viernes, 24 de abril de 2009

Juan Marsé en Alcalá de Henares

Juan Marsé es un escritor clavado en mi educación sentimental, en mi memoria íntima, en la memoria colectiva, en mi formación literaria, en mi proceso de aprendizaje (técnico) como escritor. A Juan lo conocía de lejos y a través de su obra. Y lo conocía tanto como el mundo de Últimas tardes con Teresa, o el del barrio de Guinardó o el de la Barcelona excluida del Carmelo y de la posguerra. Todas sus novelas, pero sobre todo la que acabo de citar, Ronda de Guinardó y Si te dicen que caí, han ocupado un espacio privilegiado en mi personal catálogo de devociones. Y estos días he sido un afortunado. Mi responsabilidad cultural e institucional me ha permitido pasar algunas horas a su lado, convivir con él y con sus familiares más próximos, hablar de la vida y de la literatura, de amigos comunes (le duele todavía, cinco años después, el hueco de Manolo Vázquez Montalbán, su complemento narrativo de la Barcelona subalterna y amigo del alma. "Fue quien me hizo la primera entrevista para un periódico", me dijo), de sus recuerdos, cada vez más impregnados por la melancolía de quien comienza a sentirse mayor y achachoso (mejor sería decir, parafraseando a Gil de Biedma, "menos joven").

Es curioso: al estar con él tuve la sensación de que lo conocía de siempre, de que estaba ante un ser familiar, al que podía encontrarme cada mañana en el bar donde suelo tomar café. Y tuve, también, esa gozosa complicidad que los que hemos nacido, crecido y madurado en la periferia del sistema (yo pasé mi infancia en el barrio de la Alegría, una réplica madrileña del Carmelo, y mi adolescencia se forjó en otro parecido, la UVA de Hortaleza, escenarios que forman parte inseparable de mi poesía y de mi narrativa) experimentamos cuando nos encontramos ante alguien que siempre ha sido como nosotros y que ha llegado al máximo reconocimiento público en literatura sin renegar de los orígenes. Es más: poniendolos en valor, reivindicándolos, elevándolos a la categoría de mitos. Me sentía ante el amigo, ante el confidente, ante ese ser vulnerable que está deseando que pasen los fastos oficiales para volver a su taller literario, al rincón de sus ficciones, a la novela que el Cervantes (paradojas de la vida), según nos confesó, ha interrumpido. Y por eso me he atrevido a ilustrar estas reflexiones con una fotografía (a su autora, Sonia Pérez Marco, le estoy infinitamente agradecido) que testimonia ese encuentro. Reconozco mi pecado y pido perdón, pero es una forma de mostrar mi alegría.
De Juan escribí en este blog (Un Juan y un John) cuando fue premiado. Y resalté su singularidad estética y su visión distante, discordante, con el experimentalismo, con la literatura lejana a las emociones, a la memoria, a la realidad. Esa singularidad ha formado parte, seis meses después de aquellas reflexiones, de su discurso de recepción del premio. Un discurso entrañable, cercano, con su punto de irónía, pero en el que ha cantado, ante todo, al contador de historias que mira críticamente el presente a la luz del pasado, de la memoria propia y de la memoria de todos, que ha evocado al aprendiz de relojero que escribía cuentos en los ratos libres y que soñaba con ser escritor, que ha hecho de los humildes protagonistas de una historia nutrida de amores clandestinos, de huidas, de sueños imposibles, de heridas de guerra y de posguerra, de adolescencias e inmigraciones, de cines de barrio y de mitos aprendidos en las viejas pantallas de las tardes invierno. Sí: he estado con Juan. Y he de confesar que cuando lo he visto subir las escaleras del "púlpito" del Paraninfo de la Universidad de Alcalá para leer su hermoso discurso y por el rabillo del ojo he podido observar la mirada arrobada de sus nietos, no he podido contener un nudo en la garganta, esa dificultad para tragar saliva que suele resolver la lágrima callada y la emoción.

"Los planteamientos peliagudos, la teoría asomando su hocico impertinente en medio de la fabulación, la llamada metaliteratura, en fin, son vías abiertas a un tipo de especulación que me deja frío y me inhibe: bastante trabajo me da mantener en pie a los personajes, hacerlos creíbles, cercanos y veraces". Así nos lo ha dicho. Ése es, quizá, el misterio de su literatura. Un misterio que, aunque parezca de lo más simple, se convierte (bien lo sabemos los que escribimos),en uno de las retos más complejos y difíciles cuando uno se enfrenta ante el papel en blanco.

sábado, 18 de abril de 2009

Dos dedicatorias de un poeta amigo

Juan Carlos Mestre, el amigo y el hermano. Creo que nos conocemos desde principios de los noventa, gracias a los buenos oficios de Diego Jesús Jiménez, que nos hizo coincidir en alguna de las sesiones de la Semana Poética de Cuenca. Juan Carlos Mestre es poeta enorme a cuyos versos, con una maestría y una sensibilidad de alto voltaje (como él suele decir), ha puesto música otro buen amigo, Amancio Prada. Hace un par de años recibí la nueva edición de su libro Antífona de otoño en el valle del Bierzo, edición de Calambur hermosa donde las haya en la que se incluye un CD-Rom con parte de los poemas musicados por Amancio. Lo había leído mucho tiempo atrás, cuando lo publicó Adonais (obtuvo el premio del mismo nombre en 1985) y guardaba un recuerdo muy vivo de alguno de sus poemas. Sin embargo, cuando volví a ellos en la magnífica edición de Calambur, los viví con mayor emoción que en la primera lectura. Y cuando escuché el CD, juro que experimenté la sensación propia de quien sabe que está ante una obra que nos habla del origen, de las fuerzas telúricas que dan sentido a la vida y en las que beben las emociones, de todas las infancias, de una naturaleza sabia viviendo los olores, los sabores, los colores, la luz del otoño en un lugar que tardaría años en conocer: el valle del Bierzo, ese híbrido de paisajes gallegos, leoneses y asturianos. Recuerdo, de manera muy especial, los versos que siguen:
Quien no haya visto el mar que se levante,
yo os lo voy a contar. Cerrad los ojos.
Imaginad que el agua, como un caballo blanco,
se hubiera subido al campanario.
Las hojas de los árboles son peces,
la nieve, espuma de cristal sobre las olas.


