lunes, 1 de diciembre de 2014

Serrat y la balada de un otoño remoto

Antonio Marín Albalate está preparando la edición de un libro colectivo dedicado  al medio siglo de dedicación de Joan Manuel Serrat a la música actualizando el titulado Tributo a Serrat, publicado en 2007. Hace unos meses me pidió un texto para esa nueva edición. El libro aparecerá en 2015. Aquí dejo mi aportación al libro. 


Joan Manuel Serrat, en el tiempo de "Balada de otoño"
Siempre me han atraído los otoños. Quizá porque nací en octubre, un día 27 de un año de la década de los cincuenta, el otoño ha tenido para mí algo de comienzo del ciclo anual, de restauración de la vida tras el paréntesis veraniego. En mi adolescencia era la vuelta a la rutina después del verano: era de nuevo el colegio, los amigos, la recuperación de los juegos y las costumbres del barrio, el retorno de la lluvia, de los primeros fríos, y era…. escribir y leer al amparo de la estufa de butano de mi casa familiar en la UVA de Hortaleza. Después, en la frontera de la primera juventud, allá por los dieciocho o diecinueve años, el otoño me servía para fantasear con mis sueños de escritor en ciernes: la cachimba, un símbolo en el que se concentraba la insumisión ante el franquismo y el charme del intelectual antifascista, y la chaqueta y el pantalón de pana se dibujaban en el horizonte, cuando acababa septiembre como apacibles refugios de una labor que alimentábamos de quimeras que avanzaban, pese al ambiente hostil y a las resistencias del régimen, en la dura realidad de la España de los primeros años setenta.

Pero el otoño fue más otoño una tarde en que, en casa de un amigo, en un tocadiscos de maletín de los que se compraban en el Círculo de Lectores, su propietario puso en marcha un LP en cuya portada podía verse un Joan Manuel Serrat casi tan joven como yo (bueno, me sacaba diez años, más o menos) en un primerísimo plano, con las mismas patillas que nosotros lucíamos y con un jersey de cuello de cisne de color negro muy parecido al que vestían los dioses existencialistas del París inalcanzable. Joan Manuel Serrat ya era uno de los nuestros: desde el affaire de Eurovisión lo considerábamos parte del grupo de amigos del barrio. Pero lo era con dos o tres canciones en catalán como “Paraules de amor" o “La tieta”, con “Manuel”, “Como un gorrión”,  “El titiritero” y poco más. Todas aquellas canciones las habíamos escuchado en pequeños discos de 45 revoluciones llamados singles y en nuestra memoria ocupaban espacios individualizados, singulares.

El LP que mi amigo había puesto en marcha tenía algo de antología, de compendio: en él podíamos recorrer las diez o doce canciones/poema que, en castellano, circulaban con desigual fortuna por las emisoras radiofónicas y por las discotecas. No recuerdo en qué momento quedé cautivado por los versos que daban comienzo a aquella canción suave, melancólica, llena de ternura y de pasadizos a una memoria que no era sólo nuestra sino de todos aquellos que se habían sentido contagiados por la cadencia de la lluvia en una tarde otoñal. “Llueve. / Detrás de los cristales / llueve y llueve, / sobre los chopos medio deshojados, / sobre los pardos tejados, / sobre los campos,  llueve….”.   Una canción profunda, casi perfecta, con la calidad de los mejores poemas que hasta aquel día yo había leído. Desde aquella tarde, Joan Manuel Serrat sería el acompañante de toda mi aventura sentimental , el imaginario testigo de mi relación amorosa, el cantautor que pondría música de fondo a todo lo bueno que me quedaba por vivir y también, ¿por qué no?, a los momentos menos dulces.  Incluso a los infelices. Sería también la dimensión poética de mi barrio, de mi familia humilde (como la de Serrat, éramos de la clase trabajadora, nuestra UVA de Hortaleza tenía un correlato en Barcelona, en el Poble Sec en el que el Nano había crecido), de mis modestos sueños cotidianos.

Panorámica de Poble Sec, el barrio de la infancia de J. M. Serrat
Aquella “Balada de otoño” era la hospitalidad y la casa, era el amor y el fuego del hogar, era una extraña reverberación de aquel hermoso poema del Machado de Soledades en el que la lluvia era la compañera inevitable de los alumnos de una escuela: “Una tarde parda y fría / de invierno, los colegiales / estudian.   Melancolía / de la lluvia tras los cristales”, escribió el poeta sevillano. Y era el campo que se extendía no lejos de mi casa (“sobre los campos, llueve”), y los inmensos chopos que crecían en los precarios jardines de mi barrio. Pero era también ella, su abrigo de paño, su voz cálida, llena de matices, de cantautora en ciernes, eran los ecos de una soledad  de domingo por la tarde, y era el miedo. ¿Miedo a qué si éramos tan jóvenes? Era el miedo a la vida, el miedo al porvenir (“porque estoy solo y tengo miedo…”,  cantaba Serrat), a un futuro que Franco y el régimen convertían en quimera para quienes vivíamos en los barrios que, en certera denominación de Manuel Vázquez Montalbán (que, por cierto, escribió una espléndida biografía de Serrat en 1973), les sobraban a las clases dominantes: “nací en la cola del ejército huido / me quedé a la luz del centinela / y os pedí prestados aire y agua / en barrios que os sobraban”.

¿Cuántas veces habré escuchado, conmovido, “Balada de otoño”? ¿Cuántas lo habré cantado en soledad en un viaje en coche, o caminando por el campo, en compañía de la propia voz de Serrat llegando de un tocadiscos o de un reproductor de "cedés"?
Aquél pasadizo otoñal me llevó a “Antes de que den las diez” (el límite nocturno de los regresos a casa de novias y primeros amores en aquel tiempo), a “Poema de amor”, a “Mediterráneo”, canciones de erotismo y de ternuras, de intimidades y desafíos a las convenciones, canciones refugio en la España que comenzaba a incorporar el color poco a poco, a sacudirse de manera definitiva (¿definitiva?: cuidado, hay quienes quieren volver a aquel tiempo de uniformes y silencio) la caspa de un blanco y negro que parecía interminable. 

