domingo, 7 de junio de 2009

LA POLÉMICA GAMONEDA/BENEDETTI

Hoy cambio la imagen de cabecera del blog. Cambio paisaje soriano por fragmento de un óleo sobre tabla de José Manuel Rico. No soy yo: es mi hijo. Una licencia sentimental que me permito antes de acometer uno de los asuntos que más me han inquietado en las últimas semanas. Vayamos a él.

Ayer apareció mi artículo titulado "Lo inoportuno y lo inaceptable" en El País a propósito de las réplicas que las palabras de Gamoneda tras la muerte del uruguayo generaron. Me costó mucho escribirlo. Por dos razones: la primera, porque quería que fuera una combinación entre la exposición de hechos incontestables y la crítica solvente, rigurosa, a los excesos que determinados representantes de nuestro mundo cultural habían, a mi juicio, cometido. La segunda, porque el artíulo, para ser eficaz y para mostrar la gravedad de los hechos criticados, no debería quedarse en un plano abstracto. Era imprescindible que la transcripción de cada réplica llevara aparejado el nombre de su autor. De ese modo, Felipe Benítez Reyes, Benjamín Prado, Javier Rioyo y Chus Visor han visto, en mi artículo, reflejadas sus opiniones. No me ha animado animadversión alguna hacia ellos, sino un cierto hartazgo del estilo un tanto pedestre con que se suele abordar, en nuestro mundo poético, la polémica teórica, las diferencias de opinión. Y, ¿por qué no decirlo?, la indignación que me producía el silencio con que ese mundo recibía los insultos con que fue "premiado" Antonio Gamoneda tras confesar públicamente su falta de empatía con la poesía de Benedetti y calificarlo de "poeta menor".
Cierto que Gamoneda fue inoportuno, descortés, poco elegante al emitir ese juicio a las veinticuatro horas de la muerte del escritor uruguayo. Que, dicho sea en lenguaje coloquial, "se pasó". Pero en modo alguno llegó a la descalificación o al insulto. De hecho, emitió juicios literarios calificando de lenguaje "coloquial" o "normalizado" el empleado en su poesía por Benedetti. Nadie le replicó en el terreno estético -bueno, creo recordar, y lo digo con todas las cautelas del caso, que Chus Visor dijo, junto a las afirmaciones que reproduzco en mi artículo de El País, que su poesía no la entendía nadie-, sino en el terreno personal, en el del insulto, con palabras hirientes.

He recibido numerosos mensajes de felicitación. Muy curiosos. Lo digo porque en gran parte de ellos había un par de expresiones que me han conmovido y preocupado a la vez: "en tu artículo nos reconocemos muchos", "ha sido un artículo valiente", "ya era hora de que alguien hablara con claridad", decían. Me han conmovido porque uno siempre siente una íntima satisfacción cuando logra conectar con las aspiraciones y sentimientos de otros. Y me han preocupado porque existe una convención muy extendida: si uno quiere aspirar a alguno de los premios más relevantes de este país, publicados por la editorial a la que he hecho referencia (yo tengo un libro, Donde nunca hubo ángeles, allí editado), debe obviar toda crítica, asumir en silencio las verdades que se establecen desde una determinada opción estética. Aunque parezca mentira, es así. Incluso en la forma en que fue replicado Gamoneda (el tono, el nivel de la descalificación, el recurso a expresiones groseras) transmitía una cierta conciencia de impunidad, como si hubiera la certeza de que nadie replicaría. Diré más: no pocos de los amigos y conocidos que me han enviado felicitaciones, me han advertido, a continuación, de que me "vaya preparando". El significado de esa advertencia es claro: léanse las líneas anteriores.

Como poeta, mi estética está alejada de Gamoneda. Probablemente, esté más cerca de la de Benedetti (vease la entrada Benedetti: mi personal adiós en este blog) o de la de la llamada "poesía de la experiencia". No hay más que asomarse a mi antología Monólogo del entreacto para comprobarlo. Por tanto, no había razones de identidad estética con el poeta leonés en mi artículo. Sólo había un puro y simple afán de equilibrio, de aportar racionalidad, de poner sobre el papel, negro sobre blanco, la suma de despropósitos en que habían incurrido quienes se habían lanzado, en tromba y sin ningún miramiento, contra el poeta leonés. Gamoneda se equivocó, cierto. Los replicantes no se equivocaron: buscaron el calificativo más hiriente, la descalificación más dura.

Termino con dos preguntas y con una respuesta: ¿Cuándo podremos debatir sobre poesía sin que el desacuerdo estético derive en bronca o enfrentamiento? ¿Cuándo se podrá criticar, sin descalificaciones, con rigor, a un editor sin temor a "represalias editoriales", valga la redundancia? Quizá nunca. Lamentablemente.

lunes, 1 de junio de 2009

LOS POEMAS, CASI DESCONOCIDOS, DE JOSÉ DONOSO

A José Donoso lo conocía como escritor, sobre todo, por dos libros: la novela El obsceno pájaro de la noche y un maravilloso ensayo/crónica/texto memorialístico titulado Historia personal del boom. Pero Donoso no pudo sustraerse, en una época de su vida, a escribir poemas. Y lo hizo bien, con una voluntad de depuración lingüística que no estaba en sus novelas y con la decisión de contar, de manera transparente, con una sencillez no desdeñosa de puntuales metáforas, su experiencia cotidiana entre 1971 y 1977. El novelista complejo, a tramos oscuro y atormentado, decidió un buen día, en el invierno azotado por el cierzo de Calaceite, hablar de sí mismo y de su relación con la cotidianidad de un pueblo perdido en medio de la comarca del Matarraña en el que compraría una hermosa casa de piedra (en la foto que compartimos Félix Grande y yo, así como en las otras que ilustran la entrada, podéis ver parte de su interior) y al que acudiría buena parte de la intelectualidad más relevante de la época: Buñuel, los Moix, Vargas Llosa, Ángel Crespo, Bryce Echenique...

Quien había consumido a lo largo de su trayectoria literaria "whisky con agua" o "whisky con hielo" -así calificaba Fernando Quiñones, con acierto, a la novela y al cuento respectivamente- decidió un buen día consumir "whisky solo": es decir, escribir poesía. En otras palabras, lenguaje en su estado de máxima concentración. De esa experiencia, que se inició un día de 1971 en que Donoso decidió seguir los pasos del traductor al francés de El obsceno... para retirarse a vivir con Pilar Serrano, su mujer, y su hija, a Calaceite, surgirían los poemas del libro, recién aparecido (y comprable en la Feria del Libro de Madrid que acaba de inaugurarse), Poemas de un novelista. Es un libro emocionante, constituido por cuatro bloques de poemas de entre los que destacan, por su extensión y hondura, los que integran el primero: "Diario de un invierno en Calaceite (1971-1972)". Las otros bloques están compuestos por
"Tres poemas de 1951", "Madrid, 1979" y "Retratos (Sitges, 1977)".

