miércoles, 29 de septiembre de 2010

"La mujer muerta": algunas evocaciones del otoño de 1999.


Calle de Puebla de la Sierra
Recuerdo los últimos meses de 1999 con una calidad borrosa. Fue el otoño de la espera del libro que en unos días se edita de nuevo. El otoño de las correcciones, de la ansiedad ante la aparición de la que consideraba (y la sigo considerando al día de hoy) mi más ambiciosa y extraña novela, algo que se produciría pocos meses después, a principios del año 2000. Fue, también, el otoño en que apareció Madera de boj, la novela de Camilo José Cela que el mundo literario (y, en general, el mundo lector) llevaba esperando décadas. El libro del Nobel decepcionó a unos pocos aunque tuvo un respaldo de crítica casi unánime. Yo estuve entre los decepcionados y no sólo porque al aparecer en el mismo catálogo que La mujer muerta supuso una dura competencia en la búsqueda de espacio en las meses de novedades de las librerías. Fue el otoño en que E., mis hijos y yo viajamos, con un grupo de amigos escritores, al pueblo segoviano de Riaza, a la inaguración de una exposición de grabados de Alexandra Domínguez, artista plástica y poeta con una obra en la que el surrealismo, la imaginería del Chile rural y una delicadeza de miniaturista se combinan hasta depurarse en un lirismo intenso y perturbador. En aquel viaje, del que guardo el recuerdo de un paisaje, contemplado desde el mirador de Peñas Llanas, junto a la ermita de la virgen de Hontanares, en el que el amarillo y el ocre se extendían, como una ineterminable alfombra compuesta por las copas de los robles hasta la llanura lejanísima que, al norte, se desplegaba hacia las tierras de Burgos, hablé largamente de La mujer muerta, de mis miedos, de sus personajes, de los escenarios naturales en que se desarrollaba.   


Portada de la novela La mujer muerta
Con nosotros estaban, además de Alexandra, Guadalupe Grande, Juan Carlos Mestre, Juan Vicente Piqueras, Paca Aguirre y Diego Jesús Jiménez. Y, por supuesto, Malva y José Manuel, ya familiariazados, en la vida madrileña, con aquellos compañeros de viaje siempre preocupados por la palabra justa y por las causas perdidas. Y por la amistad y la conversación, que no es poco. En aquel viaje hablé de mi nueva novela, entonces en proceso de edición, y de las obsesiones y fantasmas que en ella se reflejaban. Recuerdo el viaje desde Madrid y, sobre todo, el momento en que avanzábamos por la carretera de Burgos, al oeste de la sierra del Rincón, entre cuyas cumbres se levantan los montes que me sirvieron como fuente de inspiración para dibujar, con la palabra, los paisajes de La mujer muerta.  

En 1999 acababa de morir un magnífico programa de radio sobre libros y literatura que conducíamos, a tres voces, Ángel García Galiano, Paco Solano y yo. Libromanía, producido por Blanca Navarro, una periodista y promotora cultural a la que perdí la pista hace tiempo, formaba parte de la parrilla de Europa FM y se llegó a mantener en antena durante 3 años. Fue la excepción en un panorama radiofónico que recluía (y recluye) los programas culturales en la radio pública. Por eso, no cabe considerar ilógico que los propietarios de la cadena, en aquel tiempo bajo la égida de la Telefónica de Aznar y otras hierbas, privada y buscadora de beneficios, decidieran liquidarlo. De nada le sirvió a Libromanía la obtención del Premio Nacional de Fomento de la Lectura (compartido con Revista de Libros) en 1997 ni que por los estudios de Europa FM, gracias al programa, desfilaran escritores como Pepe Hierro, José Manuel Caballero Bonald, Manuel Vázquez Montalbán, Félix Grande o Manuel Longares, entre otros muchos.

En 1999 nos aprestábamos a enfialar el último año del siglo XX y nos invadían los milenarismos, los más pesimistas augurios sobre los efectos del cambio de milenio en los sistemas informáticos, que, nos decían los expertos, podían poner en peligro miles de millones de archivos con datos de los ciudadanos, de los estados, de las empresas. En 1999 Bartleby Editores cumplía su primer año, nacía la nueva imagen de su colección de poesía y Pepo Paz y yo nos convocábamos de vez en cuando a almuerzos fugaces en la cafetería de la Asamblea de Madrid (en los que hablábamos de libros, de poetas, de proyectos imposibles) o a desayunos no menos fugaces en alguna de las cafeterías del Centro Comercial Las Rosas, entre Moratalaz y Canillejas.

En 1999 nacía, como proyecto, mi libro viajero Por la sierra del agua. Una mezcla de azar y necesidad (Monod dixit) me llevó, en la primavera de ese año, a ocupar una concejalía en Garganta de los Montes, un pueblo situado en el valle del Lozoya en el que, también por una mezcla de azar y necesidad, conocí la dramática y casi inverosímil historia de la existencia, en la posguerra, de un campo de concentración en las afueras al que me he referido, más de una vez, en este blog. Acudir períodiscamente a Garganta me ayudó en nuevos proyectos narrativos más allá de La mujer muerta y avivó mi curiosidad por conocer la historia oculta de la represión franquista.  En aquel otoño hice algunas escapadas a los parajes próximos a Puebla de la Sierra, me perdí en la soledad de sus montes oscuros, deshabitados, fotografié sus roquedas abruptas y sentí, con un punto de desasosiego, que vivía algunas de las experiencias de Gonzalo Porta, el pintor protagonista de mi novela.

Grabado de Alexandra Domínguez
Todo eso, y mucho más, ocurría en 1999. Pero lo que de verdad me importaba, y me llenaba de incertidumbres y miedos y me producía un vértigo extraño, era la posibilidad de tener en mis manos el primer ejemplar de la novela en que llevaba empeñado más de 6 años. Y hoy, a las puertas de una nueva edición revisada y corregida, tengo una sensación parecida. Es una novela extraña, en las antípodas de las estéticas "tecnointernáuticas" de la narración fragmentaria de la llamada "generación nocilla", alejada del realismo, no del todo fantástica aunque no renuncie a ciertas dosis de fantasía, con un argumento pensado para atrapar al lector desde la primera línea y arrastralo a un mundo desasosegador (al menos, tal fue mi pretensión) en el que vive la memoria de un tiempo difícil y los dilemas que el arte contemporáneo se viene planteando desde, al menos, principios del siglo XX.  Dentro de poco, con nueva portada, una portada de Fernando Vicente radicalmente distinta a la de la primera edición y de una belleza algo naif en la que respira sutilmente el mundo que aún recuerdo de la década de los sesenta, llegará en las librerías. El 18 de octubre, así lo anuncia Rey Lear Editores, estará a vuestra disposición. Os deseo una feliz lectura.

martes, 31 de agosto de 2010

Un programa sobre literatura y verano en RNE.

Entrada breve, de despedida de agosto. Y breve porque quiero que siga estando vigente la que dedico a JAVIER EGEA y que podéis leer abajo.

 Hace unos días me llamó Ignacio Elguero, me dijo que iban a dedicar un monográfico de "La estación azul" al verano en su relación con la literatura y que querían hablar conmigo sobre mi novela Verano. Por supuesto, el programa no habla sólo de mi novela. Es un espacio fresco, vivo, lleno de capacidades evocadoras, con el verano como excusa y el amor a los libros como hilo conductor. Aquí os dejo el enlace La estación azul y una foto evocadora de algún verano Sed felices.

Volviendo de Soria. Junio 2010

viernes, 27 de agosto de 2010

El poeta "en armas contra la soledad": Javier Egea vuelve el próximo otoño.

