lunes, 27 de julio de 2009

Cuarto menguante

Para Iñaki Abad, el escritor, el amigo.

Ayer, en el valle, salimos a caminar cuando cayó la noche. El cielo, al salir del pueblo, era de un azul casi negro y y las estrellas brillaban como nunca. Avanzamos, carretera adelante, hacia Pinilla, y pudimos ver, sobre el monte de la Cruz, la luna que, en cuarto menguante, parecía cultodiarlo. Pensé que la noche de verano pronto pasaría a formar parte del pasado. Y recordé otras noches parecidas, cuando el mundo era inabarcable y la infancia su reducto protector (una protección más que engañosa, por cierto). Era en un pueblo de Soria, cerca de Arcos del Jalón, y allí las noches de los doce años eran las noches de los juegos interminables, de la libertad sin límites que me faltaba en la ciudad, del magreo inocente e inexperto, del refugio en la oscuridad de las cuadras o de los pajares. Retazos de esa memoria aparecen en mis poemas, en fragmentos de algunas de mis novelas -por ejemplo, en la última, Verano, en la que las noches en la montaña se convierten, para Nuria Cruz, en reductos de la memoria adolescente-, en algún cuento que perdí hace muchos años. La luna vigía, la luna amiga, la luna espejo, la luna lluvia, la luna campo, la luna ciudad, la luna montaña, la luna caliente (magistral, perturbadora, la novela con ese título, Luna caliente, de Mempo Giardinelli, Alianza bolsillo) o la luna bosque.
Hoy no toca reflexión literaria. Sólo conciliación con el verano y su noche de luna menguante. Con mi caminata de hace poco más de veinticuatro horas. Con la conversación que, con los amigos que nos acompañaban, abordamos en un pequeño montículo desde el que podían verse, en la lejanía, las luces de Brezo (Buitrago para los geógrafos y para los no soñadores), el espejo oscuro, como un mapa de cristal negro, del embalse de Riosequillo, los contornos de la cordillera que rodea el valle. Olía a hierba seca, a rastrojo, a tomillo y a jara. Y, de muy lejos, nos rondaba, como un rumor creciente, el sonido del único tren de pasajeros que recorre el trazado del viejo y abolido Directo Madrid-Burgos.
Volvimos a eso de la medianoche. Ebrios de naturaleza. Soñando viejos veranos y pensando que todavía queda tiempo para imaginar las vacaciones. Después, al abrigo del porche y de un jersey de lana, corregí a mano tres poemas de un libro que lleva una década haciéndose -ya queda poco para su conclusión- y, al calor del recuerdo de mi estancia reciente en Cantabria, días de debate y reflexión entre directores del Cervantes de todo el mundo, leí, mientras E. dormía, versos también de mi adolescencia un tanto inocente y un mucho soñadora, versos de Gerardo Diego, el poeta olvidado al que he vuelto en estos días cántabros, versos algo näif pero no fáciles de un libro de 1961, Mi Santander, mi cuna, mi palabra. Reproduzco el capítulo 6, "El gato", del poema titulado "Novela de una tienda":

El gato. Siempre hubo un gato
que era el gato, el gato eterno,
la gracia de un garabato,
la luz de un maullido tierno.

El gato era Persia, Egipto,
magnetismo, dinastía,
la selva, el tigre conscripto
a soñar filosofía,
a coser --tan siderales--
sus ojos en sus ojales.

Un juego, sí. Sin proyección social. Sólo el lenguaje y sus capacidades. Una hermosa muesta de las capacidades significativas del poema. Os lo regalo. Aunque no es mío. Vaya en recuerdo del olvidado Gerardo Diego.

lunes, 20 de julio de 2009

La luna, cuarenta años después

Yo era un adolescente. Mi padre y mi madre, aquella madrugada, se quedaron en vela para ver la hazaña de Aldrin, Armstrong y Collins. Y yo los acompañé. Era todavía el tiempo de la dictadura, en las cárceles de Franco había más de mil presos políticos, en la universidad las movilizaciones por la democracia eran una constante y ese año la brigada político social, la policía política del Régimen, defenestraría a Enrique Ruano, lo asesinaría. Pero aquella noche el hombre iba a llegar a la luna. Mi padre, a punto de ser cincuentón (como yo ahora), vivía acomodado, más bien cabría decir resignado, en el miedo. Había sido militante de izquierdas con la República, intentado organizarse en la resistencia clandestina y marcar un horizonte de esperanza, de libertad para sus hijos. Pero lo había vencido el miedo.

Nuestro barrio se extendía en la periferia norte de Madrid. Lo llamaban barrio de la UVA de Hortaleza y había sido construido por el Ministerio de la Vivienda de entonces para acoger a los habitantes de los barrios de chabolas, entre los que mi familia se encontraba. No eran viviendas mucho mejores que las casitas bajas que las excavadoras derribaron, tenían carencias de todo orden (la nuestra medía 40 metros para cinco de familia) pero eran nuevas. Allí vivíamos aquel mes de julio.
Mucho tiempo después, quizá en 1992, o en 1993, en la noche del 20 de julio, en homenaje y recuerdo al padre que aquella noche contemplaba conmigo la pantalla en blanco y negro, al hombre que murió una noche, también de verano, de 1979, a quien sólo vivió un año de democracia después de esperarla durante 39 años, al hombre que se me fue prematuramente sin que pudiera hablar con él de tantas cosas, de tantos sueños, de tantas esperanzas posibles -siempre que me acuerdo de él, no puedo sino evocar el título de un libro breve del portugués José Luis Pexoto titulado Te me moriste, padre-, escribí un poema que titulé "Recuerdo con luna". Forma parte de mi libro La densidad de los espejos (Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez 1997) y dice así:


Recuerdo con luna

“Fue el verano en que el hombre pisó por primera vez la luna.
Yo era muy joven entonces, pero no creía que hubiera futuro”.
Paul Auster

Hoy recuerdo la noche de verano del sesenta y nueve: afuera
la calima aquietaba la brisa y daba densidad
al tiempo en claroscuro en que habíamos crecido.
El hombre pisaba al fin la luna
y mi padre rondaba los cincuenta.

Era el verano del amor a tientas y de la paz ficticia.
Apenas conocíamos el color de la tinta que hablaba en el abismo,
la espesura sin fronda de un mundo subterráneo,
de casi aparecidos.

Sí. Yo sé que entonces el mundo limitaba
con las cuatro fronteras de mi calle. Que el corazón tenía
su agujero en la casa de niebla de mi barrio,
que el padre aún respiraba el olor algo acre de todos los barnices
y que olía a madera, a colas y a amargura
su ropa al fin rendida en el sofá gastado de la noche
mientras Armstrong tanteaba la luna a paso lento.

Yo sé que esta memoria de aquella noche de bochorno y ceniza
que a cerveza me sabe y a silencio,
es una puerta extraña.

