miércoles, 27 de octubre de 2010

Don Arturo, al académico de la Real de la Lengua, se hace insultador ibérico.

Arturo Pérez-Reverte, que cultivó su fama de aventurero y de corresponsal de guerra gracias al amparo de la radiotelevisión pública, es decir, de RTVE, la radiotelevisión de todos, se hizo novelista un buen día. Y tuvo una proyección mucho mayor, gracias a ese papel heroico jugado en la radiotelevisión pública, que aquellos que empiezan una carrera literaria a puro huevo y sin padrinos. Novelista de éxito, con grandes ventas que nadie discute y con valores literarios no conocidos salvo los que se derivan de escribir mucho y contar historias de otro tiempo  (vender mucho y escribir, también, mucho, no garantiza la calidad literaria: Ni siquiera ser académico de la Real de la Lengua lo garantiza) ha cultivado una peculiar fama haciendo declaraciones epatantes, descalificadoras e insultando gratuitamente.

Pues bien, este escritor acaba de insultar a Miguel Ángel Moratinos. Cuando un ministro, cuya trayectoria, desde mucho antes de serlo, se ha caracterizado por trabajar por la paz, por intentar acabar con la ocupación de Palestina por Israel y por establecer un horizonte de concordia en Oriente Medio, reacciona como un ser humano con sensibilidad, como cualquier hijo de vecino que no puede ocultar sus emociones en un momento especial de su vida y se le escapan unas lágrimas al despedirse de sus colaboradores, el tal Pérez-Reverte, con una reacción que me ha recordado a la de los fascistas de otros tiempos, tiene la desfachatez de escribir frases como "ni para irse tiene huevos" o de llamarlo "perfecto mierda".  Es una pena porque el cartagenero se retrata: ha construido un inmenso espejo en el que se muestra ante todo el país como un ser autoritario, intolerante y, en el fondo, émulo de la retórica ibérica más zafia y rancia. Y además, a ese retrato incorpora la chulería no menos zafia: se vanagloria de haber conseguido, en Twitter, 2.000 seguidores más y añade la siguiente frase, susceptible de ser elevada a la categoría de las frases geniales en el sillón de la Real Academia al que, con ella, vilipendia. "si lo llego a saber le insulto antes". ¡Con un par!...

No recuerdo (igual tengo muy mala memoria) al reportero/escritor insultando a Aznar y a algunos de sus ministros por meternos en una guerra que ya ha costado más de 100.000 muertos y lo que rondaré... Tampoco le hemos visto insultar al ínclito alcalde de Valladolid por su magnífico manejo del lenguaje machista (Arturo, ¿no tienes que velar por el bueno uso del idioma?). No, a Pérez-Reverte, ese macho ibérico con muchos más cojones que cualquier otro, no le gustan las debilidades humanas, ni que los ministros muestren, en una ocasión tan especial como una despedida, sus sentimientos del mismo modo que los muestran otros seres humanos. Como decían los fascistas de camisa azul y correaje de mi infancia: "llorar es de nenazas", "los hombres no lloran", "el hombre que llora es un maricón"...  Ese es el pensamiento que revelan los insultos del escritor famoso y multiventas. Ni más ni menos.

A lo largo de los últimos años sentía mala conciencia por no haber podido terminar, cuando apareció en Mondadori, en 1992,  El maestro de esgrima, hecho que determinó mi distanciamiento de su obra literaria posterior, como si hubiera quedado vacunado para siempre. Después de este episodio que nos muestra a un ciudadano cutre, maleducado e indigno de ostentar en la Real Academia un sillón que financiamos todos, creo que no me ha venido mal esa ignorancia. 