Paso una parte de mis vacaciones en un rincón del valle del Lozoya, en plena sierra del Guadarrama. Siempre, en esta época, me acompañan dos o tres libros para las horas de lectura (más escasas de lo que uno proyectó antes de iniciar el descanso) y trabajo literario pendiente. En esta ocasión han venido conmigo Nocturno de Chile, de Bolaño, inacabada lectura de los días del terremoto en el país andino y del frustrado Congreso de la Lengua de Valparaíso, Caballo en el umbral, la maravillosa antología póstuma de José Viñals recién editada por Editora Regional de Extremadura y al cuidado Andrés Fisher y Benito del Pliego, y una pequeña joya narrativa, editada por Rey Lear, titulada De la vida de un inútil, del poeta alemán Joseph von Eichendorff.

El trabajo literario (que realizo con el ruido de fondo de las primarias en el socialismo madrileño) es una introducción a la poesía completa publicada de Javier Egea, el poeta granadino, coprotagonista, con Álvaro Salvador y Luis García Montero, del manifiesto de 1983 La otra sentimentalidad,  que, hace 11 años, decidió decirle adiós a la vida. Ni que decir tiene que la relectura de todos sus libros, la indagación en las críticas que fueron apareciendo en distintos medios desde los remotos años 70 y la lectura de las entrevistas a las que respondió, además de los diversos trabajos que distintos especialistas han ido publicando, me han llevado un tiempo notable (que también ha reducido las posibilidades de lectura de los libros antes mencionados) a la vez que han supuesto una experiencia apasionante.

Javier Egea vuelve en otoño. De la mano, el aliento y el impulso de Bartleby Editores, gracias al esfuerzo y la tenacidad de José Luis Alcántara, Helena Capetillo y Juan Antonio Hernández y otros amigos cercanos. Vuelve el poeta extraño, casi borrado de los mapas poéticos en la década de los noventa, el poeta que se forjó, cultural y sentimentalmente, en la Granada de los últimos años de la dictadura y en los primeros de la transición, el poeta del amor agrietado y de los bares últimos, de la infinita soledad y de la renuncia a la clase acomodada a la que, por origen, pertenecía. Javier Egea se suicidó en 1999, a la edad de 47 años, y dejó una estela de lectores, de incomprensiones y de textos no publicados que, hoy, demandan justicia. Y  la única justicia que cabe hacer a los grandes poetas es la que consiste en situar su obra en el lugar que le corresponde en el universo al que perteneció y en condiciones de ser leída, gustada y valorada por las nuevas generaciones.

No tuve la fortuna de conocerlo, aunque desde que leí, por primera vez, sus poemas, supe que entre él y yo había en territorio de inquietudes comunes. Nacimos en el mismo año, en 1952. Él en Granada y yo en Madrid. Fuimos marcados por los mismos mitos y acontecimientos que gravitaron sobre nuestra generación. El asesinato de J. F. Kennedy, la muerte de Marylin, la llegada del hombre a la luna, la lucha contra la dictadura cuando éramos infinita e insultantemente jóvenes, la transición, con sus luces y sus sombras, la crisis del partido comunista, el descubrimiento del amor, y de la poesía, y de la literatura y de la música, y el cine neorrealista italiano y la escritura de Pavese, de Pasolini, y antes. la poesía de Bécquer, de Antonio Machado, de los poetas del 50, quizá Blas de Otero (que si estuvo en Granada).

Él vivió el impacto de tales acontecimientos, cuando todavía era "Quisquete", en la Granada bulliciosa e irreverente de un tiempo en el que todo podía soñarse porque todo se creía realizable, yo en el Madrid de extrarradio y de luchas ciudadanas y sindicales y culturales. Yo tenía difusas noticias de aquella Granada, en la que convivían revistas como Tragaluz (donde Javier publicó su primer poema en 1970), o Poesía 70, dirigida por Juan de Loxa, o el hervidero de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad con brutales acontecimientos protagonizados por la dictadura (cómo olvidar el asesinato, en 1970, de tres trabajadores de la construcción, una muestra de la represión policial del fascismo que conmovió a toda España), surgió el fermento para una poesía distinta, que se abriría paso en los primeros años ochenta y en la que la subjetividad del poeta no podía sustraerse de la consciencia de la realidad colectiva. Althuser, Gramsci, las elaboraciones teóricas de Juan Carlos Rodríguez, más tarde (y polémicas aparte) García Montero, o Álvaro Salvador, o Jiménez Millán, o el encuentro con los poetas y narradores vivos de la Generación del 50 en la Universidad (¿fue en 1986?), encuentro que dio lugar a un monográfico imprescindible de Olvidos de Granada

Javier Egea surgió de ahí. De esa tolva de acontecimientos y experiencias personales y colectivas. Y se hizo poeta de la soledad (a veces acompañada, a veces soledad a secas), se convirtió en el poeta que nos hablaba (nos habla) del amor nacido en habitaciones de una hora en alguna pensión perdida al final de una calle que lleva al descampado, el poeta que nos familiarizó con el Paseo de los Tristes o con los atardeceres que conducían a sórdidas noches de alcohol y desamor, con la soledad del mar y con las decepciones colectivas. Un poeta que se sobrepone al paso del tiempo, al anecdotario en que, a veces, se ha querido convertir su biografía. Un poeta que transita las décadas de los 80 y de los 90 en una marginalidad extraña, curtido en la sentimentalidad que siempre nos ha emocionado y, a la vez, en una sentimentalidad otra. Es el poeta que, hoy, cuando estamos a punto de enfilar la segunda década del siglo XXI, nos seduce y nos conmueve, no llena de zozobra y nos invita a releerlo para encontrar significados ocultos, nuevas realidades imprevistas en cada uno de sus versos.

Hace algunos años, tuve la satisfacción de escribir una amplia crítica para Babelia sobre la antología homenaje que editó DVD bajo el título Contra la soledad titulada "Realidad inhóspita y lucidez". Aquella antología fue un rescate limitado e insuficiente. Por eso, ahora, con la edición de su obra completa es preciso ganar la batalla contra el tiempo para el poeta y su obra. Situar su lírica, su trabajo poético, en el campo de la poesía desadjetivada. Cierto que él intentó una poesía “materialista”, una poesía de raiz marxista… Pero el resultado de esa labor, llena de sufrimiento y de esperanzas, de gozo y desolación, es POESÍA CON MAYÚSCULAS: sin adjetivos. Del mismo modo que la calificación de social de la poesía de Blas de Otero o de Pepe Hierro, por ejemplo, la lleva al reductivismo (porque fue social, en efecto, pero por encima de todo fue poesía) y la limita, a mi juicio es preciso recuperar la poesía de Egea en su dimensión más profunda, más perturbadora e inquietante. Situarla al lado de la obra de los grandes poetas en castellano, no acotarla en un espacio limitado. Porque es una poesía que emociona, que conmueve, que conecta a la perfección con la “honda palpitación del espíritu”o con la “palabra en el tiempo” a que se refiriera Antonio Machado.


La poesía de Egea se diferenció de la de sus compañeros de la “otra sentimentalidad” no por el anecdotario de su biografía, ni siquiera porque él, como ciudadano, se mantuvo siempre en una actitud de insumisión y rebeldía. de comunista insobornable (y decepcionado, todo hay que decirlo, del mundo literario no sólo granadino), sino porque supo combinar, en sus poemas, realidad e irracionalidad, claridad y oscuridad, emoción e incertidumbre, amor y desamor, vida y muerte. Hizo una poesía de la complejidad, que no rehuyó el apunte surrealista o la veta visionaria pese a contar con un eje vertebral esencialmente realista. Un libro como Troppo Mare, o gran parte de los poemas de Raro de luna, son inclasificables desde la óptica de la poesía figurativa. A mi juicio, es poesía total, poliédrica, civil e intimista a la vez. Una poesía perturbadora, extraña, rara, a veces fantasmal y a veces clásica sin parentesco alguno en los poetas que lo acompañaron en su peripecia vital y literaria. Poesía al fin y al cabo. 

Aquí os dejo un poema emblemático de Javier Egea. Es poesía sin adjetivos. Nada menos.

MATERIALISMO ERES TÚ

                                ¿Y tú me lo preguntas?
                                 Gustavo Adolfo Bécquer

Si supiste decirme que no estamos en paz,
si venir a tus labios fue sentir el calor
de un hermoso equipaje para siempre en los hombros.

