lunes, 24 de mayo de 2010

Soyinka, Hughes, la Dickinson y... la Feria del Libro

Es difícil, por no decir imposible, que la poesía pueda cambiar el mundo: cierto. Pero es aún más difícil soñar con un mundo mejor sin contar con la poesía. Tiempos mutantes, dominio de la imagen, muerte (dicen) del libro tal y como lo concebimos, la realidad virtual campa por sus respetos.... Pero uno sale a la calle y se encuentra con hombres y mujeres poblando los parques, los mercados, los colegios, los cines, las oficinas de desempleo, los estadios. De la misma fibra, con los mismos sueños y frustraciones que tuvieran los hombres y mujeres a los que aludiera Dámaso Alonso cuando escribió aquel verso estremecedor: "Madrid es una ciudad con más de un millón de cadáveres según las últimas estadísticas". Es evidente que el mundo ha cambiado, que la globalización condiciona nuestra realidad y que Madrid no es la capital de la dictadura franquista como lo era entonces. Pero lo es también que la lucha cotidiana por la supervivencia sigue siendo la pulsión esencial que mueve al ser humano cada mañana al despertar. ¿Ha de vivir la poesía ajena a ese principio rector de la vida individual y colectiva? No lo creo. Es más, a medida que cumplo años (y ya van unos cuantos) y a medida en que me sumerjo, con mayor intensidad, en el mundo de la Red, advierto que la verdad escrita al principio ("es aún más difícil soñar con un mundo mejor sin contar con la poesía") es más evidente y necesaria. La poesía no puede ser un arte marginal, relegado, prescindible. Es el corazón vivo del idioma, la médula donde habitan las incertidumbres y los sueños, la memoria y el miedo, la vida y la muerte, el yo y los otros.

En estos días, tras mi salida del Cervantes, he tenido tiempo para volver, con calma, a la poesía ajena. Lo hice concluyendo una crítica al libro inédito de Blas de Otero Hojas de Madrid con La galerna para Babelia (diré, de paso que me parece uno de los poemarios más importantes aparecidos en lengua castellana en lo que va de siglo) y lo hice releyendo tres asombrosas traducciones de otros tantos poetas de talla universal y editados por Bartleby: Lanzadera en una cripta, de Wolen Soyinka; Poemas a la muerte, de Emily Dickinson, y El azor en el páramo, de Ted Hughes. Tres propuestas bilingües de alta poesía para la Feria del Libro que se inicia el próximo viernes. Tres oportunidades de disfrutar del lenguaje y de su esencia, de la pasión del poema y de comprobar la vigencia de la poesía como invitación a la reflexión, com imaginario de una realidad más justa, como depósito de los sueños, como vacuna contra la muerte aunque de la muerte hable, de pócima contra la desememoria.

Se me dirá: ya está aquí Rico barriendo para la casa de la colección que dirige. No se trata de eso (aunque a ello no renuncio). Se trata de una experiencia muy peculiar que intento describir: leí los tres libros en PDF, es decir, en pruebas, en fase de corrección aunque yo no fue el corrector. Me parecieron tres libros de una calidad incontestable. Pero ha sido después, cuando los he tenido en mi poder en papel, en una edición magnífica, y cuando me he podido sentar, con cierto sosiego, a releer en el formato de siempre, cuando he gozado, de verdad, de los libros de los tres poetas. No sólo de los poemas, he de aclararlo: también de las introducciones, de los prólogos de sus traductores. Luis Ingelmo con Soyinka, Xoán Abeleira con Hughes y Rubén Martín con la Dickinson, convierten los tres libros en tres "artefactos" cualitativamente diferentes, de una calidad distinta, yo diría que superiores en cualquier caso a lo que hubieran sido de no llevar los prólogos. No sólo sitúan cada libro. Nos ayudan al enamoramiento, hacen que nos apasionemos por la poesía que leeremos a continuación: generan una comunión entre lector y prologuista para disfrutar, en toda su riqueza, unos poemas magníficamente traducidos por otro lado.

El nigeriano Soyinka, primer premio Nobel africano y exiliado desde 1997 en Estados Unidos, nos lleva a las bodegas del cieno de la injusticia. Sus poemas nos hablan de la experiencia límite, de un mundo sojuzgado (que no murió, que todavía existe en la no tan lejana África, en grandes zonas de Asia, en la América sureña, en la periferia de nuestras ciudades postindustriales, postmodernas y globalizadas). La cripta, la cárcel, el encierro. De su encarcelamiento sin juicio durante casi 30 meses, de ellos 22 incomunicado, Soyinka se sobrepuso, casi sobrevivió gracias a la poesía escrita en pequeños envoltorios, en el reverso de cajetillas de tabaco, en papel higiénico.Ahí están los poemas. Se trata de un libro editado por primera vez en inglés hace la friolera de 39 años, nunca editado en castellano y que se asoma a nosotros como un abismo apasionante y estremecedor. Lanzadera en una cripta nos reconcilia con la gran poesía cívica, comprometida, del siglo XX.

La Dickinson que mira de cara a la muerte, que desde el hondón del siglo XIX (no olvidemos que murió en 1886) habla con nosotros, en sus poemas, como si fuera la última poeta del siglo XXI. Poemas escritos en el largo encierro al que, voluntariamente, se sometió cuando tenía treinta años, poemas que nos enfrentan a la verdad existencial más contundente. Los Poemas a la muerte son un desafío al misterio, son piezas de una búsqueda perseverante de realidades que se nos ocultan en la vida real, de las zonas oscuras que viven detrás de las cosas, en el lado inaccesible de la existencia. Rubén Martín, partiendo de reflexiones de Harold Bloom, subraya que en una poesía del pensamiento como la de Emily Dickinson no podía eludirse la reflexión poetizada sobre la muerte. Y ahí está, contemplada de una manera poliédrica, desde enfoques diversos, en los 155 poemas (de los 2000 que su autora escribió en su encierro) de que se compone el libro.

Hughes y la naturaleza, lo telúrico y volcánico que late al otro lado de lo cotidiano, la animalidad de la vida que se construye detrás de las estructuras culturales y filosóficas, la poesía que se mastica y se goza, que conmueve y erotiza, en la que el cerdo y el nenúfar, el leopardo y el atardecer, la rata y el zorro, la abeja y el río son mucho más que símbolos: son espejos deformes y, a la vez, certeros, de la condición humana. El lenguaje, de una riqueza casi provocadora y de una ductilidad que embriaga, convierte la lectura en una experiencia apasionante que bordea lo puramente sensitivo, que, al menos en el primer momento, deja de lado la racionalidad para dar paso al gozo más estricto y desnudo. Son 68 poemas (uno por cada año que vivió) que nos sitúan en las distintas etapas creativas que vivió quien fuera compañero de Sylvia Plath.

 

sábado, 15 de mayo de 2010

Entrada en tres tiempos: mi adiós al Cervantes, Estambul y Blas de Otero

Mi adiós al Cervantes. 1
Me puse a escribir sobre Estambul (ciudad maravillosa entrevista en un viaje privado, vacacional, junto a E., de hace sólo unos días ) cuando quedaban  muy pocas horas para el cierre de una etapa de mi vida profesional especialmente intensa: la que inicié, en julio de 2007, como directivo del Instituto Cervantes. La etapa se ha cerrado al fin y, después de recoger mis pertenencias, abandonar la sede central y volver a casa, retomo el texto de mi experiencia en la ciudad del Bósforo (abajo lo podréis leer)  no sin antes hacer una primera recapitulación sobre mi adiós al Instituto.

