jueves, 10 de marzo de 2011

Alfredo Buxán: un poeta a descubrir, a disfrutar, a situar en el lugar que merece

En mi última columna "Espejo y tinta", publicada en Culturamas.es reflexionaba sobre la escasa propensión de las editoriales de poesía más consolidadas a apostar por autores, jóvenes o maduros, con propuestas no convencionales que o no venían acompañadas de un premio institucional o carecían de garantías de contar con grandes posibilidades de vender muchos ejemplares. Añadía, y eso es lo que me parece más importante, que si eso ocurría con nuevos libros de autores nuevos, el vacío era clamoroso cuando se trataba de recuperar autores con obra de alto voltaje que había sido muy poco conocida (o nada conocida) por circunstancias diversas o que habían quedado marginados en razón de las modas, de las tendencias dominantes o de la mala suerte. Sabemos de la hondura y la calidad de la obra de un poeta como José María Millares Sall, Premio Nacional de Poesía 2009 porque hubo un pequeño editor, Emilio Torné, de Calambur, que se arriesgó a recuperar un libro irrepetible como Liverpool, perdido en el olvido de los años cuarenta del pasado siglo y a editar su obra póstuma. No sabemos cuántas editoriales supieron de la existencia de esas obras antes de llegar al despacho de Torné, ni cuántas decidieron no publicarlas: no se sabrá nunca. Lo que sí sabemos es que si no llega a ser por Calambur, los libros de Millares Sall seguirían durmiendo el sueño de los justos. Publicar a Benedetti, o a Blas de Otero, o a Gil de Biedma, o a Antonio Gamoneda, o a Ángel González, por no hablar de Gelman o de José Emilio Pacheco es, sin duda meritorio. Pero no requiere valor alguno: sólo contar con los derechos.

Lo complicado y a la vez valiente es la búsqueda. Intentar hacer justicia. Y en esa labor de búsqueda está la colección de poesía de Bartleby Editores desde su propio origen. Una labor que ha rendido algunos magníficos frutos, que en breve pondrá en los anaqueles de las librerías el primer tomo de la poesía completa de Javier Egea y que en un plazo muy corto publicará Las palabras perdidas, la poesía cuasicompleta de Alfredo Buxán, un poeta prácticamente desconocido (su nombre es seudónimo) y autor de una obra de un alto nivel de calidad, llena de capacidades emotivas y fronteriza con una poesía experiencial con una fuerte tensión lírica. Alfredo Buxán es poeta raro y exigente, ajeno a los círculos literarios, al mundo de los cócteles, de la farándula y de las presentaciones, un poeta preocupado por mantener su intimidad y, sobre todo, por el rigor en la escritura. Aquí os dejo una pequeña muestra de Las palabras perdidas

UNA PEQUEÑA MUERTE

Una pequeña muerte sucede cada día
muy lejos de nosotros, o nos pasa rozando,
en una aldea persa o a la orilla de un río.

Abajo, en la cantina donde compras tabaco,
o en el andén del metro que tomas cada día
para ir al trabajo rodeado de gente
que también va cansada.

Una pequeña muerte que tiene su reflejo,
aunque tú no lo entiendas, en la cama deshecha,
en una bombilla que de súbito se apaga
a media tarde y lo envuelve todo en el silencio,
en tus ojos cerrados y en el día que acaba,
en el triste lamento que los muebles exhalan 
cuando llega la noche. Una pequeña muerte
que te llena de asombro
cuando aceptas con pena que también es la tuya.

Con el telón de fondo de la Galicia costera (algunos de sus poemas respiran en Corcubión y cobran sentido a la luz de los recuerdos de infancia del propio poeta), Buxán construye un mundo hecho de  instantáneas de la propia vida, de detenciones en el camino para meditar acerca de la memoria, sobre el amor, sobre la soledad y sus asedios, sobre la vida más personal y el paisaje de pérdidas (la casa vacía, los lugares vividos, las lecturas),  que, con el paso del tiempo, uno va contemplando al echar la vista atrás, sobre el muerte del padre (con un par de poemas estremecedores) y sobre lecturas que lo han marcado y que marcaron a su generación. Buxán es novelista al que publicamos, hace una década, E. y yo en la efímera colección El Umbral que codirigimos (formaba parte del "sello" valenciano Germanía). Pero es, sobre todo, un gran poeta que, espero, saldrá de la zona de sombra en que habita cuando Las palabras perdidas esté en librerías.

El libro saldrá poco después de la "movida" mediática que ha acompañado (y acompaña) la aparición del último poemario del granadino Luis García Montero. No cuestiono esa movida. Sí cuestiono la discrecionalidad de los medios de comunicación, especialmente de los diarios, a la hora de abordar determinadas novedades. A mi juicio, Las palabras perdidas es un libro de peso, muy por encima, en nivel de calidad, de muchos otros libros que se publican con una aparato mediático más que significativo (sin llegar, por supuesto, al caso de  García Montero, cuyo último libro cerró un telediario de La 1 de TVE en fin de semana). Creo que es extraordinario que determinadas cadenas de radio, que la televisión incluso, apoyen a la poesía y a los poetas.El problema, sin embargo, es que ese apoyo, con la excepción de algún programa de la radio pública, siempre deriva por los mismos nombres (bueno, por el mismo nombre), lo cual traslada al lector una idea superficial y deformada de la riqueza y la pluralidad de la poesía española de hoy.

Alfredo Buxán es un exponente rotundo de la buena poesía que hoy se escribe en España. En este blog he venido dando cuenta de algunos otros grandes poetas desplazados de la actualidad literaria por razones de lo más diverso. Buxán, con la publicación de Las palabras perdidas, va a salir de esa zona de sombra. No tendrá una página en los suplementos culturales de los grandes diarios del país; tampoco tendrá múltiples entrevistas en radios y foros de Internet vinculados a los grandes grupos, ni cerrará el telediario del fin de semana. Pero llegará a muchos más lectores de los que ha podido llegar hasta ahora con algunas de sus pequeñísimas (y casi perdidas) ediciones casi clandestinas. Porque es un gran poeta. Porque es, además, un hombre, digámoslo con palabras machadianas, "en el buen sentido de la palabra, bueno". Os dejo con un poema de Alfredo Buxán, en galego, musicado por Xaquín Lera con el telón de fondo del universo emocional, en imágenes, del poeta.



miércoles, 23 de febrero de 2011

23 de febrero de 1981: mi memoria de aquella noche

De aquella noche absurda, cruel, que pudo situarnos una vez más en el furgón de cola de la historia y en el pozo de la vergüenza colectiva, han quedado en mi bibliografía dos obras literarias. Una novela, que publicó Planeta, en 1995, en su colección Nueva narrativa, dirigida entonces por Silvia Bastos y Mariona Costa, titulada Una mirada oblicua, y un poema, "1981, veintitrés, febrero", escrito muchos años después y que formó parte de mi libro Donde nunca hubo ángeles (2003). La novela, en cuya portada lucía una maravillosa fotografía del mítico Man Ray, reflejaba el clima de aquellas horas así:

Portada Una mirada oblicua. Planeta, 1995
      "En esta ciudad hubo una noche más fría que las otras. Una noche a la que la memoria se resiste a acudir, que, cuando logro traspasar la membrana que teje el olvido, vuelve como un fantasma de otra ciudad, de otro mundo, de otro tiempo. Sólo han pasado diez años. Aunque ese tiempo ha mellado sus aristas, reconstruir aquellas horas es entrar en un desván sombrío, en el espacio helado donde duerme la memoria de unos años oscuros, donde aún pervive el sabor de los sueños amputados de nuestros padres.
       Sería, aquella noche, el comienzo de una experiencia no del todo explicable que mantengo clavada en esa zona desapacible donde la imaginación y la vida parecen confundirse, donde la realidad se enturbia y hace de nosotros personajes de una doble historia: la que creímos vivir y la que en verdad vivimos. Acaso la que alguna vez soñamos, o nos contaron, y se convirtió, con el tiempo, en propia, intransferible.
      En las calles del atardecer se percibía una detención del aire, ya inminente la noche. Yo salía de una librería próxima a la Gran Vía. En mis manos, una edición de 1958 de No soy Stiller, la desasosegadora novela de Max Frisch que me había recomendado Pablo Cuéllar. Entré en un café cercano a la boca del Metro. Había muy pocos clientes. Tomé asiento en uno de los taburetes junto al mostrador y comencé a hojear el libro de modo desatento. El camarero tenía la radio puesta, un pequeño transistor entre el bosque de botellas de los estantes que, a su espalda, se duplicaban en el espejo. Se oía, en sordina, el rumor del debate parlamentario: a la inexplicada dimisión del presidente Suárez sucedía la investidura, como mal menor, de un Calvo Sotelo especialmente sombrío. Pedí un café. De pronto calló la radio y el camarero, un hombre de mediana edad, de barba cerrada, pelo canoso y gafas telescópicas, cambió la compostura del rostro. Me miró un instante y, al volverse a preparar el café, lo noté nervioso, un temblor en la mano al colocar la taza bajo el grifo de la cafetera.
     —¿Qué ocurre?
     —No lo sé. Se han oído disparos y han dejado de radiar el debate."
Quienes vivimos aquellas horas a una edad en al que teníamos conciencia de la realidad, nunca las olvidaremos. Como en el asesinato de Kennedy, o en el 11-S o en el 11-M, muchas veces nos han preguntado dónde estábamos y qué hacíamos en tal momento. Yo lo viví en la sede de un partido político, del partido que era uno de los objetivos esenciales en la ofensiva golpista: el PCE. Recuerdo la radio y el momento en que se interrumpió la retransmisión del pleno del Congreso, la voz titubeante del locutor, los disparos, el "quieto todo el mundo" y recuerdo, ante todo, cómo en la boca del estómago se agolparon todos los miedos, todas las pesadillas que en los meses precedentes, al hilo de cada atentado de ETA, había ido acumulando. Sí, porque ETA en aquellos años (nunca ha dejado de serlo, todo hay que decirlo) fue una de las grandes excusas para todo género de antidemócratas. Éramos muy jóvenes y casi desde la adolescencia nuestra vida, mi vida, había estado vinculada a la lucha por la democracia. Hubo una reunión de urgencia, establecimos un germen de estructura clandestina y nos citamos para un par de horas después, en grupos de tres, en distintas zonas de Madrid para valorar cómo evolucionaba la situación.

El miedo. Sí, tuve miedo. Mientras caminaba hacia casa para contactar con la familia antes de acudir a la reunión que me había tocado, pensaba en mi padre, pensaba en Argentina, en Chile, en Uruguay, en su dictaduras, en las vidas segadas, en Víctor Jara, en Salvador Allende,  pensaba en cómo el mundo que apenas habíamos comenzado a construir con la Constitución de 1978 podía ser derribada por los golpistas. Recuerdo el silencio en los bares que se mantenían abiertos, la imagen de los cafés cerrados, autobuses vacíos y detenidos con las puertas abiertas como bocas asombradas, un viento frío y afilado llegando de la sierra. Creo que me dirigí a casa en Metro aunque no puedo recordarlo con precisión. En casa, estaba E. y acababa de llegar Diego Jesús Jiménez, el poeta, que quería sentirse acompañado y pedirme orientación sobre lo que debería hacer, esconderse o exiliarse era la gran duda. Después, no recuerdo cómo ni hacia donde, Diego Jesús se fue, nos quedamos solos y después fuimos a casa de los padres de E., en la UVA de Hortaleza, a donde me dirigí después de recoger documentación comprometedora, folletos sindicales, algún documento sobre la cultura en los barrios que habíamos comenzado a debatir en el distrito. Estuve algo más de media hora en la casa paterna de E. Intenté tranquilizar a su padre, cuya mente se veía invadida por los viejos fantasmas de la guerra, por todos los miedos apenas contenidos en los años iniciales de aquella precaria transición. E. y yo . nos despedimos: yo a mi cita de seguridad en (hoy puedo decirlo) en el bar El Brillante, en la glorieta de Atocha, ella a la sede del PCE en Hortaleza, a esperar instrucciones, a preparar la edición, en una precaria multicopista offset, del manifiesto que convocaba dos horas de huelga general para el día siguiente.

Vuelve a mí, ahora, la minireunión, una hora después, en El Brillante de Atocha. Éramos tres héroes que esperábamos instrucciones y claridad sobre lo que ocurría, y noticias de otras regiones militares (los tanques ocupaban las calles de Valencia, la noche en la ciudad del Turia era más oscura que la de cualquier otra ciudad de España). Allí, en la televisión, mientras comíamos nuestro bocadillo de calamares, escuchamos un comunicado de la Junta de Jefes de Estado Mayor que habría de ser el preámbulo de la aparición, una hora más tarde, del Rey. Acataban la Cosntitución, pero nada estaba claro mientras el Rey no apareciera. Decidimos abandonar el bar y caminar paseo del Prado arriba, hacia la plaza de las Cortes, acercarnos al núcleo del desastre, de la desolación. Avanzamos entre gentes desconocidas conscientes de que entre ellas podían ocultarse miembros de la extrema derecha, guerrilleros de cristo rey, pistoleros que esperaban instrucciones o la llegada de la Acorazada Brunete. También había viejos republicanos iracundos y silenciosos, mujeres desoladas, jóvenes acobardados, policías, muchos policías, muchos jeeps, allí estaba la buena gente de Madrid con el transitor al oído. Había llantos silenciosos, y retinas asustadas y asombradas, y rostros huidizos, y hombres cabizbajos: había obreros, gente que había llegado hasta las cercanías del Congreso desde los barrios extremos que habían hecho de la movilización ciudadana, años antes, una pieza esencial de la democracia....  Cuando dejamos el Congreso, subimos hacia la Puerta del Sol por las estrechas calles traseras a la Carrera de San Jerónimo, más tarde hacia la Plaza Mayor: recuerdo cómo, bajo los soportales, nos encontramos con un centenar de hombres y muejres disfrazados: formaban parte de un cortejo de Carnaval, recordé que aquella noche se habían iniciado, en muchos barrios, las celebraciones carnavalescas. Y pensé que aquellos disfraces, a poco más de doscientos metros del centro neurálgico de un golpe de estado, tenían mucho de valleinclanesco. Y pensé que la España eterna volvía a castigarnos. Que los esperpentos de Valle Inclán eran algo más que pura ficción.

Después, regresamos a la sede. Allí supe de amigos que habían buscado refugio en algún lugar de la sierra, en casas de verano de familiares próximos o remotos. Supe de otros que habían decidido dormir en habitaciones desconocidas. Allí vimos al Rey por televisión, allí fuimos advirtiendo cómo, poco a poco, la sombra del golpe se diluía. Pero yo no me deshice del miedo. Ni del miedo de mis padres. Ni del de quienes, coetáneos a ellos, habían vivido en plena madurez el tiempo de silencio que fue la dictadura. Recuerdo que, cuando la madrugada comenzaba a asomar sobre los tejados que circundaban la calle madrileña de Campomanes, casi vencido por el sueño, escribí algunas notas. Aquellas notas darían lugar, diez o quince años después, a un poema y, casi en paralelo, a una novela. La novela en la que aquella sombra, como una advertencia del pasado, flota y amenaza para siempre: Una mirada oblicua.

