sábado, 14 de agosto de 2010

"La mujer muerta" una novela que cumple diez años. En otoño, nueva edición revisada y corregida.

En los últimos meses, la cabecera de Al margen ha venido mostrando una serie de fotografías, realizadas en su mayor parte en abril de 2009, titulada Paisajes de una novela: La mujer muerta. No han sido colocadas ahí por casualidad.  Tenían que ver con el cumpleaños de la novela con la que, desde que nació, allá por el año 1992, hasta hoy, me he sentido más desasosegado y, a la vez, más satisfecho. También ha sido, de todas las mías, la que más tiempo y trabajo me llevó escribir: tres reescrituras a lo largo de 6 años -hasta que fue publicada por Espasa en 2000- en los que las dudas, la incertidumbre, el dolor (los últimos capítulos los escribí en las noches eternas en las que acompañé a mi madre en el hospital, en febrero de 1998) y la sensación de estar tanteando un territorio extraño, turbio y apasionante a la vez, se fueron entremezclando hasta dar lugar a una obra ante la que yo mismo (me ha ocurrido mientras releía, revisaba y corregía galeradas para la nueva edición en Rey Lear hace solo unos meses), me encuentro sumido en una inquietud rara. Tiene, para mí (del mismo modo que lo tuvo para algunos lectores que me hablaron de ella cuando apareció), un extraño e inexplicablde poder. Un buen amigo me escribió, dos meses después de su publicación, unas notas. Decían: "Es como una maraña envolvente que acaba atrapándote en un mundo de cuya realidad te enamoras y del que, a la vez, dudas. Atrae y aturde. Fascina y asusta". Nada que añadir.

Los orígenes de La mujer muerta.

Muchas veces me he preguntado dónde, en mi vida, está el origen de esa narración. Quizá naciera, como semilla en letargo, a mediados de los años 70 del pasado siglo, cuando, viajando con mi padre por trochas y carreteras casi abandonadas en el vértice norte de la entonces provincia de Madrid, dimos con un pueblo, situado en el fondo de un valle y donde la calzada moría llamado La Puebla de la Sierra. Ese pueblo de casas de piedra, entonces medio abandonado, rodeado de grandes bosques y de cumbres próximas a los 2.000 metros, como perdido del mundo y, a la vez, situado en Madrid, se quedó grabado en mi mente con la fuerza de los más perturbadores descubrimientos. Supe después que hasta finales de los años cuarenta se llamó La Puebla de la Mujer Muerta y que careció de electricidad hasta bien avanzados los años sesenta.

La Puebla de la Sierra en 2009. Perspectiva
Pero aquella semilla en letargo encontró un inesperado abono gracias a Malva, mi hija. Era muy niña, quizá tenía cinco años de edad, fue a finales de los ochenta, al regresar de una granja escuela (un viejo molino rehabilitado y reutilizado), situada a poco más una hora de Madrid, entre Riaza y Ayllón. Nos contó que, en una de las excursiones a las que la llevaron, visitó un pueblo deshabitado en el que sólo una mujer muy vieja, vestida de luto, deambulaba entre las casas vacías y entre las ruinas de los muros de piedra. ¿Un pueblo deshabitado a poco más de una hora de Madrid? Me seducía aquella idea, me fascinaba el contraste entre una capital con casi 4 millones de habitantes conviviendo con pequeños pueblos que parecían varados en algún remoto lugar del Pirineo o de la montaña leonesa. Como mi visión de La Puebla una década antes, la historia de mi hija ocupó un nuevo espacio ese raro almacén mental donde los escritores guardamos, en letargo, imágenes, ideas, recuerdos que algún día despiertan para formar parte de un poema o de una novela (o, por el contrario, quedan dormidos para siempre). Ambas imágenes convivían con el sueño (¿quién no lo ha tenido?) de vivir por un tiempo en un lugar perdido, escribiendo y conviviendo con la naturaleza y, hasta cierto punto, con la soledad.

La piel del lobo, de Hans Lebert: el impulso imprevisto.