La publicación de este libro, del que tuve noticia en el mismo Calaceite, hace poco más de un año, gracias a las revelaciones de Emilio Ruiz Barrachina, autor del documental Tinta y piedra (un acercamiento al fenómeno surgido en ese pueblo aragonés alrededor de la figura de Donoso en los años 70, accesible pinchando AQUÍ). Por él accedí a un ejemplar de su primera y única edición chilena, de 1981, realizada por la pequeña editorial Ganymedes, y a partir de su lectura aconsejé su publicación en Bartleby poesía. No pocos se preguntarán por la razón que ha llevado a esa editorial a publicar los poemas de un escritor conocido como novelista. Por una razón muy simple: voluntad de ofrecer, también, la cara menos conocida de los grandes autores del siglo XX. Lo hizo, por ejemplo, con el Diario de una novela, de John Steinbeck, y lo hizo con Esa belleza, de John Berger. Por ello, no es novedad que esta pequeña y valiente editorial se lance a la edición de poemas de narradores universalmente reconocidos: ahí están los poemas de Faulkner, publicados el pasado año, o los de Raymond Carver, o los de Günter Grass, cuyo último libro, Payaso de agosto, está también en las librerías y en la Feria.

Los poemas de Donoso cuentan con un prólogo de uno de los privilegiados testigos de aquel invierno de hace casi cuarenta años: Jorge Edwards. Y con otro prólogo del propio Donoso que tiene entidad por sí mismo en la medida en que recoge la mirada del narrador chileno sobre sus propios poemas y sobre la historia de su peculiar apredizaje lírico. Sus referencias (John Donne, la Dickinson, Eliot... ) y una voluntad de despojamiento que tiene mucho de mágico en un narrador de lo complejo, se mezclan con sus vivencias personales y con sus amores y desamores. Sin duda es un libro más que recomendable. Que nos hará vivir una experiencia, la de Donoso, extraña y apasionante. Y la nuestra propia, como lectores que acceden al universo hasta ahora apenas conocido de su poesía. Feliz lectura. Mientras tanto, aquí os dejo este breve muestra:
"Deshabitados los ojos.
Vacía la piel:
trepa la yedra a la piedra
que no la siente trepar.
Es la temporada de endebles,
silenciosos huracanes.
La nube pasa,
embala el paisaje en su cáscara de frío.
La luz afila aleros y esquinas:
por súbitos trapecios de sombra
transcurre gente encorvada y de prisa,
vuelta hacia adentro como un guante,
toda superficie gastada y mal pulida"
Nota: las fotografías son del autor del blog. Abril 2008.

jueves, 14 de mayo de 2009

Antonio Crespo Massieu: cuentos entre la luz y la sombra // Antonio Vega: entre la sombra y la luz

El pasado viernes, día 8, E. y yo cenamos con Antonio Crespo Massieu y con Carmen Ochoa, su compañera. Fue una velada de charla, de búsqueda en la memoria común, de reflexiones en voz alta, de crítica o elogio a amigos poetas (y a poetas menos amigos), de debate político y de recapitulación sobre su nuevo libro - libro que fue, junto a una amistad nacida hace algunos años, tras la obtención por Antonio del premio de poesía Ciudad de Irún, la excusa perfecta para celebrar la cena que veníamos aplazando sin mucho sentido-. El peluquero de Dios es un magnífico libro de relatos que nos revela la más profunda dimensión de la labor literaria de Antonio -quien, como ha quedado dicho, es poeta también-. Son siete cuentos intensos, sin material sobrante, que nos acercan a distintos momentos de nuestra hisotira (y de la historia europea) a través de personajes llenos de vida, que sufren contradicciones, que vislumbran los claroscuros de la realidad, que aman, recuerdan... y sufren. El profesor que asiste a la última clase antes de la jubilación y evoca sus entusiasmos iniciales, en un tiempo en el que apuntaban los primeros indicios de la transicíón política española; el peluquero que vive un drama profundo, contradictorio, lleno de aristas y de conductos a la desolación, en el campo de exterminio de Treblinka; la mujer que regresa al Madrid adolescente desde un Nueva York mítico y mitificado; el espectador que vive en un pequeño reducto en el interior de un cuadro...
En El peluquero de Dios está la memoria de nuestra guerra civil. Están los años del cambio hacia la democracia de la que todavía gozamos. La sombra del exilio y de la muerte lejos de las raíces. Los rescoldos de la Argentina de los desaparecidos bajo una de las más crueles dictaduras del último medio siglo. Cuentos para recordar, para vivir (y para aprender a vivir), para avivar una conciencia crítica, para reconstruir el inconsciente colectivo ante los grandes dramas que han vivido las sociedades contemporáneas. El libro, recién aparecido bajo el sello Bartleby Editores es una de esas extrañas obras, de no muy grueso formato (pienso en Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez), que descubren a un autor no por desconocido menos sólido, ambicioso y sensible. La difícl sencillez del relato. La transparencia. La emoción. La zozobra y la incertidumbre. Todo eso, y mucho más, está en esta colección de cuentos.
El relato no es un género fácil. El lugar que ocupa dentro de la narrativa no siempre es reconocido por los grandes editores y la mayor parte de los libros que se editan se ven condenados a arrastrar una vida clandestina o semiclandestina hasta que llega la vara mágica de un éxito puntual, o de una Feria del Libro, o el dedo "recomendador" de un buen amigo para que los lectores no asiduos se acerquen a él.
Esta noche, cuando todos los que valoramos el papel que la música y determinadas letras jugaron en la conformación de nuestra educación sentimental, lloramos la muerte de Antonio Vega (otra más del grupo de quienes crecieron y maduraron, humana y artísticamente, a la par que avanzaba una sociedad -la nuestra- recién salida de la dictadura hacia la plena democracia), me atrevo a recomendar con fervor, con pasión, con la certeza de que de su lectura a nadie dejará indemne, El peluquero de Dios.

DE ANTONIO VEGA Y DE SU MUERTE PREMATURA

Qué decir de Antonio Vega? Algunas verdades esenciales: su muerte nos habla de la fragilidad de una generación que tuvo que aprender, sin reglas establecidas y sin caminos trazados, a vivir en libertad. Que maduró sin darse cuenta, como si los juegos con que se estrenó la movida madrileña no fueran a terminar nunca. Que avanzó entre parques asediados por el paro de los ochenta y las jeringuillas tiradas en medio de la hierba como testimonios de la fragilidad de una juventud escéptica, confusa, deslumbrada por la libertad y, a la vez, atada a una adolescencia perpetua (¡tan hermosa cuando se evoca en la distancia de los años, tan frágil y pasajera cuando la muerte prematura la ilumina al fondo del túnel de la memoria más amada!). Antonio Vega había cumplido cincuenta y un años y era de una generación de jóvenes inconformes, sentimentalmente atados a las noches sin límite, de seres endebles y apasionados que jamás creyeron que algún día podían peinar canas, cumplir el medio siglo, alcanzar la edad que alguna vez tuvieron sus padres.

