lunes, 27 de julio de 2009
Cuarto menguante
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
lunes, 20 de julio de 2009
La luna, cuarenta años después
Nuestro barrio se extendía en la periferia norte de Madrid. Lo llamaban barrio de la UVA de Hortaleza y había sido construido por el Ministerio de la Vivienda de entonces para acoger a los habitantes de los barrios de chabolas, entre los que mi familia se encontraba. No eran viviendas mucho mejores que las casitas bajas que las excavadoras derribaron, tenían carencias de todo orden (la nuestra medía 40 metros para cinco de familia) pero eran nuevas. Allí vivíamos aquel mes de julio.Mucho tiempo después, quizá en 1992, o en 1993, en la noche del 20 de julio, en homenaje y recuerdo al padre que aquella noche contemplaba conmigo la pantalla en blanco y negro, al hombre que murió una noche, también de verano, de 1979, a quien sólo vivió un año de democracia después de esperarla durante 39 años, al hombre que se me fue prematuramente sin que pudiera hablar con él de tantas cosas, de tantos sueños, de tantas esperanzas posibles -siempre que me acuerdo de él, no puedo sino evocar el título de un libro breve del portugués José Luis Pexoto titulado Te me moriste, padre-, escribí un poema que titulé "Recuerdo con luna". Forma parte de mi libro La densidad de los espejos (Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez 1997) y dice así:
Recuerdo con luna
“Fue el verano en que el hombre pisó por primera vez la luna.
Yo era muy joven entonces, pero no creía que hubiera futuro”.
Paul Auster
Hoy recuerdo la noche de verano del sesenta y nueve: afuera
la calima aquietaba la brisa y daba densidad
al tiempo en claroscuro en que habíamos crecido.
El hombre pisaba al fin la luna
y mi padre rondaba los cincuenta.
Era el verano del amor a tientas y de la paz ficticia.
Apenas conocíamos el color de la tinta que hablaba en el abismo,
la espesura sin fronda de un mundo subterráneo,
de casi aparecidos.
Sí. Yo sé que entonces el mundo limitaba
con las cuatro fronteras de mi calle. Que el corazón tenía
su agujero en la casa de niebla de mi barrio,
que el padre aún respiraba el olor algo acre de todos los barnices
y que olía a madera, a colas y a amargura
su ropa al fin rendida en el sofá gastado de la noche
mientras Armstrong tanteaba la luna a paso lento.
Yo sé que esta memoria de aquella noche de bochorno y ceniza
que a cerveza me sabe y a silencio,
es una puerta extraña.
La he abierto hoy, de madrugada,
para encontrar al otro lado no la luz indecisa
de quien fuera, sin saberlo, adolescente,
sino un dolor sin forma, un lastre ambiguo,
el turbio fotograma de un tiempo desflecado.
Sé que me fui. Que abandoné el salón
en el preciso instante en que el hombre pisaba al fin la luna.
Y que mi padre me miró de paso, y que en sus ojos
tembló un destello, acaso la certeza
de que otra luz llegaba
y no era suya.
Y recuerdo, ¿por qué?, la noche en el jardín,
la palidez exhausta de la luna de julio,
el pliegue lateral donde apuntaban las primeras señales
de la huida, esa indigna presencia
que me plantó en la vida sin elección posible.
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
jueves, 16 de julio de 2009
Postpoesía, la emoción y los poemas de Déborah Vukušic
El juego
Hoy me voy a entregar, en esta entrada, a un sugerente juego. Estoy viviendo, casi en paralelo, dos experiencias. Llevo muy avanzada la lectura del ensayo de Agustín Fernández Mallo (perdóneseme la rima) titulado Postpoesía con el que ha quedado finalista del premio Anagrama del género citado: voy por la página 118 y creo que mi destino es interrumpir, en breve, la lectura por agotamiento. La segunda experiencia consiste en lo siguiente: coincidiendo con la Feria del libro de Madrid, por consejo de mi amigo Pepo Paz, me leí de un tirón un poemario conmovedor y lleno de innovaciones formales: su título, Guerra de identidad, su autora, la galaico-croata Déborah Vukušic (Ourense, 1979). El juego consiste en relacionar dialéctiamente una y otra.