Aquellos años (principios de la década de los setenta) fueron los que consolidaron un pacto de sangre, de por vida, entre la obra de Joan Manuel y mis imaginarios creativos (en la poesía, también en la narrativa): nada nos separaría en los más de cuarenta años que vinieron después. Cada nuevo disco de Serrat fue una vuelta de tuerca de un poeta que parecía pensar desde nuestra interioridad, que parecía haber vivido en mis habitaciones de infancia  y adolescencia, compartido mis vacaciones en los campos de Soria, en un pueblecito en el que vivíamos la libertad casi absoluta de la intemperie y el relajamiento de la disciplina familiar, con el que habíamos contemplado las “pequeñas cosas” que el tiempo y la experiencia nos dejaron.  Sí, entonces se forjó ese pacto no escrito.

En ese pacto, como el reverso de la “Balada de otoño”, un acontecimiento conectaría a Serrat con lo que yo, por aquel entonces, leía de manera casi compulsiva, con lo que se contaba en mis libros de literatura del instituto: en 1973, mi padre me regaló un LP recién publicado. En pocos meses ese disco sonaría en cada rincón del país con una intensidad sin precedentes. Me refiero al titulado Antonio Machado, aquella antología con una docena de textos imprescindibles del autor de Campos de Castilla que contribuiría a hacer del poeta enamorado de Soria, del clásico del 98, un imprevisto y sorprendente “superventas”. Después vendría Miguel Hernández, vendrían otros, en catalán y en castellano….  La literatura que vivía en los libros y llenaba algunas horas en el aula, salía a la calle, a conciertos que ya empezaban a ser multitudinarios, nos acompañaba en el trabajo, en la universidad, en el club parroquial o en la asociación de vecinos.

En mi más reciente libro de poemas, Fugitiva ciudad (Hiperión, 2012), hay un capítulo,  compuesto por once poemas, titulado “Días en ti con música de fondo”.  La música de fondo no es otra que la de Joan Manuel. Y los “días en ti” no podrían ser distintos que aquellos que, junto a quien hoy es mi compañera, mi mujer,  fueron creciendo al calor (y a la lluvia) de aquella “Balada de otoño” inolvidable. Cierro este particular homenaje al Nano,  al Noi del Poble Sec con el poema que abre ese capítulo:


La más cálida voz, la voz de amante
clandestino, la voz 
de niebla y de tabaco 
negro, la voz de las crisálidas del barrio.

La voz amilanada 
de las muchachas pálidas que habrían 
de volver a su casa, sin remedio,
antes de que las diez 
dieran en los relojes, 
los ojos todavía 
viviendo en el placer y en el engaño 
del domingo de octubre.

En la herida primera y en la lágrima oculta. 

jueves, 27 de noviembre de 2014

En Collioure. "Estos días azules y este sol de la infancia"


Hay compromisos íntimos que arrastramos a lo largo de la vida sin que tengamos la oportunidad de hacerlos realidad.Unas veces, vamos aplazando su cumplimiento sin darnos cuenta y otras, pensando que ya llegará el momento y la oportunidad. Visitar la tumba de Antonio Machado en Collioure ha sido, en mi caso, uno de esos compromisos. Casi desde la adolescencia, pero sobre todo a partir del momento en que, a principios de los años setenta, mi padre me regaló el disco Antonio Machado, de Joan Manuel Serrat, ese deseo ha ido conmigo. Uno de los textos de ese vinilo, no del poeta sevillano sino del cantautor, titulado "En Collioure", dejó en mi mente y en mi corazón una huella profunda. El poema concluía con seis versos estremecedores: "Unos versos y un clavel, / y unas ramas de laurel / son las prendas personales / del viejo, y cansado, / que a orillas del mar / bebióse sorbo a sorbo su pasado". La losa gris, las flores artificiales, un clavel, el ciprés que daba sombra a la tumba en verano, la yedra que crecía al pie de la losa eran el perturbador decorado del escenario que acogía al poeta que simbolizaba el exilio por excelencia. Recuerdo las tardes de verano de 1973 escuchando una y otra vez la amalgama envolvente de los versos machadianos, las letras de Serrat y los acordes de una orquesta dirigida por el incombustible Ricard Miralles que hacía de la música compuesta por aquel joven el complemento insustituible de las atmósferas y experiencias machadianas. 

Algún tiempo antes había convertido en uno de mis libros de cabecera la edición en tapa dura, del Círculo de Lectores, de Campos de Castilla, un librito que perdí en alguna mudanza, con las tapas de color tostado, como las hojas de los robles del otoño en los montes de Soria. Me había aprendido de memoria buena parte de sus poemas y el regalo paterno del LP no fue sino una prolongación, mucho más atractiva y sugerente, de aquel aprendizaje



La "Casa Quintana"
Collioure estaba al norte, más allá de la frontera, tras la barrera natural de los Pirineos e imaginada en un blanco y negro frío, harapiento, poblado de hombres, mujeres y niños desvalidos caminando contra la nieve y la lluvia por desolados caminos que llevaban a una libertad engañosa. Por eso, cuando el pasado mes de septiembre me llamaron de la Red de Ciudades Machadianas para invitarme a dar una conferencia sobre Juan de Mairena en el centro cultural de Collioure el día 22 de noviembre, no lo dudé. “Se acabaron los aplazamientos”, me dije. Y desde el instante en que colgué el teléfono hasta que bajé del tren en Perpiñán para acometer, en coche, el trayecto que une esta ciudad con la tierra que acoge el sueño eterno de don Antonio, viví con la reconocible desazón de la inminencia del cumplimiento de un deseo. Sé que llegaba tarde (nosotros, los nacidos en los cincuenta, llegamos tarde a muchas cosas), pero sé también que aquella tardanza había estado llena de devoción por la poesía de Antonio Machado, de trabajos sobre su obra, de lecturas y relecturas y descubrimientos.

