miércoles, 15 de febrero de 2012

La narrativa española en la era del ciberespacio (y II)

Segunda parte del artículo que lleva el de la entrada del post publicado en La Página, dento del monográfico sobre la narrativa española actual. En él abordo, esencialmente, el debate que se ha abierto a propósito de la llamada "literatura mutante" y del hipotético impacto de Internet y las nuevas tecnologías en el artefacto narrativo. Feliz y paciente lectura.
IV
Al igual que en períodos históricos caracterizados por la confrontación o el debate entre vanguardia y tradición (soy consciente de la simplicidad de la fórmula, pero se trata de ilustrar y aportar claridad), la base teórica “mutante” sería que la novela tradicional ha entrado en una crisis irreversible a causa de los nuevos modos de lectura y de la convivencia con la diversidad y complejidad del mundo y de la cultura que al escritor le aporta Internet. El fragmentarismo y, a la vez, la “mirada Google Earth” hipotéticamente global, la desaparición del argumento, la integración de nuevas formas de expresión en lo que fuera sólo texto —el video, la televisión, la fotografía, el dibujo, la música— serían, así, los nuevos ingredientes de la novela. Incluso se llega a afirmar que la realidad poliédrica generada por Internet da lugar a un nuevo “producto artístico” que acaba con la novela como mecanismo narrativo por excelencia.

Entiendo que para las nuevas generaciones esta propuesta aparezca como una opción revolucionaria. Que para sus promotores, desde Agustín Fernández Mallo hasta Eloy Fernández Porta, vaya por ahí el futuro de la novela y que, para ellos, el escritor haya de reflejar, en el artefacto narrativo, el mundo en que hoy vivimos con el universo añadido que conforma el mundo virtual, la realidad de Internet (Vicente Luis Mora, uno de los críticos y narradores que más ha reflexionado acerca de este fenómeno, lo explica así: “Estamos (…) en una cultura donde la televisión, el cine y las nuevas tecnologías dominan el saber común de los ciudadanos, y cualquier cosmovisión literaria que responda a otra cosa, imaginando que ese cambio no ha sucedido, abunda en estructuras sociales anacrónicas”). Pero, a mi entender, se trata de una teoría tan en apariencia revolucionaria como caótica, limitada y endeble. Es más: es una repetición, quizá más sofisticada gracias a las nuevas conquistas tecnológicas, de teorizaciones surgidas en otros momentos ante supuestas crisis de la novela.

"Reading by the Brooklyn Bridge", de Joep R.

Sólo con echar la vista atrás y revisar los manifiestos, análisis críticos y valoraciones prospectivas publicados entonces, nos podemos dar cuenta de que la propuesta revolucionaria no lo es tanto. Ya en los años 20, el collage, la intertextualidad, la interrelación de géneros y de formas expresivas, la incorporación de la imagen, el fragmento y la visión fragmentaria de la realidad estuvieron presentes, con una fuerza no desdeñable, en la creación literaria. Algo similar ocurrió en la década de los sesenta en USA y en Europa (sus efectos llegaron a España a principios de los 70 del pasado siglo generando una narrativa experimental con muy escasos frutos perdurables e influyendo en autores entonces muy consolidados como Cela, Delibes, los Goytisolo —a quienes debemos, por cierto, los mejores logros de aquella corriente—), con una narrativa que, en los casos más extremos, incorporaba el comic, la fotografía, la cultura radiofónica y televisiva y el cine además de proclamar a los cuatro vientos la desaparición de las fronteras entre géneros.  Esas quiebras de la tradición no sólo afectaron —ni siquiera principalmente— a la novela. Tuvieron también sus efectos en la poesía y en el teatro. Por tanto, la idea de la “muerte de la novela” no es, ni mucho menos, hija de la era de Internet. Viene de mucho tiempo atrás, atraviesa la labor literaria de varias generaciones y ha surgido, casi siempre, en momentos a los que podríamos definir como “de crisis civilizatoria”.   

Eduardo Mendoza, Luis Goytisolo y Mario Vargas Llosa entre los escritores, y Vicente Verdú entre los periodistas, además de algunos de los más significativos representantes de la llamada literatura mutante, han escrito sobre la crisis de la novela tradicional. A mi juicio, las reflexiones más lúcidas los proporcionó el premio Nobel peruano en un artículo titulado “La muerte de la novela” publicado en la revista Letras Libres de marzo de 1999, es decir, hace la friolera de doce años. Aunque Internet, entonces, estaba en mantillas y la propuesta “nocilla” no había asomado en el horizonte, considero plenamente válidas para hoy las conclusiones recogidas en su artículo, conclusiones que se sintetizan en la siguiente afirmación: “Miro a mi alrededor y no veo nada que reemplace a la “novela de sofá” en esta manera soberbia de defenderse contra la miseria de esa condición humana que condena a hombres y mujeres a una sola vida, cuando desean tener mil”. Las servidumbres de la condición humana, la lucha cotidiana por sobrevivir, los sentimientos que han condicionado, desde hace milenios, a los hombres y mujeres de cada época (intensificados en los momentos de crisis), son los elementos que están ausentes de la reflexión “mutante”, centrada en la formalización de la obra, en sus ingredientes estéticos, en la metabolización de distintos mensajes procedentes de distintos estratos y pasadizos de la Red.

Enredados en el ciberespacio. Fernando Vicente
Estoy más cerca, en consecuencia, de la narrativa que aun experimentando con el lenguaje, se sustenta en historias, tiene como base un argumento con capacidad de atrapar al lector y de sumergirle, durante un tiempo indeterminado, en la experiencia irrepetible de ser protagonista de una vida construida con palabras por un autor al que no conoce aunque sepa su nombre. Frente al desorden que nos ofrece Internet, el escritor tiene que proponer un orden en la ficción, intentar explicar verbalmente el mundo: entre otras razones porque la novela no es otra cosa. Y las propuestas con las que experimenta la lllamada generación “nocilla” son, precisamente, otra cosa. Llamémosle hipertexto, literatura electrónica, producto multimedia o collage mediático, pero no lo llamemos novela, ni relato. Es probable que la omnipresencia de la Red acabe por alumbrar un artefacto artístico nuevo (de hecho, se está ya experimentando) con una denominación que ahora no se me alcanza, pero no será novela del mismo modo que, una década después de que Internet se haya hecho cotidiano en la vida “laboral” del escritor, nada que sea distinto al poema construido con palabras ha logrado sustituir a la poesía. Y ello es así porque la proteína, la materia prima, la esencia de poesía y novela es el lenguaje.   

V
Del mismo modo que la novela no ha sido un reflejo fiel del desorden o caos de la realidad (ni siquiera las de Thomas Pynchon o John Barth), sino un nivel distinto, elaborado, de la realidad o una realidad sometida a la intencionalidad y destreza del autor en el uso del lenguaje (un salto cualitativo verbal edificado con ingredientes que proceden de la realidad), tampoco será un reflejo del desorden y de la fragmentariedad que Internet nos proporciona.

Ese factor está presente en narradores, jóvenes y menos jóvenes, que considero expresan lo mejor de nuestra narrativa de hoy. Creo, sin embargo, que buena parte de la literatura mutante es la expresión de cierta retirada ante uno de los mayores retos de la novela de todos los tiempos: la creación de una trama, la estructuración de su desarrollo de tal modo que genere interés creciente en el lector y no hastío. Desde esa perspectiva, se puede hablar de cierto estado de crisis de la narratividad en el abordaje del artefacto novela. También (más de un narrador de lo fragmentario me lo ha confesado) de incapacidad para acometerla: es más fácil, más accesible, renunciar a la lógica implacable del argumento (aunque no sea lineal, aunque tenga una apariencia caótica), al objetivo de narrar una historia y dejarse llevar por la fragmentariedad del mundo, por la parcialidad de nuestra percepción, por el asalto desordenado de imágenes e ideas.