Qué pena.

viernes, 22 de octubre de 2010

El poder de las palabras: la excursión y la máquina de escribir

"Soy Laura vivo en Madrid y mis abuelos maternos fueron maestros de este pueblo y me han traído a conocerlo. Zaorejas, 9 de mayo de 2010."  Estas son las palabras que una niña llamada Laura dejó escritas en el libro de firmas (cuya página fotografié este verano) del centro de interpretación de la naturaleza del Alto Tajo, en el pueblecito de Zaorejas. Debajo podéis leer la frase que cierra un hermoso círculo: "Los abuelos somos Mary y Elías y estamos encantados de haber venido a recorrer todo el Tajo con nuestros hijos y nietos". Zaorejas está en medio del Parque Natural del Alto Tajo, allá donde Guadalajaa casi limita con Teruel, y hasta allí (más allá incluso) nos llevó Manolo, el propietario del hostal en que nos alojamos, en Priego, los poetas que participamos en el curso-homenaje a Diego Jesús Jiménez el pasado mes de julio. Conmigo venían los dos antonios: Antonio Hernández y Antonio Carvajal (abajo podéis ver la foto en uno de los miradores abiertos al precipicio y a las profundas hoces del Tajo) y con ellos entré en el Centro de Interpretación del parque. La anotación de la niña me pareció, de por sí, un microrrelato. Diría más: la posibilidad de una novela corta. La chiquilla que vuelve al lugar en el que, mucho tiempo atrás, sus abuelos fueron maestros era algo verdaderamente conmovedor: no sé si una historia parecida ha sido alguna vez contada. La historia se enriquece aún más con la presencia de los abuelos, que dejan escrita también su frase. Cuando salimos del Centro, mientras los dos antonios y nuestro guía Manolo se entregaban a una conversación sobre la guerrilla republicana entre aquellos montes, yo paseé por las calles de Zaorejas sin dejar de pensar en aquella pequeña historia. Imaginé la peripecia de los abuelos maestros en los años 60 en aquel territorio casi incomunicado y pensé, también, en la suma de emociones que habrían acumulado ellos y la nieta mientras recorrían los lugares donde fueron jóvenes. Y me dije, además, que aquellos abuelos eran unos privilegiados del mismo modo que lo era la nieta. Seguro que vivió la realidad de los lugares que, seguramente, sus abuelos y sus padres (también presentes en el viaje) le habían descrito en multitud de relatos sobre su pasado. Una curiosa experiencia que me gustó vivir. Aquí os la dejo para que la juzguéis y la valoréis.
En el libro de firmas vivía la magia de las palabras. Seguro que en cada una de sus páginas, encima de la firma de cada visitante había también una pequeña historia. Probablemente no tan sugerente y bella como la que acabo de relatar, pero reveladora de la capacidad que tienen las palabras de fijar en el tiempo experiencias y evocaciones. De palabras, y de lenguaje, habla también la otra fotografía. Es mi máquina de escribir, sin uso desde hace décadas, colocada como un elemento decorativo en nuestra casa de Gargantilla, en el refugio del valle. Un hermoso animal procedente de la prehistoria de la tecnología de la escritura. Una Olivetti de los años cuarenta que compré al pasajero Partido de los Trabajadores de España cuando, ante su disolución, procedió a liquidar viejos materiales de oficina en un local de barrio. En ella he escrito muy poco. Ha sido para mí una suerte de talismán, el objeto evocador de un tiempo personal muy remoto: el de mis clases de mecanografía en una academia nocturna del barrio de la Concepción a mediados de los años sesenta. Aunque no era una Olivetti, sino una Underwood de los años treinta tenía también las teclas circundadas por pequeños anillos metálicos (era extremadamente incómodo y doloroso que se colaran los dedos entre ellos cuando imprimía velocidad a mi escritura) y con una cinta de doble color, rojo y negro. Tal vez en aquellas lejanísimas clases de mecanografía en la vieja academia de piso a la que acudía cada dos anocheceres de aquellos inviernos interminables fermentara mi pasión por la literatura y se forjaran los rudimentos de este oficio inigualable de juntar palabras e inventar mundos. Tal vez. La vieja Olivetti llegó desde aquel tiempo aunque yo la rescatara mucho más tarde. Y allí está, en la casa que fuera del padre. En el refugio.

Primero las máquinas portátiles, infinitamente más ligeras, después las eléctricas, más tarde las electrónicas y, al final, los ordenadores, de mesa o portátiles, relegaron a aquellos animales negros a la condición de hermosas piezas de museo, de elementos decorativos con los que soñar un tiempo desaparecido. Y, con ellos, con cada paso tecnológico adelante, avanzaron las palabras, avanzó el lenguaje para generar nuevos mundos, para pensar y reflexionar, para describir la realidad, para retratar los recovecos menos visibles del espíritu humano.