Bajé del tren casi a mediodía del día 21. Y a los pocos minutos, me vi avanzando por un paisaje híbrido, mezcla de moderna área metropolitana y predio agrícola bien cuidado. Collioure, hacia el interior está rodeada de suaves montañas en las que conviven el pino con el matorral bajo y en cuyas zonas más accesibles proliferan las viñas como si de un paraje al sur del Pirineo se tratara. En la carretera que lleva a la ciudad se alternan modernas naves industriales y almacenes con viviendas de nueva planta, como pequeños barrios que complementan la vida laboral de las industrias. Cuando llegamos al pueblo, ya era de noche y en las calles se respiraba una soledad extraña, como de pueblo en suspenso, esa soledad que en nuestra costa viven las pequeñas ciudades asomadas al Mediterráneo durante el invierno, un tiempo de esperas y de ensoñaciones. 

Lo paseé en la soledad nocturna, cené acompañado por quienes llegaban desde España (Jesús Bárez y Claudia de Santos, representantes de Soria y Segovia respectivamente, la poeta Marifé Santiago) y de Marie García, secretaria de la Fundación Antonio Machado en Collioure y del poeta y periodista francés Eric Guillot, una cena salpicada de anécdotas y recuerdos, de versos machadianos y de proyectos para reforzar la red de ciudades en las que el poeta sevillano dejó su huella. Después, ya en el filo de la medianoche, caminé hasta la playa, contemplé las terrazas de los bares en letargo, con las sillas desplegadas, en una espera sin plazo, los plátanos gigantescos, como de oro viejo, que se levantaban sobre las aceras, en las pequeñas plazas circundadas de comercios cerrados, de bares sin nadie.  Aquel paseo nocturno sería el prólogo de la caminata matinal del día siguiente: el sábado, un sábado nublado pero no plomizo, la ciudad me atrapó con su belleza en calma, con su soledad invernal. Viejos bloques de aire argelino, en los que respira el pasado colonial francés, la mole del castillo, elegante y casi amenazadora entre las nubes de noviembre, la colina cubierta de pinos, surcada de caminos que llevan a su cumbre, las grandes ramblas que se adentran en el agua como inmensos desagües del monte y la ciudad para los días de tormenta y aguacero, la piedra celebrándose a sí y misma y celebrando al poeta adentrándose en un mar que el día de mi visita se mostraba, aunque tendente al gris, pleno  de la luz de la libertad. Me detuve durante algunos minutos, ante la pensión Casa Quintana, último hogar del poeta y después, junto a Joëlle Santa Garcia, presidenta de la Fundación Antonio Machado, los españoles nos dirigimos  hacia el cementerio (situado en el centro de Collioure) para visitar la tumba. 

Cuando estuve frente a la "gruesa losa gris" que, en el poema-canción de Serrat "vela el sueño del hermano" sentí una emoción a punto de lágrima. Me costaba tragar saliva, he de reconocerlo. La austeridad y el despojamiento, como una prolongación de los propios versos del poeta, eran, por sí mismos, expresión de la sustancia, de la esencia, del hombre que se consideraba, ante todo, "en el buen sentido de la palabra, bueno". A ello se añadía, en la lápida de granito, el nombre de Ana Ruiz, su madre, la mujer que lo acompañó en el último viaje tras la derrota colectiva, y que llegó a preguntar al hijo envejecido, triste, desolado, "¿llegaremos pronto a Sevilla?". Allí estábamos, junto a una bandera republicana que estuvo en Mathausen y que había recorrido medio mundo de la mano del hijo de uno de los españoles que estuvieron presos en ese campo siniestro, junto a seres anónimos que enjugaban alguna lágrima y dejaban, al pie de la tumba, alguna flor y en el buzón creado en su cabecera algún presente: unos versos, una carta, un deseo, un objeto especialmente querido, una fotografía, una postal.... Fue un momento emocionante, irrepetible, en el que saldé la deuda de mi aplazamiento, en el que vi cumplido un interminable tiempo de espera.

Cuando dejé la tumba, mientras caminaba hacia el restaurante donde almorzaríamos, pensé en que no había otro lugar mejor para acoger los restos de Antonio Machado que Collioure. Sabía que unas horas después tenía que hablar ante estudiantes y curiosos de las prosas que escribió bajo el heterónimo Juan de Mairena: sobre poesía, sobre política, sobre Historia. Pero por encima de todo ello estaba mi reconciliación íntima con aquel hombre, con el poeta que se comprometió profundamente con la democracia española, con su República, con los seres más humildes de una sociedad desigual, con el "hombre del casino provinciano", con las "buenas gentes que viven, laboran, pasan y sueñan", con  el mendigo, el loco, o con una regeneración que, al final, encallaría en una dictadura fascista de cuarenta años.

Una de las ramblas, surcada de plátanos, que lleva al mar en Collioure

Pero sobre todo evoqué, cuando, poco antes de iniciar el almuerzo, me quedé durante unos minutos mirando el mar que se desplegaba más allá del castillo y de la iglesia, aquel verso en el que respiraba (y respira, tantos años después) la luz de Sevilla que añoraba su madre, que vivía en el trasfondo de su niñez, la luz de Soria y sus sierras calvas de primavera, la claridad de la mirada de Leonor, la casi niña que murió muy pronto.... Sí, evoqué el último verso del poeta, escrito allí, junto al mar, en un Collioure desolado de derrota y gris de exilios infinitos:
                                 "Estos días azules y este sol de la infancia"

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Sombras del paraíso junto a nuestras ciudades

Hace algunos años, la novela de Clara Sánchez Últimas noticas del paraíso me descubrió que algunos lugares vinculados a la modernidad más reciente y a la sociedad de consumo también podían ser objeto de tratamiento literario, incluso poético, con todas las consecuencias.  Me refiero a los grandes centros comerciales que han proliferado en los alrededores de las ciudades como apéndices de los barrios y como lugares de ocio. En la novela de Clara se aludía a un centro muy conocido del madrileño pueblo de Rivas Vaciamadrid, pero la experiencia puede muy bien extenderse a todos los centros comerciales de parecidas características.



