martes, 8 de octubre de 2013

Algunos de mis recuerdos del Manolo Vázquez Montalbán poeta, diez años después


Aquella mañana acompañé a mi hijo a su partido de baloncesto. Tenía trece años, jugaba en el equipo del instituto y tocaba partido de liga en el polideportivo de un colegio del barrio super elitista de La Moraleja. Era el 18 de octubre de 2003. A mitad de partido, recibí una llamada de El País para pedirme un artículo sobre la muerte de Manolo. En aquel instante supe que hacía algunas horas, en la soledad de multitudes del aeropuerto de Bangkok, tal y como lo intuyera el propio Manolo más de dos décadas antes en un breve poema de Pero el viajero que huye ("el extranjero que espera vida o muerte / ignorado en un lugar de Asia"), el entrañable amigo con el que había compartido conversaciones sobre literatura llenas de matices, complejidades y alguna que otra certeza, había muerto. En aquel instante, el partido de baloncesto de mi hijo se convirtió en un trámite a pasar cuanto antes para volver a casa y meterme en mi cuarto de trabajo para escribir el artículo que me pedían el diario El País y una conciencia traspasada por un dolor hondo. Un dolor que se hacía aún más profundo si tenía en cuenta que en los últimos dos años nuestra amistad, tejida alrededor de la poesía, esa materia por la que tan pocas veces era citado, se había fortalecido gracias a puntuales encuentros y a numerosas conversaciones telefónicas: en ese tiempo había estado con él en Barcelona con motivo de la presentación de mi ensayo sobre su poesía,  Memoria, deseo y compasión (Mondadori, 2001) nos habíamos visto en Madrid a lo largo de 2002 y 2003 con motivo de algunos de sus muchos viajes, y aquella primavera me envió, pidiéndome opinión, el mecanoscrito (vaya palabro) de un libro inédito (sólo había sido publicado en una edición para bibliófilos acompañando una exposición de Benet Rossell) Teoría de la almendra de Proust. Pero lo más doloroso, con todo, fue que tres o cuatro días después de aquel domingo, tras su vuelta de las Antípodas (en Bangkok hacía escala de regreso de Sidney) íbamos a compartir la presentación de un libro editado por Bartleby que él prologaba: Por vivir aquí, una antología de poetas catalanes que, como él, escribían en castellano. La presentación, en la Casa del Libro de Barcelona, se convirtió en un homenaje a Manolo y todos los poetas presentes (de Eduardo Moga a Sergio Gaspar pasando por Concha García, José Ángel Cilleruelo o Jordi Virallonga) leyeron un poema en su honor o hicieron referencia a los recuerdos que de él guardaban.

El pasado domingo, en El País Semanal, Josep Ramoneda escribió un largo y cariñoso artículo recordando a Manolo. En él se refería a su condición de novelista, de articulista y de militante de izquierdas. Sin embargo, como tantas veces ocurrió a lo largo de su vida, no aparecía una sola mención a su poesía o a su condición de poeta. No es difícil entender las causas, sobre todo tratándose de un escritor cuya obra en prosa tuvo un apabullante éxito de ventas y de crítica y al que cada lunes casi todos los lectores críticos de este país aguardábamos en la última página del país para saborear su columna: esa actividad, certera y prolífica, ocultaba la más íntima y reconcentrada, la poesía.


Portada última edición Poesía completa
Nuestra relación se inició en 1994, cuando me puse en contacto con él (creo que fue mediante una llamada telefónica) para comunicarle que había comenzado lo que habría de ser un ensayo sobre el conjunto de su obra poética y que eso me exigiría hablar largo y tendido con él sobre sus libros, sobre su concepción del hecho poético y sobre la relación entre su poesía y los otros géneros que cultivaba, especialmente con la narrativa. Me citó, un día de otoño de aquel 1994 en el que Felipe González sobrepasaba el ecuador de la que habría de ser su última legislatura y estallaba el caso GAL, en el Palace, hotel en el que se alojaba en sus visitas a Madrid, sobre todo a partir del premio Planeta. Aunque le había conocido en Madrid cinco o seis años antes, en un almuerzo con otros escritores en el que se homenajeaba al general portugués Vasco Gonçalvez, uno de los líderes de la revolución de los claveles, sólo en aquel momento tuve una idea cabal de la talla moral y literaria de Manolo. Hablamos de Nueve novísimos y de su calidad de heterodoxo en una antología de neovanguardistas, de su concepción de la poesía como instrumento de crítica radical al poder desde la radical innovación lingüística, de la memoria como materia prima de todos sus poemas, de la cárcel, donde había escrito sus dos primeros poemarios, Una educación sentimental (1968) y Movimientos sin éxito (1969), y de sus poetas de cabecera: casi toda la generación del cincuenta (sobre todo Gil de Biedma), Gabriel Ferraté, T. S. Eliot, ya que para él La tierra baldía era un referente absoluto para la poesía escrita en tiempos de crisis estructurales, civilizatorias (él se refería al período de entreguerras del pasado siglo) y algunos poetas sociales como Blas de Otero, Hierro o Gabriel Celaya, sin olvidar al maestro de la lírica comprometida de los años cincuenta y sesenta, Antonio Machado (sobre todo, solía insistir, al de los "Recuerdos de sueño y duermevela", el de las canciones, obra a la que consideraba como "una caja negra del mejor machadismo").

Hablamos muchas veces. De literatura, de política, de lucha de clases, del PCE y del PSUC, de las debilidades de las socialdemocracia, de editores, de comunicación... y, sobre todo, de poesía. También fui testigo directo de su generosidad. No sólo se mostraba dispuesto a acudir a cualquier acto al que se le invitara, fuera en la Biblioteca Nacional fuera en una asociación de vecinos o en la sede del club social de una parroquia, preparándolo con un rigor y un empeño que no distinguía de foros ni de públicos, sino que se volcaba en el apoyo a poetas y narradores que empezaban o que le solicitaban un mínimo respaldo literario y moral. Así, escribió en Babelia sobre mi libro La densidad de los espejos y sobre mi cuarta novela, Una mirada oblicua, leyó el manuscrito de La mujer muerta, novela que se atrevió a presentar un día de enero del año 2000, me permitió transcribir un largo diálogo sobre poesía y literatura que aparecería en las páginas de la legendaria revista Ínsula bajo el título "Conversación con Manuel Vázquez Montalbán" en la que sobre todo habló de poesía, pronunciando una de las definiciones más afortunadas y sintéticas que conozco al respecto: "la poesía es tiempo significante", dijo. También recordó, en aquel diálogo, la precaria capacidad movilizadora --lo decía un escritor militante, casi activista-- de la poesía social: "en la actualidad, la significación de la "poesía social" se corresponde a la función de un modesto tirachinas", había escrito en su poética de 1969 para Nueve novísimos. 

