Cinco años después, no he podido evitar acudir a uno de los actos en homenaje a las víctimas, a los ausentes, a los heridos para siempre, a las familias. He ido al Pozo del Tío Raimundo, a la estación de cercanías en que se vivió una parte de la mayor tragedia que, en las últimas décadas, ha golpeado la ciudad de Madrid. Me he detenido, durante algunos minutos, ante las velas encendidas, ante los retratos y las fotografías de los asesinados, ante los mensajes de familiares y amigos, llenos de rabia y de desolación. He guardado silencio y, otra vez, he llorado.
Aquella mañana, yo estaba muy cerca de allí, trabajaba muy cerca de allí. Y viví casi en el centro del dolor colectivo el paso de los minutos, la noticia cambiante del número de asesinados, el silencio helado y perplejo de todos. De aquella mañana y del corazón surgió un poema y surgió un proyecto que cuajaría semanas después en la coleción de poesía de Bartleby: 11-M. Poemas contra el olvido.
Contra el olvido y en la cercanía con el dolor de los que murieron y de quienes viven hoy su ausencia, recupero aquel poema. Nada más.
MADRID, 11 DE MARZO
Marzo desnivelado por las cifras
del desaliento. Marzo de muerte,
triste marzo de trenes y extrarradios marchitos,
marzo de sueños rotos y niños deshabitados,
de pronombres sin nombre, de apellidos
quebrados y relojes sin hora, marzo de los teléfonos
enmudecidos.
Mi ciudad asolada. Mis tierras y mis trenes,
asolados, mis ojos y mis manos
y mis brazos,
asolados. Muerte sembrada bajo la luz
de un Madrid lateral
hecho de andenes periféricos, de seres menesterosos,
de mujeres crecidas en la sombra diaria
del tiempo inabarcable del trabajo,
de hombres cultivados
en el silencio anónimo de las factorías,
de humildes bachilleres y de párvulos,
de viejos azorados por noticias de muerte,
de bares conmovidos por la niebla y la sangre,
de juguetes sin niño,
de huérfanos sin ira,
de vacías acequias,
de fogatas sin lumbre.
Madrid de hospitales, de lutos y de marzo.
Capital de la niebla y del dolor. Ciudad de los estanques
del silencio.
Madrid desbaratado y mío. Madrid nuestro.
Como los muertos, nuestro.
Dueño de un mes de marzo
descolorido y turbio, pero nuestro.
Entre muertos y lágrimas,
es más nuestra y cercana la ciudad. También más triste.
jueves, 12 de marzo de 2009
MI POEMA DE UN DÍA DE MARZO DE 2004
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
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3 comentarios:
¡Qué belleza¡
¡Qué pena!
Aunque mi onda poética se haya quedado más antigua, me ha encantado tu poema.
Un abrazo.
María jesús
Estimado Manuel,
Me he acordado de ti hoy que celebramos el día del padre. ¿Recuerdas aquella tarde en la que presenté tu última novela tomando un té junto a los alumnos de la Escuela de Letras y de el Liceo Europeo? ¿Recuerdas que leíste un excelente poema dedicado a tu padre? El mío estaba en el hospital muriéndose poco a poco. ¿Recuerdas?
Ya he enlazado tu blog en mi lista de preferidos y he dejado una pequeña referencia en mi última entrada.
Un saludo.
Gabriel, qué alegría tener noticias tuyas. Claro que recuerdo aquella tarde en la que, entre los aromas de un excelente té, leí emocionado el poema al que te refieres. Forma parte de mi libro "La densidad de los espejos" y, la verdad, siempre que realizo una lectura, sea donde sea, lo leo. Es como si homenajeara, en los actos literarios, a aquel hombre que no pasó de ser un humilde carpintero, que no alcanzó a ver publicado ningún libro mío y que en su 59 años de vida no llegó a vivir más de cuatro con liberatades democráticas (de ellos, los tres de la Guerra Civil). En fin, gracias por tu evocación. Supongo que, tras tu magnífica novela "La edad de los protagonistas", has seguido escribiendo.
Un gran abrazo (ya he visto tu día del padre en tu blog).
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