jueves, 27 de noviembre de 2014

En Collioure. "Estos días azules y este sol de la infancia"


Hay compromisos íntimos que arrastramos a lo largo de la vida sin que tengamos la oportunidad de hacerlos realidad.Unas veces, vamos aplazando su cumplimiento sin darnos cuenta y otras, pensando que ya llegará el momento y la oportunidad. Visitar la tumba de Antonio Machado en Collioure ha sido, en mi caso, uno de esos compromisos. Casi desde la adolescencia, pero sobre todo a partir del momento en que, a principios de los años setenta, mi padre me regaló el disco Antonio Machado, de Joan Manuel Serrat, ese deseo ha ido conmigo. Uno de los textos de ese vinilo, no del poeta sevillano sino del cantautor, titulado "En Collioure", dejó en mi mente y en mi corazón una huella profunda. El poema concluía con seis versos estremecedores: "Unos versos y un clavel, / y unas ramas de laurel / son las prendas personales / del viejo, y cansado, / que a orillas del mar / bebióse sorbo a sorbo su pasado". La losa gris, las flores artificiales, un clavel, el ciprés que daba sombra a la tumba en verano, la yedra que crecía al pie de la losa eran el perturbador decorado del escenario que acogía al poeta que simbolizaba el exilio por excelencia. Recuerdo las tardes de verano de 1973 escuchando una y otra vez la amalgama envolvente de los versos machadianos, las letras de Serrat y los acordes de una orquesta dirigida por el incombustible Ricard Miralles que hacía de la música compuesta por aquel joven el complemento insustituible de las atmósferas y experiencias machadianas. 

Algún tiempo antes había convertido en uno de mis libros de cabecera la edición en tapa dura, del Círculo de Lectores, de Campos de Castilla, un librito que perdí en alguna mudanza, con las tapas de color tostado, como las hojas de los robles del otoño en los montes de Soria. Me había aprendido de memoria buena parte de sus poemas y el regalo paterno del LP no fue sino una prolongación, mucho más atractiva y sugerente, de aquel aprendizaje



La "Casa Quintana"
Collioure estaba al norte, más allá de la frontera, tras la barrera natural de los Pirineos e imaginada en un blanco y negro frío, harapiento, poblado de hombres, mujeres y niños desvalidos caminando contra la nieve y la lluvia por desolados caminos que llevaban a una libertad engañosa. Por eso, cuando el pasado mes de septiembre me llamaron de la Red de Ciudades Machadianas para invitarme a dar una conferencia sobre Juan de Mairena en el centro cultural de Collioure el día 22 de noviembre, no lo dudé. “Se acabaron los aplazamientos”, me dije. Y desde el instante en que colgué el teléfono hasta que bajé del tren en Perpiñán para acometer, en coche, el trayecto que une esta ciudad con la tierra que acoge el sueño eterno de don Antonio, viví con la reconocible desazón de la inminencia del cumplimiento de un deseo. Sé que llegaba tarde (nosotros, los nacidos en los cincuenta, llegamos tarde a muchas cosas), pero sé también que aquella tardanza había estado llena de devoción por la poesía de Antonio Machado, de trabajos sobre su obra, de lecturas y relecturas y descubrimientos.

Bajé del tren casi a mediodía del día 21. Y a los pocos minutos, me vi avanzando por un paisaje híbrido, mezcla de moderna área metropolitana y predio agrícola bien cuidado. Collioure, hacia el interior está rodeada de suaves montañas en las que conviven el pino con el matorral bajo y en cuyas zonas más accesibles proliferan las viñas como si de un paraje al sur del Pirineo se tratara. En la carretera que lleva a la ciudad se alternan modernas naves industriales y almacenes con viviendas de nueva planta, como pequeños barrios que complementan la vida laboral de las industrias. Cuando llegamos al pueblo, ya era de noche y en las calles se respiraba una soledad extraña, como de pueblo en suspenso, esa soledad que en nuestra costa viven las pequeñas ciudades asomadas al Mediterráneo durante el invierno, un tiempo de esperas y de ensoñaciones. 