Antonio Vega, el genio de La chica de ayer o de El sitio de mi recreo, deja un vacío de piedra en la memoria de todos. Incluso en la de quienes, como yo, éramos algo mayores que él y que los músicos que lo acompañaban en Nacha Pop cuando las canciones citadas vieron la luz, y vivíamos alejados de aquella movida que el tiempo hace crecer y depura. Sus textos y músicas atizan la añoranza de un tiempo irrepetible. Nos hablan, al tiempo, de un submundo cruel, en el que la imaginación y el dolor parecían condenados a ir, por siempre, de la mano (¿cómo no recordar a Enrique Urquijo, a Antonio Flores, a tantos otros que transitaron ese camino dual y tormentoso?), en el que aquella felicidad posmoderna y ecléctica, que miraba de reojo hacia las grandes movilizaciones obreras de los ochenta, o hacia el golpe del 23-F, o hacia la reconversión industrial iniciada por Felipe González, parecía hecha con la materia de los sueños. De una materia, en todo caso, parecida a la que cimentó la geografía inolvidable de una bella novela de Scott Fizterald y cuyo título parecía pensada para Vega y sus coetáneos: Hermosos y malditos.

Termino con dos invitaciones: a escuhar, como homenaje a Vega, una de sus canciones (ya sé que no soy nada original: pichad aquí o aquí) y a recobrar una anotación en este blog de hace casi dos años. Su título (pinchad en él): "La chica de ayer".

lunes, 4 de mayo de 2009

Sobre el blog y sus efectos / Dos breves homenajes: Pablo Lizcano y Ana María Navales

Hoy, Al margen estrena telón de fondo en la cabecera. Un nuevo paisaje toma el relevo a la carretera solitaria que se perdía entre montañas y que lo ha presidido en las dos últimas semanas. La fotografía, al igual que la que puede el lector ver a la izquierda, fue tomada por quien firma esta nota en el otoño de 2005: es el valle del Lozoya contemplado/atrapado desde el Mirador de los Robledos, junto al monumento al guarda forestal, en un claro del bosque que se extiende entre Rascafría y Navacerrada. Habrá, en el futuro, otras fotografías de cabecera. Lo he decidido. Si el blog (ver notas posteriores) es dinamismo e interactividad, ¿por qué su encabezamiento, su ilustración de fondo, ha de mantenerse, sin cambios, por los meses de los meses?

Sobre el blog y sus efectos
A lo largo de la tarde del domingo le he dado vueltas al abanico de razones que lleva a una persona, sea o no escritor, sea o no periodista, a confesarse de vez en cuando mediante anotaciones (o "entradas", ese término tan genérico y que tan poco me gusta) en un blog. Y he llegado a una conclusión: junto a la necesidad de meditar en voz alta, de compartir experiencias, hay no pocas dosis de vanidad, de narcisismo. Es algo muy parecido, si no idéntico, al impulso que lleva al escritor, o al artista plástico, o al cantante, a proyectar en los demás sus fantasmas en busca de un reconocimiento. Pero hay algo más: búsqueda de amparo frente a la soledad. Hay necesidad de comunicación, una comunicación meditada (aunque sin la gravedad que requiere un libro) y necesitada del juicio ajeno, un juicio que el propio género demanda en un tiempo casi inmediato. El bloguero pone sus fantasmas en la plaza pública y espera el veredicto, el ánimo de los demás, la comprensión, la crítica, el "comentario". Y lo espera en un tiempo razonablamente corto. Es como el pescador que echa la caña y pacientemente aguarda que el pez pique el anzuelo para dar por concluida la faena del día y proceder a preparar la pesca del día siguiente. Blogs para la vanidad propia y para combatir el anonimato. Blogs para el consuelo y la compañía. Blogs para crear, para llorar, para protestar, para amar, para odiar, para avivar la memoria y proyectar ternura. Blogs para las tardes de lluvia de los sábados y para el portátil sin apenas cobertura y manejado en la montaña. Para aprender y para enseñar. Para encontrar amigos perdidos en la niebla de otros años (Juan Carlos Montoya, el fotógrafo espléndido del que perdí la pista hace varios años y al que, gracias a la blogosfera, volví a encontrar alumbrando una nueva existencia en la Granada de Lorca, es el ejemplo más reciente) y para descubrir complicidades impensadas. El blog es interactividad pura y dura. Dinamismo creativo. Espacio de encuentro y espacio de intercambio. Tierra de las emociones y del compañerismo, de la hermandad y del llanto. También de la risa y de la incredulidad.

Hasta aquí esta anotación que pretendía ser una reflexión sobre las papelerías (sí, no se extrañe el lector, sobre las papelerías, no sobre las librerías) y que se ha convertido, por arte de magia y por esos inexcrutables caprichos de la conciencia (mala) en una meditación sobre el blog. ¿Un nuevo género literario? Quizá. El tiempo, implacable juez, lo dictaminará.

Dos breves homenajes: Pablo Lizcano y Ana María Navales
Concluyo con dos recuerdos obligados (o dos pequeños homenajes): hoy he sabido que Pablo Lizcano, periodista y escritor, ha muerto ("las bombas comienzan a estallar cerca", pensé cuando he conocido la noticia en la conciencia de que pertenecemos a la misma generación). Lo conocí a principios de los noventa, en labores de periodismo y gestión cultural, y fui un devoto de su programa de televisión (creo que en La 2 de TVE): entrevistas de calidad, profundas conversaciones y una cercanía inteligente hacia esa zona en la que la cultura y la política saben relacionarse, mezclarse, dar lugar a un ser mestizo y enriquecedor. Descanse en paz Pablo Lizcano y vaya mi abrazo a Rosa (Montero), su compañera.