Postpoesía: una ficción
Es evidente que el libro de Fernández Mallo (por razones de economía verbal, FM a partir de ahora) es un valiente ejercicio de imaginación que defiende parecidos (si no los mismos) postulados que ya pusieron sobre la mesa las varias vanguardias que en el mundo han sido. Eso sí, con un telón de fondo nuevo: Internet, el mundo virtual, las tecnologías de la información y la comunicación (también denominadas TIC). El canto al fragmento, la redefinición del lema que Marshall McLuhan (¿os acordáis?) acuñó a finales de los años cincuenta, "el medio es el mensaje" son algunos de los soportes del aparato teórico de FM. Sí, no se extrañe el lector. FM nos dice: "Ahora lo importante está en el continente, no en el contenido", y añade: "el nuevo contenido, lo fascinante, la obra de arte es el ordenador en sí, el móvil, la pantalla, y el nuevo continente es el texto que en ellos está escrito". Es decir, "el medio es el mensaje", McLuhan dixit. Y, con el argumento de que la poesía española no ha accedido a la postmodernidad, es decir, no se ha hecho "postpoesía", postula (cita textual) "la necesidad de que los poetas acometan sin complejos la deconstrucción de la poesía, única disciplina que todavía no lo ha hecho".
Digo que el libro es en ejercicio de imaginación que parte de una premisa a mi juicio falsa: es necesario determinar qué tipo de poesía requiere la sociedad del siglo XXI, nos dice FM. ¿Por qué? La poesía del siglo XXI se está escribiendo ya. Lleva diez años escribiéndose desde presupuestos formales diversos, incluido el que él nos propone. La fragmentariadad, el palimpsesto, el texto-mosaico, la integración/desintegración de géneros son propuestas que, con distintas variantes, han estado presentes desde los ismos de entreguerras hasta otros ismos más recientes: postismo, poesía underground, poesía visual, textos de la beat generation y un largo etcétera. Internet, el mundo digital, la mirada global que ello propicia sólo amplían los horizontes referenciales del poema, del texto literario (que son, en el fondo, los horizontes de los seres humanos en su lucha por la existencia), texto que se cimenta en el lenguaje escrito, es decir: en la palabra como elemento insustituible.
La performance, el collage, la combinación de imágenes y palabras, la mezcla de signos científicos con imágenes, la integración de las artes plásticas con otras artes, de éstas con la teoría científica, etc... pueden generar productos artísticos, "arte nuevo", pero no poesía. La poesía es, a mi juicio, palabra reveladora, se construye con palabras, esos mágicos artefactos llenos de significado, y tiene una relación profunda y estrecha con las emociones más hondas del ser humano. Por tanto, Postpoesía no es otra cosa que una obra de ficción que diagnostica muy bien la realidad tecnológica en que vivimos (así lo hicieron los futuristas rusos e italianos ante la sociedad industrial emergente, ante el maquinismo de las primeras décadas del siglo XX) y genera el paradigma falso de dar por muerta la poesía tal y como la entendemos, vivimos y sentimos.
