viernes, 6 de marzo de 2009

"LOS BALDRICH", LA NOVELA / LO QUE CHIRRÍA EN EL ESPECIAL DE "ÍNSULA" COLLIOURE 59

¿Quien dijo que la novela con historia ha muerto? Noticia de Los Baldrich

No hace mucho participé, en las páginas de Babelia, en una polémica con Vicente Verdú a propósito de su defensa de un concepto de novela reñido con la tradición. Enlazando con lo que se ha venido en llamar "generación nocilla" y con una obra de Agustín Fernández Mallo como Nocilla dream, Verdú cuestionaba la narratividad, el texto con historia, defendía la novela fragmentaria, sin argumento, basándose en el nuevo universo que ha abierto Internet, en el creciente papel de las tecnologías de la información y de la comunicación en el campo de la creación. El blog, los foros sociales, la interactividad, la fragmentariedad, la interrelación con la imagen, etcétera, condicionaban, a su juicio, de tal modo el acto de narrar que la novela, tal y como la hemos entendido perdía virtualidad. Olvidaba Verdú que ya en el período de entreguerras, en las primeras décadas del siglo XX, el experimentalismo había quebrado de mil modos la novela decimonónica, que la beat generation ensayó propuestas que iban de la fragmentariedad hasta la estética del caos, del underground hasta la novela sin historia, que el nouveau roman, con el objetivismo extremo y la prosa puramente descriptiva, se propuso acabar con el roman heredado del existencialismo (Camus y Sartre sobre todo); que en los años 70, en Estados Unidos, autores como John Barth o Thomas Pynchon -el adalid de la tecnoficción- se habían entregado a un modo de narrar que combinaba fragmentariedad y automatismo, irracionalidad y experimentación a raudales. Es decir: Verdú mostraba un camino no nuevo sino antiguo, muy antiguo.

Cuando la primera década del siglo parecía dar carta de naturaleza a la novela sin historia, llega un narrador nacido en 1976, Use Lahoz y, con Los Baldrich (Alfaguara), deja en el centro de la mesa de novedades de las librerías una novela sustentada en la tradición, en el concepto clásico de novela. La vida de una familia a lo largo de algo más de cincuenta años. La España (la Barcelona, el Madrid) que evolucionó, sufrió, gozó a lo largo de uno de los períodos más intensos y dramáticos de su historia, descrita/narrada/recreada a través de un texto escrito con una prosa de calidad, con esa difícil destreza consistente en escribir con solidez literaria y, a la vez, atrapar al lector hasta arrastrarlo sin piedad ni descanso a lo largo de una historia. Difícil objetivo que suele ser despreciado por ciertos sectores de la crítica y por algunos novelistas que, con ello, no hacen sino encubrir su incapacidad para construir argumentos solventes, historias que atrapen, artefactos narrativos en los que el lenguaje y la historia se interrelacionen dialécticamente hasta dar lugar a una novela. Los Baldrich nos devuelve el gozo de la lectura. De un modo parecido a como lo hacen novelas tan contemporáneas como la de Lahoz y que nos llegan de otros países: Chesil Beach, de Ian McEwan, El informe Brodeck, de Philippe Claudel, Suite francesa, de Irene Nemirovsky. Cito sólo tres ejemplos de una larga nómina de títulos.

¿Qué quiero decir con ello? Pues algo muy sencillo: un escritor de 32 años, familiarizado con el universo virtual de Internet, crecido y formado en una realidad dominada por las nuevas tecnologías... nos entrega una novela clásica que nos hace gozar, contemplarnos en el espejo de nuestra vida, recobrar la memoria íntima y reconstruir la memoria colectiva. ¿Quién dijo que la novela con historia ha muerto? Ahí dejo la pregunta: flotando en el viento, que diría Bob Dylan.

Collioure 1959, Ínsula, portada y contraportada

Llega a mis manos el monográfico de Ínsula que, bajo la coordinación de Araceli Iravedra, conmemora el 50 aniversario de la visita colectiva que un buen número de escritores, poetas la mayoría, realizó a la tumba de Antonio Machado, en Collioure, en 1959. En tiempos de dictadura, cuando las esperanzas que despertó el final de la Segunda Guerra Mundial se habían arrumbado, cuando Eisenhower, el presidente norteamericano, dio carta de naturaleza y reconocimiento al régimen dictatorial de Franco, poetas como Ángel González, Caballero Bonald, Jaime Gil de Biedma, Blas de Otero o Carlos Barral, entre otros, visitaron, en un acto de resistencia civil al franquismo y de homenaje a Antonio Machado, a su obra y a la República demolida, la tumba solitaria, austera como el equipaje de don Antonio, de Collioure. El número de Ínsula es una magnífica forma de evocar tan importante acontecimiento para la historia de nuestra literatura y de nuestra sociedad, para la poesía del siglo XX. Trabajos de Carme Riera, Gonzalo Sobejano, Prieto de Paula, Miguel Ángel García, Caballeo Bonald o María Payeras Grau, entre otros, componen una revista para guardar y releer.

Sin embargo, hay algo que chirría en el número: dos fotografías y la reproducción de la portada de un libro. Una de las fotografías, situada en la contraportada, ilustra el artículo de Luis García Montero titulado "En la tumba de Antonio Machado", un artículo en el que el poeta granadino contextualiza aquella visita colectiva de 1959 y recrea algunos momentos vividos por otros poetas, sobre todo por Ángel González, ante la tumba del sevillano. ¿Por qué chirría la fotografía? Por su carácter privado y familiar, de foto de familia... propia. Es, con todos los respetos, un anacronismo extraño, innecesario, sobrante, que revela cierto espíritu sectario, de apropiación de un poeta de todos. El lector que no haya leído ese número de Ínsula se preguntará a qué me refiero. Describo: el número cuenta con 17 ilustraciones. En la portada, la foto histórica, que forma parte del imaginario colectivo y tantas veces publicada, en la que aparecen, sentados en un lugar de Collioure, Jaime Gil de Biedma, Blas de Otero, Ángel González, Alfonso Costafreda, José Ángel Valente, José Manuel Caballero Bonald y Carlos Barral. En las páginas 2 y 3, la fotografía de una calle de Collioure llena de refugiados en 1939 y la de la despojada comitiva del entierro de Antonio Machado. En la página 5, un retrato a plumilla del poeta realizado por su hermano José, un dibujo de Santos Torroella del hotel donde se alojó Machado en sus últimos días y la portada de un número de Acento Cultural de 1959. En la página 9, otra foto histórica: Gil de Biedma, Goytisolo, Barral y Castellet en 1960. El resto, hasta hacer el número 15, son portadas de libros que aparecieron en la colección Collioure y una fotografía de Caballero Bonald. Las dos fotografías que completan la "colección" de ilustraciones son el anacronismo, lo innecesario, lo sobrante: la primera, con Gil de Biedma, García Montero y Álvaro Salvador; la segunda, cerrando en contraportada la revista y "decorando" el artículo de García Montero, es una foto de grupo junto a la tumba. El pie dice así: "En Collioure, 2007. Izquierda a derecha: Ángel González, Chus Visor, Luis García Montero, Joaquín Sabina, Monique Alonso, Almudena Grandes y Elisa García Grandes". Sólo esas dos ilustraciones rompen la pauta de la fotografía histórica. Ni uno sólo de los autores de los artículos y trabajos (ni Carme Riera, ni Castellet, ni Iravedra, ni Bagué Quílez, ni Prieto de Paula....) reproduce fotografía propia, en soledad o en compáñía, junto a la tumba de Collioure; todos asumen la norma no escrita de ceñirse a ilustraciones de carácter histórico. Las excepciones son Álvaro Salvador y García Montero. Ellos sí aparecen. No es delito, por supuesto. En una cuestión de estilo, de elegancia y de respeto. Nada más.

