jueves, 12 de marzo de 2009
MI POEMA DE UN DÍA DE MARZO DE 2004
Aquella mañana, yo estaba muy cerca de allí, trabajaba muy cerca de allí. Y viví casi en el centro del dolor colectivo el paso de los minutos, la noticia cambiante del número de asesinados, el silencio helado y perplejo de todos. De aquella mañana y del corazón surgió un poema y surgió un proyecto que cuajaría semanas después en la coleción de poesía de Bartleby: 11-M. Poemas contra el olvido.
Contra el olvido y en la cercanía con el dolor de los que murieron y de quienes viven hoy su ausencia, recupero aquel poema. Nada más.
MADRID, 11 DE MARZO
Marzo desnivelado por las cifras
del desaliento. Marzo de muerte,
triste marzo de trenes y extrarradios marchitos,
marzo de sueños rotos y niños deshabitados,
de pronombres sin nombre, de apellidos
quebrados y relojes sin hora, marzo de los teléfonos
enmudecidos.
Mi ciudad asolada. Mis tierras y mis trenes,
asolados, mis ojos y mis manos
y mis brazos,
asolados. Muerte sembrada bajo la luz
de un Madrid lateral
hecho de andenes periféricos, de seres menesterosos,
de mujeres crecidas en la sombra diaria
del tiempo inabarcable del trabajo,
de hombres cultivados
en el silencio anónimo de las factorías,
de humildes bachilleres y de párvulos,
de viejos azorados por noticias de muerte,
de bares conmovidos por la niebla y la sangre,
de juguetes sin niño,
de huérfanos sin ira,
de vacías acequias,
de fogatas sin lumbre.
Madrid de hospitales, de lutos y de marzo.
Capital de la niebla y del dolor. Ciudad de los estanques
del silencio.
Madrid desbaratado y mío. Madrid nuestro.
Como los muertos, nuestro.
Dueño de un mes de marzo
descolorido y turbio, pero nuestro.
Entre muertos y lágrimas,
es más nuestra y cercana la ciudad. También más triste.
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
viernes, 6 de marzo de 2009
"LOS BALDRICH", LA NOVELA / LO QUE CHIRRÍA EN EL ESPECIAL DE "ÍNSULA" COLLIOURE 59
¿Quien dijo que la novela con historia ha muerto? Noticia de Los Baldrich
No hace mucho participé, en las páginas de Babelia, en una polémica con Vicente Verdú a propósito de su defensa de un concepto de novela reñido con la tradición. Enlazando con lo que se ha venido en llamar "generación nocilla" y con una obra de Agustín Fernández Mallo como Nocilla dream, Verdú cuestionaba la narratividad, el texto con historia, defendía la novela fragmentaria, sin argumento, basándose en el nuevo universo que ha abierto Internet, en el creciente papel de las tecnologías de la información y de la comunicación en el campo de la creación. El blog, los foros sociales, la interactividad, la fragmentariedad, la interrelación con la imagen, etcétera, condicionaban, a su juicio, de tal modo el acto de narrar que la novela, tal y como la hemos entendido perdía virtualidad. Olvidaba Verdú que ya en el período de entreguerras, en las primeras décadas del siglo XX, el experimentalismo había quebrado de mil modos la novela decimonónica, que la beat generation ensayó propuestas que iban de la fragmentariedad hasta la estética del caos, del underground hasta la novela sin historia, que el nouveau roman, con el objetivismo extremo y la prosa puramente descriptiva, se propuso acabar con el roman heredado del existencialismo (Camus y Sartre sobre todo); que en los años 70, en Estados Unidos, autores como John Barth o Thomas Pynchon -el adalid de la tecnoficción- se habían entregado a un modo de narrar que combinaba fragmentariedad y automatismo, irracionalidad y experimentación a raudales. Es decir: Verdú mostraba un camino no nuevo sino antiguo, muy antiguo.