Pero la novela irrumpió en mi vida, de manera inesperada, en 1992. Y lo hizo con un fuerza casi irracional después de la lectura de una novela extraordinaria,  La piel del lobo, del austriaco Hans Lebert, algo a lo que me referí, pronto hará un año, en este blog a propósito de este autor y de la Jelinek (si quieres echar una ojeada a aquel post, pincha aquí). Aquel libro, leído por recomendación de Constantino Bértolo, me mostró la existencia, en la Austria profunda, de un mundo rural apacible, hasta cierto punto convencional, tras el que vivían, hibernados y ocultos, los fantasmas y las perversiones del nazismo listas para renacer. Un mundo de bosques impenetrables, de fantasmas, de ocultas vergüenzas y de venganzas. Pues bien, yo sabía que no lejos de aquel pueblo idílico de la sierra del Rincón, al otro lado de las montañas que lo rodean, se habían producido duros enfrentamientos durante nuestra guerra civil, sabía del frente de Somosierra y de la sucesión de campos de trabajo y destacamentos penales que se instalaron en la zona en los años de posguerra.
   

Y me sentí acuciado por la necesidad de construir una historia que respirara en un territorio en el que la realidad y la fantasía e mezclaran, en la que convivieran un presente bordeando el siglo XXI con la memoria silenciada de quienes vagaron por aquellos montes tras la derrota de abril de 1939, de quienes vivieron mil penalidades en los campos de trabajo. Una historia que diera, además, cumplimiento a mi sueño imposible de apartarme por un tiempo en un lugar solitario, similar al pueblo descubierto junto a mi padre en los años 70. Así nació La mujer muerta. Y así nacieron Gonzalo Porta, el pintor que decide aislarse en Cerbal (un trasunto de La Puebla) en el otoño de 1986, y Berta Miranda, editora y compañera de fatigas de Gonzalo.

 ¿Cabría imaginar, en estos montes, una carretera que lleva
a una aldea detenida en la posguerra?

Quise construir un mundo extraño, perturbador, real, atrapado en un tiempo anterior, que conviviera con la ciudad en transformación que era el Madrid de la segunda mitad de los años 80. Quise reflexionar sobre el sentido del arte y de la literatura a través de la experiencia vivida por los personajes. Quise acercarme a la memoria colectiva de la generación de mis padres. Quise acercarme al límite en el que lucidez y locura se interrelacionan y conviven. La novela, de casi 400 páginas, fue presentada a la prensa por Manolo Vázquez Montalbán. En el acto de presentación hizo un sugerente acercamiento al libro, lo enlazó con su obsesión por recuperar la memoria de los vencidos y confesó que le había dejado profundamente inquieto, anímicamente desasosegado, además de referirse, con sorpresa y curiosidad, a una suerte de "triángulo de las Bermudas" en el vértice norte de la región de Madrid.
  
He de decir que Manolo la había leído en manuscrito, creo recordar que en la segunda versión, y que siempre confió en ella. La mujer muerta apareció dos meses después de que lo hiciera la obra, eternamente aplazada y esperada siempre, Madera de boj, de Camilo José Cela, formando parte del mismo catálogo y de la misma colección de la editorial Espasa, lo que supuso, todo hay que decirlo, una desventaja puesto que la editorial concentró todos sus esfuerzos, en aquel comienzo de 2000, en la novela del Nobel, por la que debió pagar un anticipo de los que hacen época. Después, fue presentada a lectores y amigos, en una de las librerías Crisol (hoy, lamentablemente, desaparecida), por Eduardo Sotillos y Félix Grande y comenzó a vivir en los anaqueles de las librerías y en la mente de muchos lectores. Y a ser, en el último lustro, quizá la más buscada de mis novelas por quienes, gracias al boca a oreja, han sabido de su existencia y han recorrido, sin descanso, librerías diversas además de rastrear en Internet en busca de algún ejemplar. Este otoño, la novela aparecerá en una editorial pequeña que tiene un magnífico fondo. La calidad en la edición, el cuidado que, lo estoy comprobando, pone Jesús Egido en sus libros, es algo que gratifica a todo escritor. Estoy seguro de que a finales del próximo septiembre tendré entre mis manos (tendrán los lectores) no solo una obra literaria digna, de una calidad que no entro a valorar, sino un bello objeto, un bello libro. El prólogo, de Ana Rodríguez Fischer,  aportará a los nuevos lectores y a los que la leyeron un día y se acerquen de nuevo a ella, algunas de sus claves.  


