miércoles, 10 de agosto de 2011

Raúl Zurita, el poeta de "Cuadernos de guerra" y del profundo Chile

El pasado mes de abril, en la Feria del Libro de Soria, especializada en poesía, pasé, entre otras, por la caseta de la pequeña editorial Amargord. Allí, un entusiasta editor (¿era José María de la Quintana?: probablemente, pero no puedo asegurarlo) me entregó un libro que --lo digo con mala conciencia-- desconocía. Se trataba del último poemario del chileno Raúl Zurita (Santiago de Chile, 1950), de título más que ilustrativo, Cuadernos de guerra. Me lo llevé con la intención de escribir una crítica para Babelia aunque no me metí con él de inmediato. Otros encargos se cruzaron en el camino y sólo a mediados del pasado mes de julio pude iniciar su lectura. Aun siendo consciente de que estaba frente a la nueva obra de uno de los grandes poetas de Chile y, más allá, de América Latina, no dejé de gozarlo como si me enfrentara a un gran poeta recién descubierto. Lo he leído de dos "tirones" hasta quedar extenuado: no por cansancio, sino por la alta tensión emocional, por la dureza del universo que Zurita nos dibuja, por la atormentada (y lúcida) reflexión a la que nos invita.

Sin embargo, sólo al concluir su lectura y tras escribir el borrador de la crítica, descubrí, con cierta vergüenza y algo más de mala conciencia,  que no es un libro de 2011. Fue editado en 2009 y presentado en Madrid por el propio Zurita: ni fui consciente, entonces, de su edición, ni me enteré de su lectura pública. Es decir: un descuido imperdonable. No sólo porque no lo supe entonces, sino porque ese extremo convertía en papel mojado mi trabajo para el suplemento: habían pasado dos años desde la salida a librerías del poemario y la norma establecida (en todos los suplementos) no permite la reseña sobre un libro tan "antiguo" cuando en el año en curso hay numerosos libros que se quedan en la cuneta. Decidí salvar la crítica y trasladarla a Al margen. El texto, con algunas adaptaciones al medio, es el que podéis leer a continuación.
"A veces, libros de poesía que rompen la norma, muestran un hondo y poderoso aliento y sitúan al lector ante las contradicciones del siglo, pasan inadvertidos no se sabe muy bien por qué. Tal es el caso de Cuadernos de guerra, del chileno Raúl Zurita, una colección de poemas publicada en 2009,de la que apenas se ha hecho eco la crítica (académica y periodística) en la que aborda un recorrido por la memoria más dramática del siglo XX.
"No es, contra lo que pudiera inferirse de la anterior definición, una poesía de alegato, sino una poesía total, cívica, filtrada por la experiencia íntima: la vivencia de los hechos colectivos se amalgama con destellos procedentes del sueño, de la memoria, con la alusión a un presente inaceptable y con la referencia a hechos históricos especialmente dramáticos, terribles: Hiroshima, el golpe de estado de Pinochet y su secuela de asesinatos, torturas y exilios, Auchswitz y el Holocausto, las penalidades de los presos en el desierto de Atacama durante la dictadura. Pero ese itinerario por la desolación tiene ventanas a mundos personales en los que lo onírico y lo realista se mezclan. Ahí está el Raúl Zurita niño y su memoria del padre y de sus familiares más próximos, sobre todo su hermana, o el sueño amoroso a la sombra de una ciudad devastada, o la evocación del mar y de la playa de la infancia como escenario de su propia llegada al mundo: 'Mamá está de pie y su bañador ceñido y oscuro se / recorta como un raro pájaro contra el cielo del / fondo. Amanece. La muchedumbre avanza entre/ gritos / y al frente la playa flota curvándose en la / creciente claridad'.

"Paisajes desiertos, ciudades quemadas, cordilleras de ceniza, paisajes marinos o esteparios que parecen surgir de una pesadilla. Todo ello viene a conformar un libro inquietante y poderoso que es, pese a la casi absoluta presencia de la desolación, un canto a la vida y al amor. Zurita, un clásico contemporáneo que nunca ha tenido complejo alguno por llevar la política a la poesía, muestra en Cuadernos de guerra la pertinencia y la actualidad de esa lírica (una lírica, apostillo, siempre necesaria). Y lo hace a partir de un impulso experimental, sin traicionar la vocación innovadora que preside su poesía desde sus primeras entregas, allá por los años setenta: un versículo fronterizo a la prosa en el que el tono coloquial se astilla para reforzar las imágenes más perturbadoras. Una poesía dura y tierna a la vez. Envolvente, narrativa, cuya fuerza reside en la certera mezcla de lenguaje próximo e iluminador y realidad atormentada".  

Hasta aquí la crítica. Como muestra del poder de la poesía de Zurita en este libro, os dejo uno de sus poemas más conmovedores:

CIELO ABAJO 
Como si fuera el mar, el desierto había adquirido
el tono violáceo del amanecer y por los viejos
cauces resecos el día iba entrando en la tierra tal
como hace infinitos años los ríos entraban en el
mar. Adelante las rompientes estallaban con furia
y como si nos contara un cuento Veli nos dijo
que las aguas saladas del mar eran la noche de las
aguas dulces y que por debajo de ellas los ríos
seguían cruzando hasta reaparecer limpios y
nuevos por el otro lado el mar. Fue en Punta de
Lobos, el día antes de volver. Mamá después me
contó que cuando papá estaba a punto marcharse
mi abuela le había dicho que tenía que cantar
porque cuando se moría un bueno el cielo se
hacía más ancho. Así se fueron marchando papá,
mamá, mi hermana, todos, y por cada partida
parecían crecer estos pedregales donde a mamá

donde papá nunca me contesta. A los años,
cuando sólo tres sombras nos reunimos en torno a
Josefina Pessolo, la madre de mi madre, nos
dimos cuenta que hacía mucho tiempo que ella
también había partido. Sólo sus labios se seguían
moviendo: canten —seguían diciéndonos— canten y
canten. Y continuaron moviéndose hasta el amanecer.
 
Y cierro con la voz y la imagen del poeta. Si no pude (pudimos) estar en la lectura/presentación que en 2009 dio en Madrid, aquí recuperamos, gracias a la magia "youtubera",  su lectura de uno de los poemas. Gocemos de él.


martes, 2 de agosto de 2011

Militantes de la poesía a la vera del Moncayo.

Pórtico iglesia monasterio de Veruela
La poesía requiere de auténticos militantes, de seres entusiastas con capacidad para el sueño y que, a su vez, sepan moverse en la realidad, una realidad especialmente hostil --indiferente, más bien, lo cual es una forma de hostilidad-- a la poesía. Acabo de vivir una experiencia de dos días a la sombra del Moncayo. Entre Litago, Trasmoz y el monasterio de Veruela. Invitado por Trinidad Ruiz Marcellán y por la Asociación Cultural Olifante he cumplido, al fin, uno de esos deseos que se van aplazando sin saber muy bien por qué a lo largo de la vida. El Moncayo ha sido siempre un nombre que he vinculado a mi formación poética. Inseparable de los versos sorianos de Antonio Machado y de Gustavo Adolfo Bécquer, imagen mítica en la lejanía desde la carretera que enlaza Tarazona con Tudela, visitar sus pueblos, perderme por las carreteras que los unen o que se acercan a la cima, eran algunas de mis asignaturas pendientes. El Festival Internacional de Poesía Moncayo que acaba de concluir (y que ha sido dedicado a Gabriel Celaya en su centenario) ha sido la puerta que me ha ayudado a acceder a esas tierras, a vivirlas y, de manera muy especial, a quererlas a través de sus gentes, sobre todo de aquellas que, conducidas e impulsadas por Trinidad, han colocado la poesía en el centro de sus vidas. 

