sábado 28 de enero de 2012

Polígono industrial en tarde de domingo

Alguna vez (bueno, muchas veces) he tenido que trasladarme a una zona de Madrid a la que se accede cruzando un polígono industrial. O he acudido a uno de los grandes centros comerciales de la periferia que conviven con polígonos que fueron levantados hace décadas. Digo más: hace algunos años, antes de la omnipresencia de Internet y del correo electrónico, cruzaba un par de veces al mes, para entregar mi artículo o mi crítica a El País, el polígono industrial, situado en el centro del triángulo que, en Madrid, conforman Canillejas, Ciudad Lineal y San Blas, para acoger un territorio mítico de la industria de los años 60 y 70: Julián Camarillo. En esos viajes, sobre todo cuando se han producido en domingo, he procurado liberar un tiempo para pasear por las calles y avenidas de ese mundo al margen que, como un extraño e irregular corazón, vive en el interior de la urbe.

Visión desde el aire del polígono Julián Camarillo en Madrid
Julián Camarillo, Las Mercedes, Méndez Álvaro.... Estos son algunos nombres de zonas industriales en la ciudad de Madrid que son un hervidero los días laborables y que se transforman, en el fin de semana, en espacios desiertos, casi misteriosos, en los que sólo algún vagabundo, caminantes de paso de un barrio a otro o fugaces automóviles, les dan vida. Fábricas, grandes almacenes de cartón o de productos alimenticios, cristalerías, talleres oficiales de conocidas marcas de coches, carpinterías... Son lugares que parecen apurar en silencio el tiempo del domingo y vivir la soledad como una suerte de reposo ante la avalancha que llegará el lunes.

Me gusta pasear por ellos, ver los bares cerrados (en alguna ocasión, he encontrado alguno abierto y no he podido resistir la tentación de entrar en él y tomar un café) y los restaurantes de menú suspendidos en un paréntesis. De vez en cuando, se advierte la presencia de un pequeño bloque de viviendas, una construcción anacrónica, casi provocadora, en la que me gusta imaginar que viven pequeños empresarios con nave en la zona, o trabajadores de las fábricas próximas. Para ellos, el domingo es el día de la tranquilidad en el polígono, el día del paseo, de la contemplación de naves e industrias en letargo.

Anuncio, lleno de encando, de la moto Vespa. Años 60
Detrás de este interés está, sin duda, la memoria: tuve un tío que trabajaba en Plata Meneses, una empresa que tuvo su etapa de esplendor en los últimos treinta años del pasado siglo, situada en el mismo polígono en que se encuentra la redacción de El País. A veces, cuando era niño, iba con mi madre a esperarle a la puerta de la fábrica con la sola intención de que me montara en su bicicleta de carreras. Pero también está el recuerdo de algunas imágenes memorables de la pretransición: recuerdo una mañana en la que, como estudiante, acudí con otros compañeros de Facultad, a distribuir octavillas en la puerta de la factoría de Vespa, convocando a un paro general contra el proceso 1001, o la multitud industrial, asalaridada, caminando hacia García Noblejas el día de la huelga general de un 14 de diciembre de 1988 (cito de memoria, acepto correcciones); recuerdo mi caminata eufórica, por el polígono Cobo Calleja, próximo a Fuenlabrada, avanzando hacia el almacén de una imprenta en la que se encuadernaban los libros que editaba, en 1989 ó en 1990, Fundamentos, en busca de ejemplares de Mar de octubre, mi primera novela: fui incapaz de esperar que me la enviaran a casa y atravesé Madrid hasta perderme en las calles interminables de ese polígono industrial del área metropolitana.  O mi visita apresurada a una una imprenta perdida en el antes citado polígono de las Mercedes, próximo a la autovía de Barcelona, para recoger, calientes, olorosos todavía a tinta y a papel, ejemplares de algunos de los libros más queridos de la colección de poesía de Bartleby: Antonio Gamoneda y su Blues castellano, C. K. Williams  o Mary Jo Bang, autora de una portentosa Elegy.

Y recuerdo, sobre todo, cómo, casi desde la adolescencia, mi imaginación ha vinculado esos espacios de industria y desempleo a determinada literatura crítica: Günter Grass, Kafka, novelas de los narradores del cincuenta, sobre todo del Ignacio Aldecoa más urbano, de Juan García Hortelano, de Armando López Salinas, a los poemas de Ángel González, de Gabriel Celaya, de Blas (sólo hubo un Blas), de José Agustín Goytisolo...  Y, cómo no, a cierta narrativa procedente de la Italia neorrealista de los años cincuenta: Moravia, Pavese, Vitorini...  Tampoco la pintura se ha librado de ese afán de mestizaje evocador: Antonio López tiene algunos lienzos memorables sobre ese Madrid periférico e industrial. Y mi viejo amigo Carlos Morago, sin duda, cuyo tratamiento de esos espacios, casi siempre hundidos en la soledad, aparece filtrado por un sutil tamiz que nos recuerda a Turner.

Madrid. Oleo sobre lienzo de Carlos Morago

Mi poesía tampoco es ajena a esa realidad durmiente: tantos paseos en soledad por sus calles abandonadas temporalmente, tantos recuerdos de pequeños rincones olvidados que, entre nave y nave, muestran algún apunte de una naturaleza primitiva --solares con higueras y descuidada hierba en la que brillan, de vez en cuando, botes vacíos de cerveza, cristales rotos que antes fueron botella o búcaro, oxidados recipientes de metal que alguna vez contuvieron sardinas o bonito en escabeche--.  Entre esas experiencias hay una recurrente: el atardecer del domingo, un domingo de otoño de fuerte viento y olor a lluvia, en el que un hombre camina contra el viento atravesando la soledad industrial del polígono mientras vuelan, sin rumbo, restos de periódicos, bolsas de plástico, hojas, papeles inútiles....

 En todos mis libros siempre ha habido al menos un poema cuyo origen está en esas experiencias. Aquí os dejo un fragmento del que apareció en Quebrada luz (Ferrol, Esquío, 1996), titulado Luz extinguida:

                                 El humo
extendía su gasa
de miedo y desconcierto sobre las factorías
y en el ojo tejía su red y su emboscada
la ciudad industrial, la tierra promisoria
que alguna vez soñamos.


Al humo acostumbramos la voz y la mirada.
Eran años de tinta,
de oculta podredumbre, de deseos sin límite.


Sabedlo hoy, muchachas de cristal
nacidas en la luz, en su extensión sin niebla y en sus calles
altas de claridad y de palabra,
hechas como el domingo para el sueño.

¡Qué ciudad la vuestra tan distinta
de la que vio el declive sin tregua de la luz,
de la que fue obligada
a contemplar la vieja claridad
hundida en el silencio de todas las derrotas!

viernes 6 de enero de 2012

Angelina Gatell e Isabel Bono, dos universos generacionales, dos propuestas poéticas, dos mundos

Angelina Gatell con su último libro. Foto Pepo Paz
Angelina Gatell nació en 1926. Isabel Bono, en 1964. Angelina es, sin ningún género de dudas, parte de la llamada generación poética del medio siglo, una generación esencialmente masculina (no me atrevo a utilizar el calificativo machista, los años cincuenta del siglo XX eran otra cosa) que anegó a algunas magníficas poetas (de María Beneyto a Pilar Paz Pasamar) de una talla equiparable a los nombres que han quedado canonizados (de Ángel González a Claudio Rodríguez pasando por Gil de Biedma o José Ángel Valente). Isabel podría formar parte de lo que algunos críticos han considerado como "generación de los ochenta" si no fuera porque sus primeros libros aparecieron en la década de los noventa: yo la ubicaría en una supuesta promoción de poetas del cambio de siglo aun teniendo en cuenta su participación, en primera línea, en la llamada "generación blogger" reflejada en el libro La manera de recogerse el pelo que hace un par de años editó Bartleby. Ambas acaban de publicar sendos libros que enlazan dos épocas, dos realidades históricas (aunque la Historia aparezca de manera sutil u oblicua), a uno de los temas eternos de la poesía (y, en general, de la literatura): el amor.  