La he abierto hoy, de madrugada,
para encontrar al otro lado no la luz indecisa
de quien fuera, sin saberlo, adolescente,
sino un dolor sin forma, un lastre ambiguo,
el turbio fotograma de un tiempo desflecado.

Sé que me fui. Que abandoné el salón
en el preciso instante en que el hombre pisaba al fin la luna.
Y que mi padre me miró de paso, y que en sus ojos
tembló un destello, acaso la certeza
de que otra luz llegaba
y no era suya.

Y recuerdo, ¿por qué?, la noche en el jardín,
la palidez exhausta de la luna de julio,
el pliegue lateral donde apuntaban las primeras señales
de la huida, esa indigna presencia
que me plantó en la vida sin elección posible.

jueves, 16 de julio de 2009

Postpoesía, la emoción y los poemas de Déborah Vukušic

Previo: cambio en la portada. La fotografía muestra un hermoso roble desnudo en medio del monte, cerca de Puebla de la Sierra, antes Puebla de la Mujer Muerta. Of course, la foto es mía.
El juego
Hoy me voy a entregar, en esta entrada, a un sugerente juego. Estoy viviendo, casi en paralelo, dos experiencias. Llevo muy avanzada la lectura del ensayo de Agustín Fernández Mallo (perdóneseme la rima) titulado Postpoesía con el que ha quedado finalista del premio Anagrama del género citado: voy por la página 118 y creo que mi destino es interrumpir, en breve, la lectura por agotamiento. La segunda experiencia consiste en lo siguiente: coincidiendo con la Feria del libro de Madrid, por consejo de mi amigo Pepo Paz, me leí de un tirón un poemario conmovedor y lleno de innovaciones formales: su título, Guerra de identidad, su autora, la galaico-croata Déborah Vukušic (Ourense, 1979). El juego consiste en relacionar dialéctiamente una y otra.
Postpoesía: una ficción
Es evidente que el libro de Fernández Mallo (por razones de economía verbal, FM a partir de ahora) es un valiente ejercicio de imaginación que defiende parecidos (si no los mismos) postulados que ya pusieron sobre la mesa las varias vanguardias que en el mundo han sido. Eso sí, con un telón de fondo nuevo: Internet, el mundo virtual, las tecnologías de la información y la comunicación (también denominadas TIC). El canto al fragmento, la redefinición del lema que Marshall McLuhan (¿os acordáis?) acuñó a finales de los años cincuenta, "el medio es el mensaje" son algunos de los soportes del aparato teórico de FM. Sí, no se extrañe el lector. FM nos dice: "Ahora lo importante está en el continente, no en el contenido", y añade: "el nuevo contenido, lo fascinante, la obra de arte es el ordenador en sí, el móvil, la pantalla, y el nuevo continente es el texto que en ellos está escrito". Es decir, "el medio es el mensaje", McLuhan dixit. Y, con el argumento de que la poesía española no ha accedido a la postmodernidad, es decir, no se ha hecho "postpoesía", postula (cita textual) "la necesidad de que los poetas acometan sin complejos la deconstrucción de la poesía, única disciplina que todavía no lo ha hecho".

Digo que el libro es en ejercicio de imaginación que parte de una premisa a mi juicio falsa: es necesario determinar qué tipo de poesía requiere la sociedad del siglo XXI, nos dice FM. ¿Por qué? La poesía del siglo XXI se está escribiendo ya. Lleva diez años escribiéndose desde presupuestos formales diversos, incluido el que él nos propone. La fragmentariadad, el palimpsesto, el texto-mosaico, la integración/desintegración de géneros son propuestas que, con distintas variantes, han estado presentes desde los ismos de entreguerras hasta otros ismos más recientes: postismo, poesía underground, poesía visual, textos de la beat generation y un largo etcétera. Internet, el mundo digital, la mirada global que ello propicia sólo amplían los horizontes referenciales del poema, del texto literario (que son, en el fondo, los horizontes de los seres humanos en su lucha por la existencia), texto que se cimenta en el lenguaje escrito, es decir: en la palabra como elemento insustituible.

La performance, el collage, la combinación de imágenes y palabras, la mezcla de signos científicos con imágenes, la integración de las artes plásticas con otras artes, de éstas con la teoría científica, etc... pueden generar productos artísticos, "arte nuevo", pero no poesía. La poesía es, a mi juicio, palabra reveladora, se construye con palabras, esos mágicos artefactos llenos de significado, y tiene una relación profunda y estrecha con las emociones más hondas del ser humano. Por tanto, Postpoesía no es otra cosa que una obra de ficción que diagnostica muy bien la realidad tecnológica en que vivimos (así lo hicieron los futuristas rusos e italianos ante la sociedad industrial emergente, ante el maquinismo de las primeras décadas del siglo XX) y genera el paradigma falso de dar por muerta la poesía tal y como la entendemos, vivimos y sentimos.

Y... poesía. Es decir: Déborah y su libro

Todo esto me lleva a la segunda experiencia: el libro de Déborah. Se trata de un libro de poemas (en realidad es un libro-poema) escrito con un lenguaje directo, sencillo, pero lleno de esas difíciles iluminaciones que despuntan en ese tipo de lenguaje. Iluminaciones del idioma que encienden luces interiores en el lector, que conmueven, que lo conducen al borde (y nos es sentimentalismo barato) de la lágrima, de la compasión, de la solidaridad más honda. ¿Es postmoderna Déborah? ¿No lo es? Curiosamente, desde el punto de vista generacional, es 12 años más joven que el autor de Postpoesía: nació en 1979 y cumplió los quince años cuando los ordenadores ya formaban parte de la realidad cotidiana de las sociedades occidentales. Se ha criado en la sociedad postindustrial (hablo de occidente, porque tres cuartas partes de la Humanidad están todavía en la preindustrial cuando no en la esclavista), ha crecido en la era de la tan manida postmodernidad y, comparada generacionalmente con FM, podría ser definida como "tardoposmoderna". Pero se pone a escribir poesía y nos habla de su memoria (que es íntima y es colectiva a la vez), de la huella turbia, dramática, cruel, que ha dejado en parte de su familia la guerra de los Balcanes, de la sombra de los asesinatos, de un criminal de guerra muy próximo sentimentalmente, del hondón de las relaciones familiares, del amor y del odio, de la infancia y de la adolescencia, de los sueños realizados y de los amputados, de vida y muerte y enfermedad y miedo, de gozo y risa también. Y lo hace con palabras que evocan, cargadas de sentido, de emoción, con verso corto y musical y seco a la vez, y nos deja boquiabiertos y nos perturba y nos pone frente a nuestros propios fantasmas. Nos sitúa, en fin, ante el espejo de lo que somos: hombres y mujeres ante el claroscuro de la existencia. ¿Acaso las nuevas tecnologías, la globalización, el mundo de Internet han acabado con esa fragilísima condición? No parece.
Termino: ¿es posible escribir un ensayo sobre poesía de casi 200 páginas en el que la palabra emoción no aparece -así es, al menos, en las 118 que llevo leídas-?. Sí: es posible. Pero mucho me temo que el resultado sea un paradigma que no lleva a la poesía, sino a otros lugares. Probablemente a un juego de inteligencia, de imaginación que nace y muere en sí mismo. Déborah, como Miriam Reyes, como Elena Medel, como Carlos Pardo o Julieta Valero (y cito a vuelapluma a algunos nuevos poetas de la era de Internet, que me perdonen los no citados) se han formado a la sombra de los nuevos horizontes tecnológicos y de la post modernidad (sobre cuyos paradigmas habría mucho que decir), pero escriben POESÍA. Moderna, innovadora, rupturista en algunos casos: pero construida con palabras cuyo sentido está arraigado en las emociones más hondas, en las grandes incertidumbres de la condición humana. Como en Juan de la Cruz, o en Eliot, o en Celan, o en Vallejo, o en Machado...