Máquina de escribir y música: un maridaje extraño al que encontró un espacio de convivencia un compositor del siglo XX. Leroy Anderson. Os dejo con este maravilloso vídeo en el que la Orquesta Sinfónica de Michoacán interpreta brillantemente su creación "La máquina de escribir". Disfrutadla.

b

martes, 12 de octubre de 2010

Una mirada sobre Hopper desde "La mujer muerta" y desde un viejo poema


"Edward Hopper." José Manuel Rico
La pasada tarde entré en la habitación de José Manuel, mi hijo, buscando un libro. Tras encontrarlo, dediqué algunos minutos a revisar los cuadros que cubren las paredes del dormitorio, cuadros todos ellos pintados por él hace cuatro años, cuando tenía dieciséis y no había iniciado los estudios universitarios. De entre todos ellos (alguno ocupó la cabecera de este blog durante meses) redescubrí el retrato del pintor norteamericano Edward Hopper que, a partir de una fotografía en blanco y negro de Berenice Abbot, había pintado a finales de 2006. A la izquierda podéis ver el óleo de José Manuel, un cuadro inquietante que no deja de sorprenderme. Más abajo, a la derecha, la fotografía de Abbot. ¿Por qué Hopper? Porque es uno de mis pintores de referencia del siglo XX y porque es central (aunque sólo lo cite una vez) en la respiración de fondo de mi novela La mujer muerta. Uno de los ejes de la narración es la reflexión acerca del sentido del arte (la crisis creativa del personaje Gonzalo Porta es el pasadizo que a ella conduce) y sobre los limites entre el realismo y el informalismo. Para mí Hopper es un realista con bordes de irrealidad. Sus cuadros hablan de la soledad contemporánea, de un espacio limítrofe en el que lo real se relaciona y convive con el misterio. Como en los relatos de Carver, uno tiene la sensación, al contemplar sus obras, de que algo está a punto de ocurrir, que una inminencia extraña va trastocar, de manera inevitable, la vida de los personajes (casi siempre uno solo) pintados. En las artes plásticas, al igual que en la literatura (en poesía y en narrativa), esa es la opción que me interesa, con la que creo que es posible construir mundos en los que lo real y lo imaginario puedan convivir siguiendo una lógica interna que haga de la narración o del poema artefactos, en sí mismos, verosímiles y con capacidad de emocionar al lector y situarlo ante sus propios fantasmas. Así lo expresa el narrador de La mujer muerta:

"Gonzalo optó por no responder y se recluyó en sus pensamientos. Pensaba que había mantenido aquel equilibrio a costa de alejarse de otro: el que comenzó a construir casi veinte años antes en pos de un realismo distinto, algo tamizado por la búsqueda de una cierta deformación, una tendencia que tenía su origen en el descubrimiento de algunos expresionistas centroeuropeos, pretendía gotear de expresionismo su pintura figurativa, atormentar las formas y los contornos sin llegar a hacerlas irreconocibles, y recordaba también el descubrimiento del realismo americano del crack del 29, Hopper, Soyer, Shann, o el realismo crítico italiano, la causticidad desolada de Guttuso, o aquel texto recortado de una vieja revista en el que Schad escribía «es posible crear forma realista de expresión moderna."
Ese es el sendero que desde el día en que, en la ya remota adolescencia, escribí mi primer verso o intenté construir mi primer relato, he querido transitar o construir. Al igual que en la realidad cotidiana siempre hay esquinas imprevisibles, hechos inesperados que trastocan nuestra existencia hasta llegar, incluso, a darle la vuelta, creo en un arte realista de expresión moderna en el que los contornos se difuminen hasta derivar en zonas híbridas, en las que lo real convive con lo irreal (¿acaso la irrealidad no forma parte de nuestra existencia a través de los sueños, de los deseos más recónditos, incluso de las utopías?). Los bares solitarios con grandes ventanales abiertos a la ciudad nocturna, las gasolineras perdidas en lugares sin nombre, las mujeres asomadas a ventanas de habitaciones deshabitadas, la pudorosa desnudez de las putas avergonzadas y tristes, las oficinas asoladas por la noche o las oficinas proyectadas a la soledad de una urbe de tejados desnudos, las casas perdidas en medio del campo con las luces encendidas y el contorno sombreado de una mujer asomando en alguna ventana de la planta de arriba, las choperas junto a un río desconocido... Eso es Hopper. Y ese Hopper misterioso, que trabaja en la difuminación de los bordes, está en mis paisajes y pueblos de La mujer muerta: en las montañas solitarias y en los bosques misteriosos que rodean pueblos abandonados, en la imagen de un viejo automóvil contemplado en la lejanía, en las casas solitarias de una ciudad detenida en los años cincuenta, en los escaparates de la ciudad... Son, en verdad, escenarios distintos (la Norteamérica de los 40, 50 y 60 y la España de posguerra o el mundo rural del vértice norte del Madrid de los 80), en las antípodas, es verdad. Pero siempre tuve conciencia de que algo de la esencia de la mirada con que Hopper contemplaba el mundo vivía en mi novela. Y, desde luego, en la pulsión última de un pintor en crisis que busca reconciliarse con sus raíces, encontrar la siempre huidiza verdad del arte. Pero a veces más que la teoría ilustra la práctica. Hace muchos años, a principios de los 90, quedé fascinado contemplando una lámina en la que se reproducía un hermoso lienzo del pintor norteamericano: en él aparecía una gasolinera cerca de una casa por una de cuyas ventanas podía verse una misteriosa sombra. Intenté, con un poema, penetrar en el cuadro, explicármelo y explicarlo a la luz de mis propios fantasmas y querencias. De aquel esfuerzo surgió un poema que pasó a formar parte de mi libro Quebrada luz, publicado en 1996. Debajo del inquietante óleo de Hopper (¿qué nos amenaza detrás de los árboles?, uno se pregunta al contemplarlo) podéis leerlo. Quizá en él se contengan algunas claves de la novela que ahora reedito.
 
"Gasolinera". Edward Hopper. 1940
              Es una carretera solitaria. Un cable del telégrafo
poblado de vencejos. Una casa que, quizá, abandonaron    
no hace mucho sus dueños. Un surtidor inútil, vencido por el 
                                                                               [polvo.
Un fugaz automóvil, el silencio.

La luz es amarilla. Como el trigo segado no hace mucho,
sus cabellos gastados al fin se desvanecen contra un cielo
donde el abismo alienta.
                                           Hierve el asfalto. Mensajes invisibles
de fugaces neumáticos
crecen sobre el silencio.
                                          Es una carretera prendida al amarillo
de un sueño sin memoria.

Cruza el águila el aire
y la luz, con sigilo, lo retiene.
En la casa, como fruto del tiempo
detenido, tal vez llegando del fondo de los siglos,
se pinta en la ventana la silueta sin rostro
de un fantasma. Ha surgido de pronto. Es como si el tiempo
ocupara un lugar al mediodía, un borroso lugar
hecho a la soledad y hecho al silencio que, terco, amarillea
la luz.
             No existimos o sólo en el reflejo
de la llanura, del cable del telégrafo, del fugaz automóvil
o de la casa dejada
a merced del fantasma sin rostro por sus dueños
junto a una carretera
perdida en un lugar desconocido.

Pero es la soledad un universo. También el amarillo
de la luz aquietada, lo negro del asfalto
que hierve, el vuelo hecho sigilo del águila o la dura
desolación de julio.
                                   ¿Por qué la escena aturde?
¿Por qué el miedo nos deja
su barniz, su desastre?
                                          ¿Por qué, sobre la claridad, se impone
la callada amenaza del vacío, el asedio
de las cosas perdidas, la urdimbre gris del miedo,
su trampa inabarcable?

Es como si en el aire
jamás la noche se anunciase, como
si sólo nos marcara
la extensa longitud que sobrecoge, como
si sólo el horizonte, con su color de teja, y el desierto
—un surtidor de polvo,
una casa vacía y un fantasma
detrás de los cristales—, fueran el aposento
de la pasión por detener las horas
que es el arte.
           