Con ese telón de fondo, creo que la narrativa española de hoy (también la latinoamericana, cuyos autores más jóvenes están cada vez más presentes en nuestro ecosistema literario) debe, además, dar respuesta a una pregunta que no hace mucho oí formular a un joven periodista: “¿Existe la novela Las uvas de la ira de la crisis que desde 2008 estamos viviendo en el mundo?”. En esa pregunta está inserta lo que, en mi opinión, es un componente imprescindible de la narrativa hoy (y que lo ha sido de la mejor narrativa de siempre, fuera más o menos experimental): la preocupación cívica, el relato del mundo contemporáneo, los grandes peligros que acechan a la existencia humana, las sevicias que afectan a hombres y mujeres en las ciudades de la España contemporánea (quien dice España, dice Europa, América, el mundo). Novelistas de los ochenta como Rafael Chirbes, el Manuel Longares de Romanticismo, la Gopegui de sus novelas “sociales” (a pesar del lastre que literariamente arrastra por su enfoque dogmático, casi arqueológico, de las relaciones políticas e ideológicas), entre otros, son el anticipo de una nueva narrativa crítica protagonizada por escritores nacidos en las décadas de los 60 y 70 del pasado siglo como Mercedes Cebrián, Isaac Rosa, Julián Rodríguez, Ricardo Menéndez Salmón, Marta SanzRodrigo Fresán. Cierto que sus propuestas conviven con otras, algunas esencialmente esteticistas y otras de un intimismo radical, pero en mi modesta opinión, lo que requiere el momento presente es un aggiornamento de la literatura crítica, de la novela construida con los dos materiales básicos de toda gran obra literaria: lenguaje revelador, búsqueda en el idioma de nuevas posibilidades, y conciencia crítica, mirada disconforme ante un mundo injusto que, además, vive una crisis global de consecuencias imprevisibles.

Todo ello, sin duda, en medio de un turbión de transformaciones en el “arte de la edición”: el libro digital, los nuevos modos de lectura, la búsqueda de nuevas líneas de negocio, la crisis de las librerías y de la edición basada sólo en el libro convencional, en papel. Transformaciones que, sin embargo, no deben difuminarnos el objetivo esencial: salvar la proteína de la literatura, revalorizar el artefacto novela, afirmar, con hechos y no sólo con meras declaraciones de principios, que en narrativa el medio no es el mensaje ni mucho menos. El mensaje (la novela) es un edificio construido con palabras, sustentado en una historia —sea más o menos compleja o comprensible en un primer nivel— y que ofrece una interpretación del mundo, una mirada sobre los otros. También un goce estético imprescindible. Y no otra cosa, ni otro arte, aunque sea legítimo buscar toda suerte de materiales híbridos en el universo de Internet.    

lunes, 13 de febrero de 2012

La narrativa española en la era del ciberespacio ( I )

En la revista La Página (nº 93/94. 2011), dedicada a la Nueva novela española, se publica mi aportación bajo el título que preside esta entrada en Al margen. La reproduzco aquí con la intención de que sea leída por los frecuentadores del blog (La Página carece de edición digital). También, todo hay que decirlo, para ofrecer un lugar para la opinión a través del comentario. Lo he dividido en dos partes. Quede aquí la primera entrega. Salud y buena lectura.
Abordo esta reflexión sin ninguna voluntad de establecer un mapa de nombres y estéticas. Pretendo, con ella, establecer una visión (mi visión) de la narrativa española de hoy en un contexto especialmente incierto y contradictorio. No se me pida una nómina exhaustiva de narradores ni se me reprochen ausencias (muchas, indudablemente) porque lo esencial del presente trabajo es invitar a la reflexión, a analizar los retos del presente y a intuir las exigencias del futuro.

I
Iniciamos, en España, la segunda década del siglo XXI en medio de una crisis económica sin precedentes. Una crisis que tiene carácter global, que afecta a toda la Unión Europea, pero que tiene efectos especialmente duros en nuestro país. A esa crisis se añade, en el ámbito de la literatura, otra “crisis”: vivimos inmersos en una auténtica revolución de los soportes en que tradicionalmente ha llegado el libro al lector, una revolución tecnológica cuyas consecuencias son hoy imprevisibles. Cierto que es pronto para evaluar sus efectos en el artefacto novela y en el modo de narrar, pero no lo es menos que abre nuevas puertas a la reflexión sobre el futuro, a la teorización sobre una supuesta crisis de la novela (¡otra más!) tal y como la hemos entendido hasta ahora y sobre hipotéticas y diversificadas nuevas formas de escritura.

Aunque en España el e-book ha arrancado con un retraso notable respecto a Estados Unidos y a otros países avanzados, sobre todo de la Unión Europea, y no acaba de consolidar un espacio estable para lectores y editoriales, lo cierto es que poco a poco ese soporte empieza a ser de consumo habitual en un sector significativo de la población lectora. Por el momento es minoritario (muy minoritario), pero lo previsible es que su peso sea cada vez mayor.

Ese doble telón de fondo (crisis económica y revolución tecnológica) que condiciona la literatura y, como consecuencia de ello, la labor del escritor, se refleja, indirectamente, en la realidad cotidiana de nuestra novela: en su presencia comercial, en los temas que aborda, en las políticas editoriales de los distintos grupos y sellos. Antes de abordar el que considero debate fundamental, creo necesario destacar un fenómeno —no sé si nocivo, en todo caso poco favorecedor de la literatura de calidad— cada día más visible: en la última década, la narrativa “de consumo”, en la que se mezclan la novela histórica, la novela negra con trama vaticana, la novela rosa con trasfondo de posguerra, ha ido ocupando un espacio cada vez más relevante en las mesas de novedades de librerías y grandes almacenes. El boom de los autores literarios españoles que sucedió a la llamada nueva narrativa española, que irrumpió en España a mediados de la década de los ochenta y que situó la novela de calidad, el artefacto literario, en destacados lugares de las listas de libros más vendidos, ha pasado a mejor vida. Fueron los tiempos de la aparición y consolidación de autores como Javier Marías, Luis Mateo Díez, José María Merino, Soledad Puértolas, Antonio Muñoz Molina, En rique Vila-Matas, Rafael Chirbes, Manuel Longares, Mercedes Abad, Alejandro Gándara o Almudena Grandes, entre otros. Detenerse hoy ante la mesa de novedades de las librerías, incluso de las que históricamente han sido consideradas como esencialmente literarias es un ejercicio decepcionante: no es fácil encontrar, en el bosque de portadas, obras literarias de calidad, novelas que se salgan de la tipología bestselleriana  antes aludida.

De otro lado, la crisis económica, que ha afectado al volumen de ventas de las editoriales, tanto a las grandes como a las pequeñas, ha reducido la voluntad inversora de éstas en buena literatura, la necesidad de asumir riesgos y apostar por nuevos autores y por políticas de autor. Esto es especialmente sangrante en los grandes sellos. Mientras que la calidad literaria es el leit-motiv, la razón de ser de las pequeñas editoriales, para los grupos más poderosos, con honrosas excepciones (autores muy consolidados, premios Nobel o premios Cervantes y asimilados y poco más), la apuesta por la calidad es el agujero negro, la línea roja a no cruzar. En otras palabras, el “factor crisis” lleva a las editoriales más consolidadas, incluso a las que cuentan con una importante tradición literaria, a seleccionar de manera muy “rigurosa” las novedades: entrecomillo porque en este caso rigor no significa esmero en la búsqueda de la calidad, sino, por el contrario, aplicar como criterio prioritario encontrar el libro con grandes potencialidades de venta. Es decir, el valor comercial de la novela se sitúa por encima de cualquier otra consideración, especialmente las de índole artística.