Si pudiera resumir en pocas  palabras esa experiencia de tres años, lo haría con una frase muy breve: "he vivido un mundo compartido e inimitable". Un mundo muy poco conocido en España pero decisivo en la difusión de nuestra lengua y de la cultura de nuestro país y de toda Hispanoamérica. Un mundo de trabajadores entusiastas, de hombres y mujeres (muchas más mujeres que hombres)  apasionados por el proyecto, una inmensa factoría de creatividad, de sueños casi siempre cumplidos a medias, de trabajo no siempre pagado como corresponde. Cuando, a mediodía del viernes, dejaba la sede central del Instituto pensando que era la última vez que lo hacía como trabajador y directivo del mismo, sentí un vértigo extraño. Adentro quedaban miles de horas de obsesiones y preocupaciones alrededor de exposiciones emblemáticas, reflexiones al hilo de viajes, casi siempre meteóricos, a los más remotos países y guiados sólo por la realización de alguna tarea imprescindible, ecos de actos literarios, presencias de personajes irrepetibles en su salón de actos o en la Caja de las Letras (pienso en Juan Gelman, en Juan Marsé, en José Emilio Pacheco, en Berlanga o en la científica Margarita Salas, en el privilegio de haber podido hablar con ellos), rostros anónimos de trabajadores amarrados, cada día, a unas mesas repletas de papeles y proyectos que casi nunca saldrán adelante por objetivas limitaciones de espacio y de tiempo. Adentro quedaba el sueño del idioma, un ser  vivo al que antes del Cervantes sólo me había acercado en función de su utilidad como materia de mis novelas y poemas y al que después del Cervantes me acerco con una lente poliédrica: una lengua que se enseña como lengua extranjera en todo el mundo, que tiene valor económico, que pugna por abrirse paso en la ciencia, que es vida e intensidad en el universo de Internet.

Mientras, ya liberado de responsabilidades, caminaba (al lado de uno de los compañeros más entrañables, cultos e inteligentes con los que he trabajado en estos años y con quien tanto he aprendido y querido al Cervantes: gracias, amigo de tantos días y tantos almuerzos --en El Bierzo sobre todo--), por la calle Barquillo en dirección a la de Alcalá, pensaba en que ya no habría lunes con una agenda implacable y estresante, en que ya no saldría, por la puerta que acababa de abandonar, más allá de las nueve de la noche de cada día con la mente atada a los actos y trabajos del día siguiente y sin tiempo ni espacio para pensar en mis novelas, en mis poemas, en este blog que construyo a golpe de fin de semana y de horas de la madrugada. Pensaba en los cuerpos que había abrazado en la despedida, hombres y mujeres entusiastas que me han emocionado al devolverme con generosidad, como inesperados espejos, una imagen de mí mismo que no esperaba. Pensaba en el microcosmos del centro de Alcalá de Henares, de ciertas mañanas en sus calles con soportales, en los actos culturales vividos al amparo de su claustro encristalado, en los trabajadores cervantinos de Alcalá y en los no menos cervantinos de la Universidad de esa ciudad. Y pensaba en los muchos rostros, con nombres y apellidos, que hacen posible que, cada día, desde Alburquerque hasta Sidney, desde Pekín a Dakar,  el Cervantes sea un inmenso organismo en el que quienes hablamos, soñamos, amamos y escribimos en castellano o español, nos reconocemos. Gracias.        

Estambul
En Estambul, la primavera es un estallido. En Estambul, antes Constantinopla y mucho antes Bizancio, se concentra buena parte de los imaginarios y los mitos de un mundo mestizo, complejo, rico, una encrucijada de civilizaciones y un lugar de encuentro de culturas, de sensibilidades, de mundos. Estambul de olores desconocidos. Estambul de viejos daguerrotipos entrevistos, en nuestra infancia, en casa de familiares remotos. Estambul de callejas escondidas y de amplias avenidas en las que, junto a los tranvías, crecen frondosos árboles, espaciosos jardines y bazares y mercados interminables. Estambul de mezquitas impregnadas por la magia de nuestros sueños y por la fantasía del cine, de las novelas y ensayos de Pamuk, de las viejas novelas de espionaje y de quiosco. Estambul Oriente y Estambul Occidente a un lado y otro del Bósforo.....


Han sido, estas pequeñas vacaciones, cinco días de caminatas, de sabores, de convivencia con ese mundo complejo y, a la vez, apasionante. Como no se trata de escribir una crónica turística ni una descripción de los monumentos visitados (la Mezquita Azul, Santa Sofía, San Salvador de Gora, la calle Istiklâl, el Mercado Egipcio, el Gran Bazar, el museo Topkapi....), sino de recapacitar en voz alta sobre la experiencia, diré que me he sentido como en casa, que he conocido una ciudad más desarrollada de lo que había pensado, una ciudad bulliciosa y hospitalaria, una ciudad de viejos cafés que parecen detenidos en la sima de los años cincuenta, de comercios a la última con las marcas que inundan las ciudades más cosmopolitas del mundo, de arquitecturas en las que el pasado musulmán se muestra al viajero vestido con el rococó de una Corte que hizo de Francia un referente de modernidad estética, de una condicionada ilustración.

Ese mundo, familiar y extraño a la vez, que se agita en el contraste entre la ciudad central, el cuerno de oro y las calles altas más allá de la torre Galata con una periferia humilde, tiene algo muy especial que atrae al visitante. No es el mito de los baños turcos y de las pasiones desatadas (más en la imaginación que en la realidad) por el best-seller de Gala y por la película de Vicente Aranda, es una mezcla de modernidad, exotismo, sensualidad, tradición occidental y aires orientales que parecen configurar una realidad distinta a cualquier otra.


Hablamos mucho con Antonio Gil, director del Cervantes de Estambul y con Mª Ángeles, su mujer, generosos y atentos guías de fin de semana por una ciudad viviendo una primavera sin tacha. También lo hicimos con españoles residentes en la ciudad desde hace mucho tiempo. Sobre todo, con españolas casadas con ciudadanos turcos, que habían echado raíces en Estambul (desde aquí, vaya mi abrazo para Lola y Hassan, para Lola y Alejandro (Iskender), para Pedro y su compañera María). Casi todos compartían ciertas reservas hacia la deriva a la que puede llevar al país el gobierno actual, islamista moderado, de Erdogan. Y lo cierto es que en las calles, de vez en cuando, es posible ver a mujeres de negro, cubiertas casi por completo aunque sin llegar al burka, y jóvenes y menos jóvenes tocadas con velo o con pañuelo musulmán. Antes, me decían mis interlocutores, eso no ocurría. Sin embargo, Iskender, un ciudadano turco casado con una española y con una alta formación cultural e intelectual, vino a decirme que eso era bueno, que aquellas mujeres cubiertas casi del todo vivían, hasta hace poco, ocultas en sus casas al igual que las jóvenes, que salir a la calle y relacionarse con el resto del mundo les iba a aportar una mirada nueva sobre la realidad, les iba a llevar, a medio plazo, a cuestionarse el cerrado universo en que han vivido.  El referente de la Unión Europea es contemplado con una mezcla de recelo y confianza y la pulsión democrática, progresista, me pareció muy arraigada en aquellas personas, lo cual es, por otro lado, una esperanza sólida frente a los integrismos. Creo que Europa (no la de los mercados, sino la de la cultura, la de la tolerancia y el bienestar, la de la convivencia) no debe de ser cicatera y estrecha con Turquía. Estambul es la prueba de un mundo muy alejado de los convencionalismos establecidos: está lleno de gentes repletas de curiosidad, es una realidad abierta y generosa.