Por cierto, se me olvidaba: una de las portadas de libro que forman parte de ese catálogo de ilustraciones no está vinculada ni a la colección Collioure ni a los poetas que, en 1959, visitaron la tumba. ¿De qué libro se trata? De La otra sentimentalidad. ¿Sus autores? Los dos citados arriba y el malogrado Javier Egea. ¿Era necesario? ¿Acaso el título del monográfico no es Collioure 1959? ¿Qué pinta en él la portada de un libro de 1983?

miércoles, 18 de febrero de 2009

UNA MIRADA A MIS AÑOS OCHENTA DEL SIGLO XX

Durante los primeros días de este año, cuando todavía disfrutaba de las vacaciones de navidad, dediqué algunas tardes a corregir viejos poemas y a releer los que, escritos en los remotos años ochenta del pasado siglo, incorporé a mi antología Monólogo del entreacto. Me daba cuenta de que eran poemas muy apegados al tiempo que vivía, poemas nacidos de la emoción ante un mundo que comenzábamos a construir quienes habíamos nacido en la década de los cincuenta. Hoy, en este tramo final de la primera década del siglo XXI, miro hacia atrás, hacia el tiempo del comienzo de lo que convencionalmente podría llamar mi "carrera literaria" (con algunos entrecomillados más de los que acabo de poner) con cierto vértigo. Todo nacía. Todo era descubrimiento. Todo era modernidad, irreverencia, cambio. Algunos teorizaron aquellos años bajo el marchamo de movida madrileña y suelen vincular su etapa de esplendor al brillo algo alcohólico y anfetamínico (al menos al principio, después, muy poco después, sería heroinómano y desolador) de determinados bares de moda, a Alaska o al primer Almodóvar, a García Alix o al dúo Costus, a revistas como Luna de Madrid o Madriz, a Gabinete Caligari, Dundan Dhu o a la maravilla hecha de melancolía, memoria rota y frío helador de Enrique Urquijo y Los Secretos. Sí: todo nacía. Con decir que incluso un alcalde de aspecto eternamente viejo como Tierno Galván se asomaba a las ventanas y balcones municipales con la sonrisa desafiante de una extraña vanguardia hecha de marxismo algo decimonónico y vehemencia casi adolescente lo digo todo. Sí, en ese mundo que hervía (hasta la televisión, la única entonces y denominada TVE, hervía) yo escribía no mis primeros versos, que dormían encerrados para siempre en viejísimas carpetas de una adolescencia confusa, sí los primeros versos construidos para ser, algún día publicados. Todo era posmoderno en las zonas centrales de mi ciudad, del Madrid recién recuperado del 23-F. ¿Y yo? ¿Qué hacía aquel poeta de casi treinta años de edad en la ciudad posmoderna inmersa en la movida? Estar seriamente enfermo de compromiso, de ética colectiva, de principios y finales. Y escribir, como podía y donde podía, al calor de otra movida: menos vistosa y colorida, menos alegre y confiada, menos propicia a bares y discotecas, menos Rokola (¿se escribe así?).
La movida en que yo vivía estaba en el declive de los polígonos industriales a punto de reconversión, en los barrios periféricos donde asociaciones vecinales, curas equivocados y jóvenes soñadores inventaban otra cultura o descubrían la cultura con mayúsculas, en las aulas universitarias donde la mirada del estudiante menos pudiente (casi siempre inquilino de los turnos de noche, fugaz viejoven enamorado y huidizo) no acababa de acostumbrarse a la libertad y seguía buscando entre la gente al miembro de la brigada político social que menos de un lustro antes sembraba el miedo y la incertidumbre entre los más comprometidos; en el amor urgente, de una lealtad a prueba de bomba, asentada en principios irrenunciables, nacidos de la fusión de lo íntimo y lo colectivo: lo dijo Benedetti, se lo cantaron a Benedetti, "En la calle, codo a codo, somos mucho más que dos". Ese era el caldo de cultivo de mis poemas de entonces. Caldo de cultivo que sería aliento, aire, temblor interior, poso irrenunciable, seña de identidad. La proteína de aquel tiempo está en los poemas de El vuelo liberado (1986), de Papeles inciertos (1990), en mi novela Los filos de la noche (1989), por ejemplo.

Un tiempo que recuerdo en invierno, que creció en el invierno, hecho de azules trencas y abrigos de paño, de amores imperfectos y devociones literarias insustituibles: Blas de Otero, Cortázar, Vallejo... Sí: en el mundo lateral del Madrid posmoderno vivía la ciudad de hogares humildísimos creciendo en Villaverde, o en Moratalaz, o en Vallecas, o en el Pozo... Todo eso volvió al corregir mis viejos poemas. Y vuelve cuando leo parte de los que, en un pequeño cuaderno, me ha publicado Cajasur bajo el título Versiones del invierno recuperando así poemas que creo valiosos que habían quedado fuera de mi Monólogo...

Y cobraron sentido otros textos de aquellos años: algo más de doscientos folios de un diario que escribí, en noches de tinta y desafío, como espacio de reflexión sobre cuanto me ocurría, sobre mi atormentada existencia de escritor a la espera y militante de izquierdas pugnando íntimamente entre las horas de escitura y las horas de debate, entre la lectura de los más hondos y perturbadores poetas y la de los últimos textos de sociología urbana, entre 1985 y 1991. Ese diario, contemplado hoy a través de la lente del tiempo transcurrido, es tiempo congelado, es, recuperando la definición que diera a la poesía Manolo Vázquez Montalbán: tiempo significante, vida. Muchos años han permanecido los folios guardados en una gruesa carpeta antes de ser trasladados al universo más que posmoderno, ultramoderno, del ordenador. Hoy conforman un libro inédito que en un primer momento titulé Tiempo de espera y que hoy, cuando valoro en perspectiva lo que signíficó para mí la vida en aquella década memorable, he decidido denominar Días de los ochenta. Tal vez un día deje de ser inédito. Entonces será un trozo de mundo, de historia, de experiencia, colocado en el apasionante escaparate del mundo literario del siglo XXI. Una ventana abierta a los sueños de quienes, entonces, nacíamos a la poesía y a la novela. Alguno de ellos (Concha García, Sergio Gaspar, Ruiz Noguera, una recortada y más joven que el resto Isabel Pérez Montalbán, el malogrado Juan Manuel González...), posamos en la foto rodeando a Antonio Gamoneda. Fue en Córdoba, en Los Pedroches, en una hermosa primavera de mediados de los noventa.