Con su poesía, con el compromiso moral, cívico, ético, compartido, y con la compañía de algunos mitos comunes (y vivos), hemos pasado momentos irrepetibles junto a Antonio Gamoneda, alguna cena con Pepe Hierro y Carlos Sahagún, con Diego Jesús y Társila, un cumpleaños (de hace tanto tiempo que casi me avergüenza recordar la fecha) en mi casa de Madrid, con Aleja y Esperanza, con Félix Grande y Paca Aguirre, un debate, en el patio de la casa de Diego Jesús en Priego, alllá por el mes de julio de 2001, en el que no llegamos a las manos de milagro (comenzamos discutiendo sobre realidad e imaginación en mi novela La mujer muerta y terminamos enfrentados a propósito de Euskadi), un almuerzo, en el hostal de Priego, algunos veranos después, rodeados de amigos y de poetas de los que tanto habíamos aprendido en nuestra adolescencia: Paco Brines, Manolo Vázquez Montalbán (recién llegado de un larguísimo viaje en coche por sierras y quebradas, desde Barcelona, ávido de morteruelo), Pablo García Baena (¿o ese fue otro año?), otra vez Gamoneda, Martínez Sarrión, Antonio Carvajal...
En esa "amistad a lo largo", que diría Gil de Biedma (santo alejado de sus devociones), nunca han faltado sus libros dedicados. Llegan, como pájaros de amistad, a casa, los abro con la seguridad de encontrarme con sus poemas y, casi siempre, me tengo que detener durante un buen rato ante las páginas de guarda, que Juan Carlos convierte, como artista plástico que es además de poeta, en cuadros-dedicatorias. Son pequeñas obras gráficas que nunca serán expuestas. Por eso, porque lo creo de justicia y porque somos amigos, hoy quiero compartirlas con los lectores de "Al margen". La primera dedicatoria procede del libro-antología titulado Las estrellas para quien las trabaja. Dice así: "Para Esperanza y Manolo Rico, con el fervor de siempre". Pero el texto aislado queda huérfano. Arriba, al pie del fragmento de poema que he evocado, podéis contemplarla.

La segunda, abre su último e inquietante libro (del que tuve el placer de hablar y leer poemas en Radio Nacional en una madrugada del pasado verano) titulado La casa roja. Su texto es parecido al anterior. Pero sin la imagen sería parte de una emoción incompleta. Ahí queda:

Sé que en el portal de Juan Carlos hay mucha más obra plástica. Y de más calidad, seguramente. Pero estas dos dedicatorias que, gracias a la magia de las nuevas tecnologías, he podido escanear para trasladarlas a este blog y para, una vez impresas a todo color, enmarcarlas para que ocupen un lugar en mi refugio del valle (no de Bierzo, sino del Lozoya: también tendrá su canto otoñal aunque no sea tuyo, te lo prometo, Juan Carlos). Estas dedicatorias llevan parcelas de la vida de ambos (mejor dicho, de los tres, también de Esperanza): son una zona de intersección entre dos experiencias vitales y artísticas. Gracias, Juan Carlos. Espero no herirte con poner en la blogosfera tan hermosas muestras del arte de dedicar.

Hubiera deseado insertar un enlace con el poema Antífona musicado por Amancio Prada para que quienes no lo conozcan lo vivan y lo gocen. Sin embargo, no doy con la fórmula, no sé cómo hacerlo. ¡Si alguien de entre quienes leen estas líneas lo sabe, que me aconseje o instruya con su comentario!. Se lo agradeceré infinitamente.

martes, 14 de abril de 2009

LA INQUINA DE BENET HACIA "TIEMPO DE SILENCIO"

Leo la biografía de Luis Martín-Santos, escrita por José Lázaro. En ella, construida de una manera novedosa, utilizando el discurso de una sucesión de personajes que conocieron o tuvieron algún tipo de relación con el autor de Tiempo de silencio, descubro uno de los misterios que han acompañado, desde hace muchos años, mi admiración por él. Me refiero a la razón de fondo por la que Juan Benet, amigo y compañero de generación (algo más joven) de Luis, nunca reconoció valor alguno a la novela que marcó un antes y un después en la narrativa española del siglo XX. Lázaro destaca las diversas descalificaciones con que Benet premió a Tiempo de silencio. Pero, sobre todo, destaca una respuesta que éste dio a Eduardo G. Rico en una entrevista aparecida en 1970 a propósito de la novela: "Una novela con fondo de verbena y vida de pensión, y una puñalada: es costumbrismo puro, a lo Mesonero Romanos. Además, tiene el humor confundido. La ironía, que alcanza en alguna ocasión cotas muy altas, no se mantiene a lo largo del libro". Aunque en el libro de Lázaro se resalta la opinión de Blanca Andréu respecto al disgusto de Benet por reconocerse, de manera paródica, en el personaje de Matías de la novela, creo que el problema esencial es que Benet nunca soportó que Luis Martín Santos lograra una espléndida síntesis entre un argumento propio de una novela del realismo social y una formalización en la que estaban presentes las enseñanzas de Joyce y de Faulkner. Cierto que Benet fue un gran escritor. Eso es una realidad indiscutible. Pero ninguna de sus novelas tuvo, en la literatura española de la segunda mitad del siglo XX el efecto que tuvo Tiempo de silencio.

Pero el juicio de Juan Benet sobre la novela de Martín-Santos tuvo un correlato posterior en lo que en no pocos medios se ha calificado como colectivo de discícuplos (Molina Foix, Marías, Gándara, entre otros.... ): una permanente tendencia a calificar de costumbrismo aquella narrativa en la que una realidad reconocible, contemplada de manera crítica, tuviera un protagonismo esencial. Aunque el lenguaje y la apuesta estructural no tuvieran nada que ver con el costumbrismo. Juan Benet (que, curiosamente, nunca tachó de costumbrista a su amigo y colega Juan García Hortelano, bastante menos "vanguardista" que Martín-Santos) dejó estigmatizada la gran novela española de los años 60 con un calificativo que heredarían sus "sucesores". No sólo dejó la estela de una escritura difícil, faulkneriana, de un alto nivel de autoexigencia, sino un juicio sobre Tiempo de silencio absolutamente injusto y poco fundado.

En el fondo estaba un sentimiento de estupor ante el talento de un psiquiatra políticamente comprometido que, además de adelantársele con la edición de su primera novela, fue capaz de metabolizar Ulises para encarnar en jornada y media un fragmento de la vida de Madrid en una prosa absolutamente innovadora y rupturista. Como hiciera Joyce, salvando las distancias pero no del todo, con Dublín. Creo que esa es la razón esencial de la frialdad, casi la inquina, de Benet y sus discípulos de entonces hacia la novela de Martín-Santos.