Y Estambul es, también, una ciudad de azoteas panorámicas que se asoman al Bósforo o a un horizonte inabarcable de mezquitas. Como la del hotel Adamar, un pequeño establecimiento gestionado por Pedro y Hassan, cuya azotea-restaurante se asoma a la ciudad y a las cúpulas de Santa Sofía donde estuvimos una noche de cielo negro y estrellado. Y es, inevitablemente, una ciudad con tranvías. No, no penséis que todos son como el maravilloso ejemplar de la fotografía, tan parecido (quizá sea un original, no puedo afirmarlo) a los tranvías de las primeras décadas del siglo XX. Hay tranvías modernos, funcionales, similares a los nuevos tranvías que se están instalando en algunas ciudades de la periferia madrileña o barcelonesa, lo que habla de la inteligencia y la sabiduría de los administradores de una ciudad que no ha caído en el barranco en que cayó Madrid con los últimos gobiernos municipales de la dictadura acabando, a principios de los años 70, por decreto y especulación, con todas las líneas existentes y creando "scalextrics" y pasos elevados sobre los viejos bulevares que, entre frondosos árboles, cruzaban aquellos viejos cacharros de mi infancia y de mi pubertad.

Blas de Otero. 1
En Estambul me acompañó el tan esperado libro, con los poemas inéditos, que Sabina de la Cruz, su viuda, guardaba a buen recaudo, de Blas. Hojas de Madrid con La galerna, tal es el título. Como estas  reflexiones  se me han alargado quizá en exceso, una entrada que he iniciado con una primera entrega de mis impresiones cervantinas (vendrán más) no podía sino cerrarse con otra primera entrega (vendrán también más) sobre los versos desconocidos del poeta bilbaíno. Si en el futuro vendrá una reflexión, ahora os dejo un hermoso poema cargado de intimidad y serenidad, una pieza del mejor Blas de Otero de sus años últimos:

FRESAS
El aire esparcirá y desordenará tus cabellos
y un niño trepará por tu muñeca,
en tanto que la General Eléctrica esplenderá azul y rabiosa,
tintineará una esquila en el costado de María Luisa
y yo me sonreiré,
y tú estarás asustada,
y yo me sonreiré
junto al palacio de Orozco, allá
la abuela escogía fresas en primavera y sopesaba en noviembre 
         las ufanas peras del invierno,
y el aire desordenará tus cabellos
y yo moriré de nada.
                             Blas de Otero
           

domingo, 2 de mayo de 2010

Mi padre

No fui a la manifestación en favor de las víctimas del franquismo y contra la actuación del Tribunal Supremo contra Baltasar Garzón. Estaba fuera de Madrid y, a pesar de que E. y yo lo teníamos previsto, se nos hizo muy tarde y no llegábamos, por lo que optamos por evitarnos el viaje. Pero si no estuve físicamente, sí lo estuve espiritual y sentimentalmente, con todo mi corazón y toda mi inteligencia. No tengo familiares perdidos en fosas comunes junto a remotas (o no tan remotas) cunetas, pero me considero huérfano de todos los que fueron asesinados durante el franquismo.


Con gorra de visera y gafas ligeramente ahumadas,
mi padre en un mitin comunista en abril de 1979
Pero esta entrada va más allá de los asesinados de nuestra historia colectiva. La escribo pensando en mi padre, en los millones de vícitmas no asesinadas físicamente pero amputadas ideológica y emocionalmente durante cuarenta años. Él, Manuel Rico Delgado, carpintero, tenía diecinueve años cuando terminó la guerra, participó en ella en la llamada "quinta del biberón" y fue miembro de las JSU. Después, su vida se desarrolló bajo la humillación colectiva, en una España sombría, sólo apta para los vencedores, para los fascistas y asimilados. "Mi padre de viento puro", así me refería a él en un poema de mi primer libro. Mi padre olía a cola de carpintería y a barnices, a madera pulida y a serrín. Mi padre era el héroe de mi infancia a pesar de que sólo lo veía algunas noches o en las mañanas del domingo. Mi padre me llevaba a tomar el vermut a loa bares del barrio de la Concepción de los primeros años 60 y me presentaba a sus amigos, hombres hechos y derechos viviendo, también, en la humillación, a los que, con un orgullo emocionado, les decía: "este es mi hijo y será ingeniero".

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Mi padre hablaba de fútbol, de quinielas, de maderas diversas, de las nuevas técnicas del poliéster, que susuítuía al barniz tradicional y que creaba, sobre la superficie de la madera, una capa parecida al vidrio.  Mi padre intentaba ser feliz y hacernos felices pero llevaba con él una herida y un silencio hondo, estrecho y afilado: era el silencio del  miedo a hablar, a pronunciar palabras como democracia, libertad, sindicatos, república. Era el silencio que había echado raíces en los amigos asesinados, en la juventud amordazada, en una memoria del terror del que, en nuestra familia, nada sabíamos. Nada contó (nunca supe si se lo contó a mi madre) de su experiencia de posguerra y sólo muchos años después, cuando él había muerto, un viejo amigo suyo me contó que estuvo confinado en el campo de concentración que Franco habilitó en el antiguo estadio (por llamarlo de alguna manera) del Rayo Vallecano junto a varios miles de presos políticos. Aquella revelación me llevó a pensar en él y en el silencio con que había llevado una pena inmensa. En los secretos que lo acompañaron (¿torturas, humillaciones, vejaciones físicas, renuncias, traiciones inconfesables como cantar el "Cara al sol" con una pistola en el pecho o sólo por sobrevivir?) a lo largo de la vida y de los que nunca nos habló. Mi padre de viento puro que murió con 59 años un 25 de junio de 1979, poco menos de un mes antes de que se nos fuera Blas de Otero.

Mi padre autoritario sin ser consciente de ello. Mi padre que no podía ayudarme en las tareas escolares porque no sabía apenas algo más que las cuatro reglas y leer y escribir. Mi padre que leía, a escondidas, las panfletos que recogía en el tranvía. Mi padre retenido por la guardia civil en los primeros de mayo de los años sesenta y abandonado junto a una tapia próxima al barrio después de los golpes y las vejaciones. Mi padre con lágrimas en los ojos cuando, a mis 23 años, le dije que me iba de casa. Mi padre acobardado ante un hijo que se metía en la lucha clandestina y del que, a la vez, se sentía orgulloso (primeros años 70). Mi padre, que pasó su vida soñando con la libertad y que, de los 59 años que vivió, sólo en 6 gozó de un sistema democrático. Mi padre que comenzaba a saborear la libertad, que acababa de vivir las primeras eleccones libres en 1977, de aprobar la Constitución del 78 y de elegir el primer ayuntamiento de izquierdas en la ciudad de Madrid, el que presidiría, a partir de abril del 79 ("Era distinto abril", escribió Vázquez Montalbán, poeta) el irrepetible alcalde Enrique Tierno Galván, y al que un maldito día de junio, la muerte decidió llevárse para que no pudiera gozar de manera plena de la libertad robada durante casi medio siglo. Mi padre que no conoció a mis hijos. Mi padre que murió antes de saber que yo sería el primer titulado universitario de todas las generaciones de su estirpe. Mi padre de viento puro. Mi padre oloroso a tabaco negro, a vino barato en las noches de los sábados de un tiempo remoto, mi padre lijando, barnizando, presidiendo la mesa de nuestra pequeña familia en la cena de Nochebuena. Mi padre llevándome al cine, regalándome libros que intuía me iban a enseñar algo de lo que él nunca llegó a aprender. Mi padre.