lunes, 12 de enero de 2009

PALESTINA, UNA VEZ MÁS, SOMOS NOSOTROS

Hoy he estado en la manifestación en contra de la brutal agresión (más de 900 víctimas en este momento, de ellas un tercio niños, permiten hablar de genocidio puro y duro más que de agresión) de Israel contra el pueblo palestino en la franja de Gaza. Las imágenes que sistemáticamente estoy viendo en las distintas televisiones, con edificios destruidos, calles en ruinas, cadáveres diseminados, niños envueltos en sudarios, mujeres llorando en la más absoluta desesperación me recuerdan terriblemente otras imágenes: las que hemos podido ver miles de veces en noticiarios, en documentales y en innumerables películas en no pocos países europeos durante la Segunda Guerra Mundial o durante la guerra de los Balcanes. La realidad que está viviendo el pueblo palestino (y quienes, residentes allí, no son palestinos) en la franja de Gaza se parece de manera inquietante, terrible, a la que vivió el propio pueblo judío en otros momentos de la historia de la Humanidad. Sólo faltaba añadir a las penalidades cotidianas que los palestinos han vivido con el bloqueo y el muro, a la falta de alimentos y de los más elementales servicios, un bombardeo sistematizado que no se detiene ante escuelas, ante dependencias de la ONU, ante viviendas particulares (a las que derriban aunque con ello se lleven por delante la vida de familias enteras). Y, como colofón y como pieza imprescindible de todos los genocidios, el amordazamiento de la prensa internacional, que tiene prohibida (¿con qué derecho? ¿quién autoriza a un estado que se dice democrático cercenar la libertad de expresión, el derecho inalienable a la información?) la entrada en Gaza. Algo que ha rechazado radicalmente la ONG "Reporteros sin fronteras" con el apoyo de medios como el New York Times, las cadenas BBC, CNN, RNE y TVE, los diarios ABC, El Mundo, El País y La Vanguardia y las cadenas de La Sexta y Cuatro, entre otras muchas.
Amar la literatura de Amos Oz, de Canetti, de Grossman, de Celan, de tantos otros escritores judíos, de nacionalidad israelí o ciudadanos del mundo, no nos puede cegar ante la ignominia, ante la falta de principios de toda índole con que se comporta el ejército de Israel, uno de los mejores equipados del mundo, contra un pueblo desarmado. Sí: desarmado. Cierto que Hamás es una organización que protagoniza actos terroristas que han de ser condenados con absoluta firmeza. Pero... ¿alguien, en Israel, ha reparado en el hecho de que en sólo 10 días su ejército ha asesinado a más personas (300 niños entre ellas) que en toda la historia del terrorismo de Hamás? ¿Cuántos analistas políticos, en Israel, han contemplado la hipótesis, más que probable, de que tras esta operación, Hamás siga lanzando sus cohetes? ¿No significará eso una victoria de esa organización, por otro lado gobernante en Gaza por decisión de las urnas? ¿Con qué cara miraría al mundo uno de los ejércitos más poderosos tras el fracaso de su principal objetivo después de masacrar a cerca de 1.000 personas, provocar cerca de 4.000 heridos y una cifra incontable de desplazados, de nuevos refugiados, de ciudadanos sin techo, de niños sin escuela, sin sanidad...? No sólo sería, en el fondo, una victoria militar de Hamás, puesto que el objetivo del gobierno y del ejército de Israel de acabar con los lanzamientos de cohetes no se habría cumplido, sino moral, de civilidad, de defensa de los derechos humanos de todo un pueblo?
Ni la cultura, ni la literatura, ni el pensamiento, tienen nada que ver con la práctica de un gobierno cada vez más impregnado por el extremismo. Los intelectuales israelíes, los poetas, los novelistas, los músicos, los pensadores judíos no pueden permanecer impasibles ante la violación sistemática del derecho internacional, de los derechos inalienables del millón y medio de personas que viven en Gaza. Quienes vivieron el Holocausto (con otros muchos ciudadanos no judíos) deberían ser agentes activos por la paz, ejemplo en el respeto de la Declaración de Derechos Humanos de la ONU. En el comienzo de nuestra guerra civil, el general Millán Astray se dirigió a Unamuno en la Universidad de Salamanca con aquel grito en favor de la barbarie que decía "¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!". Hoy, la operación contra los palestinos de Gaza, como ayer los bombardeos sobre Beirut, son el "Viva la muerte" de un gobierno que debería poner en primer plano los valores de la cultura occidental. Entre ellos el de la inteligencia. Porque no es inteligente quien, reclamándose paladín de la democracia, siembra odio y muerte, quien recurre de manera sistemática a la ley del talión multiplicada por 100.
Termino con una reflexión: ¿alguien, dentro del gobierno de Israel, ha pensado fríamente en qué porcentaje se habrá incrementado el odio de los palestinos hacia ese país, hacia su estado después de lo que está viviendo? Y... ¿en qué grado se habrán incrementado los huérfanos, hermanos de niños masacrados, hijos de mujeres heridas, muertas o mutiladas, de milicianos torturados, que estarán dispuestos a inmolarse en cualquier autobús de una ciudad de Israel en cuanto tengan oportunidad de hacerlo?
Aunque Israel arrase Gaza (algo nada improbable), habrá perdido la guerra. Y... ¿hasta cuándo el resto de los estados y pueblos del mundo estaremos dispuestos a permitir que su política esencial no sea otra que responder a sangre y fuego, destruyendo ciudades enteras y sembrando la desolación y el horror, y no con el derecho internacional a cualquier agresión? ¿Cuánto tiempo hace que los países democráticos y civilizados de Occidente decidieron, con justeza y con eficacia, responder al terrorismo con derechos humanos, con acción de la justicia, con firmeza y no con terror? Frente al horror cotidiano que se está provocando en Gaza, no queda sino afirmar, en contra de lo que dijera Millán Astray a Unamuno, ¡Viva la inteligencia y abajo la muerte!

viernes, 5 de diciembre de 2008

UN JUAN Y UN JOHN

UN JUAN
Marsé: un premio Cervantes merecido y deseado por muchos. Un premio al narrador de la Barcelona subalterna en años de cieno y oscuridad. Un premio a la literatura con alma, con emoción, con voluntad decidida de entrar en las zonas menos apacibles de la existencia: los barrios de los vencidos de las décadas de los cuarenta y cincuenta del pasado siglo; los amores clandestinos y los amores que la división social, mantenida contra viento y marea por los poderosos, hacen imposibles; la mirada introspectiva hacia una infancia hecha de sueños incumplidos, de deseos frustrados, de pequeños paraísos construidos en las calles de una ciudad segregada en la que los prostíbulos conviven con el amor legal del matrimonio bendecido; Juan Marsé, el eterno candidato al Cervantes, el escritor que surgió, como una planta extraña, de la rara semilla del antiguo oficio de aprendiz de joyero. A otro Juan, el poeta, amigo de los menesterosos y autor de una escritura crítica con la realidad establecida, apellidado Gelman, sucede, en el elenco de los Cervantes, el Juan de Últimas tardes con Teresa, Ronda de Guinardó o Si te dicen que caí, tres obras cumbre de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX. ¿Cuántos críticos, en su día, adscribieron a Marsé el calificativo de socialrealista de manera despectiva? ¿Cuántos, deslumbrados por el experimentalismo que irrumpió en España en la década de los 70 o empeñados en descalificar la tradición narrativa que venía del realismo de los 50 se dedicaron, durante más de un lustro, a sacralizar novelas frías, carentes de emoción, desgajadas de la realidad vivida por miles de hombres y mujeres, a buscar la oscuridad y la desestructuración de la narratividad para convertir el concepto novela en sinónimo de aburrimiento? Soy de los que piensan (y lo digo en mi doble condición de crítico y creador) que es infinitamente más difícil escribir una novela corta como Ronda de Guinardó, o Teniente Bravo, auténticas piezas de relojería, artefactos precisos en los que hay un ímprobo esfuerzo de lenguaje, que una novela oscura, fragmentaria, difícil de leer (y, por ello, difícil de entender) no tanto por la complejidad de las ideas que intenta transmitir su autor como por la confusión, por la falta de destreza argumental o por la incapacidad para narrar del mismo. Obvio es decir que no es un principio general, que hay numerosas excepciones. Ahí están Faulkner o Joyce (o, en otra dimensión, Benet), entre otros, que (al igual que los grandes pintores informalistas mostraron su destreza figurativa además de experimentar e innovar), en un momento determinado pusieron de relieve la dimensión de su talento al escribir, junto a sus grandes y complejas novelas, grandes textos transparentes, directos, de una dificultad extrema por su intensidad y precisión: Santuario o Mientras agonizo, Faulkner; Dublineses o Diario del artista adolescente, Joyce.

