viernes, 14 de octubre de 2011

Símbolos de un tiempo oscuro: insultos de piedra

Cuando se reflexiona sobre la pervivencia de símbolos del franquismo en Madrid suele aludirse, casi en exclusiva, al Valle de los Caídos, a su presencia como expresión de la imposición de la dictadura a la voluntad democrática de los españoles, como testimonio, en piedra, de la más dura represión, de la condena a trabajos forzados de miles de republicanos, de las penalidades indecibles que, por el "delito" de defender a las instituciones democráticas, tuvieron que sufrir miles de demócratas. 

El monumento de Lozoyuela. Perspectiva completa

No se alude, sin embargo, a la humillación silenciosa que permanece en muchos pueblos pequeños de la región. Madrid no sólo es su capital, ni su área metropolitana. Madrid se compone, también, de más de un centenar de pequeños municipios a los que, a veces, quienes viven en la capital, tengan la edad que tengan, asoman en alguna excursión o por motivos que no hacen al caso. Son lugares poco conocidos en los que, sin embargo, los símbolos del franquismo más duro se mantienen intocados. Conozco, por razones íntimas y literarias (que, seguro, no escapan a los lectores de este blog) muchos de los pueblos de la sierra norte madrileña. Pues bien, en buena parte de ellos se mantienen plazas y calles con los nombres de generales y otros personajes de la dictadura. Las "plazas del Caudillo", o las avenidas o calles de "José Antonio Primo de Rivera", son, entre otras, el pan de cada día en esas localidades. Es como si la alargada sombra del fascismo español se hubiera proyectado con especial dureza en esa zona. Han pasado más de setenta años desde el final de la guerra, varias generaciones han crecido ya en democracia, pero la simbología fascista ahí permanece.

Por razones diversas, he tenido que indagar en el pasado de este territorio, sobre todo en el de los años de posguerra. Es un pasado que está lleno de zonas oscuras, de sevicias, de atentados al derecho internacional, de crímenes contra la Humanidad. Presos que construyeron el ferrocarril Madrid-Burgos, presos que levantaron la presa de Riosequillo, a tiro de piedra de Buitrago de Lozoya, presos que edificaron las estaciones de Bustarviejo (donde aún son visibles los barracones donde dormían) y de otras localidades, presos que vivieron humillaciones sin cuento en el ya aludido Bustarviejo, en el campo de trabajo de Garganta de los Montes, en el destacamento penal de Chozas de la Sierra, en Venturada.... Es decir: presos, presos, presos que estuvieron cautivos y trabajando para redimir penas, hasta bien entrada la década de los cincuenta.

Detalle: parte trasera del monumento. Lozoyuela
Pues bien, hace un par de semanas, paseando con unos amigos por el pueblo de Lozoyuela, situado en el kilómetro 69 de la Nacional I, me sorprendió encontrar un auténtico santuario dedicado a Franco y al franquismo. Está proyectado hacia la carretera aunque no es visible desde la misma porque las mamparas anti-ruido no lo hacen posible. Pero sí se puede ver, en su totalidad, paseando por el interior del pueblo, en su límite sur. Dos reproducciones, en piedra, del yugo y las flechas de falange y una cruz en medio, también en piedra, con el archisabido "caídos por Dios y por España", insultan al caminante, se burlan de la Constitución, pisotean la memoria de los vencidos, de los fusilados, de los desaparecidos y escupen sobre la voluntad de construir, de manera definitiva, un país radicalmente democrático. En las fotografías que reproduzco, tomadas al atardecer, podéis ver la dimensión del desmán.

Una semana después, paseando por el hermoso pueblo de Pinilla del Valle, en pleno idem del Lozoya, el amigo que nos acompañaba, señaló un texto pintado en el muro de su iglesia parroquial (de magnífica fachada barroca): "José Antonio Primo de Rivera. ¡Presente!". Repito: en la puerta de la iglesia, bien visible, sin alusiones a otros "caídos". Como puede verse en la fotografía, la letra está cuidada, la pintura renovada y aparece tan visible que casi te asalta al llegar al pórtico: es decir, una auténtica provocación.

Si uno recapacita sobre la derecha que nos está tocando vivir en España, una derecha que, a la altura del actual 2011, se ha negado a calificar el levantamiento contra la República de golpe de estado y a condenar el franquismo, y piensa en el horizonte del 20-N no puede por menos que sentir un cierto temor y mucha prevención. La derecha (el Partido Popular y algunas variantes de formaciones independientes) gobierna muchos de estos pequeños pueblos y nunca ha tenido un mínimo gesto de compasión con quienes durante décadas han vivido bajo el silencio al que les obligaba sus viejas militancias izquierdistas, o el hecho de tener familiares que fueron encarcelados o fusilados... La humillación permanente a lo largo de 40 años se prolongaría, trocándose en impotencia y miedo, durante la transición y en lo que llevamos de democracia. Los símbolos se mantienen no sólo porque esa derecha incivilizada, que añora los tiempos de la dictadura, ha impedido por todos los medios que desaparecieran. Se mantienen, también, por el miedo los las gentes de izquierda, de los vecinos que han arrastrado y heredado de padres a hijos una memoria cruel, terrible, aterrorizada. Y, por supuesto, por la falta de coraje y de firmeza democrática de quienes han gobernado y gobiernan.

Iglasia de Pinilla. Lema grabado en el pórtico

En la Comunidad de Madrid, gobernó Leguina durante doce años y muchos de sus consejeros visitaron estos pueblos, en los que la inversión del gobierno regional hizo auténticos milagros en la mejora de la calidad de vida, de las infraestructuras, de los servicios. Pues bien, esa simbología se mantuvo intocada. Sólo en algunos pueblos se renombraron plazas de nombre sedicioso con el de plaza de la Constitución, pero poco más.  Después vinieron Ruiz Gallardón y Esperanza Aguirre: no parece que fueran los más adecuados gobernantes para proceder a una operación que es infnitamente más que un "lavado de cara" de los pueblos: es una adaptación radical y valiente a la democracia.

¿Alguien puede imaginar, en la Alemania de hoy la existencia de una "plaza del Führer", o de una "avenida Adolf Hitler", o de una "travesía del Tercer Recich"? ¿Y en la Italia democrática plazas dedicadas de Mussolini, al conde Ciano o a la "Marcha sobre Roma"? No, ¿verdad?. A todos los alemanes e italianos con un mínimo de conciencia democrática les avergonzaría. Pues a mí me avergüenza, me llena de ira, me produce una infinita desolación la presencia de los citados símbolos en estos pueblos. El partido socialista, una de las víctimas esenciales del franquismo, ha gobernado en España, entre unas legislaturas y otras, más de 20 años. En la Comunidad de Madrid, nada menos que doce. Pues bien, de poco ha servido en estas pequeñas ciudades: si algún demócrata, o progresista del pueblo ha pensado alguna vez en exigir la erradicación de tales ignominias le ha vencido el miedo y, quizá, la falta de firmeza de sus gobernantes.

En mi novela La mujer muerta intento arañar en la memoria atormentada de estos pueblos. Escribo sobre la presencia, más de medio siglo después del final de la guerra, de los fantasmas que perviven en la conciencia de sus habitantes. En Trenes en la niebla, con la recuperación de la experiencia colectiva de un campo de trabajo en uno de sus pueblos, intenté concretar en una realidad que fue "real", mensurable, esa conciencia. Pues bien, estas fotografías son la evidencia terrible de que esos fantasmas no han muerto: están muy vivos y los alimenta una derecha que nunca pensó que podría dejar de ser quien rigiera los destinos de este país.


domingo, 25 de septiembre de 2011

Mis lecturas de Juan Benet y su mundo de sombras.