           ("Hopper". Del libro Quebrada luz. 1996)

viernes, 8 de octubre de 2010

De Vargas Llosa al auge del cuento: reflexión y memoria de un lector

Mario Vargas Llosa ha escrito novelas portentosas. Mis preferidas son La ciudad y los perros (1963), Conversación en la catedral (1969) y La fiesta del chivo (2000). Sólo por esas tres obras narrativas, sin añadir nada más a su bibliografía, el premio Nobel estaría plenamente justificado. Pero hay otro Vargas Llosa, tal vez menos conocido, que es el autor de cuentos. Un escritor intenso, dominador de la distancia del relato, al que descubrí en los primeros 70 a través de dos libros emblemáticos: Los jefes (1959) y Los cachorros (1967), publicados en bolsillo por aquella editorial de editoriales cuyo nombre era Libros de Enlace. Eran cuentos de una Lima entre lo rural y lo urbano, llenos de personajes en formación, sobre todo muchachos, que parecían anticipar la psicología y los sueños y la pulsión violenta de quienes habitarían La ciudad y los perros. El Vargas Llosa inicial, el que comenzó a transitar los senderos de la literatura fue el escritor de cuentos. No lo digo sólo por la temprana publicación de los dos libros antes citados, sino porque su primera irrupción en el campo narrativo se produjo, también, con un cuento o relato: El desafío, publicado nada menos que en 1957, cuando el escritor limeño-español tenía 21 años de edad. Cuando desde todos los puntos de la geografía de la lengua española o castellana se invita a celebrar el Nobel leyendo o releyendo sus novelas yo  invito a hacer lo propio con sus relatos.


Y aprovecho para afirmar mi fervor por el cuento. No como escritor (siempre me ha parecido un género extremadamente difícil y sólo escribí algunos relatos en la adolescencia), sino como lector. Si Vargas Llosa  es una muestra del cultivo del cuento en virtud de lo dos libros citados, entre los escritores del "boom" y en sus alrededores es imposible eludir a los maestros latino americanos: Borges, Cortázar, Rulfo, Conti, Ribeyro, Monterroso. Pero no es de esas lecturas de las que quiero hoy hablar. Desde hace tiempo, al calor de la atención al cuento que vienen prestando editoriales como Páginas de Espuma, Menoscuarto o Bartleby, con rescates significativos y con la promoción de nuevos autores, no he podido evitar sumergirme en esa enorme asignatura pendiente de la literatura española.

Mi memoria del cuento: lecturas
Fue Fernando Quiñones quien, al definir los tres géneros esenciales de la literatura dijo: "La novela es whisky con agua, el cuento whisky con hielo y la poesía whisky solo".  Certera definición: cuento=whisky con hielo. Es decir, disciplina en una encrucijada de caminos: aquella en la que se cruzan el que lleva a la narración y el que lleva al poema. Nada más cierto: el cuento requiere intensidad, alto voltaje lingüístico desde el principio hasta el final, tensión narrativa, sorpresa y emoción (estética y sentimental). Tal vez fueran esas características las que me llevaron, en las tardes interminables de verano de mi adolescencia, a pasar las horas de la siesta embebido en los relatos de Ignacio Aldecoa, aquel libro titulado El corazón y otros frutos amargos --qué maravilloso título-- en el que reconocía las calles de mi barrio, la experiencia de personajes parecidos a cuantos, conocidos de mis padres, visitaban mi casa, a respirar los olores del tranvía, la paz de los merenderos, el silencio de la posguerra.

Años después, cuando la literatura comenzó a ser un campo en el que escarbar más allá de lo que prescribía el libro de texto, descubrí que en aquella década de los 50 existió una edad de oro (o de plata, qué más da) del cuento. Además de Aldecoa, escribieron cuentos hondos, perturbadores, que hablaban de nuestros sueños y frustraciones novelistas como Jesús Fernández Santos, autor de aquel librito, Cabeza rapada, hecho con cuentos de una sequedad lírica inigualable, o como el gran olvidado (hoy en proceso de rescate gracias al impulso de Jesús Egido en Rey Lear) Francisco García Pavón con sus Cuentos republicanos, o Antonio Pereira, un auténtico maestro cuya dedicación casi exclusiva fue el relato, o Juan Eduardo Zúñiga, con obras maestras como Largo noviembre de Madrid, o Jorge Ferrer Vidal (atención, editoriales pequeñas y militantes: no sería malo rescatar alguno de sus libros de relatos), con libros como Sobre la piel del mundo o También se muere en las amanecidas. o Juan Benet, autor de dos relatos que, por sí solos, justifican toda una carrera literaria como Numa y Una tumba), o Juan García Hortelano, o Antonio Martínez Menchén o el autor de cuentos por excelencia, Medardo Fraile, todo un maestro al que desde que tengo uso de razón he oido a expertos, críticos y lectores apasionados calificar como nuestro mejor cultivador del género del siglo XX y que acaba de publicar, en Páginas de Espuma, su última colección de relatos, Antes del futuro imperfecto.

