lunes, 11 de agosto de 2014

Tal como eramos. Ante la edición digital de "Una mirada oblicua"

Todavía se mantiene vivo mi recuerdo de un día de otoño de 1994, en la sede que la editorial Alfaguara tenía en la calle Juan Bravo. Estaba frente a uno de los más poderosos directores literarios de la época: Juan Cruz. A través de un amigo le había hecho llegar el manuscrito de una novela que entonces tenía como título provisional Cierto sabor a ceniza. Fue una conversación corta y aún así interrumpida por una riada de llamadas telefónicas desde los más remotos lugares del mapa: recuerdo especialmente una, probablemente de Carmen Balcells, en la que habló del premio Cervantes de 1989 Augusto Roa Bastos, creo que de la edición de Contravida, que sería publicada aquel año en el sello que dirigía Cruz. Lo cierto es que hablamos poco de mi novela puesto que se limitó a entregarme un informe de un lector de la editorial en el que se desaconsejaba su publicación y dedicamos el resto de la entrevista a hablar, de manera breve, de la actualidad literaria de aquellos años y de la apuesta del propio Cruz por reforzar el catálogo con nuevos autores hispanoamericanos.

Detalle manifestación 26 de febrero de 1981, contra el golpe del 23-F
El manuscrito viajó a Planeta unos días después y Planeta, que había iniciado una colección titulada "Nueva Narrativa" codirigida por Mariona Costa y Silvia Bastos, decidió publicarla. Incluso la pasó al premio Ateneo de Sevilla (era uno de los mejor dotados de entonces) de aquel año, premio en el que quedó en segundo lugar tras la novela ganadora, cuyo autor era Felipe Benítez Reyes y cuyo título es hoy, visto en perspectiva, toda una metáfora: Humo.

Mariona Costa y el equipo de Planeta me sugirieron buscar un título "más comercial" que Cierto sabor a ceniza. Después de intercambiar múltiples faxes (no existía el correo electrónico aunque hoy nos parezca mentira) con propuestas y contrapropuestas de títulos, me enviaron el que consideraban más ajustado al contenido de la novela: así nació el título definitivo: Una mirada oblicua. Después vendría la fotografía de Man Ray para la portada (también aportación del equipo Planeta) y el proceso de edición.

Escribí la novela bajo el impacto emocional del intento de golpe del 23-F. En 1989, cuando le inicié, todavía no me había quitado de encima sus efectos. Viví aquella noche en el ojo del huracán del compromiso político como miembro del PCE de Madrid con responsabilidades, pasé durante algunas horas a la clandestinidad y, visto lo ocurrido con Videla en Argentina o con Pinochet en Chile, casi me había despedido íntimamente de mis seres más cercanos y queridos. El 23-F había removido el suelo sobre el que había ido creciendo el llamado desencanto, había puesto en valor la Constitución del 78 y la libertad y había dejado claro que nada estaba consolidado, que en cualquier momento, la democracia recién iniciada podía irse a la mierda.  A ello ayudaba, además, un terrorismo etarra que no entendía de procesos democráticos y que se había convertido en el mejor aliado de los llamamientos de la extrema derecha a acabar con el "caos" e imponer de nuevo una dictadura.

Por eso, los efectos emocionales (no sólo políticos) del intento de golpe extenderían su alargada sombra sobre la década recién iniciada. Es verdad que fue la década de la movida madrileña, de los ayuntamientos democráticos y de la explosión cultural, del inicio de la nueva narrativa española y de la poesía realista que negaba el culturalismo precedente de los novísimos, la década que alumbró a Almodóvar, a Antonio Vega, a Los Secretos, a la "Otra sentimentalidad" en la Granada renaciente, la década en la que la izquierda, en los ayuntamientos (socialistas y comunistas) impulsaron cambios trascendentales para nuestra vida cotidiana (de todo ello doy cuenta, en tiempo real, en mis diarios Días de los ochenta), y fue, en fin, la década del definitivo aggiornamento de la literatura española en relación con lo que se escribía en Europa y en Estados Unidos, también en América Latina. Una década que concluyó, por cierto, con un acontecimiento histórico y demoledor para gran parte de quienes se habían formado en la cultura comunista: la caída del muro de Berlín.

Pero yo comencé a escribir Una mirada oblicua porque necesitaba explicarme el comportamiento de una parte de mi generación, de quienes habíamos dedicado tiempo y experiencia y acumulado renuncias en la vida personal en la lucha por unos ideales que, poco a poco, la década iría esponjando. Por razones que no vienen al caso aunque vinculadas a la lucha urbana en la periferia de Madrid por unos barrios mejores, yo había conocido a brillantes urbanistas, abogados y sociólogos comprometidos a fondo con la remodelación de todo el Madrid periférico: en pocos años, lo que en Orcasitas, el Pozo del Tío Raimundo, Palomeras, El Carmen, etc... eran interminables extensiones de casitas bajas y chabolas, extensos barrizales o zonas de vertederos y marginación, se convirtieron en barrios nuevos con todo tipo de equipamientos y diseñados y construidos con la participación vecinal. Pero ya en aquellos años, comencé a advertir que no todos los urbanistas  pensaban que su compromiso había de durar para siempre. Y quien dice urbanistas, dice profesionales de distintas disciplinas que comenzaban a pensar que su vida no podía depender de los ideales transformadores aprendidos y asumidos como propios en los años setenta. Era demasiado renunciar a poner en valor (un término que triunfaría años más tarde) sus capacidades y a la posibilidad de ascender económicamente gracias a ellas cuando la democracia ya estaba ahí.

En los cócteles, en la actividad cultural de la época, en los recitales, en encuentros de lo más diverso (en el Festival de Otoño de Madrid, en los Veranos de la Villa) se comenzaba a advertir la presencia de los primeros yupies (no venían de fuera, de otro lugar, eran los antaño comprometidos convertidos en sujetos de la transformación). El pantalón de pana o el vaquero con la zamarra o cazadora era sustituído por los trajes, la arruga es bella, de Adolfo Domínguez, el dos caballos o el Dyane 6 dejaba paso a los primeros BMW de importación, y todo comenzaba a ser posmoderno, cool, guay o in. Y lo que fue peor: las reuniones con los vecinos para definir un centro cultural o un centro sanitario comenzaron, para algunos, a ser una "incomodidad" que debería ser sustituida cuanto antes por el planeamiento de grandes promociones inmobiliarias para desarrollar Madrid. La vida y las oportunidades pasaban frente a nosotros y no podíamos perder ese tren: eso contaban algunos que en los años posteriores y lentamente habrían de cambiar de orilla, de ideales, de convicciones.