UN JOHN


Steinbeck, el poeta directo que inmortalizó la miseria colectiva de la Gran Depresión del 29, el escritor que puso el lenguaje en el lado de los que sufrieron las consecuencias de la rapiña de un sistema basado en la lógica del beneficio puro y duro, no sólo escribía novelas o relatos. No sólo escribía crónicas periodísticas y, como una deriva de juventud, poemas inmaduros. Escribió también sobre su propia escritura, sobre su vida cotidiana mientras escribía algunas de sus grandes novelas. Poco sabemos en España de esa vertiente de la obra del Nobel norteamericano (en realidad, poco sabemos de esa vertiente de cualquiera de los escritores que conocemos). Bartleby Editores, editorial empeñada en descubrir aspectos desconocidos de la labor de algunos grandes escritores de nuestro tiempo, ha decidido, al igual que lo hiciera con Berger (Esa belleza), o con Carver (Carver y yo, de Tess Gallagher), o con Günter Grass (Lírico botín. Poesía y dibujos de 50 años ), ofrecernos la crónica de la cotidianidad que acompañó a Steinbeck mientras escribía su novela Al Este del edén. El título: Diario de una novela: las cartas de "Al Este del edén". Cartas, sí. Pequeñas crónicas de la labor diaria que complementaba su a veces placentera y a veces tormentosa tarea narrativa que Steinbeck enviaba a su editor casi a diario. Un Steinbeck desconocido, empeñado en labores tan en apariencia irrelevantes como seleccionar los lapiceros con que escrbir, trabajar la madera, ir a llevar a sus hijos al colegio, reflexionar sobre su mayor o menor afición al whisky, o sobre el miedo a la enfermedad o la tendencia a la depresión, o sobre el destino de su novela una vez que muera... La cocina del escritor, la intrahistoria de la escritura, el latido de ese corazón indefinible en que suele convertirse la mesa de trabajo mientras se acomete la redacción de una novela. Diario de una novela es un raro tesoro literario que es, en el fondo, la radiografía de un mundo: el que vive al otro lado de la novela que, un buen día, verá la luz y será propiedad de sus lectores.

jueves, 27 de noviembre de 2008

DE JUAN GELMAN A JULIO MARISCAL, LAS DOS ORILLAS

El pasado 17 de noviembre tuve la fortuna de acompañar a Juan Gelman en la nominación de la biblioteca del Instituto Cervantes de Viena. Desde ese día, hablar de esa biblioteca "cervantina" es hablar de Juan Gelman, de su poesía fracturada y fracturadora, de su bonhomía, de su compromiso con los humildes, de su trayectoria humana no menos fracturada por la injusticia y por la barbarie. Compartí con él y con Mara algunas horas en las que pude constatar su sentido del humor, su tenacidad en la defensa de la memoria (la íntima y la colectiva) y su fe insobornable en la poesía como "lugar más calcinado del idioma" y, por ello, como nucleo central de la experiencia y de la vida. Con Gelman, con Carlos Ortega, con el narrador Iñaki Abad hablé, en distintos momentos, de la masiva asistencia a los dos actos que protagonizó el propio poeta. A la inauguración de una exposición sobre su obra tras el descubrimiento de los versos (breves) que con su firma manuscrita ocuparon el lugar de la placa en un enorme panel, y a la lectura de poemas con que nos regaló horas más tarde. La presencia fue especialmente numerosa en la lectura. La sala estaba abarrotada, sobre todo, de jóvenes estudiantes vieneses que siguieron los poemas de Juan, en castellano y en alemán, con la devoción de quien ama a fondo la poesía. También con un sentimiento adicional : la solidaridad con la experiencia vital de Gelman, el interés por mostrarle el calor y la cercanía con el drama que vivió bajo la dictadura de Videla, la identificación con su lucha, con su actitud ética y, ¿por qué no?, con su sufrimiento.
Cuando uno vive de cerca momentos como los descritos, no puede dejar de pensar en la importancia que, en estos tiempos de dominio de lo audiovisual, de la cultura pasiva que genera la televisión, tiene la literatura y, sobre todo, tiene la poesía. Aunque los apocalípticos de la cultura del libro nos anuncian que una de las primeras víctimas de la nueva era digital será el libro de poemas, creo que la realidad, en lo que llevamos del nuevo siglo, desmiente tal vaticinio. Sé de muchos poetas que optan por la edición digital de sus libros, cada día me llegan noticias de nuevas revistas culturales que surgen al margen del papel, que se bastan con estar presentes en la Red. Todo eso es cierto. Pero también lo es que la práctica totalidad de los poetas que editan en Internet, aunque su edad roce la adolescencia, aspiran a ver sus libros publicados en papel, a mostrarlos en la mesa de novedades o en el anaquel de la librería más importante de su ciudad. Esa realidad, fácilmente constatable al conversar con cualquiera de los poetas que voy conociendo (y que, estoy seguro, habrá experimentado la mayoría de los lectores de esta entrada) pone en evidencia que la poesía goza de buena salud en este nuevo siglo entre tecnológico y virtual (y terrible por la persistencia de industicias seculares). Gelman me lo demostró en Viena del mismo modo que lo demuestran los cientos de poetas que cada día, en los centros culturales más ínsólitos, leen sus versos a auditorios más o menos numerosos convencidos, en lo más íntimo, de que están ofreciendo su visión del mundo, su mirada más honda, su fe en la vida y en el arte (poética) para darle un sentido.