Hace ya tiempo, escribí una entrada en Al margen a propósito de la Casa del Poeta de Trasmoz. Entonces pensé de lejos en la posibilidad de disfrutar allí de una estancia. Ahora, tras gozar de la hospitalidad de quienes animan y dan vida a ese proyecto, creo que esa posibilidad se puede convertir en probabilidad. Y, no tardando mucho, en realidad. Veremos.

La lectura de los poetas aragoneses en la iglesia de Litago, la experiencia de compartir mesa y lectura con un Antón Castro al que acabo de descubrir como un gran poeta y con un Ángel Guinda en su plenitud creadora en un espacio tan cargado de significados como el monasterio de Veruela ha sido un regalo impagable. Tanto E. como yo nos hemos sentido abrumados por la belleza del monasterio, de su iglesia, de un claustro extremadamente singular. Y yo he sentido, con un regocijo casi infantil, una extraña felicidad nacida de la unión del momento que estaba viviendo con veranos remotos en el Madrid de mi adolescencia, cuando, en autobús, me dirigía a comer a casa de una tía carnal que vivía en la calle de Hermosilla: en aquellos viajes siempre me acompañaba un libro hermoso, inolvidable: la edición de Austral de las cartas Desde mi celda, escritas por Bécquer en algún lugar no identificado (los expertos no se acaban de poner de acuerdo sobre la ubicación de la celda) de ese monasterio.

Detalle del claustro de Veruela. Foto de E.
Y hubo noche de brujas o de embrujamiento en Trasmoz. Con Luigi Maráez, artista polifacético y cantautor de voz aterciopelada, visité, en la noche del viernes, su particular museo cargado de misterio, de puertas a la muerte y de alegorías y cantos a la vida. No se trata de un museo, es verdad, aunque cumpla también esa función. Es su casa, la casa que comparte con su compañera, cantante de voz maravillosa, llena de matices, Âlime Hüma: ese hogar que ha ido construyendo a lo largo de cuatro años en el que su historia y la historia de la cotidianidad de la comarca del Moncayo se ha integrado con la de la muerte gracias a la recuperación de objetos de toda índole: lápidas encontradas en parajes solitarios, abandonados, esquelas mortuorias, muñecas de aspecto apacible y, por ello, inquietante, cruces, efigies de santos y de demonios, huesos, calaveras, féretros, grabados, cuadernos, juegos, instrumentos musicales, rejas, puertas de camposantos, relicarios...

Un mundo vive en la casa de Luigi, un mundo perturbador, de una belleza maldita y esplendorosa a la vez. Cuando, aquella noche (era la madrugada) recorríamos con él las habitaciones de su casa-museo, estuve a punto de desterrar mi escepticismo respecto a los límites de la vida y de la realidad, a punto de creer en las brujas de Trasmoz, en las leyendas de Bécquer. Me vi, a la vez, en medio de un paisaje surrealista, de un cuadro pintado a la limón por Dalí, Zurbarán, Valdés Leal y Picasso. Y después, cuando, en el interior del coche que, de vuelta a nuestro alojamiento, avanzaba atravesando la oscuridad por la estrecha carretera que une Trasmoz con Litago, miraba a través de la ventanilla el paisaje de sombras, pensé que en cualquier recodo del camino podían esperarnos las ánimas de la leyenda becqueriana.
Vitrina con muñecos en la casa de Luigi
en Trasmoz
No sé si las ánimas, pero Bécquer sí respiraba, con toda seguridad, en la tarde-noche del sábado en el monasterio, momento cumbre del Festival. Homenajeábamos a Celaya. Veintiocho poetas vivimos, en el interior de la austera y a la vez grandiosa iglesia de Veruela, una experiencia irrepetible. Leímos al gran poeta donostiarra. Interpretamos su poema "La poesía es un arma cargada de futuro" y, pertrechados de linternas, dirigidos por Ricardo Calvo (con un templo lleno de oyentes y espectadores), hicimos que la poesía, su poesía, iluminara la noche cisterciense. Me quedo con un momento inolvidable: tuve la fortuna de leer, al lado de la poeta Pilar Castro, el texto celayano "España en marcha" desde el púlpito de la iglesia. Ella leyó una traducción en euskera. Yo lo hice en castellano intentando sortear los tonos que Paco Ibáñez convirtió en indelebles con su versión musicada. Cuando acabó el acto, mientras la música cubana inundaba la mágica atmósfera del monasterio, pensé que había sido la primera y probablemente la última vez en mi vida que había compartido púlpito con una mujer. Y nada menos que en uno de los más bellos monasterios cistercienses de España. Y leyendo un poema en el que la memoria colectiva de mi generación se reconoce y se emociona.

Olifante, Trinidad Ruiz Marcellán, su compañero Marcelo, Ángel Guinda, Pilar Castro, Luigi Maráez, Manolo Forega, Antón Castro, tantos otros, son, tras este festival, parte de mi familia. Son (¡otra más!) la evidencia de que allá donde hay gente dispuesta a dejarse la piel por la poesía, ésta acaba formando parte de la realidad, integrándose en el paisaje. Además de la belleza del Moncayo y de la soledad de sus pueblos diminutos tengo nuevas y poderosas razones para volver: todos ellos. Gracias. En un mundo gobernado por la furia especuladora de los mercados, se agradece infinito la humildad de la poesía y la hospitalidad generosa y desinteresada de tantos poetas. De tantos amigos.

Así nos invitó Trinidad a rendir homenaje a Gabriel Celaya a los poetas presentes:

"En un mundo que cree imprescindible lo necesario y  considera necesario lo superfluo, las palabras de Gabriel Celaya ondean como una bandera de paz, solidaridad y salvación: "Poesía para el pobre, poesía necesaria como el pan de cada día".  Alimentos, sí, también para el espíritu. Poesía cargada de valores para rehumanizarnos, para mejorar el mundo.."