Se han convertido en focos de atracción de los fines de semana, en contenedores de algunas ofertas culturales que antes disfrutábamos en las zonas urbanas ya antiguas, hechas a la tradición, de las ciudades: el cine, la librería, a veces el teatro y en algunas ocasiones la música, han ido encontrando acomodo en esos lugares a los que, en la última década, el ciudadano acude a comprar y no sólo…. A veces (y de manera aún más acusada en esta interminable crisis) busca en ellos un refugio, otras el calor, que falta en la calle, incluso en el hogar, de una calefacción hospitalaria o el aire acondicionado que en el verano salva de la calima. También busca una inyección de optimismo, busca la compañía, la huida de unas calles cada vez más deshumanizadas, más desprovistas de la vida que tuvieron antaño: cines cerrados o a la espera de albergar una oficina bancaria, comercios muertos o convertidos en las casi indiferenciables “tiendas chinas”, tristeza, nostalgia por un tiempo de esplendor desaparecido con demasiada rapidez, casi de un día para otro.

Esta mañana he acudido a cambiar los neumáticos del coche a uno de esos centros. Mientras los empleados se afanaban en la tarea, no me he podido resistir a la tentación de pasear entre sus escaparates: al ser una mañana laborable, sus avenidas interiores estaban casi vacías, la soledad parecía flotar en un ambiente que parecía desasistido, como si se enfrentara a una situación para la que no había sido preparado. Comercios vacíos (incluso las franquicias de moda, tan concurridas por la tarde y en los fines de semana), empleados acodados en las puertas o sentados tras el ordenador y con la mirada y los dedos atrapados en teléfonos móviles de la última generación, limpiadoras, cafeterías sin clientes o sólo con algún despistado que tomaba café y leía el periódico…. Una inmensa carcasa pensada para albergar la felicidad y el artificio se mostraba vacía, extrañamente triste, desubicada, sin apenas actividad. 

Yo pensé en la novela de Clara Sánchez y caí en la cuenta de que, a diferencia de lo que ocurriría con las calles del barrio, a ese centro comercial vacío volvería, con el atardecer,  la vida, la agitación, el tumulto. Y pensé, sobre todo, que ese lugar u otros parecidos, se habían convertido en parte de mi geografía sentimental: recordé el de Gran Vía de Hortaleza y el de las navidades de mis hijos y las horas pasadas allí alimentando sus sueños, recordé el de La Vaguada como refugio de algunas tardes de invierno con algunos amigos (no hace mucho estuve allí y pude ver los grupos de pensionistas que hacen vida huyendo del tedio de la casa y, quizá, de la vejez), o el de Madrid Sur, allá en Vallecas, en cuya librería-papelería, hoy desaparecida, pasaba un buen rato cada día husmeando en las novedades y cotilleando entre los útiles de escribir y las carpetas y cuadernos que se mostraban en sus estanterías como si en ello me fuera la recuperación de la infancia y los días de colegio.

Ya forman parte de la cotidianidad de nuestros barrios. Varias generaciones han construido su ocio al amparo de sus inmensos muros de cristal o metacrilato, miles de adolescentes descubren el amor cada fin de semana, las salas de cine reciben a una multitud que hace tiempo dejó de frecuentar la ciudad vieja, los estrenos hace mucho que dejaron de ser exclusivos de la Gran Vía madrileña o de la calle Luchana para ocupar los multicines periféricos… Y los barrios han encontrado allí un apéndice cosmopolita, émulo de las grandes avenidas europeas o norteamericanas, para saldar la vieja deuda (aunque sea de modo artificial, endeble) de la marginación y el provincianismo. Son, es verdad, monumentos al consumo desmedido. Pero son, también, parte inseparable del nuevo siglo, de nuestra cotidianidad más allá de la casa. De nuestros barrios. Inevitablemente.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Noticia de Philip Levine, poeta norteamericano coetáneo de nuestra generación del 50


En el verano de 2007, con motivo de una lectura que compartí con Isabel Pérez Montalbán en los cursos de verano de la Menéndez Pelayo, visité Santander. En aquella visita conocí a dos de los más tenaces impulsores de la poesía y de la cultura poética en Cantabria (y magníficos poetas, por cierto), Carlos Alcorta y Rafael Fombellida. No recuerdo si por iniciativa de Carlos o de Rafael, o de ambos, fui obsequiado con dos libritos de una recién nacida colección que editaba la Asociación Cultural “V. PE. CA” bajo el título genérico La mirada creadora. La colección la abría una antología de Fombellida, La propia voz. Poemas escogidos (1983 – 2005) que el propio Rafael me había enviado dedicada a principios de año. De aquellos libros, que sucedían a La propia voz, se quedó grabado en mi memoria el que hacía el número 3, Las erres del amor, de Osysseas Elytis, en traducción de Tomás Bermejo, del que leí unos cuantos poemas en el viaje de vuelta a Madrid. El otro, sin abrirlo, lo guardé junto a otros libros comprados o regalados durante aquel verano y quedó en ese espacio mudo en que quedan los ejemplares que, sin abrir, archivamos en cualquier lugar poco accesible de nuestra biblioteca.

En enero, o quizá en febrero de 2013, un buen amigo, Alberto Infante, médico y poeta, me habló de Philip Levine, poeta norteamericano, judío de ráices sefardíes, que en 1995 había ganado el premio Pulitzer con The simple truth, ofreciéndose, además, a traducir el libro, del que me entregó una muestra de poemas en versión original acompañada de su traducción para valorar su posible publicación en Bartleby. Los leí a las pocas horas de recibirlos y me causaron una honda y positiva impresión: eran poemas en los que la realidad se fundía con la Historia, en los que la crítica social aparecía cargada por la subjetividad de la experiencia íntima y de la memoria personal y en los que dominaba un tono directo, conversacional que tenía mucho que ver con cierta tradición de la poesía española del siglo XX, especialmente con la de buena parte de los poetas de nuestra generación del medio siglo. Levine, además, escribía desde la memoria de España y de nuestra literatura. Uno de los poemas que más me llamó la atención era la escenificación de un encuentro imaginario entre Federico García Lorca y el gran poeta norteamericano Hart Crane. Guardé aquellos poemas pensando que en algún momento el libro de Levine podría encontrar acomodo en el catálogo de Bartleby (se daba, además, la circunstancia de que la propuesta sintonizaba con una de las más sólidas líneas de la editorial: la publicación de poesía norteamericana en edición bilingüe). Sin embargo, otras tareas se fueron metiendo por medio. Estaba terminando una novela, trabajábamos a marchas forzadas en la antología En legítima defensa y en otros proyectos y los folios que me entregó Infante fueron quedando en cierto olvido guardados en una de mis carpetas.