Si se abrió el horizonte con sus ojos brillantes,
con toda su extrañeza.

Si hay días, raros días
en que cruzas de pronto la calle y me sorprendes
con alguna denuncia inesperada.

Si hay tardes, raras tardes
que me atrevo a contarte
mi pequeña verdad de enamorado,
que me atrevo a tirar por la borda algún jirón
de esta memoria sucia de dominio,
turbia de soledad.

Si hay noches, raras noches
que cuando te descubro
por una de esas calles que llevan al mercado
parece que una estrella, de golpe, me alumbrara.

sábado, 14 de agosto de 2010

"La mujer muerta" una novela que cumple diez años. En otoño, nueva edición revisada y corregida.

En los últimos meses, la cabecera de Al margen ha venido mostrando una serie de fotografías, realizadas en su mayor parte en abril de 2009, titulada Paisajes de una novela: La mujer muerta. No han sido colocadas ahí por casualidad.  Tenían que ver con el cumpleaños de la novela con la que, desde que nació, allá por el año 1992, hasta hoy, me he sentido más desasosegado y, a la vez, más satisfecho. También ha sido, de todas las mías, la que más tiempo y trabajo me llevó escribir: tres reescrituras a lo largo de 6 años -hasta que fue publicada por Espasa en 2000- en los que las dudas, la incertidumbre, el dolor (los últimos capítulos los escribí en las noches eternas en las que acompañé a mi madre en el hospital, en febrero de 1998) y la sensación de estar tanteando un territorio extraño, turbio y apasionante a la vez, se fueron entremezclando hasta dar lugar a una obra ante la que yo mismo (me ha ocurrido mientras releía, revisaba y corregía galeradas para la nueva edición en Rey Lear hace solo unos meses), me encuentro sumido en una inquietud rara. Tiene, para mí (del mismo modo que lo tuvo para algunos lectores que me hablaron de ella cuando apareció), un extraño e inexplicablde poder. Un buen amigo me escribió, dos meses después de su publicación, unas notas. Decían: "Es como una maraña envolvente que acaba atrapándote en un mundo de cuya realidad te enamoras y del que, a la vez, dudas. Atrae y aturde. Fascina y asusta". Nada que añadir.

Los orígenes de La mujer muerta.

Muchas veces me he preguntado dónde, en mi vida, está el origen de esa narración. Quizá naciera, como semilla en letargo, a mediados de los años 70 del pasado siglo, cuando, viajando con mi padre por trochas y carreteras casi abandonadas en el vértice norte de la entonces provincia de Madrid, dimos con un pueblo, situado en el fondo de un valle y donde la calzada moría llamado La Puebla de la Sierra. Ese pueblo de casas de piedra, entonces medio abandonado, rodeado de grandes bosques y de cumbres próximas a los 2.000 metros, como perdido del mundo y, a la vez, situado en Madrid, se quedó grabado en mi mente con la fuerza de los más perturbadores descubrimientos. Supe después que hasta finales de los años cuarenta se llamó La Puebla de la Mujer Muerta y que careció de electricidad hasta bien avanzados los años sesenta.

La Puebla de la Sierra en 2009. Perspectiva
Pero aquella semilla en letargo encontró un inesperado abono gracias a Malva, mi hija. Era muy niña, quizá tenía cinco años de edad, fue a finales de los ochenta, al regresar de una granja escuela (un viejo molino rehabilitado y reutilizado), situada a poco más una hora de Madrid, entre Riaza y Ayllón. Nos contó que, en una de las excursiones a las que la llevaron, visitó un pueblo deshabitado en el que sólo una mujer muy vieja, vestida de luto, deambulaba entre las casas vacías y entre las ruinas de los muros de piedra. ¿Un pueblo deshabitado a poco más de una hora de Madrid? Me seducía aquella idea, me fascinaba el contraste entre una capital con casi 4 millones de habitantes conviviendo con pequeños pueblos que parecían varados en algún remoto lugar del Pirineo o de la montaña leonesa. Como mi visión de La Puebla una década antes, la historia de mi hija ocupó un nuevo espacio ese raro almacén mental donde los escritores guardamos, en letargo, imágenes, ideas, recuerdos que algún día despiertan para formar parte de un poema o de una novela (o, por el contrario, quedan dormidos para siempre). Ambas imágenes convivían con el sueño (¿quién no lo ha tenido?) de vivir por un tiempo en un lugar perdido, escribiendo y conviviendo con la naturaleza y, hasta cierto punto, con la soledad.

La piel del lobo, de Hans Lebert: el impulso imprevisto.

Pero la novela irrumpió en mi vida, de manera inesperada, en 1992. Y lo hizo con un fuerza casi irracional después de la lectura de una novela extraordinaria,  La piel del lobo, del austriaco Hans Lebert, algo a lo que me referí, pronto hará un año, en este blog a propósito de este autor y de la Jelinek (si quieres echar una ojeada a aquel post, pincha aquí). Aquel libro, leído por recomendación de Constantino Bértolo, me mostró la existencia, en la Austria profunda, de un mundo rural apacible, hasta cierto punto convencional, tras el que vivían, hibernados y ocultos, los fantasmas y las perversiones del nazismo listas para renacer. Un mundo de bosques impenetrables, de fantasmas, de ocultas vergüenzas y de venganzas. Pues bien, yo sabía que no lejos de aquel pueblo idílico de la sierra del Rincón, al otro lado de las montañas que lo rodean, se habían producido duros enfrentamientos durante nuestra guerra civil, sabía del frente de Somosierra y de la sucesión de campos de trabajo y destacamentos penales que se instalaron en la zona en los años de posguerra.
   

Y me sentí acuciado por la necesidad de construir una historia que respirara en un territorio en el que la realidad y la fantasía e mezclaran, en la que convivieran un presente bordeando el siglo XXI con la memoria silenciada de quienes vagaron por aquellos montes tras la derrota de abril de 1939, de quienes vivieron mil penalidades en los campos de trabajo. Una historia que diera, además, cumplimiento a mi sueño imposible de apartarme por un tiempo en un lugar solitario, similar al pueblo descubierto junto a mi padre en los años 70. Así nació La mujer muerta. Y así nacieron Gonzalo Porta, el pintor que decide aislarse en Cerbal (un trasunto de La Puebla) en el otoño de 1986, y Berta Miranda, editora y compañera de fatigas de Gonzalo.

 ¿Cabría imaginar, en estos montes, una carretera que lleva
a una aldea detenida en la posguerra?

Quise construir un mundo extraño, perturbador, real, atrapado en un tiempo anterior, que conviviera con la ciudad en transformación que era el Madrid de la segunda mitad de los años 80. Quise reflexionar sobre el sentido del arte y de la literatura a través de la experiencia vivida por los personajes. Quise acercarme a la memoria colectiva de la generación de mis padres. Quise acercarme al límite en el que lucidez y locura se interrelacionan y conviven. La novela, de casi 400 páginas, fue presentada a la prensa por Manolo Vázquez Montalbán. En el acto de presentación hizo un sugerente acercamiento al libro, lo enlazó con su obsesión por recuperar la memoria de los vencidos y confesó que le había dejado profundamente inquieto, anímicamente desasosegado, además de referirse, con sorpresa y curiosidad, a una suerte de "triángulo de las Bermudas" en el vértice norte de la región de Madrid.
  