Yo, como muchos otros que llegábamos del barrio y del compromiso directo vivimos con cierto estupor y no poco dolor ese proceso. Recuerdo que en aquellos años leí mucha novela social de los años 50 y 60 por no entender la promoción que se hacía del realismo sucio americano (Anagrama fue su editorial-emblema)  mientras nuestro realismo (de Aldecoa a Marsé o a Fernández Santos pasando por Ferres o López Salinas) se silenciaba o descalificaba. Leí a los narradores americanos de la generación perdida y leí, de manera muy especial, a algunos escritores centroeuropeos: a Günter Grass, a Robert y a Martin Walser y a un hoy casi olvidado Max Frisch, narrador suizo de lengua alemana cuya obra No soy Stiller, una reflexión sobre la identidad en la realidad contemporánea, acabó convirtiéndose en leit-motiv, casi en motor de Una mirada oblicua.

Ese proceso, sobre todo desde la perspectiva emocional, sentimental, íntima (y, por supuesto, moral), es el que abordo en la novela. Intenté explicarme mi mundo y el mundo de quienes apostaban por otra forma de afrontar la vida. Contradicciones, renuncias, dolor infinito, amores rotos y amores reconstruidos, lecturas, músicas: esa es la experiencia que viven los tres personajes principales: Esteban Neira, arquitecto urbanista, Germán Badía, sociólogo, y Andrea Santos, psicóloga curtida en la vida de frustraciones de las mujeres de los barrios periféricos. Un triángulos amoroso y un mundo cambiante como telón de fondo. De algún modo es también la crónica de la "primera burbuja inmobiliaria" vivida desde las entrañas de quienes la intuimos entonces y en ella se transparentan los efectos de la droga en los más jóvenes: la heroína se llevó en el barrio en que yo vivía, a la casi totalidad de un grupo de amigos.

Enrique Urquijo, un símbolo de la época en que se desarrolla la novela
Al revisar y corregir la novela para su edición digital, he comprobado que más allá de los factores emocionales que explican "tal como éramos" hay otros que me han parecido llamativos: se bebe mucho, sobre todo whisky y ginebra, y se fuma más. Creo que en esa doble afición está la época que la novela refleja. Pero también están los tics que aprendimos del cine quienes nacimos en la España de los cincuenta.

Termino: de la novela escribieron Manuel Vázquez Montalbán en El País, Santos Alonso en Diario 16 o Ángel Basanta en ABC Literario, entre otros. En los próximos días en mi blog La mirada ajena aparecerán algunas de esas críticas.  En el fondo, Una mirada oblicua podría titularse perfectamente Tal como éramos, el espléndido título del memorable film de Sidney Pollack. Pero dejémosla con el título con que apareció.

viernes, 4 de julio de 2014

Días extraños en diálogo con mi poesía: las cosas del campo y algo más



Durante diez años (desde su reedición, en 2004, por Pre-Textos) el libro de José Antonio Muñoz Rojas Las cosas del campo me ha venido acompañando en los veranos del valle. El libro, como una ventana abierta, ha estado siempre en la estantería del salón y ha sido y es un remedio para conciliarme, cuando no tengo otra lectura a mano, con la naturaleza. Cuando digo naturaleza, quiero decir con el campo, con esas pequeñas y contundentes realidades que dan sentido a la vida más allá de toda tentación grandilocuente: el pequeño huerto, los erizos del anochecer, el olor de la hierba recién cortada, los grillos nocturnos, las luciérnagas... También para conciliarme con mi memoria y con mi experiencia de hombre crecido y criado en una ciudad como Madrid y a quien el campo —la montaña sobre todo— se le apareció un buen día como el lugar de todos los sueños y como reverso de una cotidianidad hecha de horarios, de urgencias y acostumbrada al tumulto de una urbe a punto de precipitarse en el turbión del desarrollismo. 

El refugio en el valle
Fue en un pueblecito, casi aldea, de Soria, durante un par de veranos de finales de la década de los sesenta. El campo, para el chiquillo que yo era entonces,  era la libertad y era el río. Eran los olores que traían los álamos al atardecer, era el polvo de la trilla, los caminos perdiéndose entre los trigales de un amarillo rotundo, era un cielo infinito y estrellado, era el rumor de las esquilas o el olor que llegaba de algún establo colindante con la vega. Y fue el escenario, que el tiempo acabaría por mitificar, de algún amor preadolescente y mágico, hecho de largas noches y de juegos a la intemperie.

Aquí, en el valle, convivo con las cosas del campo desde hace muchos años. Aquí han convivido con ellas mis hijos: fueron niños, se hicieron adolescentes y enjovencieron verano tras verano. Aquí he seguido la evolución de las tomateras, he contemplado, en silencio, el lento arrastrase del erizo sobre la hierba seca, he visto a mi gato juguetear con los escarabajos, he convertido horquillas de rama de fresno en tirachinas con los que evocar mi propia infancia al verlos en manos de mi hijo. Y aquí he escrito: mucho. Poesía, novela, críticas, artículos literarios, políticos, intimistas.

Sin embargo, pocas veces esas experiencias se han colado en mis poemas. Acostumbrado desde hace muchos años a mantener en ellos una ventana abierta a lo colectivo, un sustrato de conciencia crítica, casi siempre he escrito poesía "necesaria". Mis experiencias íntimas en este y otros lugares solía guardarlas con cierto pudor: quedaban recluidas en algún cuaderno de un modo casi vergonzante. Pertenezco a una generación poética que protagonizó la lucha por la democracia en los primeros años setenta, que hizo de la conciencia crítica parte del poema, que se apoyó en la poesía para acompañar los empeños solidarios. Esa elección generó cierto desdén hacia la poesía de meditación sobre la realidad más cercana y personal, sobre los sentimientos íntimos, sobre la relación del poeta-hombre con la naturaleza, con una realidad afectiva hecha de pequeñas cosas. Era como si ocuparnos de asuntos semejantes en el poema fuera perder la brújula "social", olvidar el compromiso. Como si releer a Juan Ramón fuera dejar de lado a Blas de Otero, como si dejarse llevar por alguno de los poemas más intimistas de las Soledades de Antonio Machado fuera desdeñar los más solidarios y comprometidos de Campos de Castilla. 

Junto a Lozoya del Valle, embalse en invierno
Han tenido que pasar muchos años para comenzar a desprenderme de ese complejo. Y del mismo modo que Las cosas del campo, de Muñoz Rojas, ha sido un libro acompañante de mis veranos en el valle desde, al menos, el año 2004, he vuelto a poetas que hablaban de esos mundos pequeños que la "conciencia crítica" había relegado: el José Luis Prado Nogueira de Oratorio del Guadarrama, el Gerardo Diego de Soria sucedida,  el Pepe Hierro de Alegría, el Diego Jesús Jiménez de sus poemaas de Priego y de sus evocaciones de infancia y adolescencia de Coro de ánimas.