Volví a casa a media mañana. Los diputados habían sido liberados, comenzaban a producirse las primeras detenciones de generales y otros oficiales golpistas, los representantes de los partidos se reunían con el Rey y con Calvo Sotelo, presidente de facto, pero yo no podía quitarme de encima un miedo que se prolongó durante años. Durante muchos años. A pesar de la multitudinaria, casi irrepetible (sólo se repitió, tras los atentados terroristas del 11-M, veintitrés años después) manifestación que llenó las calles de Madrid, comenzando por el Paseo del Prado, que así evocaría en mi novela:
"En Madrid hubo una noche extrañamente luminosa. La noche de la respiración. La que negaba el olor a cuero y a sudor  cuartelario. Fue cuatro días después del  golpe. Las calles del centro se llenaron con el silencio de una multitud consciente de haber atravesado el túnel y salvado el precipicio. Habían acudido desde los más remotos lugares de Madrid, desde los pueblos más alejados de la capital, desde los barrios inhóspitos del otro lado del Manzanares, desde los barrios residenciales del norte, desde las zonas donde vive la industria, hasta convertir el Paseo del Prado, y Recoletos, y la plaza de Cibeles, y las calles limítrofes con la arteria central de la ciudad, el espacio donde sentirse vivos".
Pocos días después (¿o quizá algunos meses?), Joan Manuel Serrat presentó en Madrid un disco: En tránsito. E. y yo estuvimos en el concierto. Creo que fue en el Alcalá Palace. Creo que nos emocionamos ante algunas de sus canciones. Creo que lloré. De emoción, de miedo, de alegría también.  De aquel disco, la canción "A quien corresponda", un alegato contra todo autoritarismo. Tenía 29 años y de ellos sólo había vivido tres en democracia.



  

martes, 15 de febrero de 2011

Noticia y memoria de Claraboya para poetas y lectores del siglo XXI


Fierro, Mateo Díez, Agustín Delgado y José Antonio Llamas
Husmeando en la librería de casa, me he reencontrado con un libro de Juan José Lanz de un valor incuestionable para el conocimiento de la poesía española del siglo XX. Es un ensayo extenso, riguroso, lleno de sugerencias y de descubrimientos, sobre una de las revistas poéticas de mayor calado de la España de los años sesenta del pasado siglo. Su título: La revista Claraboya (1963-1968): un episodio fundamental en la renovación poética de los años sesenta. ¿A alguien le suena, hoy, al comienzo de la segunda década del siglo XXI, Claraboya? Seguro que a muy pocos. Y, de esos pocos, probablemente la mayoría sean poetas, críticos y "compañeros de viaje" del proyecto. La revista nació en León, en 1963, años oscuros bajo la dictadura en los que, pese a todo y contra todo riesgo, unos cuantos poetas se conjuraron para renovar la poesía que se escribía en España. Luis Mateo Díez (sí, el novelista), Agustín Delgado, Ángel Fierro y José Antonio Llamas pusieron en marcha un proyecto que se materializaría en una publicación que duraría seis años y con la que contribuirían, de una manera relevante, a dar nuevos aires a nuestra poesía.

Juan José Lanz, autor del
ensayo sobre la revista Claraboya 
Cuesta trabajo imaginar a estos poetas con poco más de veinte años y empeñados, en medio de la noche franquista, en abrir paso a un proyecto literario alternativo. Un proyecto que se traduciría en una revista que abrió caminos. Leyendo el libro de Juan José Lanz, un riguroso recorrido por el contenido de los 19 números que aparecieron entre octubre de 1963 y febrero de 1968, uno va de sorpresa en sorpresa. En las páginas de Claraboya habitó la vanguardia, una vanguardia que eludía el puro esteticismo para hacerse comprometida y crítica. Habitó, también el realismo más directo y la poesía social más conocida, con Gabriel Celaya como su más emblemático representante. Habitó cierto culturalismo: poemas de Pere Gimferrer, de Guillermo Carnero, de Marcos Ricardo Barnatán, fueron anuncio de lo que en pocos años sería la antología Nueve novísimos, de Josep Maria Castellet. Y, sobre todo, estuvo profundamente comprometida con los nuevos nombres. He podido comprobar que en Claraboya se publicaron algunos de los primeros poemas de Manuel Vázquez Montalbán, poemas que formarían parte de su libro iniciático, Una educación sentimental, entre ellos el titulado "Conchita Piquer", aparecieron poemas de Diego Jesús Jiménez -colaboró en varios números- que alimentarían su libro Coro de ánimas (1968) y, de manera muy especial, un espléndido poema que nunca publicaría en libro (y que es imprescindible rescatar), un poema sin título que he leído por vez primera en el libro de Lanz y cuyo comienzo invita e incita: "Ahora estamos los dos / pensando inútilmente cómo termina el mundo: / lo mismo que un amor sobre nuestras cabezas". Juan Luis Panero, José Miguel Ullán, José María Guelbenzu (sí, el narrador),  José Batlló, Vicente Aleixandre, Antonio Gamoneda, Joaquín Marco, Carlos Álvarez,  Jósé Elías, Claudio Rodríguez... En Claraboya está el tránsito, el anticipo de la renovación de los años 70, el marxismo reelaborado y transformado en poesía que sería excluido de la historia oficial de nuestra poesía (o relegado a una zona poco visible, medio clandestina) en los años posteriores. Sin embargo, allí aparecieron las primeras críticas a libros que dejarían la impronta en la historia de nuestra literatura: a Arde el mar, de Gimferrer, a La ciudad, de D. J. Jiménez, a Las piedras y a Música amenazada, de Félix Grande, a Desolación de la quimera, de Luis Cernuda, a la mítica y hoy inencontrable Poesía última, de Francisco Ribes. 

Pero el aliento modernizador de Claraboya, cuyos cuatro poetas fundadores, constituidos en Equipo Claraboya proclamarían, dos años después del cierre de la revista, en 1970, su apuesta por una poesía dialéctica en la que la preocupación estética y el experimento lingüístico no se desentendieran de la realidad, no se acaba en los citados nombres. En sus páginas hay traducciones de textos de poetas no hispanos de una solidez incuestionable, con una enorme proyección en Europa y en Estados Unidos. El turco Nazim Hikmet (traducido, por cierto, por Gamoneda),  los poetas de la beat generation (a la que se dedica un monográfico) como Allen Ginsberg, Jack Kerouac, Gregory Corso, Ferlinghetti, la nueva poesía gallega, la poesía cubana de aquellos años....  A las jóvenes generaciones, a los poetas que hoy deambulan por los corredores virtuales en los que la poesía se hace, se intercambia, se renueva y, a la vez, vuelve a tradiciones perdidas, a los poetas de facebook, de twitter y de las redes sociales,  les recomiendo bucear en este libro de Juan José Lanz, visitar el mundo que alienta en la revista Claraboya, mundo del que Lanz incorpora a su libro una muestra extensa, más que significativa, de poemas, de reflexiones, de alusiones bibliográficas. En el fondo, Claraboya fue el espejo de una etapa poética mucho más compleja de lo que ha establecido la historia oficial. Un tiempo joven bajo la dictadura. Un tiempo en el que, contra el miedo, Llamas, Mateo Díez, Fierro y Delgado crearon la casa de todas las rupturas y todas las iluminaciones. Poéticas, por supuesto.