II
Desde el punto de vista literario, ¿qué panorama tenemos? A mi juicio, la narrativa española de hoy tiende al eclecticismo. Se ha estabilizado una situación de convivencia de fórmulas preestablecidas, que ponen el énfasis en la narratividad, con corrientes pretendidamente innovadoras, que fían lo esencial de la labor novelística en la experimentación. De otro lado, se ha superado con creces lo que al principio de la transición política no pocos críticos (y novelistas) consideraban un lastre heredado: el cosmopolitismo, la proyección exterior, la capacidad de asimilación de corrientes e impulsos procedente de otras literaturas (sobre todo, de la centroeuropea y de la anglosajona) son una realidad consolidada. Ese factor, que a principios de la década de los ochenta del pasado siglo sirvió para descalificar la narrativa más realista de la generación del medio siglo, tachándola de costumbrista (con la excepción de Juan Benet y, en menor grado, de Luis Martín Santos), hoy ha dejado de ser un elemento de polémica. Ni siquiera se descalifica aquel realismo. Lo que se advierte es, quizá, una tendencia que va en dirección contraria: se ha revalorizado. Cada novedad de Juan Marsé, de Luis y Juan Goytisolo, de Caballero Bonald o de una narradora anterior como Ana María Matute, son recibidas por crítica y lectores con un alto nivel de estimación. A este respecto no me resisto a contar una experiencia personal con un significado más que ilustrativo: en 1997, en un programa de libros de una cadena privada en la que yo intervenía como periodista, mantuve una entrevista con Benjamín Prado, que acaba de publicar No le des la mano a un pistolero zurdo, en la que confesaba sus referentes y sus modelos literarios. El mundo del rock, Kerouac, la narrativa norteamericana de los sesenta, cierto desdén por el realismo “costumbrista”, tales eran los ejes de su posición como escritor. Sin embargo, desde hace algunos años su posición es radicalmente distinta: poética y narrativamente hablando. Algo parecido ha ocurrido con Belén Gopegui, que en sus primeras obras y en sus primeros textos sobre su “poética” desdeñaba la función social de la literatura. Sin embargo, hoy, para ambos, la generación del 50, los poetas del medio siglo, la memoria colectiva, la literatura con algún tipo de implicación político-social han pasado a ser ejes de su mundo referencial. Esas anécdotas no se cierran en sí mismas. Expresan, en parte, la situación de nuestra narrativa más joven y una mirada distinta hacia nuestra tradición. No sólo se contempla con otra mirada a los mejores narradores de aquella promoción, sino que, también, se ha proyectado una mirada renovada, no descalificadora, hacia novelistas procedentes de la misma generación pero adscritos a posiciones más radicales, más abiertamente sociales y políticas, próximas al realismo socialista: hace algunos años se reeditó una novela olvidada de Armando López  Salinas, Año tras año, se ha recuperado su literatura viajera y testimonial y es muy reciente el rescate, por una pequeña editorial independiente, de buena parte de la obra de Antonio Ferres, que ha cobrado una merecida actualidad literaria.
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Merino, Mateo Díez y Juan Pedro Aparicio

III
Todo ello nos viene a decir que nuestra narrativa de hoy, en el comienzo de la segunda década del siglo XXI,  es, en su eclecticismo, en su convivencia de corrientes y tradiciones (y generaciones) la consecuencia, más o menos acabada, de un proceso desarrollado a lo largo de treinta años que ha contribuido a su “normalización”. A grandes rasgos (no puede ser de otro modo), este proceso ha tenido las siguientes fases:

1. Los años ochenta, con la transición política, fue una etapa caracterizada por el surgimiento de un fenómeno irrepetible: el que se denominó “nueva narrativa español” o “narrativa española actual”, caracterizado por la recuperación de la narratividad, la exigencia de búsqueda en tradiciones narrativas contemporáneas allende nuestras fronteras, la incorporación del cosmopolitismo y la negación de los impulsos experimentales que fructificaron a finales de los 60/principios de los 70.

2. Los años noventa, período en el que, bajo la influencia del dirty realism de Carver, Ford o Tobias Wolff y de cierta novela norteamericana que se movía entre el tremendismo y el hiperrealismo (con no pocas dosis de casquería en algunos casos: Douglas Coupland), aportaron a la narrativa española trayectorias y obras que llegaron a alcanzar algunos de los premios literarios más prestigiados del país: pienso en José Ángel Mañas, en el poeta Roger Wolff, en Pedro Maestre, entre otros. El Premio Nadal fue, durante varios años, privilegiada plataforma de esa narrativa. De otro lado, en ese período surgió una novela protagonizada por mujeres con un afán irreverente y provocador (Lucía Etxebarría fue el más claro exponente) y nuevas novelistas como Clara Sánchez o Dulce Chacón aportaron una inyección de rigor y conciencia crítica. En todo caso, tanto la novela de la entonces llamada “generación X” como la narrativa irreverente y provocadora escrita por mujeres supusieron una quiebra del rigor que presidió la novela española en la década anterior.  

3. La década del 2000 vivió, en buena medida, la recuperación de una doble memoria por los jóvenes novelistas: la de los últimos años del franquismo y los primeros de la transición de un lado; la de la guerra civil y la inmediata posguerra, de otro. Ambas tareas surgen como un elemento añadido (e imprescindible) a la política de recuperación de esa memoria emprendida por amplios sectores sociales y políticos. Fue una década marcada por Soldados de Salamina, de Javier Cercas, por algunas de las novelas más emblemáticas de Almudena Grandes, de Muñoz Molina, de Rafael Chirbes, y por no pocas novelas que situaban en la centralidad de la temática a abordar (una vez más) una memoria colectiva que si bien había sido tratada ya por nuestra novela (incluso en los últimos años del franquismo), lo era por vez primera por escritores pertenecientes a una generación que había colaborado, como sector más joven, en la construcción de la democracia.

4. Los últimos años de esa década, al calor de la omnipresencia de Internet y de la creciente sofisticación de las llamadas Tecnologías de la información y de la comunicación, hemos asistido a la irrupción de una nueva ola vanguardista: la llamada “generación nocilla”, cuyo ideario en poco difiere de otros experimentos vividos por la literatura española, europea y norteamericana en períodos históricos pasados. Generación nocilla, literatura mutante, fragmentarismo, literatura pangeica (Vicente Luis Mora dixit) entre otras denominaciones, han sido términos acuñados por escritores nacidos entre 1964 y 1975 que han optado por incorporar a su labor literaria los nuevos horizontes tecnológicos.

Esas cuatro fases, expresivas de una evolución de 30 años, son los cimientos sobre los que se asienta el, a mi juicio, esencial debate en que se encuentra inmersa la narrativa española (en español) en el momento actual. Aunque la diversidad de tendencias y tradiciones está ahí (en una pugna cada vez más desigual con la vocación pro best-seller de los grandes grupos) y aunque el eclecticismo parece ser la norma dominante, lo cierto es que la discusión más viva y, a mi juicio, la más interesante y necesaria es la que se ha abierto entre el neoexperimentalismo, basado en el fragmentarismo, representado por la llamada generación nocilla (Eloy Fernández Porta, Agustín Fernández Mallo, Manuel Vilas, Javier Moreno) o “narrativa mutante”, y la defensa de la vigencia de la narratividad, la apuesta por una novela que “cuente historias” partiendo de la idea de que el medio puede condicionar el mensaje pero no convertirse en mensaje, tal y como plantean los teóricos de la literatura mutante, en un neo mcluhanianismo tardío. Dicho de otro modo, para los partidarios de la tradición la novela sigue y seguirá siendo un artefacto literario cuya esencia, cuya base fundamental es el hecho de contar una historia con un lenguaje revelador, ya sea con voluntad de experimento, ya lo sea con la de apurar todas las potencialidades del lenguaje hablado o escrito, es decir, del lenguaje entendido del modo más convencional, más directo.

 (Continúa, en su segunda parte, en el próximo post)

 

viernes, 6 de enero de 2012

Angelina Gatell e Isabel Bono, dos universos generacionales, dos propuestas poéticas, dos mundos

Angelina Gatell con su último libro. Foto Pepo Paz
Angelina Gatell nació en 1926. Isabel Bono, en 1964. Angelina es, sin ningún género de dudas, parte de la llamada generación poética del medio siglo, una generación esencialmente masculina (no me atrevo a utilizar el calificativo machista, los años cincuenta del siglo XX eran otra cosa) que anegó a algunas magníficas poetas (de María Beneyto a Pilar Paz Pasamar) de una talla equiparable a los nombres que han quedado canonizados (de Ángel González a Claudio Rodríguez pasando por Gil de Biedma o José Ángel Valente). Isabel podría formar parte de lo que algunos críticos han considerado como "generación de los ochenta" si no fuera porque sus primeros libros aparecieron en la década de los noventa: yo la ubicaría en una supuesta promoción de poetas del cambio de siglo aun teniendo en cuenta su participación, en primera línea, en la llamada "generación blogger" reflejada en el libro La manera de recogerse el pelo que hace un par de años editó Bartleby. Ambas acaban de publicar sendos libros que enlazan dos épocas, dos realidades históricas (aunque la Historia aparezca de manera sutil u oblicua), a uno de los temas eternos de la poesía (y, en general, de la literatura): el amor.  