No tuve oportunidad de conocer personalmente a Juan Benet aunque algunos de los amigos que frecuenté a lo largo de la década de los ochenta y principios de los noventa lo conocían bien y podían habérmelo presentado. Cuando murió, lo lamenté profundamente. Por su talla literaria, por su sólido y riguroso bagaje intelectual y por su actitud un punto provocadora en la polémica, fuera literaria, política o filosófica. Llegué a su obra casi por casualidad. Fue a finales de los años setenta, cuando ya había leído las novelas más emblemáticas de sus compañeros de generación como Juan Marsé, Carmen Martín Gaite, Juan y Luis Goytisolo, Juan García Hortelano o del gran olvidado Jesús Fernández Santos, autor de Los bravos, el gran libro de cuentos, junto con El corazón y otros frutos amargos, de Aldecoa, de esa etapa. También después de haber leído Tiempo de silencio, la novela en la que el canon suele situar el comienzo de la renovación estética de la narrativa social en la España de los 60, algo que Benet nunca llegó a aceptar pese a la amistad que mantuvo con el escritor navarro. La mía fue, por ello, una lectura tardía. 

¿Por qué ese retraso en la lectura de Benet? Aunque nunca me ha planteado buscar las razones auténticas, hoy, con la perspectiva que aporta el paso del tiempo, sí podría acercarme a ellas. O, al menos, a una que creo me parece esencial: influyó, con toda seguridad, el fondo de soberbia con que solía opinar de la realidad literaria de nuestro país. Esa percepción se afianzó con la lectura, en Cuadernos para el Diálogo, de la polémica que mantuvo con Isaac Montero a propósito del compromiso del escritor en la propia obra. Al tono de autosuficiencia se añadió el desdén con que valoraba la novela crítica, el realismo social. El tono y el enfoque, en unos años en los que todavía estaba actuando la dictadura, me parecieron una forma de eludir el conflicto sociopolítico, de minusvalorar el riesgo que habían asumido no pocos escritores (desde Armando López Salinas o Juan Marsé hasta el propio Isaac Montero o los narradores exiliados) escribiendo novelas y cuentos con el objetivo de cambiar el mundo, de resquebrajar el franquismo.

Edición en bolsillo de 1974,
hoy inencontrable. 
Sin embargo, mi opinión cambió cuando me enfrenté a su obra. Empecé por Volverás a Región.  Era otra literatura, alejada de los modelos de literatura social a os que estábamos acostumbrados. Me sedujo el mundo en claroscuro que describía, el territorio mítico en que se constituía Región, un lugar sombrío, cruzado por los fantasmas de la Guerra Civil y como desgajado del tiempo. Era una geografía con pueblos perdidos (Macerta, el valle del Torce, Bocentellas... qué hermosos nombres), con trenes con destino incierto, con estaciones abandonadas, en las que apenas se detenía algún convoy inesperado, una geografía sometida a la mirada de un extraño guarda forestal, un ser omnipresente e invisible a la vez, una amenaza sin forma. La naturaleza casi nocturna, los riscos, los caminos borrosos, los hombres y las mujeres viviendo, desde el hondón del drama de la guerra, una realidad desesperanzada, la incertidumbre pesando como una inmensa losa sobre todos. Todo ello conformaba el mundo de Región.y  ofrecía al lector, en la España de finales de los años sesenta, un escenario extraño, duro, pero brutalmente vinculado con los fantasmas que, casi adolescente, recordaba haber vivido en mi familia (y en las familias de mis amigos). Curiosamente, Juan Benet, que desdeñaba la narrativa del compromiso, ha escrito una de las novelas más estremecedoras, más cercanas a la médula de las contradicciones vividas en nuestra guerra civil y más enraizadas en el núcleo duro de nuestra memoria histórica.

Un mundo  (aunque vivo) detenido en un tiempo dramático, como si  contuviera un espejo en el que nuestra sociedad, las distintas generaciones que la componen, han de mirarse siempre. Una realidad misteriosa y viva. Una naturaleza dura, extrema, que Juan Benet metabolizó a lo largo de los años (en las décadas de los 50 y 60) en que, como ingeniero de caminos, dirigió la construcción de presas al norte de León, en zonas limítrofes con Asturias. Todo eso me fascinó de Región. Y todo eso volví a encontrarlo en El aire de un crimen, en Una meditación (novela que leí trabajosamente), en una de sus últimas obras, En la penumbra y, de manera muy especial y casi absorbente, en dos cuentos estremecedores, Numa y Una tumba, dos cuentos cuya mero recuerdo me devuelve viejos aromas de hojarasca, de bosques invernales, y en la hexalogía Herrumbrosas lanzas, una auténtica epopeya sobre la guerra, en la que las estrategias militares se mezclan con las pasiones más oscuras y perversas y con los sentimientos más nobles y justos y en la que Región cobra una densidad y una textura envolventes. Con ese mundo en claroscuro he vuelto a conectar en estos días al hilo de la lectura de los relatos inéditos que Tusquets acaba de publicar bajo el título Variaciones sobre un tema romántico. especialmente en la cuarta variación, titulada La hostería. Es un texto breve pero con una gran intensidad: ésta se deriva de la atmósfera regionata que lo invade de principio a fin. He subrayado un fragmento que no sitúa en el misterio de Región:
"Por otra parte el hostal se hallaba desierto y un teléfono de manivela colgado de la pared detrás del mostrador de recepción tan sólo respondía a sus insistentes llamadas con un indiferente zumbido de caracola, a veces salpicado de extrañas y lejanas voces inconexas que ni siquiera cabía interpretar como residuos de conversaciones perdidas por el éter, sino, acaso, como extremados suspiros de almas en pena desperdigadas por la montaña que el alambre recogería a su paso por lugares siniestrados".
Cierto que Benet fue también Otoño en Madrid hacia 1950, una pequeña joya cuya lectura recomiendo en la que, frente a la influencia de Faulkner del conjunto de su obra,se proyecta la sombra de Baroja, pero el Benet que hice mío, al que releo de vez en cuando, es el Benet que habita Región. Esta pasión por su literatura, no contradictoria con mis devociones por otros narradores del 50, no se prolongó, sin embargo, con sus "discípulos". Alejandro Gándara, Javier Marías o Vicente Molina Foix, sus tres seguidores más reconocidos nunca alcanzaron la profundidad y la solidez del más faulkneriano de nuestros narradores. Es más: tengo para mí que hicieron una lectura parcial de sus novelas (y dudo que una obra como Herrumbrosas lanzas fuera leída en su integridad por ellos). Su lectura es esencialmente estética, como réplica a lo que ellos llamaron costumbrismo, no en su proteína, en su condición de indagación en las zonas oscuras de nuestra memoria colectiva, de los espacios irracionales de una contienda todavía viva en nuestras conciencias. .

Paisaje en los montes de la Puebla de la Sierra.
He de confesar que la lectura de Volverás a Región me produjo un impacto similar al que, diez o doce años después, experimenté con la La piel del lobo del austriaco Hans Lebert. Un impacto que tuvo mucho que ver con el protagonismo que en ambas novelas juega la naturaleza como demiurgo que actúa de modo misterioso sobre el comportamiento de hombres y mujeres. Esa naturaleza, que Benet absorbió (y, añado, de la que se enamoró) mientras trabajaba en la construcción del pantano de Porma en la provincia de León entre 1962 y 1964, ha pasado a formar parte de mi personal mitología. Digo más: los parajes que en el límite nordeste de Madrid, entre Montejo de la Sierra y la Puebla y, más allá, hacia la sierra de la Tejera Negra, tienen similitudes muy notables con la Región descrita por Benet. En esas tierras casi deshabitadas todavía se respira el aire de una posguerra no acabada. Tal vez por ello, formaron parte de una de mis novelas más extrañas,  La mujer muerta. Cerbal, Brezo, Fresneda no sólo son hijas de mi presencia asidua desde el final de mi adolescencia en los pueblos abandonados de esa sierra:  son, también, deudores del mundo narrativo de Benet, de un territorio al que nos invita a entrar del siguiente modo al comienzo de su Volverás a Región:
"Es cierto, el viajero que saliendo de Región pretende llegar a su sierra siguiendo el antiguo camino real --porque el moderno dejó de serlo-- se ve obligado a atravesar un pequeño y elevado desierto que parece interminable.// Un momento u otro conocerá el desaliento al sentir que cada paso hacia adelante no hace sino alejarlo un poco más de aquellas desconocidas montañas." 

domingo, 11 de septiembre de 2011

Septiembre en tres tiempos

El final del verano siempre asoma en el horizonte como una habitación conocida que habíamos abandonado en los primeros días de julio. Esa habitación es la que acoge todos los retornos a la cotidianidad vividos en nuestra corta o dilatada historia. La que guarda momentos (felices o dramáticos) que nos han marcado de una manera muy especial. La que tiene abiertas ventanas al otoño con su equipaje de sueños, de proyectos, también de decepciones. En las paredes de esa habitación llamada septiembre hay fotografías, grabados, notas de lectura, borradores de poemas, folios con intentos de proseguir una novela iniciada no sabes cuándo.

