lunes, 11 de febrero de 2013

Un viaje, en otoño, a Berlanga de Duero. Segunda parte: de Barcones a Berlanga

Continúo con la crónica del viaje otoñal a Berlanga de Duero. Tierras castigadas por el abandono, pequeñas ciudades de provincia en las que. silenciosa, avanza la decrepitud....

Casa en ruinas en el interior de Rello
Entramos en la provincia de Soria entre suaves lomas y tierras roturadas y, al final de la curva, una extensa sucesión de álamos culmina en una irregular pradera de la que brotan viejos apriscos de ganado de piedra ocre. Casi sin darnos cuenta, cruzamos Barcones y, junto a la carretera, vimos cómo dos ancianas, caminaban con paso presto trasladando una mesa plegable. Montañas de paja junto a una era. Hacia Berlanga, campos yermos que contrastan con suaves lomas cubiertas de vegetación. Excepcionalmente, las lomas culminan en grandes rocas que parecen vigilar cualquier movimiento que se produzca en la llanura. Una indicación, a la derecha de la carretera, nos señalaba que cerca del lugar se levanta un manantial que lleva por nombre Fuente del caballero ý más adelante, ya en la intersección con la carretera que conduce a Berlanga, parecía aguardar al caminante una ermita con un pequeño camposanto añadido. Seguro que tiene nombre, pero en ningún lugar se señala... Ahí quedó, respirando, como tantos otros edificios que asomaban en la lejanía, la soledad de los campos.

Rello, en la altura, desde la carretera
Rello es un pueblo de altura y castillo. Su murallas, cariadas en algunas partes y bien conservadas en otras, asomó al fondo como una aparición majestuosa. Sobre las piedras de la pequeña ciudad, una bandada de negros buitres trazaban círculos contra el azul. Abajo, a la derecha de la carretera, una alameda dibujada en sucesivas curvas rendía pleitesía a un riachuelo cuya mera presencia anticipaba la vega y los huertos. El rio Escalote avanza oculto entre la vegetación y al verlo, no pude evitar el recuerdo de otros ríos parecidos en mi infancia, ríos en los que todavía era posible pescar los cangrejos autóctonos, hoy tan apreciados como el caviar. Por lo menos.

Rello mantiene con prestancia y dignidad su arquitectura medieval. En su casco urbano se levantan numerosos alojamientos rurales, extrañamente desocupados aquel sábado de octubre en el que los cielos despejados no lograban atemperar un viento frío y desapacible. Reproduzco las notas que tomé mientras caminábamos por sus calles estrechas: "Sometido, en su altura de rocas, a los vientos invernales. Rodeados de campos todavía amarillos. Abajo, llanos ondulados. Chopos, álamos. Tropeles de nubes flotando sobre el la llanura. Nidos de casas achaparradas sobre una loma.". Rello es un pueblo que todos los amantes de la historia y de los lugares con historia debemos visitar alguna vez en la vida. Cierto que hay edificios en ruinas, viviendas abandonadas y patios convertidos en almacenes de herramientas abolidas. Pero es una auténtica celebración de la piedra a la que no se le da la importancia que merece en los itinerarios turísticos.

Iglesia románica de Coltojar. Portada principal
Ocurre lo contrario con Caltojar, a donde llegamos muy cerca de la una de la tarde. Si Rello ocupa una colina, Caltojar se extiende en el llano y sus construcciones nos parecieron restauradas hacía poco tiempo. La iglesia de San Miguel, un románico tardío del siglo XII tiene un pórtico que es una auténtica joya. Cuando llegamos, estaban en fiestas y, los vecinos, vestidos de domingo como debe de ocurrir desde tiempos ancestrales, llenaban las calles y las proximidades de la iglesia. Entre ellos con uniformes ad hoc un grupo de los "Tamborileros de Aranda". Muy cerca, pudimos ver el edificio consistorial, que data de 1960, de los años negros. Al igual que el ruinoso edificio de la "Hermandad sindical", una arqueología del sindicato vertical del franquismo: aquellos vestigios del tiempo de la dictadura serían compensados por la imagen, reproducida sobre la pared de lo que parecía un garaje, del rostro de Antonio Machado que pintara, en 1955, Pablo Picasso. A la derecha de la firma picassiana, vimos un curioso reclamo de paternidad: junto al símbolo de Copyright pudimos leer EL ALCALDE