Lo paseé en la soledad nocturna, cené acompañado por quienes llegaban desde España (Jesús Bárez y Claudia de Santos, representantes de Soria y Segovia respectivamente, la poeta Marifé Santiago) y de Marie García, secretaria de la Fundación Antonio Machado en Collioure y del poeta y periodista francés Eric Guillot, una cena salpicada de anécdotas y recuerdos, de versos machadianos y de proyectos para reforzar la red de ciudades en las que el poeta sevillano dejó su huella. Después, ya en el filo de la medianoche, caminé hasta la playa, contemplé las terrazas de los bares en letargo, con las sillas desplegadas, en una espera sin plazo, los plátanos gigantescos, como de oro viejo, que se levantaban sobre las aceras, en las pequeñas plazas circundadas de comercios cerrados, de bares sin nadie.  Aquel paseo nocturno sería el prólogo de la caminata matinal del día siguiente: el sábado, un sábado nublado pero no plomizo, la ciudad me atrapó con su belleza en calma, con su soledad invernal. Viejos bloques de aire argelino, en los que respira el pasado colonial francés, la mole del castillo, elegante y casi amenazadora entre las nubes de noviembre, la colina cubierta de pinos, surcada de caminos que llevan a su cumbre, las grandes ramblas que se adentran en el agua como inmensos desagües del monte y la ciudad para los días de tormenta y aguacero, la piedra celebrándose a sí y misma y celebrando al poeta adentrándose en un mar que el día de mi visita se mostraba, aunque tendente al gris, pleno  de la luz de la libertad. Me detuve durante algunos minutos, ante la pensión Casa Quintana, último hogar del poeta y después, junto a Joëlle Santa Garcia, presidenta de la Fundación Antonio Machado, los españoles nos dirigimos  hacia el cementerio (situado en el centro de Collioure) para visitar la tumba. 

Cuando estuve frente a la "gruesa losa gris" que, en el poema-canción de Serrat "vela el sueño del hermano" sentí una emoción a punto de lágrima. Me costaba tragar saliva, he de reconocerlo. La austeridad y el despojamiento, como una prolongación de los propios versos del poeta, eran, por sí mismos, expresión de la sustancia, de la esencia, del hombre que se consideraba, ante todo, "en el buen sentido de la palabra, bueno". A ello se añadía, en la lápida de granito, el nombre de Ana Ruiz, su madre, la mujer que lo acompañó en el último viaje tras la derrota colectiva, y que llegó a preguntar al hijo envejecido, triste, desolado, "¿llegaremos pronto a Sevilla?". Allí estábamos, junto a una bandera republicana que estuvo en Mathausen y que había recorrido medio mundo de la mano del hijo de uno de los españoles que estuvieron presos en ese campo siniestro, junto a seres anónimos que enjugaban alguna lágrima y dejaban, al pie de la tumba, alguna flor y en el buzón creado en su cabecera algún presente: unos versos, una carta, un deseo, un objeto especialmente querido, una fotografía, una postal.... Fue un momento emocionante, irrepetible, en el que saldé la deuda de mi aplazamiento, en el que vi cumplido un interminable tiempo de espera.

Cuando dejé la tumba, mientras caminaba hacia el restaurante donde almorzaríamos, pensé en que no había otro lugar mejor para acoger los restos de Antonio Machado que Collioure. Sabía que unas horas después tenía que hablar ante estudiantes y curiosos de las prosas que escribió bajo el heterónimo Juan de Mairena: sobre poesía, sobre política, sobre Historia. Pero por encima de todo ello estaba mi reconciliación íntima con aquel hombre, con el poeta que se comprometió profundamente con la democracia española, con su República, con los seres más humildes de una sociedad desigual, con el "hombre del casino provinciano", con las "buenas gentes que viven, laboran, pasan y sueñan", con  el mendigo, el loco, o con una regeneración que, al final, encallaría en una dictadura fascista de cuarenta años.

Una de las ramblas, surcada de plátanos, que lleva al mar en Collioure

Pero sobre todo evoqué, cuando, poco antes de iniciar el almuerzo, me quedé durante unos minutos mirando el mar que se desplegaba más allá del castillo y de la iglesia, aquel verso en el que respiraba (y respira, tantos años después) la luz de Sevilla que añoraba su madre, que vivía en el trasfondo de su niñez, la luz de Soria y sus sierras calvas de primavera, la claridad de la mirada de Leonor, la casi niña que murió muy pronto.... Sí, evoqué el último verso del poeta, escrito allí, junto al mar, en un Collioure desolado de derrota y gris de exilios infinitos:
                                 "Estos días azules y este sol de la infancia"