domingo, 5 de julio de 2009

AUSTRALIA 2: recuerdos que crecen

Casi una semana después del regreso, la huella que Sidney ha dejado en mí no sólo no se disipa sino que, con el paso de los días, crece. Y lo hace porque me llegan noticias de allí a través del correo electrónico. Han nacido amigos y amigas en mi breve estancia y casi todos ellos tienen un denominador común: llegaron a Australia en busca del paraíso mitificado, de la tierra llena de posibilidades. Y en muy poco tiempo han echado raíces. No me refiero a funcionarios, ni a diplomáticos, ni a empleados de multinacionales que han sido destinados a ese país. Hablo de jóvenes periodistas, de muchachas que un día se enamoraron de un australiano y unificaron en su catálogo de devociones el amor por Australia y el amor a su hombre, de pequeños empresarios que un día decidieron buscarse la vida por aquellos lares, de artistas, de trabajadores del Cervantes... Hablo de una colonia diversa y entusiasta en la que los viejos emigrantes españoles de los sesenta y sus hijos y nietos de un lado, y los colonos más jóvenes, los que llegaron allí en los años ochenta y noventa, de otro conviven entre la añoranza de la tierra que quedó atrás y la devoción por el nuevo mundo.
Hablo de quienes estuvieron presentes en el encuentro literario del día 25 de junio en la sede del Instituto Cervantes de Sidney y me hablaron de esa doble querencia, y me pidieron listas de libros recientes para seguir vinculados a la literatura española, y se emocionaron con mis evocaciones de la narrativa española de los 50 y 60, de Juan Marsé o de Martín Santos, de Miguel Delibes o Ana María Matute. No he dejado de pensar, tampoco, en Roy Boland, en su margnífica reflexión sobre la literatura latinoamercana, en sus evocaciones de un Madrid que siente suyo, en su referencia a amigos comunes y a lecturas comúnmente gozadas: García Márquez, Juan Rulfo, César Vallejo... Un Roy Boland que, en mi opinión, tiene por España una devoción parecida a la que siento yo (y sentían muchos de los asistentes a la mesa redonda) por Australia. Haré lo posible para que pueda, no tardando mucho, venir a España a demostrarnos sus exhaustivos conocimientos sobre la novela y la poesía en castellano. "No hay nada más bello / que lo que nunca he tenido, / nada más amado / que lo que perdí", escribió y cantó Joan Manuel Serrat. Tal vez sea algo parecido a ese sentimiento lo que me ha llevado estos días a evocar con una intensidad creciente mis días de Sidney. La conciencia de la pérdida y la casi certeza de que no es previsible que vuelva me han hecho evocar (y registrar mentalmente) escenas, paisajes, olores, sensaciones. La noche llena de luces en los alrededores del Opera House, un espacio urbano volcado en la bahía y salpicado de comercios de toda laya: desde las cafeterías de franquicia más conocidas en Occidente hasta las tiendas de una bellísima artesanía aborigen, todo poblado por una abigarrada y joven población nocturna en busca de diversión. Las calles, anchas, que desde la city bajan, entre rascacielos, a la bahía. Los tenderetes que desafían la noche a lo largo de las calles de un peculiar "chinatown" en el que la venta de artesanía se mezcla con la oferta de las más sofisticadas muestras de la gastronomía de Oriente. Las calles apartadas de la city, calles en las que los árboles y la vegetación adquieren un protagonismo casi escandaloso y en las que surgen, como apariciones que llegaran del viejo Londres, edificios de ladrillo visto, pubes irlandeses o pubes australianos cruzados por la herencia iconográfica de la vieja Iranda. Y todo bajo un cielo azulísimo, un cielo que nada tiene que envidiar al cielo de Madrid, al de la Castilla infinita de los grandes trigales o de la primavera machadiana. También playas: playas de arena blanca que surgen entre el verde de los pinos y los eucaliptos. Playas que parecen robadas a nuestras Baleares, a Menorca sobre todo. Y, a una hora de Sidney hacia el oeste, un mundo de nieblas y de bosques y de frío, las Montañas Azules y el recuerdo maravilloso de un almuerzo en uno de sus pequeños pueblos de montaña (muy americanos pero también con un aire balneario a lo Baden-Baden, una calle rodeada de comercios y de restaurantes no ajenos al gusto más anglosajón), en un salón de oscuras maderas presidido por las representaciones, a modo de estatuas de tamaño natural de la Laurel y Hardy, el gordo y el flaco de nuestra infancia.
O la noche en que cantaba Sole Giménez (la ex de Presuntos Implicados) en una sala del Opera House, cuando la calma del aire dejó paso a un viento súbito y comenzaron a llegar, por encima de las grandes torres, nubes oscuras, nubes húmedas y veloces, nubes que el sol iluminaba de pronto de una manera extraña, de tal modo que parecía que se incendiaban las azoteas más altas (ver primera foto de la entrada, no he sabido situarla más cerca de esta zona del texto) antes de que el cielo se ennegreciera, y se anticipara la noche y comenzara a diluviar mientras caminábamos bajo los inmensos soportales que preceden al Opera House. O el recuerdo del zoológico situado en la carretera a las Montañas Azules, dedicado a la fauna puramente oceánica (me he permitido la licencia de reproducir mi imagen junto a un koala profundamente replegado en sí y dormido), lleno de canguros, casuarios, koalas, emus y otros tantos bichos desconocidos al otro lado del mundo. O la irrupción imprevista, en el pueblo de camino a las montañas, de una acogedora librería decorada con mimo en la que no faltaban libros de ningún género y que fácilmente hubiera imaginado en un rincón semioculto del barrio antiguo de Manchester o en cualquier recóndita calle de Viena.

domingo, 7 de junio de 2009

LA POLÉMICA GAMONEDA/BENEDETTI

Hoy cambio la imagen de cabecera del blog. Cambio paisaje soriano por fragmento de un óleo sobre tabla de José Manuel Rico. No soy yo: es mi hijo. Una licencia sentimental que me permito antes de acometer uno de los asuntos que más me han inquietado en las últimas semanas. Vayamos a él.