De Caltojar a la ermita de san Baudelio. cercas de Casillas de Berlanga y situada sobre un desmonte, se trata de una de las construcciones más singulares de la arquitectura mozárabe. Sus frescos interiores y sus columnas, que se mantienen aceptablemente, son una muestra de una cultura distinta y distante a la que nos muestran los vestigios románicos de la comarca. Junto a la ermita corría un viento frío y desapacible, lo que nos llevó a eludir la tentación del paseo y a retomar los coches para acometer el último tramo hacia Berlanga, de la que nos separaban poco más de siete kilómetros.


Berlanga de Duero es el castillo sobre el altozano y es la Colegiata de Santa María del Mercado, uno de los ejemplos más emblemáticos de la arquitectura de transición del gótico tardío al Renacimiento. . Son sus calles con soportales y sus casas de no mas de tres plantas, sus plazas recoletas y sus arcos hablan de otros siglos y de otros tiempos. Pese a que era sábado, eran muy pocos los viandantes y muy pocos los turistas y viajeros que caminaban por las calles. Sólo en.las proximidades de la Colegiata su presencia se hacía algo más evidente y numerosa. Entramos en la penumbra del templo y nos dejamos llevar por la "guía oficial", María Jesús, una mujer de habla espasmódica pero segura, nos muestra la colegiata.describiendo su pasado y sus secretos de manera mecánica, pura memoria: por ella supimos que el coro alberga los dos órganos mas viejos de la provincia de Soria. Recordé otro viaje a Berlanga de muchos años atrás, quizá a finales de la década de los setenta, en que recorrimos la vega del Duero hasta llegar a Soria. De entonces, en mi mente sólo mantenía una imagen de ciudad polvorienta, como abandonada de los poderes públicos, y el recuerdo del caimán que, fosilizado, se muestra en la Colegiata. Fue traído, de las Islas Galápagos (Ecuador), por su descubridor, Fray Tomás de Berlanga, quien fuera cuarto obispo de Panamá, nacido en la ciudad. De su paso por el mundo da noticia una placa sobre la fachada de la casa en que nació, que, aquel día se encontraba bien rodeada de vegetación (hiedra o enredadera): por ella supimos que nació en 1490 y murió en 1551.


Colegiata de Santa María del Mercado, en Berlanga
Cuando acabamos el recorrido por el interior de la Colegiata y salimos al exterior, nos entregamos a una peregrinación con final inesperado. Buscamos algún lugar donde comer (éramos 9 "peregrinos") y nos aprestamos a buscar algún restaurante de menú y precios razonables. Fue prácticamente imposible: en la mayor parte de los bares no daban de comer y en los que sí daban nos decían que era muy tarde para atender a un grupo tan numeroso. Sorprendidos desagradablemente porque en una ciudad con un valioso patrimonio histórico y con aspiraciones a atraer turismo de todo género no hubiera forma de comer en condiciones, culminamos la peregrinación en una suerte de hamburguesería-bar-mesón, un híbrido extraño en una ciudad medieval, denominado Valeria donde dimos cuenta de unas hamburguesas con patatas fritas, huevos y bacon.
 
