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| Priego de Cuenca |
Era día de fiesta y tu fiesta fue inaugurar tu Centro Cultural (de todos) con poesía y con amigos. Pero también había otra fiesta, también tuya, a la que inmortalizaste, con un caleidoscopio de emociones, con un lenguaje afilado, mágico (esa magia castellana de la brujería y de los hondos chiscones de los pueblos más remotos), en un poema del libro con que obtuviste tu primer Premio Nacional, Coro de ánimas. Como sé, amigo Diego, que es un poema poco conocido, recojo un fragmento para gozo de los lectores y para que quienes te leyeron poco o no te leyeron te descubran de un puta vez.
Ahí, donde terminala alta Alcarria, empieza el pino, hacen cuesta
las viñas, nacen sin esperanza
los centenos; ahí,
donde se oye sobre la piel el canto
de los grajos, está mi pueblo.
Lugar donde la noche se hace
desfiladero, sombra,
cañada...
Rondan las herramientas
mi corazón. Duermen las hoces
por mi sangre.
Si al hombre
que soñó con el fruto
se le seca la flor, ¿vamos a estar alegres?
que intentas hoy lucirte
con el pregón del año. Tú, que cuando empiece hoy
la música, en esta plaza
vas a buscar novia. Ahí, entre las sombras
del corral, está tu casa. Mucho
le ha crecido la hierba en estos
años de paz. Ves la ventana
de la cocina, las alacenas, los armarios... Buscas
tu habitación.
En estas
tierras sin dueño
naciste tú. Desde aquí ves los montes, ves el trigo
que ardió. Quisieras
pensar que éste
no fue nunca tu pueblo.
Árboles, sendas, atajos, hoces
y caminos. Sabes que nada
se celebra hoy aquí. Pero tu llegas siempre
para estas fechas. Y saludas a todos; los besas casi
con la mirada.
te irás. Este
es tu pueblo.
Esta es tu casa. “Mira
la claridad del campo.” Y, mientras te despides, lloras
cerca del autobús. ¿Cómo
ibas a irte, tú que no sabes
que lo que salva a veces
es el odio?
Recuerdo, también, la exposición de Alexandra Domínguez, en el otoño de 1999, en Riaza. Ún día de amistad, caminatas, almuerzo colectivo y, como casi siempre, conversación y risas. He rescatado la foto. A nuestra espalda, los inmensos bosques de robles teñidos por el ocre y el amarillo de principios de noviembre, de la sierra de la Tejera Negra. Detras de la cámara que sostienen Lupe o Esperanza, ya ni lo recuerdo, las estribaciones de la sierra del Rincón.
En Riaza. De izquierda a derecha: M. Rico, Juan Vicente Piqueras, Paca Aguirre, Diego Jesús Jiménez y Juan Carlos Mestre
Y más tarde, en el Centro Cultural en que te dimos el último adiós, en tu amado Priego, en colaboración con las universidades, pusiste en pie los cursos de verano sobre poesía contemporánea. Los primeros días de julio, el pueblo que surge "donde termina la Alta Alcarria", se ha venido convirtiendo en "lugar de la palabra". Y muchos de los que estuvimos en la Semana conquense volvimos a acompañarte bajo el calor de sucesivos julios generosos. ¡Cómo olvidar aquella mesa de 2003 en el hostal Los Rosales de Priego donde compartiamos la comida un Manolo Vázquez Montalbán recién llegado de Barcelona, un Martínez Sarrión estridente y sarcástico, el descreído Carlos Sahagún, y Paco Brines, y Carme Riera, y Félix Grande y Antonio Carvajal. Nos quedamos con las ganas de que Serrat nos acompañara en el curso dedicado a los vínculos entre poesía y canción de autor (estuvo a punto, no te creas, pero al final, como buen cultivador de sus amistades del barrio de la infancia, nos dijo que estaba, en las fechas del curso, comprometido con ellos), pero tuvimos a tu buen amigo Luis Eduardo Aute, y a Amancio Prada... odo ese universo, construido con tu palabra y con la presencia tuya y de los tuyos (Társila, Társila María, José Manuel, Dieguito) es nuestra vida, Diego. A veces, paso por la Avenida de San Luis y miro hacia la ventana de lo que fue tu casa. No sé quien vive allí, pero sí estoy seguro de que en sus paredes está la huella de nuestras voces jóvenes, de quienes antes de la libertad soñamos con la libertad, y con la poesía, y con la literatura en su sentido más ancho y hondo. de quienes más de una vez hemos intentado, como los niños de tu hermoso poema "Plaza de Santa Ana", desatarnos del tiempo:


Convencido de que sólo alguien que hubiera vivido parecido proceso de
Nuestro barrio se extendía en la periferia norte de Madrid. Lo llamaban barrio de la UVA de Hortaleza y había sido construido por el Ministerio de la Vivienda de entonces para acoger a los habitantes de los barrios de chabolas, entre los que mi familia se encontraba. No eran viviendas mucho mejores que las casitas bajas que las excavadoras derribaron, tenían carencias de todo orden (la nuestra medía 40 metros para cinco de familia) pero eran nuevas. Allí vivíamos aquel mes de julio.
La 

"No hay nada más bello / que lo que nunca he tenido, / nada más amado / que lo que perdí", escribió y cantó Joan Manuel Serrat. Tal vez sea algo parecido a ese sentimiento lo que me ha llevado estos días a evocar con una intensidad creciente mis días de Sidney.
O la noche en que cantaba Sole Giménez (la ex de Presuntos Implicados) en una sala del Opera House, cuando la calma del aire dejó paso a un viento súbito y comenzaron a llegar, por encima de las grandes torres, nubes oscuras, nubes húmedas y veloces, nubes que el sol iluminaba de pronto de una manera extraña, de tal modo que parecía que se incendiaban las azoteas más altas (ver primera foto de la entrada, no he sabido situarla más cerca de esta zona del texto) antes de que el cielo se ennegreciera, y se anticipara la noche y comenzara a diluviar mientras caminábamos bajo los inmensos soportales que preceden al Opera House. 
Como poeta, mi estética está alejada de Gamoneda. Probablemente, esté más cerca de la de Benedetti (vease la entrada 


Qué decir de Antonio Vega? Algunas verdades esenciales: su muerte nos habla de la fragilidad de una generación que tuvo que aprender, sin reglas establecidas y sin caminos trazados, a vivir en libertad. Que maduró sin darse cuenta, como si los juegos con que se estrenó la movida madrileña no fueran a terminar nunca. Que avanzó entre parques asediados por el paro de los ochenta y las jeringuillas tiradas en medio de la hierba como testimonios de la fragilidad de una juventud escéptica, confusa, deslumbrada por la libertad y, a la vez, atada a una adolescencia perpetua (¡tan hermosa cuando se evoca en la distancia de los años, tan frágil y pasajera cuando la muerte prematura la ilumina al fondo del túnel de la memoria más amada!). Antonio Vega había cumplido cincuenta y un años y era de una generación de jóvenes inconformes, sentimentalmente atados a las noches sin límite, de seres endebles y apasionados que jamás creyeron que algún día podían peinar canas, cumplir el medio siglo, alcanzar la edad que alguna vez tuvieron sus padres. 

El otro recuerdo es hacia 