A principios de este verano, quizá a mediados de junio, haciendo limpieza en la biblioteca de nuestra casa en el valle y revisando títulos de libros que había acumulado de una manera un tanto caótica, me llamó la atención uno de pequeño formato y con las tapas de un claro color verde aceituna. Recordé al verlo que era uno de los que, en el verano de 2007, me regalaron en Santander. Y me sorprendió gratamente algo en lo que no había reparado: su autor era el mismo que me había descubierto hacía sólo unos meses Alberto Infante. Y el título coincidía con el que obtuvo el premio Pulitzer en 1995: Una verdad sencilla. Me sentí algo abochornado por aquel descuido y por mi ignorancia. El libro, cinco años antes, me había acompañado en el viaje de vuelta de Santander junto al de Odysseas Elytis, lo había guardado sin hojearlo siquiera y dormía el sueño de los justos en un rincón de la estantería junto a otros libros de poetas desconocidos. 

Aquel ejemplar de Una verdad sencilla no se correspondía con el libro premiado. Era una breve antología preparada y traducida por Eduardo López Truco que asumía su título (con el añadido "y otros poemas") y en la que se recogían poemas publicados por Levine entre 1991 y 2004 y, de ellos, sólo cuatro procedentes del libros que daba título a la antología. Después he sabido la editorial Visor tiene en imprenta (su publicación es inminente) una selección de poemas del poeta norteamericano, La sombra de García Lorca (y otros poemas españoles), con traducción de Andrés Catalán y he podido leer algunos poemas publicados en blog y traducidos por Jonio González.

El caso es que el pasado mes de agosto, el librito publicado en Santander fue uno de mis libros de compañía. Levine es un poeta directo, que utiliza el resorte de la emoción y con una mirada volcada hacia el mundo, especialmente al mundo más próximo, desde una perspectiva de clase. Es la perspectiva de los humildes, de las víctimas de una crisis que se ha abatido sobre la ciudad de Detroit dejando medio en ruinas amplios espacios antaño emergentes, barrios y polígonos industriales enteros que vivían del automóvil por el desplazamiento de su industria a otras ciudades y otros países. El tono nos recuerda mucho al de poetas como Ángel González o José Agustín Goytisolo (no es casual que Levine tradujera al inglés a Gloria Fuertes y a Jaime Sabines) y su poesía está recorrida por una cierta influencia de la mejor poesía en castellano del siglo XX. De Antonio Machado a García Lorca pasando por César Vallejo o Miguel Hernández (tiene poemas con cada uno de ellos como protagonistas). La Guerra Civil, el franquismo, su visión sobre España, una pasión heredada de unos padres que le decían que era "español", tal y como cuenta López Truco  en la introducción, está presente en gran parte de los poemas de Una verdad sencilla y otros poemas. El hermano mecánico y su vida de asalariado, la memoria del padre y el valor del trabajo, el jazz y John Coltrane como ídolo de una madre joven, la inmigración, el racismo.... son algunos de los "temas" que aborda desde dentro: no como espectador a distancia sino como protagonista, desde el núcleo, de una experiencia vivida.

Detroit, cuna de Levine, es hoy símbolo de ciudad industrial en ruinas
Philip Levine estuvo en España en 1995, participando en el XI Festival Internacional de Poesía de Barcelona, y volvió, en 2005, a Lleida, a vivir en directo los ambientes de los que había hablado en sus poemas. Sobre esa última visita, López Truco nos cuenta una anécdota que no quiero dejar de lado: "Mientras lo acompañábamos al hotel [...], supongo que para romper distancias, dejaba caer preguntas sobre si leíamos a Antonio Machado, si también los jóvenes de hoy lo valoraban como se merecía, así como a Federico, Alberti o Miguel Hernández. A medida que le confesábamos nuestros gustos literarios y despejábamos sus dudas y referencias, se le iba notando más cómodo y percibíamos que había aterrizado de nuevo en su España". 

Espero que algún día, la versión íntegra de The simple truth pueda llegar, en castellano, a nuestras librerías.

De ese libro, os dejo dos poemas. El que le da título, en versión de Eduardo López Truco. Y "No pidas nada", traducido y versionado por Alberto Infante. 


UNA VERDAD SENCILLA


Compré un dólar y medio de patatitas rojas,
me las llevé a casa, las herví sin pelar
y me las comí de cena con un poco de mantequilla y sal.
Luego di un paseo por los campos desiertos
de las afueras de la ciudad. Mediado junio, la luz
cae en los oscuros surcos a mis pies,
y en los robles encima de donde los pájaros
se recogen de noche, los arrendajos y los sinsontes
graznan insistentes, los pinzones se arrojan aún
hacia la última luz. La mujer que me vendió
las patatas era de Polonia; era alguien de mi infancia,
con un suéter de lentejuelas rosas y gafas de sol,
que alababa la perfección de toda su fruta y sus verduras
junto a la carretera y me apremiaba a probarlas,
incluso el maíz crudo dulce, traído hasta aquí,
juraba, desde New Jersey. "Come, come", decía,
"Aunque no quieras, diré que lo hiciste."
                                                             Algunas cosas
las has sabido siempre. Son tan sencillas y ciertas 
que han de decirse sin elegancia, metro ni rima, 
han de ponerse sobre la mesa junto al salero, 
el vaso de agua, la ausencia de luz olvidada 
en las sombras de los cuadros, han de estar
desnudas y solas, han de sustentarse por sí mismas.
Mi amigo Henri y yo llegamos a esto juntos en 1965,
antes de irme, antes de que empezara a matarse,
y ambos traicionáramos nuestro amor. ¿Puedes probar
lo que te digo? Son cebollas o patatas, una pizca
de sal, la calidad de la mantequilla fresca, es obvio,
se queda en la garganta, como una verdad
que nunca dijiste, porque el tiempo estuvo siempre en contra,
permanece allí para el resto de tu vida, tácita,
hecha del barro que es la tierra, y la piedra que llaman sal,
en una forma para la que no hay palabras, y con la que vives. 

