viernes, 28 de enero de 2011

La elegía de Mary Jo Bang, el gran poema de 2010

Mary Jo Bang nació en 1946. Por fecha de nacimiento es coetánea a nuestros poetas de la llamada generación del 68. Tuvo 20 años cuando los estudiantes de Berckeley, al amparo de las reflexiones de Marcuse y, más allá, de los filósofos de la Escuela de Frankfurt, se movilizaron por los derechos civiles. Tenía 22 cuando asesinaron a Martin Lutero King y vivió, en plena juventud no sólo los movimientos masivos contra la guerra del Vietnam, sino la irrupción de los más diversas corrientes estéticas en todos los campos de la actividad artística en tiempos de contracultura, de rebelión colectiva, de búsqueda de nuevos horizontes de libertad y de realización personal. Mary Jo Bang nació en Waynesville, una pequeña localidad de Missouri, y, como tantos otros miembros de su generación, vivió las grandes conmociones de un siglo XX especialmente cruel.  En enero de 1967, a los veintiún años, Mary Jo  Bang tuvo un hijo. Un hijo que creció mientras el siglo XX avanzaba hacia su final.  Un hijo en el que depositó sueños, ilusiones, caricias, esperanzas, el imaginario de un mundo distinto. Para él y para quienes lo acompañaran. Un hijo al que amaba intensamente en el comienzo del siglo XXI mientras veía cómo lentamente se iba deslizando, sin que ella lo pudiera evitar, hacia el abismo. El hijo murió un día de junio de 2004 por sobredosis, probablemente de heroína. Mari Jo Bang, hasta ese día, había escrito cuatro libros de poemas. Su trabajo lírico lo combinaba con sus clases de inglés y con la dirección del programa de Escritura Creativa  de Washington University. Mary Jo Bang se asomó al abismo ante el vacío y ante el hijo muerto. Y poco después, comenzó a escribir los poemas de Elegía, libro que se publicó en Estados Unidos en 2007, que obtuvo el Premio de la Crítica de su país y que, en 2010, con traducción y prólogo de Jaime Priede, publicó Bartleby Editores en la colección que tengo el honor de dirigir.

Elegía es, a mi juicio, uno de los libros más perturbador, emotivo y profundo de cuantos se han publicado en España en 2010. Mary Jo Bang lo escribió en el agujero de un drama íntimo de proporciones incalculables. Los poemas se enlazan unos con otros para hablarnos del pasado del hijo, de los momentos vividos a su lado por la poeta, de lo que pudo hacer y no hizo para evitar su trágico final. La culpa, el amor astillado, los deseos rotos, la infancia como paraíso ajeno a las tragedias, los objetos del hijo, la indagación en la raíz (frágil, enormemente inestable) de aquellos momentos en que pudo no estar a su lado, no darse cuenta de alguna desatención, las fotografías de una felicidad perdida, la conciencia no menos astillada de haber fracasado como madre. Sólo en en el fondo del dolor, en el núcleo de todas las dudas existenciales es posible escribir: "Amnesia nocturna. / El sueño se convierte / en dibujo animado y lentejuela de menta".

Muy pocas veces he sentido, ante un poema, la necesidad de llorar, de dejar (los hombres no lloran, me decían en casa cuando era niño) que los sentimientos afloren de una manera líquida y silenciosa ante la capacidad del lenguaje para tocarnos esos lugares recónditos de nuestro cerebro donde se alojan la emociones más hondas e inesperadas. Así ha sido esta noche al releer el poema "Fuiste eres elegía". Os transcribo un fragmento:
Eras. Eres
en mayo. Mayo mirando
hacia junio que llega.
Así es como mido
el año. Todo Fue Culpa Mía
es el título de la canción
que he estado cantando.
Incluso cuando me pedías calma.
No he tenido calma alguna,
he estado llorando. Creo que tú
me has perdonado. Todavía me pones
la mano en el hombro
cuando lloro.
Gracias por eso.
Es una poesía directa que, sin embargo, no desdeña la metáfora ni la comparación,  que combina momentos de alta tensión lírica con acercamientos en apariencia objetivos a lo cotidiano, que tantea con sutileza los fantasmas de la memoria más remota a la vez que recobra los más duros momentos de la días últimos y penúltimos del hijo. Es una poesía de las emociones --que, a la vez, indaga en el lenguaje, encabalga versos, despliega imágenes imprevistas-- que no pocas veces es tratada con desdén por quienes, desde la trinchera crítica o desde la poesía no coincidente, consideran ajena al poema toda emoción que no sea puramente estética. ¿Poesía de la experiencia en versión norteamericana? No exactamente. Más bien poesía de la existencia. Una poesía que conmueve y perturba que forma parte de una tradición muy asentada en la poesía anglosajona (sobre todo de USA) contemporánea. Se trata de la poesía que habla de las relaciones entre padres e hijos, del taller de escritura del poeta, de los amigos del fin de semana, de la soledad de padres que intentan prolongarse en el hijo yendo de pesca o paseando por la montaña, de mujeres abandonadas o perdidas en el desamor, de lecturas fuera del canon, de vagabundos hundidos en el alcohol o en la soledad más completa. Es la poesía de la otra América. De una América que vive en Nueva York o en Chicago. Pero que, sobre todo, desarrolla su vida cotidiana en pequeñas ciudades de Missouri ( como la Waynesville de Mary Jo Bang) o Montana, de Kansas o Dakota.

miércoles, 19 de enero de 2011

Cabaña abandonada

Hace tres años publiqué, en editorial Gadir, un libro al que tengo un afecto muy especial y del que ha hablado poco en este espacio. Su título, Por la sierra del agua. Es un libro de viajes por esos montes, perdidos en el vértice norte de Madrid, que se extienden a un lado y otro del río Lozoya y que la inmensa mayoría de los madrileños (y la aún más inmensa mayoría de no madrileños) desconoce. En ese libro, algo parecido a un cuaderno de caminante, cuento mi experiencia ante una cabaña abandonada. La cabaña es la que podéis ver en las fotografías y se encuentra (todavía es posible verla desde la carretera, y visitarla, y husmear en ella) cerca de la carretera que une Pinilla de Buitrago con San Mamés, no lejos de la vieja vía del ferrocarril directo Madrid-Burgos, hoy inútil y cesante. Es una construcción extraña, hasta cierto punto desconcertante, que parece hablar de una realidad abandonada, de alguien que hace muchos años soñó un proyecto que se encarnaba en ella y por alguna razón desconocida, renunció a él.

Visión de la fachada este, con chimenea al fondo

¿No os habéis fijado, cuando viajáis por carreteras secundarias, en la presencia de algunas edificaciones en medio del bosque, o al final de una llanura, o surgiendo de unos huertos abandonados? Edificaciones en ruinas, arquitecturas precarias que, aunque nos parezca mentira, tienen un pasado. Al cruzar, por la carretera, ante la que motiva esta entrada (lo que hago con frecuencia, sobre todo los fines de semana), siempre me pregunto por su origen. ¿Fue el sueño de un grupo de adolescentes que pasaban los veranos en Pinilla o San Mamés y un buen día decidieron construir la casa de sus aventuras imaginarias? ¿Nació de la necesidad de un mendigo que buscó con ello una forma de guarecerse y de tener un hogar por precario que fuera? ¿Era el chamizo de un pequeño agricultor residente en el pueblo al que le gustaba refugiarse, en los días de recolección, en la cabaña? El hecho de que tenga pozo (un pozo tradicional, con brocal y todo y con paredes de piedra) y un pequeño patio fácilmente vulnerable por curiosos como yo abona esta última posibilidad. Pero si es así, ¿por qué lleva décadas abandonada?


