lunes, 11 de marzo de 2013

Gabino-Alejandro Carriedo: un descubrimiento de 1980

En 1980 yo acudía un par de veces a la semana a reuniones en las que lo político y lo cultural se mezclaban y que se celebraban en un local al lado de la estación de Metro de Ópera, cerca del Teatro Real y de la plaza de Oriente. Aunque casi siempre volvía a casa tomando el metro en esa estación, en ocasiones caminaba hasta la Puerta del Sol y me detenía, por un tiempo interminable, en una librería que tenía algo de lugar de lo maravilloso. Era la librería Abril, en la calle Arenal, a unos trescientos metros de la plaza de Ópera. Eran días convulsos, de grandes mutaciones políticas, sociales y culturales (se iniciaba por entonces "la movida madrileña", se cocía el 23-F, la democracia naciente tenía el primer alcalde de izquierdas en Madrid con Tierno Galván) y mi nivel de compromiso era absorbente hasta límites hoy inimaginables. En ese ambiente, la librería Abril, en aquellos regresos de media tarde, era, para mí, una isla en la que yo me sumergía durante un buen rato en la lectura, al azar, de poemas de los poetas más extraños. Allí, años antes, había comprado el libro Poesías escogidas, un antología de José Hierro editada en 1960 por Losada en Buenos Aires (una primorosa edición que ha desaparecido de mi biblioteca, lo que me hace pensar en un descuido de alguno de mis amigos), y allí, tal y como pude leer tiempo después, se trasladó la tertulia que Pepe dirigía en el Ateneo, tal y como lo cuenta Pedro J. de la Peña en su libro José Hierro. Vida, obra y actitudes: "La tertulia poética que Hierro dirige en el Ateneo acaba siendo censurada y se traslada a la librería Abril, en la calle Arenal. Dirigida por Carmina Abril, José Gerardo Manrique de Lara y Pepe Hierro. Se inauguró con una lectura de poemas de Vicente Aleixandre", escribe.

 Uno de aquellos días, ojeando y hojeando libros en la sección de poesía me tropecé con una novedad en la que una rara conexión entre el título Nuevo compuesto descompuesto viejo y el nombre de su autor, Gabino-Alejandro Carriedo. Título y autor tenían extrañas resonancias campesinas, agrarias, rurales, una impresión que no traicionó el primer poema del libro que leí. Fue un poema al que me enfrenté al azar en la misma librería y cuyo comienzo se me quedó grabado. Durante muchos años lo mantuve vivo en la memoria. El poema llevaba como título "Noticia al atardecer" y comenzaba así:

"Hace tiempo debí escribirte carta,
decirte, entre otras cosas, "en la provincia llueve,
mi hermana se ha metido monja
y yo perdí el empleo".
Tú hubieras contestado con tu letra
galante en el papel:
"Siento lo de tu hermana,
pero me alegro de la lluvia
que beneficia a los cautivos".

Era un tono conversacional, directo, que me recordó algún poema de Eladio Cabañero, pero cuya sequedad lo dotaba de una emoción distinta: dura, casi agreste, menos sentimental que la de Eladio. Aquella antología, editada por Hiperión cuando todavía sus libros llevaban en la contraportada el epígrafe "Poesía Hiperión - Ediciones Peralta", contaba con un prólogo espléndido del por tantas razones poeta irreverente Antonio Martínez Sarrión. Era un prólogo ácido, directo, que tuvo no sólo la virtud de darme a conocer algunas de las claves de la obra de Carriedo, sino de situarme en cierto espacio, el madrileño, de la generación del cincuenta y sus alrededores, generación cuya peripecia siempre me había llegado vinculada a la peripecia de la Escuela de Barcelona. Sarrión lo sitúa en los aledaños de la cafetería Pelayo "donde todavía coleaba en el 63 la tertulia de la flor y nata del 'realismo social madrileño' ", y nos cuenta cómo cada tarde lo rescataban de su despacho funcionarial (Carriedo fue, hasta sus últimos días, un funcionario dedicado a editar revistas de urbanismo) para llevárselo de vinos y de conspiraciones literarias y políticas en aquel Madrid que crecía, pese a todo, bajo la alargada sombra de la dictadura.

Leí los poemas de aquella antología con la sorpresa de quien ignoraba casi todo de la existencia de aquel magnífico escritor. Y fui descubriendo a través de ellos la respiración de una vanguardia que, en aquellos años (hablo de finales de los setenta/ principios de los ochenta) era desconocida para los poetas más jóvenes: el postismo, en su primera (Carlos Edmundo de Ory, Chicharro, Sernesi) y en su segunda (el propio Gabino-Alejandro y Ángel Crespo) generación. En Nuevo compuesto descompuesto viejo había poemas de dos libros inéditos de su época postista, La piña sespera, de 1948, y La flor del humo, de 1949, y una amplia selección de textos, de un alto nivel de calidad, de sus libros publicados hasta entonces, desde Los animales vivos (1951) hsta el emblemático Política agraria (1963). También se recogía, bajo el título genérico Poesía 1970-1979, una colección de poemas de diversa temática escritos a lo largo de la década que acababa de cerrarse.

Gabino-Alejandro Carriedo era un poeta extremadamente singular, en el que vanguardia y compromiso social, militancia cívico-política y empeño innovador establecían una relación dialéctica. Nada fácil en el tiempo de la dictadura, pero imprescindible para avanzar en el territorio de la poesía. Su lírica era (es) agraria y arraigada y, a la vez, urbana y desarraigada. Era seca y tierna al mismo tiempo, localista y universal, abstracta y concreta en un mismo empeño. La arquitectura, las tierras de Castilla, el dolor por una Guerra Civil vivida en la niñez pero con cuya sombra interminable convivió, los lugares de la España interior, como heredados del espíritu más insumiso y desafiante del 98 (pienso en Machado, en el Unamuno más radical)  como Cuenca, Sepúlveda, Madrid y sus ríos, las tierras y campos de labor de la España cereal. Pero su poesía era (es) también intimidad y emoción, homenaje al padre (magnífico el poema "Recordando a mi padre" de El corazón en un puño) y memoria de la infancia y de la adolescencia

Evoco aquella lectura y me llega el recuerdo de una poesía mezcla de centeno y cubismo, de abstracción (Chillida, Manolo MIllares, Oteiza, Mondrian) y casticismo del bueno. No es de extrañar: su compromiso postista se trocó, años más tarde y al lado de Ángel Crespo, en el llamado "realismo mágico", el pajarerismo, un claro anticipo de lo que años después nos vendría de la mano de los narradores del "boom" latinoamericano aunque en aquel tiempo Carriedo lo alimentaba de la mejor poesía luso-brasileña (de Pessoa a De Andrade). En todo caso, he de subrayar que en mi lectura de entonces advertí un vacío en la selección de poemas: áunque Martínez Sarrión aludía en el prólogo al primer libro de Gabino-Alejandro, Poema de la condenación de Castilla (1946), entre sus páginas no se recogía un sólo poema del mismo. ¿Por qué? Es una incógnita que quizá algún día pueda resolver. Hoy ese libro es casi imposible de conseguir o encontrar: en internet, hace un rato he encontrado un ejemplar de aquella edición (reproduzco fotografía de la portada) a un precio de 500 dólares de vellón. Casi nada.


