jueves, 30 de diciembre de 2010

En Vallecas con Antonio Ferres y su "otro universo"

Vallecas, Librería Muga, frente a la sede de la Asamblea de Madrid. Noche fría de diciembre (era el 18, cuatro días antes del sorteo de la lotería) en la que fui invitado a presentar dos nuevos libros de Antonio Ferres: el texto narrativo (novela o conjunto de relatos, qué más da) titulado El otro universo y el poemario París y otras ciudades encontradas, ambos publicados por Gadir. Hacía algo más de un año, creo que en la primavera de 2009, participé en unas jornadas de homenaje a su trayectoria personal y literaria y a su obra presentando la nueva edición, cuidada hasta la exquisitez por Gadir, de La piqueta, su novela más conocida y celebrada y con la que irrumpió, con una fuerza notable, en el panorama narrativo de la España de los cincuenta. Aquella novela, en la que se narraba la experiencia de quienes, procedentes de la diáspora que en aquellos años se produjo en nuestro país desde  el campo a la ciudad, construían, contra la noche y contra la vigilancia de la guardia civil, sus modestas viviendas en el barrio de Orcasitas, situó a Ferres en el ámbito de nuestra novela social. Después, vendría el libro viajero Caminando por Las Hurdes, escrito con Armando López Salinas y, por la temática abordada, reforzó aquel etiquetaje de nuestro narrador.

Allí, en la librería de barrio que, a medida que pasan los años y persevera en el desarrollo de actividades culturales, está convirtiéndose en un referente literario de la ciudad de Madrid, estaba el dirigente vecinal Félix López Rey, presidente de la Asociación de Vecinos de la Meseta de Orcasitas, que en los entrantes me contó su experiencia de presentación de la novela citada en su barrio en fechas muy cercanas al homenaje de la Complutense. Fue una presentación masiva, con mucha más gente que el homenaje universitario, y en la que los vecinos del barrio reconocieron en Ferres al escritor que, en tiempos de penuria y de dictadura, trasladó a su obra la experiencia colectiva que vivieron en días (y noches) de emigración interior, de chabolas y menesterosidad.

Pero Ferres no es un escritor social. Es un escritor sin adjetivaciones y con mayúsculas al que sus comienzos como narrador crítico le han dejado marcado (etiquetado más bien) ante y por buena parte del mundo académico y crítico. Tener una mirada inconforme hacia el mundo en que uno vive no significa desdeñar los aspectos estéticos de una obra literaria. Y eso es lo que le ocurre a Ferres desde sus comienzos. Su escritura está cargada de iluminaciones poéticas, es una prosa cuidada al máximo que llega a alcanzar niveles de una difícil intensidad. Su acercamiento a las cosas humildes y al mundo que se mueve en la periferia de las grandes ciudades no están reñidas con un cuidado exquisito del lenguaje. Tampoco lo están con la búsqueda de espacios para lo imaginario.

Eso ocurre con los dos libros recién publicados. El otro universo es un libro construido con relatos breves (que se conforman como capítulos de una novela) en los que Ferres mezcla realidad y ensoñación, presente y pasado. La recuperación de la infancia o de las experiencias de juventud de los personajes que habitan en ellos se desarrolla mediante evocaciones que surgen a partir de un paseo (casi siempre por espacios híbridos entre el campo y la ciudad), o de un reencuentro, o ante la presencia de alguien (una niña, una mujer, un joven) que invita al narrador a evocar el tiempo escolar, o a recobrar la vida universitaria en algún lugar de Norteamérica, o los fusilamientos al amanecer en las tapias de algún cementerio madrileño de posguerra. Se trata de una "ciudad otra", de un "universo otro" que, en cada capítulo se construye con fragmentos de memoria, con destellos líricos, con escenas entre lo real y lo surreal, con pequeñas historias que nos hablan de los más profundos sentimientos del hombre de cualquier época.  

