miércoles, 12 de noviembre de 2014

Sombras del paraíso junto a nuestras ciudades

Hace algunos años, la novela de Clara Sánchez Últimas noticas del paraíso me descubrió que algunos lugares vinculados a la modernidad más reciente y a la sociedad de consumo también podían ser objeto de tratamiento literario, incluso poético, con todas las consecuencias.  Me refiero a los grandes centros comerciales que han proliferado en los alrededores de las ciudades como apéndices de los barrios y como lugares de ocio. En la novela de Clara se aludía a un centro muy conocido del madrileño pueblo de Rivas Vaciamadrid, pero la experiencia puede muy bien extenderse a todos los centros comerciales de parecidas características.



Se han convertido en focos de atracción de los fines de semana, en contenedores de algunas ofertas culturales que antes disfrutábamos en las zonas urbanas ya antiguas, hechas a la tradición, de las ciudades: el cine, la librería, a veces el teatro y en algunas ocasiones la música, han ido encontrando acomodo en esos lugares a los que, en la última década, el ciudadano acude a comprar y no sólo…. A veces (y de manera aún más acusada en esta interminable crisis) busca en ellos un refugio, otras el calor, que falta en la calle, incluso en el hogar, de una calefacción hospitalaria o el aire acondicionado que en el verano salva de la calima. También busca una inyección de optimismo, busca la compañía, la huida de unas calles cada vez más deshumanizadas, más desprovistas de la vida que tuvieron antaño: cines cerrados o a la espera de albergar una oficina bancaria, comercios muertos o convertidos en las casi indiferenciables “tiendas chinas”, tristeza, nostalgia por un tiempo de esplendor desaparecido con demasiada rapidez, casi de un día para otro.

Esta mañana he acudido a cambiar los neumáticos del coche a uno de esos centros. Mientras los empleados se afanaban en la tarea, no me he podido resistir a la tentación de pasear entre sus escaparates: al ser una mañana laborable, sus avenidas interiores estaban casi vacías, la soledad parecía flotar en un ambiente que parecía desasistido, como si se enfrentara a una situación para la que no había sido preparado. Comercios vacíos (incluso las franquicias de moda, tan concurridas por la tarde y en los fines de semana), empleados acodados en las puertas o sentados tras el ordenador y con la mirada y los dedos atrapados en teléfonos móviles de la última generación, limpiadoras, cafeterías sin clientes o sólo con algún despistado que tomaba café y leía el periódico…. Una inmensa carcasa pensada para albergar la felicidad y el artificio se mostraba vacía, extrañamente triste, desubicada, sin apenas actividad. 

Yo pensé en la novela de Clara Sánchez y caí en la cuenta de que, a diferencia de lo que ocurriría con las calles del barrio, a ese centro comercial vacío volvería, con el atardecer,  la vida, la agitación, el tumulto. Y pensé, sobre todo, que ese lugar u otros parecidos, se habían convertido en parte de mi geografía sentimental: recordé el de Gran Vía de Hortaleza y el de las navidades de mis hijos y las horas pasadas allí alimentando sus sueños, recordé el de La Vaguada como refugio de algunas tardes de invierno con algunos amigos (no hace mucho estuve allí y pude ver los grupos de pensionistas que hacen vida huyendo del tedio de la casa y, quizá, de la vejez), o el de Madrid Sur, allá en Vallecas, en cuya librería-papelería, hoy desaparecida, pasaba un buen rato cada día husmeando en las novedades y cotilleando entre los útiles de escribir y las carpetas y cuadernos que se mostraban en sus estanterías como si en ello me fuera la recuperación de la infancia y los días de colegio.

Ya forman parte de la cotidianidad de nuestros barrios. Varias generaciones han construido su ocio al amparo de sus inmensos muros de cristal o metacrilato, miles de adolescentes descubren el amor cada fin de semana, las salas de cine reciben a una multitud que hace tiempo dejó de frecuentar la ciudad vieja, los estrenos hace mucho que dejaron de ser exclusivos de la Gran Vía madrileña o de la calle Luchana para ocupar los multicines periféricos… Y los barrios han encontrado allí un apéndice cosmopolita, émulo de las grandes avenidas europeas o norteamericanas, para saldar la vieja deuda (aunque sea de modo artificial, endeble) de la marginación y el provincianismo. Son, es verdad, monumentos al consumo desmedido. Pero son, también, parte inseparable del nuevo siglo, de nuestra cotidianidad más allá de la casa. De nuestros barrios. Inevitablemente.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Noticia de Philip Levine, poeta norteamericano coetáneo de nuestra generación del 50


En el verano de 2007, con motivo de una lectura que compartí con Isabel Pérez Montalbán en los cursos de verano de la Menéndez Pelayo, visité Santander. En aquella visita conocí a dos de los más tenaces impulsores de la poesía y de la cultura poética en Cantabria (y magníficos poetas, por cierto), Carlos Alcorta y Rafael Fombellida. No recuerdo si por iniciativa de Carlos o de Rafael, o de ambos, fui obsequiado con dos libritos de una recién nacida colección que editaba la Asociación Cultural “V. PE. CA” bajo el título genérico La mirada creadora. La colección la abría una antología de Fombellida, La propia voz. Poemas escogidos (1983 – 2005) que el propio Rafael me había enviado dedicada a principios de año. De aquellos libros, que sucedían a La propia voz, se quedó grabado en mi memoria el que hacía el número 3, Las erres del amor, de Osysseas Elytis, en traducción de Tomás Bermejo, del que leí unos cuantos poemas en el viaje de vuelta a Madrid. El otro, sin abrirlo, lo guardé junto a otros libros comprados o regalados durante aquel verano y quedó en ese espacio mudo en que quedan los ejemplares que, sin abrir, archivamos en cualquier lugar poco accesible de nuestra biblioteca.