viernes, 22 de julio de 2011

"Año tras año": mi encuentro con una novela olvidada

Madrid: fotografía tomada en el tiempo de la acción de la novela
A mediados de la década de los ochenta, en los albores de lo que se dio en llamar "nueva narrativa española", cayeron en mis manos dos magníficas historias de la novela española contemporánea. Una era de Ignacio Soldevila, titulada  La novela desde 1936, y la otra, en dos tomos, de Santos Sanz Villanueva, La novela social española.  Era una época en la que dominaba el desdén, o la infravaloración, de la novela española de los años cincuenta y sesenta, de manera muy especial la que se escribió dentro de la estética del realismo, ya fuera realismo crítico, realismo social o realismo a secas. Era hegemónico, entre nuestros novelistas, el punto de vista de Juan Benet, que de aquella etapa ni siquiera salvaba Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos. Sus "discípulos" Javier Marías, Vicente Molina Foix y Alejandro Gándara, entre otros, vinieron a categorizar aquella novela como costumbrismo, una categoría que hacía extensiva a Miguel Delibes, a Ana María Mature, a Ignacio Aldecoa y no sé si a Carmen Martín Gaite. Molina Foix llegó a afirmar, en un encuentro organizado por la mítica revista El Urogallo, que la novela española reciente le seguía "repitiendo a ajo y morapio". Se refería, por supuesto, no a Juan Benet, sino a la novela de la generación del medio siglo.
La novela en su edición de 2000
En las dos historias de la novela leí referencias a una obra prácticamente desconocida en la España de aquellos años de un novelista al que su adscripción política (comunista del PCE) ha condicionado injustamente, Armando López Salinas. Lo conocíamos como autor de La mina y coautor, con Antonio Ferres, de Caminando por Las Hurdes, y poco más. La obra llevaba por título Año tras año, había obtenido en 1962 el premio Antonio Machado de la mítica editorial Ruedo Ibérico y en España se había distribuido poco y mal porque tuvo que sortear la censura y numerosas prohibiciones. Tanto Soldevila como Sanz Villanueva hablaban bien del libro y de él destacaban, sobre todo, que era una crónica de la vida cotidiana de los vencidos en el Madrid de la inmediata postguerra. La busqué infructuosamente: en los años ochenta, incluso en la primera mitad de los noventa, no había Internet, por lo que las posibilidades de búsqueda de un libro se limitaban bastante. 

Sin embargo, muy recientemente supe que había sido reeditada por una pequeña editorial de Salamanca, Alcayuela, y con un prólogo de Eugenio de Nora. Apareció hace once años, en 2000, y la verdad es que pocos medios dieron noticia de ello. La he buscado en Internet y en uno de los portales que ofrecen libros descatalogados la encontré. Es una edición austera y cuidada y forma parte de una colección, cuyo destino desconozco al día de hoy que, por los títulos que aparecen en la solapa de Año tras año, rescató obras de narradores sociales de los cincuenta hoy prácticamente olvidados: Luis Landínez, Eusebio García Luengo o Enrique Azcoaga.

Portada de la edición de Ruedo Ibérico en 1962
 La novela de Armando López Salinas es una obra muy notable. Mejor, a mi juicio, que La mina, y con un nivel equiparable a las mejores obras aparecidas en aquellos años. Es una novela coral, con una estructura similar a obras como Manhattan Transfer, de Dos Passos, o La colmena, de Camilo José Cela, o La noria, de Luis Romero. Se diferencia de aquellas porque el "coro" que interviene es, casi en su totalidad, el que conforman los humildes, los vencidos de la Guerra Civil a lo largo de un tiempo que se extiende alrededor de 1945, año en que finaliza la Segunda Guerra Mundial, antes y después de ese acontecimiento, y año de esperanzas democráticas que acabarían por demostrarse falsas. La novela avanza, a lo largo de 41 capítulos por los escenarios donde se desarrolla la vida cotidiana en el Madrid derrotado, una Madrid en blanco y negro, de cartillas de racionamiento, de resistencia clandestina, de mujeres solas (los maridos, encarcelados, fusilados o desaparecidos), de trabajadores humillados, de mutilados sin pensión (los "jodíos cojos"), de viviendas saturadas con varias familias, de jóvenes sin horizonte, de adolescentes enamoradizas y perseguidas por una inquisición en forma de guardia municipal o cura, de estraperlistas, de borrosas noticias del maqui o del retroceso de las tropas alemanas en las estepas rusas... Año tras año narra la vida anodina, plana, sin esperanzas de un pueblo que, tras perderlo casi todo, aún mantiene la dignidad.  Los barrios extremos (Villaverde, Barajas, Prosperidad....) y su cotidianidad,  el tedio del domingo por la tarde, el refugio en los cines de sesión continua y Cara al sol antes del No-Do, la realidad de los soldados en el cuartel, la miseria de los maestros (los no purgados por la dictadura) y de las vendedoras de pipas y golosinas, los tranvías abarrotados, las conversaciones en voz baja, la visita de hijos y esposas a las cárceles. Ese mundo, que fue abordado parcialmente en otras novelas, se nos revela como un magnífico fondo documental: López Salinas nos da una auténtica lección de intrahistoria. Para el lector de hoy la novela tiene, aparte del indudable interés literario, ese interés adicional: sumergirse en una cotidianidad desconocida, visitar las habitaciones, las peluquerías, los comercios, las fábricas, las parroquias, los descampados, los estadios de fútbol, las tabernas, los cafés (el Chicote es inevitable), los talleres de costura, las aulas, los coches de gasógeno, los muros de los fusilamientos... de un Madrid desaparecido que pocas novelas de posguerra abordaron en su integridad.

Tras la lectura de la novela, de la que he disfrutado mucho más que de la de muchas novelas recientes, he sacado dos conclusiones: una, es una magnífica narración, escrita con un lenguaje directo, realista, pero no carente de brillos y giros poéticos; dos, es una novela que aborda, sin complejos, la difícil realidad de los vencidos aun a costa de ser condenada, en aquellos años sesenta, a la relegación y al olvido. ¿Fue ésta última la razón de su desaparición de los recuentos "oficiales"? Quizá: en todo caso, es de las pocas novelas españolas, escritas en aquel tiempo, en la que se nos revela la realidad de los campos de concentración y de los destacamentos penales. Digo más: mi padre me habló alguna vez de su reclusión en un campo creado por la dictadura en el actual estadio del Rayo Vallecano. Pues bien, de ese lugar de la ignominia da cuenta la novela.  

Leamos, a este respecto, un párrafo de Año tras año, un rotundo testimonio que enlaza el franquismo con las sevicias del nazismo (a pesar de las equidistancias vergonzantes de un político llamado José Bono, capaz de equiparar al fascismo con los defensores de la República con tal de evitar que el pasado 18 de julio el Congreso condenara al franquismo). He aquí el párrafo:
"Le detuvieron en la calle y, en unión de otros cientos de soldados, le llevaron al campo de fútbol del Puente de Vallecas que había sido habilitado como campo de concentración. // Todos los días llegaban al campo de fútbol nuevos grupos de prisioneros. Aunque por el día no hacía frío, al anochecer los hombres se pegaban unos a otros para darse calor. Todos los graderíos, que servían de cama a los hombres, estaban ocupados. Solamente en los escalones más altos los soldados de vigilancia no permitían que nadie se acostara pues, pocos días antes, uno de los prisioneros se había suicidado arrojándose de cabeza desde lo alto del campo.

"Después, a los pocos días, se formó una expedición de traslado. Enrique iba en ella. En camiones cerrados los llevaron a una estación de ferrocarril y allí le hicieron subir a un tren de mercancías. El viaje --paraban en muchas estaciones-- duró tres días. Durante este tiempo la mayor parte de las horas los vagones iban cerrados. Los prisioneros casi no vieron la luz del día. Apenas tenían sitio para tumbarse. El aire enrarecido de los vagones era sofocante. Olía a humedad, a cuerpos sucios. La orina rezumaba a través de los tablones, formaba charcos".
Era en España, no en Alemania, ni en Polonia. Lo escribió Armando López Salinas en una magnífica novela que desde aquí reivindico. Y recomiendo con fervor.

miércoles, 6 de julio de 2011

Verano, lectura y evocaciones

                                                           A María Luisa Zamora, in memoriam

El verano tiene algo de tierra liberada, de lugar al margen. Ayer, a última hora de la tarde, mientras intentaba sobreponerme al turbión de emociones producido por la muerte de la persona querida y cercana a quien dedico esta entrada y contemplaba la pradera casi vacía de la piscina de la urbanización en que vivo, pensaba en la estrecha vinculación con la lectura que para mí tiene el verano. Vacaciones, horarios laborales distintos y, por tanto, mayor libertad para organizar el tiempo... Es una sensación extraña y expansiva que, año tras año, me lleva a poner sobre la mesa los libros no leídos o aplazados a lo largo del curso (incluso de cursos anteriores) con la voluntad de acabar  con su condición de asignaturas pendientes. Es tiempo para leer y tiempo para poner en orden los recuerdos, evocar y escribir.

