jueves, 6 de junio de 2013

La correspondencia entre Brigitte Reimann y Hermann Henselmann: diálogo y amor en la RDA

En el otoño de 2007, Ibon Zubiaur propuso a Bartleby la edición de una novela de Brigitte Reimann, una escritora fallecida prematuramente de un cáncer galopante a los 39 años de edad en Berlín Este. Era alemana y residente en la antigua República Democrática y mostraba, con todos los condicionantes imaginables y de una manera contradictoria, una actitud crítica hacia el socialismo real. La novela era Los hermanos, publicada en 1963, un año después de que fuera construido el Muro de Berlín, y galardonada con el más importante premio de aquel país: el Heinrich Mann. Una obra deslumbrante en la que Brigitte Reimann reflexionaba sobre su experiencia familiar —su hermano había huido al Berlín Oeste— y sobre la labor creativa en la realidad en blanco y negro de la RDA a partir de su experiencia como trabajadora “de la literatura” en un complejo industrial en la ciudad de Hoyerswerda.  Cuando, en 2008, Los hermanos se publicó en España (en Bartleby, con traducción y prólogo de Ibon), se vivía una recuperación crítica de la realidad cotidiana en la “otra Alemania”. Había curiosidad y, sobre todo, necesidad de contemplar la vida colectiva bajo el régimen comunista desde el interior, a partir de la experiencia de quienes allí vivieron. A esa curiosidad respondían películas como La vida de los otros o Goodbye Lenin, ambas con un notable éxito de espectadores y de crítica.

En los años siguientes, Ibon me hizo llegar parte de la correspondencia que Brigitte mantuvo con uno de los más importantes y originales arquitectos de la RDA en los años cincuenta y sesenta, Hermann Henselmann. Los leí a retazos dada la imposibilidad de publicarlos en Bartleby por falta de colección adecuada. 
Brigitte Reimann
Pero, por fortuna, no han quedado inéditos en castellano. La pequeña editorial errata naturae me ha hecho llegar la edición española, con el título En la ciudad del mañana, de esa correspondencia. En cuanto he tenido un hueco, me he metido en su lectura. Ha sido (está siendo) una experiencia fascinante. No es fácil, ciertamente, sentirte atrapado por un libro basado en un intercambio de cartas. Sí lo ha sido en este caso. Como si de una novela se tratara, desde que leí el primer fragmento de la carta de Hensselmann que abre el libro —«Querida señora Brigitte Reimann: Esta carta  solo quiere ser una noticia: su libro Hermanos ha conmocionado a toda nuestra gran familia: chicos y chicas, jóvenes y adultos»— no he podido dejar su lectura. Me ha acompañado en el metro, en el autobús, en los momentos libres que me dejan la escritura  y otras obligaciones . 
Hernann Henselmann
En la ciudad del mañana es la crónica de una amistad  que de manera sutil se convierte en ocasiones en amor, casi en pasión. Es la crónica de la admiración mutua, de la devoción de una Brigitte joven, inteligente y bella, por un arquitecto que considera a la arquitectura como una de las bellas artes (se considera artista) casi treinta años mayor que ella. Las cartas, entreveradas con fragmentos de los diarios de la Reimann que clarifican el contexto y el momento en que fueron escritas, son un caleidoscopio de la realidad interior de la RDA. Las miradas de ambos, víctimas del sistema y, a la vez, con un protagonismo indudable dentro de su élite cultural están cargadas de complejidad, se mueven entre la aceptación y el respaldo al proyecto de “sociedad nueva” que encarna el partido comunista y la crítica, a veces sutil y a veces abierta, a sus excesos. Hensselmann, cuando se dirige a Brigitte para comunicarle la impresión que le había producido la lectura de su novela, es un arquitecto más que consagrado. Grandes proyectos como la Avenida Stalin (su nombre actual es avenida de Carlos Marx) o la Torre de la Televisión y parte de la vivienda social de Berlín Este estaban firmados por él y el reconocimiento, dentro y fuera de la RDA, era notorio.

Hablan, con sus decepciones (más Brigitte Reimann) y con sus entusiasmos (más Henselmann), de un mundo en mutación, confían en que en algún momento la RDA puedaa ser ejemplo a seguir por la República Federal, se refieren al hombre nuevo, a los trabajadores como “nuevos clientes” del arte y de la literatura: en una carta del 29 de diciembre de 1964, Henselmann cuenta la siguiente anécdota:
Portada de Los hermanos.
 Bartleby, 2008
«Recibo a veces, como sabes, visitas del Oeste. En las últimas cuatro semanas tuve dos visitas interesantes. Una de ellas era un periodista muy famoso de The New York Times, y otra es un amigo mío, de tu edad, que es catedrático de Pedagogía y Ciencias Sociales en Berlín Occidental. Un socialista. Un hombre del SPD. No es comunista. // Este último dijo en la charla, al hablar de los cambios en la RDA, algo así como: “Haced bien lo vuestro, por Dios, porque sois nuestra única esperanza”».
El partido, sus funcionarios, los escritores-políticos, la Unión de Escritores como catalizador de iniciativas culturales y como cauce para la publicación de libros, las ciudades fabriles y la construcción de viviendas con materiales prefabricados frente a la arquitectura tradicional. El mundo literario y el mundo del pensamiento urbanístico, los cursos y encuentros de la época, la relación, casi siempre epistolar, con Berlín Oeste, de Henselmann, la cotidianidad en barrios que pretenden ser ideales pero que nacen con carencias —de gran interés las referencias de Brigitte a la ausencia de lugares de diversión para jóvenes, a la necesidad de construir espacios para su ocio—,  la censura…. Los autores de la época, de dentro y de fuera de Alemania, desde el pro nazi Knut Hamsun hasta Christa Wolf, Gorki o Thomas Mann pasando por el Semprún de El largo viaje o por el Böll de Opiniones de un payaso. Todo eso está en En la ciudad del mañana y puede contemplarse como la mejor radiografía de una época y de un país.

La correspondencia se inicia en  mayo de 1963: solo habían pasado catorce años desde la constitución de la RDA en la  Alemania ocupada por la URSS, por lo que las esperanzas en una sociedad distinta se mantenían, en gran medida, intactas. Aunque con dudas, arquitecto y escritora confían en la nueva sociedad, consideran al partido como guía y pensador colectivo, creen en los trabajadores y campesinos (aunque a veces Brigitte se refiera a ellos con un poso de ironía), nos ofrecen una visión de la sociedad en vivo, muy alejada de las convenciones al uso y, sobre todo, de la mirada simplista que entonces se proyectaba por no pocos observadores desde la Europa Occidental y con la que se llenaban páginas y páginas de revistas y periódicos. Bien es verdad que las cartas muestran, también, la evolución del desencanto ante la distancia entre el proyecto y la realidad, un desencanto que se hace decepción y amargura tras la invasión de Checoslovaquia por el ejército soviético en 1968 y que ella vive especialmente al tener a su hermano “exiliado” en la Alemania federal.
También es una historia de amor. Contenido, como corresponde a la relación entre dos personas de edades separadas por treinta años, pero visible tras determinadas expresiones y eufemismos y, por tanto, real y contradictorio. Un amor que se tradujo en un vivo intercambio de impresiones sobre la novela que estaba escribiendo Brigitte, Franziska Linkerhand, que dejaría inacabada y cuya publicación se produciría en 1974, con cortes de censura, y en 1998 en versión íntegra, según contaba Zubiaur en el prólogo a Los hermanos.
El libro se cierra con una carta muy posterior de la esposa de Hensselmann a una Brigitte Reimann que llevaba veinte años muerta. Fechada en mayo de 1994, es un emocionado recorrido por su relación (y la de su marido) con la novelista.  Un hermoso cierre de un libro imprescindible.