En enero, o quizá en febrero de 2013, un buen amigo, Alberto Infante, médico y poeta, me habló de Philip Levine, poeta norteamericano, judío de ráices sefardíes, que en 1995 había ganado el premio Pulitzer con The simple truth, ofreciéndose, además, a traducir el libro, del que me entregó una muestra de poemas en versión original acompañada de su traducción para valorar su posible publicación en Bartleby. Los leí a las pocas horas de recibirlos y me causaron una honda y positiva impresión: eran poemas en los que la realidad se fundía con la Historia, en los que la crítica social aparecía cargada por la subjetividad de la experiencia íntima y de la memoria personal y en los que dominaba un tono directo, conversacional que tenía mucho que ver con cierta tradición de la poesía española del siglo XX, especialmente con la de buena parte de los poetas de nuestra generación del medio siglo. Levine, además, escribía desde la memoria de España y de nuestra literatura. Uno de los poemas que más me llamó la atención era la escenificación de un encuentro imaginario entre Federico García Lorca y el gran poeta norteamericano Hart Crane. Guardé aquellos poemas pensando que en algún momento el libro de Levine podría encontrar acomodo en el catálogo de Bartleby (se daba, además, la circunstancia de que la propuesta sintonizaba con una de las más sólidas líneas de la editorial: la publicación de poesía norteamericana en edición bilingüe). Sin embargo, otras tareas se fueron metiendo por medio. Estaba terminando una novela, trabajábamos a marchas forzadas en la antología En legítima defensa y en otros proyectos y los folios que me entregó Infante fueron quedando en cierto olvido guardados en una de mis carpetas.

A principios de este verano, quizá a mediados de junio, haciendo limpieza en la biblioteca de nuestra casa en el valle y revisando títulos de libros que había acumulado de una manera un tanto caótica, me llamó la atención uno de pequeño formato y con las tapas de un claro color verde aceituna. Recordé al verlo que era uno de los que, en el verano de 2007, me regalaron en Santander. Y me sorprendió gratamente algo en lo que no había reparado: su autor era el mismo que me había descubierto hacía sólo unos meses Alberto Infante. Y el título coincidía con el que obtuvo el premio Pulitzer en 1995: Una verdad sencilla. Me sentí algo abochornado por aquel descuido y por mi ignorancia. El libro, cinco años antes, me había acompañado en el viaje de vuelta de Santander junto al de Odysseas Elytis, lo había guardado sin hojearlo siquiera y dormía el sueño de los justos en un rincón de la estantería junto a otros libros de poetas desconocidos. 

Aquel ejemplar de Una verdad sencilla no se correspondía con el libro premiado. Era una breve antología preparada y traducida por Eduardo López Truco que asumía su título (con el añadido "y otros poemas") y en la que se recogían poemas publicados por Levine entre 1991 y 2004 y, de ellos, sólo cuatro procedentes del libros que daba título a la antología. Después he sabido la editorial Visor tiene en imprenta (su publicación es inminente) una selección de poemas del poeta norteamericano, La sombra de García Lorca (y otros poemas españoles), con traducción de Andrés Catalán y he podido leer algunos poemas publicados en blog y traducidos por Jonio González.

El caso es que el pasado mes de agosto, el librito publicado en Santander fue uno de mis libros de compañía. Levine es un poeta directo, que utiliza el resorte de la emoción y con una mirada volcada hacia el mundo, especialmente al mundo más próximo, desde una perspectiva de clase. Es la perspectiva de los humildes, de las víctimas de una crisis que se ha abatido sobre la ciudad de Detroit dejando medio en ruinas amplios espacios antaño emergentes, barrios y polígonos industriales enteros que vivían del automóvil por el desplazamiento de su industria a otras ciudades y otros países. El tono nos recuerda mucho al de poetas como Ángel González o José Agustín Goytisolo (no es casual que Levine tradujera al inglés a Gloria Fuertes y a Jaime Sabines) y su poesía está recorrida por una cierta influencia de la mejor poesía en castellano del siglo XX. De Antonio Machado a García Lorca pasando por César Vallejo o Miguel Hernández (tiene poemas con cada uno de ellos como protagonistas). La Guerra Civil, el franquismo, su visión sobre España, una pasión heredada de unos padres que le decían que era "español", tal y como cuenta López Truco  en la introducción, está presente en gran parte de los poemas de Una verdad sencilla y otros poemas. El hermano mecánico y su vida de asalariado, la memoria del padre y el valor del trabajo, el jazz y John Coltrane como ídolo de una madre joven, la inmigración, el racismo.... son algunos de los "temas" que aborda desde dentro: no como espectador a distancia sino como protagonista, desde el núcleo, de una experiencia vivida.

Detroit, cuna de Levine, es hoy símbolo de ciudad industrial en ruinas
Philip Levine estuvo en España en 1995, participando en el XI Festival Internacional de Poesía de Barcelona, y volvió, en 2005, a Lleida, a vivir en directo los ambientes de los que había hablado en sus poemas. Sobre esa última visita, López Truco nos cuenta una anécdota que no quiero dejar de lado: "Mientras lo acompañábamos al hotel [...], supongo que para romper distancias, dejaba caer preguntas sobre si leíamos a Antonio Machado, si también los jóvenes de hoy lo valoraban como se merecía, así como a Federico, Alberti o Miguel Hernández. A medida que le confesábamos nuestros gustos literarios y despejábamos sus dudas y referencias, se le iba notando más cómodo y percibíamos que había aterrizado de nuevo en su España". 

Espero que algún día, la versión íntegra de The simple truth pueda llegar, en castellano, a nuestras librerías.

De ese libro, os dejo dos poemas. El que le da título, en versión de Eduardo López Truco. Y "No pidas nada", traducido y versionado por Alberto Infante. 


UNA VERDAD SENCILLA


Compré un dólar y medio de patatitas rojas,
me las llevé a casa, las herví sin pelar
y me las comí de cena con un poco de mantequilla y sal.
Luego di un paseo por los campos desiertos
de las afueras de la ciudad. Mediado junio, la luz
cae en los oscuros surcos a mis pies,
y en los robles encima de donde los pájaros
se recogen de noche, los arrendajos y los sinsontes
graznan insistentes, los pinzones se arrojan aún
hacia la última luz. La mujer que me vendió
las patatas era de Polonia; era alguien de mi infancia,
con un suéter de lentejuelas rosas y gafas de sol,
que alababa la perfección de toda su fruta y sus verduras
junto a la carretera y me apremiaba a probarlas,
incluso el maíz crudo dulce, traído hasta aquí,
juraba, desde New Jersey. "Come, come", decía,
"Aunque no quieras, diré que lo hiciste."
                                                             Algunas cosas
las has sabido siempre. Son tan sencillas y ciertas 
que han de decirse sin elegancia, metro ni rima, 
han de ponerse sobre la mesa junto al salero, 
el vaso de agua, la ausencia de luz olvidada 
en las sombras de los cuadros, han de estar
desnudas y solas, han de sustentarse por sí mismas.
Mi amigo Henri y yo llegamos a esto juntos en 1965,
antes de irme, antes de que empezara a matarse,
y ambos traicionáramos nuestro amor. ¿Puedes probar
lo que te digo? Son cebollas o patatas, una pizca
de sal, la calidad de la mantequilla fresca, es obvio,
se queda en la garganta, como una verdad
que nunca dijiste, porque el tiempo estuvo siempre en contra,
permanece allí para el resto de tu vida, tácita,
hecha del barro que es la tierra, y la piedra que llaman sal,
en una forma para la que no hay palabras, y con la que vives. 