miércoles, 1 de abril de 2009

SHAKESPEARE, NATASHA THRETEWEY Y OTRAS HISTORIAS

Shakespeare, una nueva juventud
Los sonetos de Shakespeare son una materia viva. Como toda la buena poesía. Viven por encima del paso de los años, de los siglos, y cobran nueva luz con la lectura de cada generación. Bartleby, con la apuesta por una nueva edición/versión de los sonetos del genio inglés ha abierto una puerta para una lectura acorde con la sensibilidad (y la sentimentalidad) del siglo XXI, de la generación de Internet y del ciudadano que accede a la madurez lectora cuando desde los foros más diversos (y discutibles, por supuesto) se habla de la muerte del libro, de la muerte del soneto, de la muerte de una concepción de la poesía hija de la galaxia Gütenberg por falta de adaptación a la galaxia de lo virtual/globalizado/interactividado y fragmentado. Pues bien, Christian Law Palacín, joven poeta del siglo XXI, se ha atrevido a indagar, a arañar en la vida de los sonetos de Shakespeare. Ha entrado en ellos como quien entra en una habitación cerrada desde hace mucho tiempo y decide abrir las ventanas para que entre en ella el aire y la luz del sol. Su traducción es una forma de dar a la palabra nueva luz, de hacer de cada viejo soneto un soneto nuevo, de inyectar en cada verso, en cada silencio, en cada estrofa, un aire vivificador, fresco, el aire que respiramos en el nuevo siglo. Sonetos que se saborean, que casi se mastican, que nos hablan de la carnalidad original que casi todas las traducciones anteriores habían encubierto, o sometido a lo litearia(política)mente correcto. Law Palacín ha encontrado la vida que otros traductores sólo encontraban parcialmente. Y se leen distinto, como si hubieran sido escritos hoy por un Shakespeare joven nacido al siglo XXI. El amor, la muerte, el erotismo directo o inducido, la ironía, el poder, la hipocresía.... Todo cobra la luz de lo que nunca muere, se hace novedad radical, parte de nuestra existencia de hoy, respiración. Y cuando digo respiración, digo música, ritmo, endecasílabos escritos con una destreza que asombra, magia. Es decir: nos viene a mostrar que ni el libro, ni la poesía, ni un recipiente tan tradicional como el soneto están en peligro de muerte. Si acaso, están en "peligro" de eternidad. Laica, por supuesto.

Nunca olvidaré, como escritor y crítico, también como editor, y, ante todo, como poeta, la mañana (¿fue una mañana?) de un día de otoño (¿fue en otoño?) en la que en una librería conocida de Madrid, Susana, librera que en más de una ocasión me había hecho saber su admiración por la línea editorial de Bartleby Poesía y por la labor que estaba desarrollando, me habló de Christian Law y de su trabajo con los Sonetos de Shakespeare. Le dije que hablara con él, que me enviara su traducción.... y de aquel envío vino mi redescubrimiento de los sonetos. Su nueva y actualizada vida. Su maravilla. Gracias, Christian; gracias, Susana (seguro que Pepo Paz comparte este gesto de gratitud).

Natasha Trethewey, una lección para nuestros líricos alérgicos al poema crítico

Los inmaculados de toda laya. Los alérgicos al poema que bebe en la civilidad, en la memoria colectiva, en la Historia y en la historia. Los amantes del hermetismo. Los que identifican modernidad con ligereza. Los que -parafraseo y adapto unos versos memorables de Pepe Hierro- huelen la flor de la bella palabra / acaso no comprendan las de Natasha, sin aroma. Sí, todos los nombrados o sugeridos encontrarán el reverso de sus teorías, filias y fobias en Guardia nativa (traducido y prololgado magistralmente por Luis Ingelmo), un poemario que es, en el fondo, un libro poema en el que Natasha, hija de una mujer de raza negra (una rubia, en fin, de piel blanca y genes negros), recupera la memoria de los soldados negros que lucharon por su libertad en las filas de la Unión durante la guerra de Secesión en Estados Unidos. Sí: recupera la memoria colectiva, pero lo hace a través de su propia memoria íntima, de su experiencia personal. Recupera la dignidad de los negros enterrados o desaparecidos sin dignidad más de un siglo antes. Araña en la culpa colectiva de una sociedad desmemoriada, olvidadiza. Recupera su infancia y sus sueños, su amor por una madre maltratada hasta el asesinato, nos sitúa ante un mundo turbio y hermoso a la vez.

¿Quién, en la poesía de hoy, se atreve a arañar en la memoria de los trabajadores que se dejaron la vida en una huelga por la libertad bajo el franquismo, o durante la República, o en los años primeros de nuestra posguerra? ¿O en la memoria de nuestros padres, de nuestros abuelos? No diré que nadie. Diré que sólo unos pocos. Y aún así, con el riesgo de ser calificados de poetas "políticos" o poetas panfletarios (aunque su poesía tenga un lenguaje radicalmente innovador, emocionado, "lírico"). Guardia nativa obtuvo el premio Pulitzer de Poesía de 2007. Es un libro con una poderosa carga crítica pero con una incontestable calidad en el lenguaje poético (con sonetos incluso, por cierto) puesto en juego. Es un libro directo y complejo a la vez. Realista e imaginativo al tiempo. Emocionado, emocionante y perturbador. Poesía contemporánea. Poesía de siempre. Una auténtica lección contra los complejos que, como una sombra que nos viene de décadas atrás, acechan a los poetas que bebemos en nuestra experiencia íntima, una experiencia no ajena a la colectiva, a la historia (nuestra) y a la Historia (de todos).

jueves, 12 de marzo de 2009

MI POEMA DE UN DÍA DE MARZO DE 2004

Cinco años después, no he podido evitar acudir a uno de los actos en homenaje a las víctimas, a los ausentes, a los heridos para siempre, a las familias. He ido al Pozo del Tío Raimundo, a la estación de cercanías en que se vivió una parte de la mayor tragedia que, en las últimas décadas, ha golpeado la ciudad de Madrid. Me he detenido, durante algunos minutos, ante las velas encendidas, ante los retratos y las fotografías de los asesinados, ante los mensajes de familiares y amigos, llenos de rabia y de desolación. He guardado silencio y, otra vez, he llorado.

Aquella mañana, yo estaba muy cerca de allí, trabajaba muy cerca de allí. Y viví casi en el centro del dolor colectivo el paso de los minutos, la noticia cambiante del número de asesinados, el silencio helado y perplejo de todos. De aquella mañana y del corazón surgió un poema y surgió un proyecto que cuajaría semanas después en la coleción de poesía de Bartleby: 11-M. Poemas contra el olvido.

Contra el olvido y en la cercanía con el dolor de los que murieron y de quienes viven hoy su ausencia, recupero aquel poema. Nada más.

MADRID, 11 DE MARZO

Marzo desnivelado por las cifras
del desaliento. Marzo de muerte,
triste marzo de trenes y extrarradios marchitos,
marzo de sueños rotos y niños deshabitados,
de pronombres sin nombre, de apellidos
quebrados y relojes sin hora, marzo de los teléfonos
enmudecidos.

Mi ciudad asolada. Mis tierras y mis trenes,
asolados, mis ojos y mis manos
y mis brazos,
asolados. Muerte sembrada bajo la luz
de un Madrid lateral
hecho de andenes periféricos, de seres menesterosos,
de mujeres crecidas en la sombra diaria
del tiempo inabarcable del trabajo,
de hombres cultivados
en el silencio anónimo de las factorías,
de humildes bachilleres y de párvulos,
de viejos azorados por noticias de muerte,
de bares conmovidos por la niebla y la sangre,
de juguetes sin niño,
de huérfanos sin ira,
de vacías acequias,
de fogatas sin lumbre.

