viernes, 19 de junio de 2015

Un campo de trabajo del franquismo: noticias de su vida cotidiana

Al lado de Buitrago, un municipio en el vértice norte de Madrid con una brillante historia con raíces en el Medievo, se levanta el muro de contención de uno de los embalses más importantes de España: el embalse de Riosequillo. Al lado, el Canal de Isabel II abrió a principios de los noventa un complejo de piscinas al que acuden miles de ciudadanos en los veranos caniculares de la región. Allí se divierten los jóvenes, conviven las familias alrededor de las viandas y los juegos, los chavales chapotean en las aguas, corren sobre la hierba y los menos jóvenes (en edad de jubilación o post jubilación) se sientan a contemplar la cordillera carpetana que parece vigilar el valle y que tiene en las cumbres de Somosierra y de la sierra del Rincón sus alturas más notables.

Julián Pérez, "El inglés", a la puerta de su casa en Villavieja. Foto M. Rico
Pues bien, al lado de ese espacio gobernado a partir de julio por la diversión, hubo, entre 1945 y 1958, un lugar de penalidades y trabajos forzados: un destacamento penal o campo de trabajo habitado (es un decir) por presos políticos republicanos dedicados a levantar el muro de contención, a construir la presa y a redimir condena. Pocos, en el pueblo, recuerdan esa historia. Quienes la recuerdan por haberla vivido son ya muy viejos, casi nonagenarios, y prefieren olvidar (muchos años de silencio han ocultado, que no cicatrizado, la herida); los hay que la conocen por referencias familiares más o menos próximas, pero miran hacia otro lado de la historia; y la inmensa mayoría de los vecinos y comerciantes nada sabe, nada conoció y si alguien oyó hablar de ello en algún momento de la vida, prefirió hacerse el sordo.

Dos son las excepciones que conozco. La primera, el protagonista de un reportaje aparecido en el periódico Senda Norte de noviembre de 2007. una de las referencias informativas de esa comarca. La segunda, un viejo habitante del pueblo de Villavieja del Lozoya, de nombre Julián Pérez, a quien se conoce en el pueblo como "El inglés". El protagonista del reportaje, llamado Bonifacio, hace un par de alusiones al campo de trabajo. Una de ellas, más que ilustrativa: "En la segunda mitad de la década de los cuarenta comenzó la construcción de la presa del embalse de Riosequillo. En la obra, al igual que se había hecho en la perforación de los túneles del ferrocarril, se destinó un destacamento
de penados que vivían en barracones al pie de la presa", contaba

Construída por presos políticos
Con Julián Pérez, al amparo de la chimenea de su casa en un extremo del pueblo, hablé largo y tendido de su vida en el campo de trabajo. Era un día laborable de octubre de 2014 en el que el valle y sus alrededores vivían el esplendor otoñal. En el que la soledad de los pueblos se hacía más presente que en cualquier otra época del año. "El inglés", apodo que le viene de sus ojos intensamente azules y, seguro, de un cabello que fue rubio antes de la vejez, nació en 1936, carecía de memoria de la Guerra Civil y entró a trabajar en el destacamento penal en 1950 con catorce años de edad. Un aprendiz en un lugar inhóspito, pensado para la redención de penas de presos políticos republicanos mediante el trabajo esclavo, un invento que venía de la Alemania del nazismo, atemperado por el redentorismo de la iglesia católica de entonces. Él no era preso, formaba parte de los trabajadores que complementaban la labor de los presos, trabajadores que se desplazaban a diario y a pie desde pueblos como Gandullas, Villavieja, Gascones, pequeñas localidades de la zona, hoy casi deshabitadas.

En mi conversación pude hacerme una idea de lo que fue la cotidianidad en los barracones. Y supe que él no era el único adolescente que allí trabajaba (su padre estaba en la fragua): "Había más chicos de mi edad", me dijo. "Incluso el hijo del encargado, llamado Domingo Arranz Mansilla, trabajaba con los presos". Supe, a lo largo de la conversación, que el destacamento tuvo alrededor de un centenar de prisioneros, algunos con largas condenas de cárcel o con penas de muerte conmutadas. Que antes de que Franco ordenara la construcción del barracón que los "acogería", vivieron hacinados en un garaje de Buitrago (cien presos en un garaje en los años cuarenta: no es difícil hacerse a la idea) y que, desde el garaje, situado en el casco urbano, eran conducidos cada mañana, en fila y vigilados por numerosos agentes de la Policía Armada (la policía nacional de Franco), a la presa, ubicada a varios kilómetros del pueblo Después, hacia 1948, los policías armados fueron sustituidos por guardias civiles.

Presos republicanos trabajando en la red ferroviaria
Mientras Julián me contaba todo aquello, yo imaginaba los inviernos de la sierra norte y casi podía ver, en blanco y negro, la fila de presos cruzando el pueblo, caminando carretera adelante hacia las obras del embalse y pensaba que probablemente nadie saliera de las casas a contemplar la escena, que quizá los miraran tras los visillos, que haber vivido, aunque fuera como testigos, aquella experiencia, lejos de ser   un acicate para la memoria había sido una vacuna contra ella, un "mandato" de olvido de la propia dictadura, una muestra de sus formas de escarmiento de cualquier veleidad democrática.

En 1947, o quizá en 1948, según Julián, los presos fueron trasladados del garaje al barracón al pie de la presa. Ya no había caminatas hasta el embalse: la mano de obra esclava tenía corto y directo acceso a andamios, zanjas y cantera. Poco a poco, llegaron, de la lejana Andalucía ("la mayoría de los presos eran andaluces", me dijo Julián Pérez) algunos familiares de los condenados que se construían miserables chabolas en las cercanías del destacamento: gentes desarraigadas de su medio familiar, sumidas en la incertidumbre, viviendo una forma prolongada de la condena del cabeza de familia. En ese microcosmos de la abyección, la vida cotidiana se desarrollaba de una manera precaria, casi en el límite de la supervivencia. Supe, en esa conversación con "El inglés", que en el campo no sólo se trabajaba para la construcción del embalse: "Allí se hacían las celsas para las bóvedas del Valle de los Caídos", me dijo Julián. Supe también que con él trabajaba el hijo del encargado y que había un carpintero llamado Ángel, procedente del pueblo de Navaluenga. La vida cotidiana del campo, como en tantos otros campos de concentración que hemos visto en el cine, contaba con un preso que era médico y que fue "designado" médico del destacamento para atender tanto a los presos como a los trabajadores "civiles". Pregunté a Julián por las razones de su condena y me contó que había sido acusado de atender y curar a varios integrantes del maquis en la provincia de Almería.