La sobremesa fue un paseo calmo por las viejas calles de la ciudad. Calles apacibles ante las que no dejé de preguntarme por la vida cotidiana en el lugar: la lentitud del paso de las horas, algo que siempre he advertido cuando he pasado varios días en alguna pequeña ciudad de la Castilla profunda. La hospitalidad de sus cafeterías, que tienen algo de refugios cosmopolitas frente al casticismo que reina en las calles. El aire de cuarto de estar de esos bares de café y copa donde los lugareños entretienen las tardes jugando al mus o al dominó.... Y el deterioro de los edificios de viviendas.  Esta última circunstancia fue lo que más de emocionó: en Berlanga, como en otras ciudades similares de la ribera del Duero, hay muchas casas como la que se recoge en la fotografía: las ventanas cerradas desde Dios sabe cuándo, las paredes desportilladas, los cristales rotos... Y comercios cerrados con los escaparates vencidos por el polvo de decenios. "No es la crisis", pensé. Y en efecto: muchas casas dejaron de estar habitadas en los años setenta u ochenta del pasado siglo.



 
Dejamos Berlanga a eso de las cinco de la tarde y tomamos el rumbo de Gormaz y Burgo de Osma, El paisaje, en esta zona de Castilla, era el que tantas veces hemos imaginado al leer a aquellos escritores que se han referido a estas tierras: desde Azorín hasta Machado, desde Miguel de Unamuno hata Dionisio Ridruejo. Pero en el trayecto a Gormaz, el paisaje presenta una novedad: surge el sabinal y el pino bajo, que se alternan con llanuras amarillas y alamedas en las zonas más húmedas, las que circundan el Duero. Es la Soria de vegas en lontananza y paisajes medievales. No tardamos en avistar, desde la carretera y en dirección norte, la montaña sobre la que se levanta el castillo de Gormaz y abajo, el pueblo del mismo nombre. Dejamos los coches a media subida, en una zona de aparcamiento, y subimos caminando hasta las ruinas del castillo. Una de los amigos que me acompañaban en el viaje subrayó que se trataba de la mayor fortaleza construida en Europa durante la Edad Media.  Más de un kilómetro de longitud en planta de un extremo a otro y la constatación, en una de las guías impresas que llevábamos con nosotros, de que llegó a tener la friolera de 28 torres. Durante algo más de una hora nos asomamos a sus almenas, contemplamos un paisaje de llanura y el discurrir del Duero, hicimos fotografías e imaginamos la sensación de poder que debían sentir quienes, en la Edad Media, avistaban desde la altura cualquier movimiento a decenas de kilómetros a la redonda.

Caía la tarde cuando volvíamos a los automóviles y nos preparábamos para llegar a Burgo de Osma. ya de vuelta hacia el valle donde habíamos iniciado el viaje. Burgo de Osma es su catedral gótica con una impresionante torre barroca, es su plaza Mayor, es la Universidad de Santa Catalina, son sus plazas recoletas y son sus puentes sobre el río Ucero, cristalino y frío, rodeado de hierba, que bordea, por el norte la ciudad. Y aquel sábado de octubre, Burgo de Osma era un tumulto de gente paseando por la calle Mayor hacia la catedral, era las pastelerías abiertas y era un clima de fiesta en el que parecían confluir los vecinos de siempre con visitantes de fin de semana y ocasionales viajeros como nosotros. Me llamó la atención la vitalidad que mostraba el local del Círculo Obrero Católico: sólo en la Castilla profunda es posible ver este tipo de entidades socioculturales. ¿Una herencia de otro tiempo? ¿La perseverancia de la religión como parte de la vida cotidiana, incluso en los momentos de ocio? Probablemente ambas cosas. Y algunas más que no vienen a cuento.
 
 
Frente a la catedral del Burgo hay un café/pub de una gran amplitud y decoración entre minimalista y posmoderna (aunque casi son sinónimo, hay sutiles diferencias) en la que dominaban los tonos negros y morados. Pensé que era la alargada sombra de la iglesia: aquellos colores nos recordaban los de algunos hábitos cardenalicios u arzobispales. Allí refugiamos nuestro cansancio, tomamos café con algún dulce del lugar y recapitulamos sobre lo que había sido una intensa jornada viajera. Cuando ya era de noche, dejamos el pub y caminamos, entre la multitud festiva de la calle Mayor, hacia el lugar donde habíamos aparcado los coches. Teníamos por delante una hora de viaje hasta el valle del Lozoya. La felicidad, a veces, se parece a días como aquel.



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