Portada de "Poema de la
 condenación de Castilla"
De otro lado, yo no sabía cuando compré en la librería Abril aquella antología que su autor ya estaba dialogando muy en serio con la muerte, que vivía en San Sebastián de los Reyes (un hervidero de la izquierda y del movimiento vecinal en los años setenta) y que en septiembre de 1981, un año después de que yo me hiciera con Nuevo compuesto descompuesto viejo iba a morir en soledad y víctima de un infarto de miocardio. Con él se fue una aventura literaria que estuvo a punto de ser anegada por las canonizaciones prematuras a las que se suele entregar nuestra universidad y por una crítica periodística poco amiga de la insumisión ética y estética. El pájaro de paja (qué maravilloso título para una revista), Deucalión, Doña Endrina, La Cerbatana, Postismo, Poesía de España...  fueron revistas que nacieron, crecieron (poco) y murieron entre 1945 y 1970 con un afán desafiante y, a la vez, con una conciencia clara de las dificulatades a las que se enfrentaban. De Gabino-Alejandro sabría mucho más gracias a otro libro, recibido en mi domicilio a finales de los años noventa: se trataba de El libro de las premoniciones (1999), publicado por la mítica editorial El toro de barro, en la nueva etapa abanderada por Carlos Morales. El libro, cuidadosamente editado, con epílogo del propio Carlos e introducción de Francisca Domingo, recogía los poemas en los que Carriedo había sintetizado el diálogo con la muerte al que antes me refería. Poemas premonitorios, duros, de un trasfondo gris y pesimista.

Como todo hijo de vecino, yo llevo conmigo una habitación imaginaria para que vivan en ella mis fantasmas literarios. Éstos son los poetas extraños, raros, marginados, no siempre malditos, pero de un enorme calado emocional, estético, ético: en esa habitación ocupa un lugar preferente Gabino-Alejandro Carriedo. Conviviendo, como no podía ser de otra manera, con otros: Miguel Labordeta, Justo Alejo, Aníbal Núñez, Eladio Cabañero, Carlso Sahagún, un casi desconocido Julio  Garcés, José Luis Prado Nogueira  o un Federico Muelas casi desconocido: irracionalista, experimental, surreal, extraño, muy alejado del sonetista propenso al garcilasismo que todos conocemos y que no hace mucho nos dio a conocer esa rara avis de la militancia poética llamdo Carlos Morales del Coso.

Dejo al lector con un poemas póstumo de Gabino-Alejandro recogido en El libro de las premoniciones. El poeta se enfrenta a la soledad y a la muerte. Desolador y maravilloso:

OTRA TARDE DE DOMINGO*

LLAMA a la puerta el ogro
de la soledad.
El ogro abominable
de la soledad.
El del silencio, el de ecos
imposibles,
el de llantos lejanos de niño,
el de niñas jugando en el próximo
jardín,
el ogro de la soledad.
El de sombras crecientes en la tarde
del cuarto de estar.
El del tic-tac inexorable
del reloj compañero.
Viene el ogro desmantelando
las últimas ilusiones,
las llamadas últimas
de la esperanza.
El ogro frío de la orfandad
dominguera y vacía.
El del avión
que cruza el cielo.
El del teléfono callado,
el del retrato inmóvil.
El ogro de la copa repetida
y el libro abandonado.
Llama a la puerta el ogro
de la terrible soledad.

Preámbulo del silencio
antesala de la muerte
presagio al fin final
donde nada acontece.
Ni te llama.
Ni te espera.

viernes, 11 de enero de 2013

Un poema rescatado de mi primer libro: "La visita"

Pocas veces aludo a mi primer poemario en mis recuentos bibliográficos. Casi siempre arranco el "catálogo" con El vuelo liberado, aparecido en 1986 en Endymion. Sin embargo hubo uno anterior, publicado también por Endymion, de título algo alambicado y muy metafórico: Poco importa romper con las alondras. Fue un libro de formación, con poemas hechos en ese borde contradictorio en el que suelen nacer los textos en los que se recogen, como material de acarreo, las más diversas influencias. Lo publicó Jesús Moya, nuestro entrañable Jesús Moya, de la librería Fuentetaja, promotor de Ciencia Nueva, editor de Marx y Engels, en su colección poética casi recién nacida, en el otoño de 1980: han pasado nada menos que 32 años y algunos meses. Casi nada.

Vista del cementerio civil de La Almudena. Madrid
Pues bien, en ese libro (todavía recuerdo mi encuentro con el primer ejemplar, oloroso a tinta y a papel, en el sótano de Moya y, después, mi viaje en metro desde la Puerta de Toledo hasta Diego de León, releyendo una y otra vez los poemas, acariciando la portada e imaginando cómo sería recibido por amigos y familiares...) dejé parte de mis recuerdos de adolescente empeñado en ayudar a construir una sociedad distinta, mis luchas de barrio y empresa de la pretransición...  Además, tenía un atractivo especial aquella edición: el dibujo de portada, firmado por el pintor y ceramista Arcadio Blasco, que vivía en aquel momento el favor de la crítica gracias a una exposición que triunfaba en Madrid


Desde hace muchos años, tengo un ejemplar de aquel libro con parte de los poemas corregidos con un fino rotulador de tinta verde. Sin embargo no he podido culminar la tarea (y ni siquiera sé si podré hacerlo en el futuro) salvo en lo que se refiere a un poema: su título, "La visita". Es un poema especialmente querido en el que evoco viejas visitas, cuando era niño, al cementerio civil de Madrid, de la mano de mi padre. Eran visitas semiclandestinas, cautelosas, que tenían, para mi padre, mucho de acto civil de resistencia. Y para mí un atractivo extraño aunque sólo llegué a entender su sentid pleno muchos años después.

En junio de 1979 murió mi padre. Y un mes después, moriría uno de mis poetas de cabecera de aquella época, Blas de Otero. Los restos de ambos fueron enterrados en el cementerio civil. Durante muchos años, mis visitas a ese cementerio tuvieron dos destinatarios. Blas y mi padre.

Aquí dejo el poema "La visita". Es el único hasta ahora salvado de la impericia y de las imperfecciones de aquella época tras un largo proceso de corrección. Ojalá os haga sentir, por un instante al menos, una brizna de las emociones que a mi me llevaron a escribirlo.


LA VISITA
                        A mi padre. In memoriam.