Zona recreativa de Riosequillo. Al lado de este lugar hubo un destacamento penal del franquismo
Los presos vivían (es un decir) en barracones, carecían de servicio y de duchas, la cocina era atendida por algunos de ellos y la comida era escasa por no decir miserable. Si uno visita hoy la zona donde se encontraban sus instalaciones (al pie del muro de contención de la presa) no verá un sólo vestigio que indique que allí se levantaron. Al contrario de lo que ocurrió con los de otros campos de Europa, han desaparecido: el franquismo tuvo muchos años a su disposición para borrar las huellas de su vesania mientras en los campos de Centroeuropa la derrota del nazismo y la entrada en ellos de los aliados lo impidió. No hay placa que recuerde a los artífices de la presa, casi todas las historias del embalse omiten a quienes la levantaron, las memorias del Canal de Isabel II lo silencian y sólo referencias puntuales en libros como Esclavos por la patria, de Isaías Lafuente dan testimonio de ello..

Julián era casi un niño, era trabajador civil y no preso, y su versión está muy lejos de ser rotundamente antifranquista. Es la de quien recuerda y, ya se sabe, la memoria de la infancia a veces dulcifica el pasado. Pero su relato suple, en gran medida, la falta de material gráfico sobre la vida cotidiana en los destacamentos penales, en concreto en el de Riosequillo: no hay fotografías, no hay fragmentos de película, el No-Do de aquellos años no recogió una sólo imagen de su vida cotidiana. Julián Pérez es una fuente oral enormemente valiosa que me ha servido para trabajar en mi última novela, aún inédita, Por él he sabido cómo el aparato de la dictadura discriminaba favorablemente a determinados presos: "Había dos condenados por estraperlo que vivían aparte de los presos republicanos, tenían casa alquilada y contaban con mujer y criada", me dijo "El inglés". También llegó a conocer algunos episodios de fuga consumada: "un catalán que trabajaba en la cantera, que se escapó por la noche y al que no encontraron nunca" o "un preso que no trabajaba" -Julián lo calificó como "un señor", seguramente estraperlista- que se perdió por la carretera Nacional I y años después escribió al director del destacamento "invitándole a pasar las Navidades en Francia". La obligatoriedad de asistir a la misa que celebraba Domingo Martín Ramos, un "cura de Burgos" según Julián, o la obligada "celebración" del día de la patrona de los presos son anécdotas, entre las muchas que me contó, que nos hablan de otro mundo, de un mundo enterrado que debe de emerger para bien del equilibrio emocional colectivo..Y para reconciliarnos con los principios de justicia universal, acabando con el empeño de olvido de la única derecha de la Unión Europea que no ha condenado el régimen dictatorial bajo el que estuvo su país.


La prodigiosa memoria de mi interlocutor no deja casi nada en el olvido: nombres, escenas de lo más variopinto dentro y fuera del campo, los sueldos de los trabajadores "civiles" (4,75 pesetas al día los aprendices,  5,75 los "pinches"), la misérrima asignación a los presos para evitar la inanición de sus familias (1 peseta diaria). Un microcosmos en blanco y negro al que algún día espero que se acerque nuestro cine, o nuestro teatro, o nuestra narrativa. Es la gran deuda que tenemos los creadores con un mundo criminalmente enterrado debido, entre otras razones, a que en él no hubo apenas presos escritores, o fotógrafos que, aunque fuera de modo clandestino, recogieran aquella terrible realidad. Termino con una pregunta: ¿y si algún día, de manera imprevista, alguien encontrara, en una vieja tienda de revelado, una película con fotografías hechas en alguno de los más de cien campos de trabajo que salpicaron nuestra geografía o, sin ir más lejos, en el destacamento penal de Riosequillo? Una inquietante hipótesis. O una parte esencial del engranaje de una posible y verosímil novela. ¿O no?   

jueves, 28 de mayo de 2015

Escritores: fauna extraña en tiempos de mudanza (digital)

El escritor trabaja en soledad. La mayor parte de su tiempo discurre frente al ordenador, a la máquina de escribir (las menos, ya es un instrumento casi testimonial, una arqueología de otra era) o ante un papel por el que avanza el bolígrafo. El escritor indaga en el alma humana, busca la forma de convertir sus sueños en obra de arte y de hacer partícipes a otros de ese logro. Es en ese momento, cuando el escritor intenta proyectar su labor en la sociedad, sacarla de las cuatro paredes de su estudio, cuando se inicia una tarea, casi siempre ingrata, que desborda la propia naturaleza de su arte: editar la obra si es un libro o publicarla en algún medio si es una pequeña pieza, un poema, un artículo o un relato. A partir de ese momento entran a formar parte de la labor del escritor muchos otros factores (de los que, inevitablemente, no puede prescindir): editores, lectores de editorial, agentes, libreros, redactores de revistas o de periódicos y, sin duda, un amplísimo espectro de lectores potenciales, … Todo un mundo se pone en movimiento a partir del momento en que el escritor da por terminada la obra. Sin ser consciente de ese pequeño seísmo, el escritor seguirá soñando otros mundos, otras historias, otros poemas. Su vocación es el sueño, la quimera, la obra bien hecha. A ser posible, la obra maestra.

Günter Grass, en la Asociación Autónoma
de Autores Alemanes
El carácter de su actividad, radicalmente individual, determina su relación con la sociedad: no forma parte de la plantilla de una oficina, ni de una planta industrial, ni siquiera, salvo excepciones, del equipo de trabajo de una editorial. Es él, sólo él dependiendo del idioma y de la traducción a distintos géneros de sus sueños, sus fantasmas, sus deseos y frustraciones. Por lo general, el escritor no vive de su trabajo literario: es profesor, empleado de banca o de seguros (como Franz Kafka), funcionario o rentista por ejemplo, o ejerce otros oficios aún más alejados de su vocación (pastor, albañil, electricista, ingeniero de puertos y caminos, como Juan Benet, o propietario de una pastelería, como Joan Vinyoli, o empleado en una joyería como Juan Marsé). Cuando esto es así, su dedicación literaria suele recluirse en los huecos que en el día (y en la noche) le deja la vida familiar, en los fines de semana y en las vacaciones. Ese ha sido mi caso: recuerdo innumerables vacaciones en las décadas de los ochenta y noventa en las que gran parte de mi tiempo supuestamente libre (en el mar o en la montaña) se me iba delante de una pequeña Olivetti avanzando en una novela o escribiendo críticas o corrigiendo algún trabajo a entregar en otoño. Francisco Umbral se refirió a estos escritores con un tono despectivo, calificándolos como "escritores de caja de ahorros". 

Esa amalgama de circunstancias, a la que cabría sumar el hecho de que su compromiso en la defensa de sus derechos laborales, de "lucha cotidiana", se desarrolle en la empresa, en el puesto de trabajo remunerado y muy pocas veces en su labor literaria, explica su tendencia a “buscarse la vida”, como artista, de manera individual y su escasa propensión a organizarse. 

Sin embargo, más allá de esas servidumbres, la sociedad tiene una imagen convencional, casi "televisiva" si se me apura, del oficio de escritor: la que suele llegar a ella es la de escritores cuyos libros se publican en editoriales poderosas, presentes en todas las mesas de novedades de los grandes almacenes, con tiradas amplias (en algunas ocasiones superan la frontera del best-seller) y  a cuyo alrededor se mueve todo un mundo de sugerencias: agentes literarias, premios, ruedas de prensa multitudinarias, entrevistas en radio y en televisión y un largo etcétera de glomourosas experiencias públicas.

