo Gastón, Amparitxu, de convivencia con la precariedad económica más absoluta. Sólo el Premio Nacional de las Letras en 1986 alivió algo sus penurias.

Centro de La Habana
Sin embargo, Gabriel Celaya, más allá de su obra demasiado extensa, fue en poeta enorme, de una gran calidad. No sólo en su etapa más social y políticamente comprometida (fue, como Blas de Otero, miembro del PCE y candidato al Senado en las primeras elecciones democráticas), sino en sus primeros años de poeta formado a la sombra de la Generación del 27, cuando publicó Marea del silencio (1935) o La soledad cerrada (1947) y, sobre todo,en sus libros menos enfáticos, menos relacionados con la apelación directa a la acción social y política. Hablo de la poesía que escribió a finales de los años cuarenta, una poesía poco estudiada y de una altura más que notable. Poesía de lo cotidiano, de la subjetividad filtrada por la mirada hacia lo colectivo, de la que aprendieron algunos de los mejores poetas posteriores, los de la Generación del 50. El poema que podéis leer abajo, perteneciente a esa etapa, es un claro anticipo de la poesía conversacional que se escribiría después.

Cuéntame cómo vives;
dime sencillamente cómo pasan tus días,
tus lentísimos odios, tus pólvoras alegres
y las confusas olas que te llevan perdido
en la cambiante espuma de un blancor imprevisto.


Cuéntame cómo vives;
ven a mí, cara a cara;
dime tus mentiras (las mías son peores),
tus resentimientos (yo también los padezco),
y ese estúpido orgullo (puedo comprenderte).


Cuéntame cómo mueres;
nada tuyo es secreto:
la náusea del vacío (o el placer, es lo mismo);
la locura imprevista de algún instante vivo;
la esperanza que ahonda tercamente el vacío.


Cuéntame cómo mueres;
cómo renuncias -sabio-,
cómo -frívolo- brillas de puro fugitivo,
cómo acabas en nada
y me enseñas, es claro, a quedarme tranquilo.
                                              De Tranquilamente hablando, 1945
Poco, por no decir nada, se ha referido la crítica a ese aspecto. Ni siquiera los teóricos de la poesía de la experiencia de los años 80 han destadado algo que un poeta como Ángel González advirtió de manera clara cuando escribió una larga introducción a la antología Gabriel Celaya. Poesía publicada en 1977 por Alianza Editorial: su tono conversacional y directo como factor decisivo en la poesía coloquial y directa de algunos autores posteriores. En la obra del citado Ángel González, de José Agustín Goytisolo, de  Jaime Gil de Biedma o de Carlos Sahagún son visibles ecos de la dicción, del tono, la ironía y la atención a lo cotidiano del Gabriel Celaya de libros como Tranquilamente hablando (1947), Las cosas como son (1949) o Los poemas de Juan de Leceta  (editado por Carlos Barral en la colección Collioure en 1961 y, en los setenta, por Luman en la colección El Bardo). Ese tono de confidencia, de lectura en voz baja, es de una modernidad radical: sobre todo si tenemos en cuenta que a finales de los años cuarenta dominaban nuestra realidad poética el garcilasismo escurialense de un lado, con su énfasis clasicista y algo hierático, y un cierto tremendismo de tono airado en el lado "social" de Espadaña. La poesía de Celaya es, en gran medida, una inyección de serenidad, de cercanía. Es lo que no tardando mucho ciertos críticos acuñarían, para otros, como poesía de la experiencia.

Os dejo con "´La poesía es un arma cargada de futuro" no en la voz de Paco Ibáñez, sino en la de Joan Manuel Serrat, cuya versión, con la música del propio Ibáñez, es menos conocida. Gocemos.

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...