lunes, 22 de febrero de 2010

Un premio para "Verano": el Gómez de la Serna

Esta mañana me han comunicado la noticia. Un jurado presidido por Luis Mateo Díez y compuesto por Santos Sanz Villanueva, Aurelio Loureiro, Blanca Berasátegui y Manuel Longares ha concedido el premio Ramón Gómez de la Serna de Narrativa - Villa de Madrid a un libro publicado, a Verano. No tengo nada que decir. Sólo expresar mi gratitud al jurado y a Aliaza Editorial, que decidió, el pasado mes de junio, presentar al premio la novela.

Como de Verano he escrito más de una vez en este blog, os dejo este enlace a un post de 2008, escrito poco después de su publicación. También podéis saber más de ella cliqueando en la portada de la columna derecha.

viernes, 19 de febrero de 2010

Literatura, verdugos ocultos y memoria

Hace algo más de una semana estuve en la presentación de la novela con la que Clara Sánchez obtuvo, el pasado 6 de enero, el último Premio Nadal. Su título, Lo que esconde tu nombre. Durante la presentación, Clara se refirió, con indignación y de manera muy crítica, al silencio, incluso a la connivencia de los poderes públicos, durante décadas, con la presencia, en zonas emblemáticas de nuestra costa, de viejos nazis refugiados bajo falsas identidades, asesinos ocultos que han vivido en dorados exilios con el aspecto de apacibles ancianos en colonias de lujo y rodeados de ciudadanos que todo lo ignoraban de su identidad. Todavía, por falta de tiempo, no he leído la novela: la tengo en lista de espera en un lugar preferente de mi biblioteca.

Pero los Christensen (Karin y Fredrik), el matrimonio de octogenarios supuestamente suecos creado por Clara Sánchez, residentes en la costa alicantina y con falsas identidades, son algo más que dos personajes de una novela, que pura materia de ficción. Son la expresión de una realidad que ha formado (y forma) parte de nuestra Historia. ¿Cuántas veces, en cualquiera de las terrazas junto a alguna de nuestras playas mediterráneas no me habré detenido un instante ante la presencia de un anciano de ojos azules y rasgos germanos, de mirada esquiva, pensando que podría tratarse de uno de esos peculiares "exiliados"? Tras su plácida apariencia, quizá en el interior de sus domicilios junto al mar o en alguna trastienda desconocida, guardan una especial memoria de la ignominia, quizá conserven insignias, cinturones o piezas del uniforme de cuando fueron oficiales de campos de concentración o de exterminio, tal vez guarden discos de vinilo con viejos himnos o alocuciones del führer en algún mitin en Berlín o en Munich, u objetos procedentes de Mauthausen o Auschwitz, o recuerdos íntimos de un tiempo en que, por ser jóvenes, fueron felices. Quizá sientan un poso de culpa al recordar los cuerpos escuálidos, los rostros devastados, los andrajos, los trajes a rayas, las montañas de cuerpos como escombros de humanidad... Sobre esa cara, tan desconocida, de la realidad española del último medio siglo (o más) ha escrito Clara Sánchez. Un gesto valiente, una apuesta literaria y civil, más que necesaria, imprescindible.

Vista del campo de trabajo de Bustarviejo (Madrid). ¿Qué fue de sus máximos responsables?
Tras la presentación, ya de vuelta a casa, pensé en otra realidad, no sé si tan poco conocida como la que Clara desvela en Lo que esconde tu nombre, pero no menos desoladora: la presencia de los verdugos, torturadores, cómplices del fascismo, agentes de la brigada político-social u oficiales y jefes de los campos de concentración, de los destacamentos penales que se extendieron, tras la Guerra Civil, por toda la geografía española. Es ése un aspecto de nuestra historia colectiva que se ha mantenido oculto, del que se ha hablado muy poco. Hemos convivido, en estas décadas de democracia, con pacíficos funcionarios que en los años 60 torturaban a estudiantes, a trabajadores, a simples demócratas, con antiguos policías cuya labor esencial, durante algún tiempo, fue la caza del demócrata, del socialista, del comunista (sobre todo), del cristiano progresista. En numerosos pueblos, familias enteras han tenido que compartir la vida diaria con quienes alentaron o cometieron terribles crímenes de los que fueron víctimas sus gentes. En mi novela Verano he intentado recuperar, sacar del ocultamiento y del anonimato, a uno de aquellos policías que se ejercitaron en la infiltración, en la delación, en las detenciones arbitrarias, en el allanamiento nocturno de las viviendas de ciudadanos sospechosos de estar enfermos de democracia o de progresismo, en la tortura sistemática. ¿No es, quizá, y aun siendo conscientes de que hay excepciones, una asignatura pendiente de nuestra novela, de nuestro cine, de nuestro teatro?  Seguramente.