"Septiembre en Gargantilla". M.R.
Unos, las fotografías,  proceden de la memoria personal y colectiva de septiembres clavados como cuchillos en la conciencia y en el corazón. Otros, las notas, los borradores, el fragmento de novela, son restos del verano que termina, residuos de lo que al final de la primavera fueron gigantescos sueños para dar sentido a un tiempo libre que luego se mostró menos libre de lo previsto y más corto de lo imaginado.

I

La fotografías son duras: la primera procede de un 11 de septiembre de 1973, es La Moneda, la residencia del presidente Salvador Allende, bajo los bombardeos. Es una fotografía en blanco y negro, la imagen de una ignominia que marcaría la década de lo setenta y de los ochenta: después vinieron Uruguay y Argentina y una cadena de asesinatos, desapariciones, exilios de los que el siglo XX nunca podrá desprenderse. Es la memoria de la infamia, de la injusticia, de la desolación. Aquel día de septiembre yo tenía veinte años, acababa de conocer a E. y, juntos, éramos asiduos de los centros culturales semiclandestinos (en sedes oficiales, pero con actividades que ocultábamos) de un Madrid periférico que comenzaba a despertar bajo el franquismo último. Nos amábamos y nos manifestábamos (haz y envés de la misma página) por unos barrios mejores y por un país en democracia, construíamos un proyecto íntimo y trabajábamos por el proyecto colectivo. Soñábamos con Chile, con el Chile más limpio y ejemplar: con Neruda, con Violeta Parra, con Víctor Jara, con Gabriela Mistral, con Salvador Allende, con Quilapayún... América era el mundo nuevo que anunciaban millones de trabajadores de la mina, de la banca, de la industria, del campo, de la cultura en ciudades como Santiago y Valparaíso.  Yo escribía malísimos poemas sociales (los conservo en algún lugar inaccesible) y E. cantaba, en actos semiprohibidos, ante cientos de jóvenes, con una voz hermosa y sideral, canciones de Méjico, de Chile, de Joan Baez o de Bob Dylan.... Pero aquel 11 de septiembre, lo que todos temíamos ocurrió. El sueño del socialismo en libertad fue pisoteado por las botas militares. No sería ni la primera ni la última vez. Mi recuerdo, 38 años después (qué vértigo), quiere ser un homenaje a todos los chilenos de paz (ahí están las nuevas generaciones de estudiantes exigiendo la enseñanza pública con la que acabó Pinochet y las teorías económicas de Friedmann) que saben soñar y sueñan, que no han renunciado a la construcción de un Chile más igualitario y justo. 


La segunda fotografía ocupa también el día 11 del calendario: fue en 2001, hace diez años, y su memoria es el inmenso vacío, una multiplicación a su vez de miles de vacíos personales, que quedó tras el criminal derribo de la Torres Gemelas de Nueva York, en una ciudad estupefacta y herida, incrédula y asustada. Fue un aldabonazo terrible en las conciencias de todo el mundo. La primera década del siglo XXI se iniciaba de la peor manera posible. Y el presidente Bush, apoyado por el complejo militar industrial, por los sectores más conservadores y ultraliberales de América y de fuera de América (Aznar fue uno de los más entusiastas), inició una cruzada no contra el terrorismo (aunque ese fue el argumento esencial), sino contra los principios democráticos más elementales. Cuando (así lo plantearon numerosas y autorizadas voces) junto a la búsqueda y detención de los criminales y el aislamiento de los sectores minoritarios y poderosos que los respaldaban, se debiera haber reforzado la cooperación y el intercambio de experiencias e iniciativas con el mundo árabe, Bush fue en la dirección contraria: ideología de la guerra, invasión de Afganistán y de Irak, ignominia de Guantánamo, victimización de pueblos enteros, endurecimiento de las precarias condiciones de vida del pueblo palestino... Y una década después, ¿con qué nos encontramos? Con una guerra interminable en el país asiático; con una crisis económica derivada de las doctrinas económicas de Bush, Friedmann (el de las recetas a Chile) y, también, del inmenso agujero del gasto militar para invadir Irak; con un Obama acosado que intenta restañar las heridas, buscar zonas de encuentro entre civilizaciones. Es decir, intenta recorrer el camino que se debió iniciar tras el 11-S de Nueva York. Eso sí, con diez años de retrasos y algunos centenares de miles de muertos inocentes que son centenares de miles de heridas abiertas en la conciencia de pueblos enteros y centenares de miles de justificaciones para alentar el odio entre mundos, entre civilizaciones, y no el diálogo y la convivencia. En fin.


II

Las notas hablan de momentos de lectura: haber leído al poeta chileno Raúl Zurita, o las experiencias memorizadas, de un modo ágil y profundo a la vez, en el libro Editor, de Tom Maschler, el mítico director del sello británico Jonathan Cape (abajo, a la izquierda, en la fotografía), una figura  imprescindible de la historia literaria anglosajona y descubridor de McEwan o Martin Amis, entre otros muchos autores hoy imprescindibles de la literatura universal del siglo XX y de lo que llevamos del XXI; convivido con los poemas inéditos de Javier Egea en el camino previo a la publicación del segundo volumen de su obra completa, o descubierto a un magnífico narrador argentino, Patricio Pron, que en su novela El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia nos habla de la mirada que proyectan sobre los años de las desapariciones masivas en la Argentina de Videla, los hijos de quienes se enfrentaron a la dictadura y fueron víctimas principales; recuperado la lectura, dejada a medias hace un par de años, de La montaña mágica, de Thomas Mann. Todo ello, junto la lectura de algún manuscrito de algún poeta inédito, ha formado parte de estas vacaciones raras, teñidas por la crisis, por la ofensiva de los llamados mercados (otra herencia de los "Chicago Boys") contra la deuda soberana, por las movilizaciones sindicales y del 15-M y por la presencia, en los intersticios de la cotidianidad, de ese "patio de vecindad" al que llamamos facebook..

Y las notas hablan, también, de experiencia de escritura: por ejemplo, haber concluido un largo artículo sobre la narrativa española de hoy para la revista La Página (saldrá en diciembre, me dice Santos Sanz Villanueva), o haber avanzado en un par de poemas iniciados hace cinco o seis años para un nuevo libro que no se sabe cuándo terminaré, o escrito medio folio de una novela a medias, iniciada hace un par de vacaciones, o perfilado el borrador de un artículo (que acompañaré de poemas inéditos) sobre el antes citado Javier Egea para Cuadernos Hispanoamericanos, o la búsqueda en mis archivos del viejo artículo sobre Ángel González al que aludo en mi post anterior y a la que me incitó un comentario de Susana Rivera sobre el lamentable estado de la Fundación que lleva el nombre del poeta asturiano.