Hasta aquí, la nómina incompleta de mis devociones lectoras (añadiría los autores norteamericanos que van de la Generación Perdida al realismo sucio --Hemingway, Scott Fitzerald, Capote, Cheever, Salinger, Carver, Tobias Wolff-- y algunos contemporáneos españoles como Tizón, Merino, Ana María Navales, Mateo DíezAgustín Cerezales--).

Meliano Peraile, un grande olvidado

Pero recuerdo, sobre todo, a un narrador casi olvidado, muñidor de unos cuentos ambientados en la posguerra y en los años 50, que, además, estuvo, con la tenacidad de los luchadores imprescindibles en todas las causas por la libertad, el progreso, la búsqueda de una sociedad distinta, más igual y más justa. Me refiero a Meliano Peraile, al entrañable Meliano Peraile, autor de maravillosos relatos protagonizados por seres humildes y derrotados e incluidos en libros como Tiempo probable  (1965), Cuentos clandestinos (1970), Un alma sola no canta ni llora (1984) o Fuentes fugitivas (1987). No lo conocí al principio como escritor, sino como practicante, es decir, curador de heridas y experto en inyecciones en el barrio de la Concepción primero y, después, en el consultorio de la Seguridad Social de Santa Virgilia, en el madrileño barrio de Hortaleza, en la calle de mis primeros años en pareja, entre 1976 y 1982. Meliano Peraile, sí, ponía inyecciones: yo lo veía, algunas tardes, caminar hacia el consultorio, donde se embutía en su bata blanca (a juego con su cabellera, que siempre recuerdo blanca o casi) y recibía a enfermos de toda condición. No sabía entonces que aquel ATS, o enfermero (entonces, lo he dicho, se llamaban practicantes) era el autor de los cuentos incluidos en el libro Tiempo probable que me había regalado, un día olvidado, el poeta y amigo Diego Jesús Jiménez.  Murió el 28 de octubre de 2005, un día después del día de mi cumpleaños. Y con sus relatos, sólo encontrables hoy, lamentablemente, en librerías de viejo o en la Cuesta de Moyano (¿existe todavía?) y espacios similares, Meliano nos dejó una definición del cuento que suscribo plenamente:  "las características básicas del cuento", escribió, "son la concisión y la intensidad, propiedades irrenunciables también de la poesía, lo cual hace que el relato y la poesía sean géneros muy próximos". Pues eso.

Quede aquí mi homenaje a un género que quizá algún día cultive porque me parece tan apasionante como difícil. Y mi recuerdo emocionado a Meliano Peraile.

martes, 5 de octubre de 2010

50.000 visitas, Miguel Hernández y "El Quijote"

Este lugar de reflexión en voz alta ha cruzado esta madrugada el puente de las 50.000 visitas. En tres años (aunque Al margen nació en la primavera de 2007, el contador de visitas funciona desde septiembre de ese año), alguien, al otro lado del ciberespacio ha pulsado cada cierto tiempo la tecla intro para acceder al blog. Muchos son visitadores frecuentes, que se han acostumbrado a convivir en este espacio con mis fantasmas, mis obsesiones y mi palabra. Otros son ocasionales, unas veces fruto de la casualidad otras de una búsqueda que se ha iniciado al otro lado del Atlántico, o en las antípodas, por tierras de Australia o Nueva Zelanda. Así hasta sumar 50.000. A todas y a todos los internautas, blogueros, cotillas y curiosos, poetas y novelistas, amigos encubiertos de otros años y amigos descubiertos en la red: mil gracias. Mejor dicho: cincuenta mi gracias.