Esa actitud, en absoluto contradictoria con mi compromiso cívico y paralela a mi escritura poética "crítica" (ahí está mi reciente Fugitiva ciudad), se ha ido manifestando, sin que pudiera evitarlo, en una sucesión de poemas extraños en mi trayectorias: poemas de la memoria de mis hijos, poemas de amor, poemas crecidos en mi experiencia del campo, de un campo vivido con viejos amigos, en paseos en soledad, en momentos de contemplación o de melancolía. 

Son poemas que llevaban tiempo aguardando en esa imaginaria recámara que todo escritor lleva consigo. Que han ido desplegándose en cuadernos diversos, en libretas, en folios reciclados: si en mi poesía los días normales han sido siempre "los días con y en los otros", en este caso he escrito los poemas "de los momentos raros" gran parte de ellos nacidos y alimentados en mi refugio del valle del Lozoya. Formarán parte de un nuevo libro (que tengo a medias), un libro al que he otorgado ya un título provisional: De los días extraños.  Un par de poemas y algún fragmento de otro han sido publicados en revistas o en algún libro colectivo en los últimos años. Otro formó parte de mi libro viajero Por la sierra del agua (Gadir, 2006). Y casi todos, duermen a la espera del libro en una vieja carpeta de gomas de color azul marino.

Por el amplio número de poemas de esas características que contendrá, será un libro raro en mi bibliografía. Un libro distinto que probablemente defina mi evolución en el futuro. Sin complejos, sin mala conciencia, he dejado fluir la emoción: las emociones que nuestra conciencia comprometida nos hacía ocultar de manera vergonzante. 

Cierro este post, en el que ha dominado la de reflexión sobre lo propio, con un poema de ese libro futuro: de De los días extraños. Ahí queda. 
 EL TELESCOPIO

Sabía de aquel cielo de antracita y de frío.
Sabía de otras noches casi idénticas.
De momentos azules, olorosos
a mies recién cortada y al relente
de agosto en la montaña
y observaba a mi hijo, absorto entonces
en la noticia que llegaba del jardín de enfrente.

Ramón, amigo de aquel tiempo, tenía
el telescopio abierto al infinito del verano nocturno.

Mi hijo cruzó el camino y se asomó con miedo
al círculo temido y deseado.
Descubrió una luz distinta a la soñada.
Viajó por nebulosas, tocó cráteres
e imaginó una noche diferente,
quizá sin cicatrices ni carencias.

Era agosto. Quizá mil novecientos
noventa y cinco. Y la luna parecía la misma
que pisó un tal Neil Armstrong una noche
en que mi padre me enseño que era frágil la vida,
que madurez y muerte a veces se contemplan,
se saludan de paso, casi huyendo,
o se asoman, como en la noche aquélla,
al círculo de luz de un telescopio.

sábado, 14 de junio de 2014

Escritores en la RDA: a propósito de "Al otro lado del muro"

Hace poco terminé la lectura de un libro a tener muy en cuenta en este tiempo. Desde el punto de vista estrictamente literario, pero también a la luz de la situación que vivimos en España y en Europa y, sobre todo, de la irrupción de miradas y proyectos cargados de utopía, de sueños respecto a una sociedad  nueva, anticapitalista, basada no en la lógica del mercado sino de los intereses y necesidades colectivos, de los hombres y mujeres que la componen. 

El libro nos sitúa en una sociedad no imaginaria, sino real (que lo fue y que sigue siendo real en otras partes del mundo): la de Alemania Oriental, la de la antigua RDA. Se trata de Al otro lado del muro. La RDA en sus escritores, una antología de textos realizada por Ibon Zubiaur, de la que es, además, prologuista y traductor ya que, como él mismo subraya, ha optado por textos antes nunca traducidos.

Alexanderplatz, plaza emblemática del antiguo Berlín Este
El libro es una suerte de radiografía de la literatura, de la vida literaria y de las más íntimas obsesiones y preocupaciones de los escritores de aquel país desaparecido, representada en relatos, conferencias, textos de circunstancia y fragmentos de novelas en los que se filtra la cotidianidad de un mundo lleno de contradicciones y claroscuros. Desde la óptica occidental no es fácil entender ni  asimilar la realidad que en ellos se describe: desde la entrega desinteresada y casi entusiasta en la construcción de la nueva sociedad de los primeros años de la postguerra hasta las decepciones y  distanciamientos críticos de los años previos a la caída del muro (sobre todo a partir de la expatriación, en 1976, de Wolf Biermann). En la antología están presentes trabajos de autores ya conocidos por el lector español como las narradoras Brigitte Reimann o Irmtraud Morgner, el polifacético Jurek Becker o Günter de Bryun, el autor de la conocida obra El asno de Buridán, junto a otros autores que, por su militancia comunista o su compromiso con el régimen, no fueron divulgados de manera suficiente al otro lado del muro o, simplemente, fueron considerados escritores “de partido”. 

Stefan Heym
No es difícil, al leer el libro, recordar la magnífica ambientación de la cotidianidad de la RDA que se dibuja en dos películas de notable éxito en los últimos años: Good Bye, Lenin, de  Wofgang Becker, y La vida de los otros, de Florian Henckel. De algún modo, la experiencia que viven la anciana enferma a la que su familia intenta ocultarle la caída del muro de la primera o el autor dramático sometido a un permanente espionaje de la segunda, se advierten, en distinto grado, en los trabajos antologados por Zubiaur. En ellos está la vida diaria del escritor comprometido con el socialismo que ha de compartir la experiencia de la fábrica o de la obra en la construcción, asoma el mundo literario, condicionado de manera terrible por el sistema, la doble vida de cada escritor, con la mirada puesta en las editoriales occidentales y en la necesidad de mantener un estatus en la propia RDA, las lecturas, el sistema educativo, las fiestas, comidas y encuentros, celebrados las más de las veces en los domicilios de los escritores pero sujetos a la mirada de la Stasi o del confidente de turno, el papel de la Unión de Escritores….  El mundo que se filtra en ellos no es un todo uniforme: pasa de la visión entusiasta de los primeros años de la RDA (el escritor, consciente de su papel en la sociedad combina su trabajo manual con el intelectual, confía en el juicio de los obreros sobre sus obras, vive la realidad productiva desde dentro), marcados por la memoria de Hitler y por la necesidad de abrir paso a un sistema nuevo, distinto al capitalismo, a la mirada escéptica, casi desafiante de quienes comienzan a ver en el sistema, más de treinta años después de su fundación, un callejón sin salida o a apercibirse de que la única salida seria una imposible evolución hacia la democracia y hacia una economía mixta y flexible de corte europeo.