Casa de Bécquer, en Noviercas (Soria): toda una metáfora
En otras ocasiones (las menos), el lector de a pie tiene noticias de que ciertos escritores se comprometen y pugnan por ejercer una función social y llega a intervenir como demiurgo y agente en la movilización política llegando a maldecir a quien concibe "la poesía como un lujo", a renegar de la neutralidad o de la obra "de quien no toma partido hasta mancharse", que dijera, en tiempos muy distintos al presente (o no tanto) Gabriel Celaya.

Ese es, a grandes rasgos, el espacio del escritor.

Viene esto a propósito de un proceso que ha pasado inadvertido a la opinión pública y que habla, en gran medida, de la irrelevancia de la organización que lo ha vivido. En los últimos meses, la Asociación Colegial de Escritores de España ha sufrido una profunda crisis. Me vi inmerso en ella como consejero que no llevaba más de un año ejerciendo el cargo y, al final, debido en parte a mi sentido de la responsabilidad, en parte a invitaciones y sugerencias de amigos del gremio y en una pequeña medida al convencimiento de que es posible abrir un nuevo horizonte a una entidad creada en 1976, en los albores de la democracia, de la mano del narrador Ángel María de Lera, que se mostraba anquilosada, me he implicado a fondo en ella asumiendo una responsabilidad cuyo ejercicio he de compatibilizar con la labor creativa, con la poesía, la crítica, la narrativa, con el periodismo cultural. Cuenta con casi 2000 escritores asociados y presta servicios de asesoramiento jurídico, de asesoramiento sobre procesos de edición y publica una revista, República de las Letras, necesitada de una profunda renovación y de una adaptación integral a las exigencias del mundo digital.

Sede Instituto Cervantes en Frankfurt
He revisado por encima (no podría ser de otra forma) sus archivos. Son muchos los escritores que un buen día decidieron inscribirse y depositaran parte de sus esperanzas en la ACE. Escritores de fin de semana o de caja de ahorros como los que he citado, escritores que pelean con el papel en blanco en el pueblo más remoto, que animan e  impulsan tertulias literarias, talleres, coloquios y lecturas colectivas en ciudades de provincia o en barrios de las capitales alejados de los grandes centros culturales de referencia (Círculo de Bellas Artes, Ateneos, Fundaciones culturales, bibliotecas de referencia...), que fundan revistas y sueñan con ellas y sus posibilidades de difusión, que se atreven a lanzar colecciones (casi siempre de poesía) en editoriales imposibles, que nunca saldrán en los periódicos de tirada nacional o en los grandes medios de comunicación aunque en no pocos casos la calidad de su obra sea equiparable a la de sus colegas "triunfadores". Ese mundo, entreverado de autores de todas las edades, en el que jóvenes escritores se atreven a soñar con ver su libro editado o con el reconocimiento literario de críticos, profesores o, como culminación de la quimera, de académicos de la lengua.

En la web de la Asociación Autónoma de Autores Alemanes es visible una fotografía de Günter Grass firmando en el libro de honor. Alfred Doblin, el autor de la por tantas razones portentosa Berlín Alexanderplazt dirigió la Asociación en Defensa de los Escritores, precedente de la recién mencionada. En muchos países europeos las Asociaciones de Escritores, las Casas del Escritor, los sindicatos de escritores y otras entidades parecidas no sólo gozan de un prestigio y un reconocimiento institucional, sino de los lectores y del colectivo de escritores de todos los géneros. En muchos casos fueron de una gran importancia en las luchas democráticas de toda índole, siempre a favor del progreso humano, de los derechos civiles, de la igualdad y de las libertades de creación, de prensa, de información y contra la censura. La Confederación de Escritores Europeos, en la que se agrupan entidades asociativas de 36 países del Viejo Continente, tiene una importancia fundamental en los distintos procesos legislativos que afectan a la propiedad intelectual, a los derechos digitales, a la globalización de la distribución de libros (en papel y en formato digital) y de su labor apenas se tiene conocimiento en nuestro país.

Los desafíos de la edición digital, el aprendizaje de nuevas destrezas vinculadas con la publicación de libros, con las gestiones editoriales, con las nuevas posibilidades que abre Internet, los derechos de autor, la Ley de la Propiedad Intelectual y las consecuencias de la última reforma... Todo eso, junto al desarrollo de servicios de utilidad para el colectivo de escritores y a la búsqueda de soluciones a la precaria situación que viven algunos de ellos, son objetivos que no pueden acometer otras entidades. Junto a la reflexión colectiva sobre la evolución del mundo y la literatura en lo que afecta al oficio, la Asociación de Escritores ha de afrontarlos si quiere tener un reconocimiento con entidad útil, necesaria en la realidad cultural del siglo XXI. Es precisa una profunda reflexión colectiva: evitar la tentación, siempre presente, de dar a las asociaciones de escritores un carácter más próximo a "plataformas de promoción y autopromoción de determinados autores" ya conocidos (o no tanto), o al menos con una cierta proyección, que una auténtica organización al servicio de los intereses de todos y, sobre todo, de aquellos que, por razones de diversa índole, tienen necesidad de ser apoyados, entendidos y, sobre todo, protegidos. Aunque sea de manera limitada.

martes, 3 de marzo de 2015

Poesía, tiempo salvado del tiempo: casi una poética

No es frecuente que un poeta reflexione, abiertamente, de manera pública, sobre su propia poesía. Yo lo hice hace algunos años a petición de José Luis Morante para abrir una publicación periódica que él dirigía titulada Señales de humo. El texto que le envié se publicó en el otoño de 2004. Estaba muy reciente la edición de mi poemario Donde nunca hubo ángeles (Visor, 2003) y mi reflexión, que combinaba el acercamiento teórico al misterio de la poesía con indagaciones en mis propios libros y en las motivaciones que los habían alentado, concluía en ese poemario. Después vinieron De viejas estaciones invernales (Igitur, 2006) y Fugitiva ciudad (Hiperion, 2012). Sin embargo, el sentido último de cuanto entonces escribí sigue vigente. La poesía como "tiempo salvado del tiempo". Aquí dejo mi reflexión de entonces  que es mi reflexión de hoy. 