Ayer apareció mi artículo titulado "Lo inoportuno y lo inaceptable" en El País a propósito de las réplicas que las palabras de Gamoneda tras la muerte del uruguayo generaron. Me costó mucho escribirlo. Por dos razones: la primera, porque quería que fuera una combinación entre la exposición de hechos incontestables y la crítica solvente, rigurosa, a los excesos que determinados representantes de nuestro mundo cultural habían, a mi juicio, cometido. La segunda, porque el artíulo, para ser eficaz y para mostrar la gravedad de los hechos criticados, no debería quedarse en un plano abstracto. Era imprescindible que la transcripción de cada réplica llevara aparejado el nombre de su autor. De ese modo, Felipe Benítez Reyes, Benjamín Prado, Javier Rioyo y Chus Visor han visto, en mi artículo, reflejadas sus opiniones. No me ha animado animadversión alguna hacia ellos, sino un cierto hartazgo del estilo un tanto pedestre con que se suele abordar, en nuestro mundo poético, la polémica teórica, las diferencias de opinión. Y, ¿por qué no decirlo?, la indignación que me producía el silencio con que ese mundo recibía los insultos con que fue "premiado" Antonio Gamoneda tras confesar públicamente su falta de empatía con la poesía de Benedetti y calificarlo de "poeta menor".
Cierto que Gamoneda fue inoportuno, descortés, poco elegante al emitir ese juicio a las veinticuatro horas de la muerte del escritor uruguayo. Que, dicho sea en lenguaje coloquial, "se pasó". Pero en modo alguno llegó a la descalificación o al insulto. De hecho, emitió juicios literarios calificando de lenguaje "coloquial" o "normalizado" el empleado en su poesía por Benedetti. Nadie le replicó en el terreno estético -bueno, creo recordar, y lo digo con todas las cautelas del caso, que Chus Visor dijo, junto a las afirmaciones que reproduzco en mi artículo de El País, que su poesía no la entendía nadie-, sino en el terreno personal, en el del insulto, con palabras hirientes.

He recibido numerosos mensajes de felicitación. Muy curiosos. Lo digo porque en gran parte de ellos había un par de expresiones que me han conmovido y preocupado a la vez: "en tu artículo nos reconocemos muchos", "ha sido un artículo valiente", "ya era hora de que alguien hablara con claridad", decían. Me han conmovido porque uno siempre siente una íntima satisfacción cuando logra conectar con las aspiraciones y sentimientos de otros. Y me han preocupado porque existe una convención muy extendida: si uno quiere aspirar a alguno de los premios más relevantes de este país, publicados por la editorial a la que he hecho referencia (yo tengo un libro, Donde nunca hubo ángeles, allí editado), debe obviar toda crítica, asumir en silencio las verdades que se establecen desde una determinada opción estética. Aunque parezca mentira, es así. Incluso en la forma en que fue replicado Gamoneda (el tono, el nivel de la descalificación, el recurso a expresiones groseras) transmitía una cierta conciencia de impunidad, como si hubiera la certeza de que nadie replicaría. Diré más: no pocos de los amigos y conocidos que me han enviado felicitaciones, me han advertido, a continuación, de que me "vaya preparando". El significado de esa advertencia es claro: léanse las líneas anteriores.

Como poeta, mi estética está alejada de Gamoneda. Probablemente, esté más cerca de la de Benedetti (vease la entrada Benedetti: mi personal adiós en este blog) o de la de la llamada "poesía de la experiencia". No hay más que asomarse a mi antología Monólogo del entreacto para comprobarlo. Por tanto, no había razones de identidad estética con el poeta leonés en mi artículo. Sólo había un puro y simple afán de equilibrio, de aportar racionalidad, de poner sobre el papel, negro sobre blanco, la suma de despropósitos en que habían incurrido quienes se habían lanzado, en tromba y sin ningún miramiento, contra el poeta leonés. Gamoneda se equivocó, cierto. Los replicantes no se equivocaron: buscaron el calificativo más hiriente, la descalificación más dura.

Termino con dos preguntas y con una respuesta: ¿Cuándo podremos debatir sobre poesía sin que el desacuerdo estético derive en bronca o enfrentamiento? ¿Cuándo se podrá criticar, sin descalificaciones, con rigor, a un editor sin temor a "represalias editoriales", valga la redundancia? Quizá nunca. Lamentablemente.

lunes, 1 de junio de 2009

LOS POEMAS, CASI DESCONOCIDOS, DE JOSÉ DONOSO

A José Donoso lo conocía como escritor, sobre todo, por dos libros: la novela El obsceno pájaro de la noche y un maravilloso ensayo/crónica/texto memorialístico titulado Historia personal del boom. Pero Donoso no pudo sustraerse, en una época de su vida, a escribir poemas. Y lo hizo bien, con una voluntad de depuración lingüística que no estaba en sus novelas y con la decisión de contar, de manera transparente, con una sencillez no desdeñosa de puntuales metáforas, su experiencia cotidiana entre 1971 y 1977. El novelista complejo, a tramos oscuro y atormentado, decidió un buen día, en el invierno azotado por el cierzo de Calaceite, hablar de sí mismo y de su relación con la cotidianidad de un pueblo perdido en medio de la comarca del Matarraña en el que compraría una hermosa casa de piedra (en la foto que compartimos Félix Grande y yo, así como en las otras que ilustran la entrada, podéis ver parte de su interior) y al que acudiría buena parte de la intelectualidad más relevante de la época: Buñuel, los Moix, Vargas Llosa, Ángel Crespo, Bryce Echenique...

Quien había consumido a lo largo de su trayectoria literaria "whisky con agua" o "whisky con hielo" -así calificaba Fernando Quiñones, con acierto, a la novela y al cuento respectivamente- decidió un buen día consumir "whisky solo": es decir, escribir poesía. En otras palabras, lenguaje en su estado de máxima concentración. De esa experiencia, que se inició un día de 1971 en que Donoso decidió seguir los pasos del traductor al francés de El obsceno... para retirarse a vivir con Pilar Serrano, su mujer, y su hija, a Calaceite, surgirían los poemas del libro, recién aparecido (y comprable en la Feria del Libro de Madrid que acaba de inaugurarse), Poemas de un novelista. Es un libro emocionante, constituido por cuatro bloques de poemas de entre los que destacan, por su extensión y hondura, los que integran el primero: "Diario de un invierno en Calaceite (1971-1972)". Las otros bloques están compuestos por
"Tres poemas de 1951", "Madrid, 1979" y "Retratos (Sitges, 1977)".