Esa suma de preguntas, sólo posibles en mentes un poco maniáticas como la mía, me llevó, un buen día de hace diez años, a saltar el frágil muro de piedra que rodea lo que alguna vez fuera fue jardín o huerto. Lo hice guiado a medias por la curiosidad y a medias por las demandas que me planteaba la redacción de mi libro viajero. Recorrí el jardín, me asomé al interior de la cabaña, dediqué algunos minutos a recapacitar sobre cuanto vi en su interior. Y, al final, decidí incorporar aquella experienica en los dos fragmentos que can comienzo al capítulo 4 de la primera parte. Abajo podéis leer el resultado. O en el libro. Of course. 

El pozo al fondo, visto desde el "porche" de la cabaña
Fragmentos alusivos a la cabaña en Por la sierra del agua:
 "En un recodo del camino hacia San Mamés, había una cabaña de troncos con aspecto de llevar abandonada mucho tiempo. Me detuve a husmear en su interior y en sus alrededores. Su situación, a la salida de una curva, me obligó a distanciarme en busca de un lugar seguro donde dejar el coche, a la derecha de la calzada. Después, me acerqué caminando a aquel amasijo de troncos que parecía testimoniar una vieja y rota quimera. Pensé en la infancia, en los sueños aventureros de Tom Sawyer, o en las hazañas adolescentes de Guillermo Brown mientras, con un fondo de prevención, saltaba un muro de planchas de arenisca y de pizarra —en medio, crecía un fresno de tronco retorcido— y accedía a una especie de jardín abandonado en el que crecían, sin orden, la hierba, el cardo, la zarzamora y el endrino. El tejado de uralita y la embocadura, construida con un cemento oscuro, de una chimenea, rompían la uniformidad de una fachada hecha de troncos descoloridos, tan grises como el aire de aquella mañana. En algunas zonas de la fachada, las que daban al norte, crecía la yedra como un desafío al invierno, y en uno de los laterales, una puerta a medio abrir mostraba las tripas de lo que parecía un trastero. En su interior, descansaba una oxidada bicicleta de color rosa. Ante la visión de aquel utensilio abandonado, sentí un extraño vértigo: la choza, o cabaña, dejaba de ser un ente inanimado para cobrar vida: tenía memoria. Abrí ligeramente la puerta de aquel trastero y descubrí, al pie de la bicicleta, picaportes oxidados, un infiernillo, una pequeña escalera metálica, restos de periódicos, hojas podridas, un rollo de alambre también oxidado. Todos aquellos objetos eran el testimonio de una vida. Quizá de la vida de un soñador o de un náufrago, de un aventurero a contracorriente. Cuando decidí rodear la cabaña en busca de la puerta, el vértigo inicial se transformó en miedo. La absurda idea de que allí, en aquel habitáculo perdido de la mano de Dios, abandonado entre zarzas, podían estar los restos de su dueño, me llevó a proceder con cautela.
"Como era previsible, cuando me asomé a la puerta que, como una enorme boca, parecía aguardarme bajo un porche desgalichado, comprobé la soledad absoluta del lugar. Adentro podía verse un pequeño salón, con una chimenea ennegrecida al fondo, un sofá destripado, un colchón tirado en el suelo, con los muelles al aire como gusanos de óxido, un frigorífico ennegrecido y cerrado —decidí no abrirlo— y una ventana cegada y con cortinas de flores y polvo y, como una excrecencia de aquel escenario de lo abolido, un carro metálico. Sí: un carro metálico de los que proliferan en los hipermercados.
"Me bastó aquel examen visual para no proseguir la indagación. Me alejé del chamizo y caminé algunos metros hacia el extremo opuesto del jardín. Respiré hondo un silencio que, al poco, quebró el traqueteo lejano del motor de un camión. En el centro del jardín, se levantaba un pozo de piedra con un brocal de hierro forjado cuya boca estaba cegada por una enorme plancha metálica pintada a medias de verde a medias de herrumbre. Hubiera deseado encontrar a algún lugareño, o vecino de Pinilla, o de San Mamés, que conociera la historia de aquel lugar proscrito, el trasfondo de la suma de sueños destruidos que simbolizaba la choza abandonada."

lunes, 17 de enero de 2011

Una exposicion que enterró el urbanismo: verano de 1975, barrio de Portugalete, Madrid.

Corría el verano de 1975, Franco todavía vvía y los barrios de la periferia de Madrid eran un hervidero. De movilizaciones y de iniciativas. De luchas por aceras y asfaltado, por mejores viviendas, contra la subida del pan, por una sanidad y una educación dignas.... Y por la cultura como parte esencial del principal objetivo: la democracia. En aquel clima, en un Madrid en el que todos éramos infinitamente jóvenes, utópicos y desinteresados, hubo un barrio, hoy desaparecido como tal y subsumido por la realidad de una Arturo Soria de viviendas de lujo, oficinas, restaurantes caros y nuevo equipamiento comercial, que luchó con tenacidad por la libertad y por mejores condiciones de vida: Portugalete. Y en aquel verano de 1975, coincidiendo con las fiestas anuales (que habían empezado a convertirse en autenticas movilizaciones contra la dictadura) hubo un grupo de jóvenes, con los que E. y yo colaborábamos, que decidieron, con el apoyo de un párroco que debía de andar próximo a Cristianos por el Socialismo (memorable Manolo, al que reencontré muchos años después en una estación de metro y de quien no he vuelto a saber nada), convertir aquellas fiestas en un lugar de encuentro para los mejores artistas plásticos del momento.. 

Mural de Enrique Barón. Verano de 1975. Desaparecido
Los artistas llegaron al barrio pertrechados de sus herramientas y materiales y convirtieron aquel lugar de casas bajas y calles sin asfalto en una auténtica e inmensa sala de exposiciones al aire libre de obra original, única e irrepetible. Fueron murales muy apegados al momento que vivía España. Murales que aludían indirectamente a la luchas por la libertad, que sugerían pasadizos que nos conducían a la Segunda República y proponían homenajes a figuras de la España derrotada e ilustrada: en concreto, Federico García Lorca y Arturo Soria. Entre nosotros se encontraban trabajando artistas a quienes, como estudiantes tardíos de COU o de primero de carrera, habíamos admirado, como mitos culturales contemporáneos, en las críticas a exposiciones de las páginas de las revistas de cultura y política que frecuentábamos: Triunfo, Cuadernos para el Diálogo, Destino.