                                           (Traducción de Eduardo López Truco) 

NO PIDAS NADA 
En vez de caminar solo por la noche
hacia los suburbios y el campo
duerme bajo el cielo del ocaso;
el polvo que levantan tus pasos
se transforma en lluvia dorada
que cae sobre la tierra como regalo
de un dios desconocido.
Los plátanos a lo largo del dique,
los escasos álamos del valle, aguantan
la respiración cuando cruzas el puente
de madera que no conduce a un
solo lugar donde no hayas estado, pues este
paseo se repite al menos una vez al día si no más.
Esa es la razón de que más allá
de la primera hilera de colinas
donde nunca creció nada, hombres y mujeres
montando mulas, caballos, algunos incluso
a pie, toda tu perdida familia a la que
nunca rezaste para ver, recen para verte,
canten para acercar la luz de la luna
a los últimos rayos del sol. Detrás de ti
parpadean las ventanas de la ciudad,
los hogares se cierran; mientras ante ti las voces
se van apagando como música sobre
aguas profundas, y desparecen;
incluso los rápidos, cernidos pinzones
se han convertido en humo, y la solitaria
carretera iluminada por la luna
conduce a cualquier lugar. 
                                  (Traducción de Alberto Infante)



lunes, 11 de agosto de 2014

Tal como eramos. Ante la edición digital de "Una mirada oblicua"

Todavía se mantiene vivo mi recuerdo de un día de otoño de 1994, en la sede que la editorial Alfaguara tenía en la calle Juan Bravo. Estaba frente a uno de los más poderosos directores literarios de la época: Juan Cruz. A través de un amigo le había hecho llegar el manuscrito de una novela que entonces tenía como título provisional Cierto sabor a ceniza. Fue una conversación corta y aún así interrumpida por una riada de llamadas telefónicas desde los más remotos lugares del mapa: recuerdo especialmente una, probablemente de Carmen Balcells, en la que habló del premio Cervantes de 1989 Augusto Roa Bastos, creo que de la edición de Contravida, que sería publicada aquel año en el sello que dirigía Cruz. Lo cierto es que hablamos poco de mi novela puesto que se limitó a entregarme un informe de un lector de la editorial en el que se desaconsejaba su publicación y dedicamos el resto de la entrevista a hablar, de manera breve, de la actualidad literaria de aquellos años y de la apuesta del propio Cruz por reforzar el catálogo con nuevos autores hispanoamericanos.

Detalle manifestación 26 de febrero de 1981, contra el golpe del 23-F
El manuscrito viajó a Planeta unos días después y Planeta, que había iniciado una colección titulada "Nueva Narrativa" codirigida por Mariona Costa y Silvia Bastos, decidió publicarla. Incluso la pasó al premio Ateneo de Sevilla (era uno de los mejor dotados de entonces) de aquel año, premio en el que quedó en segundo lugar tras la novela ganadora, cuyo autor era Felipe Benítez Reyes y cuyo título era Humo.

Mariona Costa y el equipo de Planeta me sugirieron buscar un título "más comercial" que Cierto sabor a ceniza. Después de intercambiar múltiples faxes (no existía el correo electrónico aunque hoy nos parezca mentira) con propuestas y contrapropuestas de títulos, me enviaron el que consideraban más ajustado al contenido de la novela: así nació el título definitivo: Una mirada oblicua. Después vendría la fotografía de Man Ray para la portada (también aportación del equipo Planeta) y el proceso de edición.

Escribí la novela bajo el impacto emocional del intento de golpe del 23-F. En 1989, cuando le inicié, todavía no me había quitado de encima sus efectos. Viví aquella noche en el ojo del huracán del compromiso político como miembro del PCE de Madrid con responsabilidades, pasé durante algunas horas a la clandestinidad y, visto lo ocurrido con Videla en Argentina o con Pinochet en Chile, casi me había despedido íntimamente de mis seres más cercanos y queridos. El 23-F había removido el suelo sobre el que había ido creciendo el llamado desencanto, había puesto en valor la Constitución del 78 y la libertad y había dejado claro que nada estaba consolidado, que en cualquier momento, la democracia recién iniciada podía irse a la mierda.  A ello ayudaba, además, un terrorismo etarra que no entendía de procesos democráticos y que se había convertido en el mejor aliado de los llamamientos de la extrema derecha a acabar con el "caos" e imponer de nuevo una dictadura.

Por eso, los efectos emocionales (no sólo políticos) del intento de golpe extenderían su alargada sombra sobre la década recién iniciada. Es verdad que fue la década de la movida madrileña, de los ayuntamientos democráticos y de la explosión cultural, del inicio de la nueva narrativa española y de la poesía realista que negaba el culturalismo precedente de los novísimos, la década que alumbró a Almodóvar, a Antonio Vega, a Los Secretos, a la "Otra sentimentalidad" en la Granada renaciente, la década en la que la izquierda, en los ayuntamientos (socialistas y comunistas) impulsaron cambios trascendentales para nuestra vida cotidiana (de todo ello doy cuenta, en tiempo real, en mis diarios Días de los ochenta), y fue, en fin, la década del definitivo aggiornamento de la literatura española en relación con lo que se escribía en Europa y en Estados Unidos, también en América Latina. Una década que concluyó, por cierto, con un acontecimiento histórico y demoledor para gran parte de quienes se habían formado en la cultura comunista: la caída del muro de Berlín.