La novela de Clara Sánchez no sólo nos sumerge en ese mundo oscuro, desconocido, de los nazis plácidamente escondidos en nuestra costa. También nos sitúa ante nuestra propia historia. En el metro, en un autobús, en las butacas de un aeropuerto o alrededor de las mesas de algunas cafeterías hemos podido compartir charla, comentario, incluso aperitivo con quienes alimentaron el fascismo en España, ayudaron al crimen colectivo con su complicidad o su silencio, o formaron parte de la leva de torturadores, de organizadores de los campos o de los que enviaron al paredón a cientos de ciudadanos por el simple hecho de ser demócratos, o sindicalistas, o militantes de los partidos de izquierdas. ¿Nunca os habéis preguntado por su conciencia, por su forma de recordar un pasado de ignominia?

sábado, 13 de febrero de 2010

Volver al cine - II. El tiempo de la conciencia

A Luis y a Alfredo Pérez Rey, con quienes tanto cine aprendimos.

El cine, de pronto, fue conciencia, cauce de rebeldía e insumisión, de resistencia a Franco. Fue a finales de los sesenta y a principios de los setenta cuando, en tiempos pre y universitarios, el cine, conservando la magia que habíamos hecho nuestra en los sábados de infancia, en los días de descubrimiento de los mitos de Hollywood, se nos mostró con otra cara. Habíamos despreciado el blanco y negro en favor de los horizontes sin límite y la estridencia del technicolor que iluminaba la pantalla en las películas de Disney, o en las grandes producciones en cinemascope que llegaban de América, y alguien, quizá algún crítico comunista o compañero de viaje del comunismo asiduo de los colegios mayores próximos a la Complutense, a algún apasionado del cine y de las lecturas sobre el cine en un barrio de extrarradios con parroquia obrera y sala de proyección, nos mostró la realidad que desconocíamos. Así, en los intersticios de una lucha democrática que presidían, a partes iguales, el miedo y la conciencia, la tenacidad y las debilidades, el amor y el sexo y el desamor y las represiones heredadas, supimos que existían directores como Bardem, Berlanga o Basilio Martín Patino, que películas en blanco y negro que habíamos desdeñado como Bienvenido Mr Marshall, Muerte de un ciclista, Calle Mayor o Nueve cartas a Berta, eran obras maestras que habían encontrado reconocimiento crítico y de espectadores al otro lado de nuestras fronteras, en la Europa democrática y mitificada.

Amamos el neorrealismo italiano, buscamos al Elia Kazan en blanco y negro de La ley del silencio, recobramos, con una mirada distinta, cierto cine americano que buscaba las grietas de la rebeldía en la conformista sociedad del american way of life: el cine negro de serie B, el technicor de Rebelde sin causa con un James Dean que era símbolo y que nos daría nuevas excusas para analizar, en nuestras tertulias, las debilidades del capitalismo más desarrollado y, en apariencia, feliz, o de Qué verde era mi valle. Con nuevos ojos y nuevo corazón accedíamos a los western de Huston, a viejas películas de John Ford -aquella versión de la novela de Steinbeck Las uvas de la ira-,  descubrimos a un jovencísimo Paul Newman ejerciendo, casi siempre papeles de inconformista e incomprendido... Nos hicimos cinéfilos. Veíamos y leíamos las películas al calor de nuestras recién asimiladas teorías marxistas, de nuestros afanes de libertad, de democracia, de igualitarismo, de nuestros fines de semana de sexo clandestino y conversaciones y tertulias interminables. Era el cine de Arte y Ensayo con filmes en versión original y subtitulada, eran los cines Alexandra, Oraa, Duplex después, Alphaville, el Pequeño Cinestudio, el Peñalver, casi todos, al día de hoy, desparecidos... Eran las largas conversaciones, al salir del cine, en bares lleno de humo y con fondo de música de jazz, o en cafeterías de sandwich mixto y cuba-libre, o en la casa de alguno de los amigos emancipados, sentados en mullidos pubs procedentes de algún país africano y amparados por la mirada de un Antonio Machado al lado de la de John Lennon o Janis Joplin en los poster de aquellas paredes que solían presidir reproducciones del Guernika o grabados de Ibarrola .