¿Es posible atrapar el tiempo, reelaborarlo mediante la palabra, y entregárselo a los lectores para que a su vez lo gocen y lo reinterpreten de acuerdo con su propia experiencia? No tengo plena seguridad al respecto. Pero si hay algo que nos aproxime a ese proceso, ese algo es el poema. No la poesía en términos abstractos, sino el poema, cada poema. “Palabra en el tiempo”, así la denominaría Antonio Machado. “Intersección de lo intemporal con el tiempo”, así intentó formularla T. S. Eliot. No muy diferente de la definición de ambos poetas —por otro lado, tan alejados estética y vitalmente— se encuentra la respuesta que, en 1997, me dio Manolo Vázquez Montalbán durante una larga conversación que mantuvimos —y que, íntegramente, fue publicada en la revista Ínsula— a propósito de la aparición de su último libro de poemas, Ciudad: “La literatura es sólo lenguaje, pero el lenguaje está cargado de tiempo, de tiempo significante, y a esa fatalidad de transmitir el tiempo significante no puede escapar ningún escritor”. Tiempo significante que se compone de objetos, de lugares, de sueños, de deseos, de frustraciones, de incertidumbres, de sentimientos, de estados de conciencia. Tiempo significante que sólo existe cuando la palabra, sobre el papel en blanco, nos lo hace visible.

No cualquier palabra, sino la palabra que revela, que ilumina, que descubre o redescubre: la palabra poética. Tiempo salvado de la muerte, emoción en estado de lenguaje, arte que nos ayuda a vivir, a entendernos y a indagar en las zonas ocultas de la realidad y no por ello inexistentes.

Esa es la base sobre la que he intentado, a lo largo de más de un cuarto de siglo y de seis libros, explicarme a través del poema. No ha sido fácil: cuando, a principios de los años ochenta, intenté publicar el que considero mi primer poemario (El vuelo liberado), prevalecía una poesía, que prolongaba la que había sido dominante en la década anterior, en la que la experiencia del poeta se enmascaraba en un culturalismo con vocación de vanguardia y no era fácil abrir paso a propuestas poéticas que tenían más que ver con las estéticas, más apegadas a lo real, de los años cincuenta y sesenta (tal vez por eso, el libro no se publicó hasta 1986). Mis poemas estaban hechos de mi memoria íntima y de la memoria colectiva, de experiencias vividas en los tiempos últimos de la dictadura, de reflexiones sobre el sentido del poema en las sociedades contemporáneas. Eran, como los de otros poetas que entonces comenzaban a publicar, un anacronismo respecto a la poesía que había sido dominante. En ese camino, perseveré en Papeles inciertos (1990) y en El muro transparente (1992): en el primero pretendí fundir experiencia e incertidumbre, memoria y duda, en el convencimiento de que todo poema es un ser vivo en el que no caben las certezas: “ser papeles inciertos, / llanuras asequibles/a emociones difusas, a recuerdos y nubes, / a octubres memorables”. En el segundo, ganó espacio la reflexión metapoética, la búsqueda, a través de la palabra, de un “estado de conciencia” respecto a la realidad. El poema como muro entre lo visible y lo oculto, un muro no opaco, sino transparente:

         “Por eso, el muro. El de la letra amiga,
         el que nos llama y, al tiempo, nos destruye,
         el que araña la puerta,
         no nos deja tranquilos, nos sorprende
         y nos cerca y quizá nos emborrache
         un segundo quizá”..

Con Quebrada luz, aparecido en 1996, intenté ahondar en esa reflexión fortaleciendo, a la vez, sus vínculos con la memoria, con la capacidad de evocación de todo poema. La luz, me decía, no existe inmaculada, pura.  La luz se enriquece con la mancha, con los colores de la realidad, cobra nuevo sentido si se quiebra, si se ensucia. Con ese libro, di por cerrada una etapa extendida a lo largo de cuatro poemarios que, en los últimos años, he corregido en profundidad y sin misericordia. Los he agrupado en un volumen, Monólogo del entreacto (*), y espero la atención de un editor arriesgado que no sepa lo que es el miedo a ir a contracorriente.   

Cierto que en esa etapa la experiencia de lo real y el componente autobiográfico estaban presentes en mi poesía. Pero lo estaban de un modo sutil, enunciado apenas. Con La densidad de los espejos (1997) y, de manera mucho más acentuada con Donde nunca hubo ángeles (2003), he pretendido la incorporación, de manera abierta, de la Historia al texto poético. Filtrada por mi historia, metabolizada por mi experiencia y por mi memoria y sometida a una labor de rescate mediante el lenguaje: un lenguaje que, más que nunca, he pretendido revelador, nuevo, “emocionador” y emocionante, en el convencimiento de que sólo así es posible hablar de poesía con todas las consecuencias.

En una y otra etapa he intentado no alejarme de un hilo conductor que he pretendido componente esencial de toda mi poesía: el acercamiento a una conciencia crítica en la mirada hacia el mundo. Buscar y alumbrar sus contradicciones, sus carencias, sus crueldades, su sinsentido (echar una mirada a la realidad nacional e internacional ahorra todo discurso). Entre otras razones porque comparto con Eliot  un principio —poco divulgado, todo hay que decirlo— al que alude en su mítico Función de la poesía y función de la crítica: “La ventaja esencial para un poeta no es la de enfrentarse con un mundo bello: es ser capaz de ver tras la fealdad y la belleza; es ser capaz de ver el tedio, el horror y la gloria”.

Para ello es básico tener en cuenta la realidad, ese ecosistema en el que, lo quiera o no, el poeta vive. Pero no para acartonarla y dejarla muda, sino para hacer de ella el punto de partida al que Joan Brossa, hace algunas décadas, se refirió: “A la realidad se le deben abrir las ventanas; debe ser un punto de partida, no uno de llegada”. En fin...

 (*) Monólogo del entreacto. (Cien poemas 1982-2005) se publicó en Hiperion. Madrid, 2007.

lunes, 16 de febrero de 2015

Las mujeres de la generación beat y la antología "Beat Attitude"


Ayer acabé la lectura de Una mosca en la sopa, el libro de memorias del poeta norteamericano de origen serbio Charles Simic. Una lectura que, en buena medida, he venido realizando en paralelo con otra: los textos  de las poetas mujeres de la Beat Generation que aparecerán , de manera inminente, en Bartleby Poesía bajo el cuidado de Annalisa Marí Pegrum (es la traductora y la autora del prólogo)¿Qué tiene que ver mi lectura de las memorias de Simic con la de las poetas beat?, se preguntará el lector. Ciertamente, poco aunque ese "poco" sirva para iluminar la actitud de sus compañeros de peripecia, los más que reconocidos poetas norteamericanos que llenaron las décadas de los cincuenta y sesenta (y gran parte de la de los setenta) con sus nombres indiscutibles: desde el narrador (y poeta, autor de un magnífico libro de haikus) Jack Kerouac hasta poetas puros como Allen Ginsberg, Gregory Corso, William Burroughs o Ferlinghetti. 

Las poetas fueron relegadas en favor del protagonismo varonil. Los poetas fueron directos a la estantería de la historia de la literatura norteamericana y, más allá, universal. Las poetas quedaron anegadas por su condición de mujeres y, seguro, por su dedicación no solo a la poesía sino a tareas bastante menos "gloriosas" como las labores domésticas o los trabajos que el machismo ha dejado tradicionalmente en sus manos. Cuando, hace algunos años leí Personajes secundarios (2008, Libros del Asteroide), las memorias noveladas de Joyce Johnson, la compañera, amiga y amante de Jack Kerouac, advertí en su relato un inmenso reproche a los machos de aquella hornada literaria y cultural. El propio título del libro es de por sí ilustrativo. Aunque había poetas que estaban a una altura similar a la de sus compañeros, nunca dejaron de ser personajes secundarios, por no decir terciarios.