III

Playa en Calblanque
Pero septiembre tiene también un filo íntimo ineludible, sin el que las otras esferas de la vida quizá carezcan de sentido (o tengan menos sentido): Por ejemplo, haber vivido las alegrías y las decepciones que un huerto (que cultiva y cuida con paciencia, esmero y no pocas dosis de desesperación, E., pero que lo siento mío) proporciona, haber contemplado la luna y las estrellas en un cielo negro y prístino desde un pequeño desmonte junto a una carretera de la sierra norte de Madrid, haber descubierto, gracias a la recomendación y al ejemplo de mi hija Malva (he de confesar que antes lo fue de Pepo Paz, pero con pocas consecuencias: una hija es una hija), el parque regional de Calblanque, cerca de Cabo de Palos, en el que las playas vírgenes de arena dorada nos ofrecieron una experiencia irrepetible en dos mañanas de luz espléndida y azul de principios de septiembre; por ejemplo, la tormenta en la costa, con las nubes cubriendo el faro como invitaciones a evocar otras tormentas perdidas en el tiempo.... 

Y septiembre es, también, el recuerdo de los septiembres en que soñaba con dedicarme a la literatura, en que añoraba el otoño, un otoño de cafés perdidos en barrios extremos, de tertulias interminables, de cines de arte y ensayo, de ciudad universitaria y colegios mayores, de paseos de atardecer por el parque del Retiro o por calles sin nombre de un barrio cualquiera, de chaquetas de pana y cachimba existencialista (fumé en pipa durante algunos años), de tranvías perdidos y autobuses nocturnos. Es decir, de imposturas propias de un joven idealista (aunque se declarara marxista y dialéctico).

En fin: septiembre.

lunes, 22 de agosto de 2011

Sobre el olvido y la memoria: cuando Egea "desaparece" de un encuentro histórico con Ángel González.

1. De Ángel González.

Hace algo más de tres años, el 17 de mayo de 2008, participé, en Alcorcón en un acto de homenaje al poeta Ángel González. Compartí mesa redonda con Almudena Grandes, Benjamín Prado, Luis García Montero, Juan Cruz, Julio Llamazares y Javier Rioyo. Yo estaba allí por invitación del concejal de cultura (había contribuido a que el Instituo Cervantes apoyara el homenaje) y como conocedor y amante de la poesía de Ángel. También porque, tal y como escribí en este blog días después, "creía representar a los cientos de miles de lectores que han vivido la poesía de Ángel más allá de la figura ceñida a las noches de farra y al reducido grupo de amigos de las madrugadas madrileñas en que se centraron, con posterioridad a su muerte, la mayoría de las columnas y semblanzas que se publicaron". Otro "mérito" para compartir la mesa fue ser director de la colección de poesía donde se reeditó Tratado de urbanismo con lectura de Carlos Pardo (Bartleby, 2007). Es decir, yo no era amigo de Ángel y mi presencia allí obedecía a razones distintas a las de los amigos "oficiales". Pues bien, tuve la sensación (algo que se derivó de algún comentario entre irónico y hostil de uno de los compañeros de mesa y que me confirmaron después amigos presentes en el acto) de que en aquella mesa estábamos dos escritores que, para la mayoría de sus integrantes, quizá no debiéreamos estar. Uno era yo, ajeno al tono de confidencia y al lenguaje para iniciados con que se dirigían unos a otros. El otro era Julio Llamazares. En el fondo, pienso hoy, me consideraban intruso, un invitado ajeno, el crítico y poeta no requerido por ellos y, sobre todo, extraño al universo de amistades del poeta homenajeado y, por tanto, sin la "legitimidad" del amigo próximo para hablar de él y de su poesía....  Menos aún si había tenido la idea políticamente incorrecta de escribir, en el libro-homenaje que para la ocasión publicó el ayuntamiento de Alcorcón, un artículo titulado "El Ángel González al que admiro, quiero y releo", (podéis leerlo en mi blog- "Estantería") en el que afirmaba la necesidad de que  las nuevas generaciones de lectores no heredaran sólo la imagen de un Ángel González frecuentador de las noches alcohólicas, cantor de boleros o de peregrinación nocturna que solía destacar un grupo de escritores y poetas que se habían erigido en propietarios, intérpretes, herederos, quizá albaceas y difusores de su obra. Ángel González era y es mucho más. No era (ni es) de ellos, sino de millones de lectores que habíamos aprendido, a finales de los años 60, que la poesía es algo más que un desahogo íntimo. En Alcorcón hubo, por parte del ayuntamento, un intento de acabar con el reductivismo del grupo, sólo conseguido en parte, al que Ángel parecía sometido.

2. De Javier Egea

En mi prólogo al I volumen de la Poesía completa de Egea subrayo mi extrañeza e incomprensión ante su ausencia, durante más de un cuarto de siglo, de todas las antologías y recuentos de ámbito estatal que, entre 1982 y 2007, se han publicado en España. Una incomprensión que se convierte en incredulidad y perplejidad si se valora el peso específico que algunos poetas amigos fueron adquiriendo, a lo largo de los años 80 y 90 del pasado siglo, en el ámbito universitario, editorial e institucional de España. Pues bien, la manifestación, negro sobre blanco, de esa perplejidad dio lugar a la expresión de determinadas reservas respecto al contenido de mi prólogo. Eso sí, muy acotadas. Me explico: fueron Álvaro Salvador y Luis García Montero, compañeros de Javier en el manifiesto La otra sentimentalidad, quienes expresaron su crítica por considerar que en mi texto había una acusación indirecta hacia ellos. Después de reconocer lo certero de mi análisis crítico de la obra de Javier, de valorar la importancia de la edición de su poesía completa y el gran mérito de Bartleby, me adjudican la acusación: ellos eran los grandes amigos, los "hermanos" de Egea, y, por tanto, no podían excluirlo. Álvaro Salvador llegó, incluso, a afirmar que él también fue excluido de casi todas las antologías. Por tanto, sería la casualidad, algún mal fario o la perversa voluntad de editores (algunos muy cercanos a los compañeros de Egea en La otra sentimentalidad), profesores, antólogos e historiadores, lo que habría relegado al silencio a Javier Egea durante varias décadas. Y claro, en los últimos años, la responsabilidad sería achacable a los herederos legales (como en el caso de Ángel González, o en el de Rafael Alberti, no falta voluntad de reprochar a los elegidos en el testamento por el fallecido la apropiación de derechos que se consideraban propios, exclusivos, intocables). Pues bien, hoy, 19 de agosto de 2011, he conocido un nuevo elemento para reflexionar sobre la desaparición de Quisquete de antologías y recuentos.

Sigamos....

Y... 3. De Ángel González, Javier Egea y Luis García Montero

La exclusión de la obra de Javier Egea (el volumen II de su Obra completa) de las ayudas del Ministerio de Cultura correspondientes a 2011, me ha llevado a escribir una amplia nota en Facebook mostrando mi desacuerdo ante una decisión injusta del que considero mi gobierno. A esa nota han respondido numerosos internautas con comentarios de los más diverso y con un denominador común: críticos con la medida, solidarios con Javier Egea, con la editorial, y admiradores de su obra poética. Entre ellos estaba Susana Rivera, la viuda de Ángel González, quien ha aportado una nueva muestra de la práctica (seguramente involuntaria) del silenciamiento. Es decir, de instrumentalización de la historia, de reescritura de hechos pasados de acuerdo con intereses contrarios a la memoria del poeta granadino. En esta ocasión el borrón, la tachadura o la difuminación de Quisquete está vinculada a la figura de Ángel González y se advierte en una evocación de Luis García Montero.

El autor de El jardín extranjero se indigna cada vez que alguien le adjudica un cierto papel, probablemente más por omisión que por acción, en el silenciamiento de Javier Egea (a juicio de muchos, el mejor poeta de los tres del histórico manifiesto). Es más, afirma haber hecho lo imposible por evitarlo. Nadie lo discute. Menos aún yo: no me consta. Sin embargo, la realidad, la historia de lo ocurrido no concuerda con esas afirmaciones: cientos de poetas a años luz de Javier Egea, buena parte de ellos usuarios del marchamo "poesía de la experiencia" y próximos al círculo de Prado o García Montero, han estado presentes en numerosas antologías en ese tiempo. Javier Egea, el proclamado hermano, amigo, compañero, no. Seguramente Luis García Montero tiene razón. Pero mi nota en Facebook ha servido para añadir un eslabón más al argumentario que lleva a la teoría del silenciamiento. Y en este caso, el eslabón se construye, curiosamente, con la figura de Ángel González como protagonista esencial.