La luz de la posguerra

Angelina Gatell proyecta mirada y memoria en los años de posguerra. Es el amor en medio de las ruinas, bajo la desolación en blanco y negro destilada por una dictadura sin ambages y que hoy algunos portavoces de la derecha cultural intentan edulcorar. El título de su nuevo libro, Cenizas en los labios, es expresivo de ese estado de conciencia. En una ciudad marcada por los bombardeos, en la que el silencio de los barrios menesterosos se rompe a veces con las detonaciones de los fusilamientos en las tapias de algún conocido cementerio, se enciende la luz de una felicidad precaria. Aunque Angelina Gatell escribe con ese telón de fondo colectivo, los poemas (o el largo poema) nos cuentan una experiencia radicalmente íntima: el valor de determinados productos, llenos de materia significativa, como las lentejas (es curioso, recuerdo tardes al lado de mi madre limpiándolas de piedrecillas mientras e la radio sonaba Concha Piquer), o de objetos-símbolo de todo un estado de ánimo, como las bombillas de luz amarillenta de viejos soportales, o las lecturas que determinan la formación sentimental y cultural del personaje poético, una mujer civilmente derrotada a la que salva la experiencia amorosa: Bécquer, Miguel Hernández, Antonio Machado, Federico García Lorca, Quevedo... Es la forma de sobreponerse a las ruinas de un mundo derrotado aunque "una niña había sido / para siempre vencida / en mil novecientos treinta y nueve".
Con un lenguaje dúctil, en la que el tono coloquial es cruzado, a veces, por afiladas metáforas ("Temblor envenenado / en el verde-gris de tus ojos, / bellísimos cristales sin sosiego."), la poeta nos lleva, junto a su amante, por las calles de niebla y frío, nos adentra en un teatro, nos hace evocar el campo de castigo del que llega, liberada (es un decir), la persona amada,  nos pasea por un paisaje, en las afueras de la ciudad, que es naturaleza liberadora y pasajera paz.... Ternura, dolor, desolación, melancolía que atrapan al lector como si de una envoltura de emociones se tratara. No es fácil construir una gran poesía con esos mimbres si no se apoya en un lenguaje revelador: tal es el caso. Una gran honda, próxima, con "respiración":

Largos, silenciosos paseos donde,
en un momento dado afluía mi nombre
--golondrina acentuando
la soledad del aire--.
Sólo entonces
tenía la certeza de estar viva,
emanada de ti, de tu costado
adánico y oscuro,
y me sentía
latido entre tus dedos
junto a restos de llanto y nicotina.

Amor en tiempos de mutación

Pan comido es el último libro de esta escritora, bloguera impenitente y observadora de la realidad, que es Isabel Bono. La magia de lo cotidiano impregna la experiencia amorosa, una experiencia vivida en un tiempo muy diferente al de Angelina Gatell.  El tiempo posmoderno en el que conviven diversas tradiciones culturales, en el que las dificultades de la vida se ven cruzadas por la magia de las nuevas tecnologías, en el que Bukowsky, John Fante o Woody Guthrie, conviven con Klee, con Los BeatlesEluard, con Chejov o con Kundera.  Los electrodomésticos que simbolizan lo cotidiano y las obligaciones domésticas, tan lejanas en apariencia (de que sea sólo en apariencia se encarga la poeta Isabel Bono) a la inspiración que genera el poema, las contradicciones, mentiras y dudas del amante, las contradicciones, mentiras y dudas propias, el mundo cuarteado e inseguro del comienzo del siglo XXI, la decepción y la sombra del desamor ("Yo tuve un sueño triste en el que encontraba / la carta que nunca me enviaste"), la alegría de vivir y la tristeza de existir.


Pan comido es un libro estructurado en 12 largos poemas que llevan al lector como hospitalarios toboganes de los que, leído el primer verso, le es muy difícil escapar. El lenguaje de tono conversacional de Isabel Bono está salpicado de chispas de irracionalidad-racional (creo que se me entiende), de imágenes que bordean el surrealismo y que, a la vez, atrapan y sacuden: "Si prendí fuego al jardín laberinto de tus pulmones / no fue por herirte. / Quise comprobar tu pasión y se me fue la mano".  Su verso tiene una sostenida "velocidad de crucero", un ritmo endiablado y envolvente,  combina el sustrato narrativo (todo el libro nos cuenta una historia y cada poema es un capítulo del historia) con un encendido lirismo y en el mundo que describe, hecho de pequeños gestos, de apelaciones a la cultura mezcladas con obligaciones domésticas insorteables, nos reconocemos quienes somos conscientes, cada mañana, de enfrentarnos a la realidad de un mundo en mutación.

Juan Pardo Vidal, en el prólogo, subraya que no es un libro escrito hoy, cuando iniciamos la segunda década del siglo, sino en el año 2000, en pleno tránsito de un siglo a otro. Aunque ese dato no es esencial, sí nos ilustra sobre la mirada que la poeta proyecta sobre el mundo, sobre su experiencia, sobre la suma de referencias que se cuelan en su meditación. En la década posterior, Isabel ha publicado siete u ocho nuevos poemarios. Quizá buena parte de las semillas que han hecho crecer cada uno de ellos estén en este Pan comido  En cualquier caso, se trata de un libro poderoso, que desafía lo convencional, que escapa a las corrientes más o menos establecidas, que mezcla, de manera sabia y reveladora, aquellos dos elementos que configuraron la visión del mundo del biólogo y pensador Jaques Monod  El azar y la necesidad. Azar y necesidad levantados sobre un doble sentimiento amoroso: a quien comparte la vida y a la propia poesía como espacio de salvación. Quede aquí el fragmento de uno de los poemas que más me han gustado del libro, "Si te llaman no es mi voz":

Tú no sabes lo lenta que soy cuando recojo la mesa
al deslizar los cubiertos sobre el plato
para empujar los restos de comida a la basura.
Tú no sabes que prefiero que el helado se derrita
que siempre acabo volcándolo en el suelo
para que el gato se lo coma.
Tú no sabes que el gato se llama Galileo
y que fue mi padre quien le puso ese nombre.
Cuando alguien deja de quererte
el nivel de los pantanos no es un tema prioritario
y yo llevaba una semana olvidando cerrar el grifo
mientras me cepillaba los dientes.
Sin embargo, no encontrar aparcamiento en toda la manzana
hubiese sido una tragedia.
Menos mal que te llevaste el coche.

martes, 29 de noviembre de 2011

¿Censura?: mi frustrado homenaje a José María Millares en el Cervantes

Siempre es bueno dejar pasar un cierto tiempo para valorar los acontecimientos con una perspectiva desapasionada y, por ello, más rigurosa que en caliente. En este caso, el acontecimiento sucedió hace casi un año. No es un asunto banal (no lo fue), aunque para evitar complicaciones y juicios interesados (y, todo hay que decirlo, para no perjudicar a una de las partes, el editor y creador de la prestigiosa editorial de poesía Calambur) preferí dejar que el tiempo pasara para reflexionar con calma sobre lo ocurrido y dejar que la distancia eliminara lastres emocionales.

José María Millares Sall
Vayamos a la historia: el pasado mes de enero tuve no sé si la suerte o la desdicha de vivir, en primera persona, la experiencia de la censura o del veto. Fue con motivo del homenaje póstumo que la editorial Calambur, con Emilio Torné a la cabeza, organizó, en la sede del Instituto Cervantes de Madrid, en honor a la memoria del gran poeta canario José María Millares Sall y con motivo de la concesión, a título póstumo, del Premio Nacional de poesía 2010 a su libro Cuadernos (2000 - 2009). El homenaje se celebró el día 19 de enero (podéis verlo íntegro en Cervantes TV pinchando aquí) y contó con la presencia y la lectura de los siguientes poetas: Alejandro Céspedes, Jordi Doce, Ignacio Elguero, Olvido García Valdés, Ana Gorría, Antón Lamazares, Nieves Mateo, Miguel Ángel Muñoz San Juan y Ada Salas.  Una lista cerrada a última hora en la que faltaban dos nombres: el del autor de este blog, y el de Félix Grande. El primero, por haber sido eliminado el viernes previo a la celebración del homenaje (el 19 era miércoles); el segundo porque no acudió al homenaje por imprevistos problemas de salud, tal y como fue expuesto por Emilio Torné durante el desarrollo de acto.