Poco después de la publicación de la novela, Puebla de la Sierra, el Cerbal  donde se refugian Gonzalo y Berta, se beneficiaría de la actuación de un espléndido escultor. Federico Eguía decidió establecer una exposición permanente al aire libre (llamada el "Valle de los sueños") con el concurso de otros escultores como Antonio Garza, Joaquín Manzano, Karfer o Lucía León, además de promover una iniciativa que me parece apasionante: la Bienal de escultura "Valle de los sueños", que este año ha celebrado su tercera edición. De ese peculiar valle de los sueños nos habla el vídeo que podéis ver debajo de estas líneas. En él, además, podréis respirar los aires de la prodigiosa naturaleza de Puebla de la Sierra, antaño llamada La Puebla de la Mujer Muerta. Sed felices.

16 comentarios:

dorita dijo...

Desde un internet rural que no me permite leer el comentario del video, pero si todo lo anterior, me acomete la urgencia por leer La Mujer Muerta, espero con impaciencia su reaparición. un abrazo

Pepo Paz Saz dijo...

Diez años ya...

Manuel Rico dijo...

Sí, Pepo, diez años. Dos años más joven, sin embargo, que Bartleby. Creo...

Iconos dijo...

Esta vida va demasiado rápido. Diez años..

Prometo no perderme ni un segundo. Un abrazo.

Manuel Rico dijo...

Sí, Iconos, demasiado rápido. Pero eso, la literatura, el arte, son intentos de detener el tiempo, de inmortalizar la vida frente al paso de los años. Cervantes murió, pero El Quijote sigue tan vivo como entonces. Lo mismo es posible decir de cualquier personaje de una verdadera obra pictórica...

En fin... Vivamos con intensidad cada segundo.

Yolanda dijo...

Qué bueno, Manolo, contar con esta crónica para acompañar la nueva edición de la novela. ¿Se incluye en la de Rey Lear? Y es que hay relatos, anécdotas, que no deberían perderse ¿no te parece?
Besos
Yolanda

RAB dijo...

Pues si La mujer muerta es tan inquietante como Verano, ya me dirás... La tengo en lista, era la que me apetecía leer después de Verano. Justo: en otoño.
Por cierto, ¿hay alguna continuidad de Enrique Blasco en alguna novela posterior?
:+

Manuel Rico dijo...

Yolanda:
No, esas anécdotas sobre el origen de la novela no están en la novela. Habrá un prólogo de Ana Rodríguez Fischer y un epílogo mío en el que cuento la correspondencia de la toponimia que en ella se recoge con la existente en la realidad.

Roxana:
La mujer muerta es una novela distinta. Y misteriosa, creo...
No, Enrique Blasco no tiene continuidad en otras novelas. Al menos en la que estoy escribiendo.
Aunque no te oculto que un anticipo de él está (lo descubro ahora, al hilo de tu pregunta)en el pintor Gonzalo Porta de La mujer muerta. Sí: la pasión por trascender lo real, modificándolo y transformándolo en arte, está en Gonzalo. No había caído. Gracias por la observación.

Besos a ambas.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Me he emocionado con esta entrada. La espectación que generas al rededor de la historia, de los orígenes, de la evolución, del proceso de creación la he disfrutado, como una clase magistral, como las palabras de un padre que hablan con cariño orgulloso de su criatura.

Espero con ganas la publicación de la novela para poder leerla. Por cierto, no es fácil dar con tus libros. Anduve detrás de "Verano" y no ha habido manera.

¡Salud!

Manuel Rico dijo...

Confío en una buena distribución para esta segunda vida de "La mujer muerta".

Respecto a tu dificultad para encontrar "Verano", no acabo de entenderlo. Alianza es una editorial con distribución en toda España y en Latinoamérica y desde que la novela apareció, en mayo de 2008 siempre ha estado en librerías y, durante un buen puñado de meses, en la mesa de novedades de los grandes almacenes (FNAC, Corte Inglés, etc...). Intentaré averiguar lo que ocurre porque no eres la primera persona que me dice que no la encuentra

Espero que tu esfuerzo tenga premio. Si no, encárgala en tu librería habitual.

Un gran abrazo y gracias por tu opinión.

RAB dijo...