Leamos la respuesta que García Montero da a Lillliana Martínez Polo, en la revista digital Vivir.in, de Bogotá, cuándo ésta le pregunta cómo conoció al maestro de la generación del 50:
"En los 80, quisimos hacerle un homenaje a esa generación. Entonces lo llamé (a Ángel González) para pedirle manuscritos y fotografías originales. Me citó en una cafetería, debajo de su casa, un 20 de noviembre. La fecha en que la extrema derecha conmemoraba la muerte de Franco delante de su estatua.”(...) “Ángel vivía solo delante del Ministerio de la Guerra y de la estatua. Cuando llegué, encontré la cafetería cerrada y a un Ángel González tembloroso, porque estábamos rodeados de la extrema derecha, haciendo el saludo fascista. Él dijo: "Vámonos, que nos matan como nos reconozcan". Ese primer incidente creó una complicidad humana, literaria y política. Empezaron ahí los primeros recuerdos de su infancia...”
La misma escena, descrita por el periodista Fernando Araújo Vélez para Elespectador.com, también de Bogotá, el 25 de febrero de este año:
(Ángel González y LGM) “Se citaron en la plaza de San Juan de la Cruz, Madrid, pero sólo se dieron cuenta de su error cuando vieron la plaza repleta de hombres y mujeres vociferantes que ondeaban, histéricos, cientos de banderas españolas con un águila imperial en el centro. Era 20 de noviembre, el día de las extremas derechas en España. Un 20 de noviembre había fallecido Francisco Franco. Un 20 de noviembre había nacido José Antonio Primo de Rivera. Entre esos dos días, y entre ellos dos, la historia de España se tiñó de sangre, de odios, de muerte, de olvido. González aguardaba en la puerta de una cafetería. García Montero lo saludó. Tal vez ni siquiera alcanzó a saludarlo, porque González lo tomó del brazo, presuroso, y le dijo vámonos que si nos reconocen nos matan".

Esa versión es la que se ha hecho canónica, "oficial". Sin embargo, Susana Rivera, testigo del encuentro, ha escrito el siguiente comentario a mi nota:
"Luis García Montero lo desaparece del primer encuentro con Ángel González. Es verdad que (Ángel González) tomó a alguien del brazo, pero no fue a Luis, sino al gran poeta Javier Egea que también estaba citado. Por su propia barba y pinta de intelectual izquierdista y el pelo largo, barba, gafitas estilo John Lennon de Javier, junto con el largo abrigo de visón de su madre que vestía, Ángel temió que podrían llamar la atención de los fascistas congregados en la plaza de nuestra casa".

Es curioso que LGM, en su evocación, obvie el  detalle de que quien lo acompañaba era su amigo y compañero de manifiesto Javier Egea. Precisamente en la primera mitad de los ochenta, una etapa en la que iniciaba su carrera (como poeta y como profesor) al lado de quien ya era un soberbio poeta con un reconocimiento generalizado y que, además, había obtenido uno de los premios con mayor nivel de reconocimiento crítico e institucional de la época, el Juan Ramón Jiménez, por Paseo de los tristes. Egea era conocido y reconocido en Granada y fuera de Granada. Seguramente, ese olvido de Luis es también involuntario. Ni lo dudo ni tengo por qué dudarlo. Pero de parecidas involuntariedades se ha ido construyendo una de las marginaciones más absurdas, inexplicables e inmerecidas de la poesía española en los últimos 50 años. Con todos mis respetos hacia LGM y hacia su obra, dejo aquí estas reflexiones.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Raúl Zurita, el poeta de "Cuadernos de guerra" y del profundo Chile

El pasado mes de abril, en la Feria del Libro de Soria, especializada en poesía, pasé, entre otras, por la caseta de la pequeña editorial Amargord. Allí, un entusiasta editor (¿era José María de la Quintana?: probablemente, pero no puedo asegurarlo) me entregó un libro que --lo digo con mala conciencia-- desconocía. Se trataba del último poemario del chileno Raúl Zurita (Santiago de Chile, 1950), de título más que ilustrativo, Cuadernos de guerra. Me lo llevé con la intención de escribir una crítica para Babelia aunque no me metí con él de inmediato. Otros encargos se cruzaron en el camino y sólo a mediados del pasado mes de julio pude iniciar su lectura. Aun siendo consciente de que estaba frente a la nueva obra de uno de los grandes poetas de Chile y, más allá, de América Latina, no dejé de gozarlo como si me enfrentara a un gran poeta recién descubierto. Lo he leído de dos "tirones" hasta quedar extenuado: no por cansancio, sino por la alta tensión emocional, por la dureza del universo que Zurita nos dibuja, por la atormentada (y lúcida) reflexión a la que nos invita.

Sin embargo, sólo al concluir su lectura y tras escribir el borrador de la crítica, descubrí, con cierta vergüenza y algo más de mala conciencia,  que no es un libro de 2011. Fue editado en 2009 y presentado en Madrid por el propio Zurita: ni fui consciente, entonces, de su edición, ni me enteré de su lectura pública. Es decir: un descuido imperdonable. No sólo porque no lo supe entonces, sino porque ese extremo convertía en papel mojado mi trabajo para el suplemento: habían pasado dos años desde la salida a librerías del poemario y la norma establecida (en todos los suplementos) no permite la reseña sobre un libro tan "antiguo" cuando en el año en curso hay numerosos libros que se quedan en la cuneta. Decidí salvar la crítica y trasladarla a Al margen. El texto, con algunas adaptaciones al medio, es el que podéis leer a continuación.
"A veces, libros de poesía que rompen la norma, muestran un hondo y poderoso aliento y sitúan al lector ante las contradicciones del siglo, pasan inadvertidos no se sabe muy bien por qué. Tal es el caso de Cuadernos de guerra, del chileno Raúl Zurita, una colección de poemas publicada en 2009,de la que apenas se ha hecho eco la crítica (académica y periodística) en la que aborda un recorrido por la memoria más dramática del siglo XX.
"No es, contra lo que pudiera inferirse de la anterior definición, una poesía de alegato, sino una poesía total, cívica, filtrada por la experiencia íntima: la vivencia de los hechos colectivos se amalgama con destellos procedentes del sueño, de la memoria, con la alusión a un presente inaceptable y con la referencia a hechos históricos especialmente dramáticos, terribles: Hiroshima, el golpe de estado de Pinochet y su secuela de asesinatos, torturas y exilios, Auchswitz y el Holocausto, las penalidades de los presos en el desierto de Atacama durante la dictadura. Pero ese itinerario por la desolación tiene ventanas a mundos personales en los que lo onírico y lo realista se mezclan. Ahí está el Raúl Zurita niño y su memoria del padre y de sus familiares más próximos, sobre todo su hermana, o el sueño amoroso a la sombra de una ciudad devastada, o la evocación del mar y de la playa de la infancia como escenario de su propia llegada al mundo: 'Mamá está de pie y su bañador ceñido y oscuro se / recorta como un raro pájaro contra el cielo del / fondo. Amanece. La muchedumbre avanza entre/ gritos / y al frente la playa flota curvándose en la / creciente claridad'.

"Paisajes desiertos, ciudades quemadas, cordilleras de ceniza, paisajes marinos o esteparios que parecen surgir de una pesadilla. Todo ello viene a conformar un libro inquietante y poderoso que es, pese a la casi absoluta presencia de la desolación, un canto a la vida y al amor. Zurita, un clásico contemporáneo que nunca ha tenido complejo alguno por llevar la política a la poesía, muestra en Cuadernos de guerra la pertinencia y la actualidad de esa lírica (una lírica, apostillo, siempre necesaria). Y lo hace a partir de un impulso experimental, sin traicionar la vocación innovadora que preside su poesía desde sus primeras entregas, allá por los años setenta: un versículo fronterizo a la prosa en el que el tono coloquial se astilla para reforzar las imágenes más perturbadoras. Una poesía dura y tierna a la vez. Envolvente, narrativa, cuya fuerza reside en la certera mezcla de lenguaje próximo e iluminador y realidad atormentada".  