La publicación de este libro, del que tuve noticia en el mismo Calaceite, hace poco más de un año, gracias a las revelaciones de Emilio Ruiz Barrachina, autor del documental Tinta y piedra (un acercamiento al fenómeno surgido en ese pueblo aragonés alrededor de la figura de Donoso en los años 70, accesible pinchando AQUÍ). Por él accedí a un ejemplar de su primera y única edición chilena, de 1981, realizada por la pequeña editorial Ganymedes, y a partir de su lectura aconsejé su publicación en Bartleby poesía. No pocos se preguntarán por la razón que ha llevado a esa editorial a publicar los poemas de un escritor conocido como novelista. Por una razón muy simple: voluntad de ofrecer, también, la cara menos conocida de los grandes autores del siglo XX. Lo hizo, por ejemplo, con el Diario de una novela, de John Steinbeck, y lo hizo con Esa belleza, de John Berger. Por ello, no es novedad que esta pequeña y valiente editorial se lance a la edición de poemas de narradores universalmente reconocidos: ahí están los poemas de Faulkner, publicados el pasado año, o los de Raymond Carver, o los de Günter Grass, cuyo último libro, Payaso de agosto, está también en las librerías y en la Feria.

Los poemas de Donoso cuentan con un prólogo de uno de los privilegiados testigos de aquel invierno de hace casi cuarenta años: Jorge Edwards. Y con otro prólogo del propio Donoso que tiene entidad por sí mismo en la medida en que recoge la mirada del narrador chileno sobre sus propios poemas y sobre la historia de su peculiar apredizaje lírico. Sus referencias (John Donne, la Dickinson, Eliot... ) y una voluntad de despojamiento que tiene mucho de mágico en un narrador de lo complejo, se mezclan con sus vivencias personales y con sus amores y desamores. Sin duda es un libro más que recomendable. Que nos hará vivir una experiencia, la de Donoso, extraña y apasionante. Y la nuestra propia, como lectores que acceden al universo hasta ahora apenas conocido de su poesía. Feliz lectura. Mientras tanto, aquí os dejo este breve muestra:
"Deshabitados los ojos.
Vacía la piel:
trepa la yedra a la piedra
que no la siente trepar.
Es la temporada de endebles,
silenciosos huracanes.
La nube pasa,
embala el paisaje en su cáscara de frío.
La luz afila aleros y esquinas:
por súbitos trapecios de sombra
transcurre gente encorvada y de prisa,
vuelta hacia adentro como un guante,
toda superficie gastada y mal pulida"
Nota: las fotografías son del autor del blog. Abril 2008.

jueves, 14 de mayo de 2009

Antonio Crespo Massieu: cuentos entre la luz y la sombra // Antonio Vega: entre la sombra y la luz

El pasado viernes, día 8, E. y yo cenamos con Antonio Crespo Massieu y con Carmen Ochoa, su compañera. Fue una velada de charla, de búsqueda en la memoria común, de reflexiones en voz alta, de crítica o elogio a amigos poetas (y a poetas menos amigos), de debate político y de recapitulación sobre su nuevo libro - libro que fue, junto a una amistad nacida hace algunos años, tras la obtención por Antonio del premio de poesía Ciudad de Irún, la excusa perfecta para celebrar la cena que veníamos aplazando sin mucho sentido-. El peluquero de Dios es un magnífico libro de relatos que nos revela la más profunda dimensión de la labor literaria de Antonio -quien, como ha quedado dicho, es poeta también-. Son siete cuentos intensos, sin material sobrante, que nos acercan a distintos momentos de nuestra hisotira (y de la historia europea) a través de personajes llenos de vida, que sufren contradicciones, que vislumbran los claroscuros de la realidad, que aman, recuerdan... y sufren. El profesor que asiste a la última clase antes de la jubilación y evoca sus entusiasmos iniciales, en un tiempo en el que apuntaban los primeros indicios de la transicíón política española; el peluquero que vive un drama profundo, contradictorio, lleno de aristas y de conductos a la desolación, en el campo de exterminio de Treblinka; la mujer que regresa al Madrid adolescente desde un Nueva York mítico y mitificado; el espectador que vive en un pequeño reducto en el interior de un cuadro...
En El peluquero de Dios está la memoria de nuestra guerra civil. Están los años del cambio hacia la democracia de la que todavía gozamos. La sombra del exilio y de la muerte lejos de las raíces. Los rescoldos de la Argentina de los desaparecidos bajo una de las más crueles dictaduras del último medio siglo. Cuentos para recordar, para vivir (y para aprender a vivir), para avivar una conciencia crítica, para reconstruir el inconsciente colectivo ante los grandes dramas que han vivido las sociedades contemporáneas. El libro, recién aparecido bajo el sello Bartleby Editores es una de esas extrañas obras, de no muy grueso formato (pienso en Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez), que descubren a un autor no por desconocido menos sólido, ambicioso y sensible. La difícl sencillez del relato. La transparencia. La emoción. La zozobra y la incertidumbre. Todo eso, y mucho más, está en esta colección de cuentos.
El relato no es un género fácil. El lugar que ocupa dentro de la narrativa no siempre es reconocido por los grandes editores y la mayor parte de los libros que se editan se ven condenados a arrastrar una vida clandestina o semiclandestina hasta que llega la vara mágica de un éxito puntual, o de una Feria del Libro, o el dedo "recomendador" de un buen amigo para que los lectores no asiduos se acerquen a él.
Esta noche, cuando todos los que valoramos el papel que la música y determinadas letras jugaron en la conformación de nuestra educación sentimental, lloramos la muerte de Antonio Vega (otra más del grupo de quienes crecieron y maduraron, humana y artísticamente, a la par que avanzaba una sociedad -la nuestra- recién salida de la dictadura hacia la plena democracia), me atrevo a recomendar con fervor, con pasión, con la certeza de que de su lectura a nadie dejará indemne, El peluquero de Dios.

DE ANTONIO VEGA Y DE SU MUERTE PREMATURA

Qué decir de Antonio Vega? Algunas verdades esenciales: su muerte nos habla de la fragilidad de una generación que tuvo que aprender, sin reglas establecidas y sin caminos trazados, a vivir en libertad. Que maduró sin darse cuenta, como si los juegos con que se estrenó la movida madrileña no fueran a terminar nunca. Que avanzó entre parques asediados por el paro de los ochenta y las jeringuillas tiradas en medio de la hierba como testimonios de la fragilidad de una juventud escéptica, confusa, deslumbrada por la libertad y, a la vez, atada a una adolescencia perpetua (¡tan hermosa cuando se evoca en la distancia de los años, tan frágil y pasajera cuando la muerte prematura la ilumina al fondo del túnel de la memoria más amada!). Antonio Vega había cumplido cincuenta y un años y era de una generación de jóvenes inconformes, sentimentalmente atados a las noches sin límite, de seres endebles y apasionados que jamás creyeron que algún día podían peinar canas, cumplir el medio siglo, alcanzar la edad que alguna vez tuvieron sus padres.