En estos días, mientras asistía estupefacto a las actuaciones del juez Varela contra Garzón, pensaba en los asesinados perdidos en las fosas comunes olvidadas en cunetas y descampados. Pero pensaba también en las vítimas que cruzaron la dictadura en un silencio hecho de humillaciones y sevicias. En quienes, hombres y mujeres, crecieron, maduraron acobardados, rotos, conviviendo durante décadas con sus fantasmas, con los asesinos de amigos y compañeros viviendo cerca de sus domicilios, en quienes arrastraron secretos inconfesables y humillantes y hubieron de acostumbrarse a una cotidianidad de plomo y de mediocridad infinita. Pensé en Manuel Rico Delgado. En el destinatario de algunos de mis más emocionados poemas. En el hemenajeado en mi novela Los días de Eisenhower. En mi padre de viento puro.

viernes, 16 de abril de 2010

Dos recuerdos de editoriales desde el tiempo de las poetas blogueras

Esta mañana, mientras me dirigía al trabajo y distraía mi mirada al otro lado del parabrisas del coche, no he podido evitar el recuerdo de algunos momentos memorables de mi vida de escritor. Había leído, casi al amanecer, el mensaje promocional que ha preparado Pepo Paz para la antología, invención del insurrecto David González, de blogueras La manera de recogerse el pelo y en aquel momento, a eso de las 9,30 horas, desde el coche, veía, en la madrileña calle Alfonso XIII, en la esquina con Ramón y Cajal, el viejo chalet, probablemente construido en los años cincuenta, donde se instaló, a mediados de los ochenta, la editorial de origen italiano Mondadori. Pensaba en Bartleby y en su colección de poesía y evocaba mi relación con aquel edificio, ahora cerrado en apariencia, en los días previos a la Feria del Libro de Madrid de 1990, o 1991, no lo recuerdo con precisión. Como el atasco era importante y el informativo radiofónico se había empantanado en la tertulia, me dejé llevar por la memoria y por la imaginación y comencé a evocar mis experiencias con los editores en un tiempo de dificultades, incomprensiones y desmedida ansiedad por publicar. Entonces Internet no existía, la informática sólo era un aparejo que hacía más fácil la escritura y la contabilidad y el mundo editorial era, para los escritores que empezábamos, un universo mágico, casi inaccesible.

“Aquí”, me dije, “en este palacete rodeado de vegetación, estuve yo un día de la primavera de 1990 con el manuscrito de El lento adiós de los tranvías bajo el brazo”. Y no pude evitar, antes de concentrar el recuerdo en aquel día, que mi memoria volara más de diez años antes, hacia 1978, o 1979, para adentrarse en el sótano de la calle Cruz Verde, cerca del metro de Noviciado, donde un todavía entusiasta Jesús Moya peleaba, a diario, con la pequeña Editorial Endymion y con un ejército de gatos callejeros que encontraban entre las estanterías atestadas de libros refugio y hospitalidad. Allí conocí a José Carlón, y a Adolfo García Ortega, entonces asesores del inefable Jesús. También conocí a Rogelio Blanco, ya apasionado por la peripecia de María Zambrano y con el que Jesús quería levantar una colección de ensayo. Por allí pasaba, también, Julio Llamazares y alguna vez pude intercambiar algunas palabras con Fanny Rubio (qué provocadoramente jóvenes éramos entonces), empeñada aquellos días en guerrear por antologías justicieras con las que jugarse la cabeza. En el sótano de Cruz Verde olía a gatos y a papel, y a ese olor ácido de la tinta que ahora parece difuminarse en ediciones asépticas, casi plastificadas. Fue la experiencia de mi primer libro, cuando el comunismo militante de quienes creíamos que todo era posible se combinaba con una escritura apasionada y llena de defectos. Fueron las tardes de correcciones, las charlas con el bueno de Moya y fue el bautismo de tinta del escritor que nacía. Años después, aquél sótano, y los gatos en él refugiados, y el laberinto de estanterías, aparecería, desdibujado pero reconocible, en mi novela Los días de Eisenhower y su guardián editor sería reconocible en un maravilloso relato de José María Merino en sus Cuentos del barrio del refugio. De allí saldría mi balbuceante Poco importa romper con las alondras y mi primer hijo plenamente reconocido, El vuelo liberado (el dibujo de la izquierda, un apunte de Carlos Morago un tanto näif, data de aquella época), un poemario, hoy corregido a fondo, que espero reeditar algún día. 

Calle de la Cruz Verde. Aquí estuvo Endymion

La siguiente experiencia editorial la viví siete u ocho años después, cuando la editorial Fundamentos, dirigida por Juan Serraller y Cristina Vizcaíno, decidió editar mi primera novela, Mar de octubre. Estaba situada --todavía lo está--  en un piso amplio (creo que en la tercera planta) del Madrid con cierta vocación aristocrática de la calle Caracas, casi esquina con Fernández de la Hoz. Recuerdo mi acceso a aquel piso de suelo de parquet en el que los libros se acumulaban en amplias estanterías en las que no me era difícil reconocer la primera edición, en España, de Paradiso, de José Lezama Lima, o las ediciones, todavía en el catálogo de aquel año de su colección Espiral, de John Barth, o Thomas Pynchon, de los años 70. Serraller solía sentarse en un despacho situado en el extremo opuesto de la sala a la que se accedía al dejar el vestíbulo. Entonces yo fumaba de manera casi compulsiva y él lo tenía radicalmente prohibido. De modo que en su despacho había siempre una suerte de purificador que estaba permanentemente echando vapor de agua con un ligero olor a hierbas medicinales y sus primeras palabras, cuando lo visitaba, eran para invitarme a apagar el cigarrillo. Acababa de nacer su colección de narrativa y mi novela aparecería en ella. Ni que decir tiene que viví aquella experiencia con el entusiasmo y la ansiedad de quien sueña con salir del anonimato, de cerrar un imaginario círculo, iniciado con la poesía, con el acceso a la narrativa. Fundamentos olía a hierbas medicinales. En Fundamentos, Cristina Vizcaíno era una editora meticulosa y sabia. Y yo era un nervioso narrador soñando con que aquella primera novela inundara los anaqueles de las librerías. En el fondo, el piso de Caracas 15 fue para mí un espacio mágico. No olvidemos que en Fundamentos había leído, a principios de los 70, los primeros textos revolucionarios y los textos contraculturales que llegaban de la América hippie y psicoanalizada. Editar allí era algo parecido a un sueño.