Cabo de Palos, en los años sesenta del siglo XX
Recuerdo las siestas de la adolescencia y las lecturas de entonces, en aquellos largos y cálidos veranos de los años sesenta. Descubría la poesía y descubría una literatura erótica que se publicaba en España con cuentagotas y con sentido equívoco. La poesía era Juan Ramón Jiménez, un Juan Ramón que trascendía como nadie el verano (el estío, escribía él) de un pueblo próximo al mar, un pueblo blanco llamado Moguer sobre cuyo telón de fondo se levantaban aquellos poemas gozados en la Segunda Antología, un libro que todavía conservo, archisobado, en aquella edición de la colección Austral de Espasa. Recuerdo, sobre todo, una noche del mes de julio, a los 12 años, que pasé en vela intentando imitar los versos de sus primeros libros. Noche de insomnio, de una extraña y desconocida exaltación (muchos años después pensé que debió de ser, salvando las distancias, algo parecido al acceso místico que describe Teresa de Ávila) que tuvo como fruto un largo poema en romance, inmensamente malo, que guardo en algún lugar poco o nada accesible de la estantería de casa. A principios de los años noventa ese recuerdo dio lugar a un poema de mi libro El muro transparente titulado "Memoria del primer poema", del que os dejo un fragmento, quizá el más querido.


Era la noche al otro lado
de la luz amarilla de tu lámpara, era
la cercanía de las sombras
lo que daba
un tinte clandestino a aquella pluma
que extendía su incierto desafío
tras la puerta cerrada al resto de la casa
—largo sueño diario
de los seres amados, compartido paréntesis
con relojes, armarios, alacenas—
con lentos octosílabos que hablaban
del Juan Ramón violeta
que dormía también bajo aquel techo
en un libro de tapas bien  gastadas
por roces y caricias de un muchacho,
no sabes si soñado, que buscaba en sus páginas
una luz intuida  y, sobre todo,
el brillo inexplicable,
la fortaleza misteriosa
del arte.
               Tú tenías
doce años tan sólo
y un desván de palabras
temblando en el tintero.

Sí, descubría la literatura erótica, cierta literatura que tenía, entonces, esa etiqueta y que mi padre, carente de toda cultura literaria, compraba para que yo fuera adquiriendo, indirectamente, algo parecido a una formación sexual: recuerdo dos libros de aquella época. Edad prohibida, de Torcuato Luca de Tena, una novela que en aquellos años tuvo ediciones millonarias (creo que hoy es una novela de formación recomendada por sectores conservadores) y Lola, espejo oscuro, de Darío Fernández Flórez. Recuerdo, en ambas novelas, escenas de iniciación al sexo protagonizadas por adolescentes, ambientes prostibularios y la sombra de la culpa proyectada desde una concepción católica de la existencia.

Pero el verano fue, también, el acceso al erotismo sutil de la entonces jovencísima Françoise Sagan en una memorable narración (novela corta o relato largo), Buenos días tristeza, en días de playa en un pequeño pueblo de pescadores junto al Mar Menor mientras (era en 1966, o en 1967) las noches de mis quince años las llenaban los ecos de  las primeras melodías de Los Beatles, o de su versión española, jamás igualada, Los Brincos, o la versión musical de la Sagan en la voz de Silvie Vartan, o Johnny Halliday.

Memoria del verano de 1985 y de la inmersión, lleno de asombro, en las fiestas de una Costa Azul mítica protagonizadas por los personajes de Scott Fitzerald en Suave es la noche, novela que leí compulsivamente, en noches sucesivas y a la luz del porche, en casa de María Luisa, allá en las tierras prealcarreñas de El Casar de Talamanca, tierra de estepa y de trigales anchos, tierra de parte de la infancia de mi hija, tierra, hoy, de odiosas despedidas, mientras sonaba, al fondo, "el coro de los grillos que cantan a la luna", que diría Antonio Machado. Cinco o seis veranos más tarde (¿o fue el siguiente?) me enamoré de una libertina Emma leyendo, también bajo la luna de agosto aunque no de la Alcarria, sino de la sierra norte madrileña, Madame Bovary, de Flaubert. Siete años después, en el verano de 2000, en noches menorquinas llenas de olores a madreselva y a sal, leería El gran Gatsby, también de Fitzerald, y la estremecedora obra maestra de Truman Capote, A sangre fría.


Atardecer en el Mar Menor. Verano de 2010
 Veranos de música y aprendizaje. De descubrimientos y siestas interminables. De noches de fiesta y de amistad.. Pero sobre todo, veranos de lecturas, de sedimentación de una memoria que, con el paso de los años, se ilumina viendo las pasiones, los descubrimientos, las lecturas de mis hijos, de los "sucesores" en la hermosa tarea de vivir esas experiencias. Verano de Helena y el mar del verano, de Julián Ayesta; verano de Carver y Catedral, de Eliot y La tierra baldía, o de Carlos Álvarez y Aullido de licántropo en aquel año 1976, de lecturas nocturnas oliendo el galán de noche en Sanlúcar de Barrameda, ese lugar en que E. y María Luisa, su hermana, acabaron convirtiendo en un territorio mítico, en el espacio de todas las infancias y de todos los sueños imposibles (ella, en este verano duro de 2011, estará, con toda seguridad, allí respirando el aire inflamado de jazmín de sus noches eternas), verano de mi última novela.....

Todas esas sensaciones, irrepetibles, que cuantos ahora leéis este post habéis vivido de manera similar, encuentran su síntesis en esta hermosa canción, Summertime, interpretada por dos genios de la música del siglo XX: Ella Fitzerald y Louis Asmstrong. Tiempo de verano. Escuchemos. Para todos y, sobre todo, para ti, María Luisa.

jueves, 16 de junio de 2011

A Armando López Salinas y a Carlos Álvarez, por encima del tiempo

El pasado 10 de junio se celebró, en el Ateneo de Madrid, un homenaje a dos escritores emblemáticos de la literatura comprometida. Al narrrador Armando López Salinas y al poeta Carlos Álvarez. No pude estar presente, pero envié un texto en el que contaba mi relación con ellos desde los tiempos de la pretransición en España.  Invito al lector a leerlo en las líneas que aparecen más abajo. Sólo he corregido aquellas frases que aludían al acto "en vivo".