No era
la rutina de una cita de trámite.
                                                         Ni siquiera
el acto tan sencillo 
                                    de cerciorarse
de que seguía allí, en el lugar exacto que ocupara
decenios atrás, con la misma inscripción
sobre la piedra.
                              Cruzar la verja,  contemplar  sin miedo
los pasadizos de tierra entre las tumbas,
respirar los cipreses, los rosales,
las yedras, los pétalos ajados, detenerse
ante los nombres grabados en la piedra
de aquellos que tuvieron
más firme el sueño,
era
          un gesto resistente, un acto de la idea,
cada año y el primero de cada mes de mayo.

Mi padre, hecho de viento puro y de inocencia,
compraba los claveles
para aromar el día y la memoria y yo iniciaba
una senda entre dudas, e intuía que una verdad antigua
respiraba en las tumbas despojadas de cruz y de abalorios,
peladas como frutos mas oliendo a las flores
que habrían de crecer, invisibles semillas
que hoy flotan en el aire dibujando
un signo parecido al porvenir.

Cementerio civil de cada mayo, ciudad adormecida
bajo la noche negra del silencio y la bota,
mi padre, en sus caminos, imaginó la luz en la penumbra,
el agua entre la sed, el deseo y la vida
frente a la pesadilla  tejida sobre el mapa, dueña de las ciudades,
del campo, de la niebla y los talleres...

Mi mano
recibía la herencia y algo extraño
parecía temblar en su apretón nervioso (quizá fueran
los guardias civiles en la puerta
el miedo de aquel tiempo).

Ser niño entonces era
llevar algo de ira en los tirantes y él lo comprendía.

Mi andar menudo y frágil,
mi delgadez casi de tisis,
eran el anticipo de un compromiso en ciernes
y él lo comprendía.

Tal vez por ello,
cada uno de mayo
como si celebrara el mes de los claveles
o el resurgir de la naturaleza,
mi padre me llevaba con él al homenaje
a la boca cerrada, al silencio de niebla
de un cementerio civil que quizá fuera
lugar de libertad casi exclusivo
en aquel tiempo.

Había otros, no sólo estábamos
mi padre y yo entre los cipreses.

Hombres de abrigo gris de hombros hundidos
y codos bien gastados
que con gesto furtivo y solidario
cruzaban con nosotros sus miradas
como extraños destellos
de una luz cierta y, al tiempo, clandestina,
(la presencia de los guardias civiles impedía
la formación de grupos
de más de una persona).

Y dejábamos las flores, casi siempre
la tumba preferida de mi padre
tenía por nombre y apellido Pablo Iglesias,
y, al poco tiempo, nos marchábamos.

Ahora sé que con aquella visita, que no era
la rutina de la cita de trámite,
mi padre levantaba un edificio de esperanza
en la cena en familia, como el hombre  que abre
la puerta a nuevas calles y se mira, orgulloso,
en el espejo del deber cumplido
con la vida diaria y con el hijo
que nada conocía
del tiempo en que él fue joven
y había luz en las calles y la gente soñaba
y, a veces, sonreía.

domingo, 9 de diciembre de 2012

López Andrada y el lugar de la niebla y la derrota

Hace algo más de un año recibí un hermoso libro de Alejandro López Andrada, Las voces derrotadas. Los azares y prioridades de la crítica en los periódicos no siempre permiten abordar libros de un alto nivel de calidad con el tiempo suficiente. El tiempo de la crítica de poesía en la prensa es lento, exasperantemente lento y muchas veces injusto. Las voces derrotadas fue una de las víctimas de esa lógica y Alejandro López Andrada su principal damnificado.

Alejandro López Andrada
Alejandro es un poeta que entra dentro de la categoría de los que en este blog vengo a denominar "poetas laterales": por su opción poética centrada en la naturaleza y en la memoria, pero también por su circunstancia existencial: vive en medio de la sierra de los Pedroches, en la Córdoba rural y profunda, lejos de la turba ciudadana y del rompeolas literario --que a veces rompe, o destruye algo más que olas-- de Madrid o Barcelona.  Pero es, además, un poeta que frecuenta la prosa narrativa, que se zambulle en la escritura de memorias en las que se mezcla la experiencia íntima y la colectiva. Y es, también, un hombre generoso, cercano, al que nada de lo que en el mundo ocurre le es ajeno.

Lo conocí hace mucho, creo que en la primavera de 1997, en su condición de organizador de unas jornadas sobre "Poesía y paisaje" en Pozoblanco. Miro hacia atrás y veo que han pasado quince años desde entonces y que aquellas jornadas se han convertido en materia de añoranza y de evocaciones (también en recipiente de ausencias, las fotografías que guardo revelan algún hueco de hoy que a todos nos duele). Allí nos encontramos (a muchos los conocí personalmente en aquellos días) algunos de los poetas que pugnábamos por hacer un hueco a nuestra voz en el panorama literario a la sombra (no poética, sino emocional) de Antonio Gamoneda, que oficiaba de maestro de ceremonias, y de  Diego Jesús Jiménez (en todas las jornadas siempre hay algunos de los grandes) . De aquel encuentro poético, en el que con la distancia de los años puedo reconocer una de mis primeras incursiones en  el mundo de las jornadas e intercambios de poetas y críticos, me queda hoy el recuerdo de un Jordi Virallonga desbordante y propicio a las desapariciones de las que todos hablaban o callaban, de mi primera charla con Sergio Gaspar, entonces editor de "éxito" con DVD, de mis conversaciones con Isabel Pérez Montalbán, a quien conocí tras mi lectura en uno de los institutos de Secundaria de Pozoblanco, de un jugoso intercambio de opiniones con el poeta portugués Luis Filipe Sarmento (que, pasado el tiempo, acabaría traduciendo a su idioma mi novela Verano) de alguna larga conversación con Miguel Casado, de una cena con charla posterior con Concha García, poeta residente en Barcelona pero nacida en Córdoba, un viaje en taxi desde la estación cordobesa del AVE hasta Pozoblanco junto a María Antonia Ortega y una borrosa imagen de Alejandro, dedicado en aquellos días a garantizar que todo saliera a la perfección.