Pero el cumplimiento del sueño (no de "algo parecido") vendría después, cuando, en el chalet que esta mañana contemplaba desde el coche y bajo un toldo de nubes primaverales, Eugenio Gallego, editor y maestro, a la sazón director literario de Mondadori, intelectual crítico que se había curtido dirigiendo la colección de bolsillo de Alianza Editorial, me dijo que me publicaban El lento adiós de los tranvías en una nueva colección que estaba diseñando nada menos que el mítico Daniel Gil. Eugenio tenía el despacho en la primera planta y desde la ventana se veían las copas de los árboles del jardín. Entre manuscritos, libros de las distintas colecciones de la mítica editorial Mondadori y borradores de diseños de portadas diversas, yo supe que iba a ser autor de aquel sello (era el sello de Gabo, de Onetti, de Fuentes, de Mutis...). Aquel chalet olía extrañamente a moqueta recién lavada con lejía, era un lugar lleno de trabajadores de la edición, el corazón de los sueños literarios de mis amigos. Era, además, el templo de la narrativa contamporánea en castellano. Recuerdo que pensé que al fin había accedido al lugar que me esperaba desde la adolescencia. Y no iba descaminado.

Hoy, cuando tanto tiempo ha pasado desde estos tres bautismos editoriales (primer libro de poemas, primera novela, acceso a una editorial de tradición y prestigio), me doy cuenta de que tengo una sensación parecida ante cada nuevo libro. No sólo mío. También ante cada nuevo libro que Pepo Paz retira de la imprenta tras meses de trabajo editor en Bartleby. No es muy distinta la sensación del autor de la de un director de colección ante la aparición de cada libro. Con La manera de recogerse el pelo a punto de salida, un libro surgido de un universo virtual hace poco tiempo ninimaginable, me ocurre algo parecido. Aunque no haya por medio sótano con gatos, ni chalet huérfano oloroso a moqueta y lejía, ni despacho y vestíbulo aromados por vapor de eucalipto. Aquí queda un video que nos aproxima a esa generación bloguer tan distinta en apariencia a la que yo representaba en aquellas visitas editoriales, pero tan parecida en el fondo, en las emociones, en las esperanzas, en las ilusiones de quien empieza, a la de entonces. A las generaciones de siempre.

  

sábado, 20 de marzo de 2010

A vueltas con la novela. Una cita de David Grossman

"Si me hubieran pedido que describiera qué cualidades hacen al escritor, habría respondido que la primera es la necesidad imperiosa de inventar historias. Es decir, de organizar la realidad, a menudo caótica e incomprensible, en el marco de una narración; descubrir en todo acontecimiento los contextos —evidentes y ocultos— que le dan un sentido especial; poner de relieve los rasgos de la “trama” y hacer que emerjan de ella los “protagonistas”.
"Para mí, el impulso de escribir una historia, inventándola o sacándola de la realidad, es casi una pasión, la pasión por la narración que, para algunos —los que acabarán siendo escritores—, es tan fuerte y primordial como cualquier otra".
David Grossman
(Del libro de ensayos Escribir en la oscuridad. Debate, 2010)

jueves, 18 de marzo de 2010

A vueltas con la novela del siglo XXI: Vilas, Calvo, Carrión

La substa del lote 49 o Arco iris de gravedad, de Thomas Pynchon, Ulises o Finnegans Wake, de James Joyce, Manhattan Transfer, de John Dos Passos,  Mazurca para dos muertos, Madera de boj y Oficio de tinieblas 5, de Cela, La saga fuga de JB, de Gonzalo Torrente Ballester,  Parábola de un náufrago, de Delibes, Quimera, de John Barth, Paradiso, de Lezama Lima , Berlín Alexander Platz, de Alfred Döblin o El hombre sin atributos, de Robert Musil,  Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante, El estrangulador, de Manuel Vázquez Montalbán .... No he podido por menos que recordar estos títulos tras la lectura de los artículos de Manuel Vilas, en ABCD las letras, y de Jordi Carrión, en El País junto con la réplica a Vilas de Javier Calvo en su blog cuestionando el género del libro Aire Nuestro (al que yo califiqué en una entrada de este blog de novela). Casi todos los libros arriba mencionados fueron publicados entre los años 20 y 80 del pasado siglo. Fueron, en su día, la ruptura, el vanguardismo, la quiebra de la llamada narración convencional, la innovación y renovación del género narrativo, la ruptura con el lenguaje tradicional. Era la novela del siglo XX que acababa con la "historia" y con la narratividad (aunque no del todo). La de dios es cristo, vamos.


En paralelo a estas novelas, gran parte de ellas paradigma, proclamado por la crítica y por los expertos de literatura de su tiempo, de una nueva novela y del final de la novela tradicional, salieron a la luz El proceso o El castillo, de Kafka (en realidad, todo Kafka), Cien años de soledad o Crónica de una muerte anunciada, de García Márquez, El siglo de las luces, de Carpentier, Yo el Supremo, de Roa Bastos, El guardián entre el centeno de Salinger, Suave es la noche y El gran Gatsby, de Fitzerald,  Luz de agosto y Santuario, de Faulkner, A sangre fría, de Truman Capote, Llámalo sueño de Henry Roth, La guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa, La montaña mágica, de Thomas Mann, El tambor de hojalata de Günter Grass, Expiación, de Ian McEwan  .... .

En el primer bloque, la narración desestructurada, sin apenas argumento, la fragmentariedad, la hibridación de géneros y de disciplinas artísticas, el componente irracional (aunque, todo hay que decirlo, mantienen un hilo conductor que las dota de sentido).

En el segundo bloque, la narración sustentada en la historia, con argumento y tensión argumental, el relato más transparente y depurado.

¿Cuáles, de ambos grupos, podrían ser definidas como novelas del siglo XX y cuáles no? ¿Es más moderna Ulises que, por ejemplo, La metamorfosis, deKafka? ¿Quién puede afirmar que un texto basado en la irracionalidad al que su autor calificó de tecnoficción como Arco iris de gravedad, de Pynchon es más del siglo XX que un mecanismo de relojería narrativa como Santuario, de Faulkner?  ¿Vía Revolucionaria, de Richard Yates, o La saga fuga de J. B., de Torrente Ballester?

A principios de año, para trabajar en un artículo en el que pretendía relacionar el año Camus con la caída del muro de Berlín y con la situación del mundo global en el nuevo siglo, releí La peste, El extranjero y La caída. Pues bien, en esas tres novelas, escritas hace la friolera de 70 años, se advierten los grandes dramas, las más profundas incertidumbres y perplejidades del siglo XXI. Curiosamente, con más intensidad que en la inmensa mayoría de las novelas de muchos autores que me son coetáneos. Desde luego, con una profundidad existencial difícil de encontrar en la novela última: profundidad que deviene de la capacidad de Camus para contemplar lo colectivo con una mirada cargada con la subjetividad de quien se pregunta por la vida del yo en estrecha vinculación con los otros tras acontecimientos tan brutales como la Segunda Guerra Mundial y el nazismo.

Cierto que no hay una verdad universal sobre casi nada. Menos sobre qué estética narrativa responde a las necesidades del lector literario del siglo XXI. Como crítico, necesitaría un amplio espacio para desarrollar esa teoría (en algunos artículos publicados en los últimos 5 años me he extendido con amplitud), pero como escritor, como ser humano que se ha enfrentado en varias ocasiones al desafío de construir y escribir una novela, sí estoy en condiciones de afirmar que lo que me parece más fácil es la opción por la fragmentariedad, escribir sin un orden premeditado, respondiendo a impulsos inconscientes, trasladar al texto citas internas, textos de otros guiado por un azar tan caprichoso como irracional, encadenar ideas e imágines... Y lo más difícil, construir una historia con un lenguaje revelador, exigente, trabajar una trama que muestre e intente resolver las contradicciones que viven los personajes (que han de ser vivos, de carne y hueso y alma), crear un mundo, una atmósfera, una suma o una interrelación de vidas, una sucesión de acontecimientos tejidos por una lógica que los emparente y les dé sentido. Para mí es esto último lo más difícil, lo que requiere de un esfuerzo sostenido (de lenguaje y de imaginación) hasta lograr una obra en la que nada suene a gratuito, a capricho no justificado, a mero artificio. No por casualidad, algunos amigos narradores llegaron a confesarme hace un par de años las serias dificultades con que se encontraban a la hora de estructurar una trama, su admiración hacia aquellos que lograban, con cierta facilidad, construir historias (al margen de la estética con que las trazaran) y sus limitaciones para escribir otra cosa que no fuera un libro de relatos o una sucesión de reflexiones, estampas/fragmentos o anécdotas.