He de decir que Manolo la había leído en manuscrito, creo recordar que en la segunda versión, y que siempre confió en ella. La mujer muerta apareció dos meses después de que lo hiciera la obra, eternamente aplazada y esperada siempre, Madera de boj, de Camilo José Cela, formando parte del mismo catálogo y de la misma colección de la editorial Espasa, lo que supuso, todo hay que decirlo, una desventaja puesto que la editorial concentró todos sus esfuerzos, en aquel comienzo de 2000, en la novela del Nobel, por la que debió pagar un anticipo de los que hacen época. Después, fue presentada a lectores y amigos, en una de las librerías Crisol (hoy, lamentablemente, desaparecida), por Eduardo Sotillos y Félix Grande y comenzó a vivir en los anaqueles de las librerías y en la mente de muchos lectores. Y a ser, en el último lustro, quizá la más buscada de mis novelas por quienes, gracias al boca a oreja, han sabido de su existencia y han recorrido, sin descanso, librerías diversas además de rastrear en Internet en busca de algún ejemplar. Este otoño, la novela aparecerá en una editorial pequeña que tiene un magnífico fondo. La calidad en la edición, el cuidado que, lo estoy comprobando, pone Jesús Egido en sus libros, es algo que gratifica a todo escritor. Estoy seguro de que a finales del próximo septiembre tendré entre mis manos (tendrán los lectores) no solo una obra literaria digna, de una calidad que no entro a valorar, sino un bello objeto, un bello libro. El prólogo, de Ana Rodríguez Fischer,  aportará a los nuevos lectores y a los que la leyeron un día y se acerquen de nuevo a ella, algunas de sus claves.  


Poco después de la publicación de la novela, Puebla de la Sierra, el Cerbal  donde se refugian Gonzalo y Berta, se beneficiaría de la actuación de un espléndido escultor. Federico Eguía decidió establecer una exposición permanente al aire libre (llamada el "Valle de los sueños") con el concurso de otros escultores como Antonio Garza, Joaquín Manzano, Karfer o Lucía León, además de promover una iniciativa que me parece apasionante: la Bienal de escultura "Valle de los sueños", que este año ha celebrado su tercera edición. De ese peculiar valle de los sueños nos habla el vídeo que podéis ver debajo de estas líneas. En él, además, podréis respirar los aires de la prodigiosa naturaleza de Puebla de la Sierra, antaño llamada La Puebla de la Mujer Muerta. Sed felices.

domingo, 1 de agosto de 2010

Reflexiones sobre la lectura tras visitar Carrefour

Hace un par de días fui a Carrefour, al centro situado en la madrileña Gran Vía de Hortaleza a ver precios de ordenadores. Inevitablemente, tal y como ocurre cuando visito un hipermercado o unos grandes almacenes, pasé por la sección de librería, una sección, por otro lado, que frecuenté durante un largo tiempo, cuando vivía a dos o tres manzanas del centro y era el único lugar próximo y accesible (en el barrio) donde otear las novedades literarias en narrativa (jamás de poesía, es un territorio en las antípodas de Carrefour y asimilados, carne de librería sobre todo). Hablo de finales de la década de los 90 y de los primeros años del siglos XXI. Recuerdo que, aunque el best-seller y los grandes premios, comenzando por el Planeta, tenían prioridad en los mostradores, podías hojear buena parte de los títulos recogidos en los catálogos de las editoriales literarias más prestigiadas. Pienso en Anagrama, Alfaguara, Destino, Tusquets, Espasa, Lumen, Alianza.... Incluso había un pequeño fondo de clásicos de bolsillo de sellos como Cátedra, Castalia o las ya citadas Alianza (¿cómo olvidar las míticas portadas de Daniel Gil?) o Espasa (la legendaria colección Austral). Y ocasionalmente era posible encontrar algunos libros de pequeñas editoriales todavía no canonizadas pero con un catálogo de calidad: Fundamentos, Pre-Textos, Muchnik, Circe, Hiperion...
Portadas de Daniel Gil para Alianza bolsillo

Pues bien, en la visita referida al principio, me llevé una desagradable sorpresa. El espacio antaño destinado a la literatura de esos sellos editoriales se ha reducido a la mínima expresión. Su lugar lo ocupan ahora el best-seller, los libros de autoayuda, la novela histórica en sus múltiples versiones (desde las intrigas religiosas hasta los thriller que imitan a la novela negra de los países nórdicos pasando por historias medievales). Cierto que buena parte de esos libros son editados por los grupos a los que pertenecen algunas de las editoriales literarias antes mencionadas, que han reconvertido colecciones adaptándolas al modelo "código da vinci", pero no lo es menos que el espacio de la literatura de calidad se ha reducido de manera notoria. Incluso, insisto, teniendo en cuenta que Carrefour, como otros hipermercados parecidos, nunca ha sido un modelo de librería donde encontrar la mejor literatura.

Hablé de ello, un día después, con Pepo Paz (Bartleby) y con Javier Santillán (Gadir), dos editorres de la leva independiente y a contracorriente y, en general, estábamos de acuerdo en algunas cosas que intentaré explicar. La combinación de diversos elementos, entre los que cabe destacar los dos esenciales a mi juicio, el avance de la edición digital y la llegada del e-book, de un lado, y de otro, la crisis económica, que tras dos años sin afectar el libro, ha comenzado a tener sus efectos en el sector. Un fenómeno, este último, contradictorio puesto que los libros que se venden en los hipermercados no son los que compran los letraheridos y demás amantes de la literatura (todos los expertos dicen que son los libros de los que prescinden los sectores culturalmente menos formados)  y los letraheridos , a su vez, son (somos) los menos propensos a prescindir, con la crisis, del libro. El caso es que en la última Feria del Libro se notó, según comentaban ambos editores, un cierto retroceso en las ventas globales con respecto al pasado año y que las cosas, sobre todo para las editoriales independientes, empeñadas en la calidad y en la apertura de caminos inexplorados en el campo de la poesía, de la narrativa y de otros géneros, no están nada fáciles.

Sin embargo, me parece que se trata de una situación coyuntural. Que vivimos en el centro de un gigantesco reajuste (en el ojo del huracán o en el punto ciego de la tempestad) de las formas de lectura, del soporte del libro, cuyos resultados tardaremos en ver, al menos, un lustro. En todo caso, creo que lo esencial es que no retroceda el gusto por la lectura, por la buena literatura: que avance y que se extienda a la vez que se refuerzan los trabajos dirigidos a garantizar los derechos de autor y el copyright. Sea en soporte digital, en cualquiera de los modelos de e-book, sea en el libro convencional. Los escritores, junto con los lectores exigentes, con los editores independientes, con los críticos y periodistas culturales, con los profesores de universidad y con los de Secundaria, somos el sujeto colectivo que puede y debe contribuir a ello. No volveremos a los tiempos en que una librería como Shakespeare & Company era, desde París, el referente del paraíso del libro para todo escritor que se preciara. Pero sí  ayudaremos a que sellos surgidos en los últimos doce años como  Bartleby, como Demipage, como Gadir, como Rey Lear, como Libros del Asteroide, entre otros, que están realizando una labor en favor de la buena literatura que no tiene precio, sean la referencia obligada de la buena literatura y del descubrimiento. Algo, por cierto, que está ocurriendo ya: estén sus títulos más o menos presentes en las mesas de novedades de librerías y grandes almacenes, demuestran, semana tras semana, que frente a la abdicación de algunas grandes editoriales ante la presión del mercado puro y duro (que parece establecer sus servidumbres del mismo modo que las establecen los llamados mercados en las políticas económicas de los gobiernos, comenzando por el de España), es posible mantener la dignidad de la mejor poesía en castellano y en otras lenguas y de la mejor narrativa.
Imagen de la librería Shakespeare & Company, de París. Años cuarenta.

Más de una vez he leído que la radio, la televisión e internet son los grandes enemigos del libro. No lo creo. Pueden ser sus grandes enemigos, pero también sus mejores amigos,  sus más poderosos avalistas. Programas como El Ojo Crítico o La Estación Azul, de Radio Nacional podrían ser un referente para otras cadenas, públicas o privadas, de radio. Sería necesario potenciar programas en televisión que promuevan el gusto por la lectura y el amor a los libros. Programas atractivos, hasta divertidos si se quiere, que no duerman al telespectador y generen un sentido crítico y exigente. A este respecto, no puedo sino lamentar que un programa de La 2, de TVE, llamado Página 2, dedique la mayoría de sus espacios al best-seller, a los libros que se venden masivamente, a libros que no necesitan ese tipo de empeño de la televisión pública. Creo que de un modo parecido a como un programa de televisión puede fomentar la danza, o los bailes de salón, otro puede fomentar la lectura, la mejor lectura.