La luz de la posguerra

Angelina Gatell proyecta mirada y memoria en los años de posguerra. Es el amor en medio de las ruinas, bajo la desolación en blanco y negro destilada por una dictadura sin ambages y que hoy algunos portavoces de la derecha cultural intentan edulcorar. El título de su nuevo libro, Cenizas en los labios, es expresivo de ese estado de conciencia. En una ciudad marcada por los bombardeos, en la que el silencio de los barrios menesterosos se rompe a veces con las detonaciones de los fusilamientos en las tapias de algún conocido cementerio, se enciende la luz de una felicidad precaria. Aunque Angelina Gatell escribe con ese telón de fondo colectivo, los poemas (o el largo poema) nos cuentan una experiencia radicalmente íntima: el valor de determinados productos, llenos de materia significativa, como las lentejas (es curioso, recuerdo tardes al lado de mi madre limpiándolas de piedrecillas mientras e la radio sonaba Concha Piquer), o de objetos-símbolo de todo un estado de ánimo, como las bombillas de luz amarillenta de viejos soportales, o las lecturas que determinan la formación sentimental y cultural del personaje poético, una mujer civilmente derrotada a la que salva la experiencia amorosa: Bécquer, Miguel Hernández, Antonio Machado, Federico García Lorca, Quevedo... Es la forma de sobreponerse a las ruinas de un mundo derrotado aunque "una niña había sido / para siempre vencida / en mil novecientos treinta y nueve".
Con un lenguaje dúctil, en la que el tono coloquial es cruzado, a veces, por afiladas metáforas ("Temblor envenenado / en el verde-gris de tus ojos, / bellísimos cristales sin sosiego."), la poeta nos lleva, junto a su amante, por las calles de niebla y frío, nos adentra en un teatro, nos hace evocar el campo de castigo del que llega, liberada (es un decir), la persona amada,  nos pasea por un paisaje, en las afueras de la ciudad, que es naturaleza liberadora y pasajera paz.... Ternura, dolor, desolación, melancolía que atrapan al lector como si de una envoltura de emociones se tratara. No es fácil construir una gran poesía con esos mimbres si no se apoya en un lenguaje revelador: tal es el caso. Una gran honda, próxima, con "respiración":

Largos, silenciosos paseos donde,
en un momento dado afluía mi nombre
--golondrina acentuando
la soledad del aire--.
Sólo entonces
tenía la certeza de estar viva,
emanada de ti, de tu costado
adánico y oscuro,
y me sentía
latido entre tus dedos
junto a restos de llanto y nicotina.

Amor en tiempos de mutación

Pan comido es el último libro de esta escritora, bloguera impenitente y observadora de la realidad, que es Isabel Bono. La magia de lo cotidiano impregna la experiencia amorosa, una experiencia vivida en un tiempo muy diferente al de Angelina Gatell.  El tiempo posmoderno en el que conviven diversas tradiciones culturales, en el que las dificultades de la vida se ven cruzadas por la magia de las nuevas tecnologías, en el que Bukowsky, John Fante o Woody Guthrie, conviven con Klee, con Los BeatlesEluard, con Chejov o con Kundera.  Los electrodomésticos que simbolizan lo cotidiano y las obligaciones domésticas, tan lejanas en apariencia (de que sea sólo en apariencia se encarga la poeta Isabel Bono) a la inspiración que genera el poema, las contradicciones, mentiras y dudas del amante, las contradicciones, mentiras y dudas propias, el mundo cuarteado e inseguro del comienzo del siglo XXI, la decepción y la sombra del desamor ("Yo tuve un sueño triste en el que encontraba / la carta que nunca me enviaste"), la alegría de vivir y la tristeza de existir.


Pan comido es un libro estructurado en 12 largos poemas que llevan al lector como hospitalarios toboganes de los que, leído el primer verso, le es muy difícil escapar. El lenguaje de tono conversacional de Isabel Bono está salpicado de chispas de irracionalidad-racional (creo que se me entiende), de imágenes que bordean el surrealismo y que, a la vez, atrapan y sacuden: "Si prendí fuego al jardín laberinto de tus pulmones / no fue por herirte. / Quise comprobar tu pasión y se me fue la mano".  Su verso tiene una sostenida "velocidad de crucero", un ritmo endiablado y envolvente,  combina el sustrato narrativo (todo el libro nos cuenta una historia y cada poema es un capítulo del historia) con un encendido lirismo y en el mundo que describe, hecho de pequeños gestos, de apelaciones a la cultura mezcladas con obligaciones domésticas insorteables, nos reconocemos quienes somos conscientes, cada mañana, de enfrentarnos a la realidad de un mundo en mutación.

Juan Pardo Vidal, en el prólogo, subraya que no es un libro escrito hoy, cuando iniciamos la segunda década del siglo, sino en el año 2000, en pleno tránsito de un siglo a otro. Aunque ese dato no es esencial, sí nos ilustra sobre la mirada que la poeta proyecta sobre el mundo, sobre su experiencia, sobre la suma de referencias que se cuelan en su meditación. En la década posterior, Isabel ha publicado siete u ocho nuevos poemarios. Quizá buena parte de las semillas que han hecho crecer cada uno de ellos estén en este Pan comido  En cualquier caso, se trata de un libro poderoso, que desafía lo convencional, que escapa a las corrientes más o menos establecidas, que mezcla, de manera sabia y reveladora, aquellos dos elementos que configuraron la visión del mundo del biólogo y pensador Jaques Monod  El azar y la necesidad. Azar y necesidad levantados sobre un doble sentimiento amoroso: a quien comparte la vida y a la propia poesía como espacio de salvación. Quede aquí el fragmento de uno de los poemas que más me han gustado del libro, "Si te llaman no es mi voz":

Tú no sabes lo lenta que soy cuando recojo la mesa
al deslizar los cubiertos sobre el plato
para empujar los restos de comida a la basura.
Tú no sabes que prefiero que el helado se derrita
que siempre acabo volcándolo en el suelo
para que el gato se lo coma.
Tú no sabes que el gato se llama Galileo
y que fue mi padre quien le puso ese nombre.
Cuando alguien deja de quererte
el nivel de los pantanos no es un tema prioritario
y yo llevaba una semana olvidando cerrar el grifo
mientras me cepillaba los dientes.
Sin embargo, no encontrar aparcamiento en toda la manzana
hubiese sido una tragedia.
Menos mal que te llevaste el coche.

lunes 19 de diciembre de 2011

El tirachinas: una ventana en el tiempo

Hace unos días, por la mañana, entré en el dormitorio de mi hijo a cerrar la ventana antes de salir de casa (en el fondo, es una habitación para todo: allí estudia, trabaja, escucha música, ve cine, navega por Internet, piensa, a veces come, sueña, se rebela, ama y se entristece, se alegra a veces, ríe, quizá llore). Es un cuarto en el que, en un desorden ordenado, duermen objetos de la más diversa naturaleza: en sus paredes, cuelgan algunos de sus óleos del tiempo anterior al comienzo su vida universitaria, decenas de dvds con películas de toda índole, desde Truffaut hasta los clásicos del cine mítico de Hollywood, libros de literatura (novelas, sobre todo novelas, desde KerouacJuan Marsé, libros de arquitectura, de filosofía, de Erich Fromm al teórico del arte Ernst Fischer, de sociología, apuntes, muchos apuntes, cientos de folios escritos o impresos con planos de lo más diverso, cartulinas de gramaje distinto para hacer maquetas, cables infinitos,  lápices, bolígrafos, rotuladores de punta fina, fotografías de chicas a las que conozco de haberlas visto alguna vez por casa, una agenda de pared, escrita a mano, con las tareas semanales, libretas con sus bocetos, con sus dibujos, semillas de lo que algún día, quizá, sean óleos, o proyectos...  Es su mundo, un mundo al que me suelo acercar con prevención y con mala conciencia, pero en el que, sin quererlo, reconozco al joven que fui. Eso sí: mucho más formado, más consciente, con un bagaje cultural infinitamente superior al que yo (nosotros, E y yo) teníamos.

En ese desorden, que a veces me enerva sin razón y que a veces me parece maravilloso, está la propia confusión de la edad, la encrucijada de caminos con que nos enfrentamos a la vida en un momento decisivo de nuestra formación cultural, educativa, sentimental. Con retraso, he visto mi propia encrucijada cuando yo tenía 21 años, he recobrado mi crisis de identidad en aquel tiempo, el dilema gravísimo de entonces: no sabía qué hacer, dudé entre magisterio y la nada, y al final E (nunca se lo agradeceré lo suficiente), entonces novia, me ayudó a encontrar un sendero: periodismo, carrera que comencé a esa edad imposible que hoy tiene mi hijo. Después, vino la poesía que había tanteado de adolescente, la novela, el ensayo... la literatura. 

La Dehesa de Gargantilla en verano
Esta mañana,, sin embargo, lo que me ha llenado especialmente la atención ha sido un tirachinas: el tirachinas. Estaba allí, colgado de una lámpara de pared de doble foco, como un ser procedente de otra realidad, de un espacio perdido en el tiempo y en la memoria: aquel tirachinas, de pulida horquilla de madera de fresno, de uno de los fresnos de nuestra casa en el valle del Lozoya, con gomas de tocino compradas (creo, no estoy del todo seguro) en El Rastro, venía a mí desde el hondón de finales de los años noventa. Ahí estaban mis manos, casi siempre torpes pero entonces convertidas, a los ojos de mi hijo, en mágicos instrumentos para limpiar la rama, desbastar los nudos, hendir la madera para enlazar las gomas, cortar y dar forma a la badana que envolvería la piedra; ahí estaban mis sueños infantiles proyectados, en el momento en que fabriqué el tirachinas, en un universo de bosques y de pájaros, de águilas y halcones, de lavanderas y colirrojos, de cientos de aves entrevistas en los Cuadernos de campo de Félix Rodríguez de la Fuente, de mi hijo José Manuel. "Cuánto pavoroso contacto con mis orígenes", escribió el poeta Vicente Gaos. La visión del tirachinas en su dormitorio no fue pavorosa, pero sí fue un hermoso pasadizo para valorar aquellos veranos en los que el valle, el jardín de Gargantilla, el bosque de fresnos al que llaman en el pueblo La dehesa, construían el paraíso de una infancia que acabaría en la desembocadura difícil de la adolescencia y en el mar de la juventud.