Cierto es, también, que Roberto Bolaño abrió paso a una narrativa en la que la experimentación confluía con una decidida voluntad de indagar en las grandes incertidumbres contemporáneas y que una expresión de esa voluntad es 2666: una novela de y sobre la violencia del México del siglo XX, una expresión de la más rotunda perplejidad frente a un mundo cruel, irracional, poco asimilable, por cierto, a los fragmentarismos postmodernos de diversa índole. Y verdad es, también, que el "proyecto nocilla" supone un esfuerzo por amalgamar los materiales de distinto orden que ofrece la Red en la era de Internet (desde el texto ajeno o el video hasta la viñeta dibujada).  Que en ese universo narrativo, que se ha mostrado en esta primera década del siglo XXI como la gran novedad, como la expresión de una literatura "mutante", todo vale, hasta la frivolización de la violencia. Ese esfuerzo, que se ha acompañado de una poética grupal, a mí me suscita algunas preguntas de no fácil respuesta:

1. ¿Qué razón de contemporaneidad sustenta la idea de que la novela del siglo XXI ha de ser forzasamente fragmento, carecer de "historia" y argumento, levantarse sobre el caos? Esa idea, tan vieja como la vanguardia, se manifestó, en lo concreto, en la Norteamérica de los años 60 y en la novela de la contracultura. Sus frutos, limitados. Después, en los 80-90,  vinieron los Carver, Wolff, McInerney, Richard Ford, narradores de historias. Y se hicieron con el santo y la limosna.

2. ¿Acaso la gran novela, comenzando por El Quijote, no es un intento de ofrecer un orden inventado al caos de la realidad, una lógica imaginaria pero lógica al fin y al cabo, a ese caos?

3. ¿Por qué la novela del siglo XXI ha de ser reflejo del mundo que circula en el ciberespacio y el novelista debe renunciar a desafiar a esa lógica? ¿Acaso yo, por ejemplo, escritor en este blog y frecuentador del mundo virtual de la Red, debería, por no sé sabe qué prescripción de la teoría literaria de la postmodernidad, trasladar ese collage a mis novelas para ser un narrador de este siglo porque en caso contrario quedaría fuera de la modernidad?

4¿Quién puede afirmar que un monumento narrativo como Verdes valles, colinas rojas, de Ramiro Pinilla, o Ojos que no ven, de González Sáinz, Crematorio, de Rafael Chirbes o Anatomía de un instante, de Cercas, por citar cuatro ejemplos que sobre la marcha me vienen a la mente, no pueden ser considerados del siglo XXI por estar construidos con técnicas no fragmentarias, por contar historias, mientras que sí lo serían los libros de Vilas o de Fernández Mallo, entre otros?. ¿No es un sinsentido?

Hasta aquí mi reflexión. Continuará. Supongo....

sábado, 13 de marzo de 2010

Un día que comenzó con Delibes y se cerró con Joan Báez

Para E. Z., en su 12 de marzo.
Se inició el viernes con la noticia no por esperada menos dura: Miguel Delibes había muerto casi al amanecer. Aunque la tarde anterior supe de su estado crítico cuando me encargaron un artículo sobre su obra para la página web de RTVE, experimenté una sensación extraña, algo así como la de quien pierde no a un ser querido sino a alguien que ha sido parte consustancial de su existencia, a quien siempre ha tenido ahí, como un amigo, como un padre, como un maestro, como un mito que nunca moriría: era parte del paisaje contemporáneo, un escritor que desde el Valladolid provinciano escribía de los sentimientos y obsesiones universales.

Cuando comencé a leer con cierta conciencia de estar leyendo literatura y buscaba en ella respuesta a los misterios de la infancia y de la adolescencia, al mundo que había dejado atrás, y recrear la vida del pueblo de mis vacaciones remotas, Delibes, con Las ratas, con El camino, estaba ahí. Cuando, a finales de los sesenta y principios de los setenta, comencé a buscar una literatura diferente, que rompiera la tradición y la encontré en un libro como Tiempo de silencio o en la narrativa del boom hispanoamericano, Delibes, con su Parábola del náufrago o con Cinco horas con Mario, estaba también ahí. Sus libros, sus reflexiones sobre la vida rural y las amenazas que se ciernen sobre ella, su defensa de la naturaleza y su mítica de la caza, sobre la vida en una ciudad provinciana y sobre los viejos fantasmas familiares han sido siempre un asidero para mis propias reflexiones. No fue un revolucionario, tampoco un escritor comprometido al modo en que otros escritores (los escritores sociales) ejercieron el compromiso en los años 50, 60 y 70: escribió Los santos inocentes, la denuncia más estremecedora de la literatura de la segunda mitad del siglo XX de la explotación y el señoritismo en el mundo rural . Pero fue un humanista radical, un hombre bueno, un paradigma de la modestia y una vacuna frente a la egolatría que siempre amenaza a los escritores. Hoy, en esta hora en la que nos aprestamos a cubrir su vacío con la relectura de su eternidad, es decir, de su obra, creo que es bueno recordar unas declaraciones suyas en las que demostró con creces esa visión humanista de la realidad, esa honestidad sin tacha: cuando Camilo José Cela obtuvo el Planeta tras haber logrado el premio Nobel, hubo una invitación al propio Delibes para que se presentara al galardón mejor dotado económicamente del mundo hispanoamericano, es decir, el ya citado premio Planeta. Pues bien, recuerdo cómo él dijo con rotundidad que le parecía deshonesto, contrario a toda ética, aceptar la invitación (que suponía, obviamente, la obtención del premio), que eso sería una total falta de respeto hacia los doscientos o trescientos escritores que se habían dejado meses, o años de vida, escribiendo sus novelas para presentarlas, con ilusión, al premio sin saber que ya estaba dado. Sería, vino a decir, una gigantesca estafa. No sirvió de mucho aquel gesto para los premios que vinieron después. Pero sí fue una muestra, poco frecuente, de coherencia. Un indicio más de la personalidad del gran escritor vallisoletano. Descanse en paz.