Uno de los aspectos de los que hablamos en el primer encuentro fue el referido a los vínculos entre poesía y novela en escritores que cultivan ambos géneros. Estaba completando, aquellos días,  el poemario Ciudad (se publicaría en Visor, en 1997) y yo le contaba mi experiencia respecto a la posibilidad de rastrear el origen de algunas novelas en poemas escritos mucho tiempo atrás. Me dijo que él lo tenía muy claro y puso de ejemplo cómo su novela El estrangulador (Mondadori, 1995), ya estaba en germen en un poema titulado "Ciudad" escrito muchos años antes y que acabaría por convertirse en el poemario del mismo título. También se refirió a Una educación sentimental como germen de la novela El pianista. Aquella conversación me llevó a una reflexión que cobraría la forma de un largo artículo que publiqué en la desaparecida revista Lateral con el título "La ciudad y el estrangulador", un ensayo que, seguramente, anticipa otras reflexiones sobre un aspecto de la creación literaria que me fascina.

Recuerdo especialmente las vacaciones de 1997, en un lugar de la costa mediterránea, en septiembre, en las que dominaron las tormentas (la famosa "gota fría") y en las que dediqué muchas horas a terminar el primer borrador de mi ensayo mientras E. y mis hijos intentaban sobreponerse a la decepción que supuso contar con muy pocos días de playa y sol (algo que lejos de afectar al trabajo que había llevado conmigo, lo favorecía). Pertrechado con la primera edición de Memoria y deseo y con un cuaderno lleno de anotaciones, viví aquellos días sumergido en los poemas de Manolo: intentando interpretarlos, buscando vínculos entre ellos, relacionándolos con la experiencia cívico-política del autor, con su infancia de charnego vivida dentro la "ciudad que les sobraba" a las clases dominantes de la posguerra. Días de mar, de tormenta, de regresos, de islas y navegaciones, con Manolo Vázquez Montalbán.

Memoria, deseo y compasión,
de Manuel Rico 
Mi último y quizá más entrañable recuerdo de Manolo, procede del verano de 2001. Fue en el Curso de Verano "Leer y entender la poesía", celebrado en Priego. Vázquez Montalbán fue uno de los invitados más relevantes. Yo jugué el papel de intermediario y los organizadores, comenzando por el creador del curso, Diego Jesús Jiménez, ofrecían todo tipo de facilidades para que el poeta barcelonés, comprometido con múltiples trabajos y encargos, pudiera asistir. Recuerdo la sensación de extrañeza, casi de desconcierto, que me transmitió Manolo cuando se lo dije. "Hace muchos años que nadie me llama para dar lecturas poéticas, para hablar de mi poesía", respondió. Sin embargo, cuando le dije que los organizadores y buena parte de los poetas invitados consideraban que era imprescindible que sus versos sonaran en el salón de actos del centro cultural de Priego, y que iba a compartir el almuerzo con poetas como Carlos Sahagún, Pepe Hierro, Antonio Martínez Sarrión, el propio Diego Jesús o Félix Grande y con profesores como Carme Riera o José María Balcells, entre otros, se emocionó (yo lo noté a través del teléfono aunque no se mostrara especialmente expresivo) y dijo que a pesar de que el día de su lectura tenía que volver a Barcelona porque le entrevistaba un periodista argentino, no faltaría a la cita. Hasta tal punto fue su compromiso que acudió a Priego conduciendo su Jaguar Sovereign desde Barcelona a través de carreteras secundarias, cruzando las sierras de Albarración y Cuenca.... Él solo. Llegó a la hora del almuerzo, leyó a media tarde, y regresó a Barcelona.

En Priego escuchamos emocionados sus inéditos del que sería libro póstumo Rosebud, poemas de la memoria dedicados a la "madre desnuda" y a la "madre vestida", a la intimidad vivida como hijo de derrotados en su casa de la periferia barcelonesa, y compartimos, junto a los alumnos del curso y a poetas a los que Manolo no había saludado desde los primeros años setenta (recuerdo que me preguntó si todavía escribía poemas Carlos Sahagún), mesa y mantel. No sé si existe una fotografía de grupo de aquella mesa en la que juntos estaban el poeta alicantino autor de Profecías del agua, Martínez Sarrión y Manolo, Carme Riera y Pepe Hierro. Quiero creer que aquel día Manolo vivió momentos de íntima felicidad. Que, más allá de considerarse un escritor que había alcanzado algunos de los más importantes premios literarios de España, se sentía profundamente identificado con la frase con que, según contaba Castellet en el prólogo a la primera edición de su poesía completa (en 1986), respondió a una disquisición interminable de un filósofo italiano de la posmodernidad en un curso de verano en Sitges: "mire usted, yo soy un poeta". Como la copa de un pino, añado. Gracias, Manolo.

jueves, 6 de junio de 2013

La correspondencia entre Brigitte Reimann y Hermann Henselmann: diálogo y amor en la RDA

En el otoño de 2007, Ibon Zubiaur propuso a Bartleby la edición de una novela de Brigitte Reimann, una escritora fallecida prematuramente de un cáncer galopante a los 39 años de edad en Berlín Este. Era alemana y residente en la antigua República Democrática y mostraba, con todos los condicionantes imaginables y de una manera contradictoria, una actitud crítica hacia el socialismo real. La novela era Los hermanos, publicada en 1963, un año después de que fuera construido el Muro de Berlín, y galardonada con el más importante premio de aquel país: el Heinrich Mann. Una obra deslumbrante en la que Brigitte Reimann reflexionaba sobre su experiencia familiar —su hermano había huido al Berlín Oeste— y sobre la labor creativa en la realidad en blanco y negro de la RDA a partir de su experiencia como trabajadora “de la literatura” en un complejo industrial en la ciudad de Hoyerswerda.  Cuando, en 2008, Los hermanos se publicó en España (en Bartleby, con traducción y prólogo de Ibon), se vivía una recuperación crítica de la realidad cotidiana en la “otra Alemania”. Había curiosidad y, sobre todo, necesidad de contemplar la vida colectiva bajo el régimen comunista desde el interior, a partir de la experiencia de quienes allí vivieron. A esa curiosidad respondían películas como La vida de los otros o Goodbye Lenin, ambas con un notable éxito de espectadores y de crítica.