Recordé sus quince, dieciséis o diecisiete años: su madurez quizá prematura, su tendencia a preguntarse por el sentido de la vida, por el lugar que ocupamos en el mundo, por la utilidad de cuanto hacemos. Y recordé una experiencia muy hermosa, en la que creo que advertí que el niño del tirachinas había crecido, había empezado a madurar: fue un domingo de invierno, por la tarde, en que fuimos juntos al cine (no íbamos desde que era muy pequeño, aquellas salidas al cine en las navidades de los nueve, diez, once años, películas de Walt Disney, de dinosaurios, de"power ranger"). Aquella vez, emboscadas inevitables de la edad, no elegí yo la película, no fui yo quien tomó la iniciativa, sino él. Aquella tarde, quizá sin pretenderlo, mi hijo fue una reencarnación del padre: fuimos a una sesión de media tarde del cine Victoria a ver una gran película, El viento que agita la cebada, de Ken Loach. Era en 2006, cuando mi hijo tenía diecisiete años y comenzaba su vida universitaria. Han pasado cinco, el está casi al final del camino de la carrera que inició entonces y yo lo contemplo con admiración y confusión. 
Sin título. Óleo sobre lienzo. Fragmento. José Manuel Rico
Hace ya muchos años, algo más de tres lustros, publiqué, en la colección Esquío, de El Ferrol, un libro de poemas  titulado Quebrada luz. En ese libro hay un poema titulado "Luz de madera" que es un homenaje a mi padre, escrito diecisiete años después de su muerte, en el  que imagino, huelo, siento su presencia en la madera de una librería de pino de Oregón fabricada por él ,  tablero a tablero, en su carpintería. Fue su regalo de bodas. Hoy, la librería está en nuestra casa del valle. En ella reposan libros de cuando él vivía. El tirachinas encontrado en la habitación de mi hijo ha avivado ese recuerdo. Al igual que la madera del viejo mueble, el fresno seco y lijado de la horquilla del tirachinas de mi hijo  "hablaba de destrezas, de manos y de sueños", de mi remoto empeño por hacer realidad la ilusión de aquel niño que entonces era mi hijo y que hoy es un hombre hecho y derecho, lleno de responsabilidad, de conocimiento, de sabiduría. En la encrucijada de los 21 años. Reproduzco el poema citado:

Solía ocurrir algunas tardes:
cuando la voz de tabaco suspendía en la casa
el sueño sin relojes de un padre hecho cansancio,
me llegaba esa luz insuficiente
que adquiere la madera al llenarse de tiempo.

En esa luz opaca, olorosa a barnices,
yo crecí sin saber que en los muebles de casa
florecía la noche y no sólo la vida,
que la luz que otorgaba
memorias vegetales a sus vetas oscuras
hablaba de destrezas, de manos y de sueños,
trocaba los ocultos deseos de mi padre
en una realidad utilitaria.

Crecí con esa luz de infancia y de madera.
Todavía conservo
la vieja librería. Al contemplarla
sorprendo a veces
la herida de un fulgor. Quizá se trate
del temblor de su mano, de la antigua destreza
que se impuso a la muerte y nos vigila.

                        (Del libro Quebrada luz. El Ferrol, 1996)

lunes 5 de diciembre de 2011

Algunas calles comerciales de mi ciudad: presente y memoria

No hace mucho, anduve durante un buen rato por la vallecana Avenida de San Diego. Es una calle no demasiado ancha que antaño, cuando yo tenía diez y once años, establecía una suerte de línea divisoria entre el barrio de Portazgo y Puente de Vallecas y el mundo recién nacido de Entrevías y del llamado barrio de Palomeras. Allí acababan los edificios de varias plantas, las calles adoquinadas (el asfalto era todavía rara avis) y el mundo "civilizado" y nacía un universo de casas bajas, de chabolas crecidas en noches clandestinas y el descampado que cruzaba el ferrocarril que venía de Atocha. Hoy ha pasado a ser una arteria central de la zona, uno de los ejes comerciales del distrito. Es una calle viva, llena de pequeños comercios

Calle próxima a Bravo Murillo. Foto Enrique F. Rojo. 2008
En la fotografía aparece por prura casualidad el novelista Antonio Ferres
Recordé otra calle de parecidas características y recorrida en los años 70 con la fruición de quien explora y descubre. Bravo Murillo nacía en Cuatro Caminos y se extendía, como calle comercial y universo de los sueños, hasta la Plaza de Castilla, aunque perdía su densidad de escaparates cuando pasaba de la calle Capitán Blanco Argibay. Fue y es calle comercial, espacio que abre a la ciudad el bosque de callejuelas, pequeñas empresas, imprentas y artes gráficas que se despliega, hacia el oeste de Madrid hasta los aledaños de la Universitaria al sur y del barrio del Pilar y de la Dehesa de la Villa más al norte.

Mi tía María, una hermana de mi madre que murió soltera e infinitamente triste, solía llevarme en el tiempo de su juventud y de mi infancia y cuando se acercaban las navidades a Conde de Peñalver, calle a la que llamaba Torrijos y en la que alentaba un mundo nuevo y prometedor.... Allí, en tenderetes que en los días próximos al del sorteo de la Lotería colocaban algunos libreros, me compró algunos libros con las historias de Guillermo Brown y, en una de las papelerías más amplias y bien surtidas de la calle, más de una estilográfica Parker 51, gesto del que se nutriría, muchos años después, mi imaginación para escribir la segunda de las novelas cortas de mi libro Espejo y tinta (2008)

Otra calle comercial  vinculada a mi biografía es López de Hoyos. Siempre ha sido una calle extraña, crecida en el tiempo en que E. y yo comenzamos a construir nuestra vida en común. Allí solíamos acudir a comprar en el mercado de Prosperidad, o a una famosa cafetería, hoy desaparecida, donde refugiaremos algunas tardes sabatinas junto al chocolate con churros y la conversación. También en López de Hoyos nos aguardarían tiendas de muebles para nuestra segunda casa, o jugueterías para las primeras noches de reyes de nuestros hijos. En esa calle, en una sucursal bancaria, trabajé varios años y de aquella experiencia guardo en mi mente (¡todavía!) nombres de clientes y empresas que se mezclan con el olor a aceitunas y vinagre de una de las más emblemáticas tabernas de la zona (abierta hoy, ¡todavía!).
 
Calle López de Hoyos

Alcalá/Avenida de Aragón, que llegaba del corazón de la ciudad, de la plaza de la Independencia y de la puerta del Sol, al mundo arrabalero  y menesteroso que crecía más allá del puente de Las Ventas, fue la calle comercial más visitada de mi infancia. Allí confluían viejos barrios: Quintana, La Elipa, la Concepción, San Blas, Simancas, Canillejas.... 

En todas esas calles he vivido (y vivo) la sensación de formar parte de un lugar en el que la soledad se debilita, casi desaparece. En esas calles, casi todas afirmadas en barrios periféricos de Madrid (San Diego, de Vallecas, Bravo Murillo, del barrio de Tetuán, López de Hoyos, de la antigua Prosperidad) yo cultivé mi amor por los sábados y domingos por la tarde, por los días excepcionales en los que mi vida cotidiana, cultivada en el barrio, en las calles laterales, en el barrio de la Alegría primero y en la UVA de Hortaleza después, se aferraba a un paréntesis que tenía que ver con multitudes, con luces, con escaparates, con cafeterías y bares, con papelerías y ferreterías, con tiendas de ropa y de zapatos. Eran como incrustaciones de un cosmopolitismo incipiente, ese cosmopolitismo que allá por los últimos años sesenta alcanzó a la Gran Vía (entonces llamada avenida de José Antonio) y del que, en nuestros barrios de la ciudad sobrante (que diría el añorado Vázquez Montalbán) teníamos noticia gracias a esas calles  por las que nos llegaba la civilización y la modernidad. Recuerdo que eran nuestros sucedáneos de Broadway o de la Gran Vía de los cines de estreno. Cierto que una cosa era Torrijos, tan clavada en ese barrio de Salamanca al que Manolo Longares, en su magistral Romanticismo, bautizaría como "el cogollito", donde los cines estaban casi en el nivel de los de la Gran Vía aunque sin su brillo ni su glamour. Pero la verdad es que eran calles especializadas en los cines de sesión continua y programa doble: Mundial, Aragón, Morasol, Ventas, Mundial, López de Hoyos, Lepanto, San Diego, Tetuán,..

 
El viejo cine Tetuán en los años 40
Es verdad que no todo era modernidad: que había (y hay, aunque cada vez menos) tiendas de artesanía, comercios donde se vendían muebles y utensilios de mimbre, que de vez en cuando asomaba, entre una mercería y un bar, una tienda de carbón de piedra y de carbón de encina, a el chiscón de un zapatero, o una carpintería. Solían se restos del tiempo en que aquellas calles eran todavía un híbrido de descampado y barrio lateral (años 30, años 40), establecimientos gestionados por gente mayor, de una generación perdida en la miseria del más intenso blanco y negro. Pero a mí, niño y adolescente en los sesenta, me gustaba descubrir aquellas arqueologías de otro tiempo.   