Madrid de hospitales, de lutos y de marzo.
Capital de la niebla y del dolor. Ciudad de los estanques
del silencio.
Madrid desbaratado y mío. Madrid nuestro.
Como los muertos, nuestro.
Dueño de un mes de marzo
descolorido y turbio, pero nuestro.
Entre muertos y lágrimas,
es más nuestra y cercana la ciudad. También más triste.



viernes, 6 de marzo de 2009

"LOS BALDRICH", LA NOVELA / LO QUE CHIRRÍA EN EL ESPECIAL DE "ÍNSULA" COLLIOURE 59

¿Quien dijo que la novela con historia ha muerto? Noticia de Los Baldrich

No hace mucho participé, en las páginas de Babelia, en una polémica con Vicente Verdú a propósito de su defensa de un concepto de novela reñido con la tradición. Enlazando con lo que se ha venido en llamar "generación nocilla" y con una obra de Agustín Fernández Mallo como Nocilla dream, Verdú cuestionaba la narratividad, el texto con historia, defendía la novela fragmentaria, sin argumento, basándose en el nuevo universo que ha abierto Internet, en el creciente papel de las tecnologías de la información y de la comunicación en el campo de la creación. El blog, los foros sociales, la interactividad, la fragmentariedad, la interrelación con la imagen, etcétera, condicionaban, a su juicio, de tal modo el acto de narrar que la novela, tal y como la hemos entendido perdía virtualidad. Olvidaba Verdú que ya en el período de entreguerras, en las primeras décadas del siglo XX, el experimentalismo había quebrado de mil modos la novela decimonónica, que la beat generation ensayó propuestas que iban de la fragmentariedad hasta la estética del caos, del underground hasta la novela sin historia, que el nouveau roman, con el objetivismo extremo y la prosa puramente descriptiva, se propuso acabar con el roman heredado del existencialismo (Camus y Sartre sobre todo); que en los años 70, en Estados Unidos, autores como John Barth o Thomas Pynchon -el adalid de la tecnoficción- se habían entregado a un modo de narrar que combinaba fragmentariedad y automatismo, irracionalidad y experimentación a raudales. Es decir: Verdú mostraba un camino no nuevo sino antiguo, muy antiguo.

Cuando la primera década del siglo parecía dar carta de naturaleza a la novela sin historia, llega un narrador nacido en 1976, Use Lahoz y, con Los Baldrich (Alfaguara), deja en el centro de la mesa de novedades de las librerías una novela sustentada en la tradición, en el concepto clásico de novela. La vida de una familia a lo largo de algo más de cincuenta años. La España (la Barcelona, el Madrid) que evolucionó, sufrió, gozó a lo largo de uno de los períodos más intensos y dramáticos de su historia, descrita/narrada/recreada a través de un texto escrito con una prosa de calidad, con esa difícil destreza consistente en escribir con solidez literaria y, a la vez, atrapar al lector hasta arrastrarlo sin piedad ni descanso a lo largo de una historia. Difícil objetivo que suele ser despreciado por ciertos sectores de la crítica y por algunos novelistas que, con ello, no hacen sino encubrir su incapacidad para construir argumentos solventes, historias que atrapen, artefactos narrativos en los que el lenguaje y la historia se interrelacionen dialécticamente hasta dar lugar a una novela. Los Baldrich nos devuelve el gozo de la lectura. De un modo parecido a como lo hacen novelas tan contemporáneas como la de Lahoz y que nos llegan de otros países: Chesil Beach, de Ian McEwan, El informe Brodeck, de Philippe Claudel, Suite francesa, de Irene Nemirovsky. Cito sólo tres ejemplos de una larga nómina de títulos.

¿Qué quiero decir con ello? Pues algo muy sencillo: un escritor de 32 años, familiarizado con el universo virtual de Internet, crecido y formado en una realidad dominada por las nuevas tecnologías... nos entrega una novela clásica que nos hace gozar, contemplarnos en el espejo de nuestra vida, recobrar la memoria íntima y reconstruir la memoria colectiva. ¿Quién dijo que la novela con historia ha muerto? Ahí dejo la pregunta: flotando en el viento, que diría Bob Dylan.

Collioure 1959, Ínsula, portada y contraportada

Llega a mis manos el monográfico de Ínsula que, bajo la coordinación de Araceli Iravedra, conmemora el 50 aniversario de la visita colectiva que un buen número de escritores, poetas la mayoría, realizó a la tumba de Antonio Machado, en Collioure, en 1959. En tiempos de dictadura, cuando las esperanzas que despertó el final de la Segunda Guerra Mundial se habían arrumbado, cuando Eisenhower, el presidente norteamericano, dio carta de naturaleza y reconocimiento al régimen dictatorial de Franco, poetas como Ángel González, Caballero Bonald, Jaime Gil de Biedma, Blas de Otero o Carlos Barral, entre otros, visitaron, en un acto de resistencia civil al franquismo y de homenaje a Antonio Machado, a su obra y a la República demolida, la tumba solitaria, austera como el equipaje de don Antonio, de Collioure. El número de Ínsula es una magnífica forma de evocar tan importante acontecimiento para la historia de nuestra literatura y de nuestra sociedad, para la poesía del siglo XX. Trabajos de Carme Riera, Gonzalo Sobejano, Prieto de Paula, Miguel Ángel García, Caballeo Bonald o María Payeras Grau, entre otros, componen una revista para guardar y releer.

Sin embargo, hay algo que chirría en el número: dos fotografías y la reproducción de la portada de un libro. Una de las fotografías, situada en la contraportada, ilustra el artículo de Luis García Montero titulado "En la tumba de Antonio Machado", un artículo en el que el poeta granadino contextualiza aquella visita colectiva de 1959 y recrea algunos momentos vividos por otros poetas, sobre todo por Ángel González, ante la tumba del sevillano. ¿Por qué chirría la fotografía? Por su carácter privado y familiar, de foto de familia... propia. Es, con todos los respetos, un anacronismo extraño, innecesario, sobrante, que revela cierto espíritu sectario, de apropiación de un poeta de todos. El lector que no haya leído ese número de Ínsula se preguntará a qué me refiero. Describo: el número cuenta con 17 ilustraciones. En la portada, la foto histórica, que forma parte del imaginario colectivo y tantas veces publicada, en la que aparecen, sentados en un lugar de Collioure, Jaime Gil de Biedma, Blas de Otero, Ángel González, Alfonso Costafreda, José Ángel Valente, José Manuel Caballero Bonald y Carlos Barral. En las páginas 2 y 3, la fotografía de una calle de Collioure llena de refugiados en 1939 y la de la despojada comitiva del entierro de Antonio Machado. En la página 5, un retrato a plumilla del poeta realizado por su hermano José, un dibujo de Santos Torroella del hotel donde se alojó Machado en sus últimos días y la portada de un número de Acento Cultural de 1959. En la página 9, otra foto histórica: Gil de Biedma, Goytisolo, Barral y Castellet en 1960. El resto, hasta hacer el número 15, son portadas de libros que aparecieron en la colección Collioure y una fotografía de Caballero Bonald. Las dos fotografías que completan la "colección" de ilustraciones son el anacronismo, lo innecesario, lo sobrante: la primera, con Gil de Biedma, García Montero y Álvaro Salvador; la segunda, cerrando en contraportada la revista y "decorando" el artículo de García Montero, es una foto de grupo junto a la tumba. El pie dice así: "En Collioure, 2007. Izquierda a derecha: Ángel González, Chus Visor, Luis García Montero, Joaquín Sabina, Monique Alonso, Almudena Grandes y Elisa García Grandes". Sólo esas dos ilustraciones rompen la pauta de la fotografía histórica. Ni uno sólo de los autores de los artículos y trabajos (ni Carme Riera, ni Castellet, ni Iravedra, ni Bagué Quílez, ni Prieto de Paula....) reproduce fotografía propia, en soledad o en compáñía, junto a la tumba de Collioure; todos asumen la norma no escrita de ceñirse a ilustraciones de carácter histórico. Las excepciones son Álvaro Salvador y García Montero. Ellos sí aparecen. No es delito, por supuesto. En una cuestión de estilo, de elegancia y de respeto. Nada más.