En los años siguientes, Ibon me hizo llegar parte de la correspondencia que Brigitte mantuvo con uno de los más importantes y originales arquitectos de la RDA en los años cincuenta y sesenta, Hermann Henselmann. Los leí a retazos dada la imposibilidad de publicarlos en Bartleby por falta de colección adecuada. 
Brigitte Reimann
Pero, por fortuna, no han quedado inéditos en castellano. La pequeña editorial errata naturae me ha hecho llegar la edición española, con el título En la ciudad del mañana, de esa correspondencia. En cuanto he tenido un hueco, me he metido en su lectura. Ha sido (está siendo) una experiencia fascinante. No es fácil, ciertamente, sentirte atrapado por un libro basado en un intercambio de cartas. Sí lo ha sido en este caso. Como si de una novela se tratara, desde que leí el primer fragmento de la carta de Hensselmann que abre el libro —«Querida señora Brigitte Reimann: Esta carta  solo quiere ser una noticia: su libro Hermanos ha conmocionado a toda nuestra gran familia: chicos y chicas, jóvenes y adultos»— no he podido dejar su lectura. Me ha acompañado en el metro, en el autobús, en los momentos libres que me dejan la escritura  y otras obligaciones . 
Hernann Henselmann
En la ciudad del mañana es la crónica de una amistad  que de manera sutil se convierte en ocasiones en amor, casi en pasión. Es la crónica de la admiración mutua, de la devoción de una Brigitte joven, inteligente y bella, por un arquitecto que considera a la arquitectura como una de las bellas artes (se considera artista) casi treinta años mayor que ella. Las cartas, entreveradas con fragmentos de los diarios de la Reimann que clarifican el contexto y el momento en que fueron escritas, son un caleidoscopio de la realidad interior de la RDA. Las miradas de ambos, víctimas del sistema y, a la vez, con un protagonismo indudable dentro de su élite cultural están cargadas de complejidad, se mueven entre la aceptación y el respaldo al proyecto de “sociedad nueva” que encarna el partido comunista y la crítica, a veces sutil y a veces abierta, a sus excesos. Hensselmann, cuando se dirige a Brigitte para comunicarle la impresión que le había producido la lectura de su novela, es un arquitecto más que consagrado. Grandes proyectos como la Avenida Stalin (su nombre actual es avenida de Carlos Marx) o la Torre de la Televisión y parte de la vivienda social de Berlín Este estaban firmados por él y el reconocimiento, dentro y fuera de la RDA, era notorio.

Hablan, con sus decepciones (más Brigitte Reimann) y con sus entusiasmos (más Henselmann), de un mundo en mutación, confían en que en algún momento la RDA puedaa ser ejemplo a seguir por la República Federal, se refieren al hombre nuevo, a los trabajadores como “nuevos clientes” del arte y de la literatura: en una carta del 29 de diciembre de 1964, Henselmann cuenta la siguiente anécdota:
Portada de Los hermanos.
 Bartleby, 2008
«Recibo a veces, como sabes, visitas del Oeste. En las últimas cuatro semanas tuve dos visitas interesantes. Una de ellas era un periodista muy famoso de The New York Times, y otra es un amigo mío, de tu edad, que es catedrático de Pedagogía y Ciencias Sociales en Berlín Occidental. Un socialista. Un hombre del SPD. No es comunista. // Este último dijo en la charla, al hablar de los cambios en la RDA, algo así como: “Haced bien lo vuestro, por Dios, porque sois nuestra única esperanza”».
El partido, sus funcionarios, los escritores-políticos, la Unión de Escritores como catalizador de iniciativas culturales y como cauce para la publicación de libros, las ciudades fabriles y la construcción de viviendas con materiales prefabricados frente a la arquitectura tradicional. El mundo literario y el mundo del pensamiento urbanístico, los cursos y encuentros de la época, la relación, casi siempre epistolar, con Berlín Oeste, de Henselmann, la cotidianidad en barrios que pretenden ser ideales pero que nacen con carencias —de gran interés las referencias de Brigitte a la ausencia de lugares de diversión para jóvenes, a la necesidad de construir espacios para su ocio—,  la censura…. Los autores de la época, de dentro y de fuera de Alemania, desde el pro nazi Knut Hamsun hasta Christa Wolf, Gorki o Thomas Mann pasando por el Semprún de El largo viaje o por el Böll de Opiniones de un payaso. Todo eso está en En la ciudad del mañana y puede contemplarse como la mejor radiografía de una época y de un país.

La correspondencia se inicia en  mayo de 1963: solo habían pasado catorce años desde la constitución de la RDA en la  Alemania ocupada por la URSS, por lo que las esperanzas en una sociedad distinta se mantenían, en gran medida, intactas. Aunque con dudas, arquitecto y escritora confían en la nueva sociedad, consideran al partido como guía y pensador colectivo, creen en los trabajadores y campesinos (aunque a veces Brigitte se refiera a ellos con un poso de ironía), nos ofrecen una visión de la sociedad en vivo, muy alejada de las convenciones al uso y, sobre todo, de la mirada simplista que entonces se proyectaba por no pocos observadores desde la Europa Occidental y con la que se llenaban páginas y páginas de revistas y periódicos. Bien es verdad que las cartas muestran, también, la evolución del desencanto ante la distancia entre el proyecto y la realidad, un desencanto que se hace decepción y amargura tras la invasión de Checoslovaquia por el ejército soviético en 1968 y que ella vive especialmente al tener a su hermano “exiliado” en la Alemania federal.
También es una historia de amor. Contenido, como corresponde a la relación entre dos personas de edades separadas por treinta años, pero visible tras determinadas expresiones y eufemismos y, por tanto, real y contradictorio. Un amor que se tradujo en un vivo intercambio de impresiones sobre la novela que estaba escribiendo Brigitte, Franziska Linkerhand, que dejaría inacabada y cuya publicación se produciría en 1974, con cortes de censura, y en 1998 en versión íntegra, según contaba Zubiaur en el prólogo a Los hermanos.
El libro se cierra con una carta muy posterior de la esposa de Hensselmann a una Brigitte Reimann que llevaba veinte años muerta. Fechada en mayo de 1994, es un emocionado recorrido por su relación (y la de su marido) con la novelista.  Un hermoso cierre de un libro imprescindible.

viernes, 24 de mayo de 2013

La poesía, el libro, la cultura y.... Vallecas


El pasado mes de abril, participé, presentando en el acto inaugural a Francisca Aguirre y a Guadalupe Grande en una actividad cultural denominada “Vallecas calle del libro”.  También participó Pepo Paz  en su calidad de editor, ya que Bartleby Editores acogió la antología Detrás de los espejos que fue libro de cabecera de los eventos que al amparo del citado lema, se celebraron en todos sus barrios. Era en Vallecas, distrito de Madrid profundamente vinculado a la lucha democrática, a las movilizaciones urbanas y a una cultura alternativa que históricamente (al menos, desde los albores de la democracia) ha tenido en el rock, en el comic, en la cultura de barrio y en el compromiso colectivo con la izquierda algunos de sus ingredientes. Allí estaban, como impulsores y animadores, Pepe Molina y Antonio Albarrán, antiguos conocidos de todas las batallas por la libertad, la igualdad y la fraternidad en que una parte de mi generación se ha implicado desde que todos éramos casi adolescentes. Ellos son los artífices esenciales de la fundación que organiza la actividad: Vallecas Todo Cultura.