El otro recuerdo es hacia Ana María Navales, a quien no vi en mi última visita a Zaragoza. Allí charlamos, Esperanza y yo, de adolescentes e institutos, de fracasos escolares e inmigración, con Manolo Vilas, José Luis Calvo y María Ángeles Naval, los hermanos maños, amantes de la literatura y del buen vino, pero también de los amigos literarios de Aragón. Entonces lo supe: pregunté por Ana María y el propio Manolo me lo dijo. "¿No lo sabes? Murió hace unas semanas". Sentí una sensación extraña: sobre Ana María escribí, a principios de esta década, algunos artículos de crítica literaria en varias revistas, me ocupé, en Babelia, de algunos de sus poemarios y tuve la satisfacción de prologar sus cuentos completos (Cuentos de las dos orillas, 2001), editados magistralmente por la editorial canaria Prames. Pensé en Turia, la revista que codirigía con Raúl Carlos Maicas, en unas jornadas memorables en Albarracín con motivo de mi participación en el jurado de un premio de cuentos, jornadas en las que charlamos hasta el agotamiento con Mario Muchnik y Nicole y en las que pude comprobar que en Ana había, junto a su sabiduría literaria, junto a cierto descreimiento respecto a un mundo literario que no siempre había sido justo con ella, una generosidad sin límite y una vocación poética primigenia, poderosa. Descanse en paz.

sábado, 25 de abril de 2009

Un video de 7 años atrás / Mi particular homenaje al 25 de abril


El video: una entrevista sobre una novela.

Navegando en la red he encontrado el video de Terra. Fue a propósito de mi novela Los días de Eisenhower. Pinchando aquí podéis ver y escuchar la entrevista que, a finales de 2002, me hizo una periodista de Terra. ¡Cómo pasa el tiempo!

Algunos críticos emparentaron aquella novela con la narrativa de Marsé. Algo de razón había en ello, aunque existían otros vínculos literarios y otros referentes. Estos días en que hemos vuelto a la narrativa de Juan, recobro la memoria de aquella novela de 2002 para rendirle un homenaje complementario.

Mi particular homenaje al 25 de abril

Es el rescoldo, todavía vivo, de una vieja chaqueta de pana. La chaqueta de pana de aquel año universitario en el que aún vivía Franco y escuhábamos a Bob Dylan y a Joan Baez, nos dejábamos cautivar por las voces semironcas de Melanie o de Janis Joplin y nos enamorábamos con las canciones de Serrat y veíamos, como devotos escondidos en las catacumbas donde se adoraba al cine, en cine clubs semilegales, las películas de Bardem o de Berlanga y las obras maestras de neorrealismo italiano, o estudiábamos, con lápiz rojo para subrayar, los ensayos de Marcuse o de los filósofos, que tenían algo de mágico, de la Escuela de Frankfurt. Yo, entonces muy joven, estudiaba de noche en la recién inaugurada Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense. De día, trabajaba en el Banco Popular (desterrado, por razones políticas, en un viejo archivo ubicado en una calle Toledo próxima al Manzanares que todavía guardaba la fisonomía urbana del mejor Baroja)...
Y una mañana de abril llegó la noticia: la primavera inundó España aunque todavía no llegaría la libertad. De Lisboa llegaban hermosas novedades. Y claveles. Y carteles. Yo llevaba una chaqueta de pana de color miel: con ella me tumbé más de una vez en la hierba de los jardines de la Universitaria, en sus bolsillos quedaron hebras de tabaco de pipa, y en su solapa, en un ojal difícil, casi cerrado, coloqué un clavel muy rojo, muy frutal, muy nuestro: porque también ella y yo nos amábamos, éramos un mundo indivisible y lleno de futuro. De esa chaqueta de pana de color miel nacería, más de 15 años después, el poema "Chaqueta de pana" que formó parte de mi libro El muro transparente (Madrid, 1992). Es mi particular homenaje a un 25 de abril que no puede excluirse de la memoria colectiva. Para los que nacimos en la década de los 50 y ya somos cincuentones, para los que nacieron en los años 60 y son acuarentados (hermoso vocablo de MVM), para los que, nacidos en los 70 son treintañeros y para los que asomaron a la vida en los 80: para todos. Aquí os dejo las dos estrofas finales del poema --el poema completo está a vuestra disposición en la antología Monólogo del entreacto (Hiperion, 2007)--, esta suma de pequeñas cuadrículas de una memoria irrepetible. Es vuestra también:

Todo un tiempo resume: aquel que crece
en el portón que derribamos
sólo un poco. El que tuvo un clavel
en la solapa. El que compuso
un horizonte de imperfecto vuelo.

Oh símbolo del viento derrotado.
Oh chaqueta de pana sorprendida
entre ropa en desuso y viejos discos.

viernes, 24 de abril de 2009

Juan Marsé en Alcalá de Henares

Juan Marsé es un escritor clavado en mi educación sentimental, en mi memoria íntima, en la memoria colectiva, en mi formación literaria, en mi proceso de aprendizaje (técnico) como escritor. A Juan lo conocía de lejos y a través de su obra. Y lo conocía tanto como el mundo de Últimas tardes con Teresa, o el del barrio de Guinardó o el de la Barcelona excluida del Carmelo y de la posguerra. Todas sus novelas, pero sobre todo la que acabo de citar, Ronda de Guinardó y Si te dicen que caí, han ocupado un espacio privilegiado en mi personal catálogo de devociones. Y estos días he sido un afortunado. Mi responsabilidad cultural e institucional me ha permitido pasar algunas horas a su lado, convivir con él y con sus familiares más próximos, hablar de la vida y de la literatura, de amigos comunes (le duele todavía, cinco años después, el hueco de Manolo Vázquez Montalbán, su complemento narrativo de la Barcelona subalterna y amigo del alma. "Fue quien me hizo la primera entrevista para un periódico", me dijo), de sus recuerdos, cada vez más impregnados por la melancolía de quien comienza a sentirse mayor y achachoso (mejor sería decir, parafraseando a Gil de Biedma, "menos joven").