Mucho tiempo después, volví a aquellas montañas. Creo recordar que fue en septiembre de 2011 para leer poemas en Pozoblanco  junto a Juan Carlos Mestre. Y pude hablar con sosiego con Alejandro López Andrada, quien, por otra parte, siempre se había cuidado de enviarme sus libros de poemas y sus novelas.  Tuve la sensación de estar frente a una suerte de guardián de la poesía que, contemplando en la lejanía los mundos literarios de Córdoba, Barcelona y Madrid, seguía aferrado a la tierra originaria y a sus fantasmas e intentaba que los poetas que vivíamos en los “grandes” centros literarios del país pasáramos por aquellos pueblos a decir nuestros versos, a compartir con él ratos de complicidad y a convivir con sus fantasmas, con su memoria, con esa verdad tan honda que a veces nos transmite quien está acostumbrado a vivir en soledad, a escribir versos lejos de todo, al margen de todo aunque consciente de que siempre hay un hilo conductor (más aún con las nuevas tecnologías) del que puede tirar cuando lo considera necesario. Y por si el lector quiere conectarse periódicamente con sus escritos y con sus zozobras y certidumbres, Alejando tiene un blog que se mueve entre la reflexión el poema en prosa. Para acceder a él no hay más que pulsar aquí.
Alejandro López Andrada, entre Juan Carlos Mestre y el autor de este blog
Sus libros en prosa, su narrativa (desde Un dibujo en el viento o El óxido del cielo hasta la reciente novela Los ojos de Natalie Wood ) y sus poemas conforman un universo compacto. Es un escritor con mundo, algo que no todos pueden afirmar. Y parte de ese mundo son las “voces derrotadas” que, como avisos o quejas (o ambas cosas a la vez) de una realidad humana devastada y humillada en la postguerra en el valle de los Pedroches, en las montañas que rodean Pozoblanco, se convierten en hermosos y contenidos poemas. Eso es lo que tiembla, respira y emociona en su libro Las voces derrotadas. Ahí está la memoria del padre, la sombra del expatriado, la vieja bicicleta que servía para las confidencias padre-hijo, los niños uniformados y colocados por la OJE en una “hilera humilde”, las huellas de una dictadura alejada de cualquier modo de piedad, que hubo de cobrarse en humillaciones sin cuento el desafío al que se “atrevieron”, durante la República, los desheredados del campo y de la ciudad (y cuya alargada sombra podemos ver hoy en el comportamiento de algún que otro ministro, curtido, de seguro, en la cultura familiar de los vencedores).  Pero todo ese “relato”  se desarrolla y avanza, poema a poema, con el telón de fondo de un paisaje de una belleza no por triste menos conmovedora: los corrales, los huertos, la niebla de los días de marzo (he recordado ahora aquél par de versos maravilloso y hondo de Diego Jesús Jiménez: “Aquellos días de marzo, / llenos de  amaneceres y alfileres”), la arboleda por donde cruza un vagabundo, la luz del invierno, los frutales en medio del campo, la nostalgia de un París vivido a través de otros y en un tiempo difícil...


Comarca de Los Pedroches (Córdoba). Panorámica
Alejandro López Andrada no escribe desde la distancia o desde la impostura. Escribe desde lo vivido, desde la memoria propia y desde la memoria que le legaron sus antepasados. Un velo de frío y de desolación recorre el libro, pero también un hilo de ternura y de calidez, de compasión y solidaridad: ellos, los vencidos, son los suyos, son parte de su carne y el poeta, que siempre ha de nutrirse de verdad --¡cuánta falta de verdad en buena parte de la poesía que hoy se escribe y cómo se nota!--, les rinde el más hermoso de los homenajes: convertir sentimientos en arte, en palabras que revelan y conmueven, en poesía. En la “honda palpitación del espíritu” y en la “palabra en el tiempo” de que nos hablara Antonio Machado, tan presente por otro lado (en su proteína, que es lo esencial), en la obra de Alejandro.

Dejó aquí el poema "Una bicicleta" como hermosa muestra de un libro memorable:

"No he vuelto a oír
la nieve susurrando, hablándole
al silencio con ternura,
hilando en un murmullo la arboleda,
como en aquella noche
tan lejana,
¿te acuerdas, padre?, en que los dos viajamos
por tu memoria
y lento me llevabas
subido en una humilde bicicleta
atravesando el tiempo
que iba abriéndose
como una mano blanca en la espesura."

jueves, 8 de noviembre de 2012

Un almuerzo con Antonio Gamoneda y con "Canción errónea"

El último día del pasado octubre tuve la fortuna de almorzar, por iniciativa de Fanny Rubio, con Antonio Gamoneda. Fue en el Circulo de Bellas Artes, ese lugar que ha acabado por convertirse en escenario de casi todos los encuentros que he mantenido en el centro de Madrid con poetas, narradores y amigos con otras dedicaciones en los último años.  El caso es que Fanny había organizado el almuerzo para obtener apoyos para el proyecto "Espacios de Intercreación / Creadores sin fronteras" y para intercambiar impresiones sobre la necesidad de reforzar los niveles de compromiso de los artistas en estos tiempos de recortes sociales y de retroceso democrático.


Éramos siete u ocho comensales, pero el azar (o la premeditación de Fanny) hizo que en un extremo de la mesa nos situáramos, frente por frente, Antonio y yo. Esa circunstancia convirtió el almuerzo en un reencuentro cálido puesto que hacía al menos seis meses que no nos veíamos --creo recordar que no hablábamos desde la entrega del último premio Cervantes a Nicanor Parra (el chileno no estuvo presente por razones de salud,  fue su nieto Cristóbal Ugarte, quien lo recogió en su nombre) en el acto de la Universidad de Alcalá, donde intercambiamos algunas palabras de trámite-- y era una buena oportunidad para pasar revista a la literatura , a España, a Europa y al mundo, sobre todo con el horizonte de las elecciones en Estados Unidos (todos en la mesa apostábamos por Obama y todos, en parte, somos ganadores). Hablamos, claro, del tiempo transcurrido desde la última conversación que merecía tal nombre, cuando, allá por el año 2008, yo trabajaba en el Instituo Cervantes. de las polémicas y los malos entendidos suscitados a propósito de su punto de vista sobre la obra de Ángel González o de Mario Benedetti, de los ejércitos de viudas y de viudos que les nacen, tras su muerte, a los grandes poetas, y de la suerte diversa, que va de la muerte en vida a la actividad intensa pasando por el pulso débil y el electroencefalograma semiplano, que corren las fundaciones a ellos dedicadas. Nacen para difundir, defender y estudiar la obra del fallecido y acaban siendo un campo abonado para la jurisprudencia sobre la materia y las pugnas entre herederos legítimos, ilegítimos y hasta voluntarios que pasaban por allí. Y cuando funcionan bien, las víctimas propiciatorias de los recortes en cultura, como si las políticas conservadoras tuvieran como enemigos declarados a los poetas. Aunque hayan pasado al "club de los poetas muertos".

Sin embargo, la mayor parte del tiempo la dedicamos a charlar, ayudados por el vino y por una comida modesta y sabrosa, de poesía, de su último libro, Canción errónea (que comencé a leer unas horas después, en el Metro)  y de algo tan inevitable y yo diría que obligado en los tiempos que corren como la crisis económica. Yo no sabía en aquel momento que algunos días después iba a aparecer una larga entrevista en Babelia, por lo que buena parte de las afirmaciones de Gamoneda, que, más o menos matizadas, aparecerían en el suplemento citado, me fueron llamativas y sorprendentes.

Siempre he pensado que Gamoneda es un poeta que, en cada libro, en cada poema, se asoma al abismo. Desde Descripción de la mentira, libro de 1977, ha venido tanteando esa sucesión de ventanas oscuras a las que se asomara  la vida y que sólo descubre --cuando las descubre-- el poeta. Recordamos a Gelman, hablamos, casi de pasada, del gesto de Javier Marías (un gesto ya amortizado políticamente una vez que ha transcurrido una semana desde su rechazo del Premio Nacional) y me hizo saber su desconfianza hacia el mundo de Internet y de las nuevas tecnologías: sus vínculos con esa realidad están delegados en Amelia, su hija, espléndida traductora y veladora permanente de la tranquilidad del poeta (ya tiene 81 años y lo merece) y de la integridad de su obra.