                                           (Traducción de Eduardo López Truco) 

NO PIDAS NADA 
En vez de caminar solo por la noche
hacia los suburbios y el campo
duerme bajo el cielo del ocaso;
el polvo que levantan tus pasos
se transforma en lluvia dorada
que cae sobre la tierra como regalo
de un dios desconocido.
Los plátanos a lo largo del dique,
los escasos álamos del valle, aguantan
la respiración cuando cruzas el puente
de madera que no conduce a un
solo lugar donde no hayas estado, pues este
paseo se repite al menos una vez al día si no más.
Esa es la razón de que más allá
de la primera hilera de colinas
donde nunca creció nada, hombres y mujeres
montando mulas, caballos, algunos incluso
a pie, toda tu perdida familia a la que
nunca rezaste para ver, recen para verte,
canten para acercar la luz de la luna
a los últimos rayos del sol. Detrás de ti
parpadean las ventanas de la ciudad,
los hogares se cierran; mientras ante ti las voces
se van apagando como música sobre
aguas profundas, y desparecen;
incluso los rápidos, cernidos pinzones
se han convertido en humo, y la solitaria
carretera iluminada por la luna
conduce a cualquier lugar. 
                                  (Traducción de Alberto Infante)



lunes, 11 de agosto de 2014

Tal como eramos. Ante la edición digital de "Una mirada oblicua"

Todavía se mantiene vivo mi recuerdo de un día de otoño de 1994, en la sede que la editorial Alfaguara tenía en la calle Juan Bravo. Estaba frente a uno de los más poderosos directores literarios de la época: Juan Cruz. A través de un amigo le había hecho llegar el manuscrito de una novela que entonces tenía como título provisional Cierto sabor a ceniza. Fue una conversación corta y aún así interrumpida por una riada de llamadas telefónicas desde los más remotos lugares del mapa: recuerdo especialmente una, probablemente de Carmen Balcells, en la que habló del premio Cervantes de 1989 Augusto Roa Bastos, creo que de la edición de Contravida, que sería publicada aquel año en el sello que dirigía Cruz. Lo cierto es que hablamos poco de mi novela puesto que se limitó a entregarme un informe de un lector de la editorial en el que se desaconsejaba su publicación y dedicamos el resto de la entrevista a hablar, de manera breve, de la actualidad literaria de aquellos años y de la apuesta del propio Cruz por reforzar el catálogo con nuevos autores hispanoamericanos.

Detalle manifestación 26 de febrero de 1981, contra el golpe del 23-F
El manuscrito viajó a Planeta unos días después y Planeta, que había iniciado una colección titulada "Nueva Narrativa" codirigida por Mariona Costa y Silvia Bastos, decidió publicarla. Incluso la pasó al premio Ateneo de Sevilla (era uno de los mejor dotados de entonces) de aquel año, premio en el que quedó en segundo lugar tras la novela ganadora, cuyo autor era Felipe Benítez Reyes y cuyo título era Humo.

Mariona Costa y el equipo de Planeta me sugirieron buscar un título "más comercial" que Cierto sabor a ceniza. Después de intercambiar múltiples faxes (no existía el correo electrónico aunque hoy nos parezca mentira) con propuestas y contrapropuestas de títulos, me enviaron el que consideraban más ajustado al contenido de la novela: así nació el título definitivo: Una mirada oblicua. Después vendría la fotografía de Man Ray para la portada (también aportación del equipo Planeta) y el proceso de edición.

Escribí la novela bajo el impacto emocional del intento de golpe del 23-F. En 1989, cuando le inicié, todavía no me había quitado de encima sus efectos. Viví aquella noche en el ojo del huracán del compromiso político como miembro del PCE de Madrid con responsabilidades, pasé durante algunas horas a la clandestinidad y, visto lo ocurrido con Videla en Argentina o con Pinochet en Chile, casi me había despedido íntimamente de mis seres más cercanos y queridos. El 23-F había removido el suelo sobre el que había ido creciendo el llamado desencanto, había puesto en valor la Constitución del 78 y la libertad y había dejado claro que nada estaba consolidado, que en cualquier momento, la democracia recién iniciada podía irse a la mierda.  A ello ayudaba, además, un terrorismo etarra que no entendía de procesos democráticos y que se había convertido en el mejor aliado de los llamamientos de la extrema derecha a acabar con el "caos" e imponer de nuevo una dictadura.

Por eso, los efectos emocionales (no sólo políticos) del intento de golpe extenderían su alargada sombra sobre la década recién iniciada. Es verdad que fue la década de la movida madrileña, de los ayuntamientos democráticos y de la explosión cultural, del inicio de la nueva narrativa española y de la poesía realista que negaba el culturalismo precedente de los novísimos, la década que alumbró a Almodóvar, a Antonio Vega, a Los Secretos, a la "Otra sentimentalidad" en la Granada renaciente, la década en la que la izquierda, en los ayuntamientos (socialistas y comunistas) impulsaron cambios trascendentales para nuestra vida cotidiana (de todo ello doy cuenta, en tiempo real, en mis diarios Días de los ochenta), y fue, en fin, la década del definitivo aggiornamento de la literatura española en relación con lo que se escribía en Europa y en Estados Unidos, también en América Latina. Una década que concluyó, por cierto, con un acontecimiento histórico y demoledor para gran parte de quienes se habían formado en la cultura comunista: la caída del muro de Berlín.