Antonio Vega, el genio de La chica de ayer o de El sitio de mi recreo, deja un vacío de piedra en la memoria de todos. Incluso en la de quienes, como yo, éramos algo mayores que él y que los músicos que lo acompañaban en Nacha Pop cuando las canciones citadas vieron la luz, y vivíamos alejados de aquella movida que el tiempo hace crecer y depura. Sus textos y músicas atizan la añoranza de un tiempo irrepetible. Nos hablan, al tiempo, de un submundo cruel, en el que la imaginación y el dolor parecían condenados a ir, por siempre, de la mano (¿cómo no recordar a Enrique Urquijo, a Antonio Flores, a tantos otros que transitaron ese camino dual y tormentoso?), en el que aquella felicidad posmoderna y ecléctica, que miraba de reojo hacia las grandes movilizaciones obreras de los ochenta, o hacia el golpe del 23-F, o hacia la reconversión industrial iniciada por Felipe González, parecía hecha con la materia de los sueños. De una materia, en todo caso, parecida a la que cimentó la geografía inolvidable de una bella novela de Scott Fizterald y cuyo título parecía pensada para Vega y sus coetáneos: Hermosos y malditos.

Termino con dos invitaciones: a escuhar, como homenaje a Vega, una de sus canciones (ya sé que no soy nada original: pichad aquí o aquí) y a recobrar una anotación en este blog de hace casi dos años. Su título (pinchad en él): "La chica de ayer".

lunes, 4 de mayo de 2009

Sobre el blog y sus efectos / Dos breves homenajes: Pablo Lizcano y Ana María Navales

Hoy, Al margen estrena telón de fondo en la cabecera. Un nuevo paisaje toma el relevo a la carretera solitaria que se perdía entre montañas y que lo ha presidido en las dos últimas semanas. La fotografía, al igual que la que puede el lector ver a la izquierda, fue tomada por quien firma esta nota en el otoño de 2005: es el valle del Lozoya contemplado/atrapado desde el Mirador de los Robledos, junto al monumento al guarda forestal, en un claro del bosque que se extiende entre Rascafría y Navacerrada. Habrá, en el futuro, otras fotografías de cabecera. Lo he decidido. Si el blog (ver notas posteriores) es dinamismo e interactividad, ¿por qué su encabezamiento, su ilustración de fondo, ha de mantenerse, sin cambios, por los meses de los meses?

Sobre el blog y sus efectos
A lo largo de la tarde del domingo le he dado vueltas al abanico de razones que lleva a una persona, sea o no escritor, sea o no periodista, a confesarse de vez en cuando mediante anotaciones (o "entradas", ese término tan genérico y que tan poco me gusta) en un blog. Y he llegado a una conclusión: junto a la necesidad de meditar en voz alta, de compartir experiencias, hay no pocas dosis de vanidad, de narcisismo. Es algo muy parecido, si no idéntico, al impulso que lleva al escritor, o al artista plástico, o al cantante, a proyectar en los demás sus fantasmas en busca de un reconocimiento. Pero hay algo más: búsqueda de amparo frente a la soledad. Hay necesidad de comunicación, una comunicación meditada (aunque sin la gravedad que requiere un libro) y necesitada del juicio ajeno, un juicio que el propio género demanda en un tiempo casi inmediato. El bloguero pone sus fantasmas en la plaza pública y espera el veredicto, el ánimo de los demás, la comprensión, la crítica, el "comentario". Y lo espera en un tiempo razonablamente corto. Es como el pescador que echa la caña y pacientemente aguarda que el pez pique el anzuelo para dar por concluida la faena del día y proceder a preparar la pesca del día siguiente. Blogs para la vanidad propia y para combatir el anonimato. Blogs para el consuelo y la compañía. Blogs para crear, para llorar, para protestar, para amar, para odiar, para avivar la memoria y proyectar ternura. Blogs para las tardes de lluvia de los sábados y para el portátil sin apenas cobertura y manejado en la montaña. Para aprender y para enseñar. Para encontrar amigos perdidos en la niebla de otros años (Juan Carlos Montoya, el fotógrafo espléndido del que perdí la pista hace varios años y al que, gracias a la blogosfera, volví a encontrar alumbrando una nueva existencia en la Granada de Lorca, es el ejemplo más reciente) y para descubrir complicidades impensadas. El blog es interactividad pura y dura. Dinamismo creativo. Espacio de encuentro y espacio de intercambio. Tierra de las emociones y del compañerismo, de la hermandad y del llanto. También de la risa y de la incredulidad.

Hasta aquí esta anotación que pretendía ser una reflexión sobre las papelerías (sí, no se extrañe el lector, sobre las papelerías, no sobre las librerías) y que se ha convertido, por arte de magia y por esos inexcrutables caprichos de la conciencia (mala) en una meditación sobre el blog. ¿Un nuevo género literario? Quizá. El tiempo, implacable juez, lo dictaminará.

Dos breves homenajes: Pablo Lizcano y Ana María Navales
Concluyo con dos recuerdos obligados (o dos pequeños homenajes): hoy he sabido que Pablo Lizcano, periodista y escritor, ha muerto ("las bombas comienzan a estallar cerca", pensé cuando he conocido la noticia en la conciencia de que pertenecemos a la misma generación). Lo conocí a principios de los noventa, en labores de periodismo y gestión cultural, y fui un devoto de su programa de televisión (creo que en La 2 de TVE): entrevistas de calidad, profundas conversaciones y una cercanía inteligente hacia esa zona en la que la cultura y la política saben relacionarse, mezclarse, dar lugar a un ser mestizo y enriquecedor. Descanse en paz Pablo Lizcano y vaya mi abrazo a Rosa (Montero), su compañera.

El otro recuerdo es hacia Ana María Navales, a quien no vi en mi última visita a Zaragoza. Allí charlamos, Esperanza y yo, de adolescentes e institutos, de fracasos escolares e inmigración, con Manolo Vilas, José Luis Calvo y María Ángeles Naval, los hermanos maños, amantes de la literatura y del buen vino, pero también de los amigos literarios de Aragón. Entonces lo supe: pregunté por Ana María y el propio Manolo me lo dijo. "¿No lo sabes? Murió hace unas semanas". Sentí una sensación extraña: sobre Ana María escribí, a principios de esta década, algunos artículos de crítica literaria en varias revistas, me ocupé, en Babelia, de algunos de sus poemarios y tuve la satisfacción de prologar sus cuentos completos (Cuentos de las dos orillas, 2001), editados magistralmente por la editorial canaria Prames. Pensé en Turia, la revista que codirigía con Raúl Carlos Maicas, en unas jornadas memorables en Albarracín con motivo de mi participación en el jurado de un premio de cuentos, jornadas en las que charlamos hasta el agotamiento con Mario Muchnik y Nicole y en las que pude comprobar que en Ana había, junto a su sabiduría literaria, junto a cierto descreimiento respecto a un mundo literario que no siempre había sido justo con ella, una generosidad sin límite y una vocación poética primigenia, poderosa. Descanse en paz.

sábado, 25 de abril de 2009

Un video de 7 años atrás / Mi particular homenaje al 25 de abril


El video: una entrevista sobre una novela.