Vivimos tiempos complejos, nada fáciles. Y frente a las amenazas que se ciernen sobre la lectura, sobre el libro de calidad (en sus distintos soportes, que quede claro), es necesario un poderoso impulso a favor de la lectura. Un impulso dirigido a todos, pero especialmente a los niños y adolescentes. Es preciso proclamar a los cuatro vientos que leer es una experiencia única, maravillosa, mágica. Que un poema, un cuento o una novela no cambian el mundo, sin duda, pero pueden cambiar al lector que se acercó un día a cualquiera de esas obras. Lo cual es una forma, quizá más eficaz, más honda, de cambiar el mundo.

De cualquier modo, diré algo respecto al e-book: más de un amigo se hizo con uno hace no menos de un año. Lo utilizó al principio, sobre todo en los viajes, pero al final sólo hace uso de él para leer manuscritos, textos de consulta y otro tipo de obras que no están en el formato tradicional. Eso no quiere decir nada. Pero creo que el libro sigue siendo un instrumento tecnológicamente muy avanzado. Está en la vanguardia. En el vídeo bajo estas líneas se recogen sus grandes innovaciones tecnológicas. Viva la lectura.

sábado, 17 de julio de 2010

Priego 2010: lugar de la palabra, lugar del homenaje.

Ayer, la Cuarta de El País acogía una reflexión que escribí hace algunas semanas a propósito del Año Camus, de su legado y de la Europa de la crisis. En el artículo subrayaba el lugar que hoy ocupan los todopoderosos mercados y lo lejos que sus objetivos se encuentran del sustrato civil, moral, crítico y transformador de la obra del escritor franco argelino. El “lugar de los mercados” imponiéndose, en el cincuentenario de la muerte de Albert Camus, al “lugar de la palabra”. Curiosamente, en la víspera, yo regresaba de otro “lugar de la palabra”: venía del poema y de la reflexión sobre el poema. De un lugar y de un acontecimiento de los que quedan grabados en la memoria y en el corazón para siempre.

Desde finales de los años 90, cada mes de julio, tengo una cita anual con la poesía en un lugar de Cuenca, allá “donde termina la alta Alcarria, empieza el pino y crecen sin esperanza los centenos”, tal y como dejó escrito Diego Jesús Jiménez. Es decir, en Priego, pueblo al que llegué, como he contado en alguna ocasión en este blog, a principios de los años 70 acompañando al poeta y amigo. Diego, que siempre (desde los años de la dictadura) estuvo obsesionado por llevar la lectura y, sobre todo, la poesía y sus misterios a la Cuenca rural, a sus pueblos más recónditos, decidió un buen día, de la mano de sus amigos Juan José Gómez Brihuega y Martín Muelas, con el respaldo de la Universidad de Castilla-La Mancha, convertir el pueblo de su infancia, en el “lugar de la palabra”, en el centro neurálgico de un Curso de Verano al que dio el tan seductor título de “Leer y entender la poesía”. Allí, cerca del río Escabas, donde la carretera emboca la primera curva hacia el rocoso Estrecho de Priego sobre el río para adentrarse en la Serranía, me espera cada año la poesía. Me esperan los amigos poetas. Los profesores amantes del poema. Los alumnos amantes del poema. Las gentes de Priego y las gentes de Diego (Társila, Társila María, José Manuel, sus nietas…. todos).

Allí, en el centro cultural que lleva su nombre, nos damos cita, en el mes de julio de cada año, los poetas, esa legión de inútiles amantes de la palabra y de las causas perdidas. Bueno, hubo una excepción: no hubo curso el pasado año, con Diego enfermo y postrado en un julio infame y maldito. Pero este julio hemos vuelto. Juanjo y Martín, con el estreno del joven profesor y poeta Ángel Luis Luján, han hecho posible el retorno, han conseguido que la muerte de Diego fuera menos muerte y que todos sintéramos que su palabra estaba con nosotros. Allí nos hemos dado cita de nuevo y hemos vuelto a ser cómplices y hemos conjurado a la muerte porque el Curso de este año se ha dedicado a la obra de Diego Jesús. Ha sido el gran homenaje de los poetas y de los amantes de la poesía al poeta que reposa en el pequeño cementerio del pueblo que lo vio nacer.

Los Cursos de Priego fueron la enorme criatura que alumbró Diego con el nuevo siglo. He acudido a casi todos y de ellos siempre me he llevado un acarreo de emociones, de amistades, de charlas bajo las estrellas, de lecturas inolvidables, de momentos irrepetibles. Hace dos días, mientras caminaba desde el pequeño hotel El Rosal hacia el centro cultural que es sede del Curso, me crucé con alguna anciana, con un par de hombres de aspecto campesino y me detuve en el mercadillo que, frente a la fachada del centro, suele levantarse, según supe después, cada miércoles. Al ver a aquellas gentes en el mercadillo pensé que a sólo unos metros estaba nuestro premio Cervantes Antonio Gamoneda, y Pablo García Baena, y María Victoria Atencia. Hice memoria, me sumergí en mis recuerdos y pensé que los Cursos de Priego habían hecho posible que, cada año y durante unos días, la pequeña ciudad fuera anfitriona de algunos de los más grandes poetas de la lengua castellana. Diego Jesús y su entusiasmo y su generosidad hicieron posible la presencia de un Pepe Hierro recién premiado con el Cervantes, de un Manolo Vázquez Montalbán leyendo poemas inéditos tras cruzar, al volante de su coche (el Jaguar Sovereign de su novela El estrangulador) y desafiando válvulas cardiacas y cadera de titanio, las numerosas cordilleras que separan Priego de Barcelona, un viaje de ida y vuelta que ni los más jóvenes…. En Priego dialogué durante horas, en 2002 o en 2003, con un Carlos Sahagún confesándose poeta retirado y radicalmente contrario a reeditar comercialmente ninguno de sus libros, y en Priego estuvo Claudio Rodríguez en una de sus últimas lecturas públicas, y Antonio Carvajal , y Félix Grande, y Paca Aguirre, y Antonio Martínez Sarrión y Antonio Colinas, y Jesús Hilario Tundidor, Juan Carlos Mestre, Antonio Méndez Rubio, Lupe Grande, Pilar Blanco, Francisco Mora, Luis Eduardo Aute…. Premios nacionales, premios de las Letras Españolas, premios Adonáis, premios de la crítica, premio Juan Ramón Jiménez…. y poetas (los más) sin premio.

Pero Priego ha sido siempre algo más: son las noches en la plaza cuando las ponencias y lecturas terminan y los poetas convivimos con los amigos de la infancia del inventor del Curso, y los críticos y profesores (Prieto de Paula, Juan José Lanz, Jambrina, Molina Damiani, Miguel Casado, José María Balcells, Carme Riera, Domínguez Rey…) dejan claustro y encerado (y power-point, mejor dicho) para entregarse al gin tonic y al debate informal y a la conversación sobre fútbol y ciclismo (casi siempre el tour de Francia, no olvidemos que en Priego nació el mítico Luis Ocaña). Es la caldereta en medio de los pinos y de la noche y junto al río Escabas, y es Manolo, el dueño del hotel El Rosal, viejo emigrante regresado de Holanda en 1970 y animador de las izquierdas en Priego desde las primeras elecciones en 1977. Y el Curso, este año, para mí ha sido, en la tarde del miércoles, un viaje, guiado por Manolo y en compañía de los antonios (Hernández y Carvajal) a los inmensos pinares del parque natural del Alto Tajo, una excursión entre inmensos desfiladeros de roca de color teja, entre bosques de encina, sabinares y pino albar que se inició en Priego y terminó en el límite de Guadalajara con Teruel… Y, al regreso y después de la cena, en el velador del bar de la plaza, se ha celebrado la lectura de quienes hemos querido dejar en el aire algunas palabras de cercanía al amigo que se nos fue. De todos los poemas leídos, destaco uno: el maravilloso titulado "Color solo", de su libro Bajorrelieve, un canto al color verde, leído bajo las estrellas y un viento fino y algo frío, por Patricia, la nieta de Diego.  