Cuando la primera década del siglo parecía dar carta de naturaleza a la novela sin historia, llega un narrador nacido en 1976, Use Lahoz y, con Los Baldrich (Alfaguara), deja en el centro de la mesa de novedades de las librerías una novela sustentada en la tradición, en el concepto clásico de novela. La vida de una familia a lo largo de algo más de cincuenta años. La España (la Barcelona, el Madrid) que evolucionó, sufrió, gozó a lo largo de uno de los períodos más intensos y dramáticos de su historia, descrita/narrada/recreada a través de un texto escrito con una prosa de calidad, con esa difícil destreza consistente en escribir con solidez literaria y, a la vez, atrapar al lector hasta arrastrarlo sin piedad ni descanso a lo largo de una historia. Difícil objetivo que suele ser despreciado por ciertos sectores de la crítica y por algunos novelistas que, con ello, no hacen sino encubrir su incapacidad para construir argumentos solventes, historias que atrapen, artefactos narrativos en los que el lenguaje y la historia se interrelacionen dialécticamente hasta dar lugar a una novela. Los Baldrich nos devuelve el gozo de la lectura. De un modo parecido a como lo hacen novelas tan contemporáneas como la de Lahoz y que nos llegan de otros países: Chesil Beach, de Ian McEwan, El informe Brodeck, de Philippe Claudel, Suite francesa, de Irene Nemirovsky. Cito sólo tres ejemplos de una larga nómina de títulos.
¿Qué quiero decir con ello? Pues algo muy sencillo: un escritor de 32 años, familiarizado con el universo virtual de Internet, crecido y formado en una realidad dominada por las nuevas tecnologías... nos entrega una novela clásica que nos hace gozar, contemplarnos en el espejo de nuestra vida, recobrar la memoria íntima y reconstruir la memoria colectiva. ¿Quién dijo que la novela con historia ha muerto? Ahí dejo la pregunta: flotando en el viento, que diría Bob Dylan.
Collioure 1959, Ínsula, portada y contraportada
Llega a mis manos el monográfico de Ínsula que, bajo la coordinación de Araceli Iravedra, conmemora el 50 aniversario de la visita colectiva que un buen número de escritores, poetas la mayoría, realizó a la tumba de Antonio Machado, en Collioure, en 1959. En tiempos de dictadura, cuando las esperanzas que despertó el final de la Segunda Guerra Mundial se habían arrumbado, cuando Eisenhower, el presidente norteamericano, dio carta de naturaleza y reconocimiento al régimen dictatorial de Franco, poetas como Ángel González, Caballero Bonald, Jaime Gil de Biedma, Blas de Otero o Carlos Barral, entre otros, visitaron, en un acto de resistencia civil al franquismo y de homenaje a Antonio Machado, a su obra y a la República demolida, la tumba solitaria, austera como el equipaje de don Antonio, de Collioure. El número de Ínsula es una magnífica forma de evocar tan importante acontecimiento para la historia de nuestra literatura y de nuestra sociedad, para la poesía del siglo XX. Trabajos de Carme Riera, Gonzalo Sobejano, Prieto de Paula, Miguel Ángel García, Caballeo Bonald o María Payeras Grau, entre otros, componen una revista para guardar y releer.