Por cierto, se me olvidaba: una de las portadas de libro que forman parte de ese catálogo de ilustraciones no está vinculada ni a la colección Collioure ni a los poetas que, en 1959, visitaron la tumba. ¿De qué libro se trata? De La otra sentimentalidad. ¿Sus autores? Los dos citados arriba y el malogrado Javier Egea. ¿Era necesario? ¿Acaso el título del monográfico no es Collioure 1959? ¿Qué pinta en él la portada de un libro de 1983?

miércoles, 18 de febrero de 2009

UNA MIRADA A MIS AÑOS OCHENTA DEL SIGLO XX

Durante los primeros días de este año, cuando todavía disfrutaba de las vacaciones de navidad, dediqué algunas tardes a corregir viejos poemas y a releer los que, escritos en los remotos años ochenta del pasado siglo, incorporé a mi antología Monólogo del entreacto. Me daba cuenta de que eran poemas muy apegados al tiempo que vivía, poemas nacidos de la emoción ante un mundo que comenzábamos a construir quienes habíamos nacido en la década de los cincuenta. Hoy, en este tramo final de la primera década del siglo XXI, miro hacia atrás, hacia el tiempo del comienzo de lo que convencionalmente podría llamar mi "carrera literaria" (con algunos entrecomillados más de los que acabo de poner) con cierto vértigo. Todo nacía. Todo era descubrimiento. Todo era modernidad, irreverencia, cambio. Algunos teorizaron aquellos años bajo el marchamo de movida madrileña y suelen vincular su etapa de esplendor al brillo algo alcohólico y anfetamínico (al menos al principio, después, muy poco después, sería heroinómano y desolador) de determinados bares de moda, a Alaska o al primer Almodóvar, a García Alix o al dúo Costus, a revistas como Luna de Madrid o Madriz, a Gabinete Caligari, Dundan Dhu o a la maravilla hecha de melancolía, memoria rota y frío helador de Enrique Urquijo y Los Secretos. Sí: todo nacía. Con decir que incluso un alcalde de aspecto eternamente viejo como Tierno Galván se asomaba a las ventanas y balcones municipales con la sonrisa desafiante de una extraña vanguardia hecha de marxismo algo decimonónico y vehemencia casi adolescente lo digo todo. Sí, en ese mundo que hervía (hasta la televisión, la única entonces y denominada TVE, hervía) yo escribía no mis primeros versos, que dormían encerrados para siempre en viejísimas carpetas de una adolescencia confusa, sí los primeros versos construidos para ser, algún día publicados. Todo era posmoderno en las zonas centrales de mi ciudad, del Madrid recién recuperado del 23-F. ¿Y yo? ¿Qué hacía aquel poeta de casi treinta años de edad en la ciudad posmoderna inmersa en la movida? Estar seriamente enfermo de compromiso, de ética colectiva, de principios y finales. Y escribir, como podía y donde podía, al calor de otra movida: menos vistosa y colorida, menos alegre y confiada, menos propicia a bares y discotecas, menos Rokola (¿se escribe así?).
La movida en que yo vivía estaba en el declive de los polígonos industriales a punto de reconversión, en los barrios periféricos donde asociaciones vecinales, curas equivocados y jóvenes soñadores inventaban otra cultura o descubrían la cultura con mayúsculas, en las aulas universitarias donde la mirada del estudiante menos pudiente (casi siempre inquilino de los turnos de noche, fugaz viejoven enamorado y huidizo) no acababa de acostumbrarse a la libertad y seguía buscando entre la gente al miembro de la brigada político social que menos de un lustro antes sembraba el miedo y la incertidumbre entre los más comprometidos; en el amor urgente, de una lealtad a prueba de bomba, asentada en principios irrenunciables, nacidos de la fusión de lo íntimo y lo colectivo: lo dijo Benedetti, se lo cantaron a Benedetti, "En la calle, codo a codo, somos mucho más que dos". Ese era el caldo de cultivo de mis poemas de entonces. Caldo de cultivo que sería aliento, aire, temblor interior, poso irrenunciable, seña de identidad. La proteína de aquel tiempo está en los poemas de El vuelo liberado (1986), de Papeles inciertos (1990), en mi novela Los filos de la noche (1989), por ejemplo.

Un tiempo que recuerdo en invierno, que creció en el invierno, hecho de azules trencas y abrigos de paño, de amores imperfectos y devociones literarias insustituibles: Blas de Otero, Cortázar, Vallejo... Sí: en el mundo lateral del Madrid posmoderno vivía la ciudad de hogares humildísimos creciendo en Villaverde, o en Moratalaz, o en Vallecas, o en el Pozo... Todo eso volvió al corregir mis viejos poemas. Y vuelve cuando leo parte de los que, en un pequeño cuaderno, me ha publicado Cajasur bajo el título Versiones del invierno recuperando así poemas que creo valiosos que habían quedado fuera de mi Monólogo...