Siempre había contemplado “Vallecas calle del libro” desde una zona lateral. Participé de sus actividades en el lejano (parece mentira) abril de 2003 con la presentación, en la librería Abacus, hoy reconvertida en papelería-juguetería bajo otro nombre, de mi novela Los días de Eisenhower y en los años posteriores contemplé sus actividades desde una cierta lejanía. Sin embargo, este año tuve la oportunidad de vivir esa experiencia más de cerca. Casi, casi… desde dentro, desde su corazón. Lecturas de poemas, cine, presentaciones de libros, teatro, actividades infantiles: dos distritos y muchos barrios como protagonistas del hecho cultural. Algo que si bien tiene una enorme importancia en cualquier tiempo, la tiene aún más en tiempos de crisis, de recortes, de desprecio a la cultura por parte de un gobierno empeñado en poner los intereses de “los mercados” por delante de los intereses colectivos, comenzando por la cultura y pasando por la educación, la sanidad y las prestaciones sociales.

Pepe Molina y Antonio Albarrán, con otros colaboradores anónimos, hacen posible el milagro. Y el milagro es que a lo largo de una decena de días más de 30.000 personas participen en distinto grado de la cultura. Es que en todos los colegios, públicos y concertados, de esos barrios los alumnos lean y debatan los poemas del escritor al que se dedica “Vallecas calle del libro”. Este año fue Paca Aguirre, pero en años anteriores lo fueron Gloria Fuertes, o Pepe Hierro, o Rafael Alberti….  Es que en los centros culturales de ambos distritos la actividad gire en torno al libro. Las librerías (Muga, La esquina del zorro…), las bibliotecas públicas los centros de adultos, las asociaciones vecinales…. Todos comprometidos con un proyecto que es de todos. En Vallecas, abril es el homenaje al libro, a la literatura. Y este año ha sido un homenaje a la poesía, esa disciplina minoritario inasequible al desaliento y vencedora de todas las crisis que en el mundo han sido. Un ejemplo del que aprender. Una senda por la que avanzar para resistir. Aunque hubo una actividad que, irremediablemente, se cayó de la agenda por razones de fuerza mayor: no se pudo presentar En legítima defensa, la antología de poemas y poetas en tiempos de crisis cuya edición ha sido aplazada para el próximo otoño. Ahí queda una asignatura pendiente: en septiembre, o en octubre, la antología "anticrisis" será objeto de lectura y debate en alguno de los centros culturales del barrio o en la sede de Vallecas Todo Cultura.

Por razones personales, suelo ir a Vallecas un par de veces al mes (como mínimo): me gusta pasear por las grandes avenidas próximas a la Asamblea de Madrid, todas con nombres de títulos de  clásicos del cine, visitar sus librerías y hablar con sus libreros, tomar un café o una cerveza en cualquiera de las terrazas al aire libre, respirar ese aire entre combativo, resistente e innovador que expanden la vanguardia cultural de sus barrios. Ahí está Vallecas Todo Cultura. Y una parte de mi memoria personal que tiene sus raíces en mi vida a los doce o trece años: durante catorce o quince meses de 1965 viví en un pisito con mis padres, allá donde “la ciudad perdía su nombre”. Al borde del descampado, en las Palomeras Altas, un lugar hoy desaparecido que entonces estaba rodeado de campos de labor y de chabolas.  Abril del libro y de la cultura. Vallecas de todos, de colegiales leyendo poemas, de maestros y maestras comprometidas con la poesía… Vallecas.

domingo, 12 de mayo de 2013

¿Por qué se estanca la escritura de una novela?


¿Por qué se estanca una novela después de años de trabajo? Aunque cada escritor tiene una distinta forma de construir las novelas, he hablado con algunos narradores que me han reconocido que más de una vez se han hecho esta pregunta. En mi caso, la novela suele nacer de una imagen que durante tiempo y sin que nadie pueda explicar porqué, permanece en mi cerebro y se manifiesta en los momentos más inesperados: fue la de un viaje en otoño hacia el "paraíso" de las vacaciones de la infancia en Mar de octubre, la del jardín abandonado de un viejo chalet de la antigua Ciudad Lineal en El lento adiós de los tranvías, la de una fosa con el fondo cubierto de algodón sintético junto a un palacete en obras en Los días de Eisenhower o la fiesta organizada en una noche de verano en una casa en la montaña en la que la música y los olores de la naturaleza son el telón de fondo de un grupo de parejas acuarentadas, en mi última novela, Verano.

Es el universo de evocaciones que la imagen sugiere, o las posibilidades de acción que a partir de ella podrían desarrollarse lo que la convierte en motor de la obra. En núcleo a partir del cual, como ondas concéntricas o como estratos de un territorio a descubrir, avanzará el relato. Los personajes crecen, llaman a otros personajes, buscan nuevos paisajes y nuevos escenarios, van alumbrándome zonas desconocidas de su experiencia, se convierten en tenaz compañía a lo largo de los meses y de los años. Después, cuando el texto ha superado las cuarenta o cincuenta páginas, nace el esquema. Y con él perfilado, trabajo durante días en dar coherencia a cuanto llevo escrito y en responder a una pregunta esencial: ¿qué quiero contar?. Puede ser el retorno de un escritor ya maduro a los lugares de los veranos de la niñez a intentar resolver un enigma que quedó encallado en algún lugar de su memoria (Mar de octubre); el paradero de un dibujante conocido durante la República que desapareció en la posguerra (El lento adiós de los tranvías); la posibilidad de que el día en que el presidente norteamericano Eisenhower entraba en Madrid acompañando a Franco se hubiera frustrado, casualmente, un atentado contra el dictador (Los días de...) o la reconstrucción del "último verano de nuestra juventud" y el primero de la adolescencia de nuestros hijos (Verano).