Sin embargo, hay algo que chirría en el número: dos fotografías y la reproducción de la portada de un libro. Una de las fotografías, situada en la contraportada, ilustra el artículo de Luis García Montero titulado "En la tumba de Antonio Machado", un artículo en el que el poeta granadino contextualiza aquella visita colectiva de 1959 y recrea algunos momentos vividos por otros poetas, sobre todo por Ángel González, ante la tumba del sevillano. ¿Por qué chirría la fotografía? Por su carácter privado y familiar, de foto de familia... propia. Es, con todos los respetos, un anacronismo extraño, innecesario, sobrante, que revela cierto espíritu sectario, de apropiación de un poeta de todos. El lector que no haya leído ese número de Ínsula se preguntará a qué me refiero. Describo: el número cuenta con 17 ilustraciones. En la portada, la foto histórica, que forma parte del imaginario colectivo y tantas veces publicada, en la que aparecen, sentados en un lugar de Collioure, Jaime Gil de Biedma, Blas de Otero, Ángel González, Alfonso Costafreda, José Ángel Valente, José Manuel Caballero Bonald y Carlos Barral. En las páginas 2 y 3, la fotografía de una calle de Collioure llena de refugiados en 1939 y la de la despojada comitiva del entierro de Antonio Machado. En la página 5, un retrato a plumilla del poeta realizado por su hermano José, un dibujo de Santos Torroella del hotel donde se alojó Machado en sus últimos días y la portada de un número de Acento Cultural de 1959. En la página 9, otra foto histórica: Gil de Biedma, Goytisolo, Barral y Castellet en 1960. El resto, hasta hacer el número 15, son portadas de libros que aparecieron en la colección Collioure y una fotografía de Caballero Bonald. Las dos fotografías que completan la "colección" de ilustraciones son el anacronismo, lo innecesario, lo sobrante: la primera, con Gil de Biedma, García Montero y Álvaro Salvador; la segunda, cerrando en contraportada la revista y "decorando" el artículo de García Montero, es una foto de grupo junto a la tumba. El pie dice así: "En Collioure, 2007. Izquierda a derecha: Ángel González, Chus Visor, Luis García Montero, Joaquín Sabina, Monique Alonso, Almudena Grandes y Elisa García Grandes". Sólo esas dos ilustraciones rompen la pauta de la fotografía histórica. Ni uno sólo de los autores de los artículos y trabajos (ni Carme Riera, ni Castellet, ni Iravedra, ni Bagué Quílez, ni Prieto de Paula....) reproduce fotografía propia, en soledad o en compáñía, junto a la tumba de Collioure; todos asumen la norma no escrita de ceñirse a ilustraciones de carácter histórico. Las excepciones son Álvaro Salvador y García Montero. Ellos sí aparecen. No es delito, por supuesto. En una cuestión de estilo, de elegancia y de respeto. Nada más.
Por cierto, se me olvidaba: una de las portadas de libro que forman parte de ese catálogo de ilustraciones no está vinculada ni a la colección Collioure ni a los poetas que, en 1959, visitaron la tumba. ¿De qué libro se trata? De La otra sentimentalidad. ¿Sus autores? Los dos citados arriba y el malogrado Javier Egea. ¿Era necesario? ¿Acaso el título del monográfico no es Collioure 1959? ¿Qué pinta en él la portada de un libro de 1983?
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
miércoles, 18 de febrero de 2009
UNA MIRADA A MIS AÑOS OCHENTA DEL SIGLO XX
Un tiempo que recuerdo en invierno, que creció en el invierno, hecho de azules trencas y abrigos de paño, de amores imperfectos y devociones literarias insustituibles: Blas de Otero, Cortázar, Vallejo... Sí: en el mundo lateral del Madrid posmoderno vivía la ciudad de hogares humildísimos creciendo en Villaverde, o en Moratalaz, o en Vallecas, o en el Pozo... Todo eso volvió al corregir mis viejos poemas. Y vuelve cuando leo parte de los que, en un pequeño cuaderno, me ha publicado Cajasur bajo el título Versiones del invierno recuperando así poemas que creo valiosos que habían quedado fuera de mi Monólogo...
Y cobraron sentido otros textos de aquellos años: algo más de doscientos folios de un diario que escribí, en noches de tinta y desafío, como espacio de reflexión sobre cuanto me ocurría, sobre mi atormentada existencia de escritor a la espera y militante de izquierdas pugnando íntimamente entre las horas de escitura y las horas de debate, entre la lectura de los más hondos y perturbadores poetas y la de los últimos textos de sociología urbana, entre 1985 y 1991. Ese diario, contemplado hoy a través de la lente del tiempo transcurrido, es tiempo congelado, es, recuperando la definición que diera a la poesía Manolo Vázquez Montalbán: tiempo significante, vida. Muchos años han permanecido los folios guardados en una gruesa carpeta antes de ser trasladados al universo más que posmoderno, ultramoderno, del ordenador. Hoy conforman un libro inédito que en un primer momento titulé Tiempo de espera y que hoy, cuando valoro en perspectiva lo que signíficó para mí la vida en aquella década memorable, he decidido denominar Días de los ochenta. Tal vez un día deje de ser inédito. Entonces será un trozo de mundo, de historia, de experiencia, colocado en el apasionante escaparate del mundo literario del siglo XXI. Una ventana abierta a los sueños de quienes, entonces, nacíamos a la poesía y a la novela. Alguno de ellos (Concha García, Sergio Gaspar, Ruiz Noguera, una recortada y más joven que el resto Isabel Pérez Montalbán, el malogrado Juan Manuel González...), posamos en la foto rodeando a Antonio Gamoneda. Fue en Córdoba, en Los Pedroches, en una hermosa primavera de mediados de los noventa.

Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
lunes, 12 de enero de 2009
PALESTINA, UNA VEZ MÁS, SOMOS NOSOTROS
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
viernes, 5 de diciembre de 2008
UN JUAN Y UN JOHN
Marsé: un premio Cervantes merecido y deseado por muchos. Un premio al narrador de la Barcelona subalterna en años de cieno y oscuridad. Un premio a la literatura con alma, con emoción, con voluntad decidida de entrar en las zonas menos apacibles de la existencia: los barrios de los vencidos de las décadas de los cuarenta y cincuenta del pasado siglo; los amores clandestinos y los amores que la división social, mantenida contra viento y marea por los poderosos, hacen imposibles; la mirada introspectiva hacia una infancia hecha de sueños incumplidos, de deseos frustrados, de pequeños paraísos construidos en las calles de una ciudad segregada en la que los prostíbulos conviven con el amor legal del matrimonio bendecido; Juan Marsé, el eterno candidato al Cervantes, el escritor que surgió, como una planta extraña, de la rara semilla del antiguo oficio de aprendiz de joyero. A otro Juan, el poeta, amigo de los menesterosos y autor de una escritura crítica con la realidad establecida, apellidado Gelman, sucede, en el elenco de los Cervantes, el Juan de Últimas tardes con Teresa, Ronda de Guinardó o Si te dicen que caí, tres obras cumbre de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX. ¿Cuántos críticos, en su día, adscribieron a Marsé el calificativo de socialrealista de manera despectiva? ¿Cuántos, deslumbrados por el experimentalismo que irrumpió en España en la década de los 70 o empeñados en descalificar la tradición narrativa que venía del realismo de los 50 se dedicaron, durante más de un lustro, a sacralizar novelas frías, carentes de emoción, desgajadas de la realidad vivida por miles de hombres y mujeres, a buscar la oscuridad y la desestructuración de la narratividad para convertir el concepto novela en sinónimo de aburrimiento? Soy de los que piensan (y lo digo en mi doble condición de crítico y creador) que es infinitamente más difícil escribir una novela corta como Ronda de Guinardó, o Teniente Bravo, auténticas piezas de relojería, artefactos precisos en los que hay un ímprobo esfuerzo de lenguaje, que una novela oscura, fragmentaria, difícil de leer (y, por ello, difícil de entender) no tanto por la complejidad de las ideas que intenta transmitir su autor como por la confusión, por la falta de destreza argumental o por la incapacidad para narrar del mismo. Obvio es decir que no es un principio general, que hay numerosas excepciones. Ahí están Faulkner o Joyce (o, en otra dimensión, Benet), entre otros, que (al igual que los grandes pintores informalistas mostraron su destreza figurativa además de experimentar e innovar), en un momento determinado pusieron de relieve la dimensión de su talento al escribir, junto a sus grandes y complejas novelas, grandes textos transparentes, directos, de una dificultad extrema por su intensidad y precisión: Santuario o Mientras agonizo, Faulkner; Dublineses o Diario del artista adolescente, Joyce. UN JOHN
