sábado, 29 de marzo de 2008

La procedencia de un título: "Monólogo del entreacto"

Desde que, el pasado mes de diciembre, apareció mi antología, más de un (o una) poeta, algún que otro crítico y no pocos lectores no especializados me han preguntado por algo en lo que no caí en la cuenta hasta que el libro no estuvo publicado. En el breve preámbulo con que, en la antología, intento justificarme, escribí que Monólogo del enteacto es un título "que procede de un texto de El muro transparente". La pregunta, u observación, o curiosidad de lectores y poetas viene a ser la siguiente: "si el texto al que usted (o tú, según los gustos) alude sólo puede ser un poema puesto que ese libro sólo contiene poemas ¿por qué lo rescata para el título y, sin embargo, el poema se queda fuera de la antología?". El o los interpelantes no dejan de tener razón. Sólo meras razones de espacio, derivadas de la frontera que delimito en el subtítulo (Cien poemas) son las causantes de la exclusión. El poema de marras compartía espacio, música y tono con otro titulado "Riesgos de sumisión". Formaba parte de un apartado del libro denominado "Tres estados de conciencia". Recuerdo, de un modo borroso, que uno y otro los escribí en paralelo, a lo largo del mes de diciembre de 1989, y que compartían una incómoda reflexión sobre la labor que ejerce el paso del tiempo sobre la inicial frescura de las ideas, sobre los sueños de emancipación social, sobre los resultados del trabajo (político, pero también económico, social y, sobre todo, cultural y literario) en la realidad cotidiana de los seres humanos.
Como quiera que es un poema muy querido al que dediqué muchísimas horas en aquel 1989 que hoy parece remotísimo, lo rescato para los lectores en este espacio "al margen". Así, saldo una deuda con el poema excluido y lo despierto del sueño de los justos en que está sumido desde que El muro transparente, publicado en1992, dejó de ser novedad.
Monologo del entreacto

I
No propongo
el desmantelamiento propio.
Tampoco la renuncia. Nunca
vendrá la salvación de tal entrega,
de tal vuelta de llave.

Sí te reto a cultivar palabras
con todo lo que vive, canta o sufre,
con todo cuanto escapa a la impericia
de la voz o del viento, de la música
que fue celebración y que aún perdura
en el viejo reducto
de tus mitos sagrados o en la balda
que ocupan los arcones
hace tiempo cerrados.

II
Porque uno conserva, a pesar del espejo
que revela desaires y derrotas,
cierta luz, cierta angustia,
no menos sagrados que los mitos:
conserva, sobre todo,
la pasión que no acaba
en la niebla que alberga el trago largo
de alcohol y largo de renuncias.
Porque no todo
nace y muere en sí mismo
o alza el vuelo y se estrella
en el íntimo espacio
del que te piensas único habitante
—por ello, incitador
de culpables silencios—.

III
Porque existe la noche y existen sus esquinas
apenas indagadas
más allá de la oferta
de minutos de amor a pago urgente.

Y existe la canción que se comparte, existen
las notas entonadas en feliz compañía, existe
la verdad que negaste
en un tiempo ilusorio.
Son
certezas que se tocan, fotogramas
que significan, manchas
que te aseguran
a este mundo de huecos y presencias y dudas.

IV
Porque uno mantiene,
sobre el poso del miedo y de la usura,
el ajeno destello,
la llama descubierta
en los libros robados,
la esperanza de vivir la conjura
de los sueños de pronto coincidentes
no sólo con los ecos de un poeta
tal vez indiscutible,
sí con la estrella de los otros,
con el calor de los pronombres
no sólo singulares.

No propongo, por tanto,
el desmantelamiento propio,
tampoco la renuncia
al poder ilusorio
que a veces nos acerca
a la talla del héroe o nos redime
y a veces nos condena
a la renuncia o al suicidio.

V
Desde el cuarto que acoge
mi soledad, desde la cueva
que me oculta del aire, te propongo
vivir en la intemperie,
vocear la pasión,
hacer de la escritura
tierra que te descubra
tu complicada condición: tumulto
de ciudades, de climas, de tabernas,
de canciones sombrías —en puertos o alamedas,
en domicilios conocidos
o en viejas estaciones terminales—
que te acompañan
en el peregrinar
por tus fantasmas, réplicas
del dolor o la lluvia compartida, espejos
—quizá deformes o borrosos—
de un rostro desolado y no del todo,
a tu pesar, desconocido.

VI
Así se vive, así te digo, amante olvidadiza,
que yo vivo.
No es que tenga mi hacienda en tal subasta
ni que el aire que ronda por tus ojos
carezca de atractivo, no es tampoco
un desaire a tu piel o a tu voz algo ajada
por charlas más profundas que la noche.

Es un vicio, ya sabes, que me obliga
—me alimento de extraños universos—,
que me tiene a tus pies investigando
en tu carne el origen que razona
la devoción que aplico al mundo
que en este dormitorio tú resumes.

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