A partir de la imagen y durante mucho tiempo, la novela avanza. Con desajustes, con parones de algunos días, con cambios retrospectivos, con apuntes sobre el esquema trazado... Sin embargo, un día se detiene inexplicablemente. Pasan semanas, meses, incluso años, sin que pueda añadir una nueva línea, una nueva palabra.

El ejemplo más reciente: el 20 de noviembre de 2008 comencé una novela. La imagen-motor: una tarde de ventisca llega un viajero a un hotel rural situado en un lugar del vértice norte de Madrid. A lo largo de cuatro años ha ido avanzando con cierta regularidad (la que me han permitido otros trabajos literarios y profesionales) y ritmo. En agosto de 2012 pensé que entraba en el capítulo final.  Incluso lo anuncié en Facebook, tal fue mi alegría pues salía de un parón de dos meses. Sin embargo, hoy, a punto de mediar el mes de mayo de 2013, la novela se ha alargado traicionando mi voluntad de entonces, el final se ha postergado y pese a saber "lo que quiero hacer" y tener clara la acción y los acontecimientos que la cerrarán, ha vuelto a estancarse. Intuyo que la terminaré este verano, el verano de 2013. Pero me es imposible asegurarlo. ¿Qué hay detrás de este nuevo parón? ¿Razones psicológicas? ¿Sobrecarga de trabajo? ¿Desgana?...

Si bien es imposible saberlo, se me ocurren dos razones que, con toda probabilidad, formen parte de las entrañas de la novela.  La primera: quizá los personajes que en ella viven necesiten un tiempo de reflexión, pensar si les merece la pena dejar las bambalinas de la imaginación de su autor para ser una realidad conocida por otros, por los lectores. Es decir, si quieren someterse a los vaivenes del mundo, ser parte de la imaginación y del pensamiento de los demás, salir del útero. La segunda: ¿no habrá por mi parte cierto miedo inconsciente al vacío post-parto, a perder la compañía de los personajes, a dejar de vivir, sufrir y gozar los escenarios y los ambientes que durante tanto tiempo he estado compartiendo con ellos? Me gustaría creer que se trata de alguna de estas dos razones. Porque son hipótesis literarias, no utilitarias o de intendencia. Así estoy yo ahora como escritor. Y así está mi nueva novela. Confío en que el parón no se eternice.

lunes, 11 de marzo de 2013

Gabino-Alejandro Carriedo: un descubrimiento de 1980

En 1980 yo acudía un par de veces a la semana a reuniones en las que lo político y lo cultural se mezclaban y que se celebraban en un local al lado de la estación de Metro de Ópera, cerca del Teatro Real y de la plaza de Oriente. Aunque casi siempre volvía a casa tomando el metro en esa estación, en ocasiones caminaba hasta la Puerta del Sol y me detenía, por un tiempo interminable, en una librería que tenía algo de lugar de lo maravilloso. Era la librería Abril, en la calle Arenal, a unos trescientos metros de la plaza de Ópera. Eran días convulsos, de grandes mutaciones políticas, sociales y culturales (se iniciaba por entonces "la movida madrileña", se cocía el 23-F, la democracia naciente tenía el primer alcalde de izquierdas en Madrid con Tierno Galván) y mi nivel de compromiso era absorbente hasta límites hoy inimaginables. En ese ambiente, la librería Abril, en aquellos regresos de media tarde, era, para mí, una isla en la que yo me sumergía durante un buen rato en la lectura, al azar, de poemas de los poetas más extraños. Allí, años antes, había comprado el libro Poesías escogidas, un antología de José Hierro editada en 1960 por Losada en Buenos Aires (una primorosa edición que ha desaparecido de mi biblioteca, lo que me hace pensar en un descuido de alguno de mis amigos), y allí, tal y como pude leer tiempo después, se trasladó la tertulia que Pepe dirigía en el Ateneo, tal y como lo cuenta Pedro J. de la Peña en su libro José Hierro. Vida, obra y actitudes: "La tertulia poética que Hierro dirige en el Ateneo acaba siendo censurada y se traslada a la librería Abril, en la calle Arenal. Dirigida por Carmina Abril, José Gerardo Manrique de Lara y Pepe Hierro. Se inauguró con una lectura de poemas de Vicente Aleixandre", escribe.

 Uno de aquellos días, ojeando y hojeando libros en la sección de poesía me tropecé con una novedad en la que una rara conexión entre el título Nuevo compuesto descompuesto viejo y el nombre de su autor, Gabino-Alejandro Carriedo. Título y autor tenían extrañas resonancias campesinas, agrarias, rurales, una impresión que no traicionó el primer poema del libro que leí. Fue un poema al que me enfrenté al azar en la misma librería y cuyo comienzo se me quedó grabado. Durante muchos años lo mantuve vivo en la memoria. El poema llevaba como título "Noticia al atardecer" y comenzaba así:

"Hace tiempo debí escribirte carta,
decirte, entre otras cosas, "en la provincia llueve,
mi hermana se ha metido monja
y yo perdí el empleo".
Tú hubieras contestado con tu letra
galante en el papel:
"Siento lo de tu hermana,
pero me alegro de la lluvia
que beneficia a los cautivos".

Era un tono conversacional, directo, que me recordó algún poema de Eladio Cabañero, pero cuya sequedad lo dotaba de una emoción distinta: dura, casi agreste, menos sentimental que la de Eladio. Aquella antología, editada por Hiperión cuando todavía sus libros llevaban en la contraportada el epígrafe "Poesía Hiperión - Ediciones Peralta", contaba con un prólogo espléndido del por tantas razones poeta irreverente Antonio Martínez Sarrión. Era un prólogo ácido, directo, que tuvo no sólo la virtud de darme a conocer algunas de las claves de la obra de Carriedo, sino de situarme en cierto espacio, el madrileño, de la generación del cincuenta y sus alrededores, generación cuya peripecia siempre me había llegado vinculada a la peripecia de la Escuela de Barcelona. Sarrión lo sitúa en los aledaños de la cafetería Pelayo "donde todavía coleaba en el 63 la tertulia de la flor y nata del 'realismo social madrileño' ", y nos cuenta cómo cada tarde lo rescataban de su despacho funcionarial (Carriedo fue, hasta sus últimos días, un funcionario dedicado a editar revistas de urbanismo) para llevárselo de vinos y de conspiraciones literarias y políticas en aquel Madrid que crecía, pese a todo, bajo la alargada sombra de la dictadura.