Hoy vuelvo, de vez en cuando, a esas calles. Me gusta pasear por ellas, detenerme ante sus escaparates, comprobar que mantienen cierta vitalidad comercial incluso en medio de la crisis, que en sus fachadas se alternan los establecimientos con cierto pedigrí con otros nuevos promovidos por inmigrantes. Tal vez sea una vitalidad ligeramente empobrecida, pero digna, paseable, hecha con la humanidad urgente de lo cotidiano: han muerto los cines, ha desaparecido alguna cafetería que era el colmo de lo "chic"en otro tiempo (butacas de eskay, casi siempre de color rojo, fotografías de actores y actrices de Hollywood en las paredes, muebles de formica y un menú innovador a base de sandwiches y tortitas con nata). También es visible en ellas, un cierto aire de decadencia, casi de rendición. ¿Ante qué enemigo? No es un enemigo invisible, sino uno muy visible: los nuevos centros comerciales de la periferia. Los zocos, los Alcalá Norte o Madrid Sur, los Plenilunio o Vaguada. Mundos de neón e hiperconsumo: allí viven nuevos comercios, cines, algún que otro teatro y, sobre todo, lugares para el encuentro y la ensoñación (aunque a algunos de nosotros nos parezca mentira). Mundos en los que, estoy seguro, en el día de hoy no pocos niños habrán comenzado a cultivar la añoranza de una felicidad extraña y a ellos vinculada no muy diferente de la que a mí me une a las calles comerciales que acabo de evocar.

martes 29 de noviembre de 2011

¿Censura?: mi frustrado homenaje a José María Millares en el Cervantes

Siempre es bueno dejar pasar un cierto tiempo para valorar los acontecimientos con una perspectiva desapasionada y, por ello, más rigurosa que en caliente. En este caso, el acontecimiento sucedió hace casi un año. No es un asunto banal (no lo fue), aunque para evitar complicaciones y juicios interesados (y, todo hay que decirlo, para no perjudicar a una de las partes, el editor y creador de la prestigiosa editorial de poesía Calambur) preferí dejar que el tiempo pasara para reflexionar con calma sobre lo ocurrido y dejar que la distancia eliminara lastres emocionales.

José María Millares Sall
Vayamos a la historia: el pasado mes de enero tuve no sé si la suerte o la desdicha de vivir, en primera persona, la experiencia de la censura o del veto. Fue con motivo del homenaje póstumo que la editorial Calambur, con Emilio Torné a la cabeza, organizó, en la sede del Instituto Cervantes de Madrid, en honor a la memoria del gran poeta canario José María Millares Sall y con motivo de la concesión, a título póstumo, del Premio Nacional de poesía 2010 a su libro Cuadernos (2000 - 2009). El homenaje se celebró el día 19 de enero (podéis verlo íntegro en Cervantes TV pinchando aquí) y contó con la presencia y la lectura de los siguientes poetas: Alejandro Céspedes, Jordi Doce, Ignacio Elguero, Olvido García Valdés, Ana Gorría, Antón Lamazares, Nieves Mateo, Miguel Ángel Muñoz San Juan y Ada Salas.  Una lista cerrada a última hora en la que faltaban dos nombres: el del autor de este blog, y el de Félix Grande. El primero, por haber sido eliminado el viernes previo a la celebración del homenaje (el 19 era miércoles); el segundo porque no acudió al homenaje por imprevistos problemas de salud, tal y como fue expuesto por Emilio Torné durante el desarrollo de acto.

Lo descrito en el párrafo anterior, con la salvedad de lo escrito en las dos primeras líneas, es la historia conocida. Sin embargo, hubo una intrahistoria. La intrahistoria de un atropello, de un auténtico acto de censura que me afectó personalmente. La instrahistoria se inicia el 4 de enero de 2011, cuando el director de editorial Calambur me llamó para invitarme a participar en el homenaje. La razón de mi presencia, junto a mi condición de poeta y de conocedor de la obra de Millares Sall, era que yo había sido el autor de la critica al libro galardonado. Mi crítica apareció en el diario El País con el título "Pulso existencial" y fue  una de las pocas que se publicó en la prensa diaria (por no decir la única). Mi participación, como la del resto de los poetas, consistiría en la lectura, en la tribuna de la sede central del Cervantes, de un poema del autor canario por no más de tres minutos. Por supuesto, acepté encantado. A lo largo de los días posteriores, Emilio Torné me informó, en alguna conversación telefónica, de la marcha de la organización, de las características que tendría el acto y de los poetas que habían aceptado participar en él. La relación se puede leer en el párrafo anterior y, por ello, no me extiendo.

Pasaron unos días (que aproveché para releer la obra de Millares y para seleccionar un par de poemas para su lectura) y, a la espera del típico tarjetón y de la cita,  me olvidé del asunto mientras la editorial, con la institución anfitriona, organizaba el acto, las invitaciones y el resto de las actividades que exigía cumplir el objetivo que Calambur se había planteado. El día 14 de enero, casi a mediodía, recibí una llamada de Torné. La noticia fue clara y rotunda aunque comunicada con la desolación propia de quien sabía que, para salvar el homenaje, había tenido que tragar con una clara injusticia. Me dijo que las más altas instancias del Instituto Cervantes le habían comunicado, en la voz de su director de cultura  Rufino Sánchez, y en una conversación telefónica, que yo no podía estar en el homenaje póstumo a Millares. Es decir: debía ser borrado de la lista de lectores de poemas. No había explicación, ni razón alguna (le hablaron de horarios y otras excusas nada convincentes) que la justificara. Simplemente que Manuel Rico no podía estar. Mi primera reacción fue expresar públicamente mi protesta ante tan intolerable exigencia y llamar al Cervantes para que alguien me explicara las razones de la misma, pero Emilio Torné me dijo que eso pondría en peligro el homenaje, que en él estaba comprometida la familia del poeta y el resto de los escritores y que no podía arriesgarse a que todo se fuera al traste. Lo entendí e hice un monumental esfuerzo de racionalidad.

Estuve presente, entre el público, en el homenaje. No vi al citado director de cultura. La directora del Instituto intervino brevemente en la apertura y a los pocos minutos desapareció. Supe, al principio del acto, que el poeta Félix Grande, había excusado su asistencia por razones de salud. Me llamó aquella noche para expresarme su solidaridad y su desconcierto: me dijo que no podía entender lo que había ocurrido con mi exclusión. Digo más: añadió que era la primera vez que tenía noticia de semajante actuación en su ya larga relación con el Instituto. Ése era su problema de salud, estoy seguro.

Algunos amigos íntimos me aconsejaron en aquel momento escribir un artículo denunciando aquella actuación. "Si no en el periódico, al menos en tu blog", me decían. Sin embargo, opté por la responsabilidad y por salvaguardar el compromiso con Calambur. Sí trasladé al antes citado director de cultura (en breve, para vergüenza de quienes vivimos aquel episodio y para quienes creen en la libertad de expresión, será director en el Cervantes de Recife, Brasil) mi protesta por correo electrónico. Su respuesta, tras insistir mediante otro correo ante su silencio, fue elusiva, brevísima y vergonzante. Me decía que era una actividad organizada, cito textualmente, "con la misma normalidad que el resto de actividades que se realizan en esta casa". Aquel e-mail no hizo sino dar mayor gravedad al asunto: yo había trabajado 3 años en tareas de dirección en el Cervantes y nunca, bajo ningún concepto, se había vetado a nadie en ninguna actividad propuesta por editoriales u otro tipo de entidades con un mínimo de solvencia cultural. Su nota hacía todavía más incomprensible el despropósito. Pensé que si la "normalidad" era aceptar o excluir a escritores, una institución de tanto prestigio como el Cervantes tenía un director de cultura (y a quien por encima de él legitimaba su actuación) instalado en la anormalidad, en la excepción. Es decir, en la censura.

Pronto se cumplirá un año de aquel "insuceso". El Cervantes, con toda probabilidad, habrá cambiado, para entonces, en su máxima responsabilidad. Creo que sólo una concepción abierta, tolerante, plural e integradora de la cultura puede dar pleno sentido a una institución que este año 2011 ha cumplido un cuarto de siglo. Mi identificación con la izquierda política y con los movimientos sociales y culturales progresistas casi desde la adolescencia me hace desconfiar de que ello sea así tras el triunfo del Partido Popular. No obstante, trabajaré a fondo, en mi condición de escritor y con mis modestas posibilidades, para que un episodio como el que aquí he relatado no vuelva a tener lugar. En todo caso, mantengo desde entonces una incógnita que nadie ha resuelto: ¿por qué razón se produjo aquella exclusión? "The answer, my friend, is blowing in the wind", que diría Bob Dylan

jueves 17 de noviembre de 2011

Lo esencial: el mundo de la cultura y el 20-N

John Steinbeck
Durante los años treinta y cuarenta del siglo XX, el mundo de la cultura vivió de manera intensa las consecuencias económicas y sociales del crack del 29. Hoy no nos es posible desvincular las grandes novelas de Steinbeck, de Faulkner, de Dos Passos o la poesía de Carl Sandburg, o Edgar Lee Masters, de aquella dramática coyuntura. El mundo, conmocionado por una crisis estructural, intentaba primero explicarse las razones que habían llevado a millones de familias a la miseria y, después, encontrar soluciones que permitieran su reconstrucción sobre unas bases distintas. En esa tarea, la labor de escritores, cineastas y artistas plásticos fue de una gran importancia.