Es preciso resaltar que los autores de Al otro lado del muro leían y escribían en un ecosistema cultural muy especial: el estado socialista situaba en un primer plano la lectura, la difusión y la venta de libros a través de las editoriales públicas. La gente, en la RDA, leía muy por encima de la media de otros países, compraba muchos libros porque eran baratos y la literatura ocupaba un lugar preferente en los planes de enseñanza. Incluso el Estado, asesorado por algunos de los escritores que venían de la lucha contra el nazismo, miembros del partido comunista, llegó a establecer numerosas fórmulas de apoyo a la literatura mediante premios, becas, cursos, creación de bibliotecas o aportaciones económicas a los escritores y a sus organizaciones.  Junto a ello, la existencia de editoriales públicas, con largas tiradas de clásicos y menos clásicos además de los autores contemporáneos, facilitaba la publicación a escritores no siempre caracterizados por la calidad de sus obras.

De ahí que el lector de un país como España, en el que la literatura y su difusión descansa en una estructura puramente comercial, se sienta extraño ante el mundo que se nos describe. No son pocos los textos seleccionados de Al otro lado del muro en los que el escritor se pregunta por el sentido del compromiso y por los límites estético-artísticos de su obra. O los que diseccionan el sistema de ascensos, premios y caídas en desgracia en el mundo literario. O los que retratan, con sutileza, las condiciones de vida del escritor: el acceso a la vivienda, la austeridad obligada, los límites que marca la censura, las compras en el economato, las citas y encuentros con autores procedentes de la Alemania Occidental, las lecturas que llegan de EE. UU., de Francia, de otros países no socialistas…. 
Jurek Becker
El texto que quizá, muestra un mayor interés para el actual lector occidental que quiera adentrase aún más en los resortes que actuaban sobre la literatura en aquel mundo “utópico”, es el que cierra el libro, “La reunificación de la literatura alemana”, de Jurek Becker.  El autor explica cómo en la RDA la literatura se convirtió en campo de reflexión o de desacuerdo con el régimen, de crítica,  incluso de debate político (por muy sutil que este fuera, incluso mediante la lectura entre líneas), con lo cual se trasladaba a los libros lo que en la sociedad estaba prohibido y penado. Becker escribe: “Continuamente hubo libros” (en la RDA) “capaces de generar desasosiego o intervenir en los debates sociales, incluso de incitarlos, de un modo inimaginable en el Oeste. Para mucha gente los libros eran como un alimento; no los necesitaban para su recreo, son para afrontar mejor la propia vida”. Y añade:  “ era interés por los propios asuntos públicos, que no podía verse satisfecho de otro modo”.
Irmtraud Morgner
En cualquier caso, todos los escritores antologados reflejan, con mayor o menor intensidad, una doble pulsión: la de sentirse moralmente comprometidos con la construcción del socialismo y la conciencia de que el propio régimen iba generando, poco a poco, los instrumentos de su destrucción.  Por eso, la lectura de Al otro lado del muro es tan necesaria en esta segunda década del siglo XXI en la que parecen recuperarse algunos de los impulsos utópicos generados tras la Segunda Guerra Mundial. Para recapacitar sobre los límites del socialismo cuando no se sustenta en una democracia sólida, para valorar las consecuencias de un sistema igualitario basado en la inexistencia de partidos pero con una estructura "de mando" de partido único que genera burocracia y represión. Todo eso está en las reflexiones y en las obras de creación de los autores antologados. Es la doble cara de una utopía no realizada (quizá por irrealizable).
Es de agradecer el empeño y la pasión que Ibon Zubiaur, con el respaldo de dos editoriales independientes, Errata naturae, editora de este libro y de La ciudad del mañana, y Bartleby, que publicó la primera novela de Brigitte Reimann y los relatos de Irmtraud Morgner, está poniendo en la recuperación para el lector en castellano (pero no sólo) de una literatura que no por relegada deja de ser valiosa para el lector de hoy.
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Al otro lado del muro. La RDA en sus escritores. Edición de Ibon Zubiaur. Stephan Hermlin / Stefan Heym / Erich Loest / Brigitte Reimann / Helmut Sakowski / Franz Fühmann / Erik Neutsch / Hermann Kant / Günter de Bruyn / Irmtraud Morgner / Volker Bran / Wolfgang Hilbig / Hans Joachim Schädlich / Günter Kunert / Jurek Becker. 259 pags. Errata Naturae. Madrid, 2014.

jueves, 8 de mayo de 2014

Madrid, Nebraska y viceversa: el espejo deforme e inevitable

Hace ya muchos años (de casi todo hace ya muchos años), en octubre de 1990, escribí un largo artículo en el fugaz diario madrileño de ámbito nacional El Independiente titulado "Realismo narrativo made in USA" (se puede leer siguiendo el enlace y en mi libro en edición digital  La novela entre dos siglos) en el que me extendía sobre la inexplicable pasión de cierta crítica de nuestro país por aquella narrativa del llamado realismo sucio que había sucedido al experimentalismo de los años setenta (Carver, Tobias Wolff, Richard Ford....) mientras se  descalificaba la narrativa, especialmente el relato corto, de nuestros escritores realistas de la generación del medio siglo (de Aldecoa a Medardo Fraile o Jesús Fernández Santos pasando por los hoy casi olvidados Eduardo Tijeras o Meliano Peraile, autores de joyas del género que sería bueno recuperar para las nuevas generaciones de lectores).

Casi un cuarto de siglo después, leo el prólogo que Sergi Bellver ha preparado para el libro Madrid, Nebraska y encuentro argumentos muy similares a los que sustentaban mi entonces polémico artículo. Si en aquel momento pensaba casi en solitario que ya en los cuentos de Ignacio Aldecoa se respiraba la cotidianidad en suspenso, casi minimalista, que muchos creían descubrir por vez primera en los relatos de Carver o de Richard Ford, hoy esa percepción está mucho más extendida. La más notable diferencia entre un realismo y otro estaba en los escenarios, en el telón de fondo: en los cuentos del bilbaíno podía ser un barrio de Madrid o un pueblo remoto de Castilla y en los de Carver o Ford una localidad de Montana o de Nebraska. Sin embargo, hoy, al comienzo de la segunda década del siglo XXI,  cuando la globalización se ha extendido hasta extremos impensables hace sólo diez años, aquella diferencia entre nuestro realismo duro y directo de los cincuenta y el realismo sucio americano aplicada al cuento que hoy se escribe se han hecho menos evidentes: los paisajes también se han globalizado.