Y... poesía. Es decir: Déborah y su libro
Todo esto me lleva a la segunda experiencia: el libro de Déborah. Se trata de un libro de poemas (en realidad es un libro-poema) escrito con un lenguaje directo, sencillo, pero lleno de esas difíciles iluminaciones que despuntan en ese tipo de lenguaje. Iluminaciones del idioma que encienden luces interiores en el lector, que conmueven, que lo conducen al borde (y nos es sentimentalismo barato) de la lágrima, de la compasión, de la solidaridad más honda. ¿Es postmoderna Déborah? ¿No lo es? Curiosamente, desde el punto de vista generacional, es 12 años más joven que el autor de Postpoesía: nació en 1979 y cumplió los quince años cuando los ordenadores ya formaban parte de la realidad cotidiana de las sociedades occidentales. Se ha criado en la sociedad postindustrial (hablo de occidente, porque tres cuartas partes de la Humanidad están todavía en la preindustrial cuando no en la esclavista), ha crecido en la era de la tan manida postmodernidad y, comparada generacionalmente con FM, podría ser definida como "tardoposmoderna". Pero se pone a escribir poesía y nos habla de su memoria (que es íntima y es colectiva a la vez), de la huella turbia, dramática, cruel, que ha dejado en parte de su familia la guerra de los Balcanes, de la sombra de los asesinatos, de un criminal de guerra muy próximo sentimentalmente, del hondón de las relaciones familiares, del amor y del odio, de la infancia y de la adolescencia, de los sueños realizados y de los amputados, de vida y muerte y enfermedad y miedo, de gozo y risa también. Y lo hace con palabras que evocan, cargadas de sentido, de emoción, con verso corto y musical y seco a la vez, y nos deja boquiabiertos y nos perturba y nos pone frente a nuestros propios fantasmas. Nos sitúa, en fin, ante el espejo de lo que somos: hombres y mujeres ante el claroscuro de la existencia. ¿Acaso las nuevas tecnologías, la globalización, el mundo de Internet han acabado con esa fragilísima condición? No parece.
Termino: ¿es posible escribir un ensayo sobre poesía de casi 200 páginas en el que la palabra emoción no aparece -así es, al menos, en las 118 que llevo leídas-?. Sí: es posible. Pero mucho me temo que el resultado sea un paradigma que no lleva a la poesía, sino a otros lugares. Probablemente a un juego de inteligencia, de imaginación que nace y muere en sí mismo. Déborah, como Miriam Reyes, como Elena Medel, como Carlos Pardo o Julieta Valero (y cito a vuelapluma a algunos nuevos poetas de la era de Internet, que me perdonen los no citados) se han formado a la sombra de los nuevos horizontes tecnológicos y de la post modernidad (sobre cuyos paradigmas habría mucho que decir), pero escriben POESÍA. Moderna, innovadora, rupturista en algunos casos: pero construida con palabras cuyo sentido está arraigado en las emociones más hondas, en las grandes incertidumbres de la condición humana. Como en Juan de la Cruz, o en Eliot, o en Celan, o en Vallejo, o en Machado...
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
domingo, 5 de julio de 2009
AUSTRALIA 2: recuerdos que crecen

"No hay nada más bello / que lo que nunca he tenido, / nada más amado / que lo que perdí", escribió y cantó Joan Manuel Serrat. Tal vez sea algo parecido a ese sentimiento lo que me ha llevado estos días a evocar con una intensidad creciente mis días de Sidney. La conciencia de la pérdida y la casi certeza de que no es previsible que vuelva me han hecho evocar (y registrar mentalmente) escenas, paisajes, olores, sensaciones. La noche llena de luces en los alrededores del Opera House, un espacio urbano volcado en la bahía y salpicado de comercios de toda laya: desde las cafeterías de franquicia más conocidas en Occidente hasta las tiendas de una bellísima artesanía aborigen, todo poblado por una abigarrada y joven población nocturna en busca de diversión. Las calles, anchas, que desde la city bajan, entre rascacielos, a la bahía. Los tenderetes que desafían la noche a lo largo de las calles de un peculiar "chinatown" en el que la venta de artesanía se mezcla con la oferta de las más sofisticadas muestras de la gastronomía de Oriente. Las calles apartadas de la city, calles en las que los árboles y la vegetación adquieren un protagonismo casi escandaloso y en las que surgen, como apariciones que llegaran del viejo Londres, edificios de ladrillo visto, pubes irlandeses o pubes australianos cruzados por la herencia iconográfica de la vieja Iranda. Y todo bajo un cielo azulísimo, un cielo que nada tiene que envidiar al cielo de Madrid, al de la Castilla infinita de los grandes trigales o de la primavera machadiana.
O la noche en que cantaba Sole Giménez (la ex de Presuntos Implicados) en una sala del Opera House, cuando la calma del aire dejó paso a un viento súbito y comenzaron a llegar, por encima de las grandes torres, nubes oscuras, nubes húmedas y veloces, nubes que el sol iluminaba de pronto de una manera extraña, de tal modo que parecía que se incendiaban las azoteas más altas (ver primera foto de la entrada, no he sabido situarla más cerca de esta zona del texto) antes de que el cielo se ennegreciera, y se anticipara la noche y comenzara a diluviar mientras caminábamos bajo los inmensos soportales que preceden al Opera House.