Aunque no hubiera una relación mecánica entre cultura y política, las preocupaciones de fondo de la literatura de la época estaban relacionadas con un impulso de las ideas redistributivas que se abrían paso en la economía en la posguerra norteamericana y europea. Galbraith sucedía a Keynes y en Europa la clave de una sociedad atenta a los más débiles descansaba en la creación de poderosos sistemas de protección social y de eficaces servicios públicos, desde la educación o la sanidad hasta el sistema de pensiones. La literatura crítica no sólo denunciaba las injusticias o recuperaba la memoria colectiva más dramática —Grass, Böll, Martin Walser, Hesse, Camus, Sartre, los “jóvenes airados” de Gran Bretaña —, sino que coadyuvaba a tales avances en el convencimiento de que en cada paso en esa dirección había un empeño moral, un paso hacia la felicidad colectiva. Los mercados o tenían conciencia de la necesidad de limitar beneficios a favor de una sociedad menos injusta o una prevención enorme ante las exigencias de sindicatos y otras organizaciones sociales y ante el referente igualitario que suponía la mera existencia del comunismo en el Este. Y, en tanto, la literatura descendía a las realidades sórdidas, dibujaba las contradicciones sociales o realizaba prospecciones sobre el futuro (Aldous Huxley, George Orwell) en busca de sociedades menos vulnerables a los azares de una economía que, pese a todo, se sustentaba en la lógica del beneficio propia de toda sociedad de mercado. Leyendo las memorias de Günter Grass, o revisando la historia del Grupo 47, parte de cuyos miembros fueron soporte de las campañas electorales de Willy Brandt o activistas contra toda mirada complaciente hacia un pasado ignominioso o contra los retrocesos sociales, se advierte que históricamente el intelectual progresista ha combinado la crítica a la fuerza hegemónica de la izquierda, el SPD, con el apoyo firme en momentos decisivos

En España, la relación del intelectual con la política, especialmente con la izquierda representada en el PSOE, tiene algo de ciclotímica. A grandes idilios suceden gigantescas desafecciones. También aparece marcada por la culpa, por la mala conciencia y por la desconfianza. Incluso hoy, en medio de la más grave crisis en ochenta años, no es difícil encontrarse con la mirada simplista, con la actitud equidistante, con la renuncia a intervenir más allá de lo testimonial. Es casi un lugar común la reiterada tendencia a sucumbir al desencanto, a convertir errores políticos coyunturales (por ejemplo, reconocer tardíamente la crisis) o renuncias marcadas por la dureza del contexto (ejemplo: evitar el rescate y la intervención de nuestra economía en mayo de 2010), en excusas para la enmienda a la totalidad, para la descalificación al conjunto de una política. Es decir, a ser, más que la conciencia crítica del partido mayoritario de la izquierda o el prescriptor del voto a partidos minoritarios, el soporte intelectual de las posiciones abstencionistas, del voto en blanco, de un apoliticismo ácrata cuya consecuencia última (seguramente no pretendida) es facilitar el acceso al poder de la derecha. Falta el término medio basado en el rigor en el análisis, en la frialdad de mente frente a la tentación de la demagogia.

Günter Grass fue activista  en las campañas del SPD
Estar con el 15-M no es, a mi juicio contradictorio ni con el voto ni con la claridad de ideas respecto a la necesidad de apostar por un gobierno más sensible a las políticas reequilibradoras. No se trata del mal menor, sino de rigor, de coherencia. De evaluar, junto a la crítica a las derivas erráticas de un gobierno y a la exigencia de más democracia y más transparencia, qué propuestas permiten avanzar en la Europa social y limitar el poder de los mercados (pese a las nada desdeñables dificultades objetivas), afirmar la civilidad, profundizar la democracia, dignificar y extender la cultura, la educación, el laicismo, los servicios públicos, las políticas por la paz, la afirmación y ampliación de los derechos individuales y colectivos, comenzando por el derecho a la vivienda y acabando por el derecho al aborto, o al divorcio o a una radiotelevisión pública plural y volcada en objetivos de calidad, en la erradicación de la zafiedad y de la telebasura.

Ése es el núcleo, el elemento esencial ante el que el intelectual progresista no puede ser neutral aunque sea crítico, incluso radicalmente crítico, con el balance de un gobierno. Stéphan Hessel, autor de Indignaos y nada sospechoso de conformismo, lo dejó claro en Madrid el pasado mes de septiembre cuando presentó su ensayo Comprometidos. Vino a decir que admiraba a Zapatero y que en caso de tener que votar en España, optaría por el candidato socialista. Demostraba, con ello, clara conciencia de la complejidad de la realidad española y europea y de la necesidad de evitar el triunfo de las políticas más retardatarias y ultraliberales. Más que voto útil, se trataría de responder a una pregunta básica: ¿quién puede contribuir mejor a los avances democráticos, a abrir vías de participación, a establecer un diálogo con los movimientos sociales y culturales, incluso con el 15-M, a establecer mecanismos reguladores en el funcionamiento de los mercados? La respuesta parece obvia.

Al igual que sería un contrasentido castigar a Obama por perder —si así ocurriera al final— la batalla por la sanidad pública y posibilitar con ello un gobierno inspirado por quienes la ganaron y por el tea party, castigar al PSOE por parecidos “pecados”, no llevará, seguro, a un gobierno más a la izquierda, más reequilibrador y más democrático. El resultado, más bien, se situará en las antípodas. Y… ¿por cuánto tiempo? He ahí el nudo del problema: la cuestión esencial que el voto (o la abstención) dirimirá. Ni más ni menos.

jueves 10 de noviembre de 2011

Sylvia & Ted, un libro excepcional leído tardíamente

En abril de 2010, en la Feria del libro de poesía de Soria, Trinidad Ruiz Marcellán, la directora y promotora de la editorial Olifante, me regaló un libro de llamativo título. Sylvia &Ted. Su autor, para mí absolutamente desconocido entonces, era (es) David AceitunoPor la tarde de aquel día (creo que era sábado, un día antes o un día después del Día del Libro) yo leía poemas con Amalia Iglesias en el Casino Amistad Numancia y no estaba entre mis prioridades del momento sumergirme en el libro. Lo guardé y sólo  a mi vuelta a Madrid le eché una ojeada. Recuerdo que antes de abrirlo pensé que se trataba de una recreación de las vivencias en común del matrimonio que durante 6 años, entre 1956 y 1962, formaron Sylvia Plath y Ted Hughes, pareja mítica de la literatura universal. O de un breve ensayo sobre la relación entre las poesías de uno y de otra. Sin embargo, tras leer el espléndido y sintético prólogo de Gonzalo Torné y adentrarme en sus páginas, viví una experiencia apasionante. El libro está compuesto de poemas. En ellos, Aceituno abordaba un recorrido, entre lo emotivo, lo psicológico y lo literario, por una historia en la que el amor y el desamor convivieron durante un tiempo. Por cumplir con algún encargo de crítica a un libro que hoy no recuerdo, tuve que interrumpir la lectura y dejarla para otro momento. Coloqué el libro en un lado de la mesa de mi cuarto de trabajo y a lo largo de las semanas posteriores, sobre Sylvia & Ted se fueron acumulando novelas, poemarios y ensayos de toda índole, enterrando el libro durante un largo tiempo. Otras lecturas y otros encargos fueron distanciándome de él en las semanas y meses posteriores. Hasta el punto de que llegué a olvidarme de dónde lo había dejado. Incluso llegue a creerlo perdido sin remedio. Hace unos días, limpiando y ordenando la mesa, lo encontré. Fue una sorpresa y,  a la vez, una invitación a recuperar la experiencia de lectura interrumpida casi un año antes. Si las bicicletas, tal y como señaló Fernando Fernán Gómez, son para el verano, las lecturas en soledad de libros recuperados que se creían para siempre extraviados son para el otoño.

Sylvia & Ted está compuesto de poemas con una alta carga emotiva,  hondos, escritos con un lenguaje que mantiene un portentoso equilibrio entre lo conversacional y lo revelador. David Aceituno ha  metabolizado la poesía de ambos y, sobre todo, ha asimilado la tormentosa biografía de la Plath, su dolorosa experiencia de lo cotidiano, especialmente la desatención de Hughes, la soledad experimentada al lado de sus hijos y la herida, de consecuencias trágicas, que le produjo la marcha de Ted con su amante Assia Wevill. Sylvia Plath se suicidó el 11 de febrero de 1963 acabando con una vida que se le había hecho insoportable. Aceituno da voz a cada uno de los personajes que protagonizan lo que fuera una historia real. Ted medita, habla con Sylvia, se compadece o se arrepiente. Sylvia se dirige a Ted, recapacita sobre la soledad, sobre la depresión, sobre la imposibilidad de vivir, monologa con Assia, imagina a los amantes. Pero tales procesos meditativos no son construidos por Aceituno a partir de abstracciones. Cada uno de ellos es consecuencia de una anécdota o de un capítulo concreto, extremadamente concreto, casi siempre doloroso para ella y generador de mala conciencia, de tensión e ira, para él.