Pero yo comencé a escribir Una mirada oblicua porque necesitaba explicarme el comportamiento de una parte de mi generación, de quienes habíamos dedicado tiempo y experiencia y acumulado renuncias en la vida personal en la lucha por unos ideales que, poco a poco, la década iría esponjando. Por razones que no vienen al caso aunque vinculadas a la lucha urbana en la periferia de Madrid por unos barrios mejores, yo había conocido a brillantes urbanistas, abogados y sociólogos comprometidos a fondo con la remodelación de todo el Madrid periférico: en pocos años, lo que en Orcasitas, el Pozo del Tío Raimundo, Palomeras, El Carmen, etc... eran interminables extensiones de casitas bajas y chabolas, extensos barrizales o zonas de vertederos y marginación, se convirtieron en barrios nuevos con todo tipo de equipamientos y diseñados y construidos con la participación vecinal. Pero ya en aquellos años, comencé a advertir que no todos los urbanistas  pensaban que su compromiso había de durar para siempre. Y quien dice urbanistas, dice profesionales de distintas disciplinas que comenzaban a pensar que su vida no podía depender de los ideales transformadores aprendidos y asumidos como propios en los años setenta. Era demasiado renunciar a poner en valor (un término que triunfaría años más tarde) sus capacidades y a la posibilidad de ascender económicamente gracias a ellas cuando la democracia ya estaba ahí.

En los cócteles, en la actividad cultural de la época, en los recitales, en encuentros de lo más diverso (en el Festival de Otoño de Madrid, en los Veranos de la Villa) se comenzaba a advertir la presencia de los primeros yupies (no venían de fuera, de otro lugar, eran los antaño comprometidos convertidos en sujetos de la transformación). El pantalón de pana o el vaquero con la zamarra o cazadora era sustituído por los trajes, la arruga es bella, de Adolfo Domínguez, el dos caballos o el Dyane 6 dejaba paso a los primeros BMW de importación, y todo comenzaba a ser posmoderno, cool, guay o in. Y lo que fue peor: las reuniones con los vecinos para definir un centro cultural o un centro sanitario comenzaron, para algunos, a ser una "incomodidad" que debería ser sustituida cuanto antes por el planeamiento de grandes promociones inmobiliarias para desarrollar Madrid. La vida y las oportunidades pasaban frente a nosotros y no podíamos perder ese tren: eso contaban algunos que en los años posteriores y lentamente habrían de cambiar de orilla, de ideales, de convicciones.


Yo, como muchos otros que llegábamos del barrio y del compromiso directo vivimos con cierto estupor y no poco dolor ese proceso. Recuerdo que en aquellos años leí mucha novela social de los años 50 y 60 por no entender la promoción que se hacía del realismo sucio americano (Anagrama fue su editorial-emblema)  mientras nuestro realismo (de Aldecoa a Marsé o a Fernández Santos pasando por Ferres o López Salinas) se silenciaba o descalificaba. Leí a los narradores americanos de la generación perdida y leí, de manera muy especial, a algunos escritores centroeuropeos: a Günter Grass, a Robert y a Martin Walser y a un hoy casi olvidado Max Frisch, narrador suizo de lengua alemana cuya obra No soy Stiller, una reflexión sobre la identidad en la realidad contemporánea, acabó convirtiéndose en leit-motiv, casi en motor de Una mirada oblicua.

Ese proceso, sobre todo desde la perspectiva emocional, sentimental, íntima (y, por supuesto, moral), es el que abordo en la novela. Intenté explicarme mi mundo y el mundo de quienes apostaban por otra forma de afrontar la vida. Contradicciones, renuncias, dolor infinito, amores rotos y amores reconstruidos, lecturas, músicas: esa es la experiencia que viven los tres personajes principales: Esteban Neira, arquitecto urbanista, Germán Badía, sociólogo, y Andrea Santos, psicóloga curtida en la vida de frustraciones de las mujeres de los barrios periféricos. Un triángulos amoroso y un mundo cambiante como telón de fondo. De algún modo es también la crónica de la "primera burbuja inmobiliaria" vivida desde las entrañas de quienes la intuimos entonces y en ella se transparentan los efectos de la droga en los más jóvenes: la heroína se llevó en el barrio en que yo vivía, a la casi totalidad de un grupo de amigos.

Enrique Urquijo, un símbolo de la época en que se desarrolla la novela
Al revisar y corregir la novela para su edición digital, he comprobado que más allá de los factores emocionales que explican "tal como éramos" hay otros que me han parecido llamativos: se bebe mucho, sobre todo whisky y ginebra, y se fuma más. Creo que en esa doble afición está la época que la novela refleja. Pero también están los tics que aprendimos del cine quienes nacimos en la España de los cincuenta.

Termino: de la novela escribieron Manuel Vázquez Montalbán en El País, Santos Alonso en Diario 16 o Ángel Basanta en ABC Literario, entre otros. En los próximos días en mi blog La mirada ajena aparecerán algunas de esas críticas.  En el fondo, Una mirada oblicua podría titularse perfectamente Tal como éramos, el espléndido título del memorable film de Sidney Pollack. Pero dejémosla con el título con que apareció.

viernes, 4 de julio de 2014

Días extraños en diálogo con mi poesía: las cosas del campo y algo más



Durante diez años (desde su reedición, en 2004, por Pre-Textos) el libro de José Antonio Muñoz Rojas Las cosas del campo me ha venido acompañando en los veranos del valle. El libro, como una ventana abierta, ha estado siempre en la estantería del salón y ha sido y es un remedio para conciliarme, cuando no tengo otra lectura a mano, con la naturaleza. Cuando digo naturaleza, quiero decir con el campo, con esas pequeñas y contundentes realidades que dan sentido a la vida más allá de toda tentación grandilocuente: el pequeño huerto, los erizos del anochecer, el olor de la hierba recién cortada, los grillos nocturnos, las luciérnagas... También para conciliarme con mi memoria y con mi experiencia de hombre crecido y criado en una ciudad como Madrid y a quien el campo —la montaña sobre todo— se le apareció un buen día como el lugar de todos los sueños y como reverso de una cotidianidad hecha de horarios, de urgencias y acostumbrada al tumulto de una urbe a punto de precipitarse en el turbión del desarrollismo. 

El refugio en el valle
Fue en un pueblecito, casi aldea, de Soria, durante un par de veranos de finales de la década de los sesenta. El campo, para el chiquillo que yo era entonces,  era la libertad y era el río. Eran los olores que traían los álamos al atardecer, era el polvo de la trilla, los caminos perdiéndose entre los trigales de un amarillo rotundo, era un cielo infinito y estrellado, era el rumor de las esquilas o el olor que llegaba de algún establo colindante con la vega. Y fue el escenario, que el tiempo acabaría por mitificar, de algún amor preadolescente y mágico, hecho de largas noches y de juegos a la intemperie.