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
domingo, 7 de junio de 2009
LA POLÉMICA GAMONEDA/BENEDETTI
Ayer apareció mi artículo titulado "Lo inoportuno y lo inaceptable" en El País a propósito de las réplicas que las palabras de Gamoneda tras la muerte del uruguayo generaron. Me costó mucho escribirlo. Por dos razones: la primera, porque quería que fuera una combinación entre la exposición de hechos incontestables y la crítica solvente, rigurosa, a los excesos que determinados representantes de nuestro mundo cultural habían, a mi juicio, cometido. La segunda, porque el artíulo, para ser eficaz y para mostrar la gravedad de los hechos criticados, no debería quedarse en un plano abstracto. Era imprescindible que la transcripción de cada réplica llevara aparejado el nombre de su autor. De ese modo, Felipe Benítez Reyes, Benjamín Prado, Javier Rioyo y Chus Visor han visto, en mi artículo, reflejadas sus opiniones. No me ha animado animadversión alguna hacia ellos, sino un cierto hartazgo del estilo un tanto pedestre con que se suele abordar, en nuestro mundo poético, la polémica teórica, las diferencias de opinión. Y, ¿por qué no decirlo?, la indignación que me producía el silencio con que ese mundo recibía los insultos con que fue "premiado" Antonio Gamoneda tras confesar públicamente su falta de empatía con la poesía de Benedetti y calificarlo de "poeta menor".
Cierto que Gamoneda fue inoportuno, descortés, poco elegante al emitir ese juicio a las veinticuatro horas de la muerte del escritor uruguayo. Que, dicho sea en lenguaje coloquial, "se pasó". Pero en modo alguno llegó a la descalificación o al insulto. De hecho, emitió juicios literarios calificando de lenguaje "coloquial" o "normalizado" el empleado en su poesía por Benedetti. Nadie le replicó en el terreno estético -bueno, creo recordar, y lo digo con todas las cautelas del caso, que Chus Visor dijo, junto a las afirmaciones que reproduzco en mi artículo de El País, que su poesía no la entendía nadie-, sino en el terreno personal, en el del insulto, con palabras hirientes.He recibido numerosos mensajes de felicitación. Muy curiosos. Lo digo porque en gran parte de ellos había un par de expresiones que me han conmovido y preocupado a la vez: "en tu artículo nos reconocemos muchos", "ha sido un artículo valiente", "ya era hora de que alguien hablara con claridad", decían. Me han conmovido porque uno siempre siente una íntima satisfacción cuando logra conectar con las aspiraciones y sentimientos de otros. Y me han preocupado porque existe una convención muy extendida: si uno quiere aspirar a alguno de los premios más relevantes de este país, publicados por la editorial a la que he hecho referencia (yo tengo un libro, Donde nunca hubo ángeles, allí editado), debe obviar toda crítica, asumir en silencio las verdades que se establecen desde una determinada opción estética. Aunque parezca mentira, es así. Incluso en la forma en que fue replicado Gamoneda (el tono, el nivel de la descalificación, el recurso a expresiones groseras) transmitía una cierta conciencia de impunidad, como si hubiera la certeza de que nadie replicaría. Diré más: no pocos de los amigos y conocidos que me han enviado felicitaciones, me han advertido, a continuación, de que me "vaya preparando". El significado de esa advertencia es claro: léanse las líneas anteriores.