¿Acaso el hecho de que un diario como El País impulse y difunda una colección de antologías de poetas con un amplio despliegue publicitario no es una forma de reconocimiento de su importancia en nuestra vida cotidiana? Aunque no es fácil medir su impacto, una iniciativa como esa va en favor de la poesía, ayudará a aumentar su número de lectores y, aunque en primera instancia va a suponer la entrada de la poesía en los kioskos de prensa, en el fondo será la siembra de una nueva semilla para que, a la vuelta de unos años, el género cuente con un apoyo mayor que el actual, con un reconocimiento social más sólido, con más ventas. La apuesta de El País por autores consagrados (con ausencias, sin duda, pero todos indiscutibles) tendrá sus efectos, en el medio plazo, en los jóvenes poetas de hoy (incluso en los inéditos) y en quienes, desde hace muchos años, venimos dedicando una parte de nuestra vida al poema. Sin duda.
Si empecé con Gelman, cierro con un poeta desconocido para las generaciones más recientes: Julio Mariscal Montes, un poeta de Arcos de la Frontera (1922-1977) dueño de una lírica directa, transparente, intensa, cargada de emoción y de significados oscuros, al que he leído, en extensión y profundidad, muy tarde (aunque tuviera acceso a algunos de sus poemas a finales de los 70, gracias a la antología de Antonio Hernández Poétcas del cincuenta. Una promoción desheredada). Una agregación, como lo fuera en su día Antonio Gamoneda, a la Generación del 50 y a sus estéticas más apegadas a una subjetividad tamizada por la presencia de lo colectivo. Una poesía paralela a la de Carlos Sahagún, a la de Eladio Cabañero, a la del Blas de Otero o del José Hierro más intimistas, a cierto Hidalgo. Si el lunes, 17 de noviembre, conviví con Gelman bajo el frío otoñal de la capital austríaca, el lunes, 24, justo una semana después, lo hice con la sombra perturbadora de los versos del casi desconocido Julio Mariscal Montes bajo el techado gótico de una vieja capilla de Arcos convertida en lugar para la palabra y para la reflexión. De Juan a Julio, de Gelman a Mariscal, de Viena a Arcos. Aconsejo a los no iniciados que se acerquen a la obra de Mariscal: no hace mucho, con prólogo y selección de Pedro Sevilla, llegó a las librerías su antología La mano abierta (Renacimiento. Sevilla, 2007). Ahí encotrarán una colección de magníficos e inquietantes poemas que recomiendo con calor en este noviembre frío y nevadizo.


martes, 4 de noviembre de 2008

Rastrear en la historia literaria, un oficio del editor sensible

Bartleby ha editado a la hasta ahora desconocida narradora alemana Brigitte Reimann. Los hermanos es una hermosa novela que nos sitúa en el corazón de la vida cotidiana de la que fuera una sociedad modélica en teoría: la República Democrática Alemana, la RDA. La misma editorial acaba de publicar la poesía completa de William Faulkner y no tardando mucho hará llegar a las librerías un curioso (y necesario) libro póstumo de Steinbeck: Diario de una novela: las cartas de Al Este del Edén. Esas novedades, junto a libros no muy lejanos en el tiempo como los cuentos de Harlodo Conti o los poemas de Todos nosotros, de Raymond Carver, por no hablar de la Poesía completa de Sylvia Plath a la que me he referido en este blog en otra ocasión, muestran una vertiente apasionante del trabajo del editor creativo, del activista de la cultura desde la trinchera de la edición. Lo fácil, para un pequeño editor, es limitarse a editar premios, es aprovechar contactos en la administración para acceder a contratos de cierto relieve... Ejemplos tenemos algunos y no insignificantes. Lo menos fácil sin embargo, aunque imprescindible, es bucear en el presente de nuestra creación, buscar la calidad con independencia de la opción estética de la que el autor se reclame. Y, de manera muy especial en un momento en que se pretende demoler nuestra mejor memoria literaria, buscando en el pasado, indagando en las obras menos conocidas de los grandes autores, rastreando títulos y autores que fueron olvidados bajo las oleadas editoriales de las modas de cada momento.

Esa práctica del buceo la aprendí, como lector y amante de la literatura, hace no muchos años cuando descubrí, en la mesa de novedades de una librería, una novela corta escrita por un desconocido autor de la década de los cuarenta del pasado siglo. Se trataba de Helena o el mar del verano y su autor era Julián Ayesta. Una novela de 1952, recuperada por una pequeña editorial con el afán de ofrecer buena literatura a un lector cada vez más asediado por la cultura audiovisual. ¿Qué significaba para mí la simple oportunidad de hojear el libro y enfrentarme a un mundo de lenguaje lleno de colores, de olores, de sensaciones, de modernidad, de sabiduría? Algo tan sencillo como caer en la cuenta de que alguien, en una pequeña editorial, se había dejado llevar por la pasión literaria, había escarbado en la historia de nuestra novela y había decidido sacar a la luz un libro que, por razones de índole diversa, había quedado en la sombra.

¿Qué fue de maravillosas novelas que no tuvieron la fortuna de ser respaldadas por una campaña publicitaria o por un premio de renombre, pero en las que había calidad, lenguaje revelador, sentimientos, emociones, mundo? Novelas hoy desconocidas que aparecieron en los años 50, o en los 60, o en la década de la transición política española, pueden ser sometidas a la nueva mirada del lector de hoy y cobrar una luz nueva. Lo mismo cabe decir en relación con libros de poesía hoy olvidados pero de una calidad más que notable. Pero para que ello ocurra hace falta la mirada y la devoción del editor sensible. Esa mirada, traducida en acción, en búsqueda, en confianza en la palabra escrita, es, en el fondo, un servicio de primer orden a la sociedad, al lector, a la cultura. Es un campo poco frecuentado por nuestros editores, un campo que, sin embargo, espera ser roturado.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Ramiro Fonte, capitán invierno

Ayer estuve en Puentedeume, acompañando, en su último viaje, al poeta gallego y director del Cervantes de Lisboa Ramiro Fonte. Con 51 años y una obra poética (y memorialística) sólida, cargada de emoción, perdió la batalla contra la puta enfermedad que no se nombra. Luchó algo más de medio año contra ella y, al final, fue ella quien se salió, como tantas veces, con la suya. En medio de los amigos y deudos hubo alguien (un hombre de su edad, quizá un compañero de estudios, un familiar) que me preguntó si conocía a Ramiro. Le dije que sí, que lo había conocido en julio del año pasado, al poco de asumir mi responsabilidad directiva en el Instituto Cervantes, pero que cinco años antes había tenido la satisfacción y el honor de escribir para Babelia la crítica a la edición en castellano de su libro Capitán invierno (Pre-Textos, Valencia, 2002). "¿Escribiste la crítica y no le conocías?": esa fue la pregunta que siguió a mi información. La verdad es que me quedé perplejo. Seguimos charlando y el amigo de Ramiro me dijo que no le parecía verosímil que eso fuera así, que normalmente la crítica la hace quien conoce al autor, sobre todo quien tiene una relación de amistad con el autor. Hasta aquí la anécdota.