En El otro universo advertimos, también, que Ferres es un magnífico poeta.  En los destellos líricos que nos revela su prosa, en los intersticios de cada fragmento narrativo advertimos un lenguaje que nos conduce al misterio. Ese misterio no está en otro lugar que en el libro que, según me contó al final de la presentación, mientras intercambiábamos impresiones con los asistentes, había escrito en paralelo y acabábamos de presentar: los poemas de París y otras ciudades encontradas, un libro de ciudades vistas a través de la lupa deforme del poeta y también un libro en el que su autor reflexiona sobre los grandes interrogantes del ser humano desde que tuvo conciencia de sí mismo (y que son los grandes interrogantes del arte y de la literatura): los límites entre la vida y la muerte, la memoria con todas sus servidumbres y gozos, el dolor y la felicidad y, como no podía ser de otro modo tratándose de Ferres, la evocación dolorosa y lúcida de nuestra Guerra Civil y de la posguerra, la refencia al exilio en Francia, en México, en Estados Unidos ( recuerdo su respuesta en una reciente entrevista en un medio digital: "Me fui por miedo a vivir en un mundo invivible"). La ternura, el lirismo más intenso, la pasión por el lenguaje y sus símbolos están presentes en este poemario del mismo modo que ya lo estaba en poemarios anteriores como La desolada llanura (2005).

Antes de la presentación, se proyectó el documental (inacabado, como work in progress, que diría James Joyce) de Tomás Cortijo Un gato en el diván, sobre la vida y la obra de Ferres, un hermoso y emotivo trabajo que (esperemos) no tardando mucho podremos ver en su versión definitiva.

Reconozco que en mi pasión por la novela contemporánea española hay una deuda con Antonio Ferres y con otros autores de la generación del 50, comenzando por Ignacio Aldecoa y por García Hortelano: en aquellas novelas iniciáticas, aparecidas a finales de aquella década y leídas por mí cuando tuve plena consciencia de la realidad y estaba bien avanzada la década de los setenta, vivía mi barrio y mis calles de infancia, mis primeras experiencias amorosas, mi adolescencia en la ciudad limítrofe, mis aventuras por fríos descampados y entre ruinas junto a humeantes vertederos. 

En la noche de diciembre, en Vallecas, en la librería Muga, Antonio Ferres nos hablaba, sin quererlo del pasado del barrio en que nos encontrábamos. Entre libros de texto, entre las novedades literarias más inmediatas, junto a una espléndida muestra de la mejor literatura de hoy y de ayer, nos atrevíamos a soñar con un futuro saludable para la cultura escrita, para el libro, para la novela, para la poesía. Porque nunca como ahora, en tiempos de crisis, de desempleo, de desolaciones y de recortes dictados por unos mercados que nada saben de literatura (que nada saben de humanismo, ni de sentimientos, ni de necesidades, ni de calidad de vida) hemos tenido tanta necesidad de que en la literatura se hable de nosotros. Como en la de Antonio Ferres.  

Antonio Ferres leyendo, en Muga, uno de los poemas del libro (Foto de Edu Rosa)

5 comentarios:

Ana Rodríguez Fischer dijo...

Mil y unas veces he sostenido que la Historia de la Novela española de Postguerra estámuy mal escrita. Léase lo que se dice en los Manuales al uso de AnaMaría Matute (entre aquellos que se dignan atender a su obra). Sucede que algunos de esos pésimos manuales se siguen reeditando con notable éxito de crítica. Entonces... para qué hacer caso de lo que me dijeron algunos de los beneméritos jueces de algún que otro tribunal de oposición... si lo que aplauden es la visión de Sucinto Panorámicas (personaje à clef en una excelente novela de Guelbenzu, "Esta pared de hielo").
Y es que a Ferres se lo encasilló en...
Son realmente buenos sus libros de Vuiajes: "Caminando por las Hurdes" y otros que firmó con Armando López Salinas.
Salud y un Venturoso 2011!

Manuel Rico dijo...

"Tierra de olivos" es un espléndido libro. También son enormemente valiosas sus "Memorias de un hombre perdido" (Debate). Releer, a la luz del tiempo transcurrido, la historia de nuestra novela debería ser una obligación de críticos y profesores. En fin...

Salud y por un 2011 mejor que este 2010 de retrocesos.

dorita dijo...

Salud y Feliz 2011

Manuel Rico dijo...

Igualmente, Dorita. Confiemos en que todo lo malo se haya quedado en 2010.
Salud

Miguel Veyrat dijo...

Honor al viejo escritor y resistente que "hace vivible" el mundo que encontró al regresar del exilio y vuelve a contribuir a hacerlo visible. Ojalá que estos testimonios ahora publicados no sean los últimos que nos dé su pluma en ese futuro saludable que para las letras españolas desea Manuel Rico. Vallecas hizo buena esa noche la anotación que Miguel Torga dejó escrita en su diario al pensar que lo universal es lo local sin paredes.
Al antiguo compañero en tantas acciones que fueron clandestinas y hoy permiten al menos la claridad y libertad de expresión, el más fuerte de los abrazos. Siento que la lejanía de Madrid en que me encuentro, me haya impedido dárselo en persona.