Como poeta, mi estética está alejada de Gamoneda. Probablemente, esté más cerca de la de Benedetti (vease la entrada Benedetti: mi personal adiós en este blog) o de la de la llamada "poesía de la experiencia". No hay más que asomarse a mi antología Monólogo del entreacto para comprobarlo. Por tanto, no había razones de identidad estética con el poeta leonés en mi artículo. Sólo había un puro y simple afán de equilibrio, de aportar racionalidad, de poner sobre el papel, negro sobre blanco, la suma de despropósitos en que habían incurrido quienes se habían lanzado, en tromba y sin ningún miramiento, contra el poeta leonés. Gamoneda se equivocó, cierto. Los replicantes no se equivocaron: buscaron el calificativo más hiriente, la descalificación más dura.Termino con dos preguntas y con una respuesta: ¿Cuándo podremos debatir sobre poesía sin que el desacuerdo estético derive en bronca o enfrentamiento? ¿Cuándo se podrá criticar, sin descalificaciones, con rigor, a un editor sin temor a "represalias editoriales", valga la redundancia? Quizá nunca. Lamentablemente.
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
lunes, 1 de junio de 2009
LOS POEMAS, CASI DESCONOCIDOS, DE JOSÉ DONOSO
A José Donoso lo conocía como escritor, sobre todo, por dos libros: la novela El obsceno pájaro de la noche y un maravilloso ensayo/crónica/texto memorialístico titulado Historia personal del boom. Pero Donoso no pudo sustraerse, en una época de su vida, a escribir poemas. Y lo hizo bien, con una voluntad de depuración lingüística que no estaba en sus novelas y con la decisión de contar, de manera transparente, con una sencillez no desdeñosa de puntuales metáforas, su experiencia cotidiana entre 1971 y 1977. El novelista complejo, a tramos oscuro y atormentado, decidió un buen día, en el invierno azotado por el cierzo de Calaceite, hablar de sí mismo y de su relación con la cotidianidad de un pueblo perdido en medio de la comarca del Matarraña en el que compraría una hermosa casa de piedra (en la foto que compartimos Félix Grande y yo, así como en las otras que ilustran la entrada, podéis ver parte de su interior) y al que acudiría buena parte de la intelectualidad más relevante de la época: Buñuel, los Moix, Vargas Llosa, Ángel Crespo, Bryce Echenique...
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
jueves, 14 de mayo de 2009
Antonio Crespo Massieu: cuentos entre la luz y la sombra // Antonio Vega: entre la sombra y la luz

En El peluquero de Dios está la memoria de nuestra guerra civil. Están los años del cambio hacia la democracia de la que todavía gozamos. La sombra del exilio y de la muerte lejos de las raíces. Los rescoldos de la Argentina de los desaparecidos bajo una de las más crueles dictaduras del último medio siglo. Cuentos para recordar, para vivir (y para aprender a vivir), para avivar una conciencia crítica, para reconstruir el inconsciente colectivo ante los grandes dramas que han vivido las sociedades contemporáneas. El libro, recién aparecido bajo el sello Bartleby Editores es una de esas extrañas obras, de no muy grueso formato (pienso en Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez), que descubren a un autor no por desconocido menos sólido, ambicioso y sensible. La difícl sencillez del relato. La transparencia. La emoción. La zozobra y la incertidumbre. Todo eso, y mucho más, está en esta colección de cuentos.
El relato no es un género fácil. El lugar que ocupa dentro de la narrativa no siempre es reconocido por los grandes editores y la mayor parte de los libros que se editan se ven condenados a arrastrar una vida clandestina o semiclandestina hasta que llega la vara mágica de un éxito puntual, o de una Feria del Libro, o el dedo "recomendador" de un buen amigo para que los lectores no asiduos se acerquen a él.
Esta noche, cuando todos los que valoramos el papel que la música y determinadas letras jugaron en la conformación de nuestra educación sentimental, lloramos la muerte de Antonio Vega (otra más del grupo de quienes crecieron y maduraron, humana y artísticamente, a la par que avanzaba una sociedad -la nuestra- recién salida de la dictadura hacia la plena democracia), me atrevo a recomendar con fervor, con pasión, con la certeza de que de su lectura a nadie dejará indemne, El peluquero de Dios.