Cinema Paradiso, una de las más bellas películas sobre la memoria del cine
Y con todo ello, llegó el cine francés, al que tanto amaríamos (y todavía amamos), con Renoir, con un irreverente Françoise Truffaut (sus Cuatrocientos golpes fue al cine lo que El guardían ante del centeno fue para nosotros a la literatura) y la nouvelle vague, con Bresson, con Godard, y el italiano que, a partir del neorrealismo se agigantó casi hasta el inifinito con Fellini, Bertolucci, Pasolini, Ettore Escola, Marco Ferreri (memorable su Ladrón de bicicletas). Y el cine de Bergman, cómo no, y el más que minoritario de Dreyer. Era un cine en el que el autor había pasado a primer plano, en el que siempre encontrábamos un mensaje más allá de las virtudes estéticas o técnicas de la película, en l que nos apoyábamos para descubrir la verdad de las injusticias, la necesidad de cambio de nuestras sociedades, en los que (al menos, amí me ocurría) buscábamos identidades con la vida cotidiana en nuestro barrio, en nuestro entorno familiar. Y en el que buscábamos, casi siempre infructuosamente, escenas de sexo que el cine convencional nos negaba. De alguna manera, al sumergirnos en la oscuridad de las salas de cine lo hacíamos, también, como militantes antifranquistas que tenían, casi por obligación (también por gusto, todo hay que decirlo), que estar al día de las novedades de la cultura más avanzada y comprometida. De ello, y del amor, nos habla en "Cine, cine", una bella canción, Luis Eduardo Aute. Escuchemos.



Aquella convicción nos llevó (lo escribí arriba) a los cine clubs de Colegio Mayor y de club parroquial en barrios extremos. Me es imposible olvidar las veladas de cine en los sótanos de la iglesia del Barrio de Portugalete, entre Canillas y Arturo Soria, o las de la llamada Cátedra, de la UVA de Hortaleza, hoy CEAPA o centro de educación de personas adultas, o las de salas como la del San Juan Evangelista o la del Isabel de España. El acorazado Potemkim, de Eisenstein, La caza, de Saura, Prima della revoluzione, de Bertolucci, Viridiana o Nazarín, de Buñuel, Fresas salvajes, de Bergman... El mundo se contenía en aquellas horas frente a precarias pantallas levantadas contra el tedio de la dictadura, horas que eran el complemento imprescindible de otras no menos importantes: las del trabajo en el barrio para lograr asfaltado en las calles, centros culturales, viviendas dignas, amnistía y libertad, democracia plena.

Poco después, quizá en paralelo, vino un nuevo cine americano de la mano de Woody Allen y sus Sueños de seductor... Pero esa sería otra historia.

sábado, 6 de febrero de 2010

Volver al cine - I

Desde que era niño y hasta el día de hoy, el cine ha sido uno de los elementos cruciales de mi formación cultural y sentimental. Diréis que es una tautología, o un lugar común, que el siglo XX y lo que llevamos de nuevo siglo no son concebibles sin el cine. En efecto. Pero me refiero, sobre todo,  a mi aventura personal y a mi relación con él. También, de alguna manera, a la aventura de quienes generacionalmente me acompañan (niños de los años cincuenta). Pensé en acometer esta reflexión hace algo más de un año, tras ir con E. a ver una hermosísima película (que recomiendo) de Philippe Claudel, Hace mucho que te quiero. Y lo hice porque, al salir, mientras tomábamos unas cervezas, caímos en la cuenta de que cerrábamos un largo paréntesis: ¡Habíamos vuelto al cine! Ella y yo. Los dos solos. Como en los tiempos iniciales del amor y del conocimiento. Lo subrayo porque, aunque parezca mentira, desde principios de los años ochenta lo dejamos relegado en el rincón de los actos excepcionales  porque otras habían sido nuestras costumbres, sobre todo, a partir del nacimiento de nuestros hijos. No habíamos dejado de ver, de vez en cuando, películas. Pero en televisión, casi siempre relacionadas con los gustos y la sensibilidad de los chavales. O en videos alquilados o comprados. Y nuestras visitas a las salas de cine estaban vinculadas a la asistencia, con ellos, a estrenos muy especiales (Aladine, El Rey León....).
Cine Doré, de Madrid. En la actualidad, sede de la Filmoteca
Hoy, con la cincuentena más que rebosada, los hijos sobrepasando, con holgura, la edad adolescente, he sentido la necesidad de recapitular sobre esa relación discontinua, cargada de afectos, con el cine.