Como muestra del aire de época que se respiraba en la revista, reproduzco este poema de José Elías, publicado en su número 9 (de 1965): 
TIEMPO DE UNIVERSIDAD

Una vez he visto el Acorazado Potemkin.
Hacía calor en la sala y era penoso
darse cuenta de tanto entusiasmo en los estudiantes.
Aunque tampoco en un cine de barrio sería cómodo.
Una vez más esta tarde habrá jaleo
con pocos universitarios y menos obreros
de los esperados. Hace sol esta tarde, pálido,
y una vez más me he sentado en un banco
por hablar unos minutos con Ana,
Ana por supuesto que no sabe hacerme olvidar.
Mañana con el mismo gesto laso volveré a las aulas
o escucharé música o iré al Pastís
a beber y a sentirme apaciblemente decadente.
Una vez más pensaré en playas o revoluciones
hasta que se haga de noche e incluso la pipa
se quede dormida y entonces desesperadamente
me aferré al silencio, esperando algo.
Sonreiría indulgente si todo esto fueran recuerdos.

martes, 1 de febrero de 2011

La radio, mis viejos sueños y la literatura

Mi infancia transcurrió con las múltiples sintonías de la radio como música de fondo. La radio era un mundo mágico, que llegaba al comedor de mi casa del madrileño barrio de la Alegría, aquel amasijo de casas bajas, hoy desaparecido, sobre el que se edificaron las nuevas viviendas sociales frente al barrio de la Concepción y que asoma en dos de mis novelas más urbanas, El lento adiós de los tranvías -1992- y Los días de Eisenhower -2002-. Era la música y la voz que nos llegaba a través de la extraña ventana de un viejo aparato Telefunken con teclas de un plástico de color hueso parecido a las tapas del misal de la Primera Comunión. Era el territorio de los sueños, el lugar de los cuentos, de los concursos, de los anuncios más extraños y del legendario "parte" informativo y único.

Después sería la acompañante de las tardes del domingo junto a la quiniela y al coñac Veterano que mediaba la copa que solía beber mi padre y, algo más tarde, la caja de resonancia de la transición política o la voz no dominada de la noche del 23-F. Esa radio, a la que fui queriendo sin darme cuenta como un familiar cercano y necesario fue la que comencé a descubrir, no como periodista sino como escritor, a finales de los años ochenta cuando me invitaban a hablar de mi poesía o a contar la peripecia de los personajes de algunas de mis novelas.

En el verano de 2004 tuve la fortuna de ser nombrado directivo de RTVE. En concreto, director de relaciones institucionales, un cargo no vinculado con el periodismo, pero que me permitió husmear en el microcosmos, al que yo había accedido de manera puntual y arrobado en otros años, en el que se fabricaba cuanto acaba asomando a través de las ondas para colarse en la vida cotidiana de millones de personas. Me parecía mentira poder recorrer, "como Pedro por su casa", los pasillos de RNE donde asomaban despachos y estudios en los que se celebraba la voz, visitar, a deshora, el hall con la exposición permanente de los rostros y los ambientes que hicieron la historia de la radio pública española, charlar de tú a tú o participar en reuniones con los propietarios de las voces que tanto me fascinaban (Julio César Iglesias, Beatriz Pécker, Javier Lostalé, Manolo HHJuan Manuel Gozalo,...) en mi condición de oyente. Viví largas conversaciones con Arrate San Martín y Juan Carlos Soriano, los dioses que sucedieron, en El Ojo Crítico, a Paz Ramos (inolvidable, querida Paz, la entrevista que me preparaste, con grabaciones de época como fondo, a propósito de la aparición de Los días de Eisenhower), paseos por los jardines de Prado del Rey con el dueño de una voz de los informativos, Luis Carlos Ramírez, entonces director de programas, o con Javier Arenas, director de RNE, o mis charlas con Pedro Meyer y, sobre todo, al final de la jornada, viví momentos de regocijo íntimo y callado deambulando, solo, por los inmensos pasillos de una Casa de la Radio semivacía, asomándome a las dependencias de Radio Clásica, o de Radio 5 Todo Noticias, o de la irreverente, siempre sesentayochista e insumisa, Radio 3 (por la que mi hijo veinteañero siente hoy auténtica devoción). 

Javier Lostalé, símbolo de la fusión de radio y poesía
Con mas cincuenta años cumplidos, yo era el tímido muchacho para el que la radio era el colmo de su mitología. Era el devoto de las voces irrepetibles trocado en directivo de aquellos gigantes de mi imaginación. Me parecía mentira compartir mesa y diálogo con ellos, sentirlos a mi lado, ser considerado un igual. Sé que algunos pensarán que estas meditaciones tienen algo de paletería, pero no me importa: la suma de sensaciones que la radio (sobre todo Radio Nacional) concita en mí desde hace ya muchos años tiene algo de irracional. Y, aunque parezca contradictorio, también de explicable: es la radio que ha acogido a la cultura, que garantiza música clásica las 24 horas del día, que pone en antena programas que cualquier cadena privada excluiría por ruinosos: El Ojo Crítico, La estación azul, El séptimo vicio, Carne cruda, Juego de espejos, Documentos RNE.

Javier Lostalé e Ignacio Elguero, Luis Suñén, José Ramón Ripoll y Pepe Infante, antes Gerardo Diego y José Hierro... Poetas periodistas y periodistas poetas que ayudaron a que miles de poetas encontraran voz en sus micrófonos, gracias a los cuales músicos de toda índole y condición han podido estrenar su música, el folk y la música popular han tenido cobijo (¿cómo olvidar el programa Trébede, de Radio 3?) en sus estudios y, en general, la cultura ha tenido y tiene un espacio privilegiado, amplio, vacunado contra el desaliento y contra los intentos de algunos gobiernos de reducirlo.  Los premios Ojo Crítico son la evidencia más rotunda de esa apuesta.
No me duelen prendas en confesar que es una de mis frustraciones. Me hubiera gustado dirigir alguno de esos programas culturales y "eternos" de la radio pública (incluso presenté uno, de título ajeno e invitador, Para leerte mejor, al director de RNE, sin que pasara de mero proyecto). Me hubiera gustado, en fin, haber sido inquilino, de hecho y de derecho, de sus pasillos y cabinas, haber contribuido, desde sus micrófonos, a extender el amor a la literatura, a la poesía, a la cultura en general entre sus cientos de miles de oyentes. Y, sobre todo, haber convivido, acompañado de mis libros y de mis devociones literarias, con los dueños de las voces mitificadas desde el otro lado de la barrera.

Cierto que vivo esa experiencia parcialmente. Cuando acudo a grabar mis reseñas de ensayo para El Ojo Crítico; cuando voy a leer poemas a La estación azul o cuando, por alguna circunstancia puntural, me llaman para hablar de alguno de mis libros o de los libros ajenos. De un modo parecido a como la viví en los tiempos en que compartí un pequeño espacio en las madrugadas de La noche menos pensada junto a Manolo HH, Óscar López, Carmen Hernández y a Ángel Gabilondo (recuerdo mis regresos a casa, a las cuatro de la madrugada, por una M-40 solitaria y fantasmal), o, en los años finales de los noventa, cuando Paco SolanoÁngel García Galiano y yo construimos, en una emisora privada, Europa FM, el efímero sueño de Libromanía

Estas son mis historias de la radio. Las historias de una radio íntima, querida, parte esencial de mi memoria personal, de la memoria colectiva y de un presente incrustado ya en la segunda década del siglo XXI.