Me alegra pensar que este acontecimiento personal y literario se ha producido casi en paralelo con dos grandes acontecimientos: de un lado, la inauguración en la Biblioteca Nacional, gracias a la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, entidad organizadora, y a un puñado de apasionados por la poesía, de la gran exposición conmemorativa del centenario de Miguel Hernández titulada La sombra vencida. 1910-2010; de otro, la puesta en marcha, por la RAE y en colaboración con YouTube, de la lectura de El Quijote en Internet: una lectura global como parte de una actividad cultural global --la primera en el mundo sustentada en una obra literaria-- basada en un libro, en una obra tan emblemática para la cultura en español y para la novela universal como la de Cervantes, con participación de los lectores en todos los rincones del mundo.


Mi condición de escritor y el hecho de haber tenido el privilegio de trabajar, durante casi tres años, en el Instituto Cervantes me convierte en espectador especialmente sensible ante iniciativas de estas características. Y tengo que decir que en ambas he advertido (lo han advertido no pocos habitantes del mundo de la cultura) la muy significativa ausencia de esa institución. Un ausencia que se produce al mismo tiempo que, según he leído, la RAE ha confiado la supervisión de los vídeos y el cuidado de la fidelidad del texto matriz que leen los internautas al Centro de Estudios Cervantinos de Alcalá de Henares. En mi modesta opinión, nuestro embajador de la cultura en español en el mundo debería haber mostrado iniciativa cultural, haber jugado el papel de avanzada, pugnado por un protagonismo y una participación activa, como colaborador privilegiado, en una y otra, haber aportado todas sus capacidades a tan apasionantes empresas. Su red de centros, su televisión por Internet y su plataforma interactiva habrían contribuido a dar una dimensión internacional a la obra de Miguel Hernández y a conectar la lectura de El Quijote con la actividad docente y cultural de cada uno de sus centros, desde Alburquerque a Sydney pasando por Berlín, Praga o Pekín, además de potenciar el papel de la adminsitración española en la difusión de nuestra cultura en el mundo. Hace algunos meses, reflexionaba en Al margen sobre el Día del Español y expresaba mis reservas hacia una celebración que, en buena medida, se había limitado a ser un mero juego alrededor de las palabras en español sin trascender hacia objetivos culturalmente más ambiciosos, en una fiesta un tanto ligtht. Escribí que habría sido una gran experiencia de cultura trasnacional recoger el testigo del frustrado Congreso de la Lengua  de Valparaíso y hacer el gran homenaje del español a Pablo Neruda y a Gabriela Mistral, agregando los dos poetas con centenario a esta orilla del Atlántico: Miguel Hernández y Luis Rosales.

Ese mismo espíritu es el que anima hoy mi reflexión sobre las actividades iniciadas en los últimos días por la Biblioteca Nacional y por la Real Academia de la Lengua. En la realidad globalizada del siglo XXI, con Internet desbordando las fronteras que antaño limitaban la expansión de la cultura y el arte, el Instituto Cervantes podría jugar un papel esencial promoviendo, de manera regular, actividades culturales de carácter global en las que el universo de la lengua española, en todos los rincones del mundo, participara de manera simultánea. Eso es lo que aporta la nueva realidad tecnológica: hoy es posible organizar una mesa redonda en Madrid alrededor de Miguel Hernández o de Luis Rosales y concitar la participación de escritores y lectores de todo el mundo, de las comunidades educativas y universitarias, expresando su opinión sobre la obra de uno y otro o leyendo sus poemas además de contar con señalados cantautores, comenzando por Joan Manuel Serrat. Sería actuar de la misma forma que lo ha hecho la RAE con El Quijote. A mi modo de ver, ahí es donde se mide la modernidad de una institución, su capacidad de conectar con esa comunidad trasnacional que piensa en español y que quiere colaborar y participar en iniciativas que tengan a la literatura española como protagonista.

Miguel Herrnández y El Quijote, dos clásicos de la literatura universal, están siendo estos días los grandes protagonistas de nuestra cultura. Más de sesenta años después de la muerte del poeta y más de quinientos después de la publicación del libro cervantino, dos instituciones culturales españolas los hacen más accesibles, más cercanos, más universales. Gracias (y enhorabuena) a la BN y a la RAE.

Y, por supuesto (se me olvidaba), gracias por esas 50.000 visitas a este rincón situado Al margen.