Porque lo verdaderamente importante fue que una multitud acompañara al poeta, a Elsa, a sus padres, a sus amigos de infancia, a sus hermanas. Ni siquiera tuvo importancia que el séquito lo encabezara César Antonio Molina ejerciendo de ministro de manera visible, o que, entre los amigos y deudos, como una más y sin dejarse notar apenas, estuviera Carmen Caffarel En el camino hacia el cementerio, por las calles altas de un pueblo volcado sobre el mar, yo pensaba no en la ceremonia que se había celebrado en el ayuntamiento, ni siquiera en la respuesta ciudadana que había suscitado la muerte del poeta, sino en los poemas de Capitán invierno, en el libro que había llevado conmigo en el viaje para conocer aún más (la poesía es la radiografía del alma) a quien sólo había visto en persona en dos ocasiones. Allí estaba la memoria de infancia y adolescencia de quien creció en un lugar cercano al mar y hecho de viviendas humildes; allí estaban los inviernos de bruma de las ciudades gallegas; las viejas salas de cine que el urbanismo y la especulación y las nuevas tecnologías audiovisuales fueron, poco a poco, arrumbando: salas del descubrimiento del primer amor, de los sueños como vacuna contra un tiempo difícil ("Y entre todas las deudas que la vida / conmigo ha contraido, que nunca saldará, / Están esos secretos que no supe robarte / En la última fila, / En la sesión de tarde / Del cine Rena, /Donde saben mejor todos los besos"); allí estaban los descampados y las periferias. Estaba el amor, y los abrigos de paño, y las gabardinas, la juventud subversiva y la libertad escrita en paredes nocturnas, y las aldeas perdidas, y los amigos del barrio que la madurez, la distancia y la experiencia fueron dejando en el camino. Para muestra, sirva el botón (porque el traje, el libro, deberéis comprarlo) del comienzo del poema titulado "Los barrios perdedores":
"Llueve mucho en los barrios perdedores
Pues los meses de invierno tienen poca piedad
De sus casas desnudas, ofrecidas al viento,
Al agua, a la intemperie,
Y por eso en los barrios perdedores
En las tardes de invierno llega pronto la noche,
Duran menos los días"
Capitán Fonte, Ramiro Invierno: aquí quedan, para el amigo que una tarde de diciembre de 2007 me llamó por teléfono asustado tras una prescripción médica, estas líneas de mi homenaje personal, de mi homenaje como poeta compañero, como escritor compañero, como amante de los claroscuros y de las tardes invernales.

martes, 7 de octubre de 2008

Sylvia Plath en Bartleby Editores: reflexiones en voz alta en el 10º aniversario de un sueño.

Al fin, después de esperar más de un año, he podido acariciar, oler, hojear y ojear la poesía completa de Sylvya Plath. Pepo Paz me entregó, el pasado viernes, uno de los ejemplares, todavía caliente, "robado" de los destinados a la prensa y he de confesar que tenerlo entre mis manos fue una experiencia de las que se viven pocas veces. Ni siquiera con un libro propio he tenido una sensación parecida. Como si intuyera que en ese grueso volumen de Bartleby Poesía, editado con meticulosidad y pasión, se concentrara una parte esencial de la más honda poesía que ha dado el siglo XX. Sí, es la edición de los Collected Poems que realizo Ted Hughes. Traducida, prologada y anotada con exhaustividad, en un esfuerzo heróico, hasta cierto punto erótico y apasionado, por el poeta gallego Xoan Abeleira. He releído el histórico prólogo de Hughes y la nota preliminar de Abeleira una y otra vez. He releído poemas al azar, he manoseado una y otra vez el volumen... He vivido, en definitiva una experiencia extraña, como si, en mi condición de director de la colección, cobrara, de pronto, conciencia de estar ante un acontecimiento irrepetible. Una celebración, con mayúscula (como las celebraciones mágicas de Claudio Rodríguez) de la poesía.
Pensé en el placer personal que el hecho me producía (un placer siempre inexplicable, como casi todo lo que tiene relación con el arte), sin duda, pero también pensé en que el volumen de más de 600 páginas, abordado por una pequeña editorial que acaba de cumplir sus primeros 10 años de vida, es la muestra viva de que la tenacidad, la confianza plena en el poder de la buena poesía y de la buena literatura (frente a tantos conseguidores de subvenciones oficiales atrincherados detrás de sellos editoriales que fueron innovadores y prestigiosos y arriesgados un día lejano) a veces se abre camino en un mar de hostilidades, ya sean visibles y abiertas, ya lo sean ocultas y sinuosas. ¡Bien por Bartleby!, me dije casi sin ser consciente de que desde los primeros pasos de la editorial, desde una sobremesa de otoño (quizá no fuera otoño, tengo dudas) en la que Pepo Paz y yo pudimos recrearnos en el diseño raro, rupturista, casi näif (recuerdo el escepticismo ante el diseño de algunos poetas mayores que luego editarían en Bartleby), que nos había preparado Sandra Zabala.

Bien por Bartleby, que ha editado la poesía completa de la Plath, que ha editado la mejor traducción de la poesía de Carver de la mano de Jaime Priede (a años luz, por cierto de algún precedente conocido en editorial poética de renombre), que ha rescatado, a la luz de la sensibilidad de los jóvenes poetas del siglo XXI, obras maestras de nuestros poetas consagrados en el siglo XX (Bonald, Grande, Jiménez, González, Gamoneda....); bien por Bartleby porque ha arriesgado descubriendo nuevos nombres de nuestra lírica, editándolos (aunque hubiera, después, cazadores al acecho del descubrimiento ajeno): Julieta Valero, Marcos Canteli, Isabel Pérez Montalbán, David González. Bien por Bartleby que gritó, en libro, contra la barbarie del 11-M. Bien por Bartleby por su generosidad con las víctimas de algunos exquisitos reacios a editar a poetas de edad por ser "sociales". Bien por Bartleby que descubrió y entregó a nuestra exigua comunidad poética joyas como los libros de C. K. Williams, de Billy Collins, de Anne Michaels, de Sharon Olds, de Tess Gallagher... (de la nueva colección de narrativa ya hablaré en otro momento).

Y bien por Bartleby porque todo eso lo ha hecho (lo hemos hecho) a "puro huevo": sin un premio que llevarse a la boca (y a mucha honra); sin una red de críticos prestos a abrir, de inmediato, las páginas del suplemento de turno a la novedad del mes; siendo exigente con las traducciones, con los libros a editar, buscando la innovación en sus colecciones o series, sabiendo que no hay poesía joven posible si se arrumba la memoria poética de los mayores. Y sobre todo, con un principio que es el principio madre de todos los principios: amor a la poesía, amor insobornable a la literatura. Y respeto al pluralismo realmente existente frente a la lógica del amiguismo y la tendencia (de un lado y de otro) a la que tan propenso es nuestro mundo poético. Un pluralismo sustentado en una base esencial: la poesía de calidad, el afán innovador no gratuito, la conexión del poema con las grandes incertidumbres del presente.