Con Armando y con Carlos, gran parte de los escritores y ciudadanos que fuimos adolescentes y alcanzamos la primera juventud bajo la dictadura, que maduramos en la transición política, tenemos (tengo) una enorme deuda. En primer lugar, la deuda de haber aprendido de ellos lo que significa el compromiso, la dedicación de parte de la vida a la construcción de un mundo mejor, más justo, más democrático, más equilibrado. En segundo lugar, la deuda literaria: yo, como muchos otros jóvenes de mi generación, encontré en sus libros algo que no nos enseñaban ni en el colegio ni en el instituto: que la literatura podía hablar de nuestra realidad más próxima, podía enseñarnos acerca de las grandes incertidumbres de la condición humana, mostrarnos la cara más dura de la desigualdad, de la explotación. Podía ofrecernos realidad a manos llena pero también ternura, solidaridad, cercanía, piedad, ira, ternura y protesta.

Mi memoria de Armando López Salinas

Descubrí esa cara de la narrativa cuando leí Caminando por las Hurdes, de Armando y de ese otro gran narrador de los años cincuenta, hoy felizmente recobrado, Antonio Ferres, hace ya tantos años que he olvidado el momento. Bueno, sólo tengo claro que lo leí en una España todavía dominada por el franquismo y en la que la lucha democrática se desenvolvía en la clandestinidad. Después leí La mina, ese homenaje enorme a quienes, siendo protagonistas anónimos de la Historia, casi nunca lo han sido de la literatura. Pero Armando para mí es mucho más (aunque quizá él no sea consciente). Es mi infancia en el barrio de la Alegría, al lado del barrio de la Concepción, donde él ya entonces (hablo de finales de los años cincuenta) era un mito como escritor y como militante comunista en la clandestinidad. Después, en los años setenta, compartí con él muchas reuniones. Yo era el joven militante con vocación literaria que sabía que Armando López Salinas formaba parte de la Comisión de cultura del PCE y de su Comité Central, que era parte de la historia viva de la literatura española y que no por ello había renunciado a una vida política activa. Pero aquellas reuniones no eran sólo las de la Comisión de cultura. Eran, también, las de la llamada federación este del partido. Eran las de las asociaciones de vecinos de los barrios de Quintana, Concepción, Ciudad Lineal, San Blas, Moratalaz. Las de los hombres y mujeres más concienciados de unos barrios que comenzaban a construir la democracia. En ese tiempo supe que Armando había publicado otra novela, una novela que hablaba de los barrios, de la periferia de aquella capital que todavía no había dejado de ser un poblachón manchego, del mundo de la industria y de la menesterosidad, también de la resistencia de un Madrid hoy desconocido. La novela llevaba por título Año tras año, fue publicada por Ruedo Ibérico en Francia y hace algunos años fue rescatada por una pequeña editorial española. Os la recomiendo vivamente.

Armando: nunca olvidaré lo que aprendí de ti como militante, como hombre comprometido. Nunca olvidaré tu ejemplo de escritor atento a la realidad de los humildes y buscador de mundos mejores y no sabemos si imposibles. La última vez que nos vimos fue en una manifestación contra la guerra. Hablamos de política y de literatura. Me contaste que habías recuperado la escritura de una novela que llevaba años interrumpida. No sé si la has acabado. Si fuera así nos darías una gran noticia. Vaya para ti, con mi admiración y con mi profunda pena por no acompañarte hoy, mi abrazo de compañero, de camarada, de colega, de amigo con mayúsculas.

El poeta Carlos Álvarez

¿Qué decir de Carlos Álvarez? Que fue para mí una novedad maravillosa saber que más allá de la poesía comprometida de Blas de Otero y de Gabriel Celaya, vinculada con la militancia política de izquierdas, estaba su poesía: la poesía de un joven e irreductible escritor comprometido Más que leerlo, lo escuché en la voz de algunos cantautores en aquellos primeros años setenta de vida militante, de activismo sin horas en los barrios situados, según nos dejó señalado Francisco Candel en una de sus novelas, “Donde la ciudad pierde su nombre”. Recitales en salas de viejas parroquias, en naves industriales, o al aire libre, en edificios púbicos del barrio de la UVA de Hortaleza. Lo escuché en la voz de Luis Pastor y en la voz de Gabriel González en poemas que hablaban de explotación, de afán liberador, de las servidumbres del trabajador en una sociedad dictatorial y profundamente injusta. Supe que su poema en el que evoca el juego del billar, en el que “la bola roja está roja / de los golpes que le dan” era una metáfora de su propia condición de preso político en una celda de castigo del franquismo (creo que en la cárcel de Carabanchel): “No puede haber otro juego / tan cruel como el billar: / tres hombres en una celda / condenados a chocar”, había escrito Carlos y lo cantaba Luis Pastor.

Era entonces el poeta de Escrito en las paredes, de Estos que ahora son poemas… serán mañana piezas de un sumario. Busqué sus libros y allá por el verano de 1976, en una pequeña librería de Cádiz, encontré una pequeña joya poética, de poesía comprometida, sí, pero de poesía con mayúsculas. Me refiero a Aullido de lincántropo, en la edición de Ocnos, aquella colección que dirigía Carlos Barral y que marcó una época decisiva en nuestra poesía. En Aullido... había una poesía exigente, atenta a la realidad, comprometida. Y en Aullido... estaban buena parte de los poemas que había escuchado en la voz de Luis Pastor y de Gabriel González. Después, vinieron más libros y vino… la amistad. No recuerdo dónde nos conocimos, seguramente en alguna reunión del PCE, o en un acto literario a medio camino entre la cultura y la política. El caso es que nos hicimos amigos, es que discrepamos mucho y muy abiertamente, que polemizamos y que nos reímos hasta decir basta cuando coincidimos en algún evento, sobre todo en el jurado anual del premio Andrés García Madrid que promueve el Ateneo Primero de Mayo, lugar donde cada año renovamos la amistad.

Carlos: siempre serás para mí el símbolo de la poesía que no se pliega ante las circunstancias. De la poesía resistente y a la vez iluminadora y combativa. De la poesía en definitiva. Te dejo aquí, al igual que a Armando, mi abrazo de compañero, de camarada, de colega, de amigo. Hasta siempre y espero que no tardando mucho podamos compartir mesa en un acto de presentación de la nueva edición de Aullido de licántropo.

Fin

Mi abrazo para los dos. Para Armando, el narrador imprescindible. Para Carlos, el poeta que nunca se doblegó. En los tiempos en que vivimos, en los que, en Europa, en España y en el mundo la derecha y las clases dominantes desarrollan, en todos los planos, también en el cultural, su ofensiva, ejemplos como los vuestros deben enseñar a las nuevas generaciones que la literatura y la política no pueden vivir en ciudades distintas. Que deben compartir la misma ciudad: la de la literatura comprometida con su tiempo y con la gente.

Os dejo con una lectura de poemas de Carlos en el Ateneo de Madrid en febrero de 2007.

lunes, 6 de junio de 2011

Portbou: lugar de la memoria derrotada, lugar del poema que vence a la derrota

El 27 de septiembre de 1940, el filósofo alemán Walter Benjamin murió en la localidad fronteriza de Portbou. Él simbolizaba como nadie la quiebra del pensamiento progresista, democrático y marxista, en la Europa asolada por el nazismo. Moría exiliado de su país y su ciudad de origen, en el más absoluto abandono y en la soledad de abismo de los derrotados y de los perseguidos. No fue una muerte más (todas terribles, sin duda), sino fue la muerte en la que quedaba representada lo más brutal apuesta de una ideología que de cuando en cuando resurge amenazante en la llamada Europa del bienestar. El desprecio del pensamiento, el enterramiento de cualquier discrepancia, la dominación de las armas y del terror, la condena y exterminio del diferente, la relegación de la crítica, de cualquier crítica a ser metáfora de la nada.