El viernes, mi viernes del adiós de Delibes, se cerró en el Palacio de Exposiciones de Madrid escuchando y contemplando, junto a E., a otro mito: Joan Baez. Joan Baez delgada, frágil, con el cabello lleno de mechas blancas, Joan Baez llegando del fondo más noble de los más nobles sueños de mi generación, Joan Baez bellísima todavía, con la guitarra entre sus brazos acunando a un Palacio de Exposiciones a rebosar de un público, en su mayoría, de edad superior a los cuarenta años, pero con no pocos jóvenes y adolescentes, algunos acompañando a unos padres que soñaron con Wooodstock, que coleccionaron los discos de vinilo de la voz universal, que se manifestaron cantando No nos moverán o amaron mientras al fondo sonaba un Blowing in the wind en el que resonaban otras voces: Bob Dylan, Woody Guthrie, Pete Seeger. El concierto tuvo algo de ceremonia. De la nostalgia, del amor crecido con la música y la voz de la Baez. Para mí tuvo también un carácter adicional: homenajear a quien estaba conmigo, a E., que, en tiempos que ahora me parecen remotos, cuando el franquismo todavía dominaba el país, cantaba, con una voz hermosa y jovencísima, algunas de las canciones, puros clásicos ya, que, guitarra en ristre, con mirada limpia, honda, con las mismas aspiraciones de transformación social, política, cultural que antaño, entonaba una Joan Baez envejecida pero no por ello menos embellecida por la edad y por la luz de su voz.


jueves, 4 de marzo de 2010

Homenaje a Chile desde el Madrid del retorno

El Madrid del retorno es el Madrid de la mala conciencia. Chile y los chilenos van en el corazón, pero se han quedado allí, en ese hermosísimo territorio situado, por un capricho de la naturaleza, en una de las zonas con mayor actividad sísmica del planeta. El Chile de la libertad, el Chile de los grandes sueños y de los grandes soñadores se ha quedado sufriendo y yo he pensado en mis grandes amigos y grandes poetas y grandes artistas plásticos. En Alexandra Domínguez, la hermana de tardes memorables de conversación y lecturas poéticas, en Juan Carlos Mestre, berciano y leonés de corazón chileno como Huidobro o Neruda, peleón y habitante de una "casa roja" que es la casa de todos, en Javier Bello (¿estabas en Chile en esas horas, en las mismas horas en que yo me encogía de miedo y de impotencia?), en Andrés Fisher, habitante de una antología que, hace una década, tuve la suerte de prologar bajo el título Pasar la página, en Violeta Medina, delgada y frágil, puro nervio y puro poema y pura devoción por Gonzalo Rojas, Violeta comensal en un reciente almuerzo con Marcos Ana organizado, por Marifé Santiago para escuchar la voz del poeta que, tras largos años de cárcel en el penal de Burgos, olvidó cómo era un árbol, un Marcos Ana que estos días, estoy seguro, tiene el corazón lleno de Chile del mismo modo que lo tuvo cuando Pinochet nos llenó de luto y desesperanza cuando éramos infinitamente jóvenes, Chile de Eugenio Llona, el hombre comprometido con la cultura y con la política de izquierdas pero sobre todo el poeta, al que conocí en Madrid hace algo más de un año y al que volví a encontrar, desolado y firme a la vez, en Valparaíso y del que, con un abrazo emocionado, me despedí en Santiago junto a las instalaciones de campaña de un aeropuerto terriblemente dañado. Sólo pude darle el abrazo a cambio de un regalo que llevaré siempre conmigo: Glosario del amor chileno, de Radomiro Spotorno, con ilustraciones de Andrés Graña. Chile de los artistas adscritos a una asociación cuya sede pude fotografíar, desde el autóbús, al entrar en Valparaíso cuanto todavía el país no era terremoto. Vedla abajo, a la izquierda.  

Chile de Óscar Hanh  y de los Poemas de la era nuclear, ese hermoso y cívico libro que leí en pruebas antes de que apareciera en la colección de Bartleby no hace más de dos años. Chile de los recuerdos más entrañables de mi memoria personal, cuando tanto lo soñábamos en las palabras de Salvador Allende, en las canciones y poemas de Víctor Jara, en las canciones de Violeta Parra que tantas veces escuché en la voz de Esperanza, mi compañera de tantos años (aquellos recitales semiclandestinos en Portugalete, en la UVA de Hortaleza, en no sé qué parroquia perdida en el extrarradio), refugiada en un poncho que le servía para ocultar los panfletos que repartía por los portales del barrio en las madrugadas de tinta de los últimos años de la dictadura, Chile de Gabriela Mistral y de José Donoso (Pilar, compañera de sus días en Calacite, ¿estabas allí cuando la tierra tembló y yo sentí miedo?), ese poeta recién descubierto gracias a los Poemas de un novelista que hace poco más de un año volvieron al lugar de donde nunca debieron salir: a las librerías. 

En el Madrid seguro y lejano, en mi Madrid cantado en tantos poemas y novelas, he escuchado, en la radio y en la televisión y a las pocas horas de tomar tierra, que el suelo volvía a temblar en Chile. Y he recordado las horas vividas allí y he pensado que he sido un afortunado a pesar del miedo. He sido un afortunado porque he conocido el dolor de los chilenos a pesar de estar en un lugar poco afectado por el desastre y porque, al lado de la catástrofe que simboliza la fotografía de agencias que podéis ver abajo, pude visitar la tumba de Pablo, el gran poeta cósmico. La tumba que comparte con Matilde Urrutia y junto a la que murió cuando el Chile más negro puso las botas y los fusiles en el pecho del pueblo. 


Sí. He estado, aunque por muy poco tiempo, en Isla Negra. Junto a la que fue su casa y es hoy sede de la Fundación Neruda. El terremoto había desordenado los objetos que allí se guardan y los distintos edificios estaban cerrados. Pero a través de los cristales pude ver las botellas, los mascarones, las anclas, algunas caracolas. Para mí fue un íntimo homenaje que aguardaba desde hace la friolera de 37 años, cuando, tras el golpe de estado, Pablo nos dejó a causa del cáncer y de la pena infinita.

Aunque íntimo, estoy seguro de haber compartido  el homenaje con quienes me acompañaban en aquel momento, trabajadores y trabajadoras del Cervantes que todavía tenían clavado en el alma el miedo nocturno provocado por el terremoto y sus réplicas y la frustración por no llevar adelante aquello para lo que habían (habíamos) ido a Valparaíso: el Congreso de la Lengua. Con los veinte, quizá algunos menos, cervantinos y cervantinas que el  28 de febrero, cuando todavía desconocíamos las dimensiones reales de la catástrofe, estuvimos en Isla Negra. Concluyo esta entrada con dos fotografía de ese lugar en las que creo se simboliza, frente a la desolación, dos sentimientos imprescindibles hoy:  esperanza, solidaridad, futuro.

martes, 2 de marzo de 2010

Palabras desde Valparaíso

                                                                 Al pueblo de Chile
Apenas faltaban dos días para el comienzo oficial del Congreso de la Lengua de Valparaíso. Formo parte de la delegación del Instituto Cervantes a tal acontecimiento. Cuando me desplacé allí, pensaba en los debates a celebrar, en las ponencias, en la importancia del lema del Congreso para el presente y el futuro de nuestro idioma: "América en la lengua española". Pensaba en los poetas de Hispanoamérica, en Neruda y Gabriela Mistral, en Gonzalo Rojas y Nicanor Parra, en todos los poetas de la América que habla y piensa en la lengua castellana que han aportado su creación, su originalidad, su genio a ese patrimonio común que es el gran "territorio de la Mancha" con que, tal y como lo definió Carlos Fuentes, nos expresamos, soñamos, pensamos, sufrimos, 450 millones de personas en todo el mundo.