Es curioso: al estar con él tuve la sensación de que lo conocía de siempre, de que estaba ante un ser familiar, al que podía encontrarme cada mañana en el bar donde suelo tomar café. Y tuve, también, esa gozosa complicidad que los que hemos nacido, crecido y madurado en la periferia del sistema (yo pasé mi infancia en el barrio de la Alegría, una réplica madrileña del Carmelo, y mi adolescencia se forjó en otro parecido, la UVA de Hortaleza, escenarios que forman parte inseparable de mi poesía y de mi narrativa) experimentamos cuando nos encontramos ante alguien que siempre ha sido como nosotros y que ha llegado al máximo reconocimiento público en literatura sin renegar de los orígenes. Es más: poniendolos en valor, reivindicándolos, elevándolos a la categoría de mitos. Me sentía ante el amigo, ante el confidente, ante ese ser vulnerable que está deseando que pasen los fastos oficiales para volver a su taller literario, al rincón de sus ficciones, a la novela que el Cervantes (paradojas de la vida), según nos confesó, ha interrumpido. Y por eso me he atrevido a ilustrar estas reflexiones con una fotografía (a su autora, Sonia Pérez Marco, le estoy infinitamente agradecido) que testimonia ese encuentro. Reconozco mi pecado y pido perdón, pero es una forma de mostrar mi alegría.
De Juan escribí en este blog (Un Juan y un John) cuando fue premiado. Y resalté su singularidad estética y su visión distante, discordante, con el experimentalismo, con la literatura lejana a las emociones, a la memoria, a la realidad. Esa singularidad ha formado parte, seis meses después de aquellas reflexiones, de su discurso de recepción del premio. Un discurso entrañable, cercano, con su punto de irónía, pero en el que ha cantado, ante todo, al contador de historias que mira críticamente el presente a la luz del pasado, de la memoria propia y de la memoria de todos, que ha evocado al aprendiz de relojero que escribía cuentos en los ratos libres y que soñaba con ser escritor, que ha hecho de los humildes protagonistas de una historia nutrida de amores clandestinos, de huidas, de sueños imposibles, de heridas de guerra y de posguerra, de adolescencias e inmigraciones, de cines de barrio y de mitos aprendidos en las viejas pantallas de las tardes invierno. Sí: he estado con Juan. Y he de confesar que cuando lo he visto subir las escaleras del "púlpito" del Paraninfo de la Universidad de Alcalá para leer su hermoso discurso y por el rabillo del ojo he podido observar la mirada arrobada de sus nietos, no he podido contener un nudo en la garganta, esa dificultad para tragar saliva que suele resolver la lágrima callada y la emoción.

"Los planteamientos peliagudos, la teoría asomando su hocico impertinente en medio de la fabulación, la llamada metaliteratura, en fin, son vías abiertas a un tipo de especulación que me deja frío y me inhibe: bastante trabajo me da mantener en pie a los personajes, hacerlos creíbles, cercanos y veraces". Así nos lo ha dicho. Ése es, quizá, el misterio de su literatura. Un misterio que, aunque parezca de lo más simple, se convierte (bien lo sabemos los que escribimos),en uno de las retos más complejos y difíciles cuando uno se enfrenta ante el papel en blanco.

sábado, 18 de abril de 2009

Dos dedicatorias de un poeta amigo

Juan Carlos Mestre, el amigo y el hermano. Creo que nos conocemos desde principios de los noventa, gracias a los buenos oficios de Diego Jesús Jiménez, que nos hizo coincidir en alguna de las sesiones de la Semana Poética de Cuenca. Juan Carlos Mestre es poeta enorme a cuyos versos, con una maestría y una sensibilidad de alto voltaje (como él suele decir), ha puesto música otro buen amigo, Amancio Prada. Hace un par de años recibí la nueva edición de su libro Antífona de otoño en el valle del Bierzo, edición de Calambur hermosa donde las haya en la que se incluye un CD-Rom con parte de los poemas musicados por Amancio. Lo había leído mucho tiempo atrás, cuando lo publicó Adonais (obtuvo el premio del mismo nombre en 1985) y guardaba un recuerdo muy vivo de alguno de sus poemas. Sin embargo, cuando volví a ellos en la magnífica edición de Calambur, los viví con mayor emoción que en la primera lectura. Y cuando escuché el CD, juro que experimenté la sensación propia de quien sabe que está ante una obra que nos habla del origen, de las fuerzas telúricas que dan sentido a la vida y en las que beben las emociones, de todas las infancias, de una naturaleza sabia viviendo los olores, los sabores, los colores, la luz del otoño en un lugar que tardaría años en conocer: el valle del Bierzo, ese híbrido de paisajes gallegos, leoneses y asturianos. Recuerdo, de manera muy especial, los versos que siguen:
Quien no haya visto el mar que se levante,
yo os lo voy a contar. Cerrad los ojos.
Imaginad que el agua, como un caballo blanco,
se hubiera subido al campanario.
Las hojas de los árboles son peces,
la nieve, espuma de cristal sobre las olas.


Con su poesía, con el compromiso moral, cívico, ético, compartido, y con la compañía de algunos mitos comunes (y vivos), hemos pasado momentos irrepetibles junto a Antonio Gamoneda, alguna cena con Pepe Hierro y Carlos Sahagún, con Diego Jesús y Társila, un cumpleaños (de hace tanto tiempo que casi me avergüenza recordar la fecha) en mi casa de Madrid, con Aleja y Esperanza, con Félix Grande y Paca Aguirre, un debate, en el patio de la casa de Diego Jesús en Priego, alllá por el mes de julio de 2001, en el que no llegamos a las manos de milagro (comenzamos discutiendo sobre realidad e imaginación en mi novela La mujer muerta y terminamos enfrentados a propósito de Euskadi), un almuerzo, en el hostal de Priego, algunos veranos después, rodeados de amigos y de poetas de los que tanto habíamos aprendido en nuestra adolescencia: Paco Brines, Manolo Vázquez Montalbán (recién llegado de un larguísimo viaje en coche por sierras y quebradas, desde Barcelona, ávido de morteruelo), Pablo García Baena (¿o ese fue otro año?), otra vez Gamoneda, Martínez Sarrión, Antonio Carvajal...
En esa "amistad a lo largo", que diría Gil de Biedma (santo alejado de sus devociones), nunca han faltado sus libros dedicados. Llegan, como pájaros de amistad, a casa, los abro con la seguridad de encontrarme con sus poemas y, casi siempre, me tengo que detener durante un buen rato ante las páginas de guarda, que Juan Carlos convierte, como artista plástico que es además de poeta, en cuadros-dedicatorias. Son pequeñas obras gráficas que nunca serán expuestas. Por eso, porque lo creo de justicia y porque somos amigos, hoy quiero compartirlas con los lectores de "Al margen". La primera dedicatoria procede del libro-antología titulado Las estrellas para quien las trabaja. Dice así: "Para Esperanza y Manolo Rico, con el fervor de siempre". Pero el texto aislado queda huérfano. Arriba, al pie del fragmento de poema que he evocado, podéis contemplarla.

La segunda, abre su último e inquietante libro (del que tuve el placer de hablar y leer poemas en Radio Nacional en una madrugada del pasado verano) titulado La casa roja. Su texto es parecido al anterior. Pero sin la imagen sería parte de una emoción incompleta. Ahí queda:

Sé que en el portal de Juan Carlos hay mucha más obra plástica. Y de más calidad, seguramente. Pero estas dos dedicatorias que, gracias a la magia de las nuevas tecnologías, he podido escanear para trasladarlas a este blog y para, una vez impresas a todo color, enmarcarlas para que ocupen un lugar en mi refugio del valle (no de Bierzo, sino del Lozoya: también tendrá su canto otoñal aunque no sea tuyo, te lo prometo, Juan Carlos). Estas dedicatorias llevan parcelas de la vida de ambos (mejor dicho, de los tres, también de Esperanza): son una zona de intersección entre dos experiencias vitales y artísticas. Gracias, Juan Carlos. Espero no herirte con poner en la blogosfera tan hermosas muestras del arte de dedicar.