Pero yo comencé a escribir Una mirada oblicua porque necesitaba explicarme el comportamiento de una parte de mi generación, de quienes habíamos dedicado tiempo y experiencia y acumulado renuncias en la vida personal en la lucha por unos ideales que, poco a poco, la década iría esponjando. Por razones que no vienen al caso aunque vinculadas a la lucha urbana en la periferia de Madrid por unos barrios mejores, yo había conocido a brillantes urbanistas, abogados y sociólogos comprometidos a fondo con la remodelación de todo el Madrid periférico: en pocos años, lo que en Orcasitas, el Pozo del Tío Raimundo, Palomeras, El Carmen, etc... eran interminables extensiones de casitas bajas y chabolas, extensos barrizales o zonas de vertederos y marginación, se convirtieron en barrios nuevos con todo tipo de equipamientos y diseñados y construidos con la participación vecinal. Pero ya en aquellos años, comencé a advertir que no todos los urbanistas  pensaban que su compromiso había de durar para siempre. Y quien dice urbanistas, dice profesionales de distintas disciplinas que comenzaban a pensar que su vida no podía depender de los ideales transformadores aprendidos y asumidos como propios en los años setenta. Era demasiado renunciar a poner en valor (un término que triunfaría años más tarde) sus capacidades y a la posibilidad de ascender económicamente gracias a ellas cuando la democracia ya estaba ahí.

En los cócteles, en la actividad cultural de la época, en los recitales, en encuentros de lo más diverso (en el Festival de Otoño de Madrid, en los Veranos de la Villa) se comenzaba a advertir la presencia de los primeros yupies (no venían de fuera, de otro lugar, eran los antaño comprometidos convertidos en sujetos de la transformación). El pantalón de pana o el vaquero con la zamarra o cazadora era sustituído por los trajes, la arruga es bella, de Adolfo Domínguez, el dos caballos o el Dyane 6 dejaba paso a los primeros BMW de importación, y todo comenzaba a ser posmoderno, cool, guay o in. Y lo que fue peor: las reuniones con los vecinos para definir un centro cultural o un centro sanitario comenzaron, para algunos, a ser una "incomodidad" que debería ser sustituida cuanto antes por el planeamiento de grandes promociones inmobiliarias para desarrollar Madrid. La vida y las oportunidades pasaban frente a nosotros y no podíamos perder ese tren: eso contaban algunos que en los años posteriores y lentamente habrían de cambiar de orilla, de ideales, de convicciones.


Yo, como muchos otros que llegábamos del barrio y del compromiso directo vivimos con cierto estupor y no poco dolor ese proceso. Recuerdo que en aquellos años leí mucha novela social de los años 50 y 60 por no entender la promoción que se hacía del realismo sucio americano (Anagrama fue su editorial-emblema)  mientras nuestro realismo (de Aldecoa a Marsé o a Fernández Santos pasando por Ferres o López Salinas) se silenciaba o descalificaba. Leí a los narradores americanos de la generación perdida y leí, de manera muy especial, a algunos escritores centroeuropeos: a Günter Grass, a Robert y a Martin Walser y a un hoy casi olvidado Max Frisch, narrador suizo de lengua alemana cuya obra No soy Stiller, una reflexión sobre la identidad en la realidad contemporánea, acabó convirtiéndose en leit-motiv, casi en motor de Una mirada oblicua.

Ese proceso, sobre todo desde la perspectiva emocional, sentimental, íntima (y, por supuesto, moral), es el que abordo en la novela. Intenté explicarme mi mundo y el mundo de quienes apostaban por otra forma de afrontar la vida. Contradicciones, renuncias, dolor infinito, amores rotos y amores reconstruidos, lecturas, músicas: esa es la experiencia que viven los tres personajes principales: Esteban Neira, arquitecto urbanista, Germán Badía, sociólogo, y Andrea Santos, psicóloga curtida en la vida de frustraciones de las mujeres de los barrios periféricos. Un triángulos amoroso y un mundo cambiante como telón de fondo. De algún modo es también la crónica de la "primera burbuja inmobiliaria" vivida desde las entrañas de quienes la intuimos entonces y en ella se transparentan los efectos de la droga en los más jóvenes: la heroína se llevó en el barrio en que yo vivía, a la casi totalidad de un grupo de amigos.

Enrique Urquijo, un símbolo de la época en que se desarrolla la novela
Al revisar y corregir la novela para su edición digital, he comprobado que más allá de los factores emocionales que explican "tal como éramos" hay otros que me han parecido llamativos: se bebe mucho, sobre todo whisky y ginebra, y se fuma más. Creo que en esa doble afición está la época que la novela refleja. Pero también están los tics que aprendimos del cine quienes nacimos en la España de los cincuenta.

Termino: de la novela escribieron Manuel Vázquez Montalbán en El País, Santos Alonso en Diario 16 o Ángel Basanta en ABC Literario, entre otros. En los próximos días en mi blog La mirada ajena aparecerán algunas de esas críticas.  En el fondo, Una mirada oblicua podría titularse perfectamente Tal como éramos, el espléndido título del memorable film de Sidney Pollack. Pero dejémosla con el título con que apareció.

viernes, 4 de julio de 2014

Días extraños en diálogo con mi poesía: las cosas del campo y algo más



Durante diez años (desde su reedición, en 2004, por Pre-Textos) el libro de José Antonio Muñoz Rojas Las cosas del campo me ha venido acompañando en los veranos del valle. El libro, como una ventana abierta, ha estado siempre en la estantería del salón y ha sido y es un remedio para conciliarme, cuando no tengo otra lectura a mano, con la naturaleza. Cuando digo naturaleza, quiero decir con el campo, con esas pequeñas y contundentes realidades que dan sentido a la vida más allá de toda tentación grandilocuente: el pequeño huerto, los erizos del anochecer, el olor de la hierba recién cortada, los grillos nocturnos, las luciérnagas... También para conciliarme con mi memoria y con mi experiencia de hombre crecido y criado en una ciudad como Madrid y a quien el campo —la montaña sobre todo— se le apareció un buen día como el lugar de todos los sueños y como reverso de una cotidianidad hecha de horarios, de urgencias y acostumbrada al tumulto de una urbe a punto de precipitarse en el turbión del desarrollismo. 