Por ejemplo: Ted habla de su conversación con Jillian, la amiga de Sylvia en cuyo domicilio ésta se refugió dias antes del suicidio, minutos después del entierro de la propia Plath: "El día de tu funeral le dije a Jillian que nadie te soportaba". Por ejemplo, Sylvia descubre que es engañada: "Supe que todo se había roto /cuando vi que tu traje favorito te quedaba algo más grande".  Por ejemplo, la amante Assia dirigiéndose a Sylvia intentando exculparse por seducir a Ted: "Lo único que hice yo / fue pasar por allí, / poner mi hocico en la tristeza, /husmear una parcela de futuro". Momentos de escritura, peticiones de perdón, súplicas, lecturas de poemas, conferencias impartidas en diversos foros. Parcelas de una biografía que Aceituno recrea a la luz de sus lecturas de la poesía de ambos y tras un poderoso esfuerzo de asimilación de los recovecos psico-emocionales de cada uno de ellos.  Ahora bien: aunque las raíces de todos y cada uno de los poemas de que se compone están en el mundo compartido por Sylvia y Ted, hay que decir que la destreza, el talento y la intuición de David Aceituno los convierte en artefactos absolutamente autónomos, independientes, con sentido en sí mismos.

Es, sin duda, uno de los mejores libros que ha leído en este tiempo. Un libro que lamento haber leído tardíamente. Un libro con múltiples lecturas, polisémico, que es invitación a la relectura y una llamada a la complicidad sentimental, a la apropiación, por parte de cada lector o lectora, del universo recreado. Aceituno, sin ninguna duda, asumió un desafío muy difícil, casi imposible de saldar con éxito. Pues bien: ha sabido afrontarlo y nos ha dejado un poemario de muy alto voltaje. Un poemario que, lamentablemente (aunque haya que asumirlo con deportividad), ha sido silenciado en los medios de comunicación de mayor peso de nuestro país. Y, más allá, del universo de la lengua castellana.

Os dejo con este poema, titulado "Segunda fotografía", en el que Aceituno nos muestra la calidad y la hondura de su sabiduría poética diseccionando la fotografía que sobre el poema se reproduce:


La mirada de Sylvia como un poema no escrito.
Incluso el biógrafo más severo hablaría de amor: 
no desea poseer al objeto amado porque ya le pertenece.
Una mano podría deslizar su diadema 
hasta taparle los ojos 
y todo seguiría igual.

"Los contrastes se agudizan en las fotografías antiguas",
dice el aficionado, "el color negro impera en Ted
porque el blanco consume a Sylvia".

De la gente con labios finos suele decirse que tienen mala luna,
que son avariciosos y posesivos.
Lo que no se dice es que necesitan poseer para destrozar lo poseído.
Mirad la geometría de su rostro: el dios indestructible
de la corbata negra.
¿Qué se oculta tras su frente?
¿Un mentón es un presagio?
¿Quién de los dos será la primera víctima?



miércoles 2 de noviembre de 2011

Las "provocaciones" de Alberto Olmos y su viejo y conocido trasfondo

En El Cultural de El Mundo correspondiente a la semana del 14 al 20 de octubre, leemos, en portada y sobre un fondo constituido por el rostro en primer plano del autor que protagoniza uno de los reportajes largos de la revista, el siguiente titular: "Alberto Olmos. El último provocador de nuestras letras ataca en Ejército enemigo, su última novela, la corrección política que invade la literatura". El titular, obra de Nuria Azancot, la entrrevistadora, invita a conocer a un autor sin pelos en la lengua, cuya literatura supone una provocación a las verdades establecidas y un desafío a lo que él denomina "corrección política". Es un buen argumento para generar expectativas, vender el suplemento y, a la vez, ayudar a la venta de ejemplares de la novela glosada.

Alberto Olmos.
De la entrevista a Olmos llama la atención su juicio sobre dos aspectos, que creo esenciales, de nuestra realidad literaria. Olmos, jaleado por la entrevistadora, ha publicado, según se lee en la entradilla "una diatriba implacable contra la solidaridad y su fracaso". En efecto, a lo largo de la entrevista, el joven narrador se extiende en una serie de opiniones relacionadas con la política , con el compromiso de determinados artistas y con principios como la solidaridad, la moralidad del compromiso, sobre los ejemplares que uno ha de vender para considerarse escritor que, lejos de suponer una provocación con la mirada proyectada hacia el futuro, como hace suponer el título del reportaje, es una suma de lugares comunes que, en cuanto se araña mínimamente, conducen a la defensa del mundo tal y como ha sido concebido por los sectores dominantes: es decir, su provocación, desde el punto de vista político, está cargada de las convenciones de la derecha más rancia, más descalificadora del compromiso del intelectual que pulula por nuestro país.

No entro en el contenido de la novela, que no he leído, sino en la panoplia de juicios sobre todo lo que no esté relacionado consigo mismo y con su vocación de escritor de éxito. Olmos afirma que su libro ha sido inspirado, entre otros, por aquellos "artistas que disfrutan de vidas regaladas desde que vinieron al mundo, que jamás han tenido problemas para conseguir trabajo o ni han tenido que cargar cajas o atender en un call center". ¿A qué artistas se refiere?, se pregunta el lector. Porque en todos los ámbitos de la sociedad, algunos mucho más dañinos para la vida cotidiana de los ciudadanos, hay gentes que disfrutan de vidas regaladas desde que vinieron al mundo. Precisamente, en el de los artistas es en el que quizá hay menos personas con vida regalada desde que nacieron. Poco después, siguiendo la lectura de la entrevista, nos enteramos de quién se trata: "es que el discurso del progre solidario", afirma Olmos, "me pone histérico: me ofende esa gente que disfruta del capitalismo salvaje pero que como está afiliado a Unicef o a Greenpeace, se siente libre de toda culpa, va a manifestaciones y da lecciones para salvar el mundo". Ahí le duele. Estamos ante un argumento muy parecido al que enarbolan los columnistas de determinados medios relacionados con el conservadurismo más extremo contra todo artista, si es conocido con más razón aún, que defiende posiciones progresistas, que se manifiesta con los parados, con las causas ecologistas, por la paz, los que encabezaron el "no a la guerra" en 2003-2004. Es decir, "los de la ceja" en algún caso, los que sintonizan con Izquierda Unida en otros, los que salen a la calle hombro con hombro con los sindicatos en los de más allá o los que han estado, el 15-M o el 20-O en la Puerta del Sol.

No sabemos si Alberto Olmos preferiría artistas, acomodados o no, indiferentes ante las tragedias humanas, encerrados en la urna de cristal, o si de lo que se trata es de criticar las causas por las que esos artistas se movilizan o se asocian (sea en Unicef, sea en Greenpeace): la solidaridad, la paz en el mundo, la lucha contra el hambre. Prefiero un noble comprometido con las causas de progreso (véase el caso, en la Italia de los años 70, de Enrico Berlinguer), o un empresario encabezando iniciativas en esa dirección que dedicados sólo a lo suyo o ejerciendo de puros defensores de sus derechos de casta o de clase. Parece ser que el personaje de su novela es de los que se "despachan" contra esos artistas y critican la solidaridad "fracasada". De lo cual, se deriva que ésta sería una causa errática. En consecuencia, no se trata de una provocación innovadora en el campo de las provocaciones. Se trata de alinearse con viejas acusaciones aunque, eso sí, llegando al grado de histerismo (porque el compromiso de otros, tal y como responde a Nuria Azancot, le ofende y le pone histérico)..

Claro, después de moralizar con vehemencia acerca de la inoportunidad del compromiso con determinadas causas, Olmos, intentando distanciarse de la intencionalidad política de las últimas novelas de Belén Gopegui, añade: "los escritores no somos ni sacerdotes ni moralistas y (que) la literatura debe ser espectáculo". ¿En qué quedamos?