Hubiera deseado insertar un enlace con el poema Antífona musicado por Amancio Prada para que quienes no lo conozcan lo vivan y lo gocen. Sin embargo, no doy con la fórmula, no sé cómo hacerlo. ¡Si alguien de entre quienes leen estas líneas lo sabe, que me aconseje o instruya con su comentario!. Se lo agradeceré infinitamente.

martes, 14 de abril de 2009

LA INQUINA DE BENET HACIA "TIEMPO DE SILENCIO"

Leo la biografía de Luis Martín-Santos, escrita por José Lázaro. En ella, construida de una manera novedosa, utilizando el discurso de una sucesión de personajes que conocieron o tuvieron algún tipo de relación con el autor de Tiempo de silencio, descubro uno de los misterios que han acompañado, desde hace muchos años, mi admiración por él. Me refiero a la razón de fondo por la que Juan Benet, amigo y compañero de generación (algo más joven) de Luis, nunca reconoció valor alguno a la novela que marcó un antes y un después en la narrativa española del siglo XX. Lázaro destaca las diversas descalificaciones con que Benet premió a Tiempo de silencio. Pero, sobre todo, destaca una respuesta que éste dio a Eduardo G. Rico en una entrevista aparecida en 1970 a propósito de la novela: "Una novela con fondo de verbena y vida de pensión, y una puñalada: es costumbrismo puro, a lo Mesonero Romanos. Además, tiene el humor confundido. La ironía, que alcanza en alguna ocasión cotas muy altas, no se mantiene a lo largo del libro". Aunque en el libro de Lázaro se resalta la opinión de Blanca Andréu respecto al disgusto de Benet por reconocerse, de manera paródica, en el personaje de Matías de la novela, creo que el problema esencial es que Benet nunca soportó que Luis Martín Santos lograra una espléndida síntesis entre un argumento propio de una novela del realismo social y una formalización en la que estaban presentes las enseñanzas de Joyce y de Faulkner. Cierto que Benet fue un gran escritor. Eso es una realidad indiscutible. Pero ninguna de sus novelas tuvo, en la literatura española de la segunda mitad del siglo XX el efecto que tuvo Tiempo de silencio.

Pero el juicio de Juan Benet sobre la novela de Martín-Santos tuvo un correlato posterior en lo que en no pocos medios se ha calificado como colectivo de discícuplos (Molina Foix, Marías, Gándara, entre otros.... ): una permanente tendencia a calificar de costumbrismo aquella narrativa en la que una realidad reconocible, contemplada de manera crítica, tuviera un protagonismo esencial. Aunque el lenguaje y la apuesta estructural no tuvieran nada que ver con el costumbrismo. Juan Benet (que, curiosamente, nunca tachó de costumbrista a su amigo y colega Juan García Hortelano, bastante menos "vanguardista" que Martín-Santos) dejó estigmatizada la gran novela española de los años 60 con un calificativo que heredarían sus "sucesores". No sólo dejó la estela de una escritura difícil, faulkneriana, de un alto nivel de autoexigencia, sino un juicio sobre Tiempo de silencio absolutamente injusto y poco fundado.

En el fondo estaba un sentimiento de estupor ante el talento de un psiquiatra políticamente comprometido que, además de adelantársele con la edición de su primera novela, fue capaz de metabolizar Ulises para encarnar en jornada y media un fragmento de la vida de Madrid en una prosa absolutamente innovadora y rupturista. Como hiciera Joyce, salvando las distancias pero no del todo, con Dublín. Creo que esa es la razón esencial de la frialdad, casi la inquina, de Benet y sus discípulos de entonces hacia la novela de Martín-Santos.

miércoles, 1 de abril de 2009

SHAKESPEARE, NATASHA THRETEWEY Y OTRAS HISTORIAS

Shakespeare, una nueva juventud
Los sonetos de Shakespeare son una materia viva. Como toda la buena poesía. Viven por encima del paso de los años, de los siglos, y cobran nueva luz con la lectura de cada generación. Bartleby, con la apuesta por una nueva edición/versión de los sonetos del genio inglés ha abierto una puerta para una lectura acorde con la sensibilidad (y la sentimentalidad) del siglo XXI, de la generación de Internet y del ciudadano que accede a la madurez lectora cuando desde los foros más diversos (y discutibles, por supuesto) se habla de la muerte del libro, de la muerte del soneto, de la muerte de una concepción de la poesía hija de la galaxia Gütenberg por falta de adaptación a la galaxia de lo virtual/globalizado/interactividado y fragmentado. Pues bien, Christian Law Palacín, joven poeta del siglo XXI, se ha atrevido a indagar, a arañar en la vida de los sonetos de Shakespeare. Ha entrado en ellos como quien entra en una habitación cerrada desde hace mucho tiempo y decide abrir las ventanas para que entre en ella el aire y la luz del sol. Su traducción es una forma de dar a la palabra nueva luz, de hacer de cada viejo soneto un soneto nuevo, de inyectar en cada verso, en cada silencio, en cada estrofa, un aire vivificador, fresco, el aire que respiramos en el nuevo siglo. Sonetos que se saborean, que casi se mastican, que nos hablan de la carnalidad original que casi todas las traducciones anteriores habían encubierto, o sometido a lo litearia(política)mente correcto. Law Palacín ha encontrado la vida que otros traductores sólo encontraban parcialmente. Y se leen distinto, como si hubieran sido escritos hoy por un Shakespeare joven nacido al siglo XXI. El amor, la muerte, el erotismo directo o inducido, la ironía, el poder, la hipocresía.... Todo cobra la luz de lo que nunca muere, se hace novedad radical, parte de nuestra existencia de hoy, respiración. Y cuando digo respiración, digo música, ritmo, endecasílabos escritos con una destreza que asombra, magia. Es decir: nos viene a mostrar que ni el libro, ni la poesía, ni un recipiente tan tradicional como el soneto están en peligro de muerte. Si acaso, están en "peligro" de eternidad. Laica, por supuesto.

Nunca olvidaré, como escritor y crítico, también como editor, y, ante todo, como poeta, la mañana (¿fue una mañana?) de un día de otoño (¿fue en otoño?) en la que en una librería conocida de Madrid, Susana, librera que en más de una ocasión me había hecho saber su admiración por la línea editorial de Bartleby Poesía y por la labor que estaba desarrollando, me habló de Christian Law y de su trabajo con los Sonetos de Shakespeare. Le dije que hablara con él, que me enviara su traducción.... y de aquel envío vino mi redescubrimiento de los sonetos. Su nueva y actualizada vida. Su maravilla. Gracias, Christian; gracias, Susana (seguro que Pepo Paz comparte este gesto de gratitud).