El refugio en el valle
Fue en un pueblecito, casi aldea, de Soria, durante un par de veranos de finales de la década de los sesenta. El campo, para el chiquillo que yo era entonces,  era la libertad y era el río. Eran los olores que traían los álamos al atardecer, era el polvo de la trilla, los caminos perdiéndose entre los trigales de un amarillo rotundo, era un cielo infinito y estrellado, era el rumor de las esquilas o el olor que llegaba de algún establo colindante con la vega. Y fue el escenario, que el tiempo acabaría por mitificar, de algún amor preadolescente y mágico, hecho de largas noches y de juegos a la intemperie.

Aquí, en el valle, convivo con las cosas del campo desde hace muchos años. Aquí han convivido con ellas mis hijos: fueron niños, se hicieron adolescentes y enjovencieron verano tras verano. Aquí he seguido la evolución de las tomateras, he contemplado, en silencio, el lento arrastrase del erizo sobre la hierba seca, he visto a mi gato juguetear con los escarabajos, he convertido horquillas de rama de fresno en tirachinas con los que evocar mi propia infancia al verlos en manos de mi hijo. Y aquí he escrito: mucho. Poesía, novela, críticas, artículos literarios, políticos, intimistas.

Sin embargo, pocas veces esas experiencias se han colado en mis poemas. Acostumbrado desde hace muchos años a mantener en ellos una ventana abierta a lo colectivo, un sustrato de conciencia crítica, casi siempre he escrito poesía "necesaria". Mis experiencias íntimas en este y otros lugares solía guardarlas con cierto pudor: quedaban recluidas en algún cuaderno de un modo casi vergonzante. Pertenezco a una generación poética que protagonizó la lucha por la democracia en los primeros años setenta, que hizo de la conciencia crítica parte del poema, que se apoyó en la poesía para acompañar los empeños solidarios. Esa elección generó cierto desdén hacia la poesía de meditación sobre la realidad más cercana y personal, sobre los sentimientos íntimos, sobre la relación del poeta-hombre con la naturaleza, con una realidad afectiva hecha de pequeñas cosas. Era como si ocuparnos de asuntos semejantes en el poema fuera perder la brújula "social", olvidar el compromiso. Como si releer a Juan Ramón fuera dejar de lado a Blas de Otero, como si dejarse llevar por alguno de los poemas más intimistas de las Soledades de Antonio Machado fuera desdeñar los más solidarios y comprometidos de Campos de Castilla. 

Junto a Lozoya del Valle, embalse en invierno
Han tenido que pasar muchos años para comenzar a desprenderme de ese complejo. Y del mismo modo que Las cosas del campo, de Muñoz Rojas, ha sido un libro acompañante de mis veranos en el valle desde, al menos, el año 2004, he vuelto a poetas que hablaban de esos mundos pequeños que la "conciencia crítica" había relegado: el José Luis Prado Nogueira de Oratorio del Guadarrama, el Gerardo Diego de Soria sucedida,  el Pepe Hierro de Alegría, el Diego Jesús Jiménez de sus poemaas de Priego y de sus evocaciones de infancia y adolescencia de Coro de ánimas.

Esa actitud, en absoluto contradictoria con mi compromiso cívico y paralela a mi escritura poética "crítica" (ahí está mi reciente Fugitiva ciudad), se ha ido manifestando, sin que pudiera evitarlo, en una sucesión de poemas extraños en mi trayectorias: poemas de la memoria de mis hijos, poemas de amor, poemas crecidos en mi experiencia del campo, de un campo vivido con viejos amigos, en paseos en soledad, en momentos de contemplación o de melancolía. 

Son poemas que llevaban tiempo aguardando en esa imaginaria recámara que todo escritor lleva consigo. Que han ido desplegándose en cuadernos diversos, en libretas, en folios reciclados: si en mi poesía los días normales han sido siempre "los días con y en los otros", en este caso he escrito los poemas "de los momentos raros" gran parte de ellos nacidos y alimentados en mi refugio del valle del Lozoya. Formarán parte de un nuevo libro (que tengo a medias), un libro al que he otorgado ya un título provisional: De los días extraños.  Un par de poemas y algún fragmento de otro han sido publicados en revistas o en algún libro colectivo en los últimos años. Otro formó parte de mi libro viajero Por la sierra del agua (Gadir, 2006). Y casi todos, duermen a la espera del libro en una vieja carpeta de gomas de color azul marino.

Por el amplio número de poemas de esas características que contendrá, será un libro raro en mi bibliografía. Un libro distinto que probablemente defina mi evolución en el futuro. Sin complejos, sin mala conciencia, he dejado fluir la emoción: las emociones que nuestra conciencia comprometida nos hacía ocultar de manera vergonzante. 

Cierro este post, en el que ha dominado la de reflexión sobre lo propio, con un poema de ese libro futuro: de De los días extraños. Ahí queda. 
 EL TELESCOPIO

Sabía de aquel cielo de antracita y de frío.
Sabía de otras noches casi idénticas.
De momentos azules, olorosos
a mies recién cortada y al relente
de agosto en la montaña
y observaba a mi hijo, absorto entonces
en la noticia que llegaba del jardín de enfrente.

Ramón, amigo de aquel tiempo, tenía
el telescopio abierto al infinito del verano nocturno.

Mi hijo cruzó el camino y se asomó con miedo
al círculo temido y deseado.
Descubrió una luz distinta a la soñada.
Viajó por nebulosas, tocó cráteres
e imaginó una noche diferente,
quizá sin cicatrices ni carencias.

Era agosto. Quizá mil novecientos
noventa y cinco. Y la luna parecía la misma
que pisó un tal Neil Armstrong una noche
en que mi padre me enseño que era frágil la vida,
que madurez y muerte a veces se contemplan,
se saludan de paso, casi huyendo,
o se asoman, como en la noche aquélla,
al círculo de luz de un telescopio.