Por último, este año, el Curso de Priego ha sido el firme compromiso de dar continuidad a esta obra, casi una iluminación, de Diego Jesús. Una continuidad que, a mi juicio, tiene que ensanchar el horizonte hacia aspectos imprescindibles de la poesía de hoy: la edición (Emilio Torné, Munárriz, Pepo Paz, Chus Visor, no sería malo contar con vuestra participación  y vuestros diferentes enfoques de la edición de poesía en los debates futuros), el nuevo fenómeno del blog, las revistas digitales, la función del librero en la difusión y venta de la poesía. En definitiva, de consolidar y profundizar , en los próximos años, en los contenidos de una cita imprescindible con la palabra poética y con el poeta que soñó hacer de Priego, al menos durante unos días, el centro neurálgico de la poesía en castellano. De hacer del Curso un referente imprescindible. 

viernes, 2 de julio de 2010

De entre los poetas semiocultos surge José Luis Prado Nogueira

Desde mi ya lejana adolescencia he sentido una especial atracción por los poetas semiocultos. Por los poetas que, pese a contar con una obra de una gran calidad, jamás saldrán del cuasi-anonimato o serán conocidos de manera oblicua y vergonzante por unos cuantos iniciados. Unas veces pertenecen a la siempre atrayente secta de los "malditos", aunque he de reconocer que en este caso el nivel de ocultamiento es reducido: pensar en Leopoldo María Panero, o en Alfonso Costafreda, o en Miguel Labordeta, por no aludir al canónico (dentro del "canon del malditismo") Rimbaud, o al no menos canónico Edgar Allan Poe o al prematuramente fallecido  (y más cercano en el tiempo) Javier Egea es hablar de poetas muy conocidos, estéticamente raros y de vida tan rara o heterodoxa como su propia obra. Pero otras veces, las más, forman parte de la secta de poetas poco amigos de las sectas, de los resistentes a los círculos de influencia, a las corrientes dominantes (y no dominantes), a la vida literaria y sus servidumbres en definitiva. Me refiero a los poetas cuya vida profesional se desarrolla lejos del mundo poético aunque vivan la poesía con intensidad de devotos. Poetas que publican muy de vez en cuando y cuyos libros,  cuando lo hacen, aparecen en sellos casi desconocidos o en proyectos editoriales de vida escasa y precaria, a esos poetas casi sin nombre a los que, en algún momento, cuando coincido con amigos de vasta cultura poética --me ocurre con Antonio Martínez Sarrión, con Eduardo Moga, con Félix Grande, me ocurría con Diego Jesús Jiménez--, rescatamos para apasionarnos en un diálogo lleno de descubrimientos mutuos que, antes de confesarnos, creímos devociones secretas, quizá intransferibles, de cada uno. Entonces, con alegría, descubrimos complicidades imprevistas, lecturas en paralelo de muchos años atrás, devociones inesperadas.

Otros poetas, hoy semiocultos, tuvieron sus días de esplendor e inexplicablemente, quizá debido a la pasión por la desmemoria de cada nueva oleada de poetas/críticos/profesores, tendente a afirmar las nuevas corrientes enterrando a los predecesores, haya sido decisiva en ese injusto enterramiento. Ese es el caso del ferrolano, nacido en 1919, José Luis Prado Nogueira. Si bien he dedicado muchas horas a leer a algunos poetas semiocultos (Juan José Cuadros, Julio Garcés, Gabino Alejandro CarriedoJosé Luis Hidalgo, Justo Alejo...), he de reconocer que en la poesía de José Luis Prado Nogueira he encontrado siempre pasadizos a emociones muy personales, muy hondas.

Para quienes lo desconozcan, diré que fue un poeta lateral de la generación del 36 hoy prácticamente olvidado, militar de profesión,y autor, sobre todo, de dos emotivos e intensos libros, Oratorio del Guadarrama, una colección de poemas, publicada en 1956, en la que reconstruye la estancia en un pueblo de la sierra durante un verano de finales de los años 40 en la que el hijo enfermo, niño aún, ha acudido para "sanar su pecho", y Miserere en la tumba de R. N., una honda y rigurosa elegía a la madre de imprescindible lectura para las nuevas generaciones de poetas y lectores. Tuvo muy estrecha relación con el grupo que, encabezado por José García Nieto, publicó la revista Garcilaso, lo cual significa que ideológicamente, al menos durante un tiempo (como Ridruejo, como Rosales, como tantos otros escritores de la época), se situó en las cercanías de Falange aunque en 1971, ante la pregunta que le formuló un periodista sobre lo que significó para él la Guerra Civil respondió con una extrema lucidez: "Algo abominable que ultrajó mi juventud", dijo. Además, tal y como he dicho más arriba, era militar. Militar y marino en tiempos de Franco. 
Pero la poesía, la buena poesía, incluso contra la voluntad de sus autores, es libertad pura, se escapa a los moldes ideológicos y toca la médula de la existencia, tanto en el plano estético como sentimental. Tal es el caso de la de Prado Nogueira.

¿Cómo llegué hasta sus poemas? Recuerdo, de manera borrosa, algún ejemplar de la revista, creo que editada entonces por el Instituto de Cultura Hispánica, Poesía española, que encontré entre viejos papeles en un centro de la antigua Sección Femenina de la UVA de Hortaleza, mi barrio de entonces, de 1968 ó 1969. En aquella revista él firmaba un poema de Oratorio que me llegó muy hondo. Creo recordar que se trataba del poema que abre el libro. Después, la dinámica de la propia vida y las exigencias de la lucha clandestina me llevaron a los poetas sociales, a Blas de Otero y a Gabriel Celaya, o a los poetas más críticos del 50, y el deslumbramiento provocado por el poema de aquel desconocido fue difuminado por el paso del tiempo y por la construcción de la España democrática.

Laguna de Peñalara. Sierra del Guadarrama

Muchos años después, en alguna de las veladas de conversación, humo y vino con que los poetas amigos nos conjuramos para perjudicar la salud y afinar la intuición literaria y poética, recapitulando sobre la poesía leída a lo largo de nuestra vida, Félix Grande se refirió a Oratorio del Guadarrama. De inmediato, recordé mi vieja lectura y sentí la necesidad de leer el resto de los poemas de aquel libro de tan bello título. Félix me dijo que tenía un ejemplar de la primera edición, se comprometió a fotocopiarlo y desde entonces aquella fotocopia forma parte de mis lecturas reincidentes. Después, la Universidad Popular de San Sebastián de los Reyes lo reeditó junto a Miserere. Es una poesía directa, cordial, cómplice, casi conversacional, escrita en una segunda persona que dialoga, en cada poema, con el hijo. La Peñota, el pueblo de Los Molinos, Peñalara o La Maliciosa son realidades geográficas de la sierra del Guadarrama en las que vive, también, parte de mi infancia y de mi primera adolescencia. Quizá se deba a esa relación entre la experiencia del poeta y mi propia vida lo que me hizo sintonizar, desde el primer momento, con aquel libro. En todo caso, no me duelen prendas en afirmar que al igual que me conmueve la mejor poesía de Blas de Otero, o de Raymond Carver o de Miguel Hernández, por ejemplo, me emocionan los poemas más íntimos y entrañados de Prado Noguerira, o de Rosales, o de Luis Felipe Vivanco. Porque la poesía es una materia viva  que, una vez creada por su autor, adquiere autonomía, respira por sí misma, se hace carne en cada lector que se acerca a ella. En otra palabras, si es buena, si responde a las más profundas incertidumbres del ser humano de siempre, es, incluso contra la voluntad de su autor, revolucionaria.