Pero volvamos a Simic. Así cuenta su visión del Nueva York bajo la influencia Beat:
"Con la aparición de los Beat [...] la escena cambió. En el Village aparecieron cafés por todas partes. Además de ofrecer actuaciones de cantantes folk y obras de teatro, se organizaban recitales de poesía. [...] Pero Nueva York era además un lugar maravilloso para la poesía: en una misma semana podías escuchar a John Berrymann y a May Swenson, a Allen Ginsberg y a Denise Levertov, a Frank O'hara y Le Roi Jones."
ruth weiss
A esa descripción ambiental, probablemente idéntica a lo que imaginamos quienes de ese tiempo tenemos una memoria no vivida, sino heredada gracias a las lecturas y a los documentales, es preciso añadir una que nos revela la relación que aquellos "dioses" mantenían con la mujer (no necesariamente artista, ni poeta, solo mujer). Cuenta Simic que en una de sus visitas a Nueva York en aquellos años conoció a Robert Lowell. Afirma que mantuvo con él una larga conversación sobre la poesía francesa del siglo XIX.  Sin embargo, su historia pronto deriva hacia un detalle que es por sí sólo más que explícito: "Era tarde y casi todo el mundo", escribe Simic, "se había ido a casa. Lowell estaba sentado en un sillón y había dos chicas sentadas en el suelo, mirándole. Aunque decía cosas muy interesantes sobre Charles Baudelaire, Tristan Corbière y Jules Laforgue, lo que me tenía absolutamente cautivado no eran sus palabras sino sus manos. Mientras hablábamos les masajeaba el cuello a las chicas; la rato, les metió las manos bajo el vestido y empezó a acariciarles los pechos".  

Aunque es bastante probable que la escena fuera de lo más normal en aquel ambiente de irreverencia y desafío a lo establecido, no deja de ser una forma de desdén, incluso de humillación (seguramente no pretendida) hacia las dos jóvenes que escuchaban absortas a Lowell disertar sobre poesía francesa mientras el genio las metía mano en público. En todo caso, la escena no puede ser aislada de los numerosos testimonios que nos hablan de las carencias, en cuanto a igualdad entre hombres y mujeres, que se manifestaban en el ojo del huracán de aquella revolución cultural, especialmente poética.  



Por eso es importante todo esfuerzo por reparar, aunque sea con décadas de retraso, esa injusticia. Annalisa Marí Pegrum, consciente de esa necesidad, nos ofrece una antología bastante completa de aquellas escritoras aprisionadas entre una tradición cultural y de costumbres todavía presente en la América de los años 60 y su deseo de perduración mediante la escritura poética. En el prólogo a Beat Attitude, nos cuenta, de manera sucinta, la historia de esa particular batalla contra la relegación y el silencio. He revisado los álbumes de fotografías que pueden verse en las más diversas páginas de Internet y en la casi totalidad de las fotografías de grupo dominan los hombres: cuando aparecen mujeres lo hacen como acompañantes, parejas o espectadoras. De esa relegación da cuenta la prologuista y traductora. Y lo hace rescatando algunas anécdotas que revelan la dimensión del "estropicio". Por ejemplo cuando relata como tras una conferencia celebrada en el Instituto Naropa en 1994, al ser preguntado el poeta Gregory Corso por la ausencia de mujeres en la generación beat, responde:  “Hubo mujeres, estaban allí, yo las conocí, sus familias las encerraron en manicomios, se les sometía a tratamiento por electrochoque. En los años 50 si eras hombre podías ser un rebelde, pero si eras mujer tu familia te encerraba. Hubo casos, yo las conocí. Algún día alguien escribirá sobre ellas.”

De ese predominio de la poesía escrita por los hombres habla a las claras el hecho de que uno de los primeros libros que en España nos mostraron la obra de esta generación, Antología de la "Beat Generation", preparada y prologada por Marcos Ricardo Barnatán en 1977 (Plaza y Janés) y en la que se integran poemas de Ferlinghetti, Corso, Kerouac, Ginsberg y Lamantia, no hubiera una sola referencia a la existencia de mujeres coetáneas que escribieran poesía con cierta audiencia en los medios de la época. 


Elise Cowen se suicidó en 1962, a la edad de 29 años
El orientalismo, la contracultura, la irreverencia sexual y el desafío a los grandes tabúes heredados de la tradición, la protesta feminista, la crítica a la subordinación ante el hombre, son algunos de los ingredientes de la poesía que se contiene en Beat Attitude. ¿De qué poetas estamos hablando? De Elise Cowen, que se suicidó con 29 años, de Joanne Kyger, Lenore Kandel, Diane di Prima o Denise Levertov; de ruth weiss, nacida en Alemania y marcada por la experiencia del nazismo hasta el punto de eliminar las mayúsculas de su nombre y apellido como repudio a la lengua de origen; de Janine Pommy Vega, de Hettie Jones, de Anne Waldman y Mary Norbert Körte. De.... 

Hijas de una época llena de grandes perturbaciones civiles, que alumbraría una nueva sociedad, en la que el fin de la discriminación racial, la lucha contra la guerra del Vietnam o los grandes avances en el ámbito de la igualdad entre hombres y mujeres, dejaron en el camino sacrificios, renuncias y perplejidades. Ellas no eran ajenas a esas luchas. Compartieron todas esas reivindicaciones y contribuyeron a todos los avances, por mínimos que fueran. Fueron las poetas, las grandes. Las que estaban allí a pesar de la ceguera que parecía proyectar sobre el mundo cultural el inmenso brillo de los poetas-hombres que accedieron al canon casi en tiempo real.  Mientras, ellas estaban allí, tal y como afirmó Gregory Corso, pero hasta mucho después  no dejarían de ser invisibles. Beat Attitude colabora, de modo decisivo, en ello. Un libro de cabecera que no conviene perderse.


Allen Ginsberg, leyendo poemas en un parque público


lunes, 1 de diciembre de 2014

Serrat y la balada de un otoño remoto

Antonio Marín Albalate está preparando la edición de un libro colectivo dedicado  al medio siglo de dedicación de Joan Manuel Serrat a la música actualizando el titulado Tributo a Serrat, publicado en 2007. Hace unos meses me pidió un texto para esa nueva edición. El libro aparecerá en 2015. Aquí dejo mi aportación al libro. 