Navegando en la red he encontrado el video de Terra. Fue a propósito de mi novela Los días de Eisenhower. Pinchando aquí podéis ver y escuchar la entrevista que, a finales de 2002, me hizo una periodista de Terra. ¡Cómo pasa el tiempo!

Algunos críticos emparentaron aquella novela con la narrativa de Marsé. Algo de razón había en ello, aunque existían otros vínculos literarios y otros referentes. Estos días en que hemos vuelto a la narrativa de Juan, recobro la memoria de aquella novela de 2002 para rendirle un homenaje complementario.

Mi particular homenaje al 25 de abril

Es el rescoldo, todavía vivo, de una vieja chaqueta de pana. La chaqueta de pana de aquel año universitario en el que aún vivía Franco y escuhábamos a Bob Dylan y a Joan Baez, nos dejábamos cautivar por las voces semironcas de Melanie o de Janis Joplin y nos enamorábamos con las canciones de Serrat y veíamos, como devotos escondidos en las catacumbas donde se adoraba al cine, en cine clubs semilegales, las películas de Bardem o de Berlanga y las obras maestras de neorrealismo italiano, o estudiábamos, con lápiz rojo para subrayar, los ensayos de Marcuse o de los filósofos, que tenían algo de mágico, de la Escuela de Frankfurt. Yo, entonces muy joven, estudiaba de noche en la recién inaugurada Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense. De día, trabajaba en el Banco Popular (desterrado, por razones políticas, en un viejo archivo ubicado en una calle Toledo próxima al Manzanares que todavía guardaba la fisonomía urbana del mejor Baroja)...
Y una mañana de abril llegó la noticia: la primavera inundó España aunque todavía no llegaría la libertad. De Lisboa llegaban hermosas novedades. Y claveles. Y carteles. Yo llevaba una chaqueta de pana de color miel: con ella me tumbé más de una vez en la hierba de los jardines de la Universitaria, en sus bolsillos quedaron hebras de tabaco de pipa, y en su solapa, en un ojal difícil, casi cerrado, coloqué un clavel muy rojo, muy frutal, muy nuestro: porque también ella y yo nos amábamos, éramos un mundo indivisible y lleno de futuro. De esa chaqueta de pana de color miel nacería, más de 15 años después, el poema "Chaqueta de pana" que formó parte de mi libro El muro transparente (Madrid, 1992). Es mi particular homenaje a un 25 de abril que no puede excluirse de la memoria colectiva. Para los que nacimos en la década de los 50 y ya somos cincuentones, para los que nacieron en los años 60 y son acuarentados (hermoso vocablo de MVM), para los que, nacidos en los 70 son treintañeros y para los que asomaron a la vida en los 80: para todos. Aquí os dejo las dos estrofas finales del poema --el poema completo está a vuestra disposición en la antología Monólogo del entreacto (Hiperion, 2007)--, esta suma de pequeñas cuadrículas de una memoria irrepetible. Es vuestra también:

Todo un tiempo resume: aquel que crece
en el portón que derribamos
sólo un poco. El que tuvo un clavel
en la solapa. El que compuso
un horizonte de imperfecto vuelo.

Oh símbolo del viento derrotado.
Oh chaqueta de pana sorprendida
entre ropa en desuso y viejos discos.

viernes, 24 de abril de 2009

Juan Marsé en Alcalá de Henares

Juan Marsé es un escritor clavado en mi educación sentimental, en mi memoria íntima, en la memoria colectiva, en mi formación literaria, en mi proceso de aprendizaje (técnico) como escritor. A Juan lo conocía de lejos y a través de su obra. Y lo conocía tanto como el mundo de Últimas tardes con Teresa, o el del barrio de Guinardó o el de la Barcelona excluida del Carmelo y de la posguerra. Todas sus novelas, pero sobre todo la que acabo de citar, Ronda de Guinardó y Si te dicen que caí, han ocupado un espacio privilegiado en mi personal catálogo de devociones. Y estos días he sido un afortunado. Mi responsabilidad cultural e institucional me ha permitido pasar algunas horas a su lado, convivir con él y con sus familiares más próximos, hablar de la vida y de la literatura, de amigos comunes (le duele todavía, cinco años después, el hueco de Manolo Vázquez Montalbán, su complemento narrativo de la Barcelona subalterna y amigo del alma. "Fue quien me hizo la primera entrevista para un periódico", me dijo), de sus recuerdos, cada vez más impregnados por la melancolía de quien comienza a sentirse mayor y achachoso (mejor sería decir, parafraseando a Gil de Biedma, "menos joven").

Es curioso: al estar con él tuve la sensación de que lo conocía de siempre, de que estaba ante un ser familiar, al que podía encontrarme cada mañana en el bar donde suelo tomar café. Y tuve, también, esa gozosa complicidad que los que hemos nacido, crecido y madurado en la periferia del sistema (yo pasé mi infancia en el barrio de la Alegría, una réplica madrileña del Carmelo, y mi adolescencia se forjó en otro parecido, la UVA de Hortaleza, escenarios que forman parte inseparable de mi poesía y de mi narrativa) experimentamos cuando nos encontramos ante alguien que siempre ha sido como nosotros y que ha llegado al máximo reconocimiento público en literatura sin renegar de los orígenes. Es más: poniendolos en valor, reivindicándolos, elevándolos a la categoría de mitos. Me sentía ante el amigo, ante el confidente, ante ese ser vulnerable que está deseando que pasen los fastos oficiales para volver a su taller literario, al rincón de sus ficciones, a la novela que el Cervantes (paradojas de la vida), según nos confesó, ha interrumpido. Y por eso me he atrevido a ilustrar estas reflexiones con una fotografía (a su autora, Sonia Pérez Marco, le estoy infinitamente agradecido) que testimonia ese encuentro. Reconozco mi pecado y pido perdón, pero es una forma de mostrar mi alegría.
De Juan escribí en este blog (Un Juan y un John) cuando fue premiado. Y resalté su singularidad estética y su visión distante, discordante, con el experimentalismo, con la literatura lejana a las emociones, a la memoria, a la realidad. Esa singularidad ha formado parte, seis meses después de aquellas reflexiones, de su discurso de recepción del premio. Un discurso entrañable, cercano, con su punto de irónía, pero en el que ha cantado, ante todo, al contador de historias que mira críticamente el presente a la luz del pasado, de la memoria propia y de la memoria de todos, que ha evocado al aprendiz de relojero que escribía cuentos en los ratos libres y que soñaba con ser escritor, que ha hecho de los humildes protagonistas de una historia nutrida de amores clandestinos, de huidas, de sueños imposibles, de heridas de guerra y de posguerra, de adolescencias e inmigraciones, de cines de barrio y de mitos aprendidos en las viejas pantallas de las tardes invierno. Sí: he estado con Juan. Y he de confesar que cuando lo he visto subir las escaleras del "púlpito" del Paraninfo de la Universidad de Alcalá para leer su hermoso discurso y por el rabillo del ojo he podido observar la mirada arrobada de sus nietos, no he podido contener un nudo en la garganta, esa dificultad para tragar saliva que suele resolver la lágrima callada y la emoción.