Gamoneda habla de manera pausada. Cierra los ojos como si una luz exterior lo deslumbrara y precisara recluirse en su interior para sacar de allí las palabras. Es hombre de origen humilde que contempla aterrorizado el proceso de desmantelamiento que está llevando a cabo la derecha en Europa, en el sur especialmente (con cierta tibieza socialista) para cubrir el pozo financiero de la banca y se le ha ocurrido promover una alternativa que se aleje de la estridencia y la confrontación y descienda al núcleo poblacional más básico: el barrio. Lo cuenta en la entrevista de Babelia y su idea descansa sobre la posibilidad de establecer, a un ritmo lento pero decidido, un circuito paralelo de relaciones económicas que tengan como base el cooperativismo, el desarrollo de la actividad económica local. Frente al poder de los bancos, buscar fórmulas que eludan su necesidad, en las que el ciudadano sea de verdad el protagonista. No son ideas a echar en saco roto. La continua (y creciente) presión del Bundesbank y de la canciller Merkel para que la Europa del Sur siga recortando servicios públicos, derechos y dosis de felicidad colectiva va acabar por obligarnos a buscar alternativas a una sociedad a la que le imponen como labor prioritaria salvar bancos a costa de hundir familias.

Pero Gamoneda es también (sobre todo), poesía con abismo, con estremecimiento, con dolor. Canción errónea está en la estela de sus mejores libros, especialmente de Libro del frío. Es una poesía que, sin perder pie en la realidad, nos araña muy adentro, remueve nuestra memoria y nos pone de frente ante la vida y sus incertidumbres.  Emoción, lenguaje que enamora, descubre y redescubre, rigor y, sobre todo, un enorme caudal de interrogantes, de preocupación existencial ante ese errático e incomprensible fruto que es la vida: una existencia entre dos oscuridades, la previa al nacimiento y la que aguarda al otro lado de la muerte.

Como muestra vale un poema del libro:

"Un desconocido habita en mí. Agoniza y, para agonizar, utiliza
                                                                                 [mi corazón.
Pienso en mi padre enloquecido por la visión de frutos muy frescos, 
     [pienso en el amor y en la morfina. No, no es mi padre. Pero,
     [entonces, ¿quién
agoniza en mí?

Cabe que yo mismo sea el desconocido y que mi corazón no sea mío
     [aunque yo ponga en él sus latidos. Cabe.

En realidad no hay problema. En cualquier caso, yo voy a ser,
     [ya estoy siendo,
huérfano de mí mismo."

He de subrayar que la preocupación social del poeta leonés no es nueva: estos días he recordado la parte de su obra en la que ésta era tan explícita que bordeaba la apuesta que otros poetas (Nora, Celaya, Crémer, Blas de Otero) hicieron escribiendo una poesía directamente comprometida. La editorial Bartleby, en la primera etapa de su serie Lecturas21, reeditó, con prólogo de Elena Medel, un libro emblemático de la poesía de los años 60, Blues castellano. Un libro que si hace unos años, cuando llegó por segunda vez a librerías, parecía haber perdido vigencia en sus contenidos (eran los años del crecimiento, del optimismo colectivo y de la burbuja), ahora, en medio de una crisis a la que no se le ve el final, cobra una actualidad estremecedora.

Cierro con una sugerencia adicional a los libros citados. Entrad en el enlace al documental Escritura y alquimia, un homenaje que distintas instituciones prepararon y publicaron dos años después de que Antonio Gamoneda fuera galardonado con el Premio Cervantes. Disfrutadlo.

jueves, 4 de octubre de 2012

Vidal Cadellans, ese desconocido que murió demasiado pronto

Parte de la historia de nuestra literatura de posguerra es una suerte de armario en sombra en el que duermen autores y libros que quedaron relegados por razones diversas o porque no tuvieron la fortuna de encontrar un sendero de reconocimientos, respaldos mediáticos y publicidades varias. Poetas, ensayistas, narradores, dramaturgos…. De todo hay en la viña de la literatura de los años cincuenta y sesenta. Al otro lado de Carmen Martín Gaite, de Sánchez Ferlosio, Marsé, los Goytisolo o Caballero Bonald, por citar sólo a unos cuantos, hubo escritores muy notables cuyo esplendor fue efímero, difícilmente pasó a los recuentos y antologías.

Uno de esos autores, novelista por más señas (también poeta, acabo de descubrirlo) tuvo por nombre José Vidal Cadellans. Gozó de cierto prestigio durante un par de años porque ganó el premio Nadal de 1958 con la novela No era de los nuestros, pero ese renombre no tardaría en apagarse. Lo apagó, sobre todo, su prematura muerte: falleció en 1960, con sólo 32 años (había nacido en 1928) dejando dos novelas inéditas que aparecerían en los años inmediatamente posteriores.

El descubrimiento

Una de las pocas imágenes públicas
 de José Vidal Cadellans
La primera noticia que tuve sobre Vidal Cadellans fue a mediados de los años ochenta: al leer el volumen La novela desde 1936, segundo tomo de Historia de la literatura española actual (Alhambra, 1980), de Ignacio Soldevila, despertó mi interés un apartado, en el que, bajo el subtítulo "La búsqueda de nuevas fórmulas narrativas", el autor citaba a José Vidal Cadellans con una refeencia  que incitaba a la indagación: un auténtico anzuelo para mi pasión buscadora de autores en sombra: "José Vidal Cadellans (...) merece pasar a la historia por una originalísima obra, injustamente olvidada, que analizaremos con el mayor detenimiento posible".  Mi curiosidd se desencadenó de inmediato: en el mar dominante de la novela social de aquellos años, alguien intentaba otro tipo de aventura literaria. Avancé algunas páginas buscando el análisis prometido por Soldevila y encontré, junto a un amplio recorrido por el conjunto de su obra, la novela anunciada: Ballet para una infanta. Soldevila afirmaba: “es la primera novela española que se inscribe en la trayectoria novelística marcada por Kafka (...). Vidal Cadellans ha logrado crear una auténtica atmósfera kafkiana, pero distinguiéndose limpiamente de ésta por el empleo de una fina ironía que viene a rozar a veces con el humor del absurdo”.  Y concluía su análisis con las siguientes palabras: “La novela de Cadellans da literalmente la impresión a veces de un relato traducido, a fuerza de presentarnos una creación tan por completo ajena a nuestra tradición literaria que el menor sintagma inhabitual al castellano literario hace inmediatamente pensar en un ´defecto de traducción'”.