Joan Manuel Serrat, en el tiempo de "Balada de otoño"
Siempre me han atraído los otoños. Quizá porque nací en octubre, un día 27 de un año de la década de los cincuenta, el otoño ha tenido para mí algo de comienzo del ciclo anual, de restauración de la vida tras el paréntesis veraniego. En mi adolescencia era la vuelta a la rutina después del verano: era de nuevo el colegio, los amigos, la recuperación de los juegos y las costumbres del barrio, el retorno de la lluvia, de los primeros fríos, y era…. escribir y leer al amparo de la estufa de butano de mi casa familiar en la UVA de Hortaleza. Después, en la frontera de la primera juventud, allá por los dieciocho o diecinueve años, el otoño me servía para fantasear con mis sueños de escritor en ciernes: la cachimba, un símbolo en el que se concentraba la insumisión ante el franquismo y el charme del intelectual antifascista, y la chaqueta y el pantalón de pana se dibujaban en el horizonte, cuando acababa septiembre como apacibles refugios de una labor que alimentábamos de quimeras que avanzaban, pese al ambiente hostil y a las resistencias del régimen, en la dura realidad de la España de los primeros años setenta.

Pero el otoño fue más otoño una tarde en que, en casa de un amigo, en un tocadiscos de maletín de los que se compraban en el Círculo de Lectores, su propietario puso en marcha un LP en cuya portada podía verse un Joan Manuel Serrat casi tan joven como yo (bueno, me sacaba diez años, más o menos) en un primerísimo plano, con las mismas patillas que nosotros lucíamos y con un jersey de cuello de cisne de color negro muy parecido al que vestían los dioses existencialistas del París inalcanzable. Joan Manuel Serrat ya era uno de los nuestros: desde el affaire de Eurovisión lo considerábamos parte del grupo de amigos del barrio. Pero lo era con dos o tres canciones en catalán como “Paraules de amor" o “La tieta”, con “Manuel”, “Como un gorrión”,  “El titiritero” y poco más. Todas aquellas canciones las habíamos escuchado en pequeños discos de 45 revoluciones llamados singles y en nuestra memoria ocupaban espacios individualizados, singulares.

El LP que mi amigo había puesto en marcha tenía algo de antología, de compendio: en él podíamos recorrer las diez o doce canciones/poema que, en castellano, circulaban con desigual fortuna por las emisoras radiofónicas y por las discotecas. No recuerdo en qué momento quedé cautivado por los versos que daban comienzo a aquella canción suave, melancólica, llena de ternura y de pasadizos a una memoria que no era sólo nuestra sino de todos aquellos que se habían sentido contagiados por la cadencia de la lluvia en una tarde otoñal. “Llueve. / Detrás de los cristales / llueve y llueve, / sobre los chopos medio deshojados, / sobre los pardos tejados, / sobre los campos,  llueve….”.   Una canción profunda, casi perfecta, con la calidad de los mejores poemas que hasta aquel día yo había leído. Desde aquella tarde, Joan Manuel Serrat sería el acompañante de toda mi aventura sentimental , el imaginario testigo de mi relación amorosa, el cantautor que pondría música de fondo a todo lo bueno que me quedaba por vivir y también, ¿por qué no?, a los momentos menos dulces.  Incluso a los infelices. Sería también la dimensión poética de mi barrio, de mi familia humilde (como la de Serrat, éramos de la clase trabajadora, nuestra UVA de Hortaleza tenía un correlato en Barcelona, en el Poble Sec en el que el Nano había crecido), de mis modestos sueños cotidianos.

Panorámica de Poble Sec, el barrio de la infancia de J. M. Serrat
Aquella “Balada de otoño” era la hospitalidad y la casa, era el amor y el fuego del hogar, era una extraña reverberación de aquel hermoso poema del Machado de Soledades en el que la lluvia era la compañera inevitable de los alumnos de una escuela: “Una tarde parda y fría / de invierno, los colegiales / estudian.   Melancolía / de la lluvia tras los cristales”, escribió el poeta sevillano. Y era el campo que se extendía no lejos de mi casa (“sobre los campos, llueve”), y los inmensos chopos que crecían en los precarios jardines de mi barrio. Pero era también ella, su abrigo de paño, su voz cálida, llena de matices, de cantautora en ciernes, eran los ecos de una soledad  de domingo por la tarde, y era el miedo. ¿Miedo a qué si éramos tan jóvenes? Era el miedo a la vida, el miedo al porvenir (“porque estoy solo y tengo miedo…”,  cantaba Serrat), a un futuro que Franco y el régimen convertían en quimera para quienes vivíamos en los barrios que, en certera denominación de Manuel Vázquez Montalbán (que, por cierto, escribió una espléndida biografía de Serrat en 1973), les sobraban a las clases dominantes: “nací en la cola del ejército huido / me quedé a la luz del centinela / y os pedí prestados aire y agua / en barrios que os sobraban”.

¿Cuántas veces habré escuchado, conmovido, “Balada de otoño”? ¿Cuántas lo habré cantado en soledad en un viaje en coche, o caminando por el campo, en compañía de la propia voz de Serrat llegando de un tocadiscos o de un reproductor de "cedés"?
Aquél pasadizo otoñal me llevó a “Antes de que den las diez” (el límite nocturno de los regresos a casa de novias y primeros amores en aquel tiempo), a “Poema de amor”, a “Mediterráneo”, canciones de erotismo y de ternuras, de intimidades y desafíos a las convenciones, canciones refugio en la España que comenzaba a incorporar el color poco a poco, a sacudirse de manera definitiva (¿definitiva?: cuidado, hay quienes quieren volver a aquel tiempo de uniformes y silencio) la caspa de un blanco y negro que parecía interminable. 

Aquellos años (principios de la década de los setenta) fueron los que consolidaron un pacto de sangre, de por vida, entre la obra de Joan Manuel y mis imaginarios creativos (en la poesía, también en la narrativa): nada nos separaría en los más de cuarenta años que vinieron después. Cada nuevo disco de Serrat fue una vuelta de tuerca de un poeta que parecía pensar desde nuestra interioridad, que parecía haber vivido en mis habitaciones de infancia  y adolescencia, compartido mis vacaciones en los campos de Soria, en un pueblecito en el que vivíamos la libertad casi absoluta de la intemperie y el relajamiento de la disciplina familiar, con el que habíamos contemplado las “pequeñas cosas” que el tiempo y la experiencia nos dejaron.  Sí, entonces se forjó ese pacto no escrito.

En ese pacto, como el reverso de la “Balada de otoño”, un acontecimiento conectaría a Serrat con lo que yo, por aquel entonces, leía de manera casi compulsiva, con lo que se contaba en mis libros de literatura del instituto: en 1973, mi padre me regaló un LP recién publicado. En pocos meses ese disco sonaría en cada rincón del país con una intensidad sin precedentes. Me refiero al titulado Antonio Machado, aquella antología con una docena de textos imprescindibles del autor de Campos de Castilla que contribuiría a hacer del poeta enamorado de Soria, del clásico del 98, un imprevisto y sorprendente “superventas”. Después vendría Miguel Hernández, vendrían otros, en catalán y en castellano….  La literatura que vivía en los libros y llenaba algunas horas en el aula, salía a la calle, a conciertos que ya empezaban a ser multitudinarios, nos acompañaba en el trabajo, en la universidad, en el club parroquial o en la asociación de vecinos.