Y cobraron sentido otros textos de aquellos años: algo más de doscientos folios de un diario que escribí, en noches de tinta y desafío, como espacio de reflexión sobre cuanto me ocurría, sobre mi atormentada existencia de escritor a la espera y militante de izquierdas pugnando íntimamente entre las horas de escitura y las horas de debate, entre la lectura de los más hondos y perturbadores poetas y la de los últimos textos de sociología urbana, entre 1985 y 1991. Ese diario, contemplado hoy a través de la lente del tiempo transcurrido, es tiempo congelado, es, recuperando la definición que diera a la poesía Manolo Vázquez Montalbán: tiempo significante, vida. Muchos años han permanecido los folios guardados en una gruesa carpeta antes de ser trasladados al universo más que posmoderno, ultramoderno, del ordenador. Hoy conforman un libro inédito que en un primer momento titulé Tiempo de espera y que hoy, cuando valoro en perspectiva lo que signíficó para mí la vida en aquella década memorable, he decidido denominar Días de los ochenta. Tal vez un día deje de ser inédito. Entonces será un trozo de mundo, de historia, de experiencia, colocado en el apasionante escaparate del mundo literario del siglo XXI. Una ventana abierta a los sueños de quienes, entonces, nacíamos a la poesía y a la novela. Alguno de ellos (Concha García, Sergio Gaspar, Ruiz Noguera, una recortada y más joven que el resto Isabel Pérez Montalbán, el malogrado Juan Manuel González...), posamos en la foto rodeando a Antonio Gamoneda. Fue en Córdoba, en Los Pedroches, en una hermosa primavera de mediados de los noventa.



lunes, 12 de enero de 2009

PALESTINA, UNA VEZ MÁS, SOMOS NOSOTROS

Hoy he estado en la manifestación en contra de la brutal agresión (más de 900 víctimas en este momento, de ellas un tercio niños, permiten hablar de genocidio puro y duro más que de agresión) de Israel contra el pueblo palestino en la franja de Gaza. Las imágenes que sistemáticamente estoy viendo en las distintas televisiones, con edificios destruidos, calles en ruinas, cadáveres diseminados, niños envueltos en sudarios, mujeres llorando en la más absoluta desesperación me recuerdan terriblemente otras imágenes: las que hemos podido ver miles de veces en noticiarios, en documentales y en innumerables películas en no pocos países europeos durante la Segunda Guerra Mundial o durante la guerra de los Balcanes. La realidad que está viviendo el pueblo palestino (y quienes, residentes allí, no son palestinos) en la franja de Gaza se parece de manera inquietante, terrible, a la que vivió el propio pueblo judío en otros momentos de la historia de la Humanidad. Sólo faltaba añadir a las penalidades cotidianas que los palestinos han vivido con el bloqueo y el muro, a la falta de alimentos y de los más elementales servicios, un bombardeo sistematizado que no se detiene ante escuelas, ante dependencias de la ONU, ante viviendas particulares (a las que derriban aunque con ello se lleven por delante la vida de familias enteras). Y, como colofón y como pieza imprescindible de todos los genocidios, el amordazamiento de la prensa internacional, que tiene prohibida (¿con qué derecho? ¿quién autoriza a un estado que se dice democrático cercenar la libertad de expresión, el derecho inalienable a la información?) la entrada en Gaza. Algo que ha rechazado radicalmente la ONG "Reporteros sin fronteras" con el apoyo de medios como el New York Times, las cadenas BBC, CNN, RNE y TVE, los diarios ABC, El Mundo, El País y La Vanguardia y las cadenas de La Sexta y Cuatro, entre otras muchas.
Amar la literatura de Amos Oz, de Canetti, de Grossman, de Celan, de tantos otros escritores judíos, de nacionalidad israelí o ciudadanos del mundo, no nos puede cegar ante la ignominia, ante la falta de principios de toda índole con que se comporta el ejército de Israel, uno de los mejores equipados del mundo, contra un pueblo desarmado. Sí: desarmado. Cierto que Hamás es una organización que protagoniza actos terroristas que han de ser condenados con absoluta firmeza. Pero... ¿alguien, en Israel, ha reparado en el hecho de que en sólo 10 días su ejército ha asesinado a más personas (300 niños entre ellas) que en toda la historia del terrorismo de Hamás? ¿Cuántos analistas políticos, en Israel, han contemplado la hipótesis, más que probable, de que tras esta operación, Hamás siga lanzando sus cohetes? ¿No significará eso una victoria de esa organización, por otro lado gobernante en Gaza por decisión de las urnas? ¿Con qué cara miraría al mundo uno de los ejércitos más poderosos tras el fracaso de su principal objetivo después de masacrar a cerca de 1.000 personas, provocar cerca de 4.000 heridos y una cifra incontable de desplazados, de nuevos refugiados, de ciudadanos sin techo, de niños sin escuela, sin sanidad...? No sólo sería, en el fondo, una victoria militar de Hamás, puesto que el objetivo del gobierno y del ejército de Israel de acabar con los lanzamientos de cohetes no se habría cumplido, sino moral, de civilidad, de defensa de los derechos humanos de todo un pueblo?
Ni la cultura, ni la literatura, ni el pensamiento, tienen nada que ver con la práctica de un gobierno cada vez más impregnado por el extremismo. Los intelectuales israelíes, los poetas, los novelistas, los músicos, los pensadores judíos no pueden permanecer impasibles ante la violación sistemática del derecho internacional, de los derechos inalienables del millón y medio de personas que viven en Gaza. Quienes vivieron el Holocausto (con otros muchos ciudadanos no judíos) deberían ser agentes activos por la paz, ejemplo en el respeto de la Declaración de Derechos Humanos de la ONU. En el comienzo de nuestra guerra civil, el general Millán Astray se dirigió a Unamuno en la Universidad de Salamanca con aquel grito en favor de la barbarie que decía "¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!". Hoy, la operación contra los palestinos de Gaza, como ayer los bombardeos sobre Beirut, son el "Viva la muerte" de un gobierno que debería poner en primer plano los valores de la cultura occidental. Entre ellos el de la inteligencia. Porque no es inteligente quien, reclamándose paladín de la democracia, siembra odio y muerte, quien recurre de manera sistemática a la ley del talión multiplicada por 100.
Termino con una reflexión: ¿alguien, dentro del gobierno de Israel, ha pensado fríamente en qué porcentaje se habrá incrementado el odio de los palestinos hacia ese país, hacia su estado después de lo que está viviendo? Y... ¿en qué grado se habrán incrementado los huérfanos, hermanos de niños masacrados, hijos de mujeres heridas, muertas o mutiladas, de milicianos torturados, que estarán dispuestos a inmolarse en cualquier autobús de una ciudad de Israel en cuanto tengan oportunidad de hacerlo?
Aunque Israel arrase Gaza (algo nada improbable), habrá perdido la guerra. Y... ¿hasta cuándo el resto de los estados y pueblos del mundo estaremos dispuestos a permitir que su política esencial no sea otra que responder a sangre y fuego, destruyendo ciudades enteras y sembrando la desolación y el horror, y no con el derecho internacional a cualquier agresión? ¿Cuánto tiempo hace que los países democráticos y civilizados de Occidente decidieron, con justeza y con eficacia, responder al terrorismo con derechos humanos, con acción de la justicia, con firmeza y no con terror? Frente al horror cotidiano que se está provocando en Gaza, no queda sino afirmar, en contra de lo que dijera Millán Astray a Unamuno, ¡Viva la inteligencia y abajo la muerte!