Leí los poemas de aquella antología con la sorpresa de quien ignoraba casi todo de la existencia de aquel magnífico escritor. Y fui descubriendo a través de ellos la respiración de una vanguardia que, en aquellos años (hablo de finales de los setenta/ principios de los ochenta) era desconocida para los poetas más jóvenes: el postismo, en su primera (Carlos Edmundo de Ory, Chicharro, Sernesi) y en su segunda (el propio Gabino-Alejandro y Ángel Crespo) generación. En Nuevo compuesto descompuesto viejo había poemas de dos libros inéditos de su época postista, La piña sespera, de 1948, y La flor del humo, de 1949, y una amplia selección de textos, de un alto nivel de calidad, de sus libros publicados hasta entonces, desde Los animales vivos (1951) hsta el emblemático Política agraria (1963). También se recogía, bajo el título genérico Poesía 1970-1979, una colección de poemas de diversa temática escritos a lo largo de la década que acababa de cerrarse.

Gabino-Alejandro Carriedo era un poeta extremadamente singular, en el que vanguardia y compromiso social, militancia cívico-política y empeño innovador establecían una relación dialéctica. Nada fácil en el tiempo de la dictadura, pero imprescindible para avanzar en el territorio de la poesía. Su lírica era (es) agraria y arraigada y, a la vez, urbana y desarraigada. Era seca y tierna al mismo tiempo, localista y universal, abstracta y concreta en un mismo empeño. La arquitectura, las tierras de Castilla, el dolor por una Guerra Civil vivida en la niñez pero con cuya sombra interminable convivió, los lugares de la España interior, como heredados del espíritu más insumiso y desafiante del 98 (pienso en Machado, en el Unamuno más radical)  como Cuenca, Sepúlveda, Madrid y sus ríos, las tierras y campos de labor de la España cereal. Pero su poesía era (es) también intimidad y emoción, homenaje al padre (magnífico el poema "Recordando a mi padre" de El corazón en un puño) y memoria de la infancia y de la adolescencia

Evoco aquella lectura y me llega el recuerdo de una poesía mezcla de centeno y cubismo, de abstracción (Chillida, Manolo MIllares, Oteiza, Mondrian) y casticismo del bueno. No es de extrañar: su compromiso postista se trocó, años más tarde y al lado de Ángel Crespo, en el llamado "realismo mágico", el pajarerismo, un claro anticipo de lo que años después nos vendría de la mano de los narradores del "boom" latinoamericano aunque en aquel tiempo Carriedo lo alimentaba de la mejor poesía luso-brasileña (de Pessoa a De Andrade). En todo caso, he de subrayar que en mi lectura de entonces advertí un vacío en la selección de poemas: áunque Martínez Sarrión aludía en el prólogo al primer libro de Gabino-Alejandro, Poema de la condenación de Castilla (1946), entre sus páginas no se recogía un sólo poema del mismo. ¿Por qué? Es una incógnita que quizá algún día pueda resolver. Hoy ese libro es casi imposible de conseguir o encontrar: en internet, hace un rato he encontrado un ejemplar de aquella edición (reproduzco fotografía de la portada) a un precio de 500 dólares de vellón. Casi nada.


Portada de "Poema de la
 condenación de Castilla"
De otro lado, yo no sabía cuando compré en la librería Abril aquella antología que su autor ya estaba dialogando muy en serio con la muerte, que vivía en San Sebastián de los Reyes (un hervidero de la izquierda y del movimiento vecinal en los años setenta) y que en septiembre de 1981, un año después de que yo me hiciera con Nuevo compuesto descompuesto viejo iba a morir en soledad y víctima de un infarto de miocardio. Con él se fue una aventura literaria que estuvo a punto de ser anegada por las canonizaciones prematuras a las que se suele entregar nuestra universidad y por una crítica periodística poco amiga de la insumisión ética y estética. El pájaro de paja (qué maravilloso título para una revista), Deucalión, Doña Endrina, La Cerbatana, Postismo, Poesía de España...  fueron revistas que nacieron, crecieron (poco) y murieron entre 1945 y 1970 con un afán desafiante y, a la vez, con una conciencia clara de las dificulatades a las que se enfrentaban. De Gabino-Alejandro sabría mucho más gracias a otro libro, recibido en mi domicilio a finales de los años noventa: se trataba de El libro de las premoniciones (1999), publicado por la mítica editorial El toro de barro, en la nueva etapa abanderada por Carlos Morales. El libro, cuidadosamente editado, con epílogo del propio Carlos e introducción de Francisca Domingo, recogía los poemas en los que Carriedo había sintetizado el diálogo con la muerte al que antes me refería. Poemas premonitorios, duros, de un trasfondo gris y pesimista.

Como todo hijo de vecino, yo llevo conmigo una habitación imaginaria para que vivan en ella mis fantasmas literarios. Éstos son los poetas extraños, raros, marginados, no siempre malditos, pero de un enorme calado emocional, estético, ético: en esa habitación ocupa un lugar preferente Gabino-Alejandro Carriedo. Conviviendo, como no podía ser de otra manera, con otros: Miguel Labordeta, Justo Alejo, Aníbal Núñez, Eladio Cabañero, Carlso Sahagún, un casi desconocido Julio  Garcés, José Luis Prado Nogueira  o un Federico Muelas casi desconocido: irracionalista, experimental, surreal, extraño, muy alejado del sonetista propenso al garcilasismo que todos conocemos y que no hace mucho nos dio a conocer esa rara avis de la militancia poética llamdo Carlos Morales del Coso.

Dejo al lector con un poemas póstumo de Gabino-Alejandro recogido en El libro de las premoniciones. El poeta se enfrenta a la soledad y a la muerte. Desolador y maravilloso:

OTRA TARDE DE DOMINGO*

LLAMA a la puerta el ogro
de la soledad.
El ogro abominable
de la soledad.
El del silencio, el de ecos
imposibles,
el de llantos lejanos de niño,
el de niñas jugando en el próximo
jardín,
el ogro de la soledad.
El de sombras crecientes en la tarde
del cuarto de estar.
El del tic-tac inexorable
del reloj compañero.
Viene el ogro desmantelando
las últimas ilusiones,
las llamadas últimas
de la esperanza.
El ogro frío de la orfandad
dominguera y vacía.
El del avión
que cruza el cielo.
El del teléfono callado,
el del retrato inmóvil.
El ogro de la copa repetida
y el libro abandonado.
Llama a la puerta el ogro
de la terrible soledad.