Hoy, trasteando con Internet, he comprobado que la primera edición, en Ágora, de Oratorio del Guadarrama, se ha convertido en un objeto de culto, que se vende, en el mercado de libro antiguo de la Red al precio de 149 dólares.  Como homenaje a ese primer recuerdo de mi lectura de Prado Nogueira, os dejo dos fragmentos del poema "La nueva vida" con que se inicia el libro:

LA NUEVA VIDA
Guille, querido hijo, hace dos años
que vinimos aquí a sanar tu pecho
con un dinero que nos dio la abuela.
Ahora estás a mi lado, contemplando
el cielo aquel que devolvió tu vida
a nuestras vidas. Ahora, en tal minuto,
dos años más crecido y más hermoso,
dos años más entero hacia la vida,
dos años más maduro hacia tu muerte,
me sonríes, cogidas nuestras manos.
Ese que miras es el sol de agosto
de blanca luz reluciente, pero el mismo
sol de un pasado agosto, más maduro
dos años, y también hacia su muerte,
que te ha sido devuelto
más intenso, más vívido, más puro,
más gemelo de ti, tu sol hermano.

(..................................)

Queda la tierra en soledad, abierta
a la inquietud de tus atentos ojos.
Queda un circo de montes con bellísimos
nombres de pila: La Peñota, Siete
Picos, Montón de Trigo, Peñalara
más allá, más allá La Maliciosa.
Mira qué grandes montes se inventaron
para tu pobre pecho. Resplandecen
en la azul cercanía. Hay un enigma
umbilical, una invisible arteria
con latido común entre su bronca
y solemne hermosura y la exquisita
pulcritud de tus hilios pulmonares,
entre su anchura silenciosa, inerte,
y tu complejo aliento, destilado.

martes, 15 de junio de 2010

Reflexiones "al margen" sobre la gran celebración de la lengua española.

En un par de entradas del pasado mes de marzo, contaba mi experiencia en Valparaíso, adonde me llevaron requerimientos profesionales vinculados al V Congreso Internacional de la Lengua. Fue una experiencia amarga por una razón doble: porque sucedió el terremoto, uno de los que más muertos ha producido en la ya larga historia de seísmos de Chile, y porque ello supuso la cancelación del Congreso y su transformación en congreso virtual. También supuso, de manera indirecta, la desactivación del gran homenaje que se iba a rendir, por las Academias de la Lengua, por el Instituto Cervantes y por el gobierno chileno a la gran poesía hispanoamericana, representada en Valparaíso por sus dos máximos exponentes, Pablo Neruda y Gabriela Mistral. Fue, lamentablemente, una oportunidad perdida que sólo con inteligencia, con decisión política y con claridad respecto al interés y al valor cultural de nuestra lengua, se podría haber convertido en una gran palanca para enlazar, en el extenso territorio del español (el ancho "territorio de La Mancha", que diría Carlos Fuentes), a los dos poetas chilenos con otros dos poetas, que cumplen en 2010 sus centenarios, a este lado del Atlántico: Miguel Hernández y Luis Rosales.

¿De qué modo?, se preguntarán no pocos lectores. Cierto que no tenemos grandes experiencias de actos culturales de ámbito mundial, que, paradójicamente, en tiempos de globalización, de Internet y de la expansión de la tecnologías de la información y de la comunicación, aún no hemos puesto a prueba la capacidad del castellano, de la lengua española, para protagonizar iniciativas, con un alto componente cultural de calidad y, a la vez, de captación de grandes públicos, de proyección mediática. Una de ellas, aunque limitada a una visión lúdica de la lengua, fue, el pasado año, el “Día E” o “Día del Español” (cuya sigla, por cierto, en el ámbito anglosajón –spanish--, o germano –spanisch--, está muy lejos de remitir al español, sobre todo cuando desde hace décadas ha sido la letra Ñ la que ha identificado a nuestra lengua desde los primeros tiempos de Internet: no por casualidad, gran parte de los logotipos que identifican a las más diversas instituciones españolas incorporan la virula de la eñe como seña de identidad irrenunciable).

Creo, con todos los respetos, que esa visión lúdica, limitada, de nuestro idioma se prolonga e incrementa, a la luz del programa previsto en Madrid para la celebración de este año (similar, por otro lado, al de 2009). El juego, la votación de palabras y el desarrollo de fiestas diversas ponen sobre el tapete una concepción "light", sin apenas contenido, de la lengua española, una concepción muy alejada de las capacidades y de las posibilidades que presenta un idioma diverso, de una riqueza enorme y cargado de una historia cultural poliédrica, compleja. Un idioma que mira al futuro, con vocación universal y que, desgraciadamente, no pudo proyectarse al máximo nivel en el Congreso de Valparaíso a causa del terremoto.

¿Qué celebración entonces? Aquella que sitúe al español en el lugar que, por su historia y por su tradición cultural, le corresponde en el mundo. Valparaíso nos ofreció a Pablo Neruda y a Gabriela  Mistral desde América. Dos centenarios nos proporcionan a Luis Rosales y a Miguel Hernández desde España. ¿Por qué no un homenaje global, universal, a los cuatro poetas? Creo que ahí está la materia prima de mayor calado (y con un gigantesco potencial de repercusión popular) y capacidad significativa desde el punto de vista cultural y lingüístico, para promover y realizar la gran fiesta del español en el mundo, convirtiendo las frustraciones de Valparaíso en el mayor homenaje conocido a la lírica en castellano o español, en una auténtica celebración de la lengua. Tal iniciativa hubiera concitado el apoyo entusiasta del mundo literario de ambas orillas, comenzando por los premios Cervantes vivos, desde Vargas Llosa a Pacheco, pasando por Gamoneda o Marsé, de gran parte de los cantautores a un lado y otro del Atlántico, que alguna vez (comenzando por Serrat) han musicado a estos poetas. Hubiera movilizado a los cineastas, sobre todo a numerosos autores de cine documental, en cuya historia hay una más que significativa cantidad de producciones que han abordado la vida y la obra de los cuatro grandes poetas. Y hubiera concitado el consenso y el compromiso de los hispanohablantes, jóvenes y mayores, hombres y mujeres, del Viejo y el Nuevo Continente, además de conectar , de una manera dialéctica, enriquecedora, con las nuevas generaciones de poetas de España y de Latinoamérica poniendo en valor las más variadas antologías de nuevos nombres, comenzando por la que publicó el Instituto Cervantes y que con tanto entusiasmo acogió uno de nuestros grandes líricos, José Manuel Caballero Bonald, en las páginas de Babelia  (El País) de finales del pasado mes de febrero.


Sólo imaginar la multitud de actos que, en la red de centros del Cervantes o en los centros culturales de España en el exterior se hubieran realizado alrededor de los cuatro poetas, de sus libros más destacados o de su papel en la historia civil y cultural de España y América y de la lengua española (con audiovisuales, con lecturas, con conferencias, con recitales de cantautores, con encuentros con poetas de otras lenguas y culturas), nos permite pensar en la dimensión extraordinaria que tendría la iniciativa, una iniciativa a cuya proyección habría ayudado un gran encuentro cultural interactivo en algún lugar de Madrid con la participación de los máximos exponentes de la cultura en español, encuentro televisado a todo el mundo y con los poetas chilenos y españoles citados como protagonistas: es decir, con la lengua como protagonista.

Una celebración del español de esas características habría suscitado el apoyo y la cooperación de otras grandes instituciones culturales de España y de Hispanoamérica (no olvidemos que el homenaje a Rosales lo han protagonizado la SECC y la Casa Encendida; el centenario de Hernández, la Comisión Estatal y las insituciones alicantinas, el homenaje a Neruda y Mistral, las Academias de la Lengua y el Grupo Santillana) y, además, contribuido a mostrar una lengua española enormemente rica, vinculada a conceptos y palabras como solidaridad o hermandad (algo, a mi juicio, esencial en tiempos de crisis y austeridad), conocimiento o saber, mestizaje o diversidad, dotándola, además del contenido de mayor hondura y riqueza que puede ofrecer una lengua viva y con historia, con pasado y con futuro: la de sus grandes poetas.