Aquí, en el valle, convivo con las cosas del campo desde hace muchos años. Aquí han convivido con ellas mis hijos: fueron niños, se hicieron adolescentes y enjovencieron verano tras verano. Aquí he seguido la evolución de las tomateras, he contemplado, en silencio, el lento arrastrase del erizo sobre la hierba seca, he visto a mi gato juguetear con los escarabajos, he convertido horquillas de rama de fresno en tirachinas con los que evocar mi propia infancia al verlos en manos de mi hijo. Y aquí he escrito: mucho. Poesía, novela, críticas, artículos literarios, políticos, intimistas.

Sin embargo, pocas veces esas experiencias se han colado en mis poemas. Acostumbrado desde hace muchos años a mantener en ellos una ventana abierta a lo colectivo, un sustrato de conciencia crítica, casi siempre he escrito poesía "necesaria". Mis experiencias íntimas en este y otros lugares solía guardarlas con cierto pudor: quedaban recluidas en algún cuaderno de un modo casi vergonzante. Pertenezco a una generación poética que protagonizó la lucha por la democracia en los primeros años setenta, que hizo de la conciencia crítica parte del poema, que se apoyó en la poesía para acompañar los empeños solidarios. Esa elección generó cierto desdén hacia la poesía de meditación sobre la realidad más cercana y personal, sobre los sentimientos íntimos, sobre la relación del poeta-hombre con la naturaleza, con una realidad afectiva hecha de pequeñas cosas. Era como si ocuparnos de asuntos semejantes en el poema fuera perder la brújula "social", olvidar el compromiso. Como si releer a Juan Ramón fuera dejar de lado a Blas de Otero, como si dejarse llevar por alguno de los poemas más intimistas de las Soledades de Antonio Machado fuera desdeñar los más solidarios y comprometidos de Campos de Castilla. 

Junto a Lozoya del Valle, embalse en invierno
Han tenido que pasar muchos años para comenzar a desprenderme de ese complejo. Y del mismo modo que Las cosas del campo, de Muñoz Rojas, ha sido un libro acompañante de mis veranos en el valle desde, al menos, el año 2004, he vuelto a poetas que hablaban de esos mundos pequeños que la "conciencia crítica" había relegado: el José Luis Prado Nogueira de Oratorio del Guadarrama, el Gerardo Diego de Soria sucedida,  el Pepe Hierro de Alegría, el Diego Jesús Jiménez de sus poemaas de Priego y de sus evocaciones de infancia y adolescencia de Coro de ánimas.

Esa actitud, en absoluto contradictoria con mi compromiso cívico y paralela a mi escritura poética "crítica" (ahí está mi reciente Fugitiva ciudad), se ha ido manifestando, sin que pudiera evitarlo, en una sucesión de poemas extraños en mi trayectorias: poemas de la memoria de mis hijos, poemas de amor, poemas crecidos en mi experiencia del campo, de un campo vivido con viejos amigos, en paseos en soledad, en momentos de contemplación o de melancolía. 

Son poemas que llevaban tiempo aguardando en esa imaginaria recámara que todo escritor lleva consigo. Que han ido desplegándose en cuadernos diversos, en libretas, en folios reciclados: si en mi poesía los días normales han sido siempre "los días con y en los otros", en este caso he escrito los poemas "de los momentos raros" gran parte de ellos nacidos y alimentados en mi refugio del valle del Lozoya. Formarán parte de un nuevo libro (que tengo a medias), un libro al que he otorgado ya un título provisional: De los días extraños.  Un par de poemas y algún fragmento de otro han sido publicados en revistas o en algún libro colectivo en los últimos años. Otro formó parte de mi libro viajero Por la sierra del agua (Gadir, 2006). Y casi todos, duermen a la espera del libro en una vieja carpeta de gomas de color azul marino.

Por el amplio número de poemas de esas características que contendrá, será un libro raro en mi bibliografía. Un libro distinto que probablemente defina mi evolución en el futuro. Sin complejos, sin mala conciencia, he dejado fluir la emoción: las emociones que nuestra conciencia comprometida nos hacía ocultar de manera vergonzante. 

Cierro este post, en el que ha dominado la de reflexión sobre lo propio, con un poema de ese libro futuro: de De los días extraños. Ahí queda. 
 EL TELESCOPIO

Sabía de aquel cielo de antracita y de frío.
Sabía de otras noches casi idénticas.
De momentos azules, olorosos
a mies recién cortada y al relente
de agosto en la montaña
y observaba a mi hijo, absorto entonces
en la noticia que llegaba del jardín de enfrente.

Ramón, amigo de aquel tiempo, tenía
el telescopio abierto al infinito del verano nocturno.

Mi hijo cruzó el camino y se asomó con miedo
al círculo temido y deseado.
Descubrió una luz distinta a la soñada.
Viajó por nebulosas, tocó cráteres
e imaginó una noche diferente,
quizá sin cicatrices ni carencias.

Era agosto. Quizá mil novecientos
noventa y cinco. Y la luna parecía la misma
que pisó un tal Neil Armstrong una noche
en que mi padre me enseño que era frágil la vida,
que madurez y muerte a veces se contemplan,
se saludan de paso, casi huyendo,
o se asoman, como en la noche aquélla,
al círculo de luz de un telescopio.

sábado, 14 de junio de 2014

Escritores en la RDA: a propósito de "Al otro lado del muro"

Hace poco terminé la lectura de un libro a tener muy en cuenta en este tiempo. Desde el punto de vista estrictamente literario, pero también a la luz de la situación que vivimos en España y en Europa y, sobre todo, de la irrupción de miradas y proyectos cargados de utopía, de sueños respecto a una sociedad  nueva, anticapitalista, basada no en la lógica del mercado sino de los intereses y necesidades colectivos, de los hombres y mujeres que la componen. 

El libro nos sitúa en una sociedad no imaginaria, sino real (que lo fue y que sigue siendo real en otras partes del mundo): la de Alemania Oriental, la de la antigua RDA. Se trata de Al otro lado del muro. La RDA en sus escritores, una antología de textos realizada por Ibon Zubiaur, de la que es, además, prologuista y traductor ya que, como él mismo subraya, ha optado por textos antes nunca traducidos.