viernes, 24 de mayo de 2013

La poesía, el libro, la cultura y.... Vallecas


El pasado mes de abril, participé, presentando en el acto inaugural a Francisca Aguirre y a Guadalupe Grande en una actividad cultural denominada “Vallecas calle del libro”.  También participó Pepo Paz  en su calidad de editor, ya que Bartleby Editores acogió la antología Detrás de los espejos que fue libro de cabecera de los eventos que al amparo del citado lema, se celebraron en todos sus barrios. Era en Vallecas, distrito de Madrid profundamente vinculado a la lucha democrática, a las movilizaciones urbanas y a una cultura alternativa que históricamente (al menos, desde los albores de la democracia) ha tenido en el rock, en el comic, en la cultura de barrio y en el compromiso colectivo con la izquierda algunos de sus ingredientes. Allí estaban, como impulsores y animadores, Pepe Molina y Antonio Albarrán, antiguos conocidos de todas las batallas por la libertad, la igualdad y la fraternidad en que una parte de mi generación se ha implicado desde que todos éramos casi adolescentes. Ellos son los artífices esenciales de la fundación que organiza la actividad: Vallecas Todo Cultura.

Siempre había contemplado “Vallecas calle del libro” desde una zona lateral. Participé de sus actividades en el lejano (parece mentira) abril de 2003 con la presentación, en la librería Abacus, hoy reconvertida en papelería-juguetería bajo otro nombre, de mi novela Los días de Eisenhower y en los años posteriores contemplé sus actividades desde una cierta lejanía. Sin embargo, este año tuve la oportunidad de vivir esa experiencia más de cerca. Casi, casi… desde dentro, desde su corazón. Lecturas de poemas, cine, presentaciones de libros, teatro, actividades infantiles: dos distritos y muchos barrios como protagonistas del hecho cultural. Algo que si bien tiene una enorme importancia en cualquier tiempo, la tiene aún más en tiempos de crisis, de recortes, de desprecio a la cultura por parte de un gobierno empeñado en poner los intereses de “los mercados” por delante de los intereses colectivos, comenzando por la cultura y pasando por la educación, la sanidad y las prestaciones sociales.

Pepe Molina y Antonio Albarrán, con otros colaboradores anónimos, hacen posible el milagro. Y el milagro es que a lo largo de una decena de días más de 30.000 personas participen en distinto grado de la cultura. Es que en todos los colegios, públicos y concertados, de esos barrios los alumnos lean y debatan los poemas del escritor al que se dedica “Vallecas calle del libro”. Este año fue Paca Aguirre, pero en años anteriores lo fueron Gloria Fuertes, o Pepe Hierro, o Rafael Alberti….  Es que en los centros culturales de ambos distritos la actividad gire en torno al libro. Las librerías (Muga, La esquina del zorro…), las bibliotecas públicas los centros de adultos, las asociaciones vecinales…. Todos comprometidos con un proyecto que es de todos. En Vallecas, abril es el homenaje al libro, a la literatura. Y este año ha sido un homenaje a la poesía, esa disciplina minoritario inasequible al desaliento y vencedora de todas las crisis que en el mundo han sido. Un ejemplo del que aprender. Una senda por la que avanzar para resistir. Aunque hubo una actividad que, irremediablemente, se cayó de la agenda por razones de fuerza mayor: no se pudo presentar En legítima defensa, la antología de poemas y poetas en tiempos de crisis cuya edición ha sido aplazada para el próximo otoño. Ahí queda una asignatura pendiente: en septiembre, o en octubre, la antología "anticrisis" será objeto de lectura y debate en alguno de los centros culturales del barrio o en la sede de Vallecas Todo Cultura.

Por razones personales, suelo ir a Vallecas un par de veces al mes (como mínimo): me gusta pasear por las grandes avenidas próximas a la Asamblea de Madrid, todas con nombres de títulos de  clásicos del cine, visitar sus librerías y hablar con sus libreros, tomar un café o una cerveza en cualquiera de las terrazas al aire libre, respirar ese aire entre combativo, resistente e innovador que expanden la vanguardia cultural de sus barrios. Ahí está Vallecas Todo Cultura. Y una parte de mi memoria personal que tiene sus raíces en mi vida a los doce o trece años: durante catorce o quince meses de 1965 viví en un pisito con mis padres, allá donde “la ciudad perdía su nombre”. Al borde del descampado, en las Palomeras Altas, un lugar hoy desaparecido que entonces estaba rodeado de campos de labor y de chabolas.  Abril del libro y de la cultura. Vallecas de todos, de colegiales leyendo poemas, de maestros y maestras comprometidas con la poesía… Vallecas.

domingo, 12 de mayo de 2013

¿Por qué se estanca la escritura de una novela?


¿Por qué se estanca una novela después de años de trabajo? Aunque cada escritor tiene una distinta forma de construir las novelas, he hablado con algunos narradores que me han reconocido que más de una vez se han hecho esta pregunta. En mi caso, la novela suele nacer de una imagen que durante tiempo y sin que nadie pueda explicar porqué, permanece en mi cerebro y se manifiesta en los momentos más inesperados: fue la de un viaje en otoño hacia el "paraíso" de las vacaciones de la infancia en Mar de octubre, la del jardín abandonado de un viejo chalet de la antigua Ciudad Lineal en El lento adiós de los tranvías, la de una fosa con el fondo cubierto de algodón sintético junto a un palacete en obras en Los días de Eisenhower o la fiesta organizada en una noche de verano en una casa en la montaña en la que la música y los olores de la naturaleza son el telón de fondo de un grupo de parejas acuarentadas, en mi última novela, Verano.

Es el universo de evocaciones que la imagen sugiere, o las posibilidades de acción que a partir de ella podrían desarrollarse lo que la convierte en motor de la obra. En núcleo a partir del cual, como ondas concéntricas o como estratos de un territorio a descubrir, avanzará el relato. Los personajes crecen, llaman a otros personajes, buscan nuevos paisajes y nuevos escenarios, van alumbrándome zonas desconocidas de su experiencia, se convierten en tenaz compañía a lo largo de los meses y de los años. Después, cuando el texto ha superado las cuarenta o cincuenta páginas, nace el esquema. Y con él perfilado, trabajo durante días en dar coherencia a cuanto llevo escrito y en responder a una pregunta esencial: ¿qué quiero contar?. Puede ser el retorno de un escritor ya maduro a los lugares de los veranos de la niñez a intentar resolver un enigma que quedó encallado en algún lugar de su memoria (Mar de octubre); el paradero de un dibujante conocido durante la República que desapareció en la posguerra (El lento adiós de los tranvías); la posibilidad de que el día en que el presidente norteamericano Eisenhower entraba en Madrid acompañando a Franco se hubiera frustrado, casualmente, un atentado contra el dictador (Los días de...) o la reconstrucción del "último verano de nuestra juventud" y el primero de la adolescencia de nuestros hijos (Verano).

A partir de la imagen y durante mucho tiempo, la novela avanza. Con desajustes, con parones de algunos días, con cambios retrospectivos, con apuntes sobre el esquema trazado... Sin embargo, un día se detiene inexplicablemente. Pasan semanas, meses, incluso años, sin que pueda añadir una nueva línea, una nueva palabra.