En mi más reciente libro de poemas, Fugitiva ciudad (Hiperión, 2012), hay un capítulo,  compuesto por once poemas, titulado “Días en ti con música de fondo”.  La música de fondo no es otra que la de Joan Manuel. Y los “días en ti” no podrían ser distintos que aquellos que, junto a quien hoy es mi compañera, mi mujer,  fueron creciendo al calor (y a la lluvia) de aquella “Balada de otoño” inolvidable. Cierro este particular homenaje al Nano,  al Noi del Poble Sec con el poema que abre ese capítulo:


La más cálida voz, la voz de amante
clandestino, la voz 
de niebla y de tabaco 
negro, la voz de las crisálidas del barrio.

La voz amilanada 
de las muchachas pálidas que habrían 
de volver a su casa, sin remedio,
antes de que las diez 
dieran en los relojes, 
los ojos todavía 
viviendo en el placer y en el engaño 
del domingo de octubre.

En la herida primera y en la lágrima oculta. 

jueves, 27 de noviembre de 2014

En Collioure. "Estos días azules y este sol de la infancia"


Hay compromisos íntimos que arrastramos a lo largo de la vida sin que tengamos la oportunidad de hacerlos realidad.Unas veces, vamos aplazando su cumplimiento sin darnos cuenta y otras, pensando que ya llegará el momento y la oportunidad. Visitar la tumba de Antonio Machado en Collioure ha sido, en mi caso, uno de esos compromisos. Casi desde la adolescencia, pero sobre todo a partir del momento en que, a principios de los años setenta, mi padre me regaló el disco Antonio Machado, de Joan Manuel Serrat, ese deseo ha ido conmigo. Uno de los textos de ese vinilo, no del poeta sevillano sino del cantautor, titulado "En Collioure", dejó en mi mente y en mi corazón una huella profunda. El poema concluía con seis versos estremecedores: "Unos versos y un clavel, / y unas ramas de laurel / son las prendas personales / del viejo, y cansado, / que a orillas del mar / bebióse sorbo a sorbo su pasado". La losa gris, las flores artificiales, un clavel, el ciprés que daba sombra a la tumba en verano, la yedra que crecía al pie de la losa eran el perturbador decorado del escenario que acogía al poeta que simbolizaba el exilio por excelencia. Recuerdo las tardes de verano de 1973 escuchando una y otra vez la amalgama envolvente de los versos machadianos, las letras de Serrat y los acordes de una orquesta dirigida por el incombustible Ricard Miralles que hacía de la música compuesta por aquel joven el complemento insustituible de las atmósferas y experiencias machadianas. 

Algún tiempo antes había convertido en uno de mis libros de cabecera la edición en tapa dura, del Círculo de Lectores, de Campos de Castilla, un librito que perdí en alguna mudanza, con las tapas de color tostado, como las hojas de los robles del otoño en los montes de Soria. Me había aprendido de memoria buena parte de sus poemas y el regalo paterno del LP no fue sino una prolongación, mucho más atractiva y sugerente, de aquel aprendizaje



La "Casa Quintana"
Collioure estaba al norte, más allá de la frontera, tras la barrera natural de los Pirineos e imaginada en un blanco y negro frío, harapiento, poblado de hombres, mujeres y niños desvalidos caminando contra la nieve y la lluvia por desolados caminos que llevaban a una libertad engañosa. Por eso, cuando el pasado mes de septiembre me llamaron de la Red de Ciudades Machadianas para invitarme a dar una conferencia sobre Juan de Mairena en el centro cultural de Collioure el día 22 de noviembre, no lo dudé. “Se acabaron los aplazamientos”, me dije. Y desde el instante en que colgué el teléfono hasta que bajé del tren en Perpiñán para acometer, en coche, el trayecto que une esta ciudad con la tierra que acoge el sueño eterno de don Antonio, viví con la reconocible desazón de la inminencia del cumplimiento de un deseo. Sé que llegaba tarde (nosotros, los nacidos en los cincuenta, llegamos tarde a muchas cosas), pero sé también que aquella tardanza había estado llena de devoción por la poesía de Antonio Machado, de trabajos sobre su obra, de lecturas y relecturas y descubrimientos.

Bajé del tren casi a mediodía del día 21. Y a los pocos minutos, me vi avanzando por un paisaje híbrido, mezcla de moderna área metropolitana y predio agrícola bien cuidado. Collioure, hacia el interior está rodeada de suaves montañas en las que conviven el pino con el matorral bajo y en cuyas zonas más accesibles proliferan las viñas como si de un paraje al sur del Pirineo se tratara. En la carretera que lleva a la ciudad se alternan modernas naves industriales y almacenes con viviendas de nueva planta, como pequeños barrios que complementan la vida laboral de las industrias. Cuando llegamos al pueblo, ya era de noche y en las calles se respiraba una soledad extraña, como de pueblo en suspenso, esa soledad que en nuestra costa viven las pequeñas ciudades asomadas al Mediterráneo durante el invierno, un tiempo de esperas y de ensoñaciones. 

Lo paseé en la soledad nocturna, cené acompañado por quienes llegaban desde España (Jesús Bárez y Claudia de Santos, representantes de Soria y Segovia respectivamente, la poeta Marifé Santiago) y de Marie García, secretaria de la Fundación Antonio Machado en Collioure y del poeta y periodista francés Eric Guillot, una cena salpicada de anécdotas y recuerdos, de versos machadianos y de proyectos para reforzar la red de ciudades en las que el poeta sevillano dejó su huella. Después, ya en el filo de la medianoche, caminé hasta la playa, contemplé las terrazas de los bares en letargo, con las sillas desplegadas, en una espera sin plazo, los plátanos gigantescos, como de oro viejo, que se levantaban sobre las aceras, en las pequeñas plazas circundadas de comercios cerrados, de bares sin nadie.  Aquel paseo nocturno sería el prólogo de la caminata matinal del día siguiente: el sábado, un sábado nublado pero no plomizo, la ciudad me atrapó con su belleza en calma, con su soledad invernal. Viejos bloques de aire argelino, en los que respira el pasado colonial francés, la mole del castillo, elegante y casi amenazadora entre las nubes de noviembre, la colina cubierta de pinos, surcada de caminos que llevan a su cumbre, las grandes ramblas que se adentran en el agua como inmensos desagües del monte y la ciudad para los días de tormenta y aguacero, la piedra celebrándose a sí y misma y celebrando al poeta adentrándose en un mar que el día de mi visita se mostraba, aunque tendente al gris, pleno  de la luz de la libertad. Me detuve durante algunos minutos, ante la pensión Casa Quintana, último hogar del poeta y después, junto a Joëlle Santa Garcia, presidenta de la Fundación Antonio Machado, los españoles nos dirigimos  hacia el cementerio (situado en el centro de Collioure) para visitar la tumba. 