Terminó la Segunda Guerra Mundial, cayeron el nazismo y el fascismo (mucho después, demasiado tarde, lo harían las dictaduras de España, Grecia y Portugal), pero la conciencia de los derrotados, de las víctimas, de los testigos y de quienes sin serlo directamente se han sentido también víctimas,  transmitida de padres a hijos, ha seguido y debe seguir conformando la sensibilidad y el pensamiento de Europa y de los europeos. También de la poesía, que hoy más que nunca no debería ser "concebida como un lujo/ cultural por los neutrales", que diría Celaya. Antonio Crespo Massieu, poeta y narrador a quien me referí en este blog, con motivo de la publicación de los cuentos de El peluquero de Dios , acaba de publicar un gran libro de poemas o libro-poema: Elegía en Portbou.

Está dividido en diez capítulos o cantos a través de los cuales su palabra, intensa, llena de capacidades reveladoras, elusiva de la facilidad y no por ello hermética, va tejiendo el enorme paño de la conciencia contemporánea. En el libro, cuyo telón de fondo es la hermosa ciudad prepirenáica en la que se encuentra una de las más hermosas estaciones ferroviarias de España, se acerca a la peripecia humana., estética y moral de personajes que han contribuido a la construcción de los últimos 60 años de nuestra historia y de la historia de Europa.


El exilio, las distintas migraciones, la muerte, la realidad de los campos de trabajo y de los campos de exterminio, la peripecia del pueblo judío ante la memoria del Holocausto, los sueños emancipadores, la muerte de los que hicieron aportaciones decisivas al pensamiento o a la literatura y la de quienes, como personajes humildes, sólo conocidos por su nombre propio, sin apellidos, aportaron su pequeño grano de arena al edificio de la Historia. En Elegía en Portbou está Antonio Machado, paradigma de nuestros muertos desterrados, pero están también Rosa Luxembugo y Karl Marx,  Rainer María Rilke y Paul Celan, Francisca Aguirre y su dolorida memoria de posguerra junto a Sancho, Padín, García, Vega, Franco, Rivada, nombres apenas conocidos de quienes portaron el féretro con los restos de Machado hasta el cementerio de Collioure.


La poesía es un modo de adentrarse en el agujero negro del lenguaje, allá donde vida y muerte se interrelacionan y confunden. Pero es también un instrumento de la memoria para conectarnos con aquellos sótanos que existen pero que se mantienen ocultos a la mirada, a nuestra realidad de cada día. La Elegía de Antonio Crespo es una bajada a esos sótanos: recorre paisajes, reconstruye experiencias, se interna en la mente de cada uno de sus personajes y funde su mirada con la que imagina para ellos. El dolor, la pérdida, la decepción, pero también la alegría, los sueños, la identificación con las aspiraciones colectivas que marcaron toda una época pueden trasladarse sin que pierdan un ápice su vigencia, su capacidad de emocionarnos, a un presente como el que vivimos. Jorge Riechmann, durante la presentación del libro en la librería La buena vida el pasado 25 de mayo nos recordó que no han desaparecido las amenazas autoritarias, que los fascismos están ahí, agazapados detrás de la crisis financiera, al otro lado de unas democracias en parte demasiado autosuficientes y anquilosadas y en parte demasiado vulnerables. 
Portbou en los años 40
Esa reflexión despertará en el lector con sólo abrir el libro e iniciar la lectura del primer poema. Para ayudarle, para invitarle a que dé ese paso, aquí les dejo ese poema . Hermoso y desasosegador. Leámoslo:

¿A PARTIR DE CUÁNDO?

¿A partir de cuándo el ángel, el pájaro,
desde cuándo la herida, el canto, lo quebrado,
el asombro, la suave permanencia, la luz,
desde cuándo la música, su ingrávido descenso,
la claridad bañando el mundo, la palabra
escalando la noche, vaticinando, gira que gira,
el gozne, lo entreabierto, la cadera herida, la piel
marcada, lo que rodea y abraza, lo circunciso,
la agrietada fidelidad, la fraterna constancia
de lo que contemplan los contemplados,
a partir de cuándo el silencio y sus sombras,
desde que tiempo sin tiempo horada renuncias,
enumera traiciones olvidos cuándo.

Quién escuchó el pájaro, la luz, la carne,
quién la dijo, desde dónde la inventó, la bautizó
y sacralizó el instante, lo venidero como esperanza,
un sueño terso que adivina lo posible, lo nunca acaecido
y sin embargo siempre preguntado, indagado
en temblor, hueco, cuenco de vigilia, descenso, regreso.

¿A partir de cuándo el pájaro, la luz?
¿desde cuándo el cazador, el oscuro silencio?
¿a partir de cuándo?

Cuando llegó el verbo y fue sangre, boca, saliva,
cuando pobló, nombró, dijo, permaneció

Mas ¿cuándo llegó el verbo?
¿cuándo el pájaro y su canto?
¿a partir de cuándo el canto?
¿cuándo su renuncia?

viernes, 27 de mayo de 2011

Mi tía Julia y nuestros mundos


Domingo, 15 de mayo, día de nubes y claros en el que Madrid celebra un San Isidro entre electoral y lúdico. A las pocas horas de volver del valle y tras un largo paseo por uno de los parques del barrio, veo un mensaje en el contestador automático, ese aparato cuyo uso se va limitando bajo el dominio del teléfono móvil. Lo escucho y alguien me comunica que mi tía Julia ha fallecido, que sus restos estarán a partir de determinada hora en el tanatorio. De pronto, inmerso como estaba en preocupaciones colectivas como la actualidad electoral o la inminente presentación del primer volumen de la obra completa de Javier Egea, me encontré de bruces con la intimidad. Con la memoria más honda y callada. Hacía décadas que, ocupado en mi vida personal y mi propia familia, que mantenía a mi tía Julia en ese desván semioculto que todos tenemos en el corazón y donde reposan rostros y nombres que jugaron algún papel en nuestra vida. Sin embargo, ese día, en que comenzaba el movimiento Democracia real ya, volvió mi tía Julia. Y volvió su mundo, un mundo que en parte fue mío y que creía olvidado para siempre.

La casa estaba situada en una bocacalle que,entre las estaciones de metro El Carmen y Quintana, salía a Alcalá, en esa zona híbrida en la que nacen las calles que van hacia el barrio de la Concepción o hacia La Elipa, espacios hoy digeridos por la urbe central y entonces, en el tiempo de mi tía Julia, extrarradio puro y duro.

Mi tía Julia, en la que siempre he pensado cada vez que he leído el título de la conocida novela de Mario Vargas Llosa, era costurera, o modista, trabajaba en su casa, tenía dos hijos y quedó viuda muy joven. Su marido murió con treinta y ocho años, a mediados de la década de los sesenta, y con ella, en una casa con patio de vecinos cercana a la entonces llamada Carretera de Aragón y hoy calle de Alcalá, vivían mis dos primos, declarados huérfanos de un día para otro. Mi tía Julia representó a una multitud de mujeres que, como mi madre, como tantas otras mujeres "niñas de la guerra" tuvieron que renunciar a la vida en aquellos años.O al menos a un vida completa y visible.  Mi tía Julia llenó una parte de las tardes de mi infancia y para mí ha sido siempre la más concreta representación humana de la calle de Alcalá, del tramo que cuando yo era niño todo el mundo denominaba carretera de Aragón.