viernes, 28 de enero de 2011

La elegía de Mary Jo Bang, el gran poema de 2010

Mary Jo Bang nació en 1946. Por fecha de nacimiento es coetánea a nuestros poetas de la llamada generación del 68. Tuvo 20 años cuando los estudiantes de Berckeley, al amparo de las reflexiones de Marcuse y, más allá, de los filósofos de la Escuela de Frankfurt, se movilizaron por los derechos civiles. Tenía 22 cuando asesinaron a Martin Lutero King y vivió, en plena juventud no sólo los movimientos masivos contra la guerra del Vietnam, sino la irrupción de los más diversas corrientes estéticas en todos los campos de la actividad artística en tiempos de contracultura, de rebelión colectiva, de búsqueda de nuevos horizontes de libertad y de realización personal. Mary Jo Bang nació en Waynesville, una pequeña localidad de Missouri, y, como tantos otros miembros de su generación, vivió las grandes conmociones de un siglo XX especialmente cruel.  En enero de 1967, a los veintiún años, Mary Jo  Bang tuvo un hijo. Un hijo que creció mientras el siglo XX avanzaba hacia su final.  Un hijo en el que depositó sueños, ilusiones, caricias, esperanzas, el imaginario de un mundo distinto. Para él y para quienes lo acompañaran. Un hijo al que amaba intensamente en el comienzo del siglo XXI mientras veía cómo lentamente se iba deslizando, sin que ella lo pudiera evitar, hacia el abismo. El hijo murió un día de junio de 2004 por sobredosis, probablemente de heroína. Mari Jo Bang, hasta ese día, había escrito cuatro libros de poemas. Su trabajo lírico lo combinaba con sus clases de inglés y con la dirección del programa de Escritura Creativa  de Washington University. Mary Jo Bang se asomó al abismo ante el vacío y ante el hijo muerto. Y poco después, comenzó a escribir los poemas de Elegía, libro que se publicó en Estados Unidos en 2007, que obtuvo el Premio de la Crítica de su país y que, en 2010, con traducción y prólogo de Jaime Priede, publicó Bartleby Editores en la colección que tengo el honor de dirigir.

Elegía es, a mi juicio, uno de los libros más perturbador, emotivo y profundo de cuantos se han publicado en España en 2010. Mary Jo Bang lo escribió en el agujero de un drama íntimo de proporciones incalculables. Los poemas se enlazan unos con otros para hablarnos del pasado del hijo, de los momentos vividos a su lado por la poeta, de lo que pudo hacer y no hizo para evitar su trágico final. La culpa, el amor astillado, los deseos rotos, la infancia como paraíso ajeno a las tragedias, los objetos del hijo, la indagación en la raíz (frágil, enormemente inestable) de aquellos momentos en que pudo no estar a su lado, no darse cuenta de alguna desatención, las fotografías de una felicidad perdida, la conciencia no menos astillada de haber fracasado como madre. Sólo en en el fondo del dolor, en el núcleo de todas las dudas existenciales es posible escribir: "Amnesia nocturna. / El sueño se convierte / en dibujo animado y lentejuela de menta".

Muy pocas veces he sentido, ante un poema, la necesidad de llorar, de dejar (los hombres no lloran, me decían en casa cuando era niño) que los sentimientos afloren de una manera líquida y silenciosa ante la capacidad del lenguaje para tocarnos esos lugares recónditos de nuestro cerebro donde se alojan la emociones más hondas e inesperadas. Así ha sido esta noche al releer el poema "Fuiste eres elegía". Os transcribo un fragmento:
Eras. Eres
en mayo. Mayo mirando
hacia junio que llega.
Así es como mido
el año. Todo Fue Culpa Mía
es el título de la canción
que he estado cantando.
Incluso cuando me pedías calma.
No he tenido calma alguna,
he estado llorando. Creo que tú
me has perdonado. Todavía me pones
la mano en el hombro
cuando lloro.
Gracias por eso.
Es una poesía directa que, sin embargo, no desdeña la metáfora ni la comparación,  que combina momentos de alta tensión lírica con acercamientos en apariencia objetivos a lo cotidiano, que tantea con sutileza los fantasmas de la memoria más remota a la vez que recobra los más duros momentos de la días últimos y penúltimos del hijo. Es una poesía de las emociones --que, a la vez, indaga en el lenguaje, encabalga versos, despliega imágenes imprevistas-- que no pocas veces es tratada con desdén por quienes, desde la trinchera crítica o desde la poesía no coincidente, consideran ajena al poema toda emoción que no sea puramente estética. ¿Poesía de la experiencia en versión norteamericana? No exactamente. Más bien poesía de la existencia. Una poesía que conmueve y perturba que forma parte de una tradición muy asentada en la poesía anglosajona (sobre todo de USA) contemporánea. Se trata de la poesía que habla de las relaciones entre padres e hijos, del taller de escritura del poeta, de los amigos del fin de semana, de la soledad de padres que intentan prolongarse en el hijo yendo de pesca o paseando por la montaña, de mujeres abandonadas o perdidas en el desamor, de lecturas fuera del canon, de vagabundos hundidos en el alcohol o en la soledad más completa. Es la poesía de la otra América. De una América que vive en Nueva York o en Chicago. Pero que, sobre todo, desarrolla su vida cotidiana en pequeñas ciudades de Missouri ( como la Waynesville de Mary Jo Bang) o Montana, de Kansas o Dakota.

miércoles, 19 de enero de 2011

Cabaña abandonada

Hace tres años publiqué, en editorial Gadir, un libro al que tengo un afecto muy especial y del que ha hablado poco en este espacio. Su título, Por la sierra del agua. Es un libro de viajes por esos montes, perdidos en el vértice norte de Madrid, que se extienden a un lado y otro del río Lozoya y que la inmensa mayoría de los madrileños (y la aún más inmensa mayoría de no madrileños) desconoce. En ese libro, algo parecido a un cuaderno de caminante, cuento mi experiencia ante una cabaña abandonada. La cabaña es la que podéis ver en las fotografías y se encuentra (todavía es posible verla desde la carretera, y visitarla, y husmear en ella) cerca de la carretera que une Pinilla de Buitrago con San Mamés, no lejos de la vieja vía del ferrocarril directo Madrid-Burgos, hoy inútil y cesante. Es una construcción extraña, hasta cierto punto desconcertante, que parece hablar de una realidad abandonada, de alguien que hace muchos años soñó un proyecto que se encarnaba en ella y por alguna razón desconocida, renunció a él.

Visión de la fachada este, con chimenea al fondo

¿No os habéis fijado, cuando viajáis por carreteras secundarias, en la presencia de algunas edificaciones en medio del bosque, o al final de una llanura, o surgiendo de unos huertos abandonados? Edificaciones en ruinas, arquitecturas precarias que, aunque nos parezca mentira, tienen un pasado. Al cruzar, por la carretera, ante la que motiva esta entrada (lo que hago con frecuencia, sobre todo los fines de semana), siempre me pregunto por su origen. ¿Fue el sueño de un grupo de adolescentes que pasaban los veranos en Pinilla o San Mamés y un buen día decidieron construir la casa de sus aventuras imaginarias? ¿Nació de la necesidad de un mendigo que buscó con ello una forma de guarecerse y de tener un hogar por precario que fuera? ¿Era el chamizo de un pequeño agricultor residente en el pueblo al que le gustaba refugiarse, en los días de recolección, en la cabaña? El hecho de que tenga pozo (un pozo tradicional, con brocal y todo y con paredes de piedra) y un pequeño patio fácilmente vulnerable por curiosos como yo abona esta última posibilidad. Pero si es así, ¿por qué lleva décadas abandonada?