En el apartado en que estaba incluido Cadellans se encontraban otros novelistas que impulsarían la renovación de la narrativa social: Juan Benet, Mario Lacruz, Antonio Prieto, José María Mendiola o Andrés Bosch, entre otros.Intuí que la renovación que a principios de los ochenta acometen autores como Molina Foix, Azúa, Marías o Gándara  tenía en Cadellans un antecedente poderoso aunque no reconocido (quizá por desconocimiento).  
De inmediato me propuse encontrar un ejemplar de la novela. Recorrí algunas librerías de viejo, pregunté en la que yo era habitual (hablo de Fuentetaja) sin que nadie me diera razón. Sería Francisco Solano, narrador y crítico, quien un buen día se presentara con el codiciado ejemplar de Ballet... en uno de los muchos almuerzos que surcaron los mediodías de aquel tiempo, almuerzos en que preparábamos, junto a Ángel García Galiano, el programa radiofónico Libromanía,  Lo había encontrado en la biblioteca de la sede de la hoy desaparecida revista Reseña, de la que entonces era redactor jefe.

Ballet para una infanta

La leí con fruición en muy pocos días y no me defraudó. En aquella novela, ambientada en una ciudad portuaria que podía perfectamente estar situada en cualquiera de los lander costeros de Alemania, estaba Kafka, y Camus, y Walser, y Max Frisch. Era una novela inconcebible en la España de 1958, o de 1959 y más inconcebible aún escrita por un escritor de apenas treinta años al que se suponía alejado del acerbo literario y cultural del que se disfrutaba en la Europa democrática a causa de la realidad dictatorial del franquismo. La novela, que, según he podido leer en las escasísimas, casi nulas referencias periodísticas y críticas que he encontrado (en Internet y al margen de Internet), contó con varios títulos antes de publicarse como Ballet para una infanta (para una infanta difunta, o moribunda, entre otros calificativos), tuvo una suerte crítica muy limitada (pasó casi inadvertida) y quedaría relegada entre el bosque de best-sellers y novelas de entretenimiento que acogía el catálogo de Plaza y Janés de la época. Reflexión filosófica, ambientes brumosos en una ciudad llamada Curlandia, calles enrevesadas y un hermoso palacio rodeado de jardines con las luces encendidas esperando la fiesta (el ballet) en la que encontrará encaje una ambigua e inquietante historia de amor entre Herta y Félix, los dos protaognista.

Las dos ediciones de Ballet. para una infanta.
Germanía en 2000; Plaza y Janés en 1963
Mi impresión fue tal que algunos años después, cuando E. y yo creamos, para la editorial valenciana Germanía la colección de narrativa El Umbral, la reedité bajo ese sello. Fue una hermosa edición empaquetada en un diseño con una fuerte personalidad, claramente diferenciado de las colecciones que a finales de los noventa funcionaban en España. Apareció en 2000 con un prólogo que yo firmé y que ahora publico en el blog La estantería de Al margen y al que cualquier lector puede acceder fácilmente, milagros del ciberespacio. He de decir que la novela en esa nueva edición está desaparecida: es inexplicable que en Internet sólo sea encontrable la portada de la edición antigua, que la bella y austera portada de una reedición impecable esté desaparecida.

El escritor, el ser humano
  
Junto al libro me fascinó el José Vidal Cadellans escritor jovencísimo, enfermo y muy prolífico, nacido en Barcelona y residente en Igualada (donde moriría), con una formación existencial-cristiana, que vivió en los márgenes de la literatura española de la época, que tuvo formación de seminarista y que, cuando murió, tenía en su haber, al menos tres novelas: la del Nadal, No era de los nuestros, y las dos que aparecerían póstumamente, Cuando amanece (1961), y Ballet paa una infanta (1963). A lo largo del año que precedió a la reedición de esta última para Germanía, tomé contacto con su hija, Solange Vidal Torrescasana, que seguía viviendo en Igualada un tanto alejada de lo que fue la vida literaria de su padre. Hablamos muy poco, es verdad, pero la circunstancia que acabo de mencionar despertaba en mí una atracción casi morbosa por la figura de Vidal Cadellans. Después, a fuerza de indagación en Internet y de buscar declaraciones de algunos de sus coetáneos, pude acercarme a una vida discreta de un escritor que vivió "en la provincia" y que era dueño de un poderoso impulso creativo y de una enorme capacidad de trabajo. Una pregunta que me hice en los años posteriores era. ¿De dónde podía venirle el aire de novela centoeuropea, radicalmente moderna, de Ballet para una infanta, a Cadellans?

Creo que junto a un gran cúmulo de lecturas, ayudó a su estilo el intenso trabajo que como versionador y traductor de novelistas europeos o norteamericanos realiz para Plaza y Janés  (la mítica colección Reno) y para otras editorilaes, en algunos casos en colaboración con escritores conocidos entonces como Ramón Hernández. Así, todavía es posible rastrear, en la Red, numerososas obras del sueco Mika Waltari, entre ellas Vacaciones en Carnac, o Una muchacha llamada Osima, del norteamericano de origen polaco Leon Uris o del italiano Curzio Malaparte en cuya portada figura el nombre de José Vidal Cadellans como traductor. Supe que trabajaba en la restauración del patrimonio de la Iglesia en la provincia de Barcelona y que entre sus autores prefereidos estaban Kafka, Camus y Baroja. Y, rastreando en las crónicas del Nadal de 1958 (sobre todo en ABC y en La Vanguardia), he descubierto que escribió poesía, que tenía no pocos poemas guardados quién sabía donde (es probable que su hija sepa de ellos) y he sentido la necesidad de acercarme a ellos, de leerlos y valorarlos en relación con su labor como novelista. Es más, he sabido que presentó un libro de poemas de poemas al entonces prestigioso premio Boscán (lo concedía el Instituto de Cultura Hispánica en Barcelona): ¿qué habrá sido de ese libro? 

Vidal Cadellans es hoy un raro. Un absoluto desconocido. He entrado en la web de la editorial Germanía y la novela ha desaparecido de su fondo. Ni rastro no sólo Ballet para una infanta, sino de la colección de narrativa El Umbral, proyecto efímero que no pasó de los cinco títulos. Problemas de distribución, quizá una escasa conciencia de la dimensión de la obra que acababa de ser publicada y dificultades económicas de diversa índole hicieron que esa nueva edición, con un bello y moderno diseño, pasara casi inadvertida. Tuvo algunas críticas en las que se advertía desconcierto y sorpresa (Luis de la Peña, en Babelia, por ejemplo), pero éstas no sirvieron para restirui la novela al lugar que merecía. Sería bueno corregir ese "insuceso": las editoriales literarias de hoy tienen ahí un desafío no desdeñable. Estoy leyendo estos días una novela anterior de Cadellans: la que fue premiada con el Nadal, No era de los nuestros y, aunque muy diferente a Ballet puesto que tiene un trasfondo existencial y respira una suerte de cristianismo heterodoxo (la huella de Bernanos, de Julen Green, de Malraux) que le da un aire de época cruzado por un inteligente y sutil desafío a las verdades establecidas por el régimen de Franco, me parece una magnífica novela.
 