Pero la naturaleza, bella y terrible a la vez, fue en esta ocasión más terrible que en otras. Más cruel. En la noche del viernes, 27 de febrero, al sábado, 28, gran parte del gran país hermano, del país de los poetas, tembló de manera violenta. El miedo, la confusión, la inseguridad personal y la incertidumbre de unas horas de oscuridad, de noticias contradictorias, de imposibilidad de comunicar con las familias, de teléfonos mudos, sustituyeron, por un tiempo, a las ilusiones despertadas por el Congreso de Valparaíso (qué bellas suenan esas tres palabras, son casi un verso), a las expectativas abiertas desde tres años antes para escuchar a académicos, políticos, poetas, narradores y pensadores reflexionar sobre la lengua española. Tres años de trabajo callado e intenso eran puestos en precario por la ira de la naturaleza.

Horas después, cuando el miedo íntimo dio paso al conocimiento de la desolación colectiva, a las imágenes de una devastación no vividaen el hotel de Valparaíso en que se alojaba quien esto escribe, a las cifras de muertos, de heridos, de vidas condicionadas por la pérdida de todos los bienes, de sus casas y equipamientos, sentí un dolor punzante, me di cuenta de que estábamos ante una catástrofe mucho mayor de lo que, en el amanecer del día 28, sábado preludio de la semana congresual, llegué a pensar.

Puentes derribados, bloques de viviendas derruidos, casas, precarias casas de adobe convertidas en puros escombros... Todo eso, junto a hombres y mujeres desesperados, junto a las imágenes de cadáveres y de grupos humanos huyendo que mostraban las distintas cadenas de televisión, me hicieron sentir a Chile muy adentro. Como otras veces ante aconticimientos también trágicos aunque de distinta naturaleza como el golpe de Pinochet, sentí que en mi interior vivía, como si formara parte de mí, el pueblo de Chile. El Congreso quedó cancelado. Se transforma en un Congreso virtual. Volveré a España en pocos días. Pero estas jornadas terribles, en las que he aprendido mucho sobre la condición humana y sobre sus límites, sobre sus virtudes y sobre sus defectos e insensibilidades, he tenido algo muy claro: como otras veces, he sentido a Chile y a los chilenos, comenzando por la presidenta Bachelet, en el corazón. Tanto que nunca se irán de allí.

lunes, 22 de febrero de 2010

Un premio para "Verano": el Gómez de la Serna

Esta mañana me han comunicado la noticia. Un jurado presidido por Luis Mateo Díez y compuesto por Santos Sanz Villanueva, Aurelio Loureiro, Blanca Berasátegui y Manuel Longares ha concedido el premio Ramón Gómez de la Serna de Narrativa - Villa de Madrid a un libro publicado, a Verano. No tengo nada que decir. Sólo expresar mi gratitud al jurado y a Aliaza Editorial, que decidió, el pasado mes de junio, presentar al premio la novela.

Como de Verano he escrito más de una vez en este blog, os dejo este enlace a un post de 2008, escrito poco después de su publicación. También podéis saber más de ella cliqueando en la portada de la columna derecha.

viernes, 19 de febrero de 2010

Literatura, verdugos ocultos y memoria

Hace algo más de una semana estuve en la presentación de la novela con la que Clara Sánchez obtuvo, el pasado 6 de enero, el último Premio Nadal. Su título, Lo que esconde tu nombre. Durante la presentación, Clara se refirió, con indignación y de manera muy crítica, al silencio, incluso a la connivencia de los poderes públicos, durante décadas, con la presencia, en zonas emblemáticas de nuestra costa, de viejos nazis refugiados bajo falsas identidades, asesinos ocultos que han vivido en dorados exilios con el aspecto de apacibles ancianos en colonias de lujo y rodeados de ciudadanos que todo lo ignoraban de su identidad. Todavía, por falta de tiempo, no he leído la novela: la tengo en lista de espera en un lugar preferente de mi biblioteca.

Pero los Christensen (Karin y Fredrik), el matrimonio de octogenarios supuestamente suecos creado por Clara Sánchez, residentes en la costa alicantina y con falsas identidades, son algo más que dos personajes de una novela, que pura materia de ficción. Son la expresión de una realidad que ha formado (y forma) parte de nuestra Historia. ¿Cuántas veces, en cualquiera de las terrazas junto a alguna de nuestras playas mediterráneas no me habré detenido un instante ante la presencia de un anciano de ojos azules y rasgos germanos, de mirada esquiva, pensando que podría tratarse de uno de esos peculiares "exiliados"? Tras su plácida apariencia, quizá en el interior de sus domicilios junto al mar o en alguna trastienda desconocida, guardan una especial memoria de la ignominia, quizá conserven insignias, cinturones o piezas del uniforme de cuando fueron oficiales de campos de concentración o de exterminio, tal vez guarden discos de vinilo con viejos himnos o alocuciones del führer en algún mitin en Berlín o en Munich, u objetos procedentes de Mauthausen o Auschwitz, o recuerdos íntimos de un tiempo en que, por ser jóvenes, fueron felices. Quizá sientan un poso de culpa al recordar los cuerpos escuálidos, los rostros devastados, los andrajos, los trajes a rayas, las montañas de cuerpos como escombros de humanidad... Sobre esa cara, tan desconocida, de la realidad española del último medio siglo (o más) ha escrito Clara Sánchez. Un gesto valiente, una apuesta literaria y civil, más que necesaria, imprescindible.

Vista del campo de trabajo de Bustarviejo (Madrid). ¿Qué fue de sus máximos responsables?
Tras la presentación, ya de vuelta a casa, pensé en otra realidad, no sé si tan poco conocida como la que Clara desvela en Lo que esconde tu nombre, pero no menos desoladora: la presencia de los verdugos, torturadores, cómplices del fascismo, agentes de la brigada político-social u oficiales y jefes de los campos de concentración, de los destacamentos penales que se extendieron, tras la Guerra Civil, por toda la geografía española. Es ése un aspecto de nuestra historia colectiva que se ha mantenido oculto, del que se ha hablado muy poco. Hemos convivido, en estas décadas de democracia, con pacíficos funcionarios que en los años 60 torturaban a estudiantes, a trabajadores, a simples demócratas, con antiguos policías cuya labor esencial, durante algún tiempo, fue la caza del demócrata, del socialista, del comunista (sobre todo), del cristiano progresista. En numerosos pueblos, familias enteras han tenido que compartir la vida diaria con quienes alentaron o cometieron terribles crímenes de los que fueron víctimas sus gentes. En mi novela Verano he intentado recuperar, sacar del ocultamiento y del anonimato, a uno de aquellos policías que se ejercitaron en la infiltración, en la delación, en las detenciones arbitrarias, en el allanamiento nocturno de las viviendas de ciudadanos sospechosos de estar enfermos de democracia o de progresismo, en la tortura sistemática. ¿No es, quizá, y aun siendo conscientes de que hay excepciones, una asignatura pendiente de nuestra novela, de nuestro cine, de nuestro teatro?  Seguramente.

La novela de Clara Sánchez no sólo nos sumerge en ese mundo oscuro, desconocido, de los nazis plácidamente escondidos en nuestra costa. También nos sitúa ante nuestra propia historia. En el metro, en un autobús, en las butacas de un aeropuerto o alrededor de las mesas de algunas cafeterías hemos podido compartir charla, comentario, incluso aperitivo con quienes alimentaron el fascismo en España, ayudaron al crimen colectivo con su complicidad o su silencio, o formaron parte de la leva de torturadores, de organizadores de los campos o de los que enviaron al paredón a cientos de ciudadanos por el simple hecho de ser demócratos, o sindicalistas, o militantes de los partidos de izquierdas. ¿Nunca os habéis preguntado por su conciencia, por su forma de recordar un pasado de ignominia?

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...