Hasta aquí la crítica. Como muestra del poder de la poesía de Zurita en este libro, os dejo uno de sus poemas más conmovedores:

CIELO ABAJO 
Como si fuera el mar, el desierto había adquirido
el tono violáceo del amanecer y por los viejos
cauces resecos el día iba entrando en la tierra tal
como hace infinitos años los ríos entraban en el
mar. Adelante las rompientes estallaban con furia
y como si nos contara un cuento Veli nos dijo
que las aguas saladas del mar eran la noche de las
aguas dulces y que por debajo de ellas los ríos
seguían cruzando hasta reaparecer limpios y
nuevos por el otro lado el mar. Fue en Punta de
Lobos, el día antes de volver. Mamá después me
contó que cuando papá estaba a punto marcharse
mi abuela le había dicho que tenía que cantar
porque cuando se moría un bueno el cielo se
hacía más ancho. Así se fueron marchando papá,
mamá, mi hermana, todos, y por cada partida
parecían crecer estos pedregales donde a mamá

donde papá nunca me contesta. A los años,
cuando sólo tres sombras nos reunimos en torno a
Josefina Pessolo, la madre de mi madre, nos
dimos cuenta que hacía mucho tiempo que ella
también había partido. Sólo sus labios se seguían
moviendo: canten —seguían diciéndonos— canten y
canten. Y continuaron moviéndose hasta el amanecer.
 
Y cierro con la voz y la imagen del poeta. Si no pude (pudimos) estar en la lectura/presentación que en 2009 dio en Madrid, aquí recuperamos, gracias a la magia "youtubera",  su lectura de uno de los poemas. Gocemos de él.


martes, 2 de agosto de 2011

Militantes de la poesía a la vera del Moncayo.

Pórtico iglesia monasterio de Veruela
La poesía requiere de auténticos militantes, de seres entusiastas con capacidad para el sueño y que, a su vez, sepan moverse en la realidad, una realidad especialmente hostil --indiferente, más bien, lo cual es una forma de hostilidad-- a la poesía. Acabo de vivir una experiencia de dos días a la sombra del Moncayo. Entre Litago, Trasmoz y el monasterio de Veruela. Invitado por Trinidad Ruiz Marcellán y por la Asociación Cultural Olifante he cumplido, al fin, uno de esos deseos que se van aplazando sin saber muy bien por qué a lo largo de la vida. El Moncayo ha sido siempre un nombre que he vinculado a mi formación poética. Inseparable de los versos sorianos de Antonio Machado y de Gustavo Adolfo Bécquer, imagen mítica en la lejanía desde la carretera que enlaza Tarazona con Tudela, visitar sus pueblos, perderme por las carreteras que los unen o que se acercan a la cima, eran algunas de mis asignaturas pendientes. El Festival Internacional de Poesía Moncayo que acaba de concluir (y que ha sido dedicado a Gabriel Celaya en su centenario) ha sido la puerta que me ha ayudado a acceder a esas tierras, a vivirlas y, de manera muy especial, a quererlas a través de sus gentes, sobre todo de aquellas que, conducidas e impulsadas por Trinidad, han colocado la poesía en el centro de sus vidas. 

Hace ya tiempo, escribí una entrada en Al margen a propósito de la Casa del Poeta de Trasmoz. Entonces pensé de lejos en la posibilidad de disfrutar allí de una estancia. Ahora, tras gozar de la hospitalidad de quienes animan y dan vida a ese proyecto, creo que esa posibilidad se puede convertir en probabilidad. Y, no tardando mucho, en realidad. Veremos.

La lectura de los poetas aragoneses en la iglesia de Litago, la experiencia de compartir mesa y lectura con un Antón Castro al que acabo de descubrir como un gran poeta y con un Ángel Guinda en su plenitud creadora en un espacio tan cargado de significados como el monasterio de Veruela ha sido un regalo impagable. Tanto E. como yo nos hemos sentido abrumados por la belleza del monasterio, de su iglesia, de un claustro extremadamente singular. Y yo he sentido, con un regocijo casi infantil, una extraña felicidad nacida de la unión del momento que estaba viviendo con veranos remotos en el Madrid de mi adolescencia, cuando, en autobús, me dirigía a comer a casa de una tía carnal que vivía en la calle de Hermosilla: en aquellos viajes siempre me acompañaba un libro hermoso, inolvidable: la edición de Austral de las cartas Desde mi celda, escritas por Bécquer en algún lugar no identificado (los expertos no se acaban de poner de acuerdo sobre la ubicación de la celda) de ese monasterio.

Detalle del claustro de Veruela. Foto de E.
Y hubo noche de brujas o de embrujamiento en Trasmoz. Con Luigi Maráez, artista polifacético y cantautor de voz aterciopelada, visité, en la noche del viernes, su particular museo cargado de misterio, de puertas a la muerte y de alegorías y cantos a la vida. No se trata de un museo, es verdad, aunque cumpla también esa función. Es su casa, la casa que comparte con su compañera, cantante de voz maravillosa, llena de matices, Âlime Hüma: ese hogar que ha ido construyendo a lo largo de cuatro años en el que su historia y la historia de la cotidianidad de la comarca del Moncayo se ha integrado con la de la muerte gracias a la recuperación de objetos de toda índole: lápidas encontradas en parajes solitarios, abandonados, esquelas mortuorias, muñecas de aspecto apacible y, por ello, inquietante, cruces, efigies de santos y de demonios, huesos, calaveras, féretros, grabados, cuadernos, juegos, instrumentos musicales, rejas, puertas de camposantos, relicarios...

Un mundo vive en la casa de Luigi, un mundo perturbador, de una belleza maldita y esplendorosa a la vez. Cuando, aquella noche (era la madrugada) recorríamos con él las habitaciones de su casa-museo, estuve a punto de desterrar mi escepticismo respecto a los límites de la vida y de la realidad, a punto de creer en las brujas de Trasmoz, en las leyendas de Bécquer. Me vi, a la vez, en medio de un paisaje surrealista, de un cuadro pintado a la limón por Dalí, Zurbarán, Valdés Leal y Picasso. Y después, cuando, en el interior del coche que, de vuelta a nuestro alojamiento, avanzaba atravesando la oscuridad por la estrecha carretera que une Trasmoz con Litago, miraba a través de la ventanilla el paisaje de sombras, pensé que en cualquier recodo del camino podían esperarnos las ánimas de la leyenda becqueriana.
Vitrina con muñecos en la casa de Luigi
en Trasmoz
No sé si las ánimas, pero Bécquer sí respiraba, con toda seguridad, en la tarde-noche del sábado en el monasterio, momento cumbre del Festival. Homenajeábamos a Celaya. Veintiocho poetas vivimos, en el interior de la austera y a la vez grandiosa iglesia de Veruela, una experiencia irrepetible. Leímos al gran poeta donostiarra. Interpretamos su poema "La poesía es un arma cargada de futuro" y, pertrechados de linternas, dirigidos por Ricardo Calvo (con un templo lleno de oyentes y espectadores), hicimos que la poesía, su poesía, iluminara la noche cisterciense. Me quedo con un momento inolvidable: tuve la fortuna de leer, al lado de la poeta Pilar Castro, el texto celayano "España en marcha" desde el púlpito de la iglesia. Ella leyó una traducción en euskera. Yo lo hice en castellano intentando sortear los tonos que Paco Ibáñez convirtió en indelebles con su versión musicada. Cuando acabó el acto, mientras la música cubana inundaba la mágica atmósfera del monasterio, pensé que había sido la primera y probablemente la última vez en mi vida que había compartido púlpito con una mujer. Y nada menos que en uno de los más bellos monasterios cistercienses de España. Y leyendo un poema en el que la memoria colectiva de mi generación se reconoce y se emociona.