viernes, 5 de diciembre de 2008

UN JUAN Y UN JOHN

UN JUAN
Marsé: un premio Cervantes merecido y deseado por muchos. Un premio al narrador de la Barcelona subalterna en años de cieno y oscuridad. Un premio a la literatura con alma, con emoción, con voluntad decidida de entrar en las zonas menos apacibles de la existencia: los barrios de los vencidos de las décadas de los cuarenta y cincuenta del pasado siglo; los amores clandestinos y los amores que la división social, mantenida contra viento y marea por los poderosos, hacen imposibles; la mirada introspectiva hacia una infancia hecha de sueños incumplidos, de deseos frustrados, de pequeños paraísos construidos en las calles de una ciudad segregada en la que los prostíbulos conviven con el amor legal del matrimonio bendecido; Juan Marsé, el eterno candidato al Cervantes, el escritor que surgió, como una planta extraña, de la rara semilla del antiguo oficio de aprendiz de joyero. A otro Juan, el poeta, amigo de los menesterosos y autor de una escritura crítica con la realidad establecida, apellidado Gelman, sucede, en el elenco de los Cervantes, el Juan de Últimas tardes con Teresa, Ronda de Guinardó o Si te dicen que caí, tres obras cumbre de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX. ¿Cuántos críticos, en su día, adscribieron a Marsé el calificativo de socialrealista de manera despectiva? ¿Cuántos, deslumbrados por el experimentalismo que irrumpió en España en la década de los 70 o empeñados en descalificar la tradición narrativa que venía del realismo de los 50 se dedicaron, durante más de un lustro, a sacralizar novelas frías, carentes de emoción, desgajadas de la realidad vivida por miles de hombres y mujeres, a buscar la oscuridad y la desestructuración de la narratividad para convertir el concepto novela en sinónimo de aburrimiento? Soy de los que piensan (y lo digo en mi doble condición de crítico y creador) que es infinitamente más difícil escribir una novela corta como Ronda de Guinardó, o Teniente Bravo, auténticas piezas de relojería, artefactos precisos en los que hay un ímprobo esfuerzo de lenguaje, que una novela oscura, fragmentaria, difícil de leer (y, por ello, difícil de entender) no tanto por la complejidad de las ideas que intenta transmitir su autor como por la confusión, por la falta de destreza argumental o por la incapacidad para narrar del mismo. Obvio es decir que no es un principio general, que hay numerosas excepciones. Ahí están Faulkner o Joyce (o, en otra dimensión, Benet), entre otros, que (al igual que los grandes pintores informalistas mostraron su destreza figurativa además de experimentar e innovar), en un momento determinado pusieron de relieve la dimensión de su talento al escribir, junto a sus grandes y complejas novelas, grandes textos transparentes, directos, de una dificultad extrema por su intensidad y precisión: Santuario o Mientras agonizo, Faulkner; Dublineses o Diario del artista adolescente, Joyce.

UN JOHN


Steinbeck, el poeta directo que inmortalizó la miseria colectiva de la Gran Depresión del 29, el escritor que puso el lenguaje en el lado de los que sufrieron las consecuencias de la rapiña de un sistema basado en la lógica del beneficio puro y duro, no sólo escribía novelas o relatos. No sólo escribía crónicas periodísticas y, como una deriva de juventud, poemas inmaduros. Escribió también sobre su propia escritura, sobre su vida cotidiana mientras escribía algunas de sus grandes novelas. Poco sabemos en España de esa vertiente de la obra del Nobel norteamericano (en realidad, poco sabemos de esa vertiente de cualquiera de los escritores que conocemos). Bartleby Editores, editorial empeñada en descubrir aspectos desconocidos de la labor de algunos grandes escritores de nuestro tiempo, ha decidido, al igual que lo hiciera con Berger (Esa belleza), o con Carver (Carver y yo, de Tess Gallagher), o con Günter Grass (Lírico botín. Poesía y dibujos de 50 años ), ofrecernos la crónica de la cotidianidad que acompañó a Steinbeck mientras escribía su novela Al Este del edén. El título: Diario de una novela: las cartas de "Al Este del edén". Cartas, sí. Pequeñas crónicas de la labor diaria que complementaba su a veces placentera y a veces tormentosa tarea narrativa que Steinbeck enviaba a su editor casi a diario. Un Steinbeck desconocido, empeñado en labores tan en apariencia irrelevantes como seleccionar los lapiceros con que escrbir, trabajar la madera, ir a llevar a sus hijos al colegio, reflexionar sobre su mayor o menor afición al whisky, o sobre el miedo a la enfermedad o la tendencia a la depresión, o sobre el destino de su novela una vez que muera... La cocina del escritor, la intrahistoria de la escritura, el latido de ese corazón indefinible en que suele convertirse la mesa de trabajo mientras se acomete la redacción de una novela. Diario de una novela es un raro tesoro literario que es, en el fondo, la radiografía de un mundo: el que vive al otro lado de la novela que, un buen día, verá la luz y será propiedad de sus lectores.

jueves, 27 de noviembre de 2008

DE JUAN GELMAN A JULIO MARISCAL, LAS DOS ORILLAS

El pasado 17 de noviembre tuve la fortuna de acompañar a Juan Gelman en la nominación de la biblioteca del Instituto Cervantes de Viena. Desde ese día, hablar de esa biblioteca "cervantina" es hablar de Juan Gelman, de su poesía fracturada y fracturadora, de su bonhomía, de su compromiso con los humildes, de su trayectoria humana no menos fracturada por la injusticia y por la barbarie. Compartí con él y con Mara algunas horas en las que pude constatar su sentido del humor, su tenacidad en la defensa de la memoria (la íntima y la colectiva) y su fe insobornable en la poesía como "lugar más calcinado del idioma" y, por ello, como nucleo central de la experiencia y de la vida. Con Gelman, con Carlos Ortega, con el narrador Iñaki Abad hablé, en distintos momentos, de la masiva asistencia a los dos actos que protagonizó el propio poeta. A la inauguración de una exposición sobre su obra tras el descubrimiento de los versos (breves) que con su firma manuscrita ocuparon el lugar de la placa en un enorme panel, y a la lectura de poemas con que nos regaló horas más tarde. La presencia fue especialmente numerosa en la lectura. La sala estaba abarrotada, sobre todo, de jóvenes estudiantes vieneses que siguieron los poemas de Juan, en castellano y en alemán, con la devoción de quien ama a fondo la poesía. También con un sentimiento adicional : la solidaridad con la experiencia vital de Gelman, el interés por mostrarle el calor y la cercanía con el drama que vivió bajo la dictadura de Videla, la identificación con su lucha, con su actitud ética y, ¿por qué no?, con su sufrimiento.
Cuando uno vive de cerca momentos como los descritos, no puede dejar de pensar en la importancia que, en estos tiempos de dominio de lo audiovisual, de la cultura pasiva que genera la televisión, tiene la literatura y, sobre todo, tiene la poesía. Aunque los apocalípticos de la cultura del libro nos anuncian que una de las primeras víctimas de la nueva era digital será el libro de poemas, creo que la realidad, en lo que llevamos del nuevo siglo, desmiente tal vaticinio. Sé de muchos poetas que optan por la edición digital de sus libros, cada día me llegan noticias de nuevas revistas culturales que surgen al margen del papel, que se bastan con estar presentes en la Red. Todo eso es cierto. Pero también lo es que la práctica totalidad de los poetas que editan en Internet, aunque su edad roce la adolescencia, aspiran a ver sus libros publicados en papel, a mostrarlos en la mesa de novedades o en el anaquel de la librería más importante de su ciudad. Esa realidad, fácilmente constatable al conversar con cualquiera de los poetas que voy conociendo (y que, estoy seguro, habrá experimentado la mayoría de los lectores de esta entrada) pone en evidencia que la poesía goza de buena salud en este nuevo siglo entre tecnológico y virtual (y terrible por la persistencia de industicias seculares). Gelman me lo demostró en Viena del mismo modo que lo demuestran los cientos de poetas que cada día, en los centros culturales más ínsólitos, leen sus versos a auditorios más o menos numerosos convencidos, en lo más íntimo, de que están ofreciendo su visión del mundo, su mirada más honda, su fe en la vida y en el arte (poética) para darle un sentido.