Sylvia Plath y su poesía completa, con el sello Bartleby Editores bien visible en una hermosísima poetada, es el mejor regalo de cumpleaños para la década de vida de tan apasionante proyecto. Un regalo para la editorial y para su menguadísima "plantilla". Pero, sobre todo, un regalo de dimensiones inabarcables, para los lectores de poesía, de literatura de la buena, de España y de Hispanoamérica. Nada más y nada menos. Estoy seguro de que nunca Bartleby el escribiente, el inmortal personaje de Melville, aplicaría a esta iniciativa (como a tantas otras de la editorial) su legendario lema "preferiría no hacerlo". Más bien diría todo lo contrario.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Blogs ajenos: espacios de reflexión, puertas

Hace unos días, una lectora que suele recibir invitaciones a las presentaciones de mis libros o a otras actividades literarias en que participo, me envió un correo electrónico en el que, además de referirse a asuntos que no vienen al caso, me expresó su incomodidad por lo que considera excesivo ego de los escritores. "Ustedes se autopromocionan y ya estoy harta de que permanentemente se ocupen de sus libros. Sus invitaciones por e-mail son de un autobombo insoportable", me dijo. No deja de tener razón. El peso cada vez más relevante de la red nos lleva a sustituir el tarjeton y el mailing tradicional de las editoriales por envíos masivos de correos electrónicos y a hacer del blog personal un espacio de publicidad de los libros propios. Probablemente sea inevitable pero reconozco que para muchos lectores (también para escritores que se inician o que tienen dificultades para publicar) esa labor puede tener un filo molesto. Hasta aquí, el negativo.
¿Cómo corregirlo? Por una lado, atemperando el ego y abriendo en el blog un espacio para mostrar la propia obra de la manera más "objetiva" posible, pero sin que ese espacio sea el predominante. Es decir, posibilitando que lo dominante en él sea la reflexión sobre la literatura y sobre la vida, la creación literaria, el debate y... ser puerta de acceso a otras reflexiones, a otros espacios de creación, es decir: a otros blogs, a otros portales, a páginas web interesantes.

A partir de hoy, en el espacio "Blogs recomendados" de Al margen, añado a las direcciones que lo han acompañado desde su nacimiento (Bartleby Editores y Cuaderno de viaje de Pepo Paz) seis ventanas, o seis pasillos a lugares en los que se opina, se piensa, se discrepa, se crea. Sobre todo esto último: se crea. El blog de Manolo Vilas, poeta y narrador (o narrapoeta) de escritura ágil, acerada, crítica, abierta a todos los recovecos de la realidad, cuyo último libro poético, Calor (DVD, 2008), nos muestra el envés de un mundo duro, desmemoriado, injusto. También tierno y, como diría Ángel González, acariciado. Manolo: aquí tienes una puerta. Para entrar y para salir. El de David González, poeta asturiano de verso amargo y afilado, crítico y tierno a la vez, desolado e insumiso, enfant terrible apegado a los submundos de una sociedad que se hizo en los bordes de la minería y de la menesterosidad. El de Vicente Luis Mora, profeta de la obra total que sustituya al mundo (o que enriquezca al mundo), lector empedernido, poeta arriesgado, entre la vanguardia y la ciencia y la sentimentalidad, narrador y ensayista de un provocador Singularidades (Bartleby, 2006) y de un recentísimo Pasadizos (Páginas de Espuma, 2008), a quien en el ya lejano 1996 (¿ó 1997?, hablo de memoria, perdóname si equivoco la fecha, Vicente) tuve el placer de presentar en el círculo su novela modrileñoglobalizadora Circular en su primera edición (tiene una segunda, corregida, de 2007) en el Círculo de Bellas Artes. Hasta aquí las tres primeras ventanas: blogs ajenos, blogs de adversarios o cómplices dialécticos, de amigos. Sí: de AMIGOS.
Las otras tres ventanas no son blogs: son páginas web, o portales, como os parezca. La primera, de un hermano con el que he discutido hasta el gozo dialéctico de la tensión extrema: Juan Carlos Mestre, poeta y pintor y grabador y dibujante, artista, autor de un libro reciente, La casa roja (Calambur, 2008), que está, a mi juicio, entre los tres mejores libros de los últimos cinco años (qué maravilla Juan Carlos, tu poema "Carpe diem", o "Ellas", tantos poemas de esa casa roja que acoge a todos los rojos y perseguidos de la Historia): en Al margen, brindo por ti y por tu obra y abro una puerta a tu mundo mágico, extraño, maravilloso. Las otras dos son para quien hace cinco años nos dejó en la soledad del aeropuerto de Bangkok: Manolo Vázquez Montalbán (Isabel Pérez Montalbán, su "sobrina" poética y sentimental, estoy seguro, lo va a agradecer infinitamente). Sí, Manolo, donde estés, te informo de que aquí abro dos ventanas hacie tí: la de tu página oficial y la de tu página oficiosa (vespito.net).

Y como los poetas deben terminar sus peroratas (¿qué es esto sino una perorata?) con poema, como homenaje ante el quinto aniversario de su huida al lugar del que no se vuelve, reproduzco un poema propio a él dedicado aunque en una versión todavía no definitiva. Ahí va el poema dedicado a Manuel Vázquez Montalbán, in memoriam:

Fue en el Palace. No es fácil recordar

la ropa que llevabas. Sí tu frágil estatura,

tus ojos poco azules, tu belleza

más que discutible: bajo y sentimental,

amigo y memorioso, tenaz y periférico,

tierno y muy mala leche, firme como

las miradas robadas en días vulnerables

en cualquier autobús de amanecida.

Venías de la luz algo astrosa del Raval.

Venías al lector que te aguardaba

con ese temblor viejo y púber a la vez

donde el pánico se ablanda con la proximidad del mito.

El amigo que fue parte

de la ciudad sobrante y fronteriza.

El que escribió vengando la vida escrita por los dioses

para trocarse en dios muy asequible.

El que no tuvo miedo aunque cruzara

su corazón el miedo del noi menesteroso

de la familia erradicada del sur y de la noche.

Fue en la noche. Y fue muy claro

lo que era oscuridad antes de conocerte:

la sucia luz del barrio de tu infancia era mi luz borrosa y la noticia

de un padre desnortado y roto reflejaba

mi orfandad de pana y de taberna.

sábado, 13 de septiembre de 2008

ESPEJO Y TINTA, dos novelas cortas / García Lorca, un recordatorio

Ante cada nuevo libro, vivo las mismas sensaciones que experimenté cuando, en el ya lejanísimo 1980, publiqué el primero. Me acaban de llegar los ejemplares de autor de Espejo y tinta (Bruguera) dos novelas cortas o, tal y como dice el texto de la contracubierta, "dos relatos largos, o nouvelles al estilo de Henry James" y no he podido sustraerme a una emoción más propia del neófito que del escritor ya probado. Sí: dos novelas cortas, un género infrecuente en nuestra narrativa, es verdad, pero con piezas tan excepcionales como El coronel no tiene quien le escriba, de García Márquez, Ronda de Guinardó, de Juan Marsé, o Una tumba, de Juan Benet, por citar tres ejemplos que así, a vuelapluma, me vienen a la mente. El título del libro es la conjunción de los títulos de las dos novelas: Espejo, una historia entre la fantasía y la realidad en la que intento reflexionar sobre el destino, sobre las frustraciones que genera la experiencia de las vidas deseadas y no vividas (a través del "tema del doble", tal y como se subraya en la contracubierta); Tinta es un particular ajuste de cuentas con mi afición, que arrastro desde la adolescencia, a las estilográficas. Es un relato largo en el que los obsesos por determinados objetos (no sólo las estilográficas, también las cachimbas, los relojes, las monturas de gafas....) no dejarán de reconocerse.
Pero más que el argumento de ambas, al que se referirán críticos y periodistas, quiero destacar mi especial querencia por ambas nouvelles y revelar algunos detalles sobre su gestación. Son textos nacidos a principios de la década de los noventa. Entonces, por la dedicación a dos novelas largas que aparecerían a en aquellos años (El lento adiós de los tranvías y Una mirada oblicua) y porque consideré que respondían a un impulso radical e intimista, diferente a mi narrativa vinculada al conflicto y a la memoria colectiva de la España contemporánea, quedaron inacabadas. Hace un par de años los recuperé, los reescribí y me di cuenta de que en ellos había metabolizado, sin darme cuenta, mis lecturas de Kafka (sobre todo, del Kafka de La metamorfosis), cierta empatía juvenil con un Borges que en la madurez califiqué de frío y falto de emoción, y la conmoción que me produjo, hace no sé cuantos años, la lectura de una maravillosa novela corta (casi no llega, por extensión, a serlo) de Faulkner, Una rosa para Emily, texto que reeditaría, caprichos del destino, tiempo después, creo que en 2001, Ana María Moix en la colección "Relatos" de Plaza y Janés para bolsillo. Es decir, la misma editora que ha decidido llevar a imprenta Espejo y tinta.