A ese abanico de afirmaciones relacionadas con la política, agrega unas cuantas relacionadas con la literatura y en las que transpira una cierta vocación por emular la peripecia de los best-seller, aunque diciéndolo de manera oblicua. Dice Olmos: "yo no puedo ir a la calle y creerme escritor si sólo me leen quinientas personas".  Es obvio que el novelista tiene ambiciones. No sé si literarias: desde luego sí de que compren sus libros. Ése deseo forma, sin duda, parte, del catálogo íntimo de deseos de todo autor de un libro: vender el mayor número de ejemplares posibles. Pero vincular las ventas masivas al convencimiento propio sobre la condición de escritor va una gran distancia. La que va de la boutade a la afirmación rigurosa. Acerca de ello ha escrito un magnífico artículo Ignacio Echevarría titulado "¿Cuántos lectores necesita un escritor?". Leamos un fragmento:

"Quinientas personas, a Olmos le parecen pocas. Eso despeja el panorama, pues de un plumazo se barre con un elevadísimo porcentaje de quienes se toman por escritores, ilusos ellos. Para ir por la calle creyéndose escritor él necesita que lo lean cuántos: ¿mil, diez mil, veinte mil? Y ese número, ¿establecería algún tipo de grado o de precedencia? Quiero decir, ¿se es más escritor si te leen diez mil que quinientos? Bueno, claro, en cierto modo sí. Lo que pasa es que, conforme a ese criterio, escritores-escritores, de esos que pueden ir por la calle diciéndose, muy ufanos, ¡soy escritor!, lo son, sobre todo, dejémonos de gaitas, Carlos Ruiz Zafón, o María Dueñas, o Arturo Pérez Reverte. Por debajo de ellos, sumidos en dudas cada vez más desgarradoras acerca de sí mismos según se desciende en el escalafón, estarían los demás, hasta llegar a ese montón innombrable de quienes publican libros que apenas venden quinientos ejemplares."
Aviso para navegantes, sobre todo para poetas, premios nacionales y de la crítica incluidos: no deben considerarse escritores si no los leen más de quinientas personas. Es, sin duda, su opinión. Una opinión legítima y respetable, pero que no puedo compartir. El número de lectores de un libro depende de factores que van del sello editorial que lo publica hasta la distribución pasando por la provincia en que sale o la repercusión en los medios. En todo caso, hago mías las palabras de Echevarría.

Por último, Nuria Azancot cuenta de él: "asegura ser un lector 'cargado de prejuicios' que no lee novelas sobre la guerra civil, el holocausto ni premiadas, pero que siente gran curiosidad por los creadores más jóvenes, aunque algunos 'sean deleznables' ". Casi nada. Eso no es ninguna provocación sino sumarse a una corriente tan real como la vida misma y alineada, en la mayor parte de los cosas, con una visión conservadora del mundo. Son muchos los artículos en contra de la recuperación de la memoria histórica, en contra de las novelas sobre la guerra civil o sobre el Holocausto: "quien pierde la memoria, pierde identidad", escribió y cantó Raimon. Deduzco, por ello, que entre los "deleznables" de los creadores más jóvenes están las que aluden , directa o indirectamente, a esos temas o a la memoria que de ellos perdura en el presenteo: pienso en Isaac Rosa, en Menéndez Salmón, en Marta Sanz,  en tantos otros.

viernes 14 de octubre de 2011

Símbolos de un tiempo oscuro: insultos de piedra

Cuando se reflexiona sobre la pervivencia de símbolos del franquismo en Madrid suele aludirse, casi en exclusiva, al Valle de los Caídos, a su presencia como expresión de la imposición de la dictadura a la voluntad democrática de los españoles, como testimonio, en piedra, de la más dura represión, de la condena a trabajos forzados de miles de republicanos, de las penalidades indecibles que, por el "delito" de defender a las instituciones democráticas, tuvieron que sufrir miles de demócratas. 

El monumento de Lozoyuela. Perspectiva completa

No se alude, sin embargo, a la humillación silenciosa que permanece en muchos pueblos pequeños de la región. Madrid no sólo es su capital, ni su área metropolitana. Madrid se compone, también, de más de un centenar de pequeños municipios a los que, a veces, quienes viven en la capital, tengan la edad que tengan, asoman en alguna excursión o por motivos que no hacen al caso. Son lugares poco conocidos en los que, sin embargo, los símbolos del franquismo más duro se mantienen intocados. Conozco, por razones íntimas y literarias (que, seguro, no escapan a los lectores de este blog) muchos de los pueblos de la sierra norte madrileña. Pues bien, en buena parte de ellos se mantienen plazas y calles con los nombres de generales y otros personajes de la dictadura. Las "plazas del Caudillo", o las avenidas o calles de "José Antonio Primo de Rivera", son, entre otras, el pan de cada día en esas localidades. Es como si la alargada sombra del fascismo español se hubiera proyectado con especial dureza en esa zona. Han pasado más de setenta años desde el final de la guerra, varias generaciones han crecido ya en democracia, pero la simbología fascista ahí permanece.

Por razones diversas, he tenido que indagar en el pasado de este territorio, sobre todo en el de los años de posguerra. Es un pasado que está lleno de zonas oscuras, de sevicias, de atentados al derecho internacional, de crímenes contra la Humanidad. Presos que construyeron el ferrocarril Madrid-Burgos, presos que levantaron la presa de Riosequillo, a tiro de piedra de Buitrago de Lozoya, presos que edificaron las estaciones de Bustarviejo (donde aún son visibles los barracones donde dormían) y de otras localidades, presos que vivieron humillaciones sin cuento en el ya aludido Bustarviejo, en el campo de trabajo de Garganta de los Montes, en el destacamento penal de Chozas de la Sierra, en Venturada.... Es decir: presos, presos, presos que estuvieron cautivos y trabajando para redimir penas, hasta bien entrada la década de los cincuenta.

Detalle: parte trasera del monumento. Lozoyuela
Pues bien, hace un par de semanas, paseando con unos amigos por el pueblo de Lozoyuela, situado en el kilómetro 69 de la Nacional I, me sorprendió encontrar un auténtico santuario dedicado a Franco y al franquismo. Está proyectado hacia la carretera aunque no es visible desde la misma porque las mamparas anti-ruido no lo hacen posible. Pero sí se puede ver, en su totalidad, paseando por el interior del pueblo, en su límite sur. Dos reproducciones, en piedra, del yugo y las flechas de falange y una cruz en medio, también en piedra, con el archisabido "caídos por Dios y por España", insultan al caminante, se burlan de la Constitución, pisotean la memoria de los vencidos, de los fusilados, de los desaparecidos y escupen sobre la voluntad de construir, de manera definitiva, un país radicalmente democrático. En las fotografías que reproduzco, tomadas al atardecer, podéis ver la dimensión del desmán.

Una semana después, paseando por el hermoso pueblo de Pinilla del Valle, en pleno idem del Lozoya, el amigo que nos acompañaba, señaló un texto pintado en el muro de su iglesia parroquial (de magnífica fachada barroca): "José Antonio Primo de Rivera. ¡Presente!". Repito: en la puerta de la iglesia, bien visible, sin alusiones a otros "caídos". Como puede verse en la fotografía, la letra está cuidada, la pintura renovada y aparece tan visible que casi te asalta al llegar al pórtico: es decir, una auténtica provocación.

Si uno recapacita sobre la derecha que nos está tocando vivir en España, una derecha que, a la altura del actual 2011, se ha negado a calificar el levantamiento contra la República de golpe de estado y a condenar el franquismo, y piensa en el horizonte del 20-N no puede por menos que sentir un cierto temor y mucha prevención. La derecha (el Partido Popular y algunas variantes de formaciones independientes) gobierna muchos de estos pequeños pueblos y nunca ha tenido un mínimo gesto de compasión con quienes durante décadas han vivido bajo el silencio al que les obligaba sus viejas militancias izquierdistas, o el hecho de tener familiares que fueron encarcelados o fusilados... La humillación permanente a lo largo de 40 años se prolongaría, trocándose en impotencia y miedo, durante la transición y en lo que llevamos de democracia. Los símbolos se mantienen no sólo porque esa derecha incivilizada, que añora los tiempos de la dictadura, ha impedido por todos los medios que desaparecieran. Se mantienen, también, por el miedo los las gentes de izquierda, de los vecinos que han arrastrado y heredado de padres a hijos una memoria cruel, terrible, aterrorizada. Y, por supuesto, por la falta de coraje y de firmeza democrática de quienes han gobernado y gobiernan.

Iglasia de Pinilla. Lema grabado en el pórtico

En la Comunidad de Madrid, gobernó Leguina durante doce años y muchos de sus consejeros visitaron estos pueblos, en los que la inversión del gobierno regional hizo auténticos milagros en la mejora de la calidad de vida, de las infraestructuras, de los servicios. Pues bien, esa simbología se mantuvo intocada. Sólo en algunos pueblos se renombraron plazas de nombre sedicioso con el de plaza de la Constitución, pero poco más.  Después vinieron Ruiz Gallardón y Esperanza Aguirre: no parece que fueran los más adecuados gobernantes para proceder a una operación que es infnitamente más que un "lavado de cara" de los pueblos: es una adaptación radical y valiente a la democracia.

¿Alguien puede imaginar, en la Alemania de hoy la existencia de una "plaza del Führer", o de una "avenida Adolf Hitler", o de una "travesía del Tercer Recich"? ¿Y en la Italia democrática plazas dedicadas de Mussolini, al conde Ciano o a la "Marcha sobre Roma"? No, ¿verdad?. A todos los alemanes e italianos con un mínimo de conciencia democrática les avergonzaría. Pues a mí me avergüenza, me llena de ira, me produce una infinita desolación la presencia de los citados símbolos en estos pueblos. El partido socialista, una de las víctimas esenciales del franquismo, ha gobernado en España, entre unas legislaturas y otras, más de 20 años. En la Comunidad de Madrid, nada menos que doce. Pues bien, de poco ha servido en estas pequeñas ciudades: si algún demócrata, o progresista del pueblo ha pensado alguna vez en exigir la erradicación de tales ignominias le ha vencido el miedo y, quizá, la falta de firmeza de sus gobernantes.