Primer idilio
Comenzó siendo, al final de los años cincuenta y a principios de los años sesenta, un mundo mágico, un inmenso ventanal a realidades desconocidas y apasionantes en las que se cumplía buena parte de las fantasías que acumulábamos en las lecturas nocturnas o en las audiciones de radio en un tiempo en el que la televisión sólo era una noticia (aunque de inminente implantación) cargada de incertidumbres y, en cualquier caso, en blanco y negro. Era el cine de la tarde de los sábados, las largas colas en salas céntricas, cercanas al Retiro, cines Narváez, Sáinz de Baranda (zona a la que Manuel Longares calificaría como espacio menestral y humilde del barrio de Salamanca), o las recién abiertas del barrio de la Concepción o de la antigua y madrileña “carretera de Aragón”, cines Concepción, Texas, Mundial, Ventas, Lepanto, cines acogedores, cuyo olor podría hoy identificar fácilmente (aquel "ozono pino" irrecuperable), y que, a lo largo de los años ochenta, se llevaron piquetas y excavadoras, guiadas por el impulso de una discutible modernidad… Tardes junto a los padres, o junto a algún familiar, en las que vivíamos una extraña comunión con los mitos de Hollywood, en las que descubríamos que había un país, Estados Unidos, en el que había teléfonos de colores, modernos y blanquísimos electrodomésticos, inmensos horizontes casi vírgenes, y muchachas rubias e inalcanzables, del que después (mucho más tarde) conoceríamos otras caras, comenzando por la caza de brujas de McCarthy. En aquellas tardes, niños todavía, nos familiarizamos con Charlton Heston o John Wayne (entonces desconocíamos sus propensiones autoritarias, casi ultras, su pasión compartida por el rifle y el mandoble), con Rita Hayworth y Doris Day o Shirley McLaine, o con el sueño luminoso y carnal, provocador incluso para quienes todavía no habíamos alcanzado la adolescencia, de Marylin Monroe. Eran tardes como inmensas burbujas en las que construíamos una realidad a la medida de nuestros sueños, en las que ignorábamos los silencios de la generación de nuestros padres, desconocíamos que España era una inmensa cárcel y nos olvidábamos de las sevicias de nuestro barrio sin agua corriente y sin calles asfaltadas (del sustrato emocional de todo ello di cuenta en mi novela Los días de Eisenhower). Nos dejamos seducir por Walt Disney y su mundo idílico (cruel algunas veces), lleno de pasadizos e los cuentos que nos leían en la infancia más temprana, ignorábamos la sutil propaganda del imperio USA y de un modo de vida que, años después, diseccionarían Ariel Dorffman y Armando Mattelart en un magnífico ensayo (publicado en Chile, en 1971) sobre el trasfondo ideológico del universo Disney titulado Para leer al Pato Donald.

Poster de Irene Celic. No confundir con el cuadro de Andy Warhol.
Segundo idilio: hacia una conciencia del cine
Crecimos y llegó, sin que nos diéramos cuenta, la adolescencia, y comenzamos a ir al cine solos, o en pandilla, y comenzamos a ejercer una cierta capacidad de selección. El western, las películas de romanos, las películas para mayores en las que intentábamos, con éxito a veces, colarnos simulando una edad que no teníamos, y lo que antes era magia en las estrellas de Hollywood o en las incipientes (que venían de la italiana Cinecitá, no de Hollywood) Sofía Loren, o Claudia Cardinale, o Llina Lollobrígida, se convertía en atracción sexual, en alimento de las masturbaciones nocturnas (y diurnas y mediopensionistas), o en fascinación por convertirlas en modelos a seguir por la chica de nuestros sueños (casi siempre parte de una pandilla que, en paralelo, sin mezclas, solía ir al cine el mismo tiempo). Era en la segunda mitad de los sesenta de camino a los setenta y los nuevos cines estaban algo más alejados del barrio, eran parte de las primeras cañas, de los cigarrillos, de la primera independencia y las primeras decepciones. Recuerdo, de aquellos años y de mi relación con el cine, nuevas salas de barrio que se levantaban, de la noche al día, en urbanizaciones apenas estrenadas: cine Hortaleza y Simancas, Ciudad Lineal, Covadonga o López de Hoyos, cine París o cine Bristol, o Las Vegas…. Eran de función doble y sesión continua, de No-Do y palomitas. Aunque nos enamoramos de magníficas películas de John Ford, o de Huston, o de Capra, también de Billy Wilder o de Stanley Donnen, nada sabíamos de esos directores, ni siquiera que las dirigían: sólo nos fascinaban las estrellas, las protagonistas (y, con disimulo, emulábamos a los actores). “¿De quién era la película?”, preguntábamos a veces, y cualquiera de nuestros amigos nos decía: “de Marlon Brando y Rita Hayworth”, o de "Charlton Heston y Sofía Loren", por ejemplo. La era de los directores y de otros mitos y pasiones, vendría después. Pero no mucho después. A ello me referiré en nuevas entradas en Al margen.

Aquí os dejo con el video de una hermosísima canción de Joan Manuel Serrat: un emocionado homenaje a los cines que desaparecieron bajo el dominio de grandes almacenes y oficinas bancarias. Su título: "Los fantasmas del Roxy". Un cine, desaparecido como tantos otros, como aquellos en los que mi vida, por unas horas, fue distinta. Continuará.