Esa suma de preguntas, sólo posibles en mentes un poco maniáticas como la mía, me llevó, un buen día de hace diez años, a saltar el frágil muro de piedra que rodea lo que alguna vez fuera fue jardín o huerto. Lo hice guiado a medias por la curiosidad y a medias por las demandas que me planteaba la redacción de mi libro viajero. Recorrí el jardín, me asomé al interior de la cabaña, dediqué algunos minutos a recapacitar sobre cuanto vi en su interior. Y, al final, decidí incorporar aquella experienica en los dos fragmentos que can comienzo al capítulo 4 de la primera parte. Abajo podéis leer el resultado. O en el libro. Of course

El pozo al fondo, visto desde el "porche" de la cabaña
Fragmentos alusivos a la cabaña en Por la sierra del agua:
 "En un recodo del camino hacia San Mamés, había una cabaña de troncos con aspecto de llevar abandonada mucho tiempo. Me detuve a husmear en su interior y en sus alrededores. Su situación, a la salida de una curva, me obligó a distanciarme en busca de un lugar seguro donde dejar el coche, a la derecha de la calzada. Después, me acerqué caminando a aquel amasijo de troncos que parecía testimoniar una vieja y rota quimera. Pensé en la infancia, en los sueños aventureros de Tom Sawyer, o en las hazañas adolescentes de Guillermo Brown mientras, con un fondo de prevención, saltaba un muro de planchas de arenisca y de pizarra —en medio, crecía un fresno de tronco retorcido— y accedía a una especie de jardín abandonado en el que crecían, sin orden, la hierba, el cardo, la zarzamora y el endrino. El tejado de uralita y la embocadura, construida con un cemento oscuro, de una chimenea, rompían la uniformidad de una fachada hecha de troncos descoloridos, tan grises como el aire de aquella mañana. En algunas zonas de la fachada, las que daban al norte, crecía la yedra como un desafío al invierno, y en uno de los laterales, una puerta a medio abrir mostraba las tripas de lo que parecía un trastero. En su interior, descansaba una oxidada bicicleta de color rosa. Ante la visión de aquel utensilio abandonado, sentí un extraño vértigo: la choza, o cabaña, dejaba de ser un ente inanimado para cobrar vida: tenía memoria. Abrí ligeramente la puerta de aquel trastero y descubrí, al pie de la bicicleta, picaportes oxidados, un infiernillo, una pequeña escalera metálica, restos de periódicos, hojas podridas, un rollo de alambre también oxidado. Todos aquellos objetos eran el testimonio de una vida. Quizá de la vida de un soñador o de un náufrago, de un aventurero a contracorriente. Cuando decidí rodear la cabaña en busca de la puerta, el vértigo inicial se transformó en miedo. La absurda idea de que allí, en aquel habitáculo perdido de la mano de Dios, abandonado entre zarzas, podían estar los restos de su dueño, me llevó a proceder con cautela.
"Como era previsible, cuando me asomé a la puerta que, como una enorme boca, parecía aguardarme bajo un porche desgalichado, comprobé la soledad absoluta del lugar. Adentro podía verse un pequeño salón, con una chimenea ennegrecida al fondo, un sofá destripado, un colchón tirado en el suelo, con los muelles al aire como gusanos de óxido, un frigorífico ennegrecido y cerrado —decidí no abrirlo— y una ventana cegada y con cortinas de flores y polvo y, como una excrecencia de aquel escenario de lo abolido, un carro metálico. Sí: un carro metálico de los que proliferan en los hipermercados.
"Me bastó aquel examen visual para no proseguir la indagación. Me alejé del chamizo y caminé algunos metros hacia el extremo opuesto del jardín. Respiré hondo un silencio que, al poco, quebró el traqueteo lejano del motor de un camión. En el centro del jardín, se levantaba un pozo de piedra con un brocal de hierro forjado cuya boca estaba cegada por una enorme plancha metálica pintada a medias de verde a medias de herrumbre. Hubiera deseado encontrar a algún lugareño, o vecino de Pinilla, o de San Mamés, que conociera la historia de aquel lugar proscrito, el trasfondo de la suma de sueños destruidos que simbolizaba la choza abandonada."

lunes, 17 de enero de 2011

Una exposicion que enterró el urbanismo: verano de 1975, barrio de Portugalete, Madrid.

Corría el verano de 1975, Franco todavía vvía y los barrios de la periferia de Madrid eran un hervidero. De movilizaciones y de iniciativas. De luchas por aceras y asfaltado, por mejores viviendas, contra la subida del pan, por una sanidad y una educación dignas.... Y por la cultura como parte esencial del principal objetivo: la democracia. En aquel clima, en un Madrid en el que todos éramos infinitamente jóvenes, utópicos y desinteresados, hubo un barrio, hoy desaparecido como tal y subsumido por la realidad de una Arturo Soria de viviendas de lujo, oficinas, restaurantes caros y nuevo equipamiento comercial, que luchó con tenacidad por la libertad y por mejores condiciones de vida: Portugalete. Y en aquel verano de 1975, coincidiendo con las fiestas anuales (que habían empezado a convertirse en autenticas movilizaciones contra la dictadura) hubo un grupo de jóvenes, con los que E. y yo colaborábamos, que decidieron, con el apoyo de un párroco que debía de andar próximo a Cristianos por el Socialismo (memorable Manolo, al que reencontré muchos años después en una estación de metro y de quien no he vuelto a saber nada), convertir aquellas fiestas en un lugar de encuentro para los mejores artistas plásticos del momento.. 

Mural de Enrique Barón. Verano de 1975. Desaparecido
Los artistas llegaron al barrio pertrechados de sus herramientas y materiales y convirtieron aquel lugar de casas bajas y calles sin asfalto en una auténtica e inmensa sala de exposiciones al aire libre de obra original, única e irrepetible. Fueron murales muy apegados al momento que vivía España. Murales que aludían indirectamente a la luchas por la libertad, que sugerían pasadizos que nos conducían a la Segunda República y proponían homenajes a figuras de la España derrotada e ilustrada: en concreto, Federico García Lorca y Arturo Soria. Entre nosotros se encontraban trabajando artistas a quienes, como estudiantes tardíos de COU o de primero de carrera, habíamos admirado, como mitos culturales contemporáneos, en las críticas a exposiciones de las páginas de las revistas de cultura y política que frecuentábamos: Triunfo, Cuadernos para el Diálogo, Destino.

Mural desaparecido barrio Portugalete. Autor inidentificable.
 Durante algo más de una semana vivimos, bajo la vigilancia y la atención de la policía nacional y de la brigada político-social, algo parecido a un sueño: con nosotros, jóvenes airados impulsores del cine-club, de los debates sobre literatura y cine, estaban los pintores más conocidos, los artistas que, además de tener una cierta cotización en las galerías más prestigiosas, tenían vínculos con la lucha clandestina, contribuían a la resistencia democrática con su acción política semilegal y con su obra. Con nosotros estaban Enrique Barón, conocido entonces, sobre todo, como escultor, Juan Genovés, experto en multitudes, en pintar el colectivo anonimato y la protesta, Duarte, Arcadio Blasco, ceramista de Muchamiel que, junto a Carmen Perujo, su esposa, desarrollaba un trabajo incansable en la Asociación del barrio (era el único de aquellos artistas que vivía en Portugalete); allí estaban Poblador, Alcaín, Lucio Muñoz, Ricardo Zamorano, Santacatalina...

Mural de Duarte. Desaparecido. Verano de 1975
Fueron días memorables, en los que la labor de los pintores se complementó, cada noche, con recitales de cantautores que en unos casos, como los murales, se llevaría la transición, y en otros consolidarían una obra renovada, hoy viva todavía. Pienso en Gabriel González, que versionó de manera magnífica poemas de Blas de Otero, de Agustín Millares y de Carlos Álvarez, en la actualidad dedicado a la formación profesional en una fundación dependiente de UGT; pienso en Luis Pastor, que perseveró en las décadas posteriores en su pasión de cantautor de periferias. El barrio de Portugalete vivió tardes memorables en la sala parroquial compartiendo veladas y proyecciones con directores de cine que visitaron el salón de actos del club parroquial para hablar de historia, de clásicos del celuloide, de política, de memoria colectiva. Bardem, Basilio Martín Patino, Saura... acompañaron algunas de las películas más significativas (y menos divulgadas) de nuestro cine.