Alexanderplatz, plaza emblemática del antiguo Berlín Este
El libro es una suerte de radiografía de la literatura, de la vida literaria y de las más íntimas obsesiones y preocupaciones de los escritores de aquel país desaparecido, representada en relatos, conferencias, textos de circunstancia y fragmentos de novelas en los que se filtra la cotidianidad de un mundo lleno de contradicciones y claroscuros. Desde la óptica occidental no es fácil entender ni  asimilar la realidad que en ellos se describe: desde la entrega desinteresada y casi entusiasta en la construcción de la nueva sociedad de los primeros años de la postguerra hasta las decepciones y  distanciamientos críticos de los años previos a la caída del muro (sobre todo a partir de la expatriación, en 1976, de Wolf Biermann). En la antología están presentes trabajos de autores ya conocidos por el lector español como las narradoras Brigitte Reimann o Irmtraud Morgner, el polifacético Jurek Becker o Günter de Bryun, el autor de la conocida obra El asno de Buridán, junto a otros autores que, por su militancia comunista o su compromiso con el régimen, no fueron divulgados de manera suficiente al otro lado del muro o, simplemente, fueron considerados escritores “de partido”. 

Stefan Heym
No es difícil, al leer el libro, recordar la magnífica ambientación de la cotidianidad de la RDA que se dibuja en dos películas de notable éxito en los últimos años: Good Bye, Lenin, de  Wofgang Becker, y La vida de los otros, de Florian Henckel. De algún modo, la experiencia que viven la anciana enferma a la que su familia intenta ocultarle la caída del muro de la primera o el autor dramático sometido a un permanente espionaje de la segunda, se advierten, en distinto grado, en los trabajos antologados por Zubiaur. En ellos está la vida diaria del escritor comprometido con el socialismo que ha de compartir la experiencia de la fábrica o de la obra en la construcción, asoma el mundo literario, condicionado de manera terrible por el sistema, la doble vida de cada escritor, con la mirada puesta en las editoriales occidentales y en la necesidad de mantener un estatus en la propia RDA, las lecturas, el sistema educativo, las fiestas, comidas y encuentros, celebrados las más de las veces en los domicilios de los escritores pero sujetos a la mirada de la Stasi o del confidente de turno, el papel de la Unión de Escritores….  El mundo que se filtra en ellos no es un todo uniforme: pasa de la visión entusiasta de los primeros años de la RDA (el escritor, consciente de su papel en la sociedad combina su trabajo manual con el intelectual, confía en el juicio de los obreros sobre sus obras, vive la realidad productiva desde dentro), marcados por la memoria de Hitler y por la necesidad de abrir paso a un sistema nuevo, distinto al capitalismo, a la mirada escéptica, casi desafiante de quienes comienzan a ver en el sistema, más de treinta años después de su fundación, un callejón sin salida o a apercibirse de que la única salida seria una imposible evolución hacia la democracia y hacia una economía mixta y flexible de corte europeo.

Es preciso resaltar que los autores de Al otro lado del muro leían y escribían en un ecosistema cultural muy especial: el estado socialista situaba en un primer plano la lectura, la difusión y la venta de libros a través de las editoriales públicas. La gente, en la RDA, leía muy por encima de la media de otros países, compraba muchos libros porque eran baratos y la literatura ocupaba un lugar preferente en los planes de enseñanza. Incluso el Estado, asesorado por algunos de los escritores que venían de la lucha contra el nazismo, miembros del partido comunista, llegó a establecer numerosas fórmulas de apoyo a la literatura mediante premios, becas, cursos, creación de bibliotecas o aportaciones económicas a los escritores y a sus organizaciones.  Junto a ello, la existencia de editoriales públicas, con largas tiradas de clásicos y menos clásicos además de los autores contemporáneos, facilitaba la publicación a escritores no siempre caracterizados por la calidad de sus obras.

De ahí que el lector de un país como España, en el que la literatura y su difusión descansa en una estructura puramente comercial, se sienta extraño ante el mundo que se nos describe. No son pocos los textos seleccionados de Al otro lado del muro en los que el escritor se pregunta por el sentido del compromiso y por los límites estético-artísticos de su obra. O los que diseccionan el sistema de ascensos, premios y caídas en desgracia en el mundo literario. O los que retratan, con sutileza, las condiciones de vida del escritor: el acceso a la vivienda, la austeridad obligada, los límites que marca la censura, las compras en el economato, las citas y encuentros con autores procedentes de la Alemania Occidental, las lecturas que llegan de EE. UU., de Francia, de otros países no socialistas…. 
Jurek Becker
El texto que quizá, muestra un mayor interés para el actual lector occidental que quiera adentrase aún más en los resortes que actuaban sobre la literatura en aquel mundo “utópico”, es el que cierra el libro, “La reunificación de la literatura alemana”, de Jurek Becker.  El autor explica cómo en la RDA la literatura se convirtió en campo de reflexión o de desacuerdo con el régimen, de crítica,  incluso de debate político (por muy sutil que este fuera, incluso mediante la lectura entre líneas), con lo cual se trasladaba a los libros lo que en la sociedad estaba prohibido y penado. Becker escribe: “Continuamente hubo libros” (en la RDA) “capaces de generar desasosiego o intervenir en los debates sociales, incluso de incitarlos, de un modo inimaginable en el Oeste. Para mucha gente los libros eran como un alimento; no los necesitaban para su recreo, son para afrontar mejor la propia vida”. Y añade:  “ era interés por los propios asuntos públicos, que no podía verse satisfecho de otro modo”.
Irmtraud Morgner
En cualquier caso, todos los escritores antologados reflejan, con mayor o menor intensidad, una doble pulsión: la de sentirse moralmente comprometidos con la construcción del socialismo y la conciencia de que el propio régimen iba generando, poco a poco, los instrumentos de su destrucción.  Por eso, la lectura de Al otro lado del muro es tan necesaria en esta segunda década del siglo XXI en la que parecen recuperarse algunos de los impulsos utópicos generados tras la Segunda Guerra Mundial. Para recapacitar sobre los límites del socialismo cuando no se sustenta en una democracia sólida, para valorar las consecuencias de un sistema igualitario basado en la inexistencia de partidos pero con una estructura "de mando" de partido único que genera burocracia y represión. Todo eso está en las reflexiones y en las obras de creación de los autores antologados. Es la doble cara de una utopía no realizada (quizá por irrealizable).
Es de agradecer el empeño y la pasión que Ibon Zubiaur, con el respaldo de dos editoriales independientes, Errata naturae, editora de este libro y de La ciudad del mañana, y Bartleby, que publicó la primera novela de Brigitte Reimann y los relatos de Irmtraud Morgner, está poniendo en la recuperación para el lector en castellano (pero no sólo) de una literatura que no por relegada deja de ser valiosa para el lector de hoy.
_______________________
Al otro lado del muro. La RDA en sus escritores. Edición de Ibon Zubiaur. Stephan Hermlin / Stefan Heym / Erich Loest / Brigitte Reimann / Helmut Sakowski / Franz Fühmann / Erik Neutsch / Hermann Kant / Günter de Bruyn / Irmtraud Morgner / Volker Bran / Wolfgang Hilbig / Hans Joachim Schädlich / Günter Kunert / Jurek Becker. 259 pags. Errata Naturae. Madrid, 2014.