El ejemplo más reciente: el 20 de noviembre de 2008 comencé una novela. La imagen-motor: una tarde de ventisca llega un viajero a un hotel rural situado en un lugar del vértice norte de Madrid. A lo largo de cuatro años ha ido avanzando con cierta regularidad (la que me han permitido otros trabajos literarios y profesionales) y ritmo. En agosto de 2012 pensé que entraba en el capítulo final.  Incluso lo anuncié en Facebook, tal fue mi alegría pues salía de un parón de dos meses. Sin embargo, hoy, a punto de mediar el mes de mayo de 2013, la novela se ha alargado traicionando mi voluntad de entonces, el final se ha postergado y pese a saber "lo que quiero hacer" y tener clara la acción y los acontecimientos que la cerrarán, ha vuelto a estancarse. Intuyo que la terminaré este verano, el verano de 2013. Pero me es imposible asegurarlo. ¿Qué hay detrás de este nuevo parón? ¿Razones psicológicas? ¿Sobrecarga de trabajo? ¿Desgana?...

Si bien es imposible saberlo, se me ocurren dos razones que, con toda probabilidad, formen parte de las entrañas de la novela.  La primera: quizá los personajes que en ella viven necesiten un tiempo de reflexión, pensar si les merece la pena dejar las bambalinas de la imaginación de su autor para ser una realidad conocida por otros, por los lectores. Es decir, si quieren someterse a los vaivenes del mundo, ser parte de la imaginación y del pensamiento de los demás, salir del útero. La segunda: ¿no habrá por mi parte cierto miedo inconsciente al vacío post-parto, a perder la compañía de los personajes, a dejar de vivir, sufrir y gozar los escenarios y los ambientes que durante tanto tiempo he estado compartiendo con ellos? Me gustaría creer que se trata de alguna de estas dos razones. Porque son hipótesis literarias, no utilitarias o de intendencia. Así estoy yo ahora como escritor. Y así está mi nueva novela. Confío en que el parón no se eternice.

lunes, 11 de marzo de 2013

Gabino-Alejandro Carriedo: un descubrimiento de 1980

En 1980 yo acudía un par de veces a la semana a reuniones en las que lo político y lo cultural se mezclaban y que se celebraban en un local al lado de la estación de Metro de Ópera, cerca del Teatro Real y de la plaza de Oriente. Aunque casi siempre volvía a casa tomando el metro en esa estación, en ocasiones caminaba hasta la Puerta del Sol y me detenía, por un tiempo interminable, en una librería que tenía algo de lugar de lo maravilloso. Era la librería Abril, en la calle Arenal, a unos trescientos metros de la plaza de Ópera. Eran días convulsos, de grandes mutaciones políticas, sociales y culturales (se iniciaba por entonces "la movida madrileña", se cocía el 23-F, la democracia naciente tenía el primer alcalde de izquierdas en Madrid con Tierno Galván) y mi nivel de compromiso era absorbente hasta límites hoy inimaginables. En ese ambiente, la librería Abril, en aquellos regresos de media tarde, era, para mí, una isla en la que yo me sumergía durante un buen rato en la lectura, al azar, de poemas de los poetas más extraños. Allí, años antes, había comprado el libro Poesías escogidas, un antología de José Hierro editada en 1960 por Losada en Buenos Aires (una primorosa edición que ha desaparecido de mi biblioteca, lo que me hace pensar en un descuido de alguno de mis amigos), y allí, tal y como pude leer tiempo después, se trasladó la tertulia que Pepe dirigía en el Ateneo, tal y como lo cuenta Pedro J. de la Peña en su libro José Hierro. Vida, obra y actitudes: "La tertulia poética que Hierro dirige en el Ateneo acaba siendo censurada y se traslada a la librería Abril, en la calle Arenal. Dirigida por Carmina Abril, José Gerardo Manrique de Lara y Pepe Hierro. Se inauguró con una lectura de poemas de Vicente Aleixandre", escribe.

 Uno de aquellos días, ojeando y hojeando libros en la sección de poesía me tropecé con una novedad en la que una rara conexión entre el título Nuevo compuesto descompuesto viejo y el nombre de su autor, Gabino-Alejandro Carriedo. Título y autor tenían extrañas resonancias campesinas, agrarias, rurales, una impresión que no traicionó el primer poema del libro que leí. Fue un poema al que me enfrenté al azar en la misma librería y cuyo comienzo se me quedó grabado. Durante muchos años lo mantuve vivo en la memoria. El poema llevaba como título "Noticia al atardecer" y comenzaba así:

"Hace tiempo debí escribirte carta,
decirte, entre otras cosas, "en la provincia llueve,
mi hermana se ha metido monja
y yo perdí el empleo".
Tú hubieras contestado con tu letra
galante en el papel:
"Siento lo de tu hermana,
pero me alegro de la lluvia
que beneficia a los cautivos".

Era un tono conversacional, directo, que me recordó algún poema de Eladio Cabañero, pero cuya sequedad lo dotaba de una emoción distinta: dura, casi agreste, menos sentimental que la de Eladio. Aquella antología, editada por Hiperión cuando todavía sus libros llevaban en la contraportada el epígrafe "Poesía Hiperión - Ediciones Peralta", contaba con un prólogo espléndido del por tantas razones poeta irreverente Antonio Martínez Sarrión. Era un prólogo ácido, directo, que tuvo no sólo la virtud de darme a conocer algunas de las claves de la obra de Carriedo, sino de situarme en cierto espacio, el madrileño, de la generación del cincuenta y sus alrededores, generación cuya peripecia siempre me había llegado vinculada a la peripecia de la Escuela de Barcelona. Sarrión lo sitúa en los aledaños de la cafetería Pelayo "donde todavía coleaba en el 63 la tertulia de la flor y nata del 'realismo social madrileño' ", y nos cuenta cómo cada tarde lo rescataban de su despacho funcionarial (Carriedo fue, hasta sus últimos días, un funcionario dedicado a editar revistas de urbanismo) para llevárselo de vinos y de conspiraciones literarias y políticas en aquel Madrid que crecía, pese a todo, bajo la alargada sombra de la dictadura.

Leí los poemas de aquella antología con la sorpresa de quien ignoraba casi todo de la existencia de aquel magnífico escritor. Y fui descubriendo a través de ellos la respiración de una vanguardia que, en aquellos años (hablo de finales de los setenta/ principios de los ochenta) era desconocida para los poetas más jóvenes: el postismo, en su primera (Carlos Edmundo de Ory, Chicharro, Sernesi) y en su segunda (el propio Gabino-Alejandro y Ángel Crespo) generación. En Nuevo compuesto descompuesto viejo había poemas de dos libros inéditos de su época postista, La piña sespera, de 1948, y La flor del humo, de 1949, y una amplia selección de textos, de un alto nivel de calidad, de sus libros publicados hasta entonces, desde Los animales vivos (1951) hsta el emblemático Política agraria (1963). También se recogía, bajo el título genérico Poesía 1970-1979, una colección de poemas de diversa temática escritos a lo largo de la década que acababa de cerrarse.