Steinbeck, el poeta directo que inmortalizó la miseria colectiva de la Gran Depresión del 29, el escritor que puso el lenguaje en el lado de los que sufrieron las consecuencias de la rapiña de un sistema basado en la lógica del beneficio puro y duro, no sólo escribía novelas o relatos. No sólo escribía crónicas periodísticas y, como una deriva de juventud, poemas inmaduros. Escribió también sobre su propia escritura, sobre su vida cotidiana mientras escribía algunas de sus grandes novelas. Poco sabemos en España de esa vertiente de la obra del Nobel norteamericano (en realidad, poco sabemos de esa vertiente de cualquiera de los escritores que conocemos). Bartleby Editores, editorial empeñada en descubrir aspectos desconocidos de la labor de algunos grandes escritores de nuestro tiempo, ha decidido, al igual que lo hiciera con Berger (Esa belleza), o con Carver (Carver y yo, de Tess Gallagher), o con Günter Grass (Lírico botín. Poesía y dibujos de 50 años ), ofrecernos la crónica de la cotidianidad que acompañó a Steinbeck mientras escribía su novela Al Este del edén. El título: Diario de una novela: las cartas de "Al Este del edén".Cartas, sí. Pequeñas crónicas de la labor diaria que complementaba su a veces placentera y a veces tormentosa tarea narrativa que Steinbeck enviaba a su editor casi a diario. Un Steinbeck desconocido, empeñado en labores tan en apariencia irrelevantes como seleccionar los lapiceros con que escrbir, trabajar la madera, ir a llevar a sus hijos al colegio, reflexionar sobre su mayor o menor afición al whisky, o sobre el miedo a la enfermedad o la tendencia a la depresión, o sobre el destino de su novela una vez que muera... La cocina del escritor, la intrahistoria de la escritura, el latido de ese corazón indefinible en que suele convertirse la mesa de trabajo mientras se acomete la redacción de una novela. Diario de una novela es un raro tesoro literario que es, en el fondo, la radiografía de un mundo: el que vive al otro lado de la novela que, un buen día, verá la luz y será propiedad de sus lectores.
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Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
jueves, 27 de noviembre de 2008
DE JUAN GELMAN A JULIO MARISCAL, LAS DOS ORILLAS
Cuando uno vive de cerca momentos como los descritos, no puede dejar de pensar en la importancia que, en estos tiempos de dominio de lo audiovisual, de la cultura pasiva que genera la televisión, tiene la literatura y, sobre todo, tiene la poesía. Aunque los apocalípticos de la cultura del libro nos anuncian que una de las primeras víctimas de la nueva era digital será el libro de poemas, creo que la realidad, en lo que llevamos del nuevo siglo, desmiente tal vaticinio. Sé de muchos poetas que optan por la edición digital de sus libros, cada día me llegan noticias de nuevas revistas culturales que surgen al margen del papel, que se bastan con estar presentes en la Red. Todo eso es cierto. Pero también lo es que la práctica totalidad de los poetas que editan en Internet, aunque su edad roce la adolescencia, aspiran a ver sus libros publicados en papel, a mostrarlos en la mesa de novedades o en el anaquel de la librería más importante de su ciudad. Esa realidad, fácilmente constatable al conversar con cualquiera de los poetas que voy conociendo (y que, estoy seguro, habrá experimentado la mayoría de los lectores de esta entrada) pone en evidencia que la poesía goza de buena salud en este nuevo siglo entre tecnológico y virtual (y terrible por la persistencia de industicias seculares). Gelman me lo demostró en Viena del mismo modo que lo demuestran los cientos de poetas que cada día, en los centros culturales más ínsólitos, leen sus versos a auditorios más o menos numerosos convencidos, en lo más íntimo, de que están ofreciendo su visión del mundo, su mirada más honda, su fe en la vida y en el arte (poética) para darle un sentido.