Lo descrito en el párrafo anterior, con la salvedad de lo escrito en las dos primeras líneas, es la historia conocida. Sin embargo, hubo una intrahistoria. La intrahistoria de un atropello, de un auténtico acto de censura que me afectó personalmente. La instrahistoria se inicia el 4 de enero de 2011, cuando el director de editorial Calambur me llamó para invitarme a participar en el homenaje. La razón de mi presencia, junto a mi condición de poeta y de conocedor de la obra de Millares Sall, era que yo había sido el autor de la critica al libro galardonado. Mi crítica apareció en el diario El País con el título "Pulso existencial" y fue  una de las pocas que se publicó en la prensa diaria (por no decir la única). Mi participación, como la del resto de los poetas, consistiría en la lectura, en la tribuna de la sede central del Cervantes, de un poema del autor canario por no más de tres minutos. Por supuesto, acepté encantado. A lo largo de los días posteriores, Emilio Torné me informó, en alguna conversación telefónica, de la marcha de la organización, de las características que tendría el acto y de los poetas que habían aceptado participar en él. La relación se puede leer en el párrafo anterior y, por ello, no me extiendo.

Pasaron unos días (que aproveché para releer la obra de Millares y para seleccionar un par de poemas para su lectura) y, a la espera del típico tarjetón y de la cita,  me olvidé del asunto mientras la editorial, con la institución anfitriona, organizaba el acto, las invitaciones y el resto de las actividades que exigía cumplir el objetivo que Calambur se había planteado. El día 14 de enero, casi a mediodía, recibí una llamada de Torné. La noticia fue clara y rotunda aunque comunicada con la desolación propia de quien sabía que, para salvar el homenaje, había tenido que tragar con una clara injusticia. Me dijo que las más altas instancias del Instituto Cervantes le habían comunicado, en la voz de su director de cultura  Rufino Sánchez, y en una conversación telefónica, que yo no podía estar en el homenaje póstumo a Millares. Es decir: debía ser borrado de la lista de lectores de poemas. No había explicación, ni razón alguna (le hablaron de horarios y otras excusas nada convincentes) que la justificara. Simplemente que Manuel Rico no podía estar. Mi primera reacción fue expresar públicamente mi protesta ante tan intolerable exigencia y llamar al Cervantes para que alguien me explicara las razones de la misma, pero Emilio Torné me dijo que eso pondría en peligro el homenaje, que en él estaba comprometida la familia del poeta y el resto de los escritores y que no podía arriesgarse a que todo se fuera al traste. Lo entendí e hice un monumental esfuerzo de racionalidad.

Estuve presente, entre el público, en el homenaje. No vi al citado director de cultura. La directora del Instituto intervino brevemente en la apertura y a los pocos minutos desapareció. Supe, al principio del acto, que el poeta Félix Grande, había excusado su asistencia por razones de salud. Me llamó aquella noche para expresarme su solidaridad y su desconcierto: me dijo que no podía entender lo que había ocurrido con mi exclusión. Digo más: añadió que era la primera vez que tenía noticia de semajante actuación en su ya larga relación con el Instituto. Ése era su problema de salud, estoy seguro.

Algunos amigos íntimos me aconsejaron en aquel momento escribir un artículo denunciando aquella actuación. "Si no en el periódico, al menos en tu blog", me decían. Sin embargo, opté por la responsabilidad y por salvaguardar el compromiso con Calambur. Sí trasladé al antes citado director de cultura (en breve, para vergüenza de quienes vivimos aquel episodio y para quienes creen en la libertad de expresión, será director en el Cervantes de Recife, Brasil) mi protesta por correo electrónico. Su respuesta, tras insistir mediante otro correo ante su silencio, fue elusiva, brevísima y vergonzante. Me decía que era una actividad organizada, cito textualmente, "con la misma normalidad que el resto de actividades que se realizan en esta casa". Aquel e-mail no hizo sino dar mayor gravedad al asunto: yo había trabajado 3 años en tareas de dirección en el Cervantes y nunca, bajo ningún concepto, se había vetado a nadie en ninguna actividad propuesta por editoriales u otro tipo de entidades con un mínimo de solvencia cultural. Su nota hacía todavía más incomprensible el despropósito. Pensé que si la "normalidad" era aceptar o excluir a escritores, una institución de tanto prestigio como el Cervantes tenía un director de cultura (y a quien por encima de él legitimaba su actuación) instalado en la anormalidad, en la excepción. Es decir, en la censura.

Pronto se cumplirá un año de aquel "insuceso". El Cervantes, con toda probabilidad, habrá cambiado, para entonces, en su máxima responsabilidad. Creo que sólo una concepción abierta, tolerante, plural e integradora de la cultura puede dar pleno sentido a una institución que este año 2011 ha cumplido un cuarto de siglo. Mi identificación con la izquierda política y con los movimientos sociales y culturales progresistas casi desde la adolescencia me hace desconfiar de que ello sea así tras el triunfo del Partido Popular. No obstante, trabajaré a fondo, en mi condición de escritor y con mis modestas posibilidades, para que un episodio como el que aquí he relatado no vuelva a tener lugar. En todo caso, mantengo desde entonces una incógnita que nadie ha resuelto: ¿por qué razón se produjo aquella exclusión? "The answer, my friend, is blowing in the wind", que diría Bob Dylan

jueves, 17 de noviembre de 2011

Lo esencial: el mundo de la cultura y el 20-N

John Steinbeck
Durante los años treinta y cuarenta del siglo XX, el mundo de la cultura vivió de manera intensa las consecuencias económicas y sociales del crack del 29. Hoy no nos es posible desvincular las grandes novelas de Steinbeck, de Faulkner, de Dos Passos o la poesía de Carl Sandburg, o Edgar Lee Masters, de aquella dramática coyuntura. El mundo, conmocionado por una crisis estructural, intentaba primero explicarse las razones que habían llevado a millones de familias a la miseria y, después, encontrar soluciones que permitieran su reconstrucción sobre unas bases distintas. En esa tarea, la labor de escritores, cineastas y artistas plásticos fue de una gran importancia.

Aunque no hubiera una relación mecánica entre cultura y política, las preocupaciones de fondo de la literatura de la época estaban relacionadas con un impulso de las ideas redistributivas que se abrían paso en la economía en la posguerra norteamericana y europea. Galbraith sucedía a Keynes y en Europa la clave de una sociedad atenta a los más débiles descansaba en la creación de poderosos sistemas de protección social y de eficaces servicios públicos, desde la educación o la sanidad hasta el sistema de pensiones. La literatura crítica no sólo denunciaba las injusticias o recuperaba la memoria colectiva más dramática —Grass, Böll, Martin Walser, Hesse, Camus, Sartre, los “jóvenes airados” de Gran Bretaña —, sino que coadyuvaba a tales avances en el convencimiento de que en cada paso en esa dirección había un empeño moral, un paso hacia la felicidad colectiva. Los mercados o tenían conciencia de la necesidad de limitar beneficios a favor de una sociedad menos injusta o una prevención enorme ante las exigencias de sindicatos y otras organizaciones sociales y ante el referente igualitario que suponía la mera existencia del comunismo en el Este. Y, en tanto, la literatura descendía a las realidades sórdidas, dibujaba las contradicciones sociales o realizaba prospecciones sobre el futuro (Aldous Huxley, George Orwell) en busca de sociedades menos vulnerables a los azares de una economía que, pese a todo, se sustentaba en la lógica del beneficio propia de toda sociedad de mercado. Leyendo las memorias de Günter Grass, o revisando la historia del Grupo 47, parte de cuyos miembros fueron soporte de las campañas electorales de Willy Brandt o activistas contra toda mirada complaciente hacia un pasado ignominioso o contra los retrocesos sociales, se advierte que históricamente el intelectual progresista ha combinado la crítica a la fuerza hegemónica de la izquierda, el SPD, con el apoyo firme en momentos decisivos

En España, la relación del intelectual con la política, especialmente con la izquierda representada en el PSOE, tiene algo de ciclotímica. A grandes idilios suceden gigantescas desafecciones. También aparece marcada por la culpa, por la mala conciencia y por la desconfianza. Incluso hoy, en medio de la más grave crisis en ochenta años, no es difícil encontrarse con la mirada simplista, con la actitud equidistante, con la renuncia a intervenir más allá de lo testimonial. Es casi un lugar común la reiterada tendencia a sucumbir al desencanto, a convertir errores políticos coyunturales (por ejemplo, reconocer tardíamente la crisis) o renuncias marcadas por la dureza del contexto (ejemplo: evitar el rescate y la intervención de nuestra economía en mayo de 2010), en excusas para la enmienda a la totalidad, para la descalificación al conjunto de una política. Es decir, a ser, más que la conciencia crítica del partido mayoritario de la izquierda o el prescriptor del voto a partidos minoritarios, el soporte intelectual de las posiciones abstencionistas, del voto en blanco, de un apoliticismo ácrata cuya consecuencia última (seguramente no pretendida) es facilitar el acceso al poder de la derecha. Falta el término medio basado en el rigor en el análisis, en la frialdad de mente frente a la tentación de la demagogia.