DE ANTONIO VEGA Y DE SU MUERTE PREMATURA
Qué decir de Antonio Vega? Algunas verdades esenciales: su muerte nos habla de la fragilidad de una generación que tuvo que aprender, sin reglas establecidas y sin caminos trazados, a vivir en libertad. Que maduró sin darse cuenta, como si los juegos con que se estrenó la movida madrileña no fueran a terminar nunca. Que avanzó entre parques asediados por el paro de los ochenta y las jeringuillas tiradas en medio de la hierba como testimonios de la fragilidad de una juventud escéptica, confusa, deslumbrada por la libertad y, a la vez, atada a una adolescencia perpetua (¡tan hermosa cuando se evoca en la distancia de los años, tan frágil y pasajera cuando la muerte prematura la ilumina al fondo del túnel de la memoria más amada!). Antonio Vega había cumplido cincuenta y un años y era de una generación de jóvenes inconformes, sentimentalmente atados a las noches sin límite, de seres endebles y apasionados que jamás creyeron que algún día podían peinar canas, cumplir el medio siglo, alcanzar la edad que alguna vez tuvieron sus padres.
Antonio Vega, el genio de La chica de ayer o de El sitio de mi recreo, deja un vacío de piedra en la memoria de todos. Incluso en la de quienes, como yo, éramos algo mayores que él y que los músicos que lo acompañaban en Nacha Pop cuando las canciones citadas vieron la luz, y vivíamos alejados de aquella movida que el tiempo hace crecer y depura. Sus textos y músicas atizan la añoranza de un tiempo irrepetible. Nos hablan, al tiempo, de un submundo cruel, en el que la imaginación y el dolor parecían condenados a ir, por siempre, de la mano (¿cómo no recordar a Enrique Urquijo, a Antonio Flores, a tantos otros que transitaron ese camino dual y tormentoso?), en el que aquella felicidad posmoderna y ecléctica, que miraba de reojo hacia las grandes movilizaciones obreras de los ochenta, o hacia el golpe del 23-F, o hacia la reconversión industrial iniciada por Felipe González, parecía hecha con la materia de los sueños. De una materia, en todo caso, parecida a la que cimentó la geografía inolvidable de una bella novela de Scott Fizterald y cuyo título parecía pensada para Vega y sus coetáneos: Hermosos y malditos.
Termino con dos invitaciones: a escuhar, como homenaje a Vega, una de sus canciones (ya sé que no soy nada original: pichad aquí o aquí) y a recobrar una anotación en este blog de hace casi dos años. Su título (pinchad en él): "La chica de ayer".
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
lunes, 4 de mayo de 2009
Sobre el blog y sus efectos / Dos breves homenajes: Pablo Lizcano y Ana María Navales
Hoy, Al margen estrena telón de fondo en la cabecera. Un nuevo paisaje toma el relevo a la carretera solitaria que se perdía entre montañas y que lo ha presidido en las dos últimas semanas. La fotografía, al igual que la que puede el lector ver a la izquierda, fue tomada por quien firma esta nota en el otoño de 2005: es el valle del Lozoya contemplado/atrapado desde el Mirador de los Robledos, junto al monumento al guarda forestal, en un claro del bosque que se extiende entre Rascafría y Navacerrada. Habrá, en el futuro, otras fotografías de cabecera. Lo he decidido. Si el blog (ver notas posteriores) es dinamismo e interactividad, ¿por qué su encabezamiento, su ilustración de fondo, ha de mantenerse, sin cambios, por los meses de los meses?Hasta aquí esta anotación que pretendía ser una reflexión sobre las papelerías (sí, no se extrañe el lector, sobre las papelerías, no sobre las librerías) y que se ha convertido, por arte de magia y por esos inexcrutables caprichos de la conciencia (mala) en una meditación sobre el blog. ¿Un nuevo género literario? Quizá. El tiempo, implacable juez, lo dictaminará.
Concluyo con dos recuerdos obligados (o dos pequeños homenajes): hoy he sabido que Pablo Lizcano, periodista y escritor, ha muerto ("las bombas comienzan a estallar cerca", pensé cuando he conocido la noticia en la conciencia de que pertenecemos a la misma generación). Lo conocí a principios de los noventa, en labores de periodismo y gestión cultural, y fui un devoto de su programa de televisión (creo que en La 2 de TVE): entrevistas de calidad, profundas conversaciones y una cercanía inteligente hacia esa zona en la que la cultura y la política saben relacionarse, mezclarse, dar lugar a un ser mestizo y enriquecedor. Descanse en paz Pablo Lizcano y vaya mi abrazo a Rosa (Montero), su compañera.