Mural desaparecido barrio Portugalete. Autor inidentificable.
 Durante algo más de una semana vivimos, bajo la vigilancia y la atención de la policía nacional y de la brigada político-social, algo parecido a un sueño: con nosotros, jóvenes airados impulsores del cine-club, de los debates sobre literatura y cine, estaban los pintores más conocidos, los artistas que, además de tener una cierta cotización en las galerías más prestigiosas, tenían vínculos con la lucha clandestina, contribuían a la resistencia democrática con su acción política semilegal y con su obra. Con nosotros estaban Enrique Barón, conocido entonces, sobre todo, como escultor, Juan Genovés, experto en multitudes, en pintar el colectivo anonimato y la protesta, Duarte, Arcadio Blasco, ceramista de Muchamiel que, junto a Carmen Perujo, su esposa, desarrollaba un trabajo incansable en la Asociación del barrio (era el único de aquellos artistas que vivía en Portugalete); allí estaban Poblador, Alcaín, Lucio Muñoz, Ricardo Zamorano, Santacatalina...

Mural de Duarte. Desaparecido. Verano de 1975
Fueron días memorables, en los que la labor de los pintores se complementó, cada noche, con recitales de cantautores que en unos casos, como los murales, se llevaría la transición, y en otros consolidarían una obra renovada, hoy viva todavía. Pienso en Gabriel González, que versionó de manera magnífica poemas de Blas de Otero, de Agustín Millares y de Carlos Álvarez, en la actualidad dedicado a la formación profesional en una fundación dependiente de UGT; pienso en Luis Pastor, que perseveró en las décadas posteriores en su pasión de cantautor de periferias. El barrio de Portugalete vivió tardes memorables en la sala parroquial compartiendo veladas y proyecciones con directores de cine que visitaron el salón de actos del club parroquial para hablar de historia, de clásicos del celuloide, de política, de memoria colectiva. Bardem, Basilio Martín Patino, Saura... acompañaron algunas de las películas más significativas (y menos divulgadas) de nuestro cine.

Homenaje a Arturo Soria. Mural de Lucio Muñoz. Verano de 1975. Desaparecido
Estos días, revisando los fondos fotográficos familiares, he recordado que de aquella exposición al aire libre hice no pocas fotografías. Las hemos buscado y, tras recuperarlas y escanearlas, las he pasado a este blog para restituirlas a la vida, para acabar con la situación de realidad desaparecida en que viven desde entonces. El barrio (como todos los barrios en los que fui adolescente y niño) desapareció bajo la acción de las excavadoras. Y, con los muros, se fue aquella celebración de la luz, del color, y del arte con sentido. Hoy, un día invernal de 2011, treinta y seis años después de aquella confluencia de la pintura y la reivindicación, gracias a Internet, a las nuevas tecnologías y a las posibilidades que ofrecen, devuelvo al mundo los murales y me atrevo a proponer a lectores, internautas y curiosos, un viaje a través de ellas a aquel tiempo de entusiasmos, miedo y utopías irreductibles. Sé que algunos de ellos han aparecido publicados en el blog Historias matritenses (enlazado al principio). Pero es una edición incompleta, desprovista de este alarde de memoria con que los he recreado.

En definitiva: aquí, debajo de estas líneas, os ofrezco la exposición virtual de aquellas obras que se llevó el huracán remodelador de la en cualquier caso bienvenida democracia municipal. La magia de la Red permite rescatarlas del túnel del tiempo. Feliz visita.
 

Homenaje a Federico García Lorca. Autor inidentificable. Verano 1975


Mural con motivos frutales. Alcaín y Equipo del Barrio. Verano 1975

Mural. Verano 1975. Barrio Portugalete. Autor inidentificable

Mural de Arcadio Blasco. Verano 1975. Barrio Portugalete

Mural. Verano 1975. Autor inidentificable.

Mural. Verano 1975. Autor inidentificable. Barrio Portugalete

Mural. Verano 1975. Autor inidentificable. Barrio Portugalete

Mural. Verano 1975. Juan Genovés. Barrio Portugalete

Mural. Verano 1975. Poblador. Barrio Portugalete

miércoles, 5 de enero de 2011

Mi lectura de "La gallina ciega", la expriencia del retorno a España de Max Aub

La disposición de algo más de tiempo libre en los días navideños me ha permitido meterme, al fin, con un libro cuya lectura tenía pendiente desde hace años: La gallina ciega, de Max Aub. Ha sido una experiencia fascinante. No sólo por las horas de inmersión en una prosa limpia, ambiciosa, con una tensión sostenida, sino porque me ha permitido volver a un tiempo estancado en los últimos años de mi adolescencia.
Max Aub narra en La gallina ciega una peculiar experiencia de retorno del exilio: volvió en 1969 desde México con la intención de recobrar su memoria de España y de vivir durante algunos meses la realidad de un país que algunos de sus amigos en el interior le describían diferente a la de los primeros años de la dictadura y en la que comenzaban a apuntarse algunos signos de apertura, especialmente en el ámbito literario. Eran los años de esplendor de la Editorial Seix Barral, con Carlos de sumo pontífice, con las primeras novedades procedentes del "boom" hispanoamericano (sobre todo, de La ciudad y los perros, de Vargas Llosa) y con el fiasco monumental del rechazo a Cien años de soledad.

Yo vivía mis días de preuniversitario y de fracaso en ciencias. Recuerdo que, a lo largo de aquel curso, mi presencia en la Casa del Libro en la Gran Vía madrileña (entonces avenida de José Antonio) para leer a escondidas y por fases los libros de los poetas más comprometidos del momento (Gabriel Celaya, Blas, Pepe Hierro) y para escudriñar en las nuevas colecciones: recuerdo de manera muy especial la colección El Bardo, que dirigía José Batlló y en la que descubrí a Gloria Fuertes en un libro de nombre inolvidable, Poeta de guardia. Llevaba un año en librerías Coro de ánimas, de Diego Jesús Jiménez, todavía duraban los ecos del éxito de crítica y lectores de un libro como Blanco Spirituals, de Félix Grande, que tres años antes había obtenido el premio Casa de las Américas en Cuba, los novísimos estaban a punto de convertirse en el fenómeno literario del final de la década y la dictadura podía mostrar las cárceles bien nutridas de presos políticos. Un año antes había dejado el colegio Ramón y Cajal, un centro privado que se levantaba junto a una Ciudad Lineal todavía tranviaria y boscosa, con chiringuitos, merenderos y matorrales, con viejos palacetes perdidos entre jardines llenos de vegetación y a punto de entrar en decadencia. Mi conciencia del mundo en que vivía era limitada, pero tras los deslumbramientos lectores de los catorce, de los quince años (Machado, Juan Ramón, los poetas del Siglo de Oro, las novelas de aventuras de Stevenson o de Defoe) había comenzado a indagar por mi cuenta en los poetas sociales, entonces relativamente accesibles, y a curiosear en las novelas de la generación del 50.  

Tranvía en el Madrid que visitó Max Aub en 1969
Pero yo, como mis amigos de barrio y de colegio, ignoraba que en aquel año 1969 un escritor del exilio que había colaborado con André Malraux en el documental Sierra de Teruel, que había sobrevivido a varios campos de concentración antes de llegar a México, que había convivido con Dos Passos y con otros autores de la lost generation norteamericana , un soberbio escritor con un reconocimiento unánime en América, con una obra más que consolidada (las seis novelas de El laberinto mágico, La calle de Valverde, Las buenas intenciones, numerosos cuentos, libros de poesía y teatro experimental), visitaba España e intentaba diagnosticar los cambios producidos a treinta años del final de la guerra al tiempo que pugnaba por recobrar la memoria de sus años jóvenes. La gallina ciega, subtitulada Diario español, es la crónica de ese viaje. Max Aub, a quien le llegaban, a su domicilio mexicano y por correo, invitaciones mil para que volviera a un país que, según no pocos escritores más o menos próximos al régimen, había cambiado profundamente (y había ganado, con Massiel, el Festival de Eurovisión un año antes aunque fuera condenando y silenciando a un Serrat que quiso cantar el La, la, la en catalán).