Gabino-Alejandro Carriedo era un poeta extremadamente singular, en el que vanguardia y compromiso social, militancia cívico-política y empeño innovador establecían una relación dialéctica. Nada fácil en el tiempo de la dictadura, pero imprescindible para avanzar en el territorio de la poesía. Su lírica era (es) agraria y arraigada y, a la vez, urbana y desarraigada. Era seca y tierna al mismo tiempo, localista y universal, abstracta y concreta en un mismo empeño. La arquitectura, las tierras de Castilla, el dolor por una Guerra Civil vivida en la niñez pero con cuya sombra interminable convivió, los lugares de la España interior, como heredados del espíritu más insumiso y desafiante del 98 (pienso en Machado, en el Unamuno más radical)  como Cuenca, Sepúlveda, Madrid y sus ríos, las tierras y campos de labor de la España cereal. Pero su poesía era (es) también intimidad y emoción, homenaje al padre (magnífico el poema "Recordando a mi padre" de El corazón en un puño) y memoria de la infancia y de la adolescencia

Evoco aquella lectura y me llega el recuerdo de una poesía mezcla de centeno y cubismo, de abstracción (Chillida, Manolo MIllares, Oteiza, Mondrian) y casticismo del bueno. No es de extrañar: su compromiso postista se trocó, años más tarde y al lado de Ángel Crespo, en el llamado "realismo mágico", el pajarerismo, un claro anticipo de lo que años después nos vendría de la mano de los narradores del "boom" latinoamericano aunque en aquel tiempo Carriedo lo alimentaba de la mejor poesía luso-brasileña (de Pessoa a De Andrade). En todo caso, he de subrayar que en mi lectura de entonces advertí un vacío en la selección de poemas: áunque Martínez Sarrión aludía en el prólogo al primer libro de Gabino-Alejandro, Poema de la condenación de Castilla (1946), entre sus páginas no se recogía un sólo poema del mismo. ¿Por qué? Es una incógnita que quizá algún día pueda resolver. Hoy ese libro es casi imposible de conseguir o encontrar: en internet, hace un rato he encontrado un ejemplar de aquella edición (reproduzco fotografía de la portada) a un precio de 500 dólares de vellón. Casi nada.


Portada de "Poema de la
 condenación de Castilla"
De otro lado, yo no sabía cuando compré en la librería Abril aquella antología que su autor ya estaba dialogando muy en serio con la muerte, que vivía en San Sebastián de los Reyes (un hervidero de la izquierda y del movimiento vecinal en los años setenta) y que en septiembre de 1981, un año después de que yo me hiciera con Nuevo compuesto descompuesto viejo iba a morir en soledad y víctima de un infarto de miocardio. Con él se fue una aventura literaria que estuvo a punto de ser anegada por las canonizaciones prematuras a las que se suele entregar nuestra universidad y por una crítica periodística poco amiga de la insumisión ética y estética. El pájaro de paja (qué maravilloso título para una revista), Deucalión, Doña Endrina, La Cerbatana, Postismo, Poesía de España...  fueron revistas que nacieron, crecieron (poco) y murieron entre 1945 y 1970 con un afán desafiante y, a la vez, con una conciencia clara de las dificulatades a las que se enfrentaban. De Gabino-Alejandro sabría mucho más gracias a otro libro, recibido en mi domicilio a finales de los años noventa: se trataba de El libro de las premoniciones (1999), publicado por la mítica editorial El toro de barro, en la nueva etapa abanderada por Carlos Morales. El libro, cuidadosamente editado, con epílogo del propio Carlos e introducción de Francisca Domingo, recogía los poemas en los que Carriedo había sintetizado el diálogo con la muerte al que antes me refería. Poemas premonitorios, duros, de un trasfondo gris y pesimista.

Como todo hijo de vecino, yo llevo conmigo una habitación imaginaria para que vivan en ella mis fantasmas literarios. Éstos son los poetas extraños, raros, marginados, no siempre malditos, pero de un enorme calado emocional, estético, ético: en esa habitación ocupa un lugar preferente Gabino-Alejandro Carriedo. Conviviendo, como no podía ser de otra manera, con otros: Miguel Labordeta, Justo Alejo, Aníbal Núñez, Eladio Cabañero, Carlso Sahagún, un casi desconocido Julio  Garcés, José Luis Prado Nogueira  o un Federico Muelas casi desconocido: irracionalista, experimental, surreal, extraño, muy alejado del sonetista propenso al garcilasismo que todos conocemos y que no hace mucho nos dio a conocer esa rara avis de la militancia poética llamdo Carlos Morales del Coso.

Dejo al lector con un poemas póstumo de Gabino-Alejandro recogido en El libro de las premoniciones. El poeta se enfrenta a la soledad y a la muerte. Desolador y maravilloso:

OTRA TARDE DE DOMINGO*

LLAMA a la puerta el ogro
de la soledad.
El ogro abominable
de la soledad.
El del silencio, el de ecos
imposibles,
el de llantos lejanos de niño,
el de niñas jugando en el próximo
jardín,
el ogro de la soledad.
El de sombras crecientes en la tarde
del cuarto de estar.
El del tic-tac inexorable
del reloj compañero.
Viene el ogro desmantelando
las últimas ilusiones,
las llamadas últimas
de la esperanza.
El ogro frío de la orfandad
dominguera y vacía.
El del avión
que cruza el cielo.
El del teléfono callado,
el del retrato inmóvil.
El ogro de la copa repetida
y el libro abandonado.
Llama a la puerta el ogro
de la terrible soledad.

Preámbulo del silencio
antesala de la muerte
presagio al fin final
donde nada acontece.
Ni te llama.
Ni te espera.

viernes, 11 de enero de 2013

Un poema rescatado de mi primer libro: "La visita"

Pocas veces aludo a mi primer poemario en mis recuentos bibliográficos. Casi siempre arranco el "catálogo" con El vuelo liberado, aparecido en 1986 en Endymion. Sin embargo hubo uno anterior, publicado también por Endymion, de título algo alambicado y muy metafórico: Poco importa romper con las alondras. Fue un libro de formación, con poemas hechos en ese borde contradictorio en el que suelen nacer los textos en los que se recogen, como material de acarreo, las más diversas influencias. Lo publicó Jesús Moya, nuestro entrañable Jesús Moya, de la librería Fuentetaja, promotor de Ciencia Nueva, editor de Marx y Engels, en su colección poética casi recién nacida, en el otoño de 1980: han pasado nada menos que 32 años y algunos meses. Casi nada.

Vista del cementerio civil de La Almudena. Madrid
Pues bien, en ese libro (todavía recuerdo mi encuentro con el primer ejemplar, oloroso a tinta y a papel, en el sótano de Moya y, después, mi viaje en metro desde la Puerta de Toledo hasta Diego de León, releyendo una y otra vez los poemas, acariciando la portada e imaginando cómo sería recibido por amigos y familiares...) dejé parte de mis recuerdos de adolescente empeñado en ayudar a construir una sociedad distinta, mis luchas de barrio y empresa de la pretransición...  Además, tenía un atractivo especial aquella edición: el dibujo de portada, firmado por el pintor y ceramista Arcadio Blasco, que vivía en aquel momento el favor de la crítica gracias a una exposición que triunfaba en Madrid


Desde hace muchos años, tengo un ejemplar de aquel libro con parte de los poemas corregidos con un fino rotulador de tinta verde. Sin embargo no he podido culminar la tarea (y ni siquiera sé si podré hacerlo en el futuro) salvo en lo que se refiere a un poema: su título, "La visita". Es un poema especialmente querido en el que evoco viejas visitas, cuando era niño, al cementerio civil de Madrid, de la mano de mi padre. Eran visitas semiclandestinas, cautelosas, que tenían, para mi padre, mucho de acto civil de resistencia. Y para mí un atractivo extraño aunque sólo llegué a entender su sentid pleno muchos años después.

En junio de 1979 murió mi padre. Y un mes después, moriría uno de mis poetas de cabecera de aquella época, Blas de Otero. Los restos de ambos fueron enterrados en el cementerio civil. Durante muchos años, mis visitas a ese cementerio tuvieron dos destinatarios. Blas y mi padre.

Aquí dejo el poema "La visita". Es el único hasta ahora salvado de la impericia y de las imperfecciones de aquella época tras un largo proceso de corrección. Ojalá os haga sentir, por un instante al menos, una brizna de las emociones que a mi me llevaron a escribirlo.