Recuerdo las tardes de verano en el patio, bajo una inmensa higuera, jugando con mis primos, leyendo tebeos y novelas ilustradas,  mientras mi tía recibía a potenciales clientas a las que tomaba medidas para futuros vestidos, o abrigos, o trajes de chaqueta. A veces, mi madre la ayudaba y, a la vez, aprendía los trucos de la confección, del corte, de una sastrería casera que, en aquellos años de precariedad económica, tenía algo de tabla de salvación. De esas tardes me han quedado palabras con un trasfondo entrañable: sisa, manga ranglan, percal, tiro, jaboncillo, punto de cruz... Mi tía Julia tenía la voz algo chillona, le gustaba bromear y durante largos años fue la tía viuda y todavía joven que aparecía en las reuniones familiares, muy habituales en aquella época en que los primos éramos niños, estábamos descubriendo el mundo y ellos, nuestros padres, eran jóvenes.  Reconozco que, ya en la adolescencia, me pregunté por el mundo que podía ocultarse tras su condición de viuda. Me llenaba de curiosidad cómo sería su vida íntima, pensaba en posibles amantes, en la eventualidad de que conociera a otro hombre y volviera a casarse. Y, al pensar en ello, pensaba también en mis primos, en cómo vivirían la condición de viuda todavía joven de su madre.

Junto a ello, del mundo de mi tía Julia recuerdo, sobre todo, mis salidas, con ella y con mi madre, a la calle de Alcalá, un hervidero comercial en expansión que tenía algo de Gran Vía improvisada para los barrios de los alrededores: Elipa, Concepción, de la Alegría, San Pascual, Canillejas, San Blas, Vicálvaro... Tiendas de bolsos, zapaterías, tiendas de confección para niños, señoras, caballeros, peluquerías, cafeterías iniciáticas (después serían los primeros sandwiches, las primeras cañas) y, sobre todo, cines. Aquel era, para mi tía Julia, para mis primos, para todos mis amigos del colegio, el territorio mítico donde la magia del cine tomaba tierra. Nombres como Mundial, Lepanto, Ventas, Aragón son inseparables de mi educación sentimental. Eran puertas a otros mundos, escaparates llenos de afiches, de carteleras que hoy vuelven a mí con el olor a ozono y lavanda que, en salas y vestíbulos, edulcoraba la acritud de aquel tiempo. Estaban allí, como seres vivísimos, esperándome a muy pocos metros de la casa en que mi tía Julia pasó gran parte de su vida. Hoy, como ella, han dejado de acompañar a los paseantes de la vieja carretera de Aragón.

Mi tía Julia falleció el pasado 15 de mayo. Como me dijo otro familiar por teléfono: "Julia nos ha dejado". Con su marcha compruebo con cierto vértigo cómo está a punto de extinguirse, en mi entorno familiar, la generación de "los niños de la guerra". Sólo vive, al día de hoy, la que fuera hermana menor de mi padre. Los demás, todos, nos han dejado. Una generación que se extingue: de nosotros depende preservar su memoria. La memoria colectiva.

viernes, 6 de mayo de 2011

Álvaro Salvador puntualiza mi columna en Culturamas. Sobre la Poesía completa de Egea



 El pasado lunes publiqué en la revista cultural digital Culturamas.es mi columna Espejo y tinta. En ella, a la que el lector puede acceder pinchando en su título, reflexionaba sobre algunas discrepancias expresadas por el poeta y catedrático Álvaro Salvador sobre la edición del primer volumen de la Poesía completa de Javier Egea. El artículo al que yo replicaba apareció en el diario Granda Hoy y llevaba por título "Olor a espera" . Pues bien, Álvaro Salvador ha escrito un nuevo artículo puntualizando algunas afirmaciones reflejadas en mi columna. Ante la imposibilidad de que su artículo apareciera como réplica en Culturamas.es en razón de su falta de encaje en la estructura de la publicación, invité a Álvaro Salvador a replicar en mi blog. A continuación pueden leer su artículo.  




                           OTRAS PUNTUALIZACIONES A MANUEL RICO 

                                                                                       por Álvaro Salvador

      El señor Manuel Rico afirma en su artículo que yo no me alegro de la edición de la Poesía Completa de Javier Egea, a pesar de que comienzo mi reseña con las siguientes frases: "Se publica, a los once años de su muerte ¡ya era hora! la poesía completa de Javier Egea. Y se publica en una buena editorial con prestigio y difusión nacional. Agradecemos, pues,a la editorial Bartleby y al prologuista, director de la misma, su interés por la obra del genial poeta granadino." Y más abajo añado: "...el prólogo de Manuel Rico me parece un ejemplo de imparcialidad,rigor y saber hacer crítica literaria. No en vano, es suficientemente conocida su trayectoria como crítico de poesía en alguno de los mejores suplementos literarios que se editan en España. "
      No obstante y, a pesar de afirmar que no le gusta contestar a las críticas que hacen de sus obras, Manuel Rico parece haberse sentido tan molesto con las simples "puntualizaciones" que yo hequerido hacer a su prólogo que, al final, ha acabado dedicando a su refutación casi cinco mil caracteres. El señor Rico, quizá porque yo no he sabido introducir la suficiente ironía en mis preguntas retóricas, se siente ofendido porque cree que con las mismas yo quería acusarlo de ignorancia. No era esa mi intención, mi intención era la de señalarle que no era justo que esgrimiera argumentos desde su condición de autor, olvidando la de crítico y editor. Pero si quiere que hablemos de ignorancias estaré encantado de decirle que yo no he sido incluido en ninguna de las prestigiosas y extraordinarias antologías publicadas en los últimos treinta años y en las que se recoge a los poetas de la experiencia. No tiene más que repasar esas antologías (cosa que no debió hacer con la suficiente atención cuando escribió el prólogo ni cuando escribió el artículo de respuesta) y verá que en ninguna, ninguna, ninguna, a excepción de "1917 versos", en la que también está Egea, por cierto, y la recientemente publicada sobre "La poesía de la experiencia" por Araceli Iravedra están incluidos mis poemas. Ni tampoco en la de Marta Sanz en la que sí está incluido, como él señala, Javier Egea. Así que, al menos, este aspecto, sí que lo ignora el crítico de poesía española Manuel Rico. Y sin embargo, en su introducción da la impresión de que yo he sido favorecido por la crítica y los antólogos mientras que mi compañero y amigo Javier Egea fue marginado sistemáticamente.
      En relación con otras ignorancias, yo no dudo de que el señor Rico leyera con verdadera fruición y entusiasmo la difícil de encontrar (en Maillot Amarillo o Hiperión, por ejemplo) obra de Javier Egea, pero lo cierto, lo constatable, lo empíricamente demostrable, es que el crítico no se ocupa de Javier Egea hasta el año 2002.
      Y finalmente, por supuesto que en Javier Egea hubo siempre una vena irracionalista, oscura, neorromántica, pero también estuvo siempre claro en él el propósito de elaborar “otra” poesía distinta, que no tuviese nada que ver con lo que él consideraba los lastres de los discursos poéticos tradicionales. Él se esforzó siempre (en ocasiones contra su porpia querencia irracionalista) por escribir una poesía que llegará sin dificultad a la mayor cantidad de lectores.
      Si hay alguna persona que se alegra de la publicación de un libro que debía haberse publicado hace diez años, ese soy yo. Sin embargo, no me alegro de que se sigan perpetuando los mitos y las inexactitudes relativas a Javier Egea, a su persona, a su biografía y a su obra. Y me duele que personas consideradas por mí hasta hoy como valiosas y sensatas se dejen convencer por el discurso de la maledicencia y el rencor. La nota de los supuestos editores Hernández&Alcántara, que el señor Rico califica de respetuosa, está ahí en el libro, en la página 59, para que el que quiera y tenga ojos, la lea y juzgue.

