sábado, 13 de septiembre de 2008

ESPEJO Y TINTA, dos novelas cortas / García Lorca, un recordatorio

Ante cada nuevo libro, vivo las mismas sensaciones que experimenté cuando, en el ya lejanísimo 1980, publiqué el primero. Me acaban de llegar los ejemplares de autor de Espejo y tinta (Bruguera) dos novelas cortas o, tal y como dice el texto de la contracubierta, "dos relatos largos, o nouvelles al estilo de Henry James" y no he podido sustraerme a una emoción más propia del neófito que del escritor ya probado. Sí: dos novelas cortas, un género infrecuente en nuestra narrativa, es verdad, pero con piezas tan excepcionales como El coronel no tiene quien le escriba, de García Márquez, Ronda de Guinardó, de Juan Marsé, o Una tumba, de Juan Benet, por citar tres ejemplos que así, a vuelapluma, me vienen a la mente. El título del libro es la conjunción de los títulos de las dos novelas: Espejo, una historia entre la fantasía y la realidad en la que intento reflexionar sobre el destino, sobre las frustraciones que genera la experiencia de las vidas deseadas y no vividas (a través del "tema del doble", tal y como se subraya en la contracubierta); Tinta es un particular ajuste de cuentas con mi afición, que arrastro desde la adolescencia, a las estilográficas. Es un relato largo en el que los obsesos por determinados objetos (no sólo las estilográficas, también las cachimbas, los relojes, las monturas de gafas....) no dejarán de reconocerse.
Pero más que el argumento de ambas, al que se referirán críticos y periodistas, quiero destacar mi especial querencia por ambas nouvelles y revelar algunos detalles sobre su gestación. Son textos nacidos a principios de la década de los noventa. Entonces, por la dedicación a dos novelas largas que aparecerían a en aquellos años (El lento adiós de los tranvías y Una mirada oblicua) y porque consideré que respondían a un impulso radical e intimista, diferente a mi narrativa vinculada al conflicto y a la memoria colectiva de la España contemporánea, quedaron inacabadas. Hace un par de años los recuperé, los reescribí y me di cuenta de que en ellos había metabolizado, sin darme cuenta, mis lecturas de Kafka (sobre todo, del Kafka de La metamorfosis), cierta empatía juvenil con un Borges que en la madurez califiqué de frío y falto de emoción, y la conmoción que me produjo, hace no sé cuantos años, la lectura de una maravillosa novela corta (casi no llega, por extensión, a serlo) de Faulkner, Una rosa para Emily, texto que reeditaría, caprichos del destino, tiempo después, creo que en 2001, Ana María Moix en la colección "Relatos" de Plaza y Janés para bolsillo. Es decir, la misma editora que ha decidido llevar a imprenta Espejo y tinta.

Decía al principio que ante cada nuevo libro vivo la misma experiencia que experimenté con el primero. Y eso me ha ocurrido con la edición, austera, delicada, de texto sobrio y con respiración, limpio, y con una portada que, pese a no ser directamente alusiva al contenido de las novelas, traslada al lector sus atmósferas, su realidad brumosa, sutilmente sombría e inestable. Una portada que recoge un detalle del autorretrato de Robert Buhler en la que reconozco plenamente la respiración, el ritmo, el ambiente en que viví sumergido mientras escribí el libro. Dos novelas cortas o relatos largos: el resultado de un trabajo especialmente intenso sobre un territorio, ese género extraño y sumamente difícil, arriesgado. Ernesto Silva, el extraño oficinista de Espejo, y Luis Orueta, el maniático de las estilográficas de Tinta, están encarnados de un modo inquietante en el rostro en claroscuro de un joven Buhler con fondo rojo. Dos personajes en los que, quizá, respiren, de manera indirecta, el desasosiego y las incertidumbres de este tiempo cruel y desolado de la globalización. Así, al menos, lo he sentido.
GARCÍA LORCA, UN RECORDATORIO
De nuevo se plantea la posibilidad de exhumación de los restos del poeta granadino. Mi opinión coincide con la de Gibson, con la de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. Como no quiero repetirme, invito al lector de este blog a recuperar la entrada que escribí, a propóstio de esa polémica y de la posición inexplicable desde una óptica progresista, de recuperación de la diginidad de los vencidos, de dos intelectuales con un peso incuestionable en la sociedad española: Javier Rioyo, ensayista, periodista y director del documental Muerte de un poeta, y Luis García Montero, que llegaron a afirmar que, con independencia de las reclamaciones de las familias de quienes fueron asesinados y enterrados con Federico, no había que remover la historia exhumando sus restos. Mi entrada fue publicada el pasado 14 de abril con el título "García Lorca, ¿una excepción a la Ley de la Memoria Histórica?". La he releído hace un par de horas y me ha parecido de una actualidad apabullante. Para no reiterarme, os invito a acceder a ella.

2 comentarios:

Marisu dijo...

Enhorabuena por tu nuevo libro.Espero pillarlo cuando regrese a Madrid, si no lo encuentro aquí en Ourense y disfrutarlo como me ha sucedido con los que conozco.Además, das a entender que es otra vertiente tuya,lo que me parece muy interesante.
Estoy totalmente de acuerdo con tus opiniones sobre la exhumación de los restos de García Lorca, más que nada porque impiden los derechos de los otros enterrados con él.Derechos que a mi, que no soy jurista, me parece que deberían de prevalecer.Lo contrario es como tener un privilegio, que desiguala hasta en la muerte.Me parece triste y hasta diría terrible.
Un abrazo.
María jesús.

Fata Morgana dijo...

Saludos, Manuel.
Yo no entiendo por qué no lo exhuman, que me lo expliquen, porque no lo entiendo... para mí es que simplemente no tiene lógica.
Vengo de un país donde ciertos muertos jamás podrán exhumarse (y aquí también los hay), pero Lorca no está desaparecido. Entonces ¿por qué la diyuntiva?
Es que no lo entiendo.