Homenaje a Arturo Soria. Mural de Lucio Muñoz. Verano de 1975. Desaparecido
Estos días, revisando los fondos fotográficos familiares, he recordado que de aquella exposición al aire libre hice no pocas fotografías. Las hemos buscado y, tras recuperarlas y escanearlas, las he pasado a este blog para restituirlas a la vida, para acabar con la situación de realidad desaparecida en que viven desde entonces. El barrio (como todos los barrios en los que fui adolescente y niño) desapareció bajo la acción de las excavadoras. Y, con los muros, se fue aquella celebración de la luz, del color, y del arte con sentido. Hoy, un día invernal de 2011, treinta y seis años después de aquella confluencia de la pintura y la reivindicación, gracias a Internet, a las nuevas tecnologías y a las posibilidades que ofrecen, devuelvo al mundo los murales y me atrevo a proponer a lectores, internautas y curiosos, un viaje a través de ellas a aquel tiempo de entusiasmos, miedo y utopías irreductibles. Sé que algunos de ellos han aparecido publicados en el blog Historias matritenses (enlazado al principio). Pero es una edición incompleta, desprovista de este alarde de memoria con que los he recreado.

En definitiva: aquí, debajo de estas líneas, os ofrezco la exposición virtual de aquellas obras que se llevó el huracán remodelador de la en cualquier caso bienvenida democracia municipal. La magia de la Red permite rescatarlas del túnel del tiempo. Feliz visita.
 

Homenaje a Federico García Lorca. Autor inidentificable. Verano 1975


Mural con motivos frutales. Alcaín y Equipo del Barrio. Verano 1975

Mural. Verano 1975. Barrio Portugalete. Autor inidentificable

Mural de Arcadio Blasco. Verano 1975. Barrio Portugalete

Mural. Verano 1975. Autor inidentificable.

Mural. Verano 1975. Autor inidentificable. Barrio Portugalete

Mural. Verano 1975. Autor inidentificable. Barrio Portugalete

Mural. Verano 1975. Juan Genovés. Barrio Portugalete

Mural. Verano 1975. Poblador. Barrio Portugalete

miércoles, 5 de enero de 2011

Mi lectura de "La gallina ciega", la expriencia del retorno a España de Max Aub

La disposición de algo más de tiempo libre en los días navideños me ha permitido meterme, al fin, con un libro cuya lectura tenía pendiente desde hace años: La gallina ciega, de Max Aub. Ha sido una experiencia fascinante. No sólo por las horas de inmersión en una prosa limpia, ambiciosa, con una tensión sostenida, sino porque me ha permitido volver a un tiempo estancado en los últimos años de mi adolescencia.
Max Aub narra en La gallina ciega una peculiar experiencia de retorno del exilio: volvió en 1969 desde México con la intención de recobrar su memoria de España y de vivir durante algunos meses la realidad de un país que algunos de sus amigos en el interior le describían diferente a la de los primeros años de la dictadura y en la que comenzaban a apuntarse algunos signos de apertura, especialmente en el ámbito literario. Eran los años de esplendor de la Editorial Seix Barral, con Carlos de sumo pontífice, con las primeras novedades procedentes del "boom" hispanoamericano (sobre todo, de La ciudad y los perros, de Vargas Llosa) y con el fiasco monumental del rechazo a Cien años de soledad.

Yo vivía mis días de preuniversitario y de fracaso en ciencias. Recuerdo que, a lo largo de aquel curso, mi presencia en la Casa del Libro en la Gran Vía madrileña (entonces avenida de José Antonio) para leer a escondidas y por fases los libros de los poetas más comprometidos del momento (Gabriel Celaya, Blas, Pepe Hierro) y para escudriñar en las nuevas colecciones: recuerdo de manera muy especial la colección El Bardo, que dirigía José Batlló y en la que descubrí a Gloria Fuertes en un libro de nombre inolvidable, Poeta de guardia. Llevaba un año en librerías Coro de ánimas, de Diego Jesús Jiménez, todavía duraban los ecos del éxito de crítica y lectores de un libro como Blanco Spirituals, de Félix Grande, que tres años antes había obtenido el premio Casa de las Américas en Cuba, los novísimos estaban a punto de convertirse en el fenómeno literario del final de la década y la dictadura podía mostrar las cárceles bien nutridas de presos políticos. Un año antes había dejado el colegio Ramón y Cajal, un centro privado que se levantaba junto a una Ciudad Lineal todavía tranviaria y boscosa, con chiringuitos, merenderos y matorrales, con viejos palacetes perdidos entre jardines llenos de vegetación y a punto de entrar en decadencia. Mi conciencia del mundo en que vivía era limitada, pero tras los deslumbramientos lectores de los catorce, de los quince años (Machado, Juan Ramón, los poetas del Siglo de Oro, las novelas de aventuras de Stevenson o de Defoe) había comenzado a indagar por mi cuenta en los poetas sociales, entonces relativamente accesibles, y a curiosear en las novelas de la generación del 50.  

Tranvía en el Madrid que visitó Max Aub en 1969
Pero yo, como mis amigos de barrio y de colegio, ignoraba que en aquel año 1969 un escritor del exilio que había colaborado con André Malraux en el documental Sierra de Teruel, que había sobrevivido a varios campos de concentración antes de llegar a México, que había convivido con Dos Passos y con otros autores de la lost generation norteamericana , un soberbio escritor con un reconocimiento unánime en América, con una obra más que consolidada (las seis novelas de El laberinto mágico, La calle de Valverde, Las buenas intenciones, numerosos cuentos, libros de poesía y teatro experimental), visitaba España e intentaba diagnosticar los cambios producidos a treinta años del final de la guerra al tiempo que pugnaba por recobrar la memoria de sus años jóvenes. La gallina ciega, subtitulada Diario español, es la crónica de ese viaje. Max Aub, a quien le llegaban, a su domicilio mexicano y por correo, invitaciones mil para que volviera a un país que, según no pocos escritores más o menos próximos al régimen, había cambiado profundamente (y había ganado, con Massiel, el Festival de Eurovisión un año antes aunque fuera condenando y silenciando a un Serrat que quiso cantar el La, la, la en catalán).

El libro me ha fascinado. En La gallina ciega Aub hace un recorrido por las experiencias culturales, pero también por la vida cotidiana, del momento, se interna en ciudades que, en aquellos años, vivían las consecuencias de los planes de desarrollo de los tecnócratas del Opus y los primeros impulsos especulativos (era la España de Matesa): Valencia, Barcelona, Zaragoza, Madrid, Toledo.... En esas ciudades Aub toma contacto con todo lo que se mueve: quienes actúan y crean al abrigo del aparato franquista y los que lo hacen en permanente desafío, los funcionarios descreídos y cumplidores, los hosteleros deslumbrados por los turistas que comienzan a llenar nuestras playas. Vive la experiencia de la censura, el reencuentro con intelectuales que han vivido la tortura y la cárcel (especialmente emotiva la descripción que hace del poeta José Luis Gallego), la desmemoria de las nuevas generaciones y el olvido voluntario de sus coetáneos adaptados a un conformismo casi obligado. Por las páginas del libro desfilan escritores como Luis Rosales o Gabriel Celaya, como el postrado Vicente Aleixandre en su refugio de Velintonia, como Carlos Barral o Esther Tusquets, entonces jóvenes y entusiastas promotores de la nueva edición, de la nueva novela, de la nueva poesía. Hay alusiones a Cela y a sus Papeles de Son Armadans, editados en Palma de Mallorca y refugio de ciertos autores del exilio, a Ángel González y a José Hierro, a Ridruejo y a Juan Benet.