¿Acaso el hecho de que un diario como El País impulse y difunda una colección de antologías de poetas con un amplio despliegue publicitario no es una forma de reconocimiento de su importancia en nuestra vida cotidiana? Aunque no es fácil medir su impacto, una iniciativa como esa va en favor de la poesía, ayudará a aumentar su número de lectores y, aunque en primera instancia va a suponer la entrada de la poesía en los kioskos de prensa, en el fondo será la siembra de una nueva semilla para que, a la vuelta de unos años, el género cuente con un apoyo mayor que el actual, con un reconocimiento social más sólido, con más ventas. La apuesta de El País por autores consagrados (con ausencias, sin duda, pero todos indiscutibles) tendrá sus efectos, en el medio plazo, en los jóvenes poetas de hoy (incluso en los inéditos) y en quienes, desde hace muchos años, venimos dedicando una parte de nuestra vida al poema. Sin duda.
Si empecé con Gelman, cierro con un poeta desconocido para las generaciones más recientes: Julio Mariscal Montes, un poeta de Arcos de la Frontera (1922-1977) dueño de una lírica directa, transparente, intensa, cargada de emoción y de significados oscuros, al que he leído, en extensión y profundidad, muy tarde (aunque tuviera acceso a algunos de sus poemas a finales de los 70, gracias a la antología de Antonio Hernández Poétcas del cincuenta. Una promoción desheredada). Una agregación, como lo fuera en su día Antonio Gamoneda, a la Generación del 50 y a sus estéticas más apegadas a una subjetividad tamizada por la presencia de lo colectivo. Una poesía paralela a la de Carlos Sahagún, a la de Eladio Cabañero, a la del Blas de Otero o del José Hierro más intimistas, a cierto Hidalgo. Si el lunes, 17 de noviembre, conviví con Gelman bajo el frío otoñal de la capital austríaca, el lunes, 24, justo una semana después, lo hice con la sombra perturbadora de los versos del casi desconocido Julio Mariscal Montes bajo el techado gótico de una vieja capilla de Arcos convertida en lugar para la palabra y para la reflexión. De Juan a Julio, de Gelman a Mariscal, de Viena a Arcos. Aconsejo a los no iniciados que se acerquen a la obra de Mariscal: no hace mucho, con prólogo y selección de Pedro Sevilla, llegó a las librerías su antología La mano abierta (Renacimiento. Sevilla, 2007). Ahí encotrarán una colección de magníficos e inquietantes poemas que recomiendo con calor en este noviembre frío y nevadizo.


martes, 4 de noviembre de 2008

Rastrear en la historia literaria, un oficio del editor sensible

Bartleby ha editado a la hasta ahora desconocida narradora alemana Brigitte Reimann. Los hermanos es una hermosa novela que nos sitúa en el corazón de la vida cotidiana de la que fuera una sociedad modélica en teoría: la República Democrática Alemana, la RDA. La misma editorial acaba de publicar la poesía completa de William Faulkner y no tardando mucho hará llegar a las librerías un curioso (y necesario) libro póstumo de Steinbeck: Diario de una novela: las cartas de Al Este del Edén. Esas novedades, junto a libros no muy lejanos en el tiempo como los cuentos de Harlodo Conti o los poemas de Todos nosotros, de Raymond Carver, por no hablar de la Poesía completa de Sylvia Plath a la que me he referido en este blog en otra ocasión, muestran una vertiente apasionante del trabajo del editor creativo, del activista de la cultura desde la trinchera de la edición. Lo fácil, para un pequeño editor, es limitarse a editar premios, es aprovechar contactos en la administración para acceder a contratos de cierto relieve... Ejemplos tenemos algunos y no insignificantes. Lo menos fácil sin embargo, aunque imprescindible, es bucear en el presente de nuestra creación, buscar la calidad con independencia de la opción estética de la que el autor se reclame. Y, de manera muy especial en un momento en que se pretende demoler nuestra mejor memoria literaria, buscando en el pasado, indagando en las obras menos conocidas de los grandes autores, rastreando títulos y autores que fueron olvidados bajo las oleadas editoriales de las modas de cada momento.

Esa práctica del buceo la aprendí, como lector y amante de la literatura, hace no muchos años cuando descubrí, en la mesa de novedades de una librería, una novela corta escrita por un desconocido autor de la década de los cuarenta del pasado siglo. Se trataba de Helena o el mar del verano y su autor era Julián Ayesta. Una novela de 1952, recuperada por una pequeña editorial con el afán de ofrecer buena literatura a un lector cada vez más asediado por la cultura audiovisual. ¿Qué significaba para mí la simple oportunidad de hojear el libro y enfrentarme a un mundo de lenguaje lleno de colores, de olores, de sensaciones, de modernidad, de sabiduría? Algo tan sencillo como caer en la cuenta de que alguien, en una pequeña editorial, se había dejado llevar por la pasión literaria, había escarbado en la historia de nuestra novela y había decidido sacar a la luz un libro que, por razones de índole diversa, había quedado en la sombra.

¿Qué fue de maravillosas novelas que no tuvieron la fortuna de ser respaldadas por una campaña publicitaria o por un premio de renombre, pero en las que había calidad, lenguaje revelador, sentimientos, emociones, mundo? Novelas hoy desconocidas que aparecieron en los años 50, o en los 60, o en la década de la transición política española, pueden ser sometidas a la nueva mirada del lector de hoy y cobrar una luz nueva. Lo mismo cabe decir en relación con libros de poesía hoy olvidados pero de una calidad más que notable. Pero para que ello ocurra hace falta la mirada y la devoción del editor sensible. Esa mirada, traducida en acción, en búsqueda, en confianza en la palabra escrita, es, en el fondo, un servicio de primer orden a la sociedad, al lector, a la cultura. Es un campo poco frecuentado por nuestros editores, un campo que, sin embargo, espera ser roturado.

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...