Desde los años noventa, nuestros más jóvenes escritores de relatos han tenido en la short story norteamericana del realismo de los ochenta un referente más o menos explícito. Incluso autores anteriores como Cheever, Faulkner, Salinger, Hemingway, Kerouac (cuyo On the road ha seguido influyendo en los más jóvenes) o Melville, han dejado su impronta en buena parte de ellos. Sin embargo, ese fenómeno en pocas ocasiones se ha puesto de relieve. Casi todas las antologías de nuevos narradores lo han obviado. Incluso algunas editoriales, especialmente beligerantes en la defensa del género hasta el punto de situarse como referentes (pienso en Páginas de Espuma, en Menoscuarto), han dejado de lado esa circunstancia.

Sergi Bellver ha tenido la inteligencia de captar esa respiración, esa empatía, una empatía que es mucho más que una influencia literaria. Constata el hecho y se aplica a rastrearla en la obra de veinte autores españoles seleccionando relatos en los que se evidencia. Esa empatía está estrechamente vinculada al ecosistema social y cultural que, en la última década, se ha ido extendiendo en el mundo. Internet de un lado, los esfuerzos de una revista emblemática en la promoción del cuento norteamericano como Granta, la creciente presencia de las series norteamericanas en las cadenas de televisión de nuestro país y el peso del cine independiente USA (comenzando por el del alemán Wim Wenders con su ya clásico París, Texas y acabando con Cassavetes o David Lynch, cuya serie Twin Peaks tuvo un notable impacto en la generación que, a principios de los noventa, comenzó a madurar a la vez que en la España de aquella década se consolidaban las cadenas privadas de TV). Sí, el cine, la literatura, ahora las redes sociales y, de manera muy especial, los viajes de estudios o de intercambio, que dejaron de ser el privilegio de una minoría para formar parte de una práctica muy extendida en los últimos treinta años, incluso en la llamada clase media (también en la media-baja), han contribuido a convertir las largas carreteras que unen, a través de miles de kilómetros, las costas Este y Oeste de Estados Unidos, los bares perdidos en medio de la nada, las ciudades de rascacielos inverosímiles y trastiendas miserables, en parte de un paisaje que nos pertenece, que ha pasado a formar parte de nuestra cosmovisión. Así lo evidencian los veinte narradores que Bellver ha seleccionado para Madrid, Nebraska.  El mayor, Pedro Sorela, nacido en 1951 y adscribible a una hipotética generación de los ochenta; el más joven, David Aliaga, nacido en 1989. En medio, autores nacidos en los sesenta como Esther García Llovet, German Sierra, Eloy Tizón o Ismael Grasa, en los setenta como Óscar Esquivias, Paula Lapido, Blanca Riestra o David Ruiz, o en los ochenta, como Matías Candeira o Cristian Crusat.

Termino con una pequeña licencia personal: el título del libro, Madrid, Nebraska, responde, tal y como explica Bellver, a la situación geográfica de "un villorrio con apenas dos centenares de habitantes y un puñado de casas" llamado Madrid, perteneciente a ese estado. Cuando, hace algo así como quince años, escribí la novela La mujer muerta, hice que uno de mis personajes, un supuesto narrador norteamericano coetáneo de la "generación perdida", fuera oriundo de Nebraska. Una feliz y extraña coincidencia

Madrid, Nebraska, hoy

jueves, 10 de abril de 2014

Cuando el hijo se declara poeta: algunos recuerdos de adolescencia

El barrio de la UVA de Hortaleza, hoy: allí escribí mis primeros versos
Leyendo la novela de Wallace Stegner Un lugar seguro (Libros del Asteroide, Madrid, 2008), me ha llamado la atención un párrafo en el que uno de sus protagonistas, Sid Lang, profesor universitario, evoca cómo tuvo que suceder la muerte de su padre para dejar la carrera de Económicas y reorientar sus estudios hacia las Letras y, más allá, a poner en juego la vocación, hasta entonces reprimida, de poeta. El padre, un empresario de éxito, era incapaz de pensar que el hijo pudiera ser en la vida algo alejado del beneficio económico, de las exigencias de una sociedad férreamente liberal y condicionada por una concepción del prestigio social y el reconocimiento vinculado al dinero.

Wallace Stegner
La lectura me ha hecho recordar cómo mi padre, allá en los últimos años de la década de los sesenta del pasado siglo, recibió la novedad de un hijo con vocación de poeta. Él era carpintero, sus lecturas no pasaban de algunos manuales de política estudiados en su primera juventud, en medio de la guerra civil (seguramente, de Besteiro, de Pablo Iglesias, alguna novela social a lo Zugazagoitia), y en casa no hubo libros hasta que yo no empecé a estudiar bachillerato, un hito familiar que mi padre contemplaba como una de las mayores conquistas de su estirpe  enraizada en las llamadas clases subalternas. En casa entraron, en aquellos años, libros que me interesaban muy poco: recuerdo un ejemplar de Los cipreses creen en Dios, de Gironella, entonces un éxito de ventas comparable a los best-seller de hoy. Era uno de los primeros libros que trataban de la Guerra Civil desde una perspectiva no exclusiva de los vencedores (aunque sin despegarse del todo de su versión) y algunas obras de José Luis Martín Vigil, educador de jóvenes a través de una literatura que se movía entre lo confesional-católico y una mirada social que parecía inspirarse en el Vaticano II. Recuerdo un ejemplar de La vida sale al encuentro y, sobre todo, el titulado Los curas comunistas, un extraña mezcla de Georges Bernanos y el Alfonso Grosso de La piqueta. Algo más tarde, quizá cuando mi padre cayó en la cuenta de que la formación de su hijo debía comprender la sexualidad, me compró Edad prohibida, ese extraño manual para erotismos adolescentes bajo la dictadura, que escribió Torcuato Luca de Tena y del que sólo recuerdo un escena: una joven prostituta rebañaba, con un trozo de pan, el aceite que quedaba en el fondo de una lata de sardinas. Después, vendría el Círculo de Lectores y los primeros pasos de mi biblioteca personal de joven con inquietudes.


Aquella menguadísima biblioteca mostraba el notable despiste de mi padre, fruto de la ancestral ignorancia de su clase social, y lo alejada que estaba mi familia de las tendencias literarias dominantes y, en general, de la literatura de calidad. En nuestra calle, los chicos cuando tenían doce o trece años comenzaban a trabajar de aprendices en talleres mecánicos, carpinterías, tiendas de comestibles o en bancos o aseguradoras ejerciendo la noble tarea del botones o del recadero cuando no de ayudantes en los trabajos más duros en un sector de la construcción todavía muy alejado de burbujas y otras hierbas.