El libro me ha fascinado. En La gallina ciega Aub hace un recorrido por las experiencias culturales, pero también por la vida cotidiana, del momento, se interna en ciudades que, en aquellos años, vivían las consecuencias de los planes de desarrollo de los tecnócratas del Opus y los primeros impulsos especulativos (era la España de Matesa): Valencia, Barcelona, Zaragoza, Madrid, Toledo.... En esas ciudades Aub toma contacto con todo lo que se mueve: quienes actúan y crean al abrigo del aparato franquista y los que lo hacen en permanente desafío, los funcionarios descreídos y cumplidores, los hosteleros deslumbrados por los turistas que comienzan a llenar nuestras playas. Vive la experiencia de la censura, el reencuentro con intelectuales que han vivido la tortura y la cárcel (especialmente emotiva la descripción que hace del poeta José Luis Gallego), la desmemoria de las nuevas generaciones y el olvido voluntario de sus coetáneos adaptados a un conformismo casi obligado. Por las páginas del libro desfilan escritores como Luis Rosales o Gabriel Celaya, como el postrado Vicente Aleixandre en su refugio de Velintonia, como Carlos Barral o Esther Tusquets, entonces jóvenes y entusiastas promotores de la nueva edición, de la nueva novela, de la nueva poesía. Hay alusiones a Cela y a sus Papeles de Son Armadans, editados en Palma de Mallorca y refugio de ciertos autores del exilio, a Ángel González y a José Hierro, a Ridruejo y a Juan Benet.

El libro ha tenido para mí un atractivo adicional: se trata de un libro absolutamente fresco, al que el tiempo no ha desgastado y en el que he podido conocer cómo vivían la realidad de la dictadura que yo viví en la cotidianidad de mi barrio, en un universo a años luz del mundo intelectual, quienes protagonizaban la vida cultural. Qué pensaban de Franco, de la televisión, de la memoria de la Guerra Civil, del Opus Dei, de Vietnam, de la censura, de las cárceles y del exilio. Max Aub nos muestra un mosaico vivo al que juzga de manera muy dura, desde la óptica de quien vuelve a un país que estuvo enormemente politizado, que luchó contra el fascismo, al que sorprende sumido en el conformismo, atenazado por una mezcla de miedo y espíritu de supervivencia. Un país en el que los más jóvenes comenzaban a construir otra historia y a sufrir las consecuencias de ese empeño. Cárcel, exilio, detenciones en comisaría, expulsiones de la universidad, torturas, fueron algunos de los "remedios" que puso el régimen a la acción de la generación emergente. Sirva de ejemplo el vídeo de un Serrat veinteañero cantando el La, la, la eurovisivo en un catalán que le costó la representación de España y el silencio en los medios estatales durante algún tiempo y cuyo colofón sería el exilio en México cinco años después.




jueves, 30 de diciembre de 2010

En Vallecas con Antonio Ferres y su "otro universo"

Vallecas, Librería Muga, frente a la sede de la Asamblea de Madrid. Noche fría de diciembre (era el 18, cuatro días antes del sorteo de la lotería) en la que fui invitado a presentar dos nuevos libros de Antonio Ferres: el texto narrativo (novela o conjunto de relatos, qué más da) titulado El otro universo y el poemario París y otras ciudades encontradas, ambos publicados por Gadir. Hacía algo más de un año, creo que en la primavera de 2009, participé en unas jornadas de homenaje a su trayectoria personal y literaria y a su obra presentando la nueva edición, cuidada hasta la exquisitez por Gadir, de La piqueta, su novela más conocida y celebrada y con la que irrumpió, con una fuerza notable, en el panorama narrativo de la España de los cincuenta. Aquella novela, en la que se narraba la experiencia de quienes, procedentes de la diáspora que en aquellos años se produjo en nuestro país desde  el campo a la ciudad, construían, contra la noche y contra la vigilancia de la guardia civil, sus modestas viviendas en el barrio de Orcasitas, situó a Ferres en el ámbito de nuestra novela social. Después, vendría el libro viajero Caminando por Las Hurdes, escrito con Armando López Salinas y, por la temática abordada, reforzó aquel etiquetaje de nuestro narrador.

Allí, en la librería de barrio que, a medida que pasan los años y persevera en el desarrollo de actividades culturales, está convirtiéndose en un referente literario de la ciudad de Madrid, estaba el dirigente vecinal Félix López Rey, presidente de la Asociación de Vecinos de la Meseta de Orcasitas, que en los entrantes me contó su experiencia de presentación de la novela citada en su barrio en fechas muy cercanas al homenaje de la Complutense. Fue una presentación masiva, con mucha más gente que el homenaje universitario, y en la que los vecinos del barrio reconocieron en Ferres al escritor que, en tiempos de penuria y de dictadura, trasladó a su obra la experiencia colectiva que vivieron en días (y noches) de emigración interior, de chabolas y menesterosidad.

Pero Ferres no es un escritor social. Es un escritor sin adjetivaciones y con mayúsculas al que sus comienzos como narrador crítico le han dejado marcado (etiquetado más bien) ante y por buena parte del mundo académico y crítico. Tener una mirada inconforme hacia el mundo en que uno vive no significa desdeñar los aspectos estéticos de una obra literaria. Y eso es lo que le ocurre a Ferres desde sus comienzos. Su escritura está cargada de iluminaciones poéticas, es una prosa cuidada al máximo que llega a alcanzar niveles de una difícil intensidad. Su acercamiento a las cosas humildes y al mundo que se mueve en la periferia de las grandes ciudades no están reñidas con un cuidado exquisito del lenguaje. Tampoco lo están con la búsqueda de espacios para lo imaginario.

Eso ocurre con los dos libros recién publicados. El otro universo es un libro construido con relatos breves (que se conforman como capítulos de una novela) en los que Ferres mezcla realidad y ensoñación, presente y pasado. La recuperación de la infancia o de las experiencias de juventud de los personajes que habitan en ellos se desarrolla mediante evocaciones que surgen a partir de un paseo (casi siempre por espacios híbridos entre el campo y la ciudad), o de un reencuentro, o ante la presencia de alguien (una niña, una mujer, un joven) que invita al narrador a evocar el tiempo escolar, o a recobrar la vida universitaria en algún lugar de Norteamérica, o los fusilamientos al amanecer en las tapias de algún cementerio madrileño de posguerra. Se trata de una "ciudad otra", de un "universo otro" que, en cada capítulo se construye con fragmentos de memoria, con destellos líricos, con escenas entre lo real y lo surreal, con pequeñas historias que nos hablan de los más profundos sentimientos del hombre de cualquier época.  