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
martes, 4 de noviembre de 2008
Rastrear en la historia literaria, un oficio del editor sensible
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
miércoles, 15 de octubre de 2008
Ramiro Fonte, capitán invierno
Porque lo verdaderamente importante fue que una multitud acompañara al poeta, a Elsa, a sus padres, a sus amigos de infancia, a sus hermanas. Ni siquiera tuvo importancia que el séquito lo encabezara César Antonio Molina ejerciendo de ministro de manera visible, o que, entre los amigos y deudos, como una más y sin dejarse notar apenas, estuviera Carmen Caffarel En el camino hacia el cementerio, por las calles altas de un pueblo volcado sobre el mar, yo pensaba no en la ceremonia que se había celebrado en el ayuntamiento, ni siquiera en la respuesta ciudadana que había suscitado la muerte del poeta, sino en los poemas de Capitán invierno, en el libro que había llevado conmigo en el viaje para conocer aún más (la poesía es la radiografía del alma) a quien sólo había visto en persona en dos ocasiones. Allí estaba la memoria de infancia y adolescencia de quien creció en un lugar cercano al mar y hecho de viviendas humildes; allí estaban los inviernos de bruma de las ciudades gallegas; las viejas salas de cine que el urbanismo y la especulación y las nuevas tecnologías audiovisuales fueron, poco a poco, arrumbando: salas del descubrimiento del primer amor, de los sueños como vacuna contra un tiempo difícil ("Y entre todas las deudas que la vida / conmigo ha contraido, que nunca saldará, / Están esos secretos que no supe robarte / En la última fila, / En la sesión de tarde / Del cine Rena, /Donde saben mejor todos los besos"); allí estaban los descampados y las periferias. Estaba el amor, y los abrigos de paño, y las gabardinas, la juventud subversiva y la libertad escrita en paredes nocturnas, y las aldeas perdidas, y los amigos del barrio que la madurez, la distancia y la experiencia fueron dejando en el camino. Para muestra, sirva el botón (porque el traje, el libro, deberéis comprarlo) del comienzo del poema titulado "Los barrios perdedores":"Llueve mucho en los barrios perdedores Pues los meses de invierno tienen poca piedad De sus casas desnudas, ofrecidas al viento, Al agua, a la intemperie, Y por eso en los barrios perdedores En las tardes de invierno llega pronto la noche, Duran menos los días" Capitán Fonte, Ramiro Invierno: aquí quedan, para el amigo que una tarde de diciembre de 2007 me llamó por teléfono asustado tras una prescripción médica, estas líneas de mi homenaje personal, de mi homenaje como poeta compañero, como escritor compañero, como amante de los claroscuros y de las tardes invernales.
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
martes, 7 de octubre de 2008
Sylvia Plath en Bartleby Editores: reflexiones en voz alta en el 10º aniversario de un sueño.

Pensé en el placer personal que el hecho me producía (un placer siempre inexplicable, como casi todo lo que tiene relación con el arte), sin duda, pero también pensé en que el volumen de más de 600 páginas, abordado por una pequeña editorial que acaba de cumplir sus primeros 10 años de vida, es la muestra viva de que la tenacidad, la confianza plena en el poder de la buena poesía y de la buena literatura (frente a tantos conseguidores de subvenciones oficiales atrincherados detrás de sellos editoriales que fueron innovadores y prestigiosos y arriesgados un día lejano) a veces se abre camino en un mar de hostilidades, ya sean visibles y abiertas, ya lo sean ocultas y sinuosas. ¡Bien por Bartleby!, me dije casi sin ser consciente de que desde los primeros pasos de la editorial, desde una sobremesa de otoño (quizá no fuera otoño, tengo dudas) en la que Pepo Paz y yo pudimos recrearnos en el diseño raro, rupturista, casi näif (recuerdo el escepticismo ante el diseño de algunos poetas mayores que luego editarían en Bartleby), que nos había preparado Sandra Zabala.
Bien por Bartleby, que ha editado la poesía completa de la Plath, que ha editado la mejor traducción de la poesía de Carver de la mano de Jaime Priede (a años luz, por cierto de algún precedente conocido en editorial poética de renombre), que ha rescatado, a la luz de la sensibilidad de los jóvenes poetas del siglo XXI, obras maestras de nuestros poetas consagrados en el siglo XX (Bonald, Grande, Jiménez, González, Gamoneda....); bien por Bartleby porque ha arriesgado descubriendo nuevos nombres de nuestra lírica, editándolos (aunque hubiera, después, cazadores al acecho del descubrimiento ajeno): Julieta Valero, Marcos Canteli, Isabel Pérez Montalbán, David González. Bien por Bartleby que gritó, en libro, contra la barbarie del 11-M. Bien por Bartleby por su generosidad con las víctimas de algunos exquisitos reacios a editar a poetas de edad por ser "sociales". Bien por Bartleby que descubrió y entregó a nuestra exigua comunidad poética joyas como los libros de C. K. Williams, de Billy Collins, de Anne Michaels, de Sharon Olds, de Tess Gallagher... (de la nueva colección de narrativa ya hablaré en otro momento).