LA VISITA
                        A mi padre. In memoriam.

No era
la rutina de una cita de trámite.
                                                         Ni siquiera
el acto tan sencillo 
                                    de cerciorarse
de que seguía allí, en el lugar exacto que ocupara
decenios atrás, con la misma inscripción
sobre la piedra.
                              Cruzar la verja,  contemplar  sin miedo
los pasadizos de tierra entre las tumbas,
respirar los cipreses, los rosales,
las yedras, los pétalos ajados, detenerse
ante los nombres grabados en la piedra
de aquellos que tuvieron
más firme el sueño,
era
          un gesto resistente, un acto de la idea,
cada año y el primero de cada mes de mayo.

Mi padre, hecho de viento puro y de inocencia,
compraba los claveles
para aromar el día y la memoria y yo iniciaba
una senda entre dudas, e intuía que una verdad antigua
respiraba en las tumbas despojadas de cruz y de abalorios,
peladas como frutos mas oliendo a las flores
que habrían de crecer, invisibles semillas
que hoy flotan en el aire dibujando
un signo parecido al porvenir.

Cementerio civil de cada mayo, ciudad adormecida
bajo la noche negra del silencio y la bota,
mi padre, en sus caminos, imaginó la luz en la penumbra,
el agua entre la sed, el deseo y la vida
frente a la pesadilla  tejida sobre el mapa, dueña de las ciudades,
del campo, de la niebla y los talleres...

Mi mano
recibía la herencia y algo extraño
parecía temblar en su apretón nervioso (quizá fueran
los guardias civiles en la puerta
el miedo de aquel tiempo).

Ser niño entonces era
llevar algo de ira en los tirantes y él lo comprendía.

Mi andar menudo y frágil,
mi delgadez casi de tisis,
eran el anticipo de un compromiso en ciernes
y él lo comprendía.

Tal vez por ello,
cada uno de mayo
como si celebrara el mes de los claveles
o el resurgir de la naturaleza,
mi padre me llevaba con él al homenaje
a la boca cerrada, al silencio de niebla
de un cementerio civil que quizá fuera
lugar de libertad casi exclusivo
en aquel tiempo.

Había otros, no sólo estábamos
mi padre y yo entre los cipreses.

Hombres de abrigo gris de hombros hundidos
y codos bien gastados
que con gesto furtivo y solidario
cruzaban con nosotros sus miradas
como extraños destellos
de una luz cierta y, al tiempo, clandestina,
(la presencia de los guardias civiles impedía
la formación de grupos
de más de una persona).

Y dejábamos las flores, casi siempre
la tumba preferida de mi padre
tenía por nombre y apellido Pablo Iglesias,
y, al poco tiempo, nos marchábamos.

Ahora sé que con aquella visita, que no era
la rutina de la cita de trámite,
mi padre levantaba un edificio de esperanza
en la cena en familia, como el hombre  que abre
la puerta a nuevas calles y se mira, orgulloso,
en el espejo del deber cumplido
con la vida diaria y con el hijo
que nada conocía
del tiempo en que él fue joven
y había luz en las calles y la gente soñaba
y, a veces, sonreía.

domingo, 9 de diciembre de 2012

López Andrada y el lugar de la niebla y la derrota

Hace algo más de un año recibí un hermoso libro de Alejandro López Andrada, Las voces derrotadas. Los azares y prioridades de la crítica en los periódicos no siempre permiten abordar libros de un alto nivel de calidad con el tiempo suficiente. El tiempo de la crítica de poesía en la prensa es lento, exasperantemente lento y muchas veces injusto. Las voces derrotadas fue una de las víctimas de esa lógica y Alejandro López Andrada su principal damnificado.

Alejandro López Andrada
Alejandro es un poeta que entra dentro de la categoría de los que en este blog vengo a denominar "poetas laterales": por su opción poética centrada en la naturaleza y en la memoria, pero también por su circunstancia existencial: vive en medio de la sierra de los Pedroches, en la Córdoba rural y profunda, lejos de la turba ciudadana y del rompeolas literario --que a veces rompe, o destruye algo más que olas-- de Madrid o Barcelona.  Pero es, además, un poeta que frecuenta la prosa narrativa, que se zambulle en la escritura de memorias en las que se mezcla la experiencia íntima y la colectiva. Y es, también, un hombre generoso, cercano, al que nada de lo que en el mundo ocurre le es ajeno.

Lo conocí hace mucho, creo que en la primavera de 1997, en su condición de organizador de unas jornadas sobre "Poesía y paisaje" en Pozoblanco. Miro hacia atrás y veo que han pasado quince años desde entonces y que aquellas jornadas se han convertido en materia de añoranza y de evocaciones (también en recipiente de ausencias, las fotografías que guardo revelan algún hueco de hoy que a todos nos duele). Allí nos encontramos (a muchos los conocí personalmente en aquellos días) algunos de los poetas que pugnábamos por hacer un hueco a nuestra voz en el panorama literario a la sombra (no poética, sino emocional) de Antonio Gamoneda, que oficiaba de maestro de ceremonias, y de  Diego Jesús Jiménez (en todas las jornadas siempre hay algunos de los grandes) . De aquel encuentro poético, en el que con la distancia de los años puedo reconocer una de mis primeras incursiones en  el mundo de las jornadas e intercambios de poetas y críticos, me queda hoy el recuerdo de un Jordi Virallonga desbordante y propicio a las desapariciones de las que todos hablaban o callaban, de mi primera charla con Sergio Gaspar, entonces editor de "éxito" con DVD, de mis conversaciones con Isabel Pérez Montalbán, a quien conocí tras mi lectura en uno de los institutos de Secundaria de Pozoblanco, de un jugoso intercambio de opiniones con el poeta portugués Luis Filipe Sarmento (que, pasado el tiempo, acabaría traduciendo a su idioma mi novela Verano) de alguna larga conversación con Miguel Casado, de una cena con charla posterior con Concha García, poeta residente en Barcelona pero nacida en Córdoba, un viaje en taxi desde la estación cordobesa del AVE hasta Pozoblanco junto a María Antonia Ortega y una borrosa imagen de Alejandro, dedicado en aquellos días a garantizar que todo saliera a la perfección.