En El otro universo advertimos, también, que Ferres es un magnífico poeta.  En los destellos líricos que nos revela su prosa, en los intersticios de cada fragmento narrativo advertimos un lenguaje que nos conduce al misterio. Ese misterio no está en otro lugar que en el libro que, según me contó al final de la presentación, mientras intercambiábamos impresiones con los asistentes, había escrito en paralelo y acabábamos de presentar: los poemas de París y otras ciudades encontradas, un libro de ciudades vistas a través de la lupa deforme del poeta y también un libro en el que su autor reflexiona sobre los grandes interrogantes del ser humano desde que tuvo conciencia de sí mismo (y que son los grandes interrogantes del arte y de la literatura): los límites entre la vida y la muerte, la memoria con todas sus servidumbres y gozos, el dolor y la felicidad y, como no podía ser de otro modo tratándose de Ferres, la evocación dolorosa y lúcida de nuestra Guerra Civil y de la posguerra, la refencia al exilio en Francia, en México, en Estados Unidos ( recuerdo su respuesta en una reciente entrevista en un medio digital: "Me fui por miedo a vivir en un mundo invivible"). La ternura, el lirismo más intenso, la pasión por el lenguaje y sus símbolos están presentes en este poemario del mismo modo que ya lo estaba en poemarios anteriores como La desolada llanura (2005).

Antes de la presentación, se proyectó el documental (inacabado, como work in progress, que diría James Joyce) de Tomás Cortijo Un gato en el diván, sobre la vida y la obra de Ferres, un hermoso y emotivo trabajo que (esperemos) no tardando mucho podremos ver en su versión definitiva.

Reconozco que en mi pasión por la novela contemporánea española hay una deuda con Antonio Ferres y con otros autores de la generación del 50, comenzando por Ignacio Aldecoa y por García Hortelano: en aquellas novelas iniciáticas, aparecidas a finales de aquella década y leídas por mí cuando tuve plena consciencia de la realidad y estaba bien avanzada la década de los setenta, vivía mi barrio y mis calles de infancia, mis primeras experiencias amorosas, mi adolescencia en la ciudad limítrofe, mis aventuras por fríos descampados y entre ruinas junto a humeantes vertederos. 

En la noche de diciembre, en Vallecas, en la librería Muga, Antonio Ferres nos hablaba, sin quererlo del pasado del barrio en que nos encontrábamos. Entre libros de texto, entre las novedades literarias más inmediatas, junto a una espléndida muestra de la mejor literatura de hoy y de ayer, nos atrevíamos a soñar con un futuro saludable para la cultura escrita, para el libro, para la novela, para la poesía. Porque nunca como ahora, en tiempos de crisis, de desempleo, de desolaciones y de recortes dictados por unos mercados que nada saben de literatura (que nada saben de humanismo, ni de sentimientos, ni de necesidades, ni de calidad de vida) hemos tenido tanta necesidad de que en la literatura se hable de nosotros. Como en la de Antonio Ferres.  

Antonio Ferres leyendo, en Muga, uno de los poemas del libro (Foto de Edu Rosa)

jueves, 23 de diciembre de 2010

Un México universal y decisivo: la exposición del Cervantes

En mi memoria personal, sobre todo en la de mi infancia y adolescencia (y en la de mi generación) México está vinculado a experiencias planas, irrelevantes. Era el México limítrofe del sur de Estados Unidos donde se desarrollaban buena parte de los western que ocuparon las tardes de los sábados del cine de aquellos días. Era el lugar al que huían los bandidos perseguidos por  los guardias de fronteras, el refugio de los delincuentes (entonces, en la edad de oro del western, los "buenos" eran los yankees), casi siempre mexicanos, rara vez norteños, en el que las viviendas de madera en estilo colonial y los pueblos de trazo lineal con dignos edificios se trocaban en precarias casas de obra, de muros blanqueados y macetas, en perdidas capillas en medio de los cactos, en amasijos de chabolas y caminos polvorientos o en mansiones que me recordaban las que había entrevisto en alguna película española formando parte de algún cortijo andaluz. México, en mi infancia y en mi primera adolescencia, era también la patria de Cantinflas, el acento peculiar de un español que siempre identificaba con lo cómico y la vaga noticia de un exilio del que la dictadura solía borrar todo vestigio: en los medios de comunicación, en la vida cotidiana de la España de finales de los cincuenta y primeros sesenta, y, sobre todo de la escuela. Jorge Negrete era un mito al que mi madre evocaba, se sabía que Sara Montiel había vivido un tiempo en aquel país, escuchábamos rancheras y de vez en cuando, en la incipiente televisión de la época, asomaba un grupo de mariachis entonando melodías de aquellos pagos. Era, de algún modo, la réplica de la España de charanga y pandereta que denunciaría Machado en Campos de Castilla.

Sin embargo, el paso de los años nos fue colocando, poco a poco, las piezas de la Historia real, no la que aprendíamos en el ambiente opresivo del franquismo. Y supimos  que hay una parte de la Historia de México profundamente vinculada a las grandes innovaciones culturales del siglo XX. Eran los años que van de la década de los veinte hasta la década de los cincuenta. Los años de la revolución mexicana y los de la diáspora y el exilio posterior a la Guerra Civil española, los años de la II Guerra Mundial y de la inmediata posguerra. Los de la experimentación en las artes plásticas, en la literatura, en el arte de la edición, en la pedagogía. Años convulsos y esperanzados. De frustraciones y de utopías. De sueños y de grandes cambios. También fueron años con zonas de violencia, con convulsiones sociales. Pero, en lo fundamental, fue un período de una riqueza extraordinaria, en el que el país centroamericano se situó a la vanguardia de la cultura mundial y en el que se mezclaron, en uno de los más ricos experimentos de mestizaje cultural del siglo XX, intelectuales y artistas procedentes de Norteamérica (Malcolm Lowry) con los que llegaban de una Unión Soviética en construcción (todavía no decepcionada ni decepcionante) como Serguei Eisenstein, del México más profundo con los que, tras la derrota republicana, llegaron desde España: León Felipe, Ramón Gaya, Luis Buñuel, José Gaos, María Zambrano, Américo Castro,  el pintor Fernando Gamboa, el editor Joaquín Déz-Canedo o los poetas Luis Cernuda, Pedro Garfias o Manuel Altolaguirre entre otros muchos. 

De ese universo irrepetible, de ese hervidero cultural, social y político que ignorábamos da cuenta la exposición México ilustrado (1920-1950) inaugurada el pasado mes de octubre en la sede central del Instituto Cervantes, en Madrid y cuya vigencia está a punto de concluir, puesto que se clausura el 9 de enero de 2011. La exposición, comisariada por Salvador Albiñana, nos ofrece dibujos y grabados publicados en libros, carteles y revistas en México entre los años 1920 y 1950. Portadas de periódicos, tipos de imprenta, manifiestos de la  vanguardia artística (ahí está el estridentismo, una de las líneas más llamativas de aquella explosión estética) y política, ediciones (desde el Canto general, de Pablo Neruda hasta libros de Cernuda o Emilio Prados) y reediciones, fotografás y los más diversos materiales, mezclados con la estética entre negra y deslumbrante de artistas plásticos como Siqueiros, Orozco o Diego Rivera. Pero la cultura no aparece, en la exposición, de manera aislada, como un producto al margen de la sociedad. Se nos muestra, con rigor, estrechamente vinculada a las  reformas políticas, económicas y educativas de ese periodo, en las que las nuevas formas de expresión artística y literaria (también cinematográfica) jugaron un papel de soporte e instrumento difusor. 