Günter Grass fue activista  en las campañas del SPD
Estar con el 15-M no es, a mi juicio contradictorio ni con el voto ni con la claridad de ideas respecto a la necesidad de apostar por un gobierno más sensible a las políticas reequilibradoras. No se trata del mal menor, sino de rigor, de coherencia. De evaluar, junto a la crítica a las derivas erráticas de un gobierno y a la exigencia de más democracia y más transparencia, qué propuestas permiten avanzar en la Europa social y limitar el poder de los mercados (pese a las nada desdeñables dificultades objetivas), afirmar la civilidad, profundizar la democracia, dignificar y extender la cultura, la educación, el laicismo, los servicios públicos, las políticas por la paz, la afirmación y ampliación de los derechos individuales y colectivos, comenzando por el derecho a la vivienda y acabando por el derecho al aborto, o al divorcio o a una radiotelevisión pública plural y volcada en objetivos de calidad, en la erradicación de la zafiedad y de la telebasura.

Ése es el núcleo, el elemento esencial ante el que el intelectual progresista no puede ser neutral aunque sea crítico, incluso radicalmente crítico, con el balance de un gobierno. Stéphan Hessel, autor de Indignaos y nada sospechoso de conformismo, lo dejó claro en Madrid el pasado mes de septiembre cuando presentó su ensayo Comprometidos. Vino a decir que admiraba a Zapatero y que en caso de tener que votar en España, optaría por el candidato socialista. Demostraba, con ello, clara conciencia de la complejidad de la realidad española y europea y de la necesidad de evitar el triunfo de las políticas más retardatarias y ultraliberales. Más que voto útil, se trataría de responder a una pregunta básica: ¿quién puede contribuir mejor a los avances democráticos, a abrir vías de participación, a establecer un diálogo con los movimientos sociales y culturales, incluso con el 15-M, a establecer mecanismos reguladores en el funcionamiento de los mercados? La respuesta parece obvia.

Al igual que sería un contrasentido castigar a Obama por perder —si así ocurriera al final— la batalla por la sanidad pública y posibilitar con ello un gobierno inspirado por quienes la ganaron y por el tea party, castigar al PSOE por parecidos “pecados”, no llevará, seguro, a un gobierno más a la izquierda, más reequilibrador y más democrático. El resultado, más bien, se situará en las antípodas. Y… ¿por cuánto tiempo? He ahí el nudo del problema: la cuestión esencial que el voto (o la abstención) dirimirá. Ni más ni menos.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Sylvia & Ted, un libro excepcional leído tardíamente

En abril de 2010, en la Feria del libro de poesía de Soria, Trinidad Ruiz Marcellán, la directora y promotora de la editorial Olifante, me regaló un libro de llamativo título. Sylvia &Ted. Su autor, para mí absolutamente desconocido entonces, era (es) David AceitunoPor la tarde de aquel día (creo que era sábado, un día antes o un día después del Día del Libro) yo leía poemas con Amalia Iglesias en el Casino Amistad Numancia y no estaba entre mis prioridades del momento sumergirme en el libro. Lo guardé y sólo  a mi vuelta a Madrid le eché una ojeada. Recuerdo que antes de abrirlo pensé que se trataba de una recreación de las vivencias en común del matrimonio que durante 6 años, entre 1956 y 1962, formaron Sylvia Plath y Ted Hughes, pareja mítica de la literatura universal. O de un breve ensayo sobre la relación entre las poesías de uno y de otra. Sin embargo, tras leer el espléndido y sintético prólogo de Gonzalo Torné y adentrarme en sus páginas, viví una experiencia apasionante. El libro está compuesto de poemas. En ellos, Aceituno abordaba un recorrido, entre lo emotivo, lo psicológico y lo literario, por una historia en la que el amor y el desamor convivieron durante un tiempo. Por cumplir con algún encargo de crítica a un libro que hoy no recuerdo, tuve que interrumpir la lectura y dejarla para otro momento. Coloqué el libro en un lado de la mesa de mi cuarto de trabajo y a lo largo de las semanas posteriores, sobre Sylvia & Ted se fueron acumulando novelas, poemarios y ensayos de toda índole, enterrando el libro durante un largo tiempo. Otras lecturas y otros encargos fueron distanciándome de él en las semanas y meses posteriores. Hasta el punto de que llegué a olvidarme de dónde lo había dejado. Incluso llegue a creerlo perdido sin remedio. Hace unos días, limpiando y ordenando la mesa, lo encontré. Fue una sorpresa y,  a la vez, una invitación a recuperar la experiencia de lectura interrumpida casi un año antes. Si las bicicletas, tal y como señaló Fernando Fernán Gómez, son para el verano, las lecturas en soledad de libros recuperados que se creían para siempre extraviados son para el otoño.

Sylvia & Ted está compuesto de poemas con una alta carga emotiva,  hondos, escritos con un lenguaje que mantiene un portentoso equilibrio entre lo conversacional y lo revelador. David Aceituno ha  metabolizado la poesía de ambos y, sobre todo, ha asimilado la tormentosa biografía de la Plath, su dolorosa experiencia de lo cotidiano, especialmente la desatención de Hughes, la soledad experimentada al lado de sus hijos y la herida, de consecuencias trágicas, que le produjo la marcha de Ted con su amante Assia Wevill. Sylvia Plath se suicidó el 11 de febrero de 1963 acabando con una vida que se le había hecho insoportable. Aceituno da voz a cada uno de los personajes que protagonizan lo que fuera una historia real. Ted medita, habla con Sylvia, se compadece o se arrepiente. Sylvia se dirige a Ted, recapacita sobre la soledad, sobre la depresión, sobre la imposibilidad de vivir, monologa con Assia, imagina a los amantes. Pero tales procesos meditativos no son construidos por Aceituno a partir de abstracciones. Cada uno de ellos es consecuencia de una anécdota o de un capítulo concreto, extremadamente concreto, casi siempre doloroso para ella y generador de mala conciencia, de tensión e ira, para él.

Por ejemplo: Ted habla de su conversación con Jillian, la amiga de Sylvia en cuyo domicilio ésta se refugió dias antes del suicidio, minutos después del entierro de la propia Plath: "El día de tu funeral le dije a Jillian que nadie te soportaba". Por ejemplo, Sylvia descubre que es engañada: "Supe que todo se había roto /cuando vi que tu traje favorito te quedaba algo más grande".  Por ejemplo, la amante Assia dirigiéndose a Sylvia intentando exculparse por seducir a Ted: "Lo único que hice yo / fue pasar por allí, / poner mi hocico en la tristeza, /husmear una parcela de futuro". Momentos de escritura, peticiones de perdón, súplicas, lecturas de poemas, conferencias impartidas en diversos foros. Parcelas de una biografía que Aceituno recrea a la luz de sus lecturas de la poesía de ambos y tras un poderoso esfuerzo de asimilación de los recovecos psico-emocionales de cada uno de ellos.  Ahora bien: aunque las raíces de todos y cada uno de los poemas de que se compone están en el mundo compartido por Sylvia y Ted, hay que decir que la destreza, el talento y la intuición de David Aceituno los convierte en artefactos absolutamente autónomos, independientes, con sentido en sí mismos.

Es, sin duda, uno de los mejores libros que ha leído en este tiempo. Un libro que lamento haber leído tardíamente. Un libro con múltiples lecturas, polisémico, que es invitación a la relectura y una llamada a la complicidad sentimental, a la apropiación, por parte de cada lector o lectora, del universo recreado. Aceituno, sin ninguna duda, asumió un desafío muy difícil, casi imposible de saldar con éxito. Pues bien: ha sabido afrontarlo y nos ha dejado un poemario de muy alto voltaje. Un poemario que, lamentablemente (aunque haya que asumirlo con deportividad), ha sido silenciado en los medios de comunicación de mayor peso de nuestro país. Y, más allá, del universo de la lengua castellana.