Mucho tiempo después, volví a aquellas montañas. Creo recordar que fue en septiembre de 2011 para leer poemas en Pozoblanco  junto a Juan Carlos Mestre. Y pude hablar con sosiego con Alejandro López Andrada, quien, por otra parte, siempre se había cuidado de enviarme sus libros de poemas y sus novelas.  Tuve la sensación de estar frente a una suerte de guardián de la poesía que, contemplando en la lejanía los mundos literarios de Córdoba, Barcelona y Madrid, seguía aferrado a la tierra originaria y a sus fantasmas e intentaba que los poetas que vivíamos en los “grandes” centros literarios del país pasáramos por aquellos pueblos a decir nuestros versos, a compartir con él ratos de complicidad y a convivir con sus fantasmas, con su memoria, con esa verdad tan honda que a veces nos transmite quien está acostumbrado a vivir en soledad, a escribir versos lejos de todo, al margen de todo aunque consciente de que siempre hay un hilo conductor (más aún con las nuevas tecnologías) del que puede tirar cuando lo considera necesario. Y por si el lector quiere conectarse periódicamente con sus escritos y con sus zozobras y certidumbres, Alejando tiene un blog que se mueve entre la reflexión el poema en prosa. Para acceder a él no hay más que pulsar aquí.
Alejandro López Andrada, entre Juan Carlos Mestre y el autor de este blog
Sus libros en prosa, su narrativa (desde Un dibujo en el viento o El óxido del cielo hasta la reciente novela Los ojos de Natalie Wood ) y sus poemas conforman un universo compacto. Es un escritor con mundo, algo que no todos pueden afirmar. Y parte de ese mundo son las “voces derrotadas” que, como avisos o quejas (o ambas cosas a la vez) de una realidad humana devastada y humillada en la postguerra en el valle de los Pedroches, en las montañas que rodean Pozoblanco, se convierten en hermosos y contenidos poemas. Eso es lo que tiembla, respira y emociona en su libro Las voces derrotadas. Ahí está la memoria del padre, la sombra del expatriado, la vieja bicicleta que servía para las confidencias padre-hijo, los niños uniformados y colocados por la OJE en una “hilera humilde”, las huellas de una dictadura alejada de cualquier modo de piedad, que hubo de cobrarse en humillaciones sin cuento el desafío al que se “atrevieron”, durante la República, los desheredados del campo y de la ciudad (y cuya alargada sombra podemos ver hoy en el comportamiento de algún que otro ministro, curtido, de seguro, en la cultura familiar de los vencedores).  Pero todo ese “relato”  se desarrolla y avanza, poema a poema, con el telón de fondo de un paisaje de una belleza no por triste menos conmovedora: los corrales, los huertos, la niebla de los días de marzo (he recordado ahora aquél par de versos maravilloso y hondo de Diego Jesús Jiménez: “Aquellos días de marzo, / llenos de  amaneceres y alfileres”), la arboleda por donde cruza un vagabundo, la luz del invierno, los frutales en medio del campo, la nostalgia de un París vivido a través de otros y en un tiempo difícil...


Comarca de Los Pedroches (Córdoba). Panorámica
Alejandro López Andrada no escribe desde la distancia o desde la impostura. Escribe desde lo vivido, desde la memoria propia y desde la memoria que le legaron sus antepasados. Un velo de frío y de desolación recorre el libro, pero también un hilo de ternura y de calidez, de compasión y solidaridad: ellos, los vencidos, son los suyos, son parte de su carne y el poeta, que siempre ha de nutrirse de verdad --¡cuánta falta de verdad en buena parte de la poesía que hoy se escribe y cómo se nota!--, les rinde el más hermoso de los homenajes: convertir sentimientos en arte, en palabras que revelan y conmueven, en poesía. En la “honda palpitación del espíritu” y en la “palabra en el tiempo” de que nos hablara Antonio Machado, tan presente por otro lado (en su proteína, que es lo esencial), en la obra de Alejandro.

Dejó aquí el poema "Una bicicleta" como hermosa muestra de un libro memorable:

"No he vuelto a oír
la nieve susurrando, hablándole
al silencio con ternura,
hilando en un murmullo la arboleda,
como en aquella noche
tan lejana,
¿te acuerdas, padre?, en que los dos viajamos
por tu memoria
y lento me llevabas
subido en una humilde bicicleta
atravesando el tiempo
que iba abriéndose
como una mano blanca en la espesura."

jueves, 8 de noviembre de 2012

Un almuerzo con Antonio Gamoneda y con "Canción errónea"

El último día del pasado octubre tuve la fortuna de almorzar, por iniciativa de Fanny Rubio, con Antonio Gamoneda. Fue en el Circulo de Bellas Artes, ese lugar que ha acabado por convertirse en escenario de casi todos los encuentros que he mantenido en el centro de Madrid con poetas, narradores y amigos con otras dedicaciones en los último años.  El caso es que Fanny había organizado el almuerzo para obtener apoyos para el proyecto "Espacios de Intercreación / Creadores sin fronteras" y para intercambiar impresiones sobre la necesidad de reforzar los niveles de compromiso de los artistas en estos tiempos de recortes sociales y de retroceso democrático.


Éramos siete u ocho comensales, pero el azar (o la premeditación de Fanny) hizo que en un extremo de la mesa nos situáramos, frente por frente, Antonio y yo. Esa circunstancia convirtió el almuerzo en un reencuentro cálido puesto que hacía al menos seis meses que no nos veíamos --creo recordar que no hablábamos desde la entrega del último premio Cervantes a Nicanor Parra (el chileno no estuvo presente por razones de salud,  fue su nieto Cristóbal Ugarte, quien lo recogió en su nombre) en el acto de la Universidad de Alcalá, donde intercambiamos algunas palabras de trámite-- y era una buena oportunidad para pasar revista a la literatura , a España, a Europa y al mundo, sobre todo con el horizonte de las elecciones en Estados Unidos (todos en la mesa apostábamos por Obama y todos, en parte, somos ganadores). Hablamos, claro, del tiempo transcurrido desde la última conversación que merecía tal nombre, cuando, allá por el año 2008, yo trabajaba en el Instituo Cervantes. de las polémicas y los malos entendidos suscitados a propósito de su punto de vista sobre la obra de Ángel González o de Mario Benedetti, de los ejércitos de viudas y de viudos que les nacen, tras su muerte, a los grandes poetas, y de la suerte diversa, que va de la muerte en vida a la actividad intensa pasando por el pulso débil y el electroencefalograma semiplano, que corren las fundaciones a ellos dedicadas. Nacen para difundir, defender y estudiar la obra del fallecido y acaban siendo un campo abonado para la jurisprudencia sobre la materia y las pugnas entre herederos legítimos, ilegítimos y hasta voluntarios que pasaban por allí. Y cuando funcionan bien, las víctimas propiciatorias de los recortes en cultura, como si las políticas conservadoras tuvieran como enemigos declarados a los poetas. Aunque hayan pasado al "club de los poetas muertos".

Sin embargo, la mayor parte del tiempo la dedicamos a charlar, ayudados por el vino y por una comida modesta y sabrosa, de poesía, de su último libro, Canción errónea (que comencé a leer unas horas después, en el Metro)  y de algo tan inevitable y yo diría que obligado en los tiempos que corren como la crisis económica. Yo no sabía en aquel momento que algunos días después iba a aparecer una larga entrevista en Babelia, por lo que buena parte de las afirmaciones de Gamoneda, que, más o menos matizadas, aparecerían en el suplemento citado, me fueron llamativas y sorprendentes.

Siempre he pensado que Gamoneda es un poeta que, en cada libro, en cada poema, se asoma al abismo. Desde Descripción de la mentira, libro de 1977, ha venido tanteando esa sucesión de ventanas oscuras a las que se asomara  la vida y que sólo descubre --cuando las descubre-- el poeta. Recordamos a Gelman, hablamos, casi de pasada, del gesto de Javier Marías (un gesto ya amortizado políticamente una vez que ha transcurrido una semana desde su rechazo del Premio Nacional) y me hizo saber su desconfianza hacia el mundo de Internet y de las nuevas tecnologías: sus vínculos con esa realidad están delegados en Amelia, su hija, espléndida traductora y veladora permanente de la tranquilidad del poeta (ya tiene 81 años y lo merece) y de la integridad de su obra.

Gamoneda habla de manera pausada. Cierra los ojos como si una luz exterior lo deslumbrara y precisara recluirse en su interior para sacar de allí las palabras. Es hombre de origen humilde que contempla aterrorizado el proceso de desmantelamiento que está llevando a cabo la derecha en Europa, en el sur especialmente (con cierta tibieza socialista) para cubrir el pozo financiero de la banca y se le ha ocurrido promover una alternativa que se aleje de la estridencia y la confrontación y descienda al núcleo poblacional más básico: el barrio. Lo cuenta en la entrevista de Babelia y su idea descansa sobre la posibilidad de establecer, a un ritmo lento pero decidido, un circuito paralelo de relaciones económicas que tengan como base el cooperativismo, el desarrollo de la actividad económica local. Frente al poder de los bancos, buscar fórmulas que eludan su necesidad, en las que el ciudadano sea de verdad el protagonista. No son ideas a echar en saco roto. La continua (y creciente) presión del Bundesbank y de la canciller Merkel para que la Europa del Sur siga recortando servicios públicos, derechos y dosis de felicidad colectiva va acabar por obligarnos a buscar alternativas a una sociedad a la que le imponen como labor prioritaria salvar bancos a costa de hundir familias.