Preámbulo del silencio
antesala de la muerte
presagio al fin final
donde nada acontece.
Ni te llama.
Ni te espera.

viernes, 11 de enero de 2013

Un poema rescatado de mi primer libro: "La visita"

Pocas veces aludo a mi primer poemario en mis recuentos bibliográficos. Casi siempre arranco el "catálogo" con El vuelo liberado, aparecido en 1986 en Endymion. Sin embargo hubo uno anterior, publicado también por Endymion, de título algo alambicado y muy metafórico: Poco importa romper con las alondras. Fue un libro de formación, con poemas hechos en ese borde contradictorio en el que suelen nacer los textos en los que se recogen, como material de acarreo, las más diversas influencias. Lo publicó Jesús Moya, nuestro entrañable Jesús Moya, de la librería Fuentetaja, promotor de Ciencia Nueva, editor de Marx y Engels, en su colección poética casi recién nacida, en el otoño de 1980: han pasado nada menos que 32 años y algunos meses. Casi nada.

Vista del cementerio civil de La Almudena. Madrid
Pues bien, en ese libro (todavía recuerdo mi encuentro con el primer ejemplar, oloroso a tinta y a papel, en el sótano de Moya y, después, mi viaje en metro desde la Puerta de Toledo hasta Diego de León, releyendo una y otra vez los poemas, acariciando la portada e imaginando cómo sería recibido por amigos y familiares...) dejé parte de mis recuerdos de adolescente empeñado en ayudar a construir una sociedad distinta, mis luchas de barrio y empresa de la pretransición...  Además, tenía un atractivo especial aquella edición: el dibujo de portada, firmado por el pintor y ceramista Arcadio Blasco, que vivía en aquel momento el favor de la crítica gracias a una exposición que triunfaba en Madrid


Desde hace muchos años, tengo un ejemplar de aquel libro con parte de los poemas corregidos con un fino rotulador de tinta verde. Sin embargo no he podido culminar la tarea (y ni siquiera sé si podré hacerlo en el futuro) salvo en lo que se refiere a un poema: su título, "La visita". Es un poema especialmente querido en el que evoco viejas visitas, cuando era niño, al cementerio civil de Madrid, de la mano de mi padre. Eran visitas semiclandestinas, cautelosas, que tenían, para mi padre, mucho de acto civil de resistencia. Y para mí un atractivo extraño aunque sólo llegué a entender su sentid pleno muchos años después.

En junio de 1979 murió mi padre. Y un mes después, moriría uno de mis poetas de cabecera de aquella época, Blas de Otero. Los restos de ambos fueron enterrados en el cementerio civil. Durante muchos años, mis visitas a ese cementerio tuvieron dos destinatarios. Blas y mi padre.

Aquí dejo el poema "La visita". Es el único hasta ahora salvado de la impericia y de las imperfecciones de aquella época tras un largo proceso de corrección. Ojalá os haga sentir, por un instante al menos, una brizna de las emociones que a mi me llevaron a escribirlo.


LA VISITA
                        A mi padre. In memoriam.

No era
la rutina de una cita de trámite.
                                                         Ni siquiera
el acto tan sencillo 
                                    de cerciorarse
de que seguía allí, en el lugar exacto que ocupara
decenios atrás, con la misma inscripción
sobre la piedra.
                              Cruzar la verja,  contemplar  sin miedo
los pasadizos de tierra entre las tumbas,
respirar los cipreses, los rosales,
las yedras, los pétalos ajados, detenerse
ante los nombres grabados en la piedra
de aquellos que tuvieron
más firme el sueño,
era
          un gesto resistente, un acto de la idea,
cada año y el primero de cada mes de mayo.

Mi padre, hecho de viento puro y de inocencia,
compraba los claveles
para aromar el día y la memoria y yo iniciaba
una senda entre dudas, e intuía que una verdad antigua
respiraba en las tumbas despojadas de cruz y de abalorios,
peladas como frutos mas oliendo a las flores
que habrían de crecer, invisibles semillas
que hoy flotan en el aire dibujando
un signo parecido al porvenir.

Cementerio civil de cada mayo, ciudad adormecida
bajo la noche negra del silencio y la bota,
mi padre, en sus caminos, imaginó la luz en la penumbra,
el agua entre la sed, el deseo y la vida
frente a la pesadilla  tejida sobre el mapa, dueña de las ciudades,
del campo, de la niebla y los talleres...

Mi mano
recibía la herencia y algo extraño
parecía temblar en su apretón nervioso (quizá fueran
los guardias civiles en la puerta
el miedo de aquel tiempo).

Ser niño entonces era
llevar algo de ira en los tirantes y él lo comprendía.

Mi andar menudo y frágil,
mi delgadez casi de tisis,
eran el anticipo de un compromiso en ciernes
y él lo comprendía.

Tal vez por ello,
cada uno de mayo
como si celebrara el mes de los claveles
o el resurgir de la naturaleza,
mi padre me llevaba con él al homenaje
a la boca cerrada, al silencio de niebla
de un cementerio civil que quizá fuera
lugar de libertad casi exclusivo
en aquel tiempo.

Había otros, no sólo estábamos
mi padre y yo entre los cipreses.

Hombres de abrigo gris de hombros hundidos
y codos bien gastados
que con gesto furtivo y solidario
cruzaban con nosotros sus miradas
como extraños destellos
de una luz cierta y, al tiempo, clandestina,
(la presencia de los guardias civiles impedía
la formación de grupos
de más de una persona).

Y dejábamos las flores, casi siempre
la tumba preferida de mi padre
tenía por nombre y apellido Pablo Iglesias,
y, al poco tiempo, nos marchábamos.

Ahora sé que con aquella visita, que no era
la rutina de la cita de trámite,
mi padre levantaba un edificio de esperanza
en la cena en familia, como el hombre  que abre
la puerta a nuevas calles y se mira, orgulloso,
en el espejo del deber cumplido
con la vida diaria y con el hijo
que nada conocía
del tiempo en que él fue joven
y había luz en las calles y la gente soñaba
y, a veces, sonreía.

domingo, 9 de diciembre de 2012

López Andrada y el lugar de la niebla y la derrota

Hace algo más de un año recibí un hermoso libro de Alejandro López Andrada, Las voces derrotadas. Los azares y prioridades de la crítica en los periódicos no siempre permiten abordar libros de un alto nivel de calidad con el tiempo suficiente. El tiempo de la crítica de poesía en la prensa es lento, exasperantemente lento y muchas veces injusto. Las voces derrotadas fue una de las víctimas de esa lógica y Alejandro López Andrada su principal damnificado.