Yo era, entre los chicos de mi calle, una calle que hasta los once años estaba situada en el barrio de la Alegría (frente al barrio de la Concepción o "de las vírgenes") y en la adolescencia en la UVA de Hortaleza, el raro. No sólo porque cuando pasé de los doce o trece años mi familia no contemplaba el inmediato horizonte laboral de mis amigos, ni siquiera porque mi padre había decidido empeñarse en que su primogénito llegara en la escala social (e intelectual) infinitamente más allá de lo que él había llegado, sino, también, porque había comenzado a escribir versos. Desoyendo la "llamada" de aquellos libros que mi padre compraba un tanto al azar y guiándose por noticias de prensa, yo empecé a leer a los poetas que ilustraban los capítulos de mi libro de literatura de cuarto de bachiller: Bécquer, Juan Ramón, los Machado...  Y a encargar al "agente" del Círculo que nos visitaba cada mes antologías de aquellos poetas.

Fui escribiendo malísimos poemas que mecanografiaba en una Olivetti Pluma 22 (otro de los regalos que mi padre puso a mi disposición en cuanto vio mis inclinaciones), hasta que, por su volumen, llegaron a conformar lo que convencionalmente se entiende como un libro.  Para mi padre aquello fue un acontecimiento: diría más, el acontecimiento de su vida. De modo que buscó entre los clientes de la carpintería a quien pudiera leer los poemas del hijo para que se fuera abriendo camino como poeta. No pensó en el rédito económico de tan noble tarea, ni en el riesgo de que pasara a engrosar las filas de la bohemia: sólo en el milagro que se había producido en su familia. Su hijo era capaz de crear mundos imaginarios, de escribir poemas como lo habían hecho las glorias de la literatura que conocía de oídas: Lope, Cervantes, Quevedo, Bécquer... y poco más.

La Olivetti Pluma 22: en una idéntica transcribí mis primeros poemas
Recuerdo que lo más cercano a un crítico de poesía que tenía entre la clientela eran dos hermanos publicistas que trabajaban para varias editoriales y vivían en el Parque de las Avenidas. Mi padre no lo dudó en ningún momento: cogió mi librito, toscamente encuadernado, me dijo que lo acompañara una mañana de sábado y se presentó en el estudio de publicidad presentándome a sus clientes como su hijo poeta. Les entregué el libro y nunca supe lo que hicieron con él. Creo que mi padre tampoco. Pero recuerdo con ternura la ilusión con que aquel carpintero que creía con fervor en el poder de la ilustración dio aquel paso. Su falta de cultura, su desconocimiento absoluto de las tendencias literarias de la época (menos aún de las tendencias poéticas) se aliaron con mis ensoñaciones como futuro poeta incorporado a los libros de texto que leyeran, muchos años después, mis hijos y nietos.

Sid Lang, el personaje de Wallace Stegner era un hijo de rico empresario con el futuro resuelto al que su padre le marcó un destino: economista, sucesor en la empresa, rico heredero. Sin embargo, Sid se rebeló. Pero sólo pudo hacerlo a la muerte del padre y arrastrando la conciencia de la traición por aulas universitarias y revistas poéticas.  Yo viví la experiencia contraria. Si algo lamenté en ese aspecto es que la prematura muerte de mi padre, un humilde soñador con la cultura que le robaron, le impidió ver mi primer libro publicado (aparecería al año de su muerte), celebrar mi condición de único licenciado universitario de su estirpe y conocer a quien habría de ser su primera nieta. Pero esa es otra historia.                                                      

domingo, 16 de febrero de 2014

Donald Hall, la poesía norteamericana y lo cotidiano: una reflexión tras la lectura de "Without".


  
He leído, a lo largo del mes de diciembre, Without (Vitruvio, Madrid, 2013) el libro que Donald Hall (Connecticut, 1928) escribió a raíz de la muerte de su esposa y compañera, la también poeta Jane Kenyon, traducido y prologado por Juan José Vélez Otero. Un libro amargo y, a la vez, cargado de resortes emocionales y de evocaciones. Al leerlo, vivimos, digámoslo en palabras de José Hierro, "aquello que ya vivió (o que no vivió) el poeta".  Los poemas de Hall recuerdan a la amada en el lecho del dolor del hospital y la dura convivencia con la enfermedad. Pero no sólo. Recobran los viajes en coche al supermercado, el hueco que queda en el grupo de amigos de toda la vida, las pequeñas manías de Jane, las fotografías de su álbum familiar ("Raquel y Polly delgados posando / en el porche con los niños / en 1952, gente corriente / en una casa..."), el alquiler de una película en el videoclub, las jornadas de trabajo y de intercambio de versos y de ideas entre ellos, poetas ambos, las fiestas, los detalles mínimos vividos juntos y vestidos de orfandad tras la muerte... Without es un canto a la vida asentado sobre el vacío que la muerte deja. Escrito en un lenguaje directo, en apariencia sencillo pero con una intensidad lírica y emocional extremadamente difícil de alcanzar (quienes escribimos poesía sabemos lo que es eso) e impregnado, de manera casi absoluta, del aliento existencial de Jane Kenyon. Incluso en la primera parte del libro, en la que los poemas tienen cierta deriva onírica, irracional, se advierte una característica que subraya Vélez Otero en el prólogo como parte sustancial de la poesía que escribió Jane: "poesía desnuda, precisa y clara que emplea adjetivos exactos sin ornamentación superflua: doméstica".

"El recorrido de la felicidad es doloroso;
lo mismo que recordar el dolor.
Vivo en un presente lleno
de aniversarios y objetos:
tu alfiletero; tus zapatillas blancas;
tu secador de pelo,
la etiqueta albahaca escrita en una caligrafía que conozco;
una mancha en unas sábanas estampadas".

Hacía mucho tiempo que no había leído un poemario de un tirón, como si de una novela se tratara. Eso me ha ocurrido con Donald Hall. La poesía como conjuro que nos concilia con la vida, que nos ayuda a contemplar la realidad con otra mirada, a emocionarnos con las vivencias que el poeta transforma en lenguaje, a mirar a la muerte con la certeza de que algo más allá de su sombra nefasta vivirá en el poema por encima del tiempo. Y, como trasfondo, un escenario en el que se levanta una casa en el campo (una granja heredada en el paraje denominado Eagle Pond), no lejos de un lago y cerca de un pueblo apacible (Wilmot) de la Norteamérica interior.