El otro recuerdo es hacia Ana María Navales, a quien no vi en mi última visita a Zaragoza. Allí charlamos, Esperanza y yo, de adolescentes e institutos, de fracasos escolares e inmigración, con Manolo Vilas, José Luis Calvo y María Ángeles Naval, los hermanos maños, amantes de la literatura y del buen vino, pero también de los amigos literarios de Aragón. Entonces lo supe: pregunté por Ana María y el propio Manolo me lo dijo. "¿No lo sabes? Murió hace unas semanas".
Sentí una sensación extraña: sobre Ana María escribí, a principios de esta década, algunos artículos de crítica literaria en varias revistas, me ocupé, en Babelia, de algunos de sus poemarios y tuve la satisfacción de prologar sus cuentos completos (Cuentos de las dos orillas, 2001), editados magistralmente por la editorial canaria Prames. Pensé en Turia, la revista que codirigía con Raúl Carlos Maicas, en unas jornadas memorables en Albarracín con motivo de mi participación en el jurado de un premio de cuentos, jornadas en las que charlamos hasta el agotamiento con Mario Muchnik y Nicole y en las que pude comprobar que en Ana había, junto a su sabiduría literaria, junto a cierto descreimiento respecto a un mundo literario que no siempre había sido justo con ella, una generosidad sin límite y una vocación poética primigenia, poderosa. Descanse en paz.
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
sábado, 25 de abril de 2009
Un video de 7 años atrás / Mi particular homenaje al 25 de abril
El video: una entrevista sobre una novela.
Navegando en la red he encontrado el video de Terra. Fue a propósito de mi novela Los días de Eisenhower. Pinchando aquí podéis ver y escuchar la entrevista que, a finales de 2002, me hizo una periodista de Terra. ¡Cómo pasa el tiempo!
Algunos críticos emparentaron aquella novela con la narrativa de Marsé. Algo de razón había en ello, aunque existían otros vínculos literarios y otros referentes. Estos días en que hemos vuelto a la narrativa de Juan, recobro la memoria de aquella novela de 2002 para rendirle un homenaje complementario.
Mi particular homenaje al 25 de abril
Es el rescoldo, todavía vivo, de una vieja chaqueta de pana. La chaqueta de pana de aquel año universitario en el que aún vivía Franco y escuhábamos a Bob Dylan y a Joan Baez, nos dejábamos cautivar por las voces semironcas de Melanie o de Janis Joplin y nos enamorábamos con las canciones de Serrat y veíamos, como devotos escondidos en las catacumbas donde se adoraba al cine, en cine clubs semilegales, las películas de Bardem o de Berlanga y las obras maestras de neorrealismo italiano, o estudiábamos, con lápiz rojo para subrayar, los ensayos de Marcuse o de los filósofos, que tenían algo de mágico, de la Escuela de Frankfurt. Yo, entonces muy joven, estudiaba de noche en la recién inaugurada Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense. De día, trabajaba en el Banco Popular (desterrado, por razones políticas, en un viejo archivo ubicado en una calle Toledo próxima al Manzanares que todavía guardaba la fisonomía urbana del mejor Baroja)...
Y una mañana de abril llegó la noticia: la primavera inundó España aunque todavía no llegaría la libertad. De Lisboa llegaban hermosas novedades. Y claveles. Y carteles. Yo llevaba una chaqueta de pana de color miel: con ella me tumbé más de una vez en la hierba de los jardines de la Universitaria, en sus bolsillos quedaron hebras de tabaco de pipa, y en su solapa, en un ojal difícil, casi cerrado, coloqué un clavel muy rojo, muy frutal, muy nuestro: porque también ella y yo nos amábamos, éramos un mundo indivisible y lleno de futuro. De esa chaqueta de pana de color miel nacería, más de 15 años después, el poema "Chaqueta de pana" que formó parte de mi libro El muro transparente (Madrid, 1992). Es mi particular homenaje a un 25 de abril que no puede excluirse de la memoria colectiva. Para los que nacimos en la década de los 50 y ya somos cincuentones, para los que nacieron en los años 60 y son acuarentados (hermoso vocablo de MVM), para los que, nacidos en los 70 son treintañeros y para los que asomaron a la vida en los 80: para todos. Aquí os dejo las dos estrofas finales del poema --el poema completo está a vuestra disposición en la antología Monólogo del entreacto (Hiperion, 2007)--, esta suma de pequeñas cuadrículas de una memoria irrepetible. Es vuestra también:
Todo un tiempo resume: aquel que crece
en el portón que derribamos
sólo un poco. El que tuvo un clavel
en la solapa. El que compuso
un horizonte de imperfecto vuelo.