En este rastreo por las huellas del escritor muerto con sólo 32 años he encontrado dos "documentos" que me parecen muy interesantes para el lector curioso. El primero es el fragmento de una semblanza necrológica que el escritor  y amigo Tomás Salvador publicó, al día siguiente de la muerte de Cadellans, en La Vanguardia:

“Vidal Cadellans, en la docena escasa de artículos que había publicado, motivó otras tantas polémicas. Tenía la virtud de irritar siempre a alguien, de que se enfadaran con él los satisfechos de la vida. Buena cosa es ello: la simpatía es señal de decadencia. Y Vidal Cadellans, enfermo grave, físicamente menos que un niño, no inspiraba simpatía tontonas. Ni llevaba su enfermedad por bandera. En todo caso, su enfermedad era un freno, casi digo que afortunadamente, no por estar enfermo, que esa es cuestión de Dios, sino porque de estar con todas sus fuerzas la literatura de Vidal Cadellans hubiera sido torrencial, algo increíble. Vidal Cadellans escribía cartas de cinco o seis folios a un espacio; sus artículos allá se le iban. Podía escribir treinta o cuarenta páginas diarias de un libro”.
La segunda es una conversación de urgencia realizada por teléfono cuando le fue concedido el Nadal y publicada en ABC el 7 de enero de 1959. Él está ausente, ilocalizable y quien se pone al teléfono es su madre, residente en aquel momento en el pueblo de Relllinás. Lo reproduzco.

"José Vidal Cadellans, ha ganado el Premio Nadal de Novela 1958 con No era de los nuestros.
--No está ¿quién le llama? Soy su madre ¿Pasa algo?
-- Sí, señora, que su hijo ha ganado el Premio Nadal de Novela. ¿Y dónde está su hijo?
-- En Igualada; ha ido a ver a su novia. No tiene teléfono.
-- ¿Qué hace su hijo?
--Trabaja aquí, en la central telefónica. Además se dedica a las traducciones. Tiene treinta años, alto, delgado, lleva lentes. Ha estado varios años enfermo.
--¿Ha escrito algo antes?
--Hace dos o tres años que manda una novela al Nadal. Fué al Boscán de poesía y en el concurso de cuentos de El Correo Catalán quedó segundo.
--Adiós, señora y felicidades.
Llamé a la fábrica donde trabaja la novia, a casa de los dueños de la fábrica, a otra dirección que me dieron...No dí con ella. ¿Dónde se habrán metido".

miércoles, 15 de agosto de 2012

¿Quién lee hoy al poeta Eladio Cabañero?

Ayer, buscando en Internet fotografías del Madrid literario de los años sesenta y setenta, me encontré con la imagen de Eladio Cabañero junto a otros poetas. Recordé, de pronto, que durante algunos meses de 1991 ó 1992, estuve trabajando en su poesía para escribir el prólogo de una antología que pasaría inadvertida, Señal de amor, y caí en la cuenta de que hasta yo, lector apasionado de su obra en mi adolescencia y en mi primera juventud, lo había olvidado. Si injusta es, en general, la vida con los hombres buenos, la vida literaria lo es aún más con los hombres buenos que, además, son buenos poetas y procuran vivir de manera discreta.

"Memoria de Tomelloso". Antonio López

Cuando lo conocí, yo no había cumplido los veinte años aunque había leído, en la antología Poesía última, de Francisco Ribes, algunos de sus poemas más conocidos: "El andamio", "Castilla 1960" o "Antes, cuando la infancia"Debió ser una mañana de la primavera de 1971, o de 1972, en la que Diego Jesús Jiménez, poeta al que acababa de conocer como vecino del barrio de Hortaleza (¡cómo recuerdo aquellas largas tardes de tortilla de patatas, poesía, conversación y empeños democráticos en su casa de la Avenida de San Luis!), que ya era un poeta conocido y contaba en su haber con los premios Adonais y Nacional de Poesía, nos llevó, a Manuel López Sanz, un amigo de adolescencia que también escribía versos, y a mí, a "conocer el mundo literario", ese ámbito que veíamos, desde el barrio, lejano y casi inaccesible.

Recuerdo que fuimos en el Citröen dos caballos del padre de mi amigo, que lo dejamos aparcado en una de las calles próximas a la Castellana (entonces no había ORA ni nada parecido), y que cuando nos quisimos dar cuenta estábamos en el Café Gijón saludando a un hombre corpulento, de poco más de cuarenta años (aunque a mí me pareció mucho mayor), escuchándole hablar de poesía con una mezcla de ironía cachazuda y distanciamiento, y riéndonos con esa risa nerviosa que produce vivir una experiencia que se cree improbable por no decir imposible.


 
Eladio Cabañero junto a José Hierro
Cuando salimos de allí (creo que dejamos sin pagar las consumiciones en aplicación de una práctica a la que era asiduo cierto sector de la bohemia madrileña y aficionados algunos poetas) recuerdo que mi amigo Manuel me dijo que le costaba mucho trabajo asimilar que el Eladio Cabañero que acabábamos de conocer, una manchego bromista que mantenía un aire entre campesino y funcionarial, pudiera haber escrito los poemas de amor de libros como Recordatorio o Marisa Sabia y otros poemas. Volvimos, con Diego Jesús, al barrio, a las partidas de ajederez, a las tertulias sobre poesía, política y cultura, sexo y cine, a los paseos por las calles del barrio de Hortaleza. En los años posteriores, no volví a tener relación con él, aunque sí leí cuanto de él aparecía en revistas y en otras publicaciones literarias.

Sería a finales de 1989, en la presentación de mi primera novela, Mar de octubre, cuando volvería a encontrarme con Eladio. Discreto, acompañado de Félix Grande y de algún poeta-funcionario, me felicitó calurosamente y me sorprendió al decir que ya había leído la novela, que le había gustado mucho y que se notaba que estaba escrita por un poeta. Mi gratitud fue inmensa. Habían pasado diecisiete años desde la visita al Gijón, Eladio se aprestaba a cruzar el rubicón de los sesenta y yo acababa de cumplir treinta y siete. Yo no sabía que nuestra relación se iba a "normalizar" en los años posteriores.

En efecto, en abril de 1990, no recuerdo a través de qué conducto (creo que fue Antonio Huerga, el editor de Libertarias), me llegó su invitación a prologar una antología que venía preparando con gran ilusión y excesiva lentitud (era poco "mirado" para sus cosas). No eran tiempos fáciles para la difusión de su obra: la poesía figurativa de la generación de los 80 estaba en pleno auge y sus referentes eran, en la generación del 50, Gil dde Biedma, Ángel González, para los más experienciales, y Claudio Rodríguez y José Ángel Valente, para los más metafísicos. En tierra de nadie, en un desamparo que en el fondo lo había acompañado desde siempre, estaba su coetáneo del 50, Eladio Cabañero. Recuerdo un par de visitas al cuchitril del Servicio de Publicaciones del Ministerio de Cultura donde trabajó hasta la jubilación, algún almuerzo en el Café Gijón para intercambiar impresiones sobre el estado de mi prólogo, y su incredulidad porque hubiera, en la sociedad literaria de la última década del siglo XX, poetas, críticos o simples lectores interesados en su obra.