Os dejo con este poema, titulado "Segunda fotografía", en el que Aceituno nos muestra la calidad y la hondura de su sabiduría poética diseccionando la fotografía que sobre el poema se reproduce:


La mirada de Sylvia como un poema no escrito.
Incluso el biógrafo más severo hablaría de amor: 
no desea poseer al objeto amado porque ya le pertenece.
Una mano podría deslizar su diadema 
hasta taparle los ojos 
y todo seguiría igual.

"Los contrastes se agudizan en las fotografías antiguas",
dice el aficionado, "el color negro impera en Ted
porque el blanco consume a Sylvia".

De la gente con labios finos suele decirse que tienen mala luna,
que son avariciosos y posesivos.
Lo que no se dice es que necesitan poseer para destrozar lo poseído.
Mirad la geometría de su rostro: el dios indestructible
de la corbata negra.
¿Qué se oculta tras su frente?
¿Un mentón es un presagio?
¿Quién de los dos será la primera víctima?



miércoles, 2 de noviembre de 2011

Las "provocaciones" de Alberto Olmos y su viejo y conocido trasfondo

En El Cultural de El Mundo correspondiente a la semana del 14 al 20 de octubre, leemos, en portada y sobre un fondo constituido por el rostro en primer plano del autor que protagoniza uno de los reportajes largos de la revista, el siguiente titular: "Alberto Olmos. El último provocador de nuestras letras ataca en Ejército enemigo, su última novela, la corrección política que invade la literatura". El titular, obra de Nuria Azancot, la entrrevistadora, invita a conocer a un autor sin pelos en la lengua, cuya literatura supone una provocación a las verdades establecidas y un desafío a lo que él denomina "corrección política". Es un buen argumento para generar expectativas, vender el suplemento y, a la vez, ayudar a la venta de ejemplares de la novela glosada.

Alberto Olmos.
De la entrevista a Olmos llama la atención su juicio sobre dos aspectos, que creo esenciales, de nuestra realidad literaria. Olmos, jaleado por la entrevistadora, ha publicado, según se lee en la entradilla "una diatriba implacable contra la solidaridad y su fracaso". En efecto, a lo largo de la entrevista, el joven narrador se extiende en una serie de opiniones relacionadas con la política , con el compromiso de determinados artistas y con principios como la solidaridad, la moralidad del compromiso, sobre los ejemplares que uno ha de vender para considerarse escritor que, lejos de suponer una provocación con la mirada proyectada hacia el futuro, como hace suponer el título del reportaje, es una suma de lugares comunes que, en cuanto se araña mínimamente, conducen a la defensa del mundo tal y como ha sido concebido por los sectores dominantes: es decir, su provocación, desde el punto de vista político, está cargada de las convenciones de la derecha más rancia, más descalificadora del compromiso del intelectual que pulula por nuestro país.

No entro en el contenido de la novela, que no he leído, sino en la panoplia de juicios sobre todo lo que no esté relacionado consigo mismo y con su vocación de escritor de éxito. Olmos afirma que su libro ha sido inspirado, entre otros, por aquellos "artistas que disfrutan de vidas regaladas desde que vinieron al mundo, que jamás han tenido problemas para conseguir trabajo o ni han tenido que cargar cajas o atender en un call center". ¿A qué artistas se refiere?, se pregunta el lector. Porque en todos los ámbitos de la sociedad, algunos mucho más dañinos para la vida cotidiana de los ciudadanos, hay gentes que disfrutan de vidas regaladas desde que vinieron al mundo. Precisamente, en el de los artistas es en el que quizá hay menos personas con vida regalada desde que nacieron. Poco después, siguiendo la lectura de la entrevista, nos enteramos de quién se trata: "es que el discurso del progre solidario", afirma Olmos, "me pone histérico: me ofende esa gente que disfruta del capitalismo salvaje pero que como está afiliado a Unicef o a Greenpeace, se siente libre de toda culpa, va a manifestaciones y da lecciones para salvar el mundo". Ahí le duele. Estamos ante un argumento muy parecido al que enarbolan los columnistas de determinados medios relacionados con el conservadurismo más extremo contra todo artista, si es conocido con más razón aún, que defiende posiciones progresistas, que se manifiesta con los parados, con las causas ecologistas, por la paz, los que encabezaron el "no a la guerra" en 2003-2004. Es decir, "los de la ceja" en algún caso, los que sintonizan con Izquierda Unida en otros, los que salen a la calle hombro con hombro con los sindicatos en los de más allá o los que han estado, el 15-M o el 20-O en la Puerta del Sol.

No sabemos si Alberto Olmos preferiría artistas, acomodados o no, indiferentes ante las tragedias humanas, encerrados en la urna de cristal, o si de lo que se trata es de criticar las causas por las que esos artistas se movilizan o se asocian (sea en Unicef, sea en Greenpeace): la solidaridad, la paz en el mundo, la lucha contra el hambre. Prefiero un noble comprometido con las causas de progreso (véase el caso, en la Italia de los años 70, de Enrico Berlinguer), o un empresario encabezando iniciativas en esa dirección que dedicados sólo a lo suyo o ejerciendo de puros defensores de sus derechos de casta o de clase. Parece ser que el personaje de su novela es de los que se "despachan" contra esos artistas y critican la solidaridad "fracasada". De lo cual, se deriva que ésta sería una causa errática. En consecuencia, no se trata de una provocación innovadora en el campo de las provocaciones. Se trata de alinearse con viejas acusaciones aunque, eso sí, llegando al grado de histerismo (porque el compromiso de otros, tal y como responde a Nuria Azancot, le ofende y le pone histérico)..

Claro, después de moralizar con vehemencia acerca de la inoportunidad del compromiso con determinadas causas, Olmos, intentando distanciarse de la intencionalidad política de las últimas novelas de Belén Gopegui, añade: "los escritores no somos ni sacerdotes ni moralistas y (que) la literatura debe ser espectáculo". ¿En qué quedamos?

A ese abanico de afirmaciones relacionadas con la política, agrega unas cuantas relacionadas con la literatura y en las que transpira una cierta vocación por emular la peripecia de los best-seller, aunque diciéndolo de manera oblicua. Dice Olmos: "yo no puedo ir a la calle y creerme escritor si sólo me leen quinientas personas".  Es obvio que el novelista tiene ambiciones. No sé si literarias: desde luego sí de que compren sus libros. Ése deseo forma, sin duda, parte, del catálogo íntimo de deseos de todo autor de un libro: vender el mayor número de ejemplares posibles. Pero vincular las ventas masivas al convencimiento propio sobre la condición de escritor va una gran distancia. La que va de la boutade a la afirmación rigurosa. Acerca de ello ha escrito un magnífico artículo Ignacio Echevarría titulado "¿Cuántos lectores necesita un escritor?". Leamos un fragmento:

"Quinientas personas, a Olmos le parecen pocas. Eso despeja el panorama, pues de un plumazo se barre con un elevadísimo porcentaje de quienes se toman por escritores, ilusos ellos. Para ir por la calle creyéndose escritor él necesita que lo lean cuántos: ¿mil, diez mil, veinte mil? Y ese número, ¿establecería algún tipo de grado o de precedencia? Quiero decir, ¿se es más escritor si te leen diez mil que quinientos? Bueno, claro, en cierto modo sí. Lo que pasa es que, conforme a ese criterio, escritores-escritores, de esos que pueden ir por la calle diciéndose, muy ufanos, ¡soy escritor!, lo son, sobre todo, dejémonos de gaitas, Carlos Ruiz Zafón, o María Dueñas, o Arturo Pérez Reverte. Por debajo de ellos, sumidos en dudas cada vez más desgarradoras acerca de sí mismos según se desciende en el escalafón, estarían los demás, hasta llegar a ese montón innombrable de quienes publican libros que apenas venden quinientos ejemplares."
Aviso para navegantes, sobre todo para poetas, premios nacionales y de la crítica incluidos: no deben considerarse escritores si no los leen más de quinientas personas. Es, sin duda, su opinión. Una opinión legítima y respetable, pero que no puedo compartir. El número de lectores de un libro depende de factores que van del sello editorial que lo publica hasta la distribución pasando por la provincia en que sale o la repercusión en los medios. En todo caso, hago mías las palabras de Echevarría.