En mi novela La mujer muerta intento arañar en la memoria atormentada de estos pueblos. Escribo sobre la presencia, más de medio siglo después del final de la guerra, de los fantasmas que perviven en la conciencia de sus habitantes. En Trenes en la niebla, con la recuperación de la experiencia colectiva de un campo de trabajo en uno de sus pueblos, intenté concretar en una realidad que fue "real", mensurable, esa conciencia. Pues bien, estas fotografías son la evidencia terrible de que esos fantasmas no han muerto: están muy vivos y los alimenta una derecha que nunca pensó que podría dejar de ser quien rigiera los destinos de este país.


domingo 25 de septiembre de 2011

Mis lecturas de Juan Benet y su mundo de sombras.

No tuve oportunidad de conocer personalmente a Juan Benet aunque algunos de los amigos que frecuenté a lo largo de la década de los ochenta y principios de los noventa lo conocían bien y podían habérmelo presentado. Cuando murió, lo lamenté profundamente. Por su talla literaria, por su sólido y riguroso bagaje intelectual y por su actitud un punto provocadora en la polémica, fuera literaria, política o filosófica. Llegué a su obra casi por casualidad. Fue a finales de los años setenta, cuando ya había leído las novelas más emblemáticas de sus compañeros de generación como Juan Marsé, Carmen Martín Gaite, Juan y Luis Goytisolo, Juan García Hortelano o del gran olvidado Jesús Fernández Santos, autor de Los bravos, el gran libro de cuentos, junto con El corazón y otros frutos amargos, de Aldecoa, de esa etapa. También después de haber leído Tiempo de silencio, la novela en la que el canon suele situar el comienzo de la renovación estética de la narrativa social en la España de los 60, algo que Benet nunca llegó a aceptar pese a la amistad que mantuvo con el escritor navarro. La mía fue, por ello, una lectura tardía. 

¿Por qué ese retraso en la lectura de Benet? Aunque nunca me ha planteado buscar las razones auténticas, hoy, con la perspectiva que aporta el paso del tiempo, sí podría acercarme a ellas. O, al menos, a una que creo me parece esencial: influyó, con toda seguridad, el fondo de soberbia con que solía opinar de la realidad literaria de nuestro país. Esa percepción se afianzó con la lectura, en Cuadernos para el Diálogo, de la polémica que mantuvo con Isaac Montero a propósito del compromiso del escritor en la propia obra. Al tono de autosuficiencia se añadió el desdén con que valoraba la novela crítica, el realismo social. El tono y el enfoque, en unos años en los que todavía estaba actuando la dictadura, me parecieron una forma de eludir el conflicto sociopolítico, de minusvalorar el riesgo que habían asumido no pocos escritores (desde Armando López Salinas o Juan Marsé hasta el propio Isaac Montero o los narradores exiliados) escribiendo novelas y cuentos con el objetivo de cambiar el mundo, de resquebrajar el franquismo.

Edición en bolsillo de 1974,
hoy inencontrable. 
Sin embargo, mi opinión cambió cuando me enfrenté a su obra. Empecé por Volverás a Región.  Era otra literatura, alejada de los modelos de literatura social a os que estábamos acostumbrados. Me sedujo el mundo en claroscuro que describía, el territorio mítico en que se constituía Región, un lugar sombrío, cruzado por los fantasmas de la Guerra Civil y como desgajado del tiempo. Era una geografía con pueblos perdidos (Macerta, el valle del Torce, Bocentellas... qué hermosos nombres), con trenes con destino incierto, con estaciones abandonadas, en las que apenas se detenía algún convoy inesperado, una geografía sometida a la mirada de un extraño guarda forestal, un ser omnipresente e invisible a la vez, una amenaza sin forma. La naturaleza casi nocturna, los riscos, los caminos borrosos, los hombres y las mujeres viviendo, desde el hondón del drama de la guerra, una realidad desesperanzada, la incertidumbre pesando como una inmensa losa sobre todos. Todo ello conformaba el mundo de Región.y  ofrecía al lector, en la España de finales de los años sesenta, un escenario extraño, duro, pero brutalmente vinculado con los fantasmas que, casi adolescente, recordaba haber vivido en mi familia (y en las familias de mis amigos). Curiosamente, Juan Benet, que desdeñaba la narrativa del compromiso, ha escrito una de las novelas más estremecedoras, más cercanas a la médula de las contradicciones vividas en nuestra guerra civil y más enraizadas en el núcleo duro de nuestra memoria histórica.

Un mundo  (aunque vivo) detenido en un tiempo dramático, como si  contuviera un espejo en el que nuestra sociedad, las distintas generaciones que la componen, han de mirarse siempre. Una realidad misteriosa y viva. Una naturaleza dura, extrema, que Juan Benet metabolizó a lo largo de los años (en las décadas de los 50 y 60) en que, como ingeniero de caminos, dirigió la construcción de presas al norte de León, en zonas limítrofes con Asturias. Todo eso me fascinó de Región. Y todo eso volví a encontrarlo en El aire de un crimen, en Una meditación (novela que leí trabajosamente), en una de sus últimas obras, En la penumbra y, de manera muy especial y casi absorbente, en dos cuentos estremecedores, Numa y Una tumba, dos cuentos cuya mero recuerdo me devuelve viejos aromas de hojarasca, de bosques invernales, y en la hexalogía Herrumbrosas lanzas, una auténtica epopeya sobre la guerra, en la que las estrategias militares se mezclan con las pasiones más oscuras y perversas y con los sentimientos más nobles y justos y en la que Región cobra una densidad y una textura envolventes. Con ese mundo en claroscuro he vuelto a conectar en estos días al hilo de la lectura de los relatos inéditos que Tusquets acaba de publicar bajo el título Variaciones sobre un tema romántico. especialmente en la cuarta variación, titulada La hostería. Es un texto breve pero con una gran intensidad: ésta se deriva de la atmósfera regionata que lo invade de principio a fin. He subrayado un fragmento que no sitúa en el misterio de Región:
"Por otra parte el hostal se hallaba desierto y un teléfono de manivela colgado de la pared detrás del mostrador de recepción tan sólo respondía a sus insistentes llamadas con un indiferente zumbido de caracola, a veces salpicado de extrañas y lejanas voces inconexas que ni siquiera cabía interpretar como residuos de conversaciones perdidas por el éter, sino, acaso, como extremados suspiros de almas en pena desperdigadas por la montaña que el alambre recogería a su paso por lugares siniestrados".
Cierto que Benet fue también Otoño en Madrid hacia 1950, una pequeña joya cuya lectura recomiendo en la que, frente a la influencia de Faulkner del conjunto de su obra,se proyecta la sombra de Baroja, pero el Benet que hice mío, al que releo de vez en cuando, es el Benet que habita Región. Esta pasión por su literatura, no contradictoria con mis devociones por otros narradores del 50, no se prolongó, sin embargo, con sus "discípulos". Alejandro Gándara, Javier Marías o Vicente Molina Foix, sus tres seguidores más reconocidos nunca alcanzaron la profundidad y la solidez del más faulkneriano de nuestros narradores. Es más: tengo para mí que hicieron una lectura parcial de sus novelas (y dudo que una obra como Herrumbrosas lanzas fuera leída en su integridad por ellos). Su lectura es esencialmente estética, como réplica a lo que ellos llamaron costumbrismo, no en su proteína, en su condición de indagación en las zonas oscuras de nuestra memoria colectiva, de los espacios irracionales de una contienda todavía viva en nuestras conciencias. .

Paisaje en los montes de la Puebla de la Sierra.
He de confesar que la lectura de Volverás a Región me produjo un impacto similar al que, diez o doce años después, experimenté con la La piel del lobo del austriaco Hans Lebert. Un impacto que tuvo mucho que ver con el protagonismo que en ambas novelas juega la naturaleza como demiurgo que actúa de modo misterioso sobre el comportamiento de hombres y mujeres. Esa naturaleza, que Benet absorbió (y, añado, de la que se enamoró) mientras trabajaba en la construcción del pantano de Porma en la provincia de León entre 1962 y 1964, ha pasado a formar parte de mi personal mitología. Digo más: los parajes que en el límite nordeste de Madrid, entre Montejo de la Sierra y la Puebla y, más allá, hacia la sierra de la Tejera Negra, tienen similitudes muy notables con la Región descrita por Benet. En esas tierras casi deshabitadas todavía se respira el aire de una posguerra no acabada. Tal vez por ello, formaron parte de una de mis novelas más extrañas,  La mujer muerta. Cerbal, Brezo, Fresneda no sólo son hijas de mi presencia asidua desde el final de mi adolescencia en los pueblos abandonados de esa sierra:  son, también, deudores del mundo narrativo de Benet, de un territorio al que nos invita a entrar del siguiente modo al comienzo de su Volverás a Región:
"Es cierto, el viajero que saliendo de Región pretende llegar a su sierra siguiendo el antiguo camino real --porque el moderno dejó de serlo-- se ve obligado a atravesar un pequeño y elevado desierto que parece interminable.// Un momento u otro conocerá el desaliento al sentir que cada paso hacia adelante no hace sino alejarlo un poco más de aquellas desconocidas montañas."