Natasha Trethewey, una lección para nuestros líricos alérgicos al poema crítico

Los inmaculados de toda laya. Los alérgicos al poema que bebe en la civilidad, en la memoria colectiva, en la Historia y en la historia. Los amantes del hermetismo. Los que identifican modernidad con ligereza. Los que -parafraseo y adapto unos versos memorables de Pepe Hierro- huelen la flor de la bella palabra / acaso no comprendan las de Natasha, sin aroma. Sí, todos los nombrados o sugeridos encontrarán el reverso de sus teorías, filias y fobias en Guardia nativa (traducido y prololgado magistralmente por Luis Ingelmo), un poemario que es, en el fondo, un libro poema en el que Natasha, hija de una mujer de raza negra (una rubia, en fin, de piel blanca y genes negros), recupera la memoria de los soldados negros que lucharon por su libertad en las filas de la Unión durante la guerra de Secesión en Estados Unidos. Sí: recupera la memoria colectiva, pero lo hace a través de su propia memoria íntima, de su experiencia personal. Recupera la dignidad de los negros enterrados o desaparecidos sin dignidad más de un siglo antes. Araña en la culpa colectiva de una sociedad desmemoriada, olvidadiza. Recupera su infancia y sus sueños, su amor por una madre maltratada hasta el asesinato, nos sitúa ante un mundo turbio y hermoso a la vez.

¿Quién, en la poesía de hoy, se atreve a arañar en la memoria de los trabajadores que se dejaron la vida en una huelga por la libertad bajo el franquismo, o durante la República, o en los años primeros de nuestra posguerra? ¿O en la memoria de nuestros padres, de nuestros abuelos? No diré que nadie. Diré que sólo unos pocos. Y aún así, con el riesgo de ser calificados de poetas "políticos" o poetas panfletarios (aunque su poesía tenga un lenguaje radicalmente innovador, emocionado, "lírico"). Guardia nativa obtuvo el premio Pulitzer de Poesía de 2007. Es un libro con una poderosa carga crítica pero con una incontestable calidad en el lenguaje poético (con sonetos incluso, por cierto) puesto en juego. Es un libro directo y complejo a la vez. Realista e imaginativo al tiempo. Emocionado, emocionante y perturbador. Poesía contemporánea. Poesía de siempre. Una auténtica lección contra los complejos que, como una sombra que nos viene de décadas atrás, acechan a los poetas que bebemos en nuestra experiencia íntima, una experiencia no ajena a la colectiva, a la historia (nuestra) y a la Historia (de todos).

jueves, 12 de marzo de 2009

MI POEMA DE UN DÍA DE MARZO DE 2004

Cinco años después, no he podido evitar acudir a uno de los actos en homenaje a las víctimas, a los ausentes, a los heridos para siempre, a las familias. He ido al Pozo del Tío Raimundo, a la estación de cercanías en que se vivió una parte de la mayor tragedia que, en las últimas décadas, ha golpeado la ciudad de Madrid. Me he detenido, durante algunos minutos, ante las velas encendidas, ante los retratos y las fotografías de los asesinados, ante los mensajes de familiares y amigos, llenos de rabia y de desolación. He guardado silencio y, otra vez, he llorado.

Aquella mañana, yo estaba muy cerca de allí, trabajaba muy cerca de allí. Y viví casi en el centro del dolor colectivo el paso de los minutos, la noticia cambiante del número de asesinados, el silencio helado y perplejo de todos. De aquella mañana y del corazón surgió un poema y surgió un proyecto que cuajaría semanas después en la coleción de poesía de Bartleby: 11-M. Poemas contra el olvido.

Contra el olvido y en la cercanía con el dolor de los que murieron y de quienes viven hoy su ausencia, recupero aquel poema. Nada más.

MADRID, 11 DE MARZO

Marzo desnivelado por las cifras
del desaliento. Marzo de muerte,
triste marzo de trenes y extrarradios marchitos,
marzo de sueños rotos y niños deshabitados,
de pronombres sin nombre, de apellidos
quebrados y relojes sin hora, marzo de los teléfonos
enmudecidos.

Mi ciudad asolada. Mis tierras y mis trenes,
asolados, mis ojos y mis manos
y mis brazos,
asolados. Muerte sembrada bajo la luz
de un Madrid lateral
hecho de andenes periféricos, de seres menesterosos,
de mujeres crecidas en la sombra diaria
del tiempo inabarcable del trabajo,
de hombres cultivados
en el silencio anónimo de las factorías,
de humildes bachilleres y de párvulos,
de viejos azorados por noticias de muerte,
de bares conmovidos por la niebla y la sangre,
de juguetes sin niño,
de huérfanos sin ira,
de vacías acequias,
de fogatas sin lumbre.

Madrid de hospitales, de lutos y de marzo.
Capital de la niebla y del dolor. Ciudad de los estanques
del silencio.
Madrid desbaratado y mío. Madrid nuestro.
Como los muertos, nuestro.
Dueño de un mes de marzo
descolorido y turbio, pero nuestro.
Entre muertos y lágrimas,
es más nuestra y cercana la ciudad. También más triste.



viernes, 6 de marzo de 2009

"LOS BALDRICH", LA NOVELA / LO QUE CHIRRÍA EN EL ESPECIAL DE "ÍNSULA" COLLIOURE 59

¿Quien dijo que la novela con historia ha muerto? Noticia de Los Baldrich

No hace mucho participé, en las páginas de Babelia, en una polémica con Vicente Verdú a propósito de su defensa de un concepto de novela reñido con la tradición. Enlazando con lo que se ha venido en llamar "generación nocilla" y con una obra de Agustín Fernández Mallo como Nocilla dream, Verdú cuestionaba la narratividad, el texto con historia, defendía la novela fragmentaria, sin argumento, basándose en el nuevo universo que ha abierto Internet, en el creciente papel de las tecnologías de la información y de la comunicación en el campo de la creación. El blog, los foros sociales, la interactividad, la fragmentariedad, la interrelación con la imagen, etcétera, condicionaban, a su juicio, de tal modo el acto de narrar que la novela, tal y como la hemos entendido perdía virtualidad. Olvidaba Verdú que ya en el período de entreguerras, en las primeras décadas del siglo XX, el experimentalismo había quebrado de mil modos la novela decimonónica, que la beat generation ensayó propuestas que iban de la fragmentariedad hasta la estética del caos, del underground hasta la novela sin historia, que el nouveau roman, con el objetivismo extremo y la prosa puramente descriptiva, se propuso acabar con el roman heredado del existencialismo (Camus y Sartre sobre todo); que en los años 70, en Estados Unidos, autores como John Barth o Thomas Pynchon -el adalid de la tecnoficción- se habían entregado a un modo de narrar que combinaba fragmentariedad y automatismo, irracionalidad y experimentación a raudales. Es decir: Verdú mostraba un camino no nuevo sino antiguo, muy antiguo.