Donald Hall y Jane Kenyon, en sus pasos por Eagle Pond / De un reportaje de televisión
El libro se cierra con una sucesión de poemas largos, a modo de cartas dirigidas a Jane Kenyon, dando cuenta de cómo evoluciona, sin ella, la realidad que compartieron: ("Carta sin destino", "Carta del Día de la Independencia", "Carta de Verano", "Carta de otoño"). Hermosas muestras del poder de la palabra para dar vida a lo que ya no se vivirá.  Es dificil no empatizar con esta poesía arraigada en la que alienta una de las líneas que más me atraen de la poesía norteamericana del último siglo: la que está en el mundo y busca la relación dialéctica de lo íntimo y lo común. Ashbery, Sexton, o Sylvia Plath son poetas generacionalmente próximos aunque muy distintos a Hall.  Éste conoció, aunque tardíamente (es de una oleada posterior) a los grandes mitos de la beat generation, pero no asumió ni compartió sus opciones estéticas, rotundamente rupturistas. Es un poeta más entrañado y más atento a lo cotidiano y a la belleza de lo próximo y pequeño.

Al leer a Hall he recordado otras lecturas (algunas lejanas en el tiempo, otras muy próximas) de poetas norteamericanos, hombres y mujeres, que han desplegado ante mí un mundo fascinante pese a nutrirse de la cotidianidad: el valor de la memoria, el encanto de las pequeñas comunidades interiores, en las que un día de pesca compartido con el padre se convierte en un lugar inmortal en el poema, bares de carretera donde reír, llorar o meditar o escuchar música, el amor de una madre ante la existencia rota de un hijo o de una hija viviendo la diaria experiencia de la enfermedad terminal del padre.Viajes en coche con amigos, el amor construido en caminatas por la montaña o en viejas ciudades europeas, partidos de beisbol compartidos por padre e hijo... Una poesía realista, sí, pero dotada de la magia difícil del lenguaje revelador, nuevo. Sharon Olds, C.K. Williams, Robert Hass, Mary Jo Bang, Billy Collins. Es un mundo con ventanas abiertas a la narrativa (en muchos casos se trata de poesía con un fuerte componente narrativo, como en Without), y no es difícil reconocer ella el telón de fondo que comparten los relatos de Carver, Richard Ford o Tobias Wolff, esa narrativa minimalista que fue calificada de realismo sucio pero cuyos logros van infinitamente más allá de ese término.  Mi experiencia como director de una colección de poesía (y, en menor medida, como crítico y poeta), me ha permitido entrar en contacto con la obra de muchos de esos autores.  Y, en parte, conocer una América interior, individualista y comprometida con lo colectivo a la vez, que sólo muy parcialmente llegamos a conocer sin la ayuda de la literatura.

Concluyo con este fragmento del poema de Hall "Carta del Día de la Independencia".

"Cinco de la mañana. Cuatro de julio. 
Salgo por Eagle Pond a pasear con el perro,
llevo puesto el abrigo de cuero
para combatir el frío de la mañana,
miro los nenúfares que se agarran unos a otros
como fríos puños amarillos
mientras afronto el nuevo día
doce semanas después de aquel martes 
cuando nos dijeron que te ibas a morir.

"Esta tarde liquidaré las facturas pendientes
y le escribiré a un amigo sobre su libro
y veré el partido de béisbol de los Red Sox.
Sacará de nuevo a pasea a Gussie.
Pondré algo de Stouffer's en el microondas.
Una señora va a venir desde Bristol
para ver el Ford de tu madre
que está aparcado junto a tu Saab
en el aparcamiento de coches de segunda mano
de mujeres muertas".

miércoles, 15 de enero de 2014

En legítima defensa: los poetas y la poesía en tiempos de crisis


El 20 de julio de 1979, un periódico madrileño de ámbito nacional abría la crónica del homenaje a Blas de Otero, fallecido semanas antes, con las palabras siguientes:  “Al aire libre, en la plaza de toros de Las Ventas, de Madrid, cerca de 40.000 personas manifestaban con los primeros aplausos su apoyo a un «festival» de poemas y canciones, que duraría más de tres horas, en recuerdo del poeta (Blas de Otero) fallecido en la madrugada del 29 de junio pasado”.

La plaza de toros de Las Ventas a rebosar y la multitud allí presente coreando las canciones basadas en sus poemas y los poetas y escritores  leyendo sus versos y el pueblo de Madrid, los ciudadanos de a pie que habían llegado de los barrios extremos, que venían de las universidades, de los institutos, de las fábricas, establecían una comunicación intensa, viva, con la memoria del poeta.  Cuarenta mil personas de todas las edades escuchando versos, aplaudiendo versos, emocionándose.

En aquellos años, albores de la democracia, la poesía aparecía íntimamente vinculada con el proceso que estaba viviendo el país. Recuerdo a Alberti recitando poemas en un viejo campo de fútbol de tierra en el barrio de San Blas. A Carlos Álvarez, Félix Grande  y Carlos Sahagún en un descampado de Orcasitas alternándose en la tribuna para leer sus poemas con los dirigentes vecinales que exigían la remodelación del barrio, el final del chabolismo o la construcción de un centro sanitario. Recuerdo lecturas de poemas y poesía musicada (textos de Agustín Millares, de Celaya, de Hierro, de Ángela Figuera, de Neruda, de Antonio Machado) ante más de 500 jóvenes en los bajos de lo que sería el centro cívico-social de la UVA de Hortaleza  y a jóvenes poetas leyendo sus propios versos en el salón de actos del centro juvenil de la parroquia del viejo barrio, hoy desaparecido, de Portugalete, con el aforo sobrepasado. Recuerdo a Diego Jesús Jiménez celebrando la noche de San Juan  en el madrileño barrio de Santa María en el umbral de la democracia y leyendo sus poemas ante un auditorio en el que se mezclaban gentes de toda condición. Recuerdo el descubrimiento de los poemas de Caballero Bonald (sobre todo, un memorable poema que transcribí en mi novela Los días de Eisenhower, “Dehesa de la Villa”), leídos en un foro a rebosar de una asociación de vecinos de Vallecas.

También recuerdo, hace mucho menos tiempo, a Juan Gelman (en 2008) ante el atril en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares recibiendo el Premio Cervantes  y reivindicando, en su discurso, la memoria colectiva y la dignidad de los hombres y mujeres que aún estaban enterrados en innominadas cunetas o en descampados perdidos en la España interior y derrotada. Y reivindicando a la poesía como ese “lugar más calcinado del idioma” donde encontrarnos y soñar un mundo distinto. 