Y bien por Bartleby porque todo eso lo ha hecho (lo hemos hecho) a "puro huevo": sin un premio que llevarse a la boca (y a mucha honra); sin una red de críticos prestos a abrir, de inmediato, las páginas del suplemento de turno a la novedad del mes; siendo exigente con las traducciones, con los libros a editar, buscando la innovación en sus colecciones o series, sabiendo que no hay poesía joven posible si se arrumba la memoria poética de los mayores. Y sobre todo, con un principio que es el principio madre de todos los principios: amor a la poesía, amor insobornable a la literatura. Y respeto al pluralismo realmente existente frente a la lógica del amiguismo y la tendencia (de un lado y de otro) a la que tan propenso es nuestro mundo poético. Un pluralismo sustentado en una base esencial: la poesía de calidad, el afán innovador no gratuito, la conexión del poema con las grandes incertidumbres del presente.
Sylvia Plath y su poesía completa, con el sello Bartleby Editores bien visible en una hermosísima poetada, es el mejor regalo de cumpleaños para la década de vida de tan apasionante proyecto. Un regalo para la editorial y para su menguadísima "plantilla". Pero, sobre todo, un regalo de dimensiones inabarcables, para los lectores de poesía, de literatura de la buena, de España y de Hispanoamérica. Nada más y nada menos. Estoy seguro de que nunca Bartleby el escribiente, el inmortal personaje de Melville, aplicaría a esta iniciativa (como a tantas otras de la editorial) su legendario lema "preferiría no hacerlo". Más bien diría todo lo contrario.
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
jueves, 18 de septiembre de 2008
Blogs ajenos: espacios de reflexión, puertas
¿Cómo corregirlo? Por una lado, atemperando el ego y abriendo en el blog un espacio para mostrar la propia obra de la manera más "objetiva" posible, pero sin que ese espacio sea el predominante. Es decir, posibilitando que lo dominante en él sea la reflexión sobre la literatura y sobre la vida, la creación literaria, el debate y... ser puerta de acceso a otras reflexiones, a otros espacios de creación, es decir: a otros blogs, a otros portales, a páginas web interesantes.
A partir de hoy, en el espacio "Blogs recomendados" de Al margen, añado a las direcciones que lo han acompañado desde su nacimiento (Bartleby Editores y Cuaderno de viaje de Pepo Paz) seis ventanas, o seis pasillos a lugares en los que se opina, se piensa, se discrepa, se crea. Sobre todo esto último: se crea. El blog de Manolo Vilas, poeta y narrador (o narrapoeta) de escritura ágil, acerada, crítica, abierta a todos los recovecos de la realidad, cuyo último libro poético, Calor (DVD, 2008), nos muestra el envés de un mundo duro, desmemoriado, injusto. También tierno y, como diría Ángel González, acariciado. Manolo: aquí tienes una puerta. Para entrar y para salir. El de David González, poeta asturiano de verso amargo y afilado, crítico y tierno a la vez, desolado e insumiso, enfant terrible apegado a los submundos de una sociedad que se hizo en los bordes de la minería y de la menesterosidad. El de Vicente Luis Mora, profeta de la obra total que sustituya al mundo (o que enriquezca al mundo), lector empedernido, poeta arriesgado, entre la vanguardia y la ciencia y la sentimentalidad, narrador y ensayista de un provocador Singularidades (Bartleby, 2006) y de un recentísimo Pasadizos (Páginas de Espuma, 2008), a quien en el ya lejano 1996 (¿ó 1997?, hablo de memoria, perdóname si equivoco la fecha, Vicente) tuve el placer de presentar en el círculo su novela modrileñoglobalizadora Circular en su primera edición (tiene una segunda, corregida, de 2007) en el Círculo de Bellas Artes. Hasta aquí las tres primeras ventanas: blogs ajenos, blogs de adversarios o