Alejandro López Andrada
Alejandro es un poeta que entra dentro de la categoría de los que en este blog vengo a denominar "poetas laterales": por su opción poética centrada en la naturaleza y en la memoria, pero también por su circunstancia existencial: vive en medio de la sierra de los Pedroches, en la Córdoba rural y profunda, lejos de la turba ciudadana y del rompeolas literario --que a veces rompe, o destruye algo más que olas-- de Madrid o Barcelona.  Pero es, además, un poeta que frecuenta la prosa narrativa, que se zambulle en la escritura de memorias en las que se mezcla la experiencia íntima y la colectiva. Y es, también, un hombre generoso, cercano, al que nada de lo que en el mundo ocurre le es ajeno.

Lo conocí hace mucho, creo que en la primavera de 1997, en su condición de organizador de unas jornadas sobre "Poesía y paisaje" en Pozoblanco. Miro hacia atrás y veo que han pasado quince años desde entonces y que aquellas jornadas se han convertido en materia de añoranza y de evocaciones (también en recipiente de ausencias, las fotografías que guardo revelan algún hueco de hoy que a todos nos duele). Allí nos encontramos (a muchos los conocí personalmente en aquellos días) algunos de los poetas que pugnábamos por hacer un hueco a nuestra voz en el panorama literario a la sombra (no poética, sino emocional) de Antonio Gamoneda, que oficiaba de maestro de ceremonias, y de  Diego Jesús Jiménez (en todas las jornadas siempre hay algunos de los grandes) . De aquel encuentro poético, en el que con la distancia de los años puedo reconocer una de mis primeras incursiones en  el mundo de las jornadas e intercambios de poetas y críticos, me queda hoy el recuerdo de un Jordi Virallonga desbordante y propicio a las desapariciones de las que todos hablaban o callaban, de mi primera charla con Sergio Gaspar, entonces editor de "éxito" con DVD, de mis conversaciones con Isabel Pérez Montalbán, a quien conocí tras mi lectura en uno de los institutos de Secundaria de Pozoblanco, de un jugoso intercambio de opiniones con el poeta portugués Luis Filipe Sarmento (que, pasado el tiempo, acabaría traduciendo a su idioma mi novela Verano) de alguna larga conversación con Miguel Casado, de una cena con charla posterior con Concha García, poeta residente en Barcelona pero nacida en Córdoba, un viaje en taxi desde la estación cordobesa del AVE hasta Pozoblanco junto a María Antonia Ortega y una borrosa imagen de Alejandro, dedicado en aquellos días a garantizar que todo saliera a la perfección.

Mucho tiempo después, volví a aquellas montañas. Creo recordar que fue en septiembre de 2011 para leer poemas en Pozoblanco  junto a Juan Carlos Mestre. Y pude hablar con sosiego con Alejandro López Andrada, quien, por otra parte, siempre se había cuidado de enviarme sus libros de poemas y sus novelas.  Tuve la sensación de estar frente a una suerte de guardián de la poesía que, contemplando en la lejanía los mundos literarios de Córdoba, Barcelona y Madrid, seguía aferrado a la tierra originaria y a sus fantasmas e intentaba que los poetas que vivíamos en los “grandes” centros literarios del país pasáramos por aquellos pueblos a decir nuestros versos, a compartir con él ratos de complicidad y a convivir con sus fantasmas, con su memoria, con esa verdad tan honda que a veces nos transmite quien está acostumbrado a vivir en soledad, a escribir versos lejos de todo, al margen de todo aunque consciente de que siempre hay un hilo conductor (más aún con las nuevas tecnologías) del que puede tirar cuando lo considera necesario. Y por si el lector quiere conectarse periódicamente con sus escritos y con sus zozobras y certidumbres, Alejando tiene un blog que se mueve entre la reflexión el poema en prosa. Para acceder a él no hay más que pulsar aquí.
Alejandro López Andrada, entre Juan Carlos Mestre y el autor de este blog
Sus libros en prosa, su narrativa (desde Un dibujo en el viento o El óxido del cielo hasta la reciente novela Los ojos de Natalie Wood ) y sus poemas conforman un universo compacto. Es un escritor con mundo, algo que no todos pueden afirmar. Y parte de ese mundo son las “voces derrotadas” que, como avisos o quejas (o ambas cosas a la vez) de una realidad humana devastada y humillada en la postguerra en el valle de los Pedroches, en las montañas que rodean Pozoblanco, se convierten en hermosos y contenidos poemas. Eso es lo que tiembla, respira y emociona en su libro Las voces derrotadas. Ahí está la memoria del padre, la sombra del expatriado, la vieja bicicleta que servía para las confidencias padre-hijo, los niños uniformados y colocados por la OJE en una “hilera humilde”, las huellas de una dictadura alejada de cualquier modo de piedad, que hubo de cobrarse en humillaciones sin cuento el desafío al que se “atrevieron”, durante la República, los desheredados del campo y de la ciudad (y cuya alargada sombra podemos ver hoy en el comportamiento de algún que otro ministro, curtido, de seguro, en la cultura familiar de los vencedores).  Pero todo ese “relato”  se desarrolla y avanza, poema a poema, con el telón de fondo de un paisaje de una belleza no por triste menos conmovedora: los corrales, los huertos, la niebla de los días de marzo (he recordado ahora aquél par de versos maravilloso y hondo de Diego Jesús Jiménez: “Aquellos días de marzo, / llenos de  amaneceres y alfileres”), la arboleda por donde cruza un vagabundo, la luz del invierno, los frutales en medio del campo, la nostalgia de un París vivido a través de otros y en un tiempo difícil...


Comarca de Los Pedroches (Córdoba). Panorámica
Alejandro López Andrada no escribe desde la distancia o desde la impostura. Escribe desde lo vivido, desde la memoria propia y desde la memoria que le legaron sus antepasados. Un velo de frío y de desolación recorre el libro, pero también un hilo de ternura y de calidez, de compasión y solidaridad: ellos, los vencidos, son los suyos, son parte de su carne y el poeta, que siempre ha de nutrirse de verdad --¡cuánta falta de verdad en buena parte de la poesía que hoy se escribe y cómo se nota!--, les rinde el más hermoso de los homenajes: convertir sentimientos en arte, en palabras que revelan y conmueven, en poesía. En la “honda palpitación del espíritu” y en la “palabra en el tiempo” de que nos hablara Antonio Machado, tan presente por otro lado (en su proteína, que es lo esencial), en la obra de Alejandro.

Dejó aquí el poema "Una bicicleta" como hermosa muestra de un libro memorable:

"No he vuelto a oír
la nieve susurrando, hablándole
al silencio con ternura,
hilando en un murmullo la arboleda,
como en aquella noche
tan lejana,
¿te acuerdas, padre?, en que los dos viajamos
por tu memoria
y lento me llevabas
subido en una humilde bicicleta
atravesando el tiempo
que iba abriéndose
como una mano blanca en la espesura."

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...