Aquellos días pude adentrarme en sus poemas y conocer en detalle la dificultad y el trabajo que subyacían tras la aparente sencillez de sus versos. Tenía un dominio extremo de la estrofa clásica, especialmente del soneto: algunos de los que aparecen en su primer libro, especialmente "El vino desahuciado", son ejemplares, deberían figurar en el programa de todo taller literario. Pero lo esencial de la obra de Eladio son algunos ingredientes que lo emparentan con sus coetáneos de la Generación del 50. El tono conversacional, directo, con una chispa de ironía, casi siempre compasiva, nunca hiriente. El carácter narrativo de buena parte de sus poemas. El papel, básico, esencial, de la memoria, especialmente la memoria de la infancia vivida en Tomelloso, una memoria en la que brillan con especial intensidad la natuarleza, la relación con sus mayores, el telón de fondo de una guerra que marcó a su generación, la de los "niños de la guerra". Los amigos, los humillados y ofendidos (el pocero, los albañiles, los trabajadores del campo), la amada, siempre evocada en un tiempo joven y maravilloso con el fondo del pueblo y de una naturaleza cercana y prometeica....

Decía que Eladio Cabañero era coetáneo de la generación del 50. Fue antologado dentro de ella por algunos especialistas y críticos. Andrew P. Debicki, lo integró en su espléndido ensayo Poesía del conocimiento. La generación española de 1956 - 1971. Leopoldo de Luis en Poesía social española contemporánea (1965), Francisco Ribes en el ya citado Poesía última, Antonio Hernández en La poética del cincuenta. Una promoción desheredada (1978).... y poco más. No estuvo en la canónica de Juan García Hortelano y no estuvo en ninguna  de las que consagraron los nombres de su generación, ni siquiera en las que, como Poetas españoles de los cincuenta, de Prieto de Paula (2002), o La promoción poética de los 50, de Luis García Jambrina (2000), se publicaron tardíamente, con una perspectiva histórica consolidada.

Su mirada, no obstante (quizá eso explique el olvido en que vive su obra y su desaparición de la mayor parte de los recuentos), era muy diferente a la que dominaba entre sus compañeros de generación. Debicki lo señala en el estudio citado: "Los antecedentes sociales de Eladio Cabañero difieren considerablemente de los demás poetas de su generación. Nacido y criado en la pequeña ciudad de Tomelloso, Cabañero trabajó como peón en su juventud y tuvo una formación en gran medida autodidacta hasta su llegada a Madrid, cumplidos ya los treinta".


Creo que ahí está la clave. Fue un niño de la guerra que la vivió, no desde la cierta comodidad con que la evocan (un tiempo de felicidad, sin obligaciones, unas largas vacaciones...) poetas como Gil de Biedma, Caballero Bonald o José Agustín Goytisolo, entre otros. Su origen de clase hace que su mirada no sea la mirada crítica e irónica hacia la propia clase (Gil de Biedma), sino una mirada desolada, de sufrimiento, marcada por las desapariciones ("Muchos ya no volvieron. / Algunos no volvieron a echar hato los lunes / para irse de semana, a la vendimia") , por la muerte del tiempo feliz de antes de la guerra y por la sombra de la posguerra ("y a los niños dejaron de querernos. / Y nosotros, mis primos, mis amigos / no volvimos tampoco de la guerra"). La mirada del hijo de los vencidos perteneciente, además, a la clase más humilde.


Volver a la poesía de Eladio Cabañero es un saludable ejercicio. Es adentrarse en un mundo sólo desaparecido en parte (el mundo campesino y menesteroso que evoca) y en un universo de emociones que pervive con toda su frescura. Además, su mirada solidaria, el fuerte componente social de sus versos tienen una actualidad evidente en tiempos de crisis. Nunca como hoy la poesía comprometida tiene un sentido que vaya más allá del puro lenguaje. Quede, como muestra del legado poético de que podemos disfrutar acudiendo a sus versos, este hermosísimo poema cargado de connotaciones emotivas y de apelaciones a la memoria.



ANTES, CUANDO LA INFANCIA
(Del libro Recordatorio)

El cielo aquel pintado con tizas de colores;
el sol que se empozaba tantos jueves
para los largos temporales
( "Cuando se empoza el sol en jueves,
antes del domingo llueve...")
Aquellas calles largas con carros y viñeros;
el pregonero del Ayuntamiento
y el tío del "rabiche"; el carro
del "alhigue" cuando los carnavales;
las barberías con aquellos frascos
llenos de sanguijuelas coleantes;
el miedo de las noches del invierno
desiertas por el cierzo y los fantasmas;
las uvas, las espigas, la Glorieta,
la feria, el corralazo de los títeres...
¿Era aquél Tomelloso?
¿Era yo aquél, aquel de por entonces?
No me recuerdo bien. No tengo pruebas.
Era antes de la guerra. Mucha gente
no viviría bien, seguro, pero
el tiempo de los niños es hermoso,
y aunque la vida va a su mejoría
-según dicen- y hay tantos nuevos sueños:
viajar a la luna y los planetas;
inventar pan para que no haya pobres,
nueva fe en nuevos pechos,
aquel tiempo consuela a los que fuimos
niñez y luego muerte en nuestra infancia.
Antes que lo perdiéramos,
aquel niño de todos y de nadie
jugó por todo el pueblo, entre bidones
y cubas y trujales, en las fábricas,
en las destilerías de alcohol,
donde el vino zurría y se quemaba,
mientras nosotros -aúpa- nos saltábamos
montoneras de orujo, eras de lías.


Y el campo, ¿cómo era
antes de que aquel cielo, aquellos hombres,
se fueran a la guerra para no volver nunca?
...Vendimiadores tiempos,
una vez en las viñas, vendimiando, una noche
-quiero acordarme, pero ha tanto tiempo-
en la pequeña casa, acabada la cena,
todos bien avenidos se embromaron,
se tiznaron jugando al "San Alejo",
con la sartén tocaron seguidillas
y jotas a la luz de los candiles;
y luego se acostaron en parva por el suelo,
que ya no se cabía
sino en las alambores y en la cuadra.
Eran caras alegres como nunca haya visto.
Era antes de la guerra y yo tenía
de cuatro a cinco años.
Muchos ya no volvieron para echar hato los lunes
para irse de semana, de vendimia.
El cielo no volvió ni fue ya claro.
La gente se hizo dura,
y a los niños dejaron de querernos.
Y nosotros, mis primos, mis amigos,
no volvimos tampoco de la guerra:
de repente crecimos, fuimos otros,
nos perdimos igual que se perdieron
de vista, hacia el Oeste, tantas cosas.

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...