"Los planteamientos peliagudos, la teoría asomando su hocico impertinente en medio de la fabulación, la llamada metaliteratura, en fin, son vías abiertas a un tipo de especulación que me deja frío y me inhibe: bastante trabajo me da mantener en pie a los personajes, hacerlos creíbles, cercanos y veraces". Así nos lo ha dicho. Ése es, quizá, el misterio de su literatura. Un misterio que, aunque parezca de lo más simple, se convierte (bien lo sabemos los que escribimos),en uno de las retos más complejos y difíciles cuando uno se enfrenta ante el papel en blanco.

sábado, 18 de abril de 2009

Dos dedicatorias de un poeta amigo

Juan Carlos Mestre, el amigo y el hermano. Creo que nos conocemos desde principios de los noventa, gracias a los buenos oficios de Diego Jesús Jiménez, que nos hizo coincidir en alguna de las sesiones de la Semana Poética de Cuenca. Juan Carlos Mestre es poeta enorme a cuyos versos, con una maestría y una sensibilidad de alto voltaje (como él suele decir), ha puesto música otro buen amigo, Amancio Prada. Hace un par de años recibí la nueva edición de su libro Antífona de otoño en el valle del Bierzo, edición de Calambur hermosa donde las haya en la que se incluye un CD-Rom con parte de los poemas musicados por Amancio. Lo había leído mucho tiempo atrás, cuando lo publicó Adonais (obtuvo el premio del mismo nombre en 1985) y guardaba un recuerdo muy vivo de alguno de sus poemas. Sin embargo, cuando volví a ellos en la magnífica edición de Calambur, los viví con mayor emoción que en la primera lectura. Y cuando escuché el CD, juro que experimenté la sensación propia de quien sabe que está ante una obra que nos habla del origen, de las fuerzas telúricas que dan sentido a la vida y en las que beben las emociones, de todas las infancias, de una naturaleza sabia viviendo los olores, los sabores, los colores, la luz del otoño en un lugar que tardaría años en conocer: el valle del Bierzo, ese híbrido de paisajes gallegos, leoneses y asturianos. Recuerdo, de manera muy especial, los versos que siguen:
Quien no haya visto el mar que se levante,
yo os lo voy a contar. Cerrad los ojos.
Imaginad que el agua, como un caballo blanco,
se hubiera subido al campanario.
Las hojas de los árboles son peces,
la nieve, espuma de cristal sobre las olas.


Con su poesía, con el compromiso moral, cívico, ético, compartido, y con la compañía de algunos mitos comunes (y vivos), hemos pasado momentos irrepetibles junto a Antonio Gamoneda, alguna cena con Pepe Hierro y Carlos Sahagún, con Diego Jesús y Társila, un cumpleaños (de hace tanto tiempo que casi me avergüenza recordar la fecha) en mi casa de Madrid, con Aleja y Esperanza, con Félix Grande y Paca Aguirre, un debate, en el patio de la casa de Diego Jesús en Priego, alllá por el mes de julio de 2001, en el que no llegamos a las manos de milagro (comenzamos discutiendo sobre realidad e imaginación en mi novela La mujer muerta y terminamos enfrentados a propósito de Euskadi), un almuerzo, en el hostal de Priego, algunos veranos después, rodeados de amigos y de poetas de los que tanto habíamos aprendido en nuestra adolescencia: Paco Brines, Manolo Vázquez Montalbán (recién llegado de un larguísimo viaje en coche por sierras y quebradas, desde Barcelona, ávido de morteruelo), Pablo García Baena (¿o ese fue otro año?), otra vez Gamoneda, Martínez Sarrión, Antonio Carvajal...
En esa "amistad a lo largo", que diría Gil de Biedma (santo alejado de sus devociones), nunca han faltado sus libros dedicados. Llegan, como pájaros de amistad, a casa, los abro con la seguridad de encontrarme con sus poemas y, casi siempre, me tengo que detener durante un buen rato ante las páginas de guarda, que Juan Carlos convierte, como artista plástico que es además de poeta, en cuadros-dedicatorias. Son pequeñas obras gráficas que nunca serán expuestas. Por eso, porque lo creo de justicia y porque somos amigos, hoy quiero compartirlas con los lectores de "Al margen". La primera dedicatoria procede del libro-antología titulado Las estrellas para quien las trabaja. Dice así: "Para Esperanza y Manolo Rico, con el fervor de siempre". Pero el texto aislado queda huérfano. Arriba, al pie del fragmento de poema que he evocado, podéis contemplarla.

La segunda, abre su último e inquietante libro (del que tuve el placer de hablar y leer poemas en Radio Nacional en una madrugada del pasado verano) titulado La casa roja. Su texto es parecido al anterior. Pero sin la imagen sería parte de una emoción incompleta. Ahí queda:

Sé que en el portal de Juan Carlos hay mucha más obra plástica. Y de más calidad, seguramente. Pero estas dos dedicatorias que, gracias a la magia de las nuevas tecnologías, he podido escanear para trasladarlas a este blog y para, una vez impresas a todo color, enmarcarlas para que ocupen un lugar en mi refugio del valle (no de Bierzo, sino del Lozoya: también tendrá su canto otoñal aunque no sea tuyo, te lo prometo, Juan Carlos). Estas dedicatorias llevan parcelas de la vida de ambos (mejor dicho, de los tres, también de Esperanza): son una zona de intersección entre dos experiencias vitales y artísticas. Gracias, Juan Carlos. Espero no herirte con poner en la blogosfera tan hermosas muestras del arte de dedicar.

Hubiera deseado insertar un enlace con el poema Antífona musicado por Amancio Prada para que quienes no lo conozcan lo vivan y lo gocen. Sin embargo, no doy con la fórmula, no sé cómo hacerlo. ¡Si alguien de entre quienes leen estas líneas lo sabe, que me aconseje o instruya con su comentario!. Se lo agradeceré infinitamente.

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...