Por último, Nuria Azancot cuenta de él: "asegura ser un lector 'cargado de prejuicios' que no lee novelas sobre la guerra civil, el holocausto ni premiadas, pero que siente gran curiosidad por los creadores más jóvenes, aunque algunos 'sean deleznables' ". Casi nada. Eso no es ninguna provocación sino sumarse a una corriente tan real como la vida misma y alineada, en la mayor parte de los cosas, con una visión conservadora del mundo. Son muchos los artículos en contra de la recuperación de la memoria histórica, en contra de las novelas sobre la guerra civil o sobre el Holocausto: "quien pierde la memoria, pierde identidad", escribió y cantó Raimon. Deduzco, por ello, que entre los "deleznables" de los creadores más jóvenes están las que aluden , directa o indirectamente, a esos temas o a la memoria que de ellos perdura en el presenteo: pienso en Isaac Rosa, en Menéndez Salmón, en Marta Sanz,  en tantos otros.

viernes, 14 de octubre de 2011

Símbolos de un tiempo oscuro: insultos de piedra

Cuando se reflexiona sobre la pervivencia de símbolos del franquismo en Madrid suele aludirse, casi en exclusiva, al Valle de los Caídos, a su presencia como expresión de la imposición de la dictadura a la voluntad democrática de los españoles, como testimonio, en piedra, de la más dura represión, de la condena a trabajos forzados de miles de republicanos, de las penalidades indecibles que, por el "delito" de defender a las instituciones democráticas, tuvieron que sufrir miles de demócratas. 

El monumento de Lozoyuela. Perspectiva completa

No se alude, sin embargo, a la humillación silenciosa que permanece en muchos pueblos pequeños de la región. Madrid no sólo es su capital, ni su área metropolitana. Madrid se compone, también, de más de un centenar de pequeños municipios a los que, a veces, quienes viven en la capital, tengan la edad que tengan, asoman en alguna excursión o por motivos que no hacen al caso. Son lugares poco conocidos en los que, sin embargo, los símbolos del franquismo más duro se mantienen intocados. Conozco, por razones íntimas y literarias (que, seguro, no escapan a los lectores de este blog) muchos de los pueblos de la sierra norte madrileña. Pues bien, en buena parte de ellos se mantienen plazas y calles con los nombres de generales y otros personajes de la dictadura. Las "plazas del Caudillo", o las avenidas o calles de "José Antonio Primo de Rivera", son, entre otras, el pan de cada día en esas localidades. Es como si la alargada sombra del fascismo español se hubiera proyectado con especial dureza en esa zona. Han pasado más de setenta años desde el final de la guerra, varias generaciones han crecido ya en democracia, pero la simbología fascista ahí permanece.

Por razones diversas, he tenido que indagar en el pasado de este territorio, sobre todo en el de los años de posguerra. Es un pasado que está lleno de zonas oscuras, de sevicias, de atentados al derecho internacional, de crímenes contra la Humanidad. Presos que construyeron el ferrocarril Madrid-Burgos, presos que levantaron la presa de Riosequillo, a tiro de piedra de Buitrago de Lozoya, presos que edificaron las estaciones de Bustarviejo (donde aún son visibles los barracones donde dormían) y de otras localidades, presos que vivieron humillaciones sin cuento en el ya aludido Bustarviejo, en el campo de trabajo de Garganta de los Montes, en el destacamento penal de Chozas de la Sierra, en Venturada.... Es decir: presos, presos, presos que estuvieron cautivos y trabajando para redimir penas, hasta bien entrada la década de los cincuenta.

Detalle: parte trasera del monumento. Lozoyuela
Pues bien, hace un par de semanas, paseando con unos amigos por el pueblo de Lozoyuela, situado en el kilómetro 69 de la Nacional I, me sorprendió encontrar un auténtico santuario dedicado a Franco y al franquismo. Está proyectado hacia la carretera aunque no es visible desde la misma porque las mamparas anti-ruido no lo hacen posible. Pero sí se puede ver, en su totalidad, paseando por el interior del pueblo, en su límite sur. Dos reproducciones, en piedra, del yugo y las flechas de falange y una cruz en medio, también en piedra, con el archisabido "caídos por Dios y por España", insultan al caminante, se burlan de la Constitución, pisotean la memoria de los vencidos, de los fusilados, de los desaparecidos y escupen sobre la voluntad de construir, de manera definitiva, un país radicalmente democrático. En las fotografías que reproduzco, tomadas al atardecer, podéis ver la dimensión del desmán.

Una semana después, paseando por el hermoso pueblo de Pinilla del Valle, en pleno idem del Lozoya, el amigo que nos acompañaba, señaló un texto pintado en el muro de su iglesia parroquial (de magnífica fachada barroca): "José Antonio Primo de Rivera. ¡Presente!". Repito: en la puerta de la iglesia, bien visible, sin alusiones a otros "caídos". Como puede verse en la fotografía, la letra está cuidada, la pintura renovada y aparece tan visible que casi te asalta al llegar al pórtico: es decir, una auténtica provocación.

Si uno recapacita sobre la derecha que nos está tocando vivir en España, una derecha que, a la altura del actual 2011, se ha negado a calificar el levantamiento contra la República de golpe de estado y a condenar el franquismo, y piensa en el horizonte del 20-N no puede por menos que sentir un cierto temor y mucha prevención. La derecha (el Partido Popular y algunas variantes de formaciones independientes) gobierna muchos de estos pequeños pueblos y nunca ha tenido un mínimo gesto de compasión con quienes durante décadas han vivido bajo el silencio al que les obligaba sus viejas militancias izquierdistas, o el hecho de tener familiares que fueron encarcelados o fusilados... La humillación permanente a lo largo de 40 años se prolongaría, trocándose en impotencia y miedo, durante la transición y en lo que llevamos de democracia. Los símbolos se mantienen no sólo porque esa derecha incivilizada, que añora los tiempos de la dictadura, ha impedido por todos los medios que desaparecieran. Se mantienen, también, por el miedo los las gentes de izquierda, de los vecinos que han arrastrado y heredado de padres a hijos una memoria cruel, terrible, aterrorizada. Y, por supuesto, por la falta de coraje y de firmeza democrática de quienes han gobernado y gobiernan.

Iglasia de Pinilla. Lema grabado en el pórtico

En la Comunidad de Madrid, gobernó Leguina durante doce años y muchos de sus consejeros visitaron estos pueblos, en los que la inversión del gobierno regional hizo auténticos milagros en la mejora de la calidad de vida, de las infraestructuras, de los servicios. Pues bien, esa simbología se mantuvo intocada. Sólo en algunos pueblos se renombraron plazas de nombre sedicioso con el de plaza de la Constitución, pero poco más.  Después vinieron Ruiz Gallardón y Esperanza Aguirre: no parece que fueran los más adecuados gobernantes para proceder a una operación que es infnitamente más que un "lavado de cara" de los pueblos: es una adaptación radical y valiente a la democracia.

¿Alguien puede imaginar, en la Alemania de hoy la existencia de una "plaza del Führer", o de una "avenida Adolf Hitler", o de una "travesía del Tercer Recich"? ¿Y en la Italia democrática plazas dedicadas de Mussolini, al conde Ciano o a la "Marcha sobre Roma"? No, ¿verdad?. A todos los alemanes e italianos con un mínimo de conciencia democrática les avergonzaría. Pues a mí me avergüenza, me llena de ira, me produce una infinita desolación la presencia de los citados símbolos en estos pueblos. El partido socialista, una de las víctimas esenciales del franquismo, ha gobernado en España, entre unas legislaturas y otras, más de 20 años. En la Comunidad de Madrid, nada menos que doce. Pues bien, de poco ha servido en estas pequeñas ciudades: si algún demócrata, o progresista del pueblo ha pensado alguna vez en exigir la erradicación de tales ignominias le ha vencido el miedo y, quizá, la falta de firmeza de sus gobernantes.

En mi novela La mujer muerta intento arañar en la memoria atormentada de estos pueblos. Escribo sobre la presencia, más de medio siglo después del final de la guerra, de los fantasmas que perviven en la conciencia de sus habitantes. En Trenes en la niebla, con la recuperación de la experiencia colectiva de un campo de trabajo en uno de sus pueblos, intenté concretar en una realidad que fue "real", mensurable, esa conciencia. Pues bien, estas fotografías son la evidencia terrible de que esos fantasmas no han muerto: están muy vivos y los alimenta una derecha que nunca pensó que podría dejar de ser quien rigiera los destinos de este país.


Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...