Pero Gamoneda es también (sobre todo), poesía con abismo, con estremecimiento, con dolor. Canción errónea está en la estela de sus mejores libros, especialmente de Libro del frío. Es una poesía que, sin perder pie en la realidad, nos araña muy adentro, remueve nuestra memoria y nos pone de frente ante la vida y sus incertidumbres.  Emoción, lenguaje que enamora, descubre y redescubre, rigor y, sobre todo, un enorme caudal de interrogantes, de preocupación existencial ante ese errático e incomprensible fruto que es la vida: una existencia entre dos oscuridades, la previa al nacimiento y la que aguarda al otro lado de la muerte.

Como muestra vale un poema del libro:

"Un desconocido habita en mí. Agoniza y, para agonizar, utiliza
                                                                                 [mi corazón.
Pienso en mi padre enloquecido por la visión de frutos muy frescos, 
     [pienso en el amor y en la morfina. No, no es mi padre. Pero,
     [entonces, ¿quién
agoniza en mí?

Cabe que yo mismo sea el desconocido y que mi corazón no sea mío
     [aunque yo ponga en él sus latidos. Cabe.

En realidad no hay problema. En cualquier caso, yo voy a ser,
     [ya estoy siendo,
huérfano de mí mismo."

He de subrayar que la preocupación social del poeta leonés no es nueva: estos días he recordado la parte de su obra en la que ésta era tan explícita que bordeaba la apuesta que otros poetas (Nora, Celaya, Crémer, Blas de Otero) hicieron escribiendo una poesía directamente comprometida. La editorial Bartleby, en la primera etapa de su serie Lecturas21, reeditó, con prólogo de Elena Medel, un libro emblemático de la poesía de los años 60, Blues castellano. Un libro que si hace unos años, cuando llegó por segunda vez a librerías, parecía haber perdido vigencia en sus contenidos (eran los años del crecimiento, del optimismo colectivo y de la burbuja), ahora, en medio de una crisis a la que no se le ve el final, cobra una actualidad estremecedora.

Cierro con una sugerencia adicional a los libros citados. Entrad en el enlace al documental Escritura y alquimia, un homenaje que distintas instituciones prepararon y publicaron dos años después de que Antonio Gamoneda fuera galardonado con el Premio Cervantes. Disfrutadlo.

jueves, 4 de octubre de 2012

Vidal Cadellans, ese desconocido que murió demasiado pronto

Parte de la historia de nuestra literatura de posguerra es una suerte de armario en sombra en el que duermen autores y libros que quedaron relegados por razones diversas o porque no tuvieron la fortuna de encontrar un sendero de reconocimientos, respaldos mediáticos y publicidades varias. Poetas, ensayistas, narradores, dramaturgos…. De todo hay en la viña de la literatura de los años cincuenta y sesenta. Al otro lado de Carmen Martín Gaite, de Sánchez Ferlosio, Marsé, los Goytisolo o Caballero Bonald, por citar sólo a unos cuantos, hubo escritores muy notables cuyo esplendor fue efímero, difícilmente pasó a los recuentos y antologías.

Uno de esos autores, novelista por más señas (también poeta, acabo de descubrirlo) tuvo por nombre José Vidal Cadellans. Gozó de cierto prestigio durante un par de años porque ganó el premio Nadal de 1958 con la novela No era de los nuestros, pero ese renombre no tardaría en apagarse. Lo apagó, sobre todo, su prematura muerte: falleció en 1960, con sólo 32 años (había nacido en 1928) dejando dos novelas inéditas que aparecerían en los años inmediatamente posteriores.

El descubrimiento

Una de las pocas imágenes públicas
 de José Vidal Cadellans
La primera noticia que tuve sobre Vidal Cadellans fue a mediados de los años ochenta: al leer el volumen La novela desde 1936, segundo tomo de Historia de la literatura española actual (Alhambra, 1980), de Ignacio Soldevila, despertó mi interés un apartado, en el que, bajo el subtítulo "La búsqueda de nuevas fórmulas narrativas", el autor citaba a José Vidal Cadellans con una refeencia  que incitaba a la indagación: un auténtico anzuelo para mi pasión buscadora de autores en sombra: "José Vidal Cadellans (...) merece pasar a la historia por una originalísima obra, injustamente olvidada, que analizaremos con el mayor detenimiento posible".  Mi curiosidd se desencadenó de inmediato: en el mar dominante de la novela social de aquellos años, alguien intentaba otro tipo de aventura literaria. Avancé algunas páginas buscando el análisis prometido por Soldevila y encontré, junto a un amplio recorrido por el conjunto de su obra, la novela anunciada: Ballet para una infanta. Soldevila afirmaba: “es la primera novela española que se inscribe en la trayectoria novelística marcada por Kafka (...). Vidal Cadellans ha logrado crear una auténtica atmósfera kafkiana, pero distinguiéndose limpiamente de ésta por el empleo de una fina ironía que viene a rozar a veces con el humor del absurdo”.  Y concluía su análisis con las siguientes palabras: “La novela de Cadellans da literalmente la impresión a veces de un relato traducido, a fuerza de presentarnos una creación tan por completo ajena a nuestra tradición literaria que el menor sintagma inhabitual al castellano literario hace inmediatamente pensar en un ´defecto de traducción'”.

En el apartado en que estaba incluido Cadellans se encontraban otros novelistas que impulsarían la renovación de la narrativa social: Juan Benet, Mario Lacruz, Antonio Prieto, José María Mendiola o Andrés Bosch, entre otros.Intuí que la renovación que a principios de los ochenta acometen autores como Molina Foix, Azúa, Marías o Gándara  tenía en Cadellans un antecedente poderoso aunque no reconocido (quizá por desconocimiento).  
De inmediato me propuse encontrar un ejemplar de la novela. Recorrí algunas librerías de viejo, pregunté en la que yo era habitual (hablo de Fuentetaja) sin que nadie me diera razón. Sería Francisco Solano, narrador y crítico, quien un buen día se presentara con el codiciado ejemplar de Ballet... en uno de los muchos almuerzos que surcaron los mediodías de aquel tiempo, almuerzos en que preparábamos, junto a Ángel García Galiano, el programa radiofónico Libromanía,  Lo había encontrado en la biblioteca de la sede de la hoy desaparecida revista Reseña, de la que entonces era redactor jefe.

Ballet para una infanta

La leí con fruición en muy pocos días y no me defraudó. En aquella novela, ambientada en una ciudad portuaria que podía perfectamente estar situada en cualquiera de los lander costeros de Alemania, estaba Kafka, y Camus, y Walser, y Max Frisch. Era una novela inconcebible en la España de 1958, o de 1959 y más inconcebible aún escrita por un escritor de apenas treinta años al que se suponía alejado del acerbo literario y cultural del que se disfrutaba en la Europa democrática a causa de la realidad dictatorial del franquismo. La novela, que, según he podido leer en las escasísimas, casi nulas referencias periodísticas y críticas que he encontrado (en Internet y al margen de Internet), contó con varios títulos antes de publicarse como Ballet para una infanta (para una infanta difunta, o moribunda, entre otros calificativos), tuvo una suerte crítica muy limitada (pasó casi inadvertida) y quedaría relegada entre el bosque de best-sellers y novelas de entretenimiento que acogía el catálogo de Plaza y Janés de la época. Reflexión filosófica, ambientes brumosos en una ciudad llamada Curlandia, calles enrevesadas y un hermoso palacio rodeado de jardines con las luces encendidas esperando la fiesta (el ballet) en la que encontrará encaje una ambigua e inquietante historia de amor entre Herta y Félix, los dos protaognista.