Además, habría sido uno de los mayores impulsos que, en el ámbito trasnacional, se habría dado, históricamente, a la lectura y al libro en español (y no sólo de poesía) en tiempos en los que intenta imponerse la cultura audiovisual sobre la cultura, más incitadora a la reflexión y a la visión crítica de la realidad, del libro (sea en papel o digital). Y si en tal celebración se hubiera contado con la participación activa de plataformas como You Toube o Google, se hubiera logrado de una parte, difundir la voz y la vida de nuestros poetas y, de otro, extendido y profundizado en las posibilidades y el prestigio del español en la Red, además de suscitar la participación popular no sobre lo intrascendente sino sobre contenidos culturales tangibles, coadyuvantes en la elevación de la sensibilidad colectiva hacia la creación literaria y, en general, hacia la cultura que se construye y vive en español.

 No olvidemos que en los últimos años, el esfuerzo de creadores, pensadores, docentes e insituciones vinculadas a la lengua en ambos lados del Atlántico, se ha orientado a poner en valor el español o castellano como idioma de la ciencia, del pensamiento, de las nuevas tecnologías, de la economía, de la moda, además de su condición de lengua de la cultura literaria, cinematográfica, escénica.

Iniciativas que, en el mejor de los casos, la reducen a arquetipos que han sido superados (la España de la fiesta, la España folklórica, la Hispanoamérica de la salsa) por la Historia  y por la modernidad y que nada aportan a la comunidad hispanohablante del futuro, no sólo no mejoran la calidad y la implantación de nuestro idioma, sino que lo empobrecen y limitan.

Concluyo mi personal reflexión con un fragmento de la Oda al diccionario de uno de los poetas homenajeados, Pablo Neruda:

Diccionario, no eres
tumba, sepulcro, féretro,
túmulo, mausoleo,
sino preservación,
fuego escondido,
plantación de rubíes,
perpetuidad viviente
de la esencia,
granero del idioma.

Y es hermoso
recoger en tus filas
la palabra
de estirpe,
la severa
y olvidada
sentencia,
hija de España,
endurecida
como reja de arado,
fija en su límite
de anticuada herramienta,
preservada
con su hermosura exacta
y su dureza de medalla.

lunes, 7 de junio de 2010

Dos lecturas del libro inédito de Blas de Otero

El pasado sábado (5 de junio) apareció en Babelia mi crítica a Hojas de Madrid con La galerna, el libro póstumo, y largamente anunciado, de Blas de Otero. Junto a mi crítica, titulada "La serenidad lúcida de Blas de Otero" se  publicó un texto, una mezcla de semblanza del poeta y juicio crítico respecto al libro, de Benjamín Prado titulado "Aún es pronto". Lo curioso del asunto es que mientras yo calificaba el volumen de "libro mayor" compuesto de poemas "a la altura de lo mejor de su autor, de una altísima calidad y de una madurez serena y contagiosa", Benjamín Prado afirma que quienes, desde hace años, hablaban de este libro como la cumbre de su obra, "exageraban". Y añade: "pero no importa, porque todo lo que nos fascinaba de él está aquí, aunque sea con menos fuerza y a pesar de que el conjunto resulte agotador" (el subrayado es mío). Es decir, una misma página de Babelia, un juicio entusiasta (el mío) y un elogio tibio, decepcionado (el de Benjamín).

Mi opinión, coincidente en lo esencial con la que unos días antes, emitió, en El Cultural, Francisco Díaz de Castro,  parte de una doble lectura del libro (que no me ha parecido agotador, por cierto, sino fascinante, lleno de sugerencias, de sentidos posibles, de pasadizos a un Blas desconocido, íntimo, frágil): lo leí, nada más recibirlo, de principio a fin, siguiendo el orden cronológico de los poemas y lo releí de fin a principio, retrocediendo en el tiempo desde los poemas más próximos al momento de la muerte de su autor hasta los escritos, recién llegado de Cuba, en 1968. Y tras esa doble lectura (complementada con relecturas adicionales de poemas emblemáticos, especialmente significativos) no puedo sino afirmar que es bastante probable que nos encontremos ante la obra cumbre del bilbaíno. Creo que tanto en Hojas como en La galerna brillan con una naturalidad apabullante la inteligencia poética y la madurez, el dominio del lenguaje y la emoción controlada, vivida, depurada en extremo, de Blas de Otero. Cierto que no estamos ante los poemas de Ángel fieramente humano o Redoble de conciencia (Ancia, para muchos su obra cumbre), pero sí estamos ante la superación dialéctica, ante el perfeccionamiento, del tono conversacional, directo, despojado y de una extrema brillantez de Pido la paz y la palabra o En castellano. A mi juicio, el poeta se ha desprendido de cierta retórica tremendista, hija de la época y de buena parte de la poesía social de herencia cristiana de los años 50 y primeros sesenta. Es como si, en esos poemas escritos a lo largo de una década en que que convive con la fase de madurez de los poetas del 50 y con sus libros de la época (Ángel González, Gil de Biedma, López Pacheco, José Ángel Valente, Goytisolo...). hubiera metabolizado la marcha hacia la subjetividad, desde lo colectivo, de las nuevas conquistas estéticas de esa generación.

Gabriel Celaya, Blas de Otero, Ivonne Barral, Carlos Barral y Ángel González

En Hojas de Madrid con La galerna estamos ante una poesía cualitativamente más lograda que la anterior, mucho más equilibrada, más serena y más lúcida. Se ha desprendido de los lastres retóricos de sus libros más conocidos  y, con independencia de algunos prosaísmos y de alguna proclama política fuera de tono (sobre todo cuando alude a Cuba o al estalinismo), alcanza un tono de complicidad, de cercanía, de calidez  cuyo logro es extremadamente difícil y, por ello, una muestra evidente de dominio del lenguaje y de madurez creativa. Yo era escéptico antes de enfrentarme al libro. Incluso tenía no pocas reservas tras recibir la opinión de algún crítico y profesor muy cercano a Blas. Sin embargo, en mis lecturas he vivido una experiencia de las  que pocas veces se repiten. Los romances, los sonetos (de una perfección vanguardista, innovadora, difícil), los poemas en prosa, en verso blanco, en verso libre o en versículo, nos muestran a un poeta mayor, capaz de afrontar la aventura de la crónica poetizada de Hojas de Madrid (tiene también la lectura de un diario de su vida madrileña, de sus lecturas, de sus decepciones y entusiasmos) al modo de un libro-poema y, a la vez, ofrecernos, en cada texto individualizado, la pieza singular e irrepetible del poema hondo y sabio, e invitarnos a visitar su trastienda emocional, enormemente compleja, de sus estados depresivos en La galerna. Para muestra, este espléndido soneto:
                        1970
Un niño está sentado en la escalera.
Baja un ratón retonteando a trechos.
La luna se deshila en los helechos.
Niño azul. Ratón gris. Luna de cera.


El viento asciende y le requiere "espera,
espera, niño, agárrate a los pechos
de la virgen", el viento abre los techos
como una carta urgente, volandera.


¿De quién, de dónde es este niño absorto,
tropezante, inocente? De este mundo,
es de este mundo del año setenta.


Una lágrima larga, un calzón corto, 
un silencio ascendiendo del profundo
hueco de la escalera cenicienta.

No comparto la opinión de Benjamín Prado. Cierto que una primera visión del libro o una lectura apresurada o superficial nos puede dar la visión que él expone. Sin embargo, la lectura sosegada, la relectura, el acceso a la urdimbre de cada poema es el camino que nos conduce a un territorio familiar, nos mete en la casa de Blas y de Sabina, nos aporta las claves de un tiempo y de una peripecia histórica y sentimental irrepetible. Cierto que sobre gustos no hay nada escrito, pero yo invitaría a Benjamín a realizar ese ejercicio. Estoy convencido de que su mirada sobre esta colección de poemas encontrará nuevos motivos para matizar, aunque sea un poco, sus reservas. Tan discutibles, por cierto, como legítimas.

Abajo podéis ver y escuchar "Me queda la palabra" en la voz de Paco Ibáñez.      

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...