Soy escéptico respecto a la periodicidad, en la historia, de determinados fenómenos. Por ejemplo, el de la recuperación, entre nostálgica y reivindicativa, de épocas anteriores. Un buen amigo me dijo no hace mucho que veinte años después de vivir directamente la experiencia personal y colectiva de un tramo de la Historia, ésta cobra la dimensión de lo mítico, se convierte en territorio de la nostalgia. Esta reflexión me ha venido de pronto, mientras escucho un programa cultural de una radio pública, respiro el aire fresco de la noche de junio que entra por la ventana abierta al jardín e intento corregir las galeradas de mi primera antología poética (novedad en octubre próximo: Monólogo del entreacto). Y me ha venido en un momento concreto: cuando en la radio ha sonado "La chica de ayer", la hermosa canción de Nacha Pop, un emblema no de mi generación, sino de la inmediatamente posterior.
"Me asomo a la ventana, eres la chica de ayer". Y me doy cuenta de que mi amigo tenía razón. La música, la letra quizá poco trascendente, me han devuelto noches de los ochenta, viejos sueños de un tiempo que yo no viví en el nucleo, en el ojo del huracán en que lo vivieron quienes nacieron en los sesenta. Han pasado veinte años y, como decía mi amigo, aquel tiempo se convierte en territorio mítico: aunque yo lo viví en la periferia de un Madrid hervidero y experimental, no por ello dejo de asumir la memoria de quienes lo gozaron al calor de una posmodernidad que dio en movida, que derivó en banco de pruebas del que saldría una música nueva, unas artes plásticas entre lo naif y lo moderno, una narrativa light de escasa huella, un cine urbano e irreverente, matriz de lo almodovariano y de la nueva mirada que la generación emergente proyectaba sobre el mundo.
No es mi memoria pero la hago mía. Es memoria heredada de los jóvenes nacidos en los sesenta (yo nací, perdonadme, en los primeros cincuenta) que asumo del mismo modo que asumí hace tiempo otra memoria no vivida: la de quienes habitaron, gozaron o sufrieron el París existencialista, la Europa en ruinas de la posguerra, el mundo en blanco y negro de Edith Piaff y sus desolaciones. Era la memoria de la juventud de mis mayores que, a través de la literatura, del cine, de las historias escuchadas, ha pasado a ser de mi propiedad.
Sí: en los ochenta, ese tiempo que en mi geografía más íntima asoma como una explosión de color y de irresponsabilidad, yo vivía otro mundo. Era la militancia política cruzándose, a grupas de una culpa oscura derivada del arrinconamiento de la poesía, con la visión de la realidad democrática que llenó los sueños de mi adolescencia. Era la periferia industrial a la que acudíamos a reunirnos para hablar de movilizaciones obreras, de alianzas con los movimientos ciudadanos, de cultura popular, de cine forum en parroquias. Era la falta de tiempo, la lectura en el autobús o en la madrugada de un acarreo enorme de textos de orígenes diversos: ensayos sobre urbanismo, libro rojo del cole, Ulises, novísimos tardíos, la historia de la burguesía de Hobsbawn, narradores españoles del cincuenta, novelistas de la berza o exquisitos novelistas experimentales, abanderados franceses de un nouveau roman ilegible salvo que se tratara de la Sarraute, La verdad sobre el caso Savolta o las innovadoras verdades del eurocomunismo, Berlinguer, Togliatti, Gramsci, Napolitano. Era el trabajo oscuro en una oficina bancaria al final de López de Hoyos. Era el amor intenso, recién estrenado y sin límite.... Y era (curiosamente habían pasado, como esta noche respecto a los ochenta, veinte años) añoranza de los años sesenta como luminoso lugar de una adolescencia crecida bajo la dictadura: primer Serrat, Raimon semiclandestino, curas obreros en mi barrio periférico, noticias de un exilio tabú, miedo en los ojos del padre y terror en los de una madre propensa al silencio y blanda para el llanto.
"Un día cualquiera no sabes que hora es
te acuestas a mi lado sin saber por qué.
Las calles mojadas te han visto crecer,
y tú en tu corazón estás llorando otra vez."
Nacha Pop, como Gabinete Caligari, como Duncan Dhu, como el Joaquín Sabina de La Mandrágora, han irrumpido en mi cuarto de trabajo para demostrarme la verdad que alienta tras la teoría de mi buen amigo. Una teoría frágil, es verdad, como todas las teorías. Pero que hoy vivo con la verdad más plena: con la que otorgan las emociones que me ha traído, a través de la radio, "La chica de ayer", la voz de hace veinte años.
Y con esa voz, llena de la ternura con que nos empapa lo que no ha de volver, se ha avivado la necesidad de recuperar un manuscrito que terminé, revisé y corregí hace un par de años: mis diarios de la década de los ochenta. Mi cuaderno de aprendizaje. Mi particular testimonio de un tiempo de mutaciones: escrito desde la lateralidad, desde mi condición de viajero procedente del Madrid menesteroso y humillado. Unos diarios que probablemente algún día publicaré. Mis días de los ochenta. Quizá no haya un título mejor. En fin...
miércoles, 27 de junio de 2007
Al calor de "La chica de ayer", renace un viejo diario.
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
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1 comentario:
Resulta curioso descifrar porqué nos asalta la nostalgia de ciertos temas o años o etapas (y no de otras). Yo no tengo nostalgia de cuando era niño, es un sentimiento que, sin embargo, acude con más intensidad a mis intermitentes recuerdos de los años ochenta. Supongo que son los años de la veintena, del descubrimiento de muchas cosas, de la victoria electoral del Psoe celebrada como una fiesta por el centro de Madrid, de los conciertos nocturnos en el Paseo de Camoens (y muy poco que ver con la movida, salvo en esas canciones de los grupos que mencionas y otros muchos). Pero lo que si está claro es el poder de convocatoria sobre los recuerdos que ejerce la música. Hace un par de días escuché un programa en la Ser donde entrevistaban a gente de la tercera edad que acudía a una sala de baile para divertirse y todos coincidían en una cosa, en ese poder evocador de las canciones, capaces de hacernos recuperar sentimientos que creíamos desterrados y recuerdos que hasta habíamos olvidado. Es el poder de sanación y herida de la música, sin duda...
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