Las dos ediciones de Ballet. para una infanta.
Germanía en 2000; Plaza y Janés en 1963
Mi impresión fue tal que algunos años después, cuando E. y yo creamos, para la editorial valenciana Germanía la colección de narrativa El Umbral, la reedité bajo ese sello. Fue una hermosa edición empaquetada en un diseño con una fuerte personalidad, claramente diferenciado de las colecciones que a finales de los noventa funcionaban en España. Apareció en 2000 con un prólogo que yo firmé y que ahora publico en el blog La estantería de Al margen y al que cualquier lector puede acceder fácilmente, milagros del ciberespacio. He de decir que la novela en esa nueva edición está desaparecida: es inexplicable que en Internet sólo sea encontrable la portada de la edición antigua, que la bella y austera portada de una reedición impecable esté desaparecida.

El escritor, el ser humano
  
Junto al libro me fascinó el José Vidal Cadellans escritor jovencísimo, enfermo y muy prolífico, nacido en Barcelona y residente en Igualada (donde moriría), con una formación existencial-cristiana, que vivió en los márgenes de la literatura española de la época, que tuvo formación de seminarista y que, cuando murió, tenía en su haber, al menos tres novelas: la del Nadal, No era de los nuestros, y las dos que aparecerían póstumamente, Cuando amanece (1961), y Ballet paa una infanta (1963). A lo largo del año que precedió a la reedición de esta última para Germanía, tomé contacto con su hija, Solange Vidal Torrescasana, que seguía viviendo en Igualada un tanto alejada de lo que fue la vida literaria de su padre. Hablamos muy poco, es verdad, pero la circunstancia que acabo de mencionar despertaba en mí una atracción casi morbosa por la figura de Vidal Cadellans. Después, a fuerza de indagación en Internet y de buscar declaraciones de algunos de sus coetáneos, pude acercarme a una vida discreta de un escritor que vivió "en la provincia" y que era dueño de un poderoso impulso creativo y de una enorme capacidad de trabajo. Una pregunta que me hice en los años posteriores era. ¿De dónde podía venirle el aire de novela centoeuropea, radicalmente moderna, de Ballet para una infanta, a Cadellans?

Creo que junto a un gran cúmulo de lecturas, ayudó a su estilo el intenso trabajo que como versionador y traductor de novelistas europeos o norteamericanos realiz para Plaza y Janés  (la mítica colección Reno) y para otras editorilaes, en algunos casos en colaboración con escritores conocidos entonces como Ramón Hernández. Así, todavía es posible rastrear, en la Red, numerososas obras del sueco Mika Waltari, entre ellas Vacaciones en Carnac, o Una muchacha llamada Osima, del norteamericano de origen polaco Leon Uris o del italiano Curzio Malaparte en cuya portada figura el nombre de José Vidal Cadellans como traductor. Supe que trabajaba en la restauración del patrimonio de la Iglesia en la provincia de Barcelona y que entre sus autores prefereidos estaban Kafka, Camus y Baroja. Y, rastreando en las crónicas del Nadal de 1958 (sobre todo en ABC y en La Vanguardia), he descubierto que escribió poesía, que tenía no pocos poemas guardados quién sabía donde (es probable que su hija sepa de ellos) y he sentido la necesidad de acercarme a ellos, de leerlos y valorarlos en relación con su labor como novelista. Es más, he sabido que presentó un libro de poemas de poemas al entonces prestigioso premio Boscán (lo concedía el Instituto de Cultura Hispánica en Barcelona): ¿qué habrá sido de ese libro? 

Vidal Cadellans es hoy un raro. Un absoluto desconocido. He entrado en la web de la editorial Germanía y la novela ha desaparecido de su fondo. Ni rastro no sólo Ballet para una infanta, sino de la colección de narrativa El Umbral, proyecto efímero que no pasó de los cinco títulos. Problemas de distribución, quizá una escasa conciencia de la dimensión de la obra que acababa de ser publicada y dificultades económicas de diversa índole hicieron que esa nueva edición, con un bello y moderno diseño, pasara casi inadvertida. Tuvo algunas críticas en las que se advertía desconcierto y sorpresa (Luis de la Peña, en Babelia, por ejemplo), pero éstas no sirvieron para restirui la novela al lugar que merecía. Sería bueno corregir ese "insuceso": las editoriales literarias de hoy tienen ahí un desafío no desdeñable. Estoy leyendo estos días una novela anterior de Cadellans: la que fue premiada con el Nadal, No era de los nuestros y, aunque muy diferente a Ballet puesto que tiene un trasfondo existencial y respira una suerte de cristianismo heterodoxo (la huella de Bernanos, de Julen Green, de Malraux) que le da un aire de época cruzado por un inteligente y sutil desafío a las verdades establecidas por el régimen de Franco, me parece una magnífica novela.
 
En este rastreo por las huellas del escritor muerto con sólo 32 años he encontrado dos "documentos" que me parecen muy interesantes para el lector curioso. El primero es el fragmento de una semblanza necrológica que el escritor  y amigo Tomás Salvador publicó, al día siguiente de la muerte de Cadellans, en La Vanguardia:

“Vidal Cadellans, en la docena escasa de artículos que había publicado, motivó otras tantas polémicas. Tenía la virtud de irritar siempre a alguien, de que se enfadaran con él los satisfechos de la vida. Buena cosa es ello: la simpatía es señal de decadencia. Y Vidal Cadellans, enfermo grave, físicamente menos que un niño, no inspiraba simpatía tontonas. Ni llevaba su enfermedad por bandera. En todo caso, su enfermedad era un freno, casi digo que afortunadamente, no por estar enfermo, que esa es cuestión de Dios, sino porque de estar con todas sus fuerzas la literatura de Vidal Cadellans hubiera sido torrencial, algo increíble. Vidal Cadellans escribía cartas de cinco o seis folios a un espacio; sus artículos allá se le iban. Podía escribir treinta o cuarenta páginas diarias de un libro”.
La segunda es una conversación de urgencia realizada por teléfono cuando le fue concedido el Nadal y publicada en ABC el 7 de enero de 1959. Él está ausente, ilocalizable y quien se pone al teléfono es su madre, residente en aquel momento en el pueblo de Relllinás. Lo reproduzco.

"José Vidal Cadellans, ha ganado el Premio Nadal de Novela 1958 con No era de los nuestros.
--No está ¿quién le llama? Soy su madre ¿Pasa algo?
-- Sí, señora, que su hijo ha ganado el Premio Nadal de Novela. ¿Y dónde está su hijo?
-- En Igualada; ha ido a ver a su novia. No tiene teléfono.
-- ¿Qué hace su hijo?
--Trabaja aquí, en la central telefónica. Además se dedica a las traducciones. Tiene treinta años, alto, delgado, lleva lentes. Ha estado varios años enfermo.
--¿Ha escrito algo antes?
--Hace dos o tres años que manda una novela al Nadal. Fué al Boscán de poesía y en el concurso de cuentos de El Correo Catalán quedó segundo.
--Adiós, señora y felicidades.
Llamé a la fábrica donde trabaja la novia, a casa de los dueños de la fábrica, a otra dirección que me dieron...No dí con ella. ¿Dónde se habrán metido".

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...