Olifante, Trinidad Ruiz Marcellán, su compañero Marcelo, Ángel Guinda, Pilar Castro, Luigi Maráez, Manolo Forega, Antón Castro, tantos otros, son, tras este festival, parte de mi familia. Son (¡otra más!) la evidencia de que allá donde hay gente dispuesta a dejarse la piel por la poesía, ésta acaba formando parte de la realidad, integrándose en el paisaje. Además de la belleza del Moncayo y de la soledad de sus pueblos diminutos tengo nuevas y poderosas razones para volver: todos ellos. Gracias. En un mundo gobernado por la furia especuladora de los mercados, se agradece infinito la humildad de la poesía y la hospitalidad generosa y desinteresada de tantos poetas. De tantos amigos.

Así nos invitó Trinidad a rendir homenaje a Gabriel Celaya a los poetas presentes:

"En un mundo que cree imprescindible lo necesario y  considera necesario lo superfluo, las palabras de Gabriel Celaya ondean como una bandera de paz, solidaridad y salvación: "Poesía para el pobre, poesía necesaria como el pan de cada día".  Alimentos, sí, también para el espíritu. Poesía cargada de valores para rehumanizarnos, para mejorar el mundo.."

viernes, 22 de julio de 2011

"Año tras año": mi encuentro con una novela olvidada

Madrid: fotografía tomada en el tiempo de la acción de la novela
A mediados de la década de los ochenta, en los albores de lo que se dio en llamar "nueva narrativa española", cayeron en mis manos dos magníficas historias de la novela española contemporánea. Una era de Ignacio Soldevila, titulada  La novela desde 1936, y la otra, en dos tomos, de Santos Sanz Villanueva, La novela social española.  Era una época en la que dominaba el desdén, o la infravaloración, de la novela española de los años cincuenta y sesenta, de manera muy especial la que se escribió dentro de la estética del realismo, ya fuera realismo crítico, realismo social o realismo a secas. Era hegemónico, entre nuestros novelistas, el punto de vista de Juan Benet, que de aquella etapa ni siquiera salvaba Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos. Sus "discípulos" Javier Marías, Vicente Molina Foix y Alejandro Gándara, entre otros, vinieron a categorizar aquella novela como costumbrismo, una categoría que hacía extensiva a Miguel Delibes, a Ana María Mature, a Ignacio Aldecoa y no sé si a Carmen Martín Gaite. Molina Foix llegó a afirmar, en un encuentro organizado por la mítica revista El Urogallo, que la novela española reciente le seguía "repitiendo a ajo y morapio". Se refería, por supuesto, no a Juan Benet, sino a la novela de la generación del medio siglo.
La novela en su edición de 2000
En las dos historias de la novela leí referencias a una obra prácticamente desconocida en la España de aquellos años de un novelista al que su adscripción política (comunista del PCE) ha condicionado injustamente, Armando López Salinas. Lo conocíamos como autor de La mina y coautor, con Antonio Ferres, de Caminando por Las Hurdes, y poco más. La obra llevaba por título Año tras año, había obtenido en 1962 el premio Antonio Machado de la mítica editorial Ruedo Ibérico y en España se había distribuido poco y mal porque tuvo que sortear la censura y numerosas prohibiciones. Tanto Soldevila como Sanz Villanueva hablaban bien del libro y de él destacaban, sobre todo, que era una crónica de la vida cotidiana de los vencidos en el Madrid de la inmediata postguerra. La busqué infructuosamente: en los años ochenta, incluso en la primera mitad de los noventa, no había Internet, por lo que las posibilidades de búsqueda de un libro se limitaban bastante. 

Sin embargo, muy recientemente supe que había sido reeditada por una pequeña editorial de Salamanca, Alcayuela, y con un prólogo de Eugenio de Nora. Apareció hace once años, en 2000, y la verdad es que pocos medios dieron noticia de ello. La he buscado en Internet y en uno de los portales que ofrecen libros descatalogados la encontré. Es una edición austera y cuidada y forma parte de una colección, cuyo destino desconozco al día de hoy que, por los títulos que aparecen en la solapa de Año tras año, rescató obras de narradores sociales de los cincuenta hoy prácticamente olvidados: Luis Landínez, Eusebio García Luengo o Enrique Azcoaga.

Portada de la edición de Ruedo Ibérico en 1962
 La novela de Armando López Salinas es una obra muy notable. Mejor, a mi juicio, que La mina, y con un nivel equiparable a las mejores obras aparecidas en aquellos años. Es una novela coral, con una estructura similar a obras como Manhattan Transfer, de Dos Passos, o La colmena, de Camilo José Cela, o La noria, de Luis Romero. Se diferencia de aquellas porque el "coro" que interviene es, casi en su totalidad, el que conforman los humildes, los vencidos de la Guerra Civil a lo largo de un tiempo que se extiende alrededor de 1945, año en que finaliza la Segunda Guerra Mundial, antes y después de ese acontecimiento, y año de esperanzas democráticas que acabarían por demostrarse falsas. La novela avanza, a lo largo de 41 capítulos por los escenarios donde se desarrolla la vida cotidiana en el Madrid derrotado, una Madrid en blanco y negro, de cartillas de racionamiento, de resistencia clandestina, de mujeres solas (los maridos, encarcelados, fusilados o desaparecidos), de trabajadores humillados, de mutilados sin pensión (los "jodíos cojos"), de viviendas saturadas con varias familias, de jóvenes sin horizonte, de adolescentes enamoradizas y perseguidas por una inquisición en forma de guardia municipal o cura, de estraperlistas, de borrosas noticias del maqui o del retroceso de las tropas alemanas en las estepas rusas... Año tras año narra la vida anodina, plana, sin esperanzas de un pueblo que, tras perderlo casi todo, aún mantiene la dignidad.  Los barrios extremos (Villaverde, Barajas, Prosperidad....) y su cotidianidad,  el tedio del domingo por la tarde, el refugio en los cines de sesión continua y Cara al sol antes del No-Do, la realidad de los soldados en el cuartel, la miseria de los maestros (los no purgados por la dictadura) y de las vendedoras de pipas y golosinas, los tranvías abarrotados, las conversaciones en voz baja, la visita de hijos y esposas a las cárceles. Ese mundo, que fue abordado parcialmente en otras novelas, se nos revela como un magnífico fondo documental: López Salinas nos da una auténtica lección de intrahistoria. Para el lector de hoy la novela tiene, aparte del indudable interés literario, ese interés adicional: sumergirse en una cotidianidad desconocida, visitar las habitaciones, las peluquerías, los comercios, las fábricas, las parroquias, los descampados, los estadios de fútbol, las tabernas, los cafés (el Chicote es inevitable), los talleres de costura, las aulas, los coches de gasógeno, los muros de los fusilamientos... de un Madrid desaparecido que pocas novelas de posguerra abordaron en su integridad.

Tras la lectura de la novela, de la que he disfrutado mucho más que de la de muchas novelas recientes, he sacado dos conclusiones: una, es una magnífica narración, escrita con un lenguaje directo, realista, pero no carente de brillos y giros poéticos; dos, es una novela que aborda, sin complejos, la difícil realidad de los vencidos aun a costa de ser condenada, en aquellos años sesenta, a la relegación y al olvido. ¿Fue ésta última la razón de su desaparición de los recuentos "oficiales"? Quizá: en todo caso, es de las pocas novelas españolas, escritas en aquel tiempo, en la que se nos revela la realidad de los campos de concentración y de los destacamentos penales. Digo más: mi padre me habló alguna vez de su reclusión en un campo creado por la dictadura en el actual estadio del Rayo Vallecano. Pues bien, de ese lugar de la ignominia da cuenta la novela.  