Oh símbolo del viento derrotado.
Oh chaqueta de pana sorprendida
entre ropa en desuso y viejos discos.
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
viernes, 24 de abril de 2009
Juan Marsé en Alcalá de Henares

"Los planteamientos peliagudos, la teoría asomando su hocico impertinente en medio de la fabulación, la llamada metaliteratura, en fin, son vías abiertas a un tipo de especulación que me deja frío y me inhibe: bastante trabajo me da mantener en pie a los personajes, hacerlos creíbles, cercanos y veraces". Así nos lo ha dicho. Ése es, quizá, el misterio de su literatura. Un misterio que, aunque parezca de lo más simple, se convierte (bien lo sabemos los que escribimos),en uno de las retos más complejos y difíciles cuando uno se enfrenta ante el papel en blanco.
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
sábado, 18 de abril de 2009
Dos dedicatorias de un poeta amigo

Con su poesía, con el compromiso moral, cívico, ético, compartido, y con la compañía de algunos mitos comunes (y vivos), hemos pasado momentos irrepetibles junto a Antonio Gamoneda, alguna cena con Pepe Hierro y Carlos Sahagún, con Diego Jesús y Társila, un cumpleaños (de hace tanto tiempo que casi me avergüenza recordar la fecha) en mi casa de Madrid, con Aleja y Esperanza, con Félix Grande y Paca Aguirre, un debate, en el patio de la casa de Diego Jesús en Priego, alllá por el mes de julio de 2001, en el que no llegamos a las manos de milagro (comenzamos discutiendo sobre realidad e imaginación en mi novela La mujer muerta y terminamos enfrentados a propósito de Euskadi), un almuerzo, en el hostal de Priego, algunos veranos después, rodeados de amigos y de poetas de los que tanto habíamos aprendido en nuestra adolescencia: Paco Brines, Manolo Vázquez Montalbán (recién llegado de un larguísimo viaje en coche por sierras y quebradas, desde Barcelona, ávido de morteruelo), Pablo García Baena (¿o ese fue otro año?), otra vez Gamoneda, Martínez Sarrión, Antonio Carvajal...
En esa "amistad a lo largo", que diría Gil de Biedma (santo alejado de sus devociones), nunca han faltado sus libros dedicados. Llegan, como pájaros de amistad, a casa, los abro con la seguridad de encontrarme con sus poemas y, casi siempre, me tengo que detener durante un buen rato ante las páginas de guarda, que Juan Carlos convierte, como artista plástico que es además de poeta, en cuadros-dedicatorias. Son pequeñas obras gráficas que nunca serán expuestas. Por eso, porque lo creo de justicia y porque somos amigos, hoy quiero compartirlas con los lectores de "Al margen". La primera dedicatoria procede del libro-antología titulado Las estrellas para quien las trabaja. Dice así: "Para Esperanza y Manolo Rico, con el fervor de siempre". Pero el texto aislado queda huérfano. Arriba, al pie del fragmento de poema que he evocado, podéis contemplarla.
Hubiera deseado insertar un enlace con el poema Antífona musicado por Amancio Prada para que quienes no lo conozcan lo vivan y lo gocen. Sin embargo, no doy con la fórmula, no sé cómo hacerlo. ¡Si alguien de entre quienes leen estas líneas lo sabe, que me aconseje o instruya con su comentario!. Se lo agradeceré infinitamente.
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
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