jueves, 8 de mayo de 2014

Madrid, Nebraska y viceversa: el espejo deforme e inevitable

Hace ya muchos años (de casi todo hace ya muchos años), en octubre de 1990, escribí un largo artículo en el fugaz diario madrileño de ámbito nacional El Independiente titulado "Realismo narrativo made in USA" (se puede leer siguiendo el enlace y en mi libro en edición digital  La novela entre dos siglos) en el que me extendía sobre la inexplicable pasión de cierta crítica de nuestro país por aquella narrativa del llamado realismo sucio que había sucedido al experimentalismo de los años setenta (Carver, Tobias Wolff, Richard Ford....) mientras se  descalificaba la narrativa, especialmente el relato corto, de nuestros escritores realistas de la generación del medio siglo (de Aldecoa a Medardo Fraile o Jesús Fernández Santos pasando por los hoy casi olvidados Eduardo Tijeras o Meliano Peraile, autores de joyas del género que sería bueno recuperar para las nuevas generaciones de lectores).

Casi un cuarto de siglo después, leo el prólogo que Sergi Bellver ha preparado para el libro Madrid, Nebraska y encuentro argumentos muy similares a los que sustentaban mi entonces polémico artículo. Si en aquel momento pensaba casi en solitario que ya en los cuentos de Ignacio Aldecoa se respiraba la cotidianidad en suspenso, casi minimalista, que muchos creían descubrir por vez primera en los relatos de Carver o de Richard Ford, hoy esa percepción está mucho más extendida. La más notable diferencia entre un realismo y otro estaba en los escenarios, en el telón de fondo: en los cuentos del bilbaíno podía ser un barrio de Madrid o un pueblo remoto de Castilla y en los de Carver o Ford una localidad de Montana o de Nebraska. Sin embargo, hoy, al comienzo de la segunda década del siglo XXI,  cuando la globalización se ha extendido hasta extremos impensables hace sólo diez años, aquella diferencia entre nuestro realismo duro y directo de los cincuenta y el realismo sucio americano aplicada al cuento que hoy se escribe se han hecho menos evidentes: los paisajes también se han globalizado.

Desde los años noventa, nuestros más jóvenes escritores de relatos han tenido en la short story norteamericana del realismo de los ochenta un referente más o menos explícito. Incluso autores anteriores como Cheever, Faulkner, Salinger, Hemingway, Kerouac (cuyo On the road ha seguido influyendo en los más jóvenes) o Melville, han dejado su impronta en buena parte de ellos. Sin embargo, ese fenómeno en pocas ocasiones se ha puesto de relieve. Casi todas las antologías de nuevos narradores lo han obviado. Incluso algunas editoriales, especialmente beligerantes en la defensa del género hasta el punto de situarse como referentes (pienso en Páginas de Espuma, en Menoscuarto), han dejado de lado esa circunstancia.

Sergi Bellver ha tenido la inteligencia de captar esa respiración, esa empatía, una empatía que es mucho más que una influencia literaria. Constata el hecho y se aplica a rastrearla en la obra de veinte autores españoles seleccionando relatos en los que se evidencia. Esa empatía está estrechamente vinculada al ecosistema social y cultural que, en la última década, se ha ido extendiendo en el mundo. Internet de un lado, los esfuerzos de una revista emblemática en la promoción del cuento norteamericano como Granta, la creciente presencia de las series norteamericanas en las cadenas de televisión de nuestro país y el peso del cine independiente USA (comenzando por el del alemán Wim Wenders con su ya clásico París, Texas y acabando con Cassavetes o David Lynch, cuya serie Twin Peaks tuvo un notable impacto en la generación que, a principios de los noventa, comenzó a madurar a la vez que en la España de aquella década se consolidaban las cadenas privadas de TV). Sí, el cine, la literatura, ahora las redes sociales y, de manera muy especial, los viajes de estudios o de intercambio, que dejaron de ser el privilegio de una minoría para formar parte de una práctica muy extendida en los últimos treinta años, incluso en la llamada clase media (también en la media-baja), han contribuido a convertir las largas carreteras que unen, a través de miles de kilómetros, las costas Este y Oeste de Estados Unidos, los bares perdidos en medio de la nada, las ciudades de rascacielos inverosímiles y trastiendas miserables, en parte de un paisaje que nos pertenece, que ha pasado a formar parte de nuestra cosmovisión. Así lo evidencian los veinte narradores que Bellver ha seleccionado para Madrid, Nebraska.  El mayor, Pedro Sorela, nacido en 1951 y adscribible a una hipotética generación de los ochenta; el más joven, David Aliaga, nacido en 1989. En medio, autores nacidos en los sesenta como Esther García Llovet, German Sierra, Eloy Tizón o Ismael Grasa, en los setenta como Óscar Esquivias, Paula Lapido, Blanca Riestra o David Ruiz, o en los ochenta, como Matías Candeira o Cristian Crusat.

Termino con una pequeña licencia personal: el título del libro, Madrid, Nebraska, responde, tal y como explica Bellver, a la situación geográfica de "un villorrio con apenas dos centenares de habitantes y un puñado de casas" llamado Madrid, perteneciente a ese estado. Cuando, hace algo así como quince años, escribí la novela La mujer muerta, hice que uno de mis personajes, un supuesto narrador norteamericano coetáneo de la "generación perdida", fuera oriundo de Nebraska. Una feliz y extraña coincidencia

Madrid, Nebraska, hoy

jueves, 10 de abril de 2014

Cuando el hijo se declara poeta: algunos recuerdos de adolescencia

El barrio de la UVA de Hortaleza, hoy: allí escribí mis primeros versos
Leyendo la novela de Wallace Stegner Un lugar seguro (Libros del Asteroide, Madrid, 2008), me ha llamado la atención un párrafo en el que uno de sus protagonistas, Sid Lang, profesor universitario, evoca cómo tuvo que suceder la muerte de su padre para dejar la carrera de Económicas y reorientar sus estudios hacia las Letras y, más allá, a poner en juego la vocación, hasta entonces reprimida, de poeta. El padre, un empresario de éxito, era incapaz de pensar que el hijo pudiera ser en la vida algo alejado del beneficio económico, de las exigencias de una sociedad férreamente liberal y condicionada por una concepción del prestigio social y el reconocimiento vinculado al dinero.