Leamos, a este respecto, un párrafo de Año tras año, un rotundo testimonio que enlaza el franquismo con las sevicias del nazismo (a pesar de las equidistancias vergonzantes de un político llamado José Bono, capaz de equiparar al fascismo con los defensores de la República con tal de evitar que el pasado 18 de julio el Congreso condenara al franquismo). He aquí el párrafo:
"Le detuvieron en la calle y, en unión de otros cientos de soldados, le llevaron al campo de fútbol del Puente de Vallecas que había sido habilitado como campo de concentración. // Todos los días llegaban al campo de fútbol nuevos grupos de prisioneros. Aunque por el día no hacía frío, al anochecer los hombres se pegaban unos a otros para darse calor. Todos los graderíos, que servían de cama a los hombres, estaban ocupados. Solamente en los escalones más altos los soldados de vigilancia no permitían que nadie se acostara pues, pocos días antes, uno de los prisioneros se había suicidado arrojándose de cabeza desde lo alto del campo.

"Después, a los pocos días, se formó una expedición de traslado. Enrique iba en ella. En camiones cerrados los llevaron a una estación de ferrocarril y allí le hicieron subir a un tren de mercancías. El viaje --paraban en muchas estaciones-- duró tres días. Durante este tiempo la mayor parte de las horas los vagones iban cerrados. Los prisioneros casi no vieron la luz del día. Apenas tenían sitio para tumbarse. El aire enrarecido de los vagones era sofocante. Olía a humedad, a cuerpos sucios. La orina rezumaba a través de los tablones, formaba charcos".
Era en España, no en Alemania, ni en Polonia. Lo escribió Armando López Salinas en una magnífica novela que desde aquí reivindico. Y recomiendo con fervor.

miércoles, 6 de julio de 2011

Verano, lectura y evocaciones

                                                           A María Luisa Zamora, in memoriam

El verano tiene algo de tierra liberada, de lugar al margen. Ayer, a última hora de la tarde, mientras intentaba sobreponerme al turbión de emociones producido por la muerte de la persona querida y cercana a quien dedico esta entrada y contemplaba la pradera casi vacía de la piscina de la urbanización en que vivo, pensaba en la estrecha vinculación con la lectura que para mí tiene el verano. Vacaciones, horarios laborales distintos y, por tanto, mayor libertad para organizar el tiempo... Es una sensación extraña y expansiva que, año tras año, me lleva a poner sobre la mesa los libros no leídos o aplazados a lo largo del curso (incluso de cursos anteriores) con la voluntad de acabar  con su condición de asignaturas pendientes. Es tiempo para leer y tiempo para poner en orden los recuerdos, evocar y escribir.

Cabo de Palos, en los años sesenta del siglo XX
Recuerdo las siestas de la adolescencia y las lecturas de entonces, en aquellos largos y cálidos veranos de los años sesenta. Descubría la poesía y descubría una literatura erótica que se publicaba en España con cuentagotas y con sentido equívoco. La poesía era Juan Ramón Jiménez, un Juan Ramón que trascendía como nadie el verano (el estío, escribía él) de un pueblo próximo al mar, un pueblo blanco llamado Moguer sobre cuyo telón de fondo se levantaban aquellos poemas gozados en la Segunda Antología, un libro que todavía conservo, archisobado, en aquella edición de la colección Austral de Espasa. Recuerdo, sobre todo, una noche del mes de julio, a los 12 años, que pasé en vela intentando imitar los versos de sus primeros libros. Noche de insomnio, de una extraña y desconocida exaltación (muchos años después pensé que debió de ser, salvando las distancias, algo parecido al acceso místico que describe Teresa de Ávila) que tuvo como fruto un largo poema en romance, inmensamente malo, que guardo en algún lugar poco o nada accesible de la estantería de casa. A principios de los años noventa ese recuerdo dio lugar a un poema de mi libro El muro transparente titulado "Memoria del primer poema", del que os dejo un fragmento, quizá el más querido.


Era la noche al otro lado
de la luz amarilla de tu lámpara, era
la cercanía de las sombras
lo que daba
un tinte clandestino a aquella pluma
que extendía su incierto desafío
tras la puerta cerrada al resto de la casa
—largo sueño diario
de los seres amados, compartido paréntesis
con relojes, armarios, alacenas—
con lentos octosílabos que hablaban
del Juan Ramón violeta
que dormía también bajo aquel techo
en un libro de tapas bien  gastadas
por roces y caricias de un muchacho,
no sabes si soñado, que buscaba en sus páginas
una luz intuida  y, sobre todo,
el brillo inexplicable,
la fortaleza misteriosa
del arte.
               Tú tenías
doce años tan sólo
y un desván de palabras
temblando en el tintero.

Sí, descubría la literatura erótica, cierta literatura que tenía, entonces, esa etiqueta y que mi padre, carente de toda cultura literaria, compraba para que yo fuera adquiriendo, indirectamente, algo parecido a una formación sexual: recuerdo dos libros de aquella época. Edad prohibida, de Torcuato Luca de Tena, una novela que en aquellos años tuvo ediciones millonarias (creo que hoy es una novela de formación recomendada por sectores conservadores) y Lola, espejo oscuro, de Darío Fernández Flórez. Recuerdo, en ambas novelas, escenas de iniciación al sexo protagonizadas por adolescentes, ambientes prostibularios y la sombra de la culpa proyectada desde una concepción católica de la existencia.

Pero el verano fue, también, el acceso al erotismo sutil de la entonces jovencísima Françoise Sagan en una memorable narración (novela corta o relato largo), Buenos días tristeza, en días de playa en un pequeño pueblo de pescadores junto al Mar Menor mientras (era en 1966, o en 1967) las noches de mis quince años las llenaban los ecos de  las primeras melodías de Los Beatles, o de su versión española, jamás igualada, Los Brincos, o la versión musical de la Sagan en la voz de Silvie Vartan, o Johnny Halliday.

Memoria del verano de 1985 y de la inmersión, lleno de asombro, en las fiestas de una Costa Azul mítica protagonizadas por los personajes de Scott Fitzerald en Suave es la noche, novela que leí compulsivamente, en noches sucesivas y a la luz del porche, en casa de María Luisa, allá en las tierras prealcarreñas de El Casar de Talamanca, tierra de estepa y de trigales anchos, tierra de parte de la infancia de mi hija, tierra, hoy, de odiosas despedidas, mientras sonaba, al fondo, "el coro de los grillos que cantan a la luna", que diría Antonio Machado. Cinco o seis veranos más tarde (¿o fue el siguiente?) me enamoré de una libertina Emma leyendo, también bajo la luna de agosto aunque no de la Alcarria, sino de la sierra norte madrileña, Madame Bovary, de Flaubert. Siete años después, en el verano de 2000, en noches menorquinas llenas de olores a madreselva y a sal, leería El gran Gatsby, también de Fitzerald, y la estremecedora obra maestra de Truman Capote, A sangre fría.


Atardecer en el Mar Menor. Verano de 2010
 Veranos de música y aprendizaje. De descubrimientos y siestas interminables. De noches de fiesta y de amistad.. Pero sobre todo, veranos de lecturas, de sedimentación de una memoria que, con el paso de los años, se ilumina viendo las pasiones, los descubrimientos, las lecturas de mis hijos, de los "sucesores" en la hermosa tarea de vivir esas experiencias. Verano de Helena y el mar del verano, de Julián Ayesta; verano de Carver y Catedral, de Eliot y La tierra baldía, o de Carlos Álvarez y Aullido de licántropo en aquel año 1976, de lecturas nocturnas oliendo el galán de noche en Sanlúcar de Barrameda, ese lugar en que E. y María Luisa, su hermana, acabaron convirtiendo en un territorio mítico, en el espacio de todas las infancias y de todos los sueños imposibles (ella, en este verano duro de 2011, estará, con toda seguridad, allí respirando el aire inflamado de jazmín de sus noches eternas), verano de mi última novela.....

Todas esas sensaciones, irrepetibles, que cuantos ahora leéis este post habéis vivido de manera similar, encuentran su síntesis en esta hermosa canción, Summertime, interpretada por dos genios de la música del siglo XX: Ella Fitzerald y Louis Asmstrong. Tiempo de verano. Escuchemos. Para todos y, sobre todo, para ti, María Luisa.

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...