cómplices dialécticos, de amigos. Sí: de AMIGOS. Las otras tres ventanas no son blogs: son páginas web, o portales, como os parezca. La primera, de un hermano con el que he discutido hasta el gozo dialéctico de la tensión extrema: Juan Carlos Mestre, poeta y pintor y grabador y dibujante, artista, autor de un libro reciente, La casa roja (Calambur, 2008), que está, a mi juicio, entre los tres mejores libros de los últimos cinco años (qué maravilla Juan Carlos, tu poema "Carpe diem", o "Ellas", tantos poemas de esa casa roja que acoge a todos los rojos y perseguidos de la Historia): en Al margen, brindo por ti y por tu obra y abro una puerta a tu mundo mágico, extraño, maravilloso. Las otras dos son para quien hace cinco años nos dejó en la soledad del aeropuerto de Bangkok: Manolo Vázquez Montalbán (Isabel Pérez Montalbán, su "sobrina" poética y sentimental, estoy seguro, lo va a agradecer infinitamente). Sí, Manolo, donde estés, te informo de que aquí abro dos ventanas hacie tí: la de tu página oficial y la de tu página oficiosa (vespito.net).
Y como los poetas deben terminar sus peroratas (¿qué es esto sino una perorata?) con poema, como homenaje ante el quinto aniversario de su huida al lugar del que no se vuelve, reproduzco un poema propio a él dedicado aunque en una versión todavía no definitiva. Ahí va el poema dedicado a Manuel Vázquez Montalbán, in memoriam:
Fue en el Palace. No es fácil recordar
la ropa que llevabas. Sí tu frágil estatura,
tus ojos poco azules, tu belleza
más que discutible: bajo y sentimental,
amigo y memorioso, tenaz y periférico,
tierno y muy mala leche, firme como
las miradas robadas en días vulnerables
en cualquier autobús de amanecida.
Venías de la luz algo astrosa del Raval.
Venías al lector que te aguardaba
con ese temblor viejo y púber a la vez
donde el pánico se ablanda con la proximidad del mito.
El amigo que fue parte
de la ciudad sobrante y fronteriza.
El que escribió vengando la vida escrita por los dioses
para trocarse en dios muy asequible.
El que no tuvo miedo aunque cruzara
su corazón el miedo del noi menesteroso
de la familia erradicada del sur y de la noche.
Fue en la noche. Y fue muy claro
lo que era oscuridad antes de conocerte:
la sucia luz del barrio de tu infancia era mi luz borrosa y la noticia
de un padre desnortado y roto reflejaba
mi orfandad de pana y de taberna.
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
sábado, 13 de septiembre de 2008
ESPEJO Y TINTA, dos novelas cortas / García Lorca, un recordatorio
Decía al principio que ante cada nuevo libro vivo la misma experiencia que experimenté con el primero. Y eso me ha ocurrido con la edición, austera, delicada, de texto sobrio y con respiración, limpio, y con una portada que, pese a no ser directamente alusiva al contenido de las novelas, traslada al lector sus atmósferas, su realidad brumosa, sutilmente sombría e inestable. Una portada que recoge un detalle del autorretrato de Robert Buhler en la que reconozco plenamente la respiración, el ritmo, el ambiente en que viví sumergido mientras escribí el libro. Dos novelas cortas o relatos largos: el resultado de un trabajo especialmente intenso sobre un territorio, ese género extraño y sumamente difícil, arriesgado. Ernesto Silva, el extraño oficinista de Espejo, y Luis Orueta, el maniático de las estilográficas de Tinta, están encarnados de un modo inquietante en el rostro en claroscuro de un joven Buhler con fondo rojo. Dos personajes en los que, quizá, respiren, de manera indirecta, el desasosiego y las incertidumbres de este tiempo cruel y desolado de la globalización. Así, al menos, lo he sentido. GARCÍA LORCA, UN RECORDATORIO
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
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