Por eso lo decía, porque me pareció fascinante el personaje de Enrique, pero por algo más que por su pasión por trascender la realidad transformándola en arte. Yo interpreto a Enrique como un personaje rupturista, totalmente transgresor. Hay un punto en que la realidad creada por su ficción se le va de las manos a Enrique. Eso por una parte, y por la otra, que al realizarla, hace también una labor de espía de la vida de otros, desencadenando hechos que sin esa ficción nunca hubieran sucedido... por eso digo que Verano es inquietante. Porque, como diríamos en mi tierra, "destapa la olla" a verdades que permanecen ocultas durante décadas bajo ese marasmo de aparente paz y seguridad que tan bien describe la novela.
A mí en lo personal me ha removido mucho. Me ha hecho pensar en la capacidad que tiene la ficción para destapar la realidad, o para recrear el futuro, para mandarlo en otra dirección. Me ha parecido originalísima tu novela :) y muy currada, muy reflexionada.
Espero la reedición de La mujer muerta.
Un saludo (y perdona la extensión).

Manuel Rico dijo...

Hola Roxana.
Se le va de las manos su "novela en la realidad" a Enrique, en efecto. La realidad se impone. Pero, ¿no podría ser la propia novela "Verano" (la real, la publicada por Alianza)el fruto del experimento del propio Enrique Blasco, la novela experimentada e iniciada con las falsas cartas a Nuria?

En fin, son pistas de autor. Nada más. Me llena de alegría tu lectura. En efecto, es una novela currada. Pero menos, creo, que "La mujer muerta", que me dio muchos problemas hasta que encontré el tono.

La ficción, creo, no puede renunciar a destapar la realidad, a iluminar con nuevas luces la que se oculta entre desidia, voluntad de olvido y desmemoria inconsciente. Ahí estamos (tenemos que estar, al menos eso pienso yo) los escritores. Y las escritoras.

Besos.

RAB dijo...

Bueno, creo que la mejor ficción es la que mueve a reflexionar sobre la realidad. Cuanto más sumergida esté, más motivos habrá para recrearla. Comparto contigo en que el trabajo del escritor sería un poco el de faro social :) Si no fuera así, al menos para mí, la literatura sería nada más que un enterteiment.
Traer a la conciencia lo inconsciente sumergido, eso es. O lo deliberadamente sumergido (a veces por protección o autoprotección). La memoria del dolor podrá resultar molesta, peeeeero... no hay forma de evolucionar sin ella.

Manuel Rico dijo...

De acuerdo en todo, Roxana. Aunque no basta con recobrar esa memoria.Para que sea literatura es esencial el cómo: cómo se escribe, esencialmente. De la crónica o el periodismo a la narrativa o a la poesía hay una disctancia notable.

Gracias por tus notas.
Abrazos.

UN LECTOR dijo...

Mensaje para El Pobrecito Hablador del Siglo XXI:

Puede usted encontrar esa maravilla literaria que es "Verano" en la siguiente dirección de Internet: www.iberlibro.com
Una vez allí, escriba Verano (sin comillas) y Manuel Rico (igualmente, sin comillas) en las casillas correspondientes y aparecerán (ahora mismo) siete librerías a las cuales puede usted dirigirse y solicitar la obra.
www.iberlibro.com es un lugar ineludible en la "RED" para localizar infinidad de libros.
No quiero dejar pasar este momento sin felicitar con anticipación a Manuel Rico por la inminente reedición de ese otro tesoro narrativo (y poético) llamado "La mujer muerta", muy satisfactoriamente publicado en su día por Espasa, pero ahora, según explica el autor en este blog, más enriquecido y perfeccionado.
Felicidades y... gracias. ¿Qué hay que agradecerle a Manuel Rico Rego? Ante todo, haber sido capaz (y seguir siendo muy capaz) de no sucumbir y no caer derrotado en un punto de la historia (el actual) atroz por la infiltración galopante de vulgaridad socio- cultural que embrutece y vuelve cada vez más idiotas, groseros y desagradables a millones de seres. Atroz, sí, y también desgarradoramente hostil para la creación artística (y literaria, en particular). Continuar siendo un paciente artesano cuya fidelidad inquebrantable a la belleza y verdad de su universo poético y narrativo no merece otra cosa más que admiración y respeto.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Muchas gracias, amable LECTOR. Trastearé en la página web que referencia.
¡Salud!