Ése es el México verdadero y profundo de aquel tiempo. Del que, años después, surgirían obras tan poderosas como Pedro Páramo de Rulfo o La región más transparente, de Carlos Fuentes. El México que expone el Cervantes es inseparable de la labor de artistas (presentes con obra en la muestra) como los ya citados Diego de Rivera  o Ramón Gaya, pero también están las huellas del pintor y cartelista Josep Renau, de Miguel Covarrubias o de Rufino Tamayo, vanguardistas convencidos en la posibilidade de un mundo mejor. 

Sin duda, tal y como ocurriera, en relación con el género poético, con la exposición Escrituras en libertad sobre poesía experimental de España e Hispanoamérica, México ilustrado es, por la calidad y por el número de obras expuestas, la de mayor calado de cuantas se han realizado en España. Además, supone una oportunidad de primer orden para quienes tengan una visión arquetípica de México, especialmente del México que va de 1920 a 1950, una visión similar a la que he referido al principio y que me afectó a mí y a gran parte de mi generación: en ella podremos descubrir (y/o constatar) el alto grado de complejidad y de calidad que alcanzó la ilustración mexicana (en el doble sentido: Ilustración como paradigma de cultura; ilustración como arte plástica y gráfica). A todo ello se añade algo esencial: en México, a partir de 1930 con la llegada del cine sonoro, se desarrolló una importante labor cinematográfica. Recordar Los olvidados, de Buñuel, o ¡Que viva México!, de Eisenstein, películas que veríamos, en cine-clubes universitarios o de barriada en la España de los setenta, es casi un lugar común. Pues bien: esa labor está también presente en el Cervantes. Y una síntesis de ella es posible verla en el  imaginario audiovisual de aquel México que muestra su Centro Virtual (pinchando en el texto al pie de la foto, no en la foto, accedéis a él).

Imaginario cinematográfico de México

sábado, 18 de diciembre de 2010

Javier Egea, Enrique Urquijo y Antonio Vega. Destinos rotos cultivados en los ochenta

En muy poco tiempo, estará en librerías la poesía completa de Javier Egea editada por Bartleby. Tenía que haber salido en otoño, incluso me referí a ello con entusiasmo en este blog el pasado verano, pero imponderables diversos lo han hecho imposible. En algo más de un mes, lo tendremos de nuevo con nosotros. Un retorno imprescindible porque el  perturbador poeta de Paseo de los tristes, a pesar de darse a conocer en el mundo literario en 1983 con el manifiesto/libro Otra sentimentalidad junto a Luis García Montero y Álvaro Salvador, ha estado ausente de todas las antologías de ámbito nacional, epocales o generacionales (más de 30) aparecidas hasta 2007. Cierto que en 2003 es rescatado para una antología "de grupo",  La otra sentimentalidad. Estudio y antología, de Francisco Díaz de Castro, pero no será sino en 2007, en Metalingüísticos y sentimentales. 50 poetas hacia el nuevo siglo, de Marta Sanz. Es decir, 24 años después de la aparición de La otra sentimentalidad y ocho después de su muerte. ¿Casualidad?

En los dos últimos meses he vivido inmerso en la obra poética (publicada) de Egea y en la lectura de trabajos de lo más diverso. De alguna manera, he vuelto gracias a esas lecturas (artículos de prensa de la época, reportajes, críticas, referencias a presentaciones de libros) a la Granada de los años ochenta, al mundo en el que fueron posibles versos que intentaban ensamblar una visión marxista de la realidad con la sentimentalidad más subjetiva aunque siempre partiendo de la idea básica de que la poesía es, ante todo, lenguaje revelador. En octubre, casualidades de la vida, inmerso en las últimas páginas de mi prólogo a la Poesía completa, tuve la fortuna de ser invitado por Antonio Carvajal a leer poemas en la Cátedra Federico García Lorca de la Universidad de Granada. Dispuse, antes de la lectura, de algunas horas para pasear en soledad por la ciudad. Sabía que aquel mundo, en el que todo parecía a la espera de ser descubierto, en el que Granada se llenó de sueños de jovencísimos poetas, ya no existía. Todo eran recuerdos. De los que se fueron, como Luis García Montero (aunque volviera periódicamente mientras estuvo en la universidad), y de los que quedaron como el propio Javier Egea.  Pero por encima de ese clima, tal y como pude comprobar en mis conversaciones con Carvajal y con otros amigos durante la cena que sucedió a mi lectura, estaba el lamento, un lamento hondo, especialmente dolorido, por su suicidio, por  su prematura desaparición en la plenitud de sus capacidades como poeta. Era un destino roto que se intentó recomponer en los últimos años pero que se dejó llevar por un fatalismo extraño, presente en buena parte de sus poemas:
¿Por qué, mientras escribía el prólogo, releía trabajos y hablaba con Carvajal, no me abandonaba la idea de vincular la biografía de Javier Egea con otros artistas con destinos rotos prematuramente, especialmente con los de Antonio Vega y Enrique Urquijo? Creo que tiene mucho que ver con mi memoria de los años ochenta, con la iconografía en la que se desenvolvió mi vida y la de mi generación y con algunas canciones emblemáticas de le época, vinculadas, en mi trayectoria literaria, con la poesía que empezábamos a escribir quienes no compartíamos los presupuestos del culturalismo de Nueve novísimos. Canciones como La chica de ayer, de Vega, Ojos de gata o La calle del olvido de Urquijo tienen hoy una vigencia plena y han dejado de ser meras canciones de amor para transformarse en metáforas de la tristeza, de una tristeza infinita, acentuada por el trágico final de los dos.

Javier Egea nació en 1952, cinco años antes que Antonio Vega (1957) y ocho que Enrique Urquijo (1960), pero comparte con ellos el hecho de que sus libros y poemas más conocidos y el comienzo de su trayectoria artística tuviera lugar en la década de los ochenta. La primera, en la Granada en ebullición de la nueva poesía crítíca, en la Granada de Carlos Cano y de Morente; las de los cantantes, en el Madrid de Tierno Galván y la "movida", de los rescoldos del 23-F y de la construcción democrática. Egea se suicidó un día de julio de 1999; Urquijo murió, probablemente, por sobredosis, en noviembre de 1999, poco más de tres meses después, con sólo 39 años de edad; Vega, en mayo de 2009, diez años más tarde. Distintas biografías (más parecidas las de los dos cantantes) que comparten la muerte prematura y una obra cargada de emoción, arraigada en una época pero, a la vez, con capacidad para concitar la atracción, la devoción, de generaciones sucesivas de lectores y aficionados a la música. En la obra de los tres, pese a las diferencias visibles entre la naturaleza de las letras de canciones (poemas pensados para ser musicados) y de los poemas (pensados para la lectura, en voz alta o en silencio), hay una mirada marcada por la desolación, un amor hondo pero con bordes indefinidos, marcados por la inseguridad. Y hay una visión, sutil en los cantantes, más perceptible y llamativa en el poeta, de la muerte, como una sombra premonitoria.

¿Cómo contar ahora que la muerte se llama 2º B
cómo decir 2º B sin abismarse 
por la tiniebla de porteros eléctricos y solos 
cómo decir a nadie yo soy el enamorado del 2º B
quién saca la basura del 2º B 
dónde se prende la luz del 2º B
cómo vivir 
cuando su nombre pálido te cerca? 