Cuando estuve frente a la "gruesa losa gris" que, en el poema-canción de Serrat "vela el sueño del hermano" sentí una emoción a punto de lágrima. Me costaba tragar saliva, he de reconocerlo. La austeridad y el despojamiento, como una prolongación de los propios versos del poeta, eran, por sí mismos, expresión de la sustancia, de la esencia, del hombre que se consideraba, ante todo, "en el buen sentido de la palabra, bueno". A ello se añadía, en la lápida de granito, el nombre de Ana Ruiz, su madre, la mujer que lo acompañó en el último viaje tras la derrota colectiva, y que llegó a preguntar al hijo envejecido, triste, desolado, "¿llegaremos pronto a Sevilla?". Allí estábamos, junto a una bandera republicana que estuvo en Mathausen y que había recorrido medio mundo de la mano del hijo de uno de los españoles que estuvieron presos en ese campo siniestro, junto a seres anónimos que enjugaban alguna lágrima y dejaban, al pie de la tumba, alguna flor y en el buzón creado en su cabecera algún presente: unos versos, una carta, un deseo, un objeto especialmente querido, una fotografía, una postal.... Fue un momento emocionante, irrepetible, en el que saldé la deuda de mi aplazamiento, en el que vi cumplido un interminable tiempo de espera.

Cuando dejé la tumba, mientras caminaba hacia el restaurante donde almorzaríamos, pensé en que no había otro lugar mejor para acoger los restos de Antonio Machado que Collioure. Sabía que unas horas después tenía que hablar ante estudiantes y curiosos de las prosas que escribió bajo el heterónimo Juan de Mairena: sobre poesía, sobre política, sobre Historia. Pero por encima de todo ello estaba mi reconciliación íntima con aquel hombre, con el poeta que se comprometió profundamente con la democracia española, con su República, con los seres más humildes de una sociedad desigual, con el "hombre del casino provinciano", con las "buenas gentes que viven, laboran, pasan y sueñan", con  el mendigo, el loco, o con una regeneración que, al final, encallaría en una dictadura fascista de cuarenta años.

Una de las ramblas, surcada de plátanos, que lleva al mar en Collioure

Pero sobre todo evoqué, cuando, poco antes de iniciar el almuerzo, me quedé durante unos minutos mirando el mar que se desplegaba más allá del castillo y de la iglesia, aquel verso en el que respiraba (y respira, tantos años después) la luz de Sevilla que añoraba su madre, que vivía en el trasfondo de su niñez, la luz de Soria y sus sierras calvas de primavera, la claridad de la mirada de Leonor, la casi niña que murió muy pronto.... Sí, evoqué el último verso del poeta, escrito allí, junto al mar, en un Collioure desolado de derrota y gris de exilios infinitos:
                                 "Estos días azules y este sol de la infancia"

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Sombras del paraíso junto a nuestras ciudades

Hace algunos años, la novela de Clara Sánchez Últimas noticas del paraíso me descubrió que algunos lugares vinculados a la modernidad más reciente y a la sociedad de consumo también podían ser objeto de tratamiento literario, incluso poético, con todas las consecuencias.  Me refiero a los grandes centros comerciales que han proliferado en los alrededores de las ciudades como apéndices de los barrios y como lugares de ocio. En la novela de Clara se aludía a un centro muy conocido del madrileño pueblo de Rivas Vaciamadrid, pero la experiencia puede muy bien extenderse a todos los centros comerciales de parecidas características.



Se han convertido en focos de atracción de los fines de semana, en contenedores de algunas ofertas culturales que antes disfrutábamos en las zonas urbanas ya antiguas, hechas a la tradición, de las ciudades: el cine, la librería, a veces el teatro y en algunas ocasiones la música, han ido encontrando acomodo en esos lugares a los que, en la última década, el ciudadano acude a comprar y no sólo…. A veces (y de manera aún más acusada en esta interminable crisis) busca en ellos un refugio, otras el calor, que falta en la calle, incluso en el hogar, de una calefacción hospitalaria o el aire acondicionado que en el verano salva de la calima. También busca una inyección de optimismo, busca la compañía, la huida de unas calles cada vez más deshumanizadas, más desprovistas de la vida que tuvieron antaño: cines cerrados o a la espera de albergar una oficina bancaria, comercios muertos o convertidos en las casi indiferenciables “tiendas chinas”, tristeza, nostalgia por un tiempo de esplendor desaparecido con demasiada rapidez, casi de un día para otro.

Esta mañana he acudido a cambiar los neumáticos del coche a uno de esos centros. Mientras los empleados se afanaban en la tarea, no me he podido resistir a la tentación de pasear entre sus escaparates: al ser una mañana laborable, sus avenidas interiores estaban casi vacías, la soledad parecía flotar en un ambiente que parecía desasistido, como si se enfrentara a una situación para la que no había sido preparado. Comercios vacíos (incluso las franquicias de moda, tan concurridas por la tarde y en los fines de semana), empleados acodados en las puertas o sentados tras el ordenador y con la mirada y los dedos atrapados en teléfonos móviles de la última generación, limpiadoras, cafeterías sin clientes o sólo con algún despistado que tomaba café y leía el periódico…. Una inmensa carcasa pensada para albergar la felicidad y el artificio se mostraba vacía, extrañamente triste, desubicada, sin apenas actividad. 

Yo pensé en la novela de Clara Sánchez y caí en la cuenta de que, a diferencia de lo que ocurriría con las calles del barrio, a ese centro comercial vacío volvería, con el atardecer,  la vida, la agitación, el tumulto. Y pensé, sobre todo, que ese lugar u otros parecidos, se habían convertido en parte de mi geografía sentimental: recordé el de Gran Vía de Hortaleza y el de las navidades de mis hijos y las horas pasadas allí alimentando sus sueños, recordé el de La Vaguada como refugio de algunas tardes de invierno con algunos amigos (no hace mucho estuve allí y pude ver los grupos de pensionistas que hacen vida huyendo del tedio de la casa y, quizá, de la vejez), o el de Madrid Sur, allá en Vallecas, en cuya librería-papelería, hoy desaparecida, pasaba un buen rato cada día husmeando en las novedades y cotilleando entre los útiles de escribir y las carpetas y cuadernos que se mostraban en sus estanterías como si en ello me fuera la recuperación de la infancia y los días de colegio.

Ya forman parte de la cotidianidad de nuestros barrios. Varias generaciones han construido su ocio al amparo de sus inmensos muros de cristal o metacrilato, miles de adolescentes descubren el amor cada fin de semana, las salas de cine reciben a una multitud que hace tiempo dejó de frecuentar la ciudad vieja, los estrenos hace mucho que dejaron de ser exclusivos de la Gran Vía madrileña o de la calle Luchana para ocupar los multicines periféricos… Y los barrios han encontrado allí un apéndice cosmopolita, émulo de las grandes avenidas europeas o norteamericanas, para saldar la vieja deuda (aunque sea de modo artificial, endeble) de la marginación y el provincianismo. Son, es verdad, monumentos al consumo desmedido. Pero son, también, parte inseparable del nuevo siglo, de nuestra cotidianidad más allá de la casa. De nuestros barrios. Inevitablemente.