miércoles, 4 de mayo de 2011

¿Página 2 o Best-seller 2? Una reflexión en cuatro tiempos

UNO
El pasado Día del Libro, Página 2, el programa de La 2 de TVE, emitió un especial sobre el evento. Óscar López, el dinámico periodista cultural que ha logrado imprimir un ritmo no menos dinámico a un programa dedicado a los libros, no se alejó, sin embargo del gran déficit que históricamente arrastra el programa.  Fue un mero recuento de best-sellers, como si la labor de los responsables del programa se hubiera limitado a solicitar de las más poderosas editoriales sus libros más vendidos o exitosos con independencia de sus valores literarios. Por la pantalla pasaron  María Dueñas, Javier Sierra, Lorenzo Silva, Julia Navarro, Juan Eslava Galán, Carmen Posadas, Espido Freire, entre otros,  para concluir con un Noah Gordon que es el rey de reyes de todos los best-sellers que en el mundo han sido. Es decir, Página 2 no aportó absolutamente nada que no aporten los anaqueles de los hipermercados y grandes almacenes en sus secciones de librería.  En el fondo, se convirtió en un gran panel publicitario de sellos editoriales que no lo necesitan porque son, de manera legítima y no discutible obviamente, quienes suelen ocupar las mesas de novedades de todas las librerías y puntos de venta del país.

DOS
¿Existen, para ese programa, las pequeñas editoriales?. ¿Y la poesía y los poetas? ¿Y el ensayo y los ensayistas más allá de la "autoayuda de calidad"? Podría entenderse esa propensión al best-seller en el caso de una cadena de televisión vinculada a algunos de los grandes grupos editoriales que dominan el panorama de la venta de libros (que no el panorama literario, esa es harina de otro costal), pero una televisión pública que está al servicio de todos los ciudadanos, lo que quiere decir al servicio de todos los lectores, de todos los escritores y de todos los editores no puede, sin rubor, hacer de prolongación publicística o propagandística de los grandes grupos. Sabemos que hay grandes escritores con una obra de hondo aliento, literariamente rigurosa y profunda, que venden muchos ejemplares y que, como cualquier otro buen escritor, tienen que estar ahí: pienso en Javier Marías, en Eduardo Mendoza, en Mario Vargas Llosa, en Juan Marsé, en Ricardo Piglia, en Enrique Vila-Matas... Pero no nos acaban de encajar otros autores que nada aportan al panorama literario y cuyo único o esencial mérito es vender mucho y estar en todos los foros de lo que llaman mundillo, en una mutación del espacio de la literatura en una suerte de espacio de la prensa rosa del mundo del libro.
TRES
Era el Día del libro. Un par de semanas después de que Juana Castro obtuviera el Premio de la Crítica con un hermoso libro, Cartas de enero, que ni fue mencionado (no es de extrañar: no hubo un sólo poemario entre los recomendados), casi al tiempo de que llegara a librerías, después de más de tres décadas, el nuevo libro poético de Félix Grande, La cabellera de la Shoá, incluido en la nueva edición de Biografía, su poesía completa o en paralelo con la aparición de las cuatro novelas cortas de Manuel Longares, publicadas  bajo el título Las cuatro esquinas, o de la poesía completa de Antonio Colinas, o de Javier Egea.. Menciono tres pequeñas muestras de los silencios de Página 2 en el Día del libro pero éstos podrían ampliarse casi hasta el infinito.

Una cadena pública de televisión no puede caer en semejante despropósito. Decenas de pequeñas editoriales, numerosos poetas, muchos excelentes, ensayistas y pensadores que indagan en las grandes sombras que se ciernen sobre nuestra realidad, narradores minoritarios (o recluídos en el espacio de lo minoritario en razón de las editoriales en que publican, casi siempre modestas) de prosa innovadora y ambiciosa, traducciones de grandes poetas extranjeros realizadas por poetas españoles o latinoamericanos excelentes.  Todo queda fuera de la televisión pública, de Página 2. Y ante ello, caben algunas grandes preguntas: ¿necesitan los best-sellers el apoyo mediático de TVE? ¿Cuántos autores con una obra de muy alta calidad, superior en muchos casos a la de los llamados "superventas", aparecen en la pequeña pantalla? Si no es la televisión pública, ¿quién puede proyectar más allá de lo puramente testimonial la grandiosa labor que están realizando modestas editoriaales con catálogos de calidad indiscutible pero editando casi de milagro, viviendo económicamente en el límite de lo imaginable?  Preguntas para las que quizá no haya respuesta. Desde hace mucho tiempo, quizá desde los tiempos en que, con Paco Solano y Ángel García Galiano y bajo la producción de Blanca Navarro, realizaba el programa Libromanía para Europa FM (un programa que pese a ser galardonado con el Premio Nacional de Fomento a la Lectura fue suprimido de la parrilla de esa cadena privada), he pensado en las enormes posibilidades con que cuenta la televisión para fomentar la lectura, para cultivar el gusto por la literatura de calidad, para promocionar experiencias apenas conocidas que se desarrollan en cualquier rincón del país: bibliotecas de barrio, editoriales artesanales, recuperación de autores olvidados, editoriales que se arriesgan con la poesía, con poetas nuevos y con poetas consagrados,  rutas literarias, debates sobre el mundo del libro, experiencias novedosas desarrolladas en distintas comunidades autónomas, o municipios....

CUATRO
 Si Página 2 no depende de la publicidad, ni del apoyo de los grandes grupos puesto que se financia vía presupuestos generales del estado, ¿por qué su contenido descansa casi en exclusiva en lo superpromocionado previamente, en el best-seller, en los autores consagrados en los paneles y mesas de novedades de los grandes almacenes, de los hipermercados? Nombres como Gadir, Bartleby, Devenir, Rey Lear, Libros del Aire, Calambur, Ediciones del Viento, DVD, entre otros muchos... ¿no merecen asomarse a un programa como Página 2?

Difícil tiene el mundo editorial, sobre todo la parte más débil, las pequeñas empresas,  la salida de la crisis si en la televisión pública no encuentra una ventana por la que mostrar la calidad de su trabajo y de sus catálogos. No todo es abrir líneas de crédito a través del ICO, ni ayudas ministeriales o autonómicas a la edición. Darles voz, ofrecerles escaparate público, nuevas posibilidades de encuentro, a través de la pantalla, con lectores y amantes de la literatura, con posibles degustadores de sus libros, es también una función de programas como Página 2. El ejemplo no está demasiado lejos: ahí están La estación azul o El Ojo Crítico, de RNE (junto a algunos otros de Radio 3), o Borradores, de Aragón TV, entre otros ejemplos en las antípodas de la pasión best-selleriana de Página 2.

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...