La crisis de hoy: nuestra crisis, nuestros poetas 

Desde entonces hasta hoy, la poesía como coadyuvante al cambio social, a la toma de conciencia del ciudadano de a pie ha retrocedido. La política progresista ha ido alejándose de los poetas y los poetas han seguido el único camino que vienen recorriendo desde los primeros cantos de juglaría: el de la poesía como respuesta a las incertidumbres de los seres humanos, el de la poesía como iluminadora de zonas ocultas de la realidad, como espacio en el que es posible imaginar un mundo hospitalario, de seres libres e iguales en el que la cultura y las posibilidades de creación artística estén sustentadas en la igualdad de oportunidades.

La crisis económica que comenzó a extender su sombra en el verano de 2008 ha tenido sus cronistas en el ámbito del periodismo, sus tertulianos en esa frontera en la que la pura opinión se entrelaza con la vocación de estrellato, sus políticos sinceros y sus políticos hipócritas y cómplices, sus columnistas escribiendo entre la teoría política y el cotilleo. Esos son quienes se han mostrado y se muestran  en los foros públicos, especialmente en ese escenario con millones de espectadores que es la televisión. Los poetas han sido los grandes ausentes en la crisis. Sin embargo, ahí estaban, más vivos que nunca quizá: escribiendo en humildes habitaciones de alquiler o en la vivienda familiar; leyendo versos a pequeños grupos en librerías o bares, en centros culturales asediados por los recortes o amenazados por  quienes consideran la poesía una dedicación inútil; en foros universitarios dirigidos a universitarios aficionados a la filología; en jornadas en las que los poetas leían a otros poetas y eran, a la vez, intérpretes y público…. Batiéndose en Internet y en las redes sociales por abrir paso a su mirada sobre la realidad y sus contradicciones. Y en algunos programas de la radio pública emitidos en horas imposibles y no siempre proclives a mostrar una poesía diseccionadora de los aspectos más duros de una realidad que avanza en la precariedad y en la pobreza en la misma medida en que se engrosan los beneficios de las grandes corporaciones multinacionales y los bancos.

A pesar del silencio de algunos medios convencionales (en un programa de la televisión pública como Página 2 se pueden contar con los dedos de media mano las veces en que, en sus más de cinco años de vigencia, ha tratado libros de poesía o se ha entrevistado a poetas), los poetas han escrito del mundo que les rodeaba y que les rodea, un mundo al que ofrecen su dramática cotidianidad seis millones de parados, que muestra, en calles circundadas por locales clausurados, con cierres pintados de graffiti o empapelados con carteles inútiles, las huellas de una miseria que cada vez es más difícil de ocultar, han escrito y escriben de los jóvenes sin horizonte, sabios hijos de la generación que hizo la transición a los que las clases dominantes van dejando en la cuneta.  Los poetas han salido de las torres de cristal y de la neutralidad aséptica a la que no pocos críticos y profesores les condenaban, y se han multiplicado las iniciativas que han llevado al poeta a la calle, a contribuir a la movilización social y política, a ofrecer su palabra a quienes la necesitaban (el pasado mes de noviembre, en Madrid, los poetas pusieron su voz para oponerse a los recortes sanitarios, o celebraron un encuentro crítico, "Voces del Extremo", por ejemplo).  Es decir, la poesía ha recuperado su capacidad de conjura, su vertiente más crítica, su potencial de emoción para ayudar a los ciudadanos a vivir la crisis, a luchar contra ella y, sobre todo, a conocer sus raíces, su origen radicalmente inhumano para enfrentarse a ella y a quienes la provocaron y la aprovechan.


¿Poesía social? No simplifiquemos. Poesía entendida en su sentido más profundo: ayudando a la memoria colectiva y mostrando viejas humillaciones que hoy se prolongan a los más jóvenes;  buscando la magia originaria de la palabra para abrir rendijas al mundo feliz que se nos niega (algo parecido a la “muerte en efigie” con que, tal y como demostró Arnold Hauser, el hombre del paleolítico apresaba a la bestia a través del arte: comer, combatir el hambre, meter al bisonte en el hogar, eso era la felicidad en la caverna); descubriendo lo que no nos descubre ni ilumina el periodismo y que sólo es explicable gracias al lenguaje revelador de la poesía. Así nos contó la desolación de Nueva York a principios del siglo XX Federico García Lorca:

"La aurora de Nueva York tiene 
cuatro columnas de cieno 
y un huracán de negras palomas 
que chapotean las aguas podridas.

La aurora de Nueva York gime 
por las inmensas escaleras 
buscando entre las aristas 
nardos de angustia dibujada.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca 
porque allí no hay mañana ni esperanza posible. 
A veces las monedas en enjambres furiosos 
taladran y devoran abandonados niños.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos 
que no habrá paraíso ni amores deshojados; 
saben que van al cieno de números y leyes, 
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos 
en impúdico reto de ciencia sin raíces. 
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes 
como recién salidas de un naufragio de sangre." 

Con palabra nueva . Como lo hicieron en Chicago Carl Sandburg en medio de la crisis del 29, o Edgar Lee Masters en la imaginaria Spoon River, reflejo de todas las ciudades de la Historia, o Antonio Machado en la Soria terrible de su tiempo, por no referirme a Miguel Hernández y su grito resistente o a César Vallejo  indagando en las fisuras y quiebras del idioma.  

En legítima defensa, un libro de todos los poetas ante la crisis 

Ante la crisis provocada, ante el ataque a nuestros derechos y libertades, ejercer la legítima defensa con el más poderoso instrumento con que el hombre cuenta desde su propio origen: la palabra. Añado: la palabra poética. Esa es la proteína, el sentido profundo de la iniciativa que impulsamos, hace poco más de un año, Pepo Paz y quien esto suscribe, desde Bartleby Editores.  Invitar a los poetas a rebelarse y a indignarse con su principal destreza, con su más valioso patrimonio: sus versos.  Respondieron más de doscientos autores de todas las edades. Poetas de distintas generaciones se aprestaron a convivir en un maravilloso acto de resistencia: contribuir a un libro colectivo en el que se hermanan textos de nuestros dos poetas premio Cervantes vivos, Antonio Gamoneda, que aporta poema y prólogo, y José Manuel Caballero Bonald. Junto a ellos, una ejército de escritores que van de Félix Grande o Juan Carlos Mestre, o Angelina Gatell, a Gsús Bonilla, Ana Pérez Cañamares o Julieta Valero, pasando por Eduardo Moga, Miguel Casado, Felipe Benítez Reyes u Olvido García Valdés entre otros, o por poetas apenas conocidos que han comenzado a dar sus primeros pasos literarios en la Red.

Todos sabemos que la poesía difícilmente hace cambiar la Historia. Pero también sabemos que algo ayuda. Al menos, puede acompañarnos y contribuir a que nuestra conciencia no se acartone, se mantenga viva y se hermane con la respiración de la calle.