¿Determina la fecha de nacimiento, o la estación del año en que éste se produce, la forma de mirar el mundo, la preferencia por determinadas atmósferas? No lo creo. En mi caso es la casualidad. Porque la impregnación otoñal que no pocos críticos han destacado de mi obra tiene que ver con experiencias no relacionadas con el día en que vine al mundo.Amo octubre y, más allá, el otoño, porque es un tiempo de tránsito en el que predominan las tonalidades mixtas, en el que vive mi memoria del final de cada verano: octubre era la vuelta al colegio en mis años infantiles, era el tiempo de las lluvias tras la sequía impiadosa del verano en un Madrid periférico; era el tiempo en que volvían los abrigos, el calor de la casa, en que se anunciaban los caminos que llevaban a un invierno cargado de ensoñaciones, de sueños, de magia. Era el tiempo de mi cumpleaños, la antesala de las navidades, el de los paisajes húmedos, el de las praderas recobrando el verde que los meses de estío habían borrado.
Pero octubre, en años posteriores, en mi adolescencia y en mi primera juventud, tenía que ver con la vuelta a la Universidad, con la lucha política clandestina y semiclandestina, con el comienzo de la temporada en el cine club semilegal de mi barrio a comienzos de los años setenta, con la recuperación de la chaqueta de pana, con la vuelta al cine (en blanco y negro y de arte y ensayo unas veces, en color y de sesión continua y doble otras) de los sábados o de los domingos por la tarde, cuando la ciudad, Madrid, se entristecía de manera muy especial. Octubre era también el comienzo de la temporada en los colegios mayores, la puerta para el "otoño caliente" que acabaría con la dictadura y que no llegó nunca (terminaría de otra forma y con Franco muerto en la cama).
Y era la recuperación de la chaqueta de pana, del tabaco de pipa, cuyas hebras redescubría (yo fumé en pipa durante algunos años) en los bolsillos de chaquetas y abrigos del año precedente como si se hubieran salvado extrañamente de la tintorería. Octubre eran los tranvías y eran las novedades literarias y el comienzo de las lecturas poéticas en los lugares más extraños, comenzando por la memorable Tertulia Hispanoamericana en el ICI, al comienzo de la Ciudad Universitaria, allá donde la urbe perdía sus contornos y se asomaba a las cumbres de Navacerrada. En octubre se nos murió Jacques Brel y me quedé un poco huérfano. Le estalló el corazón a Manolo Vázquez Montalbán en el aeropuerto de Bangkok y me quedé estupefacto, perplejo, más huerfano todavía. En octubre fue la revolución rusa y cayó (tiraron/tiramos) el muro de Berlín abriendo una nueva época que lamentablemente no fue la primavera que esperábamos.
Y octubre, en fin, era/es una amalgama de olores memorables: el de la hojarasca en los bosques o en los parques después de la lluvia; el de los hongos en las extensas praderas de la sierra del Guadarrama; el olor a tierra mojada y a pétalos marchitos; el olor de la lana humedecida por las primeras gotas de lluvia; el del abrigo de paño de la amada; el de los cigarrillos que abandoné hace once años....
Anteayer, sí, cumplí años. Un 27 de ocutbre idéntico y, a la vez, distinto a cuantos he vivido. Nací en 1952. Fui niño en los cincuenta hasta los primeros sesenta. Adolescente en los sesenta, cuando irrrumpían los Beatles y los Rolling y apuntaban la vez blanda y sinuosa de Bob Dylan y de amor nos hablaban Joan Manuel Serrat o la amante que perdimos en un fatal accidente de tráfico llamada Cecilia. Joven, solidario, inocente, entregado, militante comunista, revolucionario, semi hippie, poeta, visitante de iglesias (románicas sobre todo) y arquitecturas perdidas en lugares remotos de la geografía, y amante en los setenta. En los ochenta entré en la jueventud madura de la treintena, en la racionalidad y en la literatura con mayúsculas mientras en Madrid la movida viajaba por Rok Ola y nacía el cine de Almodóvar. Los noventa, los dos mil son años que me parecen más que próximos, vecinos, colindantes, parte del presente más que del pasado. Ahora veo la vida de otro modo. Escribo. Leo. Viajo por Internet y viajo por el mundo por razones laborales. Mantengo la inocencia inaugural ante la gran obra artística, sea literaria, cinematográfica, plástica o musical. Y echo de menos vivir por temporadas alejado del mundo, disfrutar del refugio que heredé del padre dedicado a leer, a caminar, a escuchar música, a charlar hasta la extenuación con los amigos y a escribir los libros que no podré escribir...
Todo lo hasta aquí escrito, que forma parte de mi forma de contemplar el mundo y de enfrentarme a la vida, está hondamente vinculado con octubre, con todos los octubres... Ah, y una canción escuchada por vez primera a mis 16, o 17 años, que Serrat escribió y compuso en estado de gracia titulada Balada de otoño que os invito a escuchar pinchando en el título.
Sé que me he dejado llevar por la emoción de las palabras que tocan la memoria. Lo siento. Sé que sabréis disculparme.


La "Electro Harinera de
Aproveché para cerrar el libro de poemas en que vengo trabajando desde hace 10 años, para caminar hasta el río, para recuperar el sabor de las realidades pequeñas y cercanas. Del paseo del atardecer quedó la fotografía que podéis ver arriba. Es como si los fresnos ardieran. Caprichos de la luz.