Hay noches que no ofrecen 
sino palomas ciegas en sus escaparates 
Hay en algún lugar personas que no soportan ya el silencio.

Los dos cantantes tuvieron, además, una azarosa y dramática relación con las drogas, con diversas drogas y probablemente también el poeta (aunque lo que he podido rastrear a través de diversos testimonios fueron sus excesos alcohólicos). Vivieron una larga lucha con esas dependencias. De algún modo, en ellas experimentaron esa dualidad atrormentada que conforman el amor y la muerte que caracteriza al dependiente en relación con la droga. Y, tal y como se puede advertir en sus respectivas obras, compartieron una profunda necesidad de amor, de protección, una permanente sensación de desasimiento, de orfandad. Una soledad inmensa vivida incluso en medio de la multitud y del éxito. Los poemas de Paseo de los tristes, ecos emocionales de una ciudad en claroscuro, que hablan del amor incompleto, de calles sucias en el amancer y de pensiones perdidas en calles que dan al descampado, parecen pensados para formar parte del universo emocional de Urquijo y de Vega. Si uno intenta construir una relación imaginaria entre ellos no sería difícil pensar a los dos cantantes intentando poner música a los poemas de Javier Egea.

En recuerdo a los dos cantantes y a falta del imaginado poema de Egea musicado por cualquier da ellos, aquí os dejo un video de homenaje a Vega y Urquijo con la emotiva canción de Urquijo "Agárrate a mí María".

jueves, 9 de diciembre de 2010

Simenon y los bordes de la ciudad: mi paseo de atardecer

Kees no tenía ganas de dormir. Se asomó a la ventana, que más bien era un tragaluz, y dejó que su mirada errase por un sorprendente paisaje: prados cubiertos de nieve allá al fondo, raíles, edificios, viguetas de hierro, todo el material incoherente de una estación grande, compuesto por vagones sin locomotora que se deslizaban solos, altivas locomotoras marcando rabiosamene el paso, silbatos, aullidos y algunos árboles que habían escapado de la masacre y que dibujaban tristemente el negro enredo de sus ramas sobre el gélido cielo.
Este fragmento pertenece a la novela de Georges Simenon El hombre que miraba pasar los trenes. Siempre he dicho que Simenon fue un maestro en la descripción de aquellas zonas de las ciudades y pueblos que suelen permanecer ocultas al común de los mortales: los espacios urbanos inútiles, los recodos ocultos al otro lado de las autopistas o de los puentes, las zonas muertas de las viejas estaciones de ferrocarril, las afueras hechas descampado y vencidas por el abandono.

El pasado martes fui a realizar una gestión personal al madrileño barrio de Carabanchel Alto. Tuve algo más de una hora libre y decidí tomar un café y, después, caminar por ese barrio al que me unen antiguas experiencias, vividas en los primeros años de la transición política, esos ochenta hoy en fase de mitificación. Paseé por calles rodeadas por bloques de cuatro o cinco plantas construidos en los años del desarrollismo, observé a la gente que ocupaba las marquesinas de las paradas de los autobuses, contemplé fachadas de pequeños comercios (papelerías, tiendas de comestibles, fruterías, alguna ferretería, una droguería, establecimientos de venta de teléfonos móviles, viejísimas mercerías...), los muros de los patios de viejos conventos convertidos en colegios religiosos o residencias de ancianos, los kioskos de periódicos cerrados al atardecer. Entre el amasijo de edificios, me detuve, de pronto, ante una tapia semi derruida tras la que asomaban añosos árboles otoñales. Era un solar abandonado en el que crecía la hierba y las plantas silvestres que me avivó, de pronto, la memoria de intensas lecturas de Simenon. Recordé los espacios urbanos escondidos que él describía. Pensé que en aquel solar vivía el borde de la ciudad. Era la zona de transición entre un mundo rural abandonado, perdido para siempre, y una realidad urbana que no acaba de nacer. Son limbos olvidados donde a veces se refugian mendigos alrededor de heladas fogatas, donde, con el buen tiempo, juegan los niños a inventar las aventuras más extrañas.


Son reductos de vegetación donde duermen botellas de plástico, latas de refresco oxidadas, periódicos descoloridos, condones podridos, ramas secas, hierros inútiles. Tras aquella contemplación, decidí utilizar el teléfono móvil como cámara fotográfica y me llevé a casa la imagen que podéis ver arriba. Después busqué otros fragmentos de descampado entre los nuevos bloques. Y descubrí un mundo fascinante, una trastienda a cielo abierto de la ciudad, de este Madrid a punto de enfilar la segunda década del siglo XXI. Es probable (casi seguro) de que se trate de solares a la espera de una venta productiva, objetos de especulación y de lucro, pero no dejan de tener la belleza de lo olvidado en medio de un urbe en la que la gente nada sabe de ellos. Son como perros moribundos ante los que nadie se detiene, como coches abandonados y vencidos por el óxido y los temporales. Muros con graffiti, postes que tuvieron algún día una función más útil que la de ser mero decorado, rincones que sirven, estoy seguro, para que con el buen tiempo las parejas se oculten para amarse bajo las estrellas y al abrigo de la noche. Es el reverso de la ciudad, el otro mundo, ese mundo en letargo que tuvo esplendor, que tuvo vida cuando la ciudad, Madrid, vivía en la antesala de la era de la información, no había claudicado, todavía, a la presión urbanística que no sólo ha generado una burbuja financiera que casi nos lleva al abismo, y estaba más cerca de las aspiraciones cotidianas de su gente.

Haced la prueba un día. En Madrid, en Chicago, en Tokio, en Barcelona o Milán existen estos reductos del pasado. Si los buscáis viviréis una experiencia extraordinaria. Lo de afrontar una realidad inédita, la de sorprenderos con mil detalles inesperados. En buena parte de mis novelas, también de mis poemas, los solares abandonados han tenido un protagonismo especial, como seres vivos que han quedado estupefactos ante los cambios de la ciudad. Digo más: en Los días de Eisenhower, un lugar de esas características perdido en una Arturo Soria del recuerdo, es el destino de los juegos y aventuras del grupo de adolescentes con los que convive Diego Velarde, el personaje central de la novela. Hice algo más de una docena de fotos de esos espacios perdidos entre las calles de Carabanchel Alto. Y adquirí un compromiso íntimo: no renunciar a dar continuidad a esa labor hasta contar un una colección de fotografías de lugares parecidos.