Decía al principio que ante cada nuevo libro vivo la misma experiencia que experimenté con el primero. Y eso me ha ocurrido con la edición, austera, delicada, de texto sobrio y con respiración, limpio, y con una portada que, pese a no ser directamente alusiva al contenido de las novelas, traslada al lector sus atmósferas, su realidad brumosa, sutilmente sombría e inestable. Una portada que recoge un detalle del autorretrato de Robert Buhler en la que reconozco plenamente la respiración, el ritmo, el ambiente en que viví sumergido mientras escribí el libro. Dos novelas cortas o relatos largos: el resultado de un trabajo especialmente intenso sobre un territorio, ese género extraño y sumamente difícil, arriesgado. Ernesto Silva, el extraño oficinista de Espejo, y Luis Orueta, el maniático de las estilográficas de Tinta, están encarnados de un modo inquietante en el rostro en claroscuro de un joven Buhler con fondo rojo. Dos personajes en los que, quizá, respiren, de manera indirecta, el desasosiego y las incertidumbres de este tiempo cruel y desolado de la globalización. Así, al menos, lo he sentido.
GARCÍA LORCA, UN RECORDATORIO
De nuevo se plantea la posibilidad de exhumación de los restos del poeta granadino. Mi opinión coincide con la de Gibson, con la de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. Como no quiero repetirme, invito al lector de este blog a recuperar la entrada que escribí, a propóstio de esa polémica y de la posición inexplicable desde una óptica progresista, de recuperación de la diginidad de los vencidos, de dos intelectuales con un peso incuestionable en la sociedad española: Javier Rioyo, ensayista, periodista y director del documental Muerte de un poeta, y Luis García Montero, que llegaron a afirmar que, con independencia de las reclamaciones de las familias de quienes fueron asesinados y enterrados con Federico, no había que remover la historia exhumando sus restos. Mi entrada fue publicada el pasado 14 de abril con el título "García Lorca, ¿una excepción a la Ley de la Memoria Histórica?". La he releído hace un par de horas y me ha parecido de una actualidad apabullante. Para no reiterarme, os invito a acceder a ella.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Una poesía necesaria: la voz que surge del extremo

Voces del extremo, Huelva, Moguer, el mundo de la poesía española diseccionado mediante la teoría literaria, también mediante la propia poesía. Pero no sólo el mundo literario: también la realidad política, social, económica, cultural. Me llega, con larga dedicatoria de Antonio Orihuela y con una petición en la que alienta cierta protesta por el silencio oficial y oficioso, la última edición de esa antología, que desde 1997 se viene rehaciendo, regenerando, creciendo, evolucionando, que se ha venido en llamar Voces del extremo. Es una antología que concentra, cada año, la aportación, teórica o lírica, de un grupo de poetas que, bajo los auspicios de la Fundación Juan Ramón Jiménez y con el impulso entusiasta de Orihuela, se viene reuniendo cada año (no el pasado, que por razones esencialmente económicas no lo pudo hacer) en la ciudad de Moguer. Aunque no tengo plena seguridad ni documento a mano que lo certifique (escribo desde un lugar distinto a mi cubil de escritor), creo que participé en Voces del extremo en el año 2000. Que, cuando recibí la invitación (de Orihuela, por supuesto), me extrañó que la Fundación dedicada al poeta que en los años de esplendor de la poesía social en España se calificaba de minoritario y exquisito (fue él, por cierto, quien dedicó su obra "a la inmensa minoría") promoviera una actividad en la que se abordaba la función de la poesía desde un enfoque entre marxista y libertario, como forma de militancia anticapitalista. Esa fue mi primera sorpresa. Lo demás, comenzando por mi propia presencia en Moguer, fue una pertinente y apasionada reflexión sobre la función social del poema (y de la literatura) en el fin de siglo y algunas memorables lecturas. Allí inicié amistades -Enrique Falcón, el propio Antonio Orihuela, Eladio Orta, Francis Vaz, Antonio Rigo, Antonio de Padua- que al día de hoy mantengo pese a determinadas polémicas y discrepancias (la antología Once poetas críticos, por ejemplo) y allí ahondé otras iniciadas poco tiempo antes: pienso en Jorge Riechmann, en Isabel Pérez Montalbán, en José María Parreño.
Antonio Orihuela me cuenta que el año pasado no hubo Voces del extremo -lo he dicho antes- y que este año se ha celebrado el encuentro gracias a la contribución y al altruismo de los participantes. Ambos datos, en un tiempo en el que ciertos poetas confunden la actividad literaria con una suerte de permanente presencia en los medios y en el que es difícil defender una poesía que vaya más allá del ensimismamiento sin que al poeta en cuestión lo tachen de panfletario, me dejaron, más allá de la admiración y la solidaridad que en mí provocaron, muy preocupado. Voces del extremo debe continuar. Habrá quien diga que el director de una colección de poesía que decidió no editar una antología con once poetas procedentes de esa plataforma no está legitimado para defenderla. Mi discrepancia con Quique Falcón a propósito de mi decisión de no editar en la colección de poesía que dirijo (Bartleby) el libro Once poetas críticos tal y como me fue entregado (pese a la discrepancia de fondo sobre determinados aspectos de su prólogo, la razón de la negativa era de índole editorial: lease mi entrada, y los comentarios subsiguientes, en este blog titulada "Mi paseo por la feria del libro", de 12 de junio de 2007) no obsta para que considere imprescindible la presencia de voces críticas, de voces, si así podemos llamarlas, "antisistema". Con una condición: que escriban poesía de calidad. Entre otras razones porque, como he expuesto en no pocos textos, yo me aplico un concepto del poema que responde a la siguiente ecuación: poesía=palabra reveladora+conciencia crítica. Esa ecuación es la zona de intersección que comparto con Voces y que, creo, comparto con algunos poetas de la llamada poesía de la experiencia que se reclaman de una visión crítica. Otra cosa es el imaginario de futuro que cada uno proyecte en sus poemas, pero lo cierto es que todos compartimos esa mirada crítica sobre el mundo. Verdad es que algunos viven una suerte de pasión permanente por protagonizar un papel de relieve en los medios de comunicación. Pero los demás no tenemos la culpa. El problema es suyo y no hay que ser excesivamente perspicaz para valorar los límites del nivel de compromiso de cada cual.

Defender la pertinencia y la necesidad de Voces del extremo, incluso desde el desacuerdo y la contestación, es un deber. Lo contrario es apostar contra el pluralismo, contra la diversidad en que ha de fundarse, ineludiblemente, nuestra realidad poética.

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...