Wallace Stegner
La lectura me ha hecho recordar cómo mi padre, allá en los últimos años de la década de los sesenta del pasado siglo, recibió la novedad de un hijo con vocación de poeta. Él era carpintero, sus lecturas no pasaban de algunos manuales de política estudiados en su primera juventud, en medio de la guerra civil (seguramente, de Besteiro, de Pablo Iglesias, alguna novela social a lo Zugazagoitia), y en casa no hubo libros hasta que yo no empecé a estudiar bachillerato, un hito familiar que mi padre contemplaba como una de las mayores conquistas de su estirpe  enraizada en las llamadas clases subalternas. En casa entraron, en aquellos años, libros que me interesaban muy poco: recuerdo un ejemplar de Los cipreses creen en Dios, de Gironella, entonces un éxito de ventas comparable a los best-seller de hoy. Era uno de los primeros libros que trataban de la Guerra Civil desde una perspectiva no exclusiva de los vencedores (aunque sin despegarse del todo de su versión) y algunas obras de José Luis Martín Vigil, educador de jóvenes a través de una literatura que se movía entre lo confesional-católico y una mirada social que parecía inspirarse en el Vaticano II. Recuerdo un ejemplar de La vida sale al encuentro y, sobre todo, el titulado Los curas comunistas, un extraña mezcla de Georges Bernanos y el Alfonso Grosso de La piqueta. Algo más tarde, quizá cuando mi padre cayó en la cuenta de que la formación de su hijo debía comprender la sexualidad, me compró Edad prohibida, ese extraño manual para erotismos adolescentes bajo la dictadura, que escribió Torcuato Luca de Tena y del que sólo recuerdo un escena: una joven prostituta rebañaba, con un trozo de pan, el aceite que quedaba en el fondo de una lata de sardinas. Después, vendría el Círculo de Lectores y los primeros pasos de mi biblioteca personal de joven con inquietudes.


Aquella menguadísima biblioteca mostraba el notable despiste de mi padre, fruto de la ancestral ignorancia de su clase social, y lo alejada que estaba mi familia de las tendencias literarias dominantes y, en general, de la literatura de calidad. En nuestra calle, los chicos cuando tenían doce o trece años comenzaban a trabajar de aprendices en talleres mecánicos, carpinterías, tiendas de comestibles o en bancos o aseguradoras ejerciendo la noble tarea del botones o del recadero cuando no de ayudantes en los trabajos más duros en un sector de la construcción todavía muy alejado de burbujas y otras hierbas.

Yo era, entre los chicos de mi calle, una calle que hasta los once años estaba situada en el barrio de la Alegría (frente al barrio de la Concepción o "de las vírgenes") y en la adolescencia en la UVA de Hortaleza, el raro. No sólo porque cuando pasé de los doce o trece años mi familia no contemplaba el inmediato horizonte laboral de mis amigos, ni siquiera porque mi padre había decidido empeñarse en que su primogénito llegara en la escala social (e intelectual) infinitamente más allá de lo que él había llegado, sino, también, porque había comenzado a escribir versos. Desoyendo la "llamada" de aquellos libros que mi padre compraba un tanto al azar y guiándose por noticias de prensa, yo empecé a leer a los poetas que ilustraban los capítulos de mi libro de literatura de cuarto de bachiller: Bécquer, Juan Ramón, los Machado...  Y a encargar al "agente" del Círculo que nos visitaba cada mes antologías de aquellos poetas.

Fui escribiendo malísimos poemas que mecanografiaba en una Olivetti Pluma 22 (otro de los regalos que mi padre puso a mi disposición en cuanto vio mis inclinaciones), hasta que, por su volumen, llegaron a conformar lo que convencionalmente se entiende como un libro.  Para mi padre aquello fue un acontecimiento: diría más, el acontecimiento de su vida. De modo que buscó entre los clientes de la carpintería a quien pudiera leer los poemas del hijo para que se fuera abriendo camino como poeta. No pensó en el rédito económico de tan noble tarea, ni en el riesgo de que pasara a engrosar las filas de la bohemia: sólo en el milagro que se había producido en su familia. Su hijo era capaz de crear mundos imaginarios, de escribir poemas como lo habían hecho las glorias de la literatura que conocía de oídas: Lope, Cervantes, Quevedo, Bécquer... y poco más.

La Olivetti Pluma 22: en una idéntica transcribí mis primeros poemas
Recuerdo que lo más cercano a un crítico de poesía que tenía entre la clientela eran dos hermanos publicistas que trabajaban para varias editoriales y vivían en el Parque de las Avenidas. Mi padre no lo dudó en ningún momento: cogió mi librito, toscamente encuadernado, me dijo que lo acompañara una mañana de sábado y se presentó en el estudio de publicidad presentándome a sus clientes como su hijo poeta. Les entregué el libro y nunca supe lo que hicieron con él. Creo que mi padre tampoco. Pero recuerdo con ternura la ilusión con que aquel carpintero que creía con fervor en el poder de la ilustración dio aquel paso. Su falta de cultura, su desconocimiento absoluto de las tendencias literarias de la época (menos aún de las tendencias poéticas) se aliaron con mis ensoñaciones como futuro poeta incorporado a los libros de texto que leyeran, muchos años después, mis hijos y nietos.

Sid Lang, el personaje de Wallace Stegner era un hijo de rico empresario con el futuro resuelto al que su padre le marcó un destino: economista, sucesor en la empresa, rico heredero. Sin embargo, Sid se rebeló. Pero sólo pudo hacerlo a la muerte del padre y arrastrando la conciencia de la traición por aulas universitarias y revistas poéticas.  Yo viví la experiencia contraria. Si algo lamenté en ese aspecto es que la prematura muerte de mi padre, un humilde soñador con la cultura que le robaron, le impidió ver mi primer libro publicado (aparecería al año de su muerte), celebrar mi condición de único licenciado universitario de su estirpe y conocer a quien habría de ser su primera nieta. Pero esa es otra historia.