Se coleccionan fotos de monumentos históricos, de arquitecturas singulares, de jardines o parques maravillosos, de puentes irrepetibles o de paisajes marinos o de montaña. Nunca salvamos, con nuestro teléfono móvil o con nuestra cámara fotográfica, a estos "parientes pobres" de la ciudad. Los consideramos inútiles, condenados a desaparecer, estorbos de una urbe que queremos moderna, sin rotos, sin agujeros negros ni abismos. Pues bien, desde el pasado martes, mi mente, obsesionada por la creación de poemas o novelas, tiene una obsesión adicional: crear un auténtico álbum de fotografías de esos lugares muertos antes de que piquetas, hormigón, ladrillo y especulación acaben con ellos para siempre. En el fondo, será mi homenaje a Simenon. También a Juan Marsé, experto en extrarradios. Y a Luis Martín Santos... Y a los novelistas olvidados de la narrativa social: Grosso, Ferres, López Pacheco, López Salinas... Por ellos.

martes, 30 de noviembre de 2010

El cuarto de trabajo, nuestro gato y William S. Burroughs

A Malva, en su cumpleaños

Un mundo puede ser a veces una habitación, un cuarto de trabajo. Sus habitantes, algunos objetos en apariencia intrascendentes pero esenciales, que te hacen sentirte más protegido, acompañado, extrañamente feliz mientras escribes. Siempre que me siento ante el portátil en esta pequeña habitación recuerdo mi lectura del Diario de una novela (Las cartas de Al este del edén), de Steinbeck: sus pequeñas manías, sus devociones, la altura de la silla, sus lápices, los cuadernos, la mesa de trabajo, las tareas cotidianas.... Un recipiente de barro donde colocar bolígrafos, rotuladores, estilográficas sin tinta o con la tinta seca, lápices inútiles, algún clip y un par de cartuchos de tinta que nunca se usarán. Una grapadora que sólo grapa borradores de poemas, algún artículo largo para releer en el salón y facturas o recibos bancarios.  Un cuadro hecho con cuerda entrelazada, quizá con macramé, elaborado por las alumnas del centro de educación de adultos de Entrevías en el que se dibuja un búho lector, o una lechuza, quién sabe. Un viejo aparato de radio nacido en los días en que escuchar Hora 25 era casi un acto heroico. Por supuesto, sin pilas y con el sonido algo perjudicado cuando se las pongo. Libros, muchos libros como seres vivos que concentran briznas de otro tiempo, pensamientos abolidos, sueños que quedaron en el camino, horas de felicidad, olvidos. En el refugio del valle están los libros de otro tiempo, libros amados que han acompañado mi biografía hasta conformar mi educación literaria, cívica, sentimental.  Aquí están los premios Adonais de principios de los 70, pequeños volúmenes ya amarilleados que un viejo impresor del barrio de Tetuán me regaló en un día remoto en que acudí a su imprenta porque me habían dicho que podía imprimir en offset documentos clandestinos. Aquí está la literatura política que nos convenció de la oportunidad del eurocomunismo, y los libros de ensayo de Poulantzas, Althusser, el primer Chomsky, Berlinguer, Garaudy, la Harneker en las irrepetibles ediciones de Siglo XXI. Un óleo sobre table de María Elena Rego que data de 1976 y en el que se recrea un paisaje rural de Soria, pequeños recipientes de barro que antaño acogieron riquísima cuajada y hoy sólo lápices, borradores, algún pen drive con archivos no conocidos u olvidados, grabados quién sabe cuándo, libros de poemas de Bartleby, esa colección en paralelo que uno desea tener a salvo de los saqueos de los amigos, una pequeña copia de un grabado de Picasso con un marco tosco de madera de pino, viejas novelas, restos de la antigua colección Reno, de Plaza y Janés (Morris West, Fernández Flórez, Somerset Maugham), libros de Endymion, o de la granadina colección Genil de poesía, disquetes sin uso... Y, en un lugar preferente, aquellos primeros libros de poemas leídos con la pasión de quién descubre en la lejanía casi borrosa de finales de los sesenta: los dos tomitos, en Austral/Espasa con la poesía completa de Gerardo Diego, los olvidados Juan Rejano o Pedro Garfias, una antología, en dos tomos de la vieja Taurus, con Poesía española de testimonio, de José Gerardo Manrique de Lara, una colección de poemas de Jenaro Talens titulada El vuelo excede el ala. Y novelas de autores desconocidos, viejas novelas no leídas que quizá duerman para siempre el sueño de los justos en uno de los estantes. Allí, en el refugio, está la vida. Convertida en tiempo, en palabras, en libros y en objetos.  Y sobre la mesa, la ventana que da a un jardín vecino pero que, si elevo un poco la mirada, me enseña las copas de los fresnos y, al norte, los contornos del monte de la Cruz, el que da sombra al pueblo y custodia los sueños de algunos de mis personajes. Sobre todo, los de Verano..

El gato y W. S. Burroughs

A veces entra en la habitación un gato negro. Se llama Parchís, así lo bautizó mi hija el primer día que entró en casa --fue un día de otoño de 1998, un día frío y desapacible en que constatamos que había sido destetado y abandonado a su suerte por su madre--. Ha cumplido doce años y la biología y el veterinario ya lo consideran viejo, pero yo lo observo a veces como cuando era un gato joven, tal vez adolescente, casi con la vitalidad de entonces. Un gato negro de ojos dorados que a veces se me queda mirando mientras escribo como si cavilara o soñara. Un gato castrado que ronronea, que ha aprendido los vicios y costumbres de cada uno de los que habitamos lo que aquel remotísimo día de otoño comenzó a ser su hogar, que vuelve con nosotros, de vez en cuando, a este lugar, patria de origen, en el que recupera la infancia, sube a los árboles, corre por el jardín, sube a los muros. 


Parchís, nuestro gato
Burroughs, el autor irreverente, rupturista de Yonki, o Marica, o Los chicos salvajes, fue un enamorado de los gatos. A lo largo de su vida tuvo muchos y de los más diversos pelajes. De esa experiencia nos dejó un maravilloso libro, lleno de pasadizos al misterio y de experiencias vividas con gatos de orígenes variados. Tales experiencias las contó en un libro de título más que ilustrativo: Gato encerrado. Lo publicó, en una edición limitada, en 1986 y Edicions 62, en ediciones El Aleph, lo hizo en lengua española en 2007. Se trata de textos breves, auténticos poemas en prosa, en los que Burroughs deja respirar, sin cautela, sus emociones y evoca fragmentos de vida relacionados con algunos de sus más queridos gatos. Quien haya tenido en casa un gato sabe que es un animal envuelto en misterio, observador incansable que parece guardar, detrás de la belleza de sus ojos, algún secreto relacionado con el sentido de su especie que todos sus miembros heredan generación tras generación sin revelárselo a nadie. El libro de Burroughs me ha atrapado desde el primer fragmento. Como homenaje a Parchís, nuestro gato negro que ha debido cumplir doce años este otoño, aquí os dejo una muestra de este libro extraño, inquietante: 
Burroughs con uno de sus gatos
"Agosto de 1984.James estaba en el centro entre Seventh y Massachusetts cuando oyó a un gato maullar con fuerza como si estuviera sufriendo. Se acercó a ver cuál era el problema y el pequeño gato negro saltó en sus brazos. Se lo trajo a casa y en cuanto me abrí una lata de comida para gatos la pequeña criatura saltó sobre el aparado y se precipitó a por la lata. Comió hasta perder la figura (...). Le he puesto el nombre de Flecht. Es todo brillante y reluciente y encantador, la gula convertida en inocencia y en belleza. Fletch, el pequeño expósito negro, es un animal exquisito y delicado de brillante piel negra, pulcra cabeza como la de una nutria, esbelto y sinuoso, de ojos verdes.
A los dos días de estar en casa y saltaba encima de mi cama y se acurrucaba contra mí, ronroneando y poniéndome las patas en la cara. Es un macho sin castrar de unos seis meses con salpicaduras blancas sobre el pecho y el estómago."

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...