El libro ha tenido para mí un atractivo adicional: se trata de un libro absolutamente fresco, al que el tiempo no ha desgastado y en el que he podido conocer cómo vivían la realidad de la dictadura que yo viví en la cotidianidad de mi barrio, en un universo a años luz del mundo intelectual, quienes protagonizaban la vida cultural. Qué pensaban de Franco, de la televisión, de la memoria de la Guerra Civil, del Opus Dei, de Vietnam, de la censura, de las cárceles y del exilio. Max Aub nos muestra un mosaico vivo al que juzga de manera muy dura, desde la óptica de quien vuelve a un país que estuvo enormemente politizado, que luchó contra el fascismo, al que sorprende sumido en el conformismo, atenazado por una mezcla de miedo y espíritu de supervivencia. Un país en el que los más jóvenes comenzaban a construir otra historia y a sufrir las consecuencias de ese empeño. Cárcel, exilio, detenciones en comisaría, expulsiones de la universidad, torturas, fueron algunos de los "remedios" que puso el régimen a la acción de la generación emergente. Sirva de ejemplo el vídeo de un Serrat veinteañero cantando el La, la, la eurovisivo en un catalán que le costó la representación de España y el silencio en los medios estatales durante algún tiempo y cuyo colofón sería el exilio en México cinco años después.




jueves, 30 de diciembre de 2010

En Vallecas con Antonio Ferres y su "otro universo"

Vallecas, Librería Muga, frente a la sede de la Asamblea de Madrid. Noche fría de diciembre (era el 18, cuatro días antes del sorteo de la lotería) en la que fui invitado a presentar dos nuevos libros de Antonio Ferres: el texto narrativo (novela o conjunto de relatos, qué más da) titulado El otro universo y el poemario París y otras ciudades encontradas, ambos publicados por Gadir. Hacía algo más de un año, creo que en la primavera de 2009, participé en unas jornadas de homenaje a su trayectoria personal y literaria y a su obra presentando la nueva edición, cuidada hasta la exquisitez por Gadir, de La piqueta, su novela más conocida y celebrada y con la que irrumpió, con una fuerza notable, en el panorama narrativo de la España de los cincuenta. Aquella novela, en la que se narraba la experiencia de quienes, procedentes de la diáspora que en aquellos años se produjo en nuestro país desde  el campo a la ciudad, construían, contra la noche y contra la vigilancia de la guardia civil, sus modestas viviendas en el barrio de Orcasitas, situó a Ferres en el ámbito de nuestra novela social. Después, vendría el libro viajero Caminando por Las Hurdes, escrito con Armando López Salinas y, por la temática abordada, reforzó aquel etiquetaje de nuestro narrador.

Allí, en la librería de barrio que, a medida que pasan los años y persevera en el desarrollo de actividades culturales, está convirtiéndose en un referente literario de la ciudad de Madrid, estaba el dirigente vecinal Félix López Rey, presidente de la Asociación de Vecinos de la Meseta de Orcasitas, que en los entrantes me contó su experiencia de presentación de la novela citada en su barrio en fechas muy cercanas al homenaje de la Complutense. Fue una presentación masiva, con mucha más gente que el homenaje universitario, y en la que los vecinos del barrio reconocieron en Ferres al escritor que, en tiempos de penuria y de dictadura, trasladó a su obra la experiencia colectiva que vivieron en días (y noches) de emigración interior, de chabolas y menesterosidad.

Pero Ferres no es un escritor social. Es un escritor sin adjetivaciones y con mayúsculas al que sus comienzos como narrador crítico le han dejado marcado (etiquetado más bien) ante y por buena parte del mundo académico y crítico. Tener una mirada inconforme hacia el mundo en que uno vive no significa desdeñar los aspectos estéticos de una obra literaria. Y eso es lo que le ocurre a Ferres desde sus comienzos. Su escritura está cargada de iluminaciones poéticas, es una prosa cuidada al máximo que llega a alcanzar niveles de una difícil intensidad. Su acercamiento a las cosas humildes y al mundo que se mueve en la periferia de las grandes ciudades no están reñidas con un cuidado exquisito del lenguaje. Tampoco lo están con la búsqueda de espacios para lo imaginario.

Eso ocurre con los dos libros recién publicados. El otro universo es un libro construido con relatos breves (que se conforman como capítulos de una novela) en los que Ferres mezcla realidad y ensoñación, presente y pasado. La recuperación de la infancia o de las experiencias de juventud de los personajes que habitan en ellos se desarrolla mediante evocaciones que surgen a partir de un paseo (casi siempre por espacios híbridos entre el campo y la ciudad), o de un reencuentro, o ante la presencia de alguien (una niña, una mujer, un joven) que invita al narrador a evocar el tiempo escolar, o a recobrar la vida universitaria en algún lugar de Norteamérica, o los fusilamientos al amanecer en las tapias de algún cementerio madrileño de posguerra. Se trata de una "ciudad otra", de un "universo otro" que, en cada capítulo se construye con fragmentos de memoria, con destellos líricos, con escenas entre lo real y lo surreal, con pequeñas historias que nos hablan de los más profundos sentimientos del hombre de cualquier época.  

En El otro universo advertimos, también, que Ferres es un magnífico poeta.  En los destellos líricos que nos revela su prosa, en los intersticios de cada fragmento narrativo advertimos un lenguaje que nos conduce al misterio. Ese misterio no está en otro lugar que en el libro que, según me contó al final de la presentación, mientras intercambiábamos impresiones con los asistentes, había escrito en paralelo y acabábamos de presentar: los poemas de París y otras ciudades encontradas, un libro de ciudades vistas a través de la lupa deforme del poeta y también un libro en el que su autor reflexiona sobre los grandes interrogantes del ser humano desde que tuvo conciencia de sí mismo (y que son los grandes interrogantes del arte y de la literatura): los límites entre la vida y la muerte, la memoria con todas sus servidumbres y gozos, el dolor y la felicidad y, como no podía ser de otro modo tratándose de Ferres, la evocación dolorosa y lúcida de nuestra Guerra Civil y de la posguerra, la refencia al exilio en Francia, en México, en Estados Unidos ( recuerdo su respuesta en una reciente entrevista en un medio digital: "Me fui por miedo a vivir en un mundo invivible"). La ternura, el lirismo más intenso, la pasión por el lenguaje y sus símbolos están presentes en este poemario del mismo modo que ya lo estaba en poemarios anteriores como La desolada llanura (2005).

Antes de la presentación, se proyectó el documental (inacabado, como work in progress, que diría James Joyce) de Tomás Cortijo Un gato en el diván, sobre la vida y la obra de Ferres, un hermoso y emotivo trabajo que (esperemos) no tardando mucho podremos ver en su versión definitiva.

Reconozco que en mi pasión por la novela contemporánea española hay una deuda con Antonio Ferres y con otros autores de la generación del 50, comenzando por Ignacio Aldecoa y por García Hortelano: en aquellas novelas iniciáticas, aparecidas a finales de aquella década y leídas por mí cuando tuve plena consciencia de la realidad y estaba bien avanzada la década de los setenta, vivía mi barrio y mis calles de infancia, mis primeras experiencias amorosas, mi adolescencia en la ciudad limítrofe, mis aventuras por fríos descampados y entre ruinas junto a humeantes vertederos. 

En la noche de diciembre, en Vallecas, en la librería Muga, Antonio Ferres nos hablaba, sin quererlo del pasado del barrio en que nos encontrábamos. Entre libros de texto, entre las novedades literarias más inmediatas, junto a una espléndida muestra de la mejor literatura de hoy y de ayer, nos atrevíamos a soñar con un futuro saludable para la cultura escrita, para el libro, para la novela, para la poesía. Porque nunca como ahora, en tiempos de crisis, de desempleo, de desolaciones y de recortes dictados por unos mercados que nada saben de literatura (que nada saben de humanismo, ni de sentimientos, ni de necesidades, ni de calidad de vida) hemos tenido tanta necesidad de que en la literatura se hable de nosotros. Como en la de Antonio Ferres.  

Antonio Ferres leyendo, en Muga, uno de los poemas del libro (Foto de Edu Rosa)

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...