Cuando la primera década del siglo parecía dar carta de naturaleza a la novela sin historia, llega un narrador nacido en 1976, Use Lahoz y, con Los Baldrich (Alfaguara), deja en el centro de la mesa de novedades de las librerías una novela sustentada en la tradición, en el concepto clásico de novela. La vida de una familia a lo largo de algo más de cincuenta años. La España (la Barcelona, el Madrid) que evolucionó, sufrió, gozó a lo largo de uno de los períodos más intensos y dramáticos de su historia, descrita/narrada/recreada a través de un texto escrito con una prosa de calidad, con esa difícil destreza consistente en escribir con solidez literaria y, a la vez, atrapar al lector hasta arrastrarlo sin piedad ni descanso a lo largo de una historia. Difícil objetivo que suele ser despreciado por ciertos sectores de la crítica y por algunos novelistas que, con ello, no hacen sino encubrir su incapacidad para construir argumentos solventes, historias que atrapen, artefactos narrativos en los que el lenguaje y la historia se interrelacionen dialécticamente hasta dar lugar a una novela. Los Baldrich nos devuelve el gozo de la lectura. De un modo parecido a como lo hacen novelas tan contemporáneas como la de Lahoz y que nos llegan de otros países: Chesil Beach, de Ian McEwan, El informe Brodeck, de Philippe Claudel, Suite francesa, de Irene Nemirovsky. Cito sólo tres ejemplos de una larga nómina de títulos.

¿Qué quiero decir con ello? Pues algo muy sencillo: un escritor de 32 años, familiarizado con el universo virtual de Internet, crecido y formado en una realidad dominada por las nuevas tecnologías... nos entrega una novela clásica que nos hace gozar, contemplarnos en el espejo de nuestra vida, recobrar la memoria íntima y reconstruir la memoria colectiva. ¿Quién dijo que la novela con historia ha muerto? Ahí dejo la pregunta: flotando en el viento, que diría Bob Dylan.

Collioure 1959, Ínsula, portada y contraportada

Llega a mis manos el monográfico de Ínsula que, bajo la coordinación de Araceli Iravedra, conmemora el 50 aniversario de la visita colectiva que un buen número de escritores, poetas la mayoría, realizó a la tumba de Antonio Machado, en Collioure, en 1959. En tiempos de dictadura, cuando las esperanzas que despertó el final de la Segunda Guerra Mundial se habían arrumbado, cuando Eisenhower, el presidente norteamericano, dio carta de naturaleza y reconocimiento al régimen dictatorial de Franco, poetas como Ángel González, Caballero Bonald, Jaime Gil de Biedma, Blas de Otero o Carlos Barral, entre otros, visitaron, en un acto de resistencia civil al franquismo y de homenaje a Antonio Machado, a su obra y a la República demolida, la tumba solitaria, austera como el equipaje de don Antonio, de Collioure. El número de Ínsula es una magnífica forma de evocar tan importante acontecimiento para la historia de nuestra literatura y de nuestra sociedad, para la poesía del siglo XX. Trabajos de Carme Riera, Gonzalo Sobejano, Prieto de Paula, Miguel Ángel García, Caballeo Bonald o María Payeras Grau, entre otros, componen una revista para guardar y releer.

Sin embargo, hay algo que chirría en el número: dos fotografías y la reproducción de la portada de un libro. Una de las fotografías, situada en la contraportada, ilustra el artículo de Luis García Montero titulado "En la tumba de Antonio Machado", un artículo en el que el poeta granadino contextualiza aquella visita colectiva de 1959 y recrea algunos momentos vividos por otros poetas, sobre todo por Ángel González, ante la tumba del sevillano. ¿Por qué chirría la fotografía? Por su carácter privado y familiar, de foto de familia... propia. Es, con todos los respetos, un anacronismo extraño, innecesario, sobrante, que revela cierto espíritu sectario, de apropiación de un poeta de todos. El lector que no haya leído ese número de Ínsula se preguntará a qué me refiero. Describo: el número cuenta con 17 ilustraciones. En la portada, la foto histórica, que forma parte del imaginario colectivo y tantas veces publicada, en la que aparecen, sentados en un lugar de Collioure, Jaime Gil de Biedma, Blas de Otero, Ángel González, Alfonso Costafreda, José Ángel Valente, José Manuel Caballero Bonald y Carlos Barral. En las páginas 2 y 3, la fotografía de una calle de Collioure llena de refugiados en 1939 y la de la despojada comitiva del entierro de Antonio Machado. En la página 5, un retrato a plumilla del poeta realizado por su hermano José, un dibujo de Santos Torroella del hotel donde se alojó Machado en sus últimos días y la portada de un número de Acento Cultural de 1959. En la página 9, otra foto histórica: Gil de Biedma, Goytisolo, Barral y Castellet en 1960. El resto, hasta hacer el número 15, son portadas de libros que aparecieron en la colección Collioure y una fotografía de Caballero Bonald. Las dos fotografías que completan la "colección" de ilustraciones son el anacronismo, lo innecesario, lo sobrante: la primera, con Gil de Biedma, García Montero y Álvaro Salvador; la segunda, cerrando en contraportada la revista y "decorando" el artículo de García Montero, es una foto de grupo junto a la tumba. El pie dice así: "En Collioure, 2007. Izquierda a derecha: Ángel González, Chus Visor, Luis García Montero, Joaquín Sabina, Monique Alonso, Almudena Grandes y Elisa García Grandes". Sólo esas dos ilustraciones rompen la pauta de la fotografía histórica. Ni uno sólo de los autores de los artículos y trabajos (ni Carme Riera, ni Castellet, ni Iravedra, ni Bagué Quílez, ni Prieto de Paula....) reproduce fotografía propia, en soledad o en compáñía, junto a la tumba de Collioure; todos asumen la norma no escrita de ceñirse a ilustraciones de carácter histórico. Las excepciones son Álvaro Salvador y García Montero. Ellos sí aparecen. No es delito, por supuesto. En una cuestión de estilo, de elegancia y de respeto. Nada más.

Por cierto, se me olvidaba: una de las portadas de libro que forman parte de ese catálogo de ilustraciones no está vinculada ni a la colección Collioure ni a los poetas que, en 1959, visitaron la tumba. ¿De qué libro se trata? De La otra sentimentalidad. ¿Sus autores? Los dos citados arriba y el malogrado Javier Egea. ¿Era necesario? ¿Acaso el título del monográfico no es Collioure 1959? ¿Qué pinta en él la portada de un libro de 1983?

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...