sábado, 28 de enero de 2012

Polígono industrial en tarde de domingo

Alguna vez (bueno, muchas veces) he tenido que trasladarme a una zona de Madrid a la que se accede cruzando un polígono industrial. O he acudido a uno de los grandes centros comerciales de la periferia que conviven con polígonos que fueron levantados hace décadas. Digo más: hace algunos años, antes de la omnipresencia de Internet y del correo electrónico, cruzaba un par de veces al mes, para entregar mi artículo o mi crítica a El País, el polígono industrial, situado en el centro del triángulo que, en Madrid, conforman Canillejas, Ciudad Lineal y San Blas, para acoger un territorio mítico de la industria de los años 60 y 70: Julián Camarillo. En esos viajes, sobre todo cuando se han producido en domingo, he procurado liberar un tiempo para pasear por las calles y avenidas de ese mundo al margen que, como un extraño e irregular corazón, vive en el interior de la urbe.

Visión desde el aire del polígono Julián Camarillo en Madrid
Julián Camarillo, Las Mercedes, Méndez Álvaro.... Estos son algunos nombres de zonas industriales en la ciudad de Madrid que son un hervidero los días laborables y que se transforman, en el fin de semana, en espacios desiertos, casi misteriosos, en los que sólo algún vagabundo, caminantes de paso de un barrio a otro o fugaces automóviles, les dan vida. Fábricas, grandes almacenes de cartón o de productos alimenticios, cristalerías, talleres oficiales de conocidas marcas de coches, carpinterías... Son lugares que parecen apurar en silencio el tiempo del domingo y vivir la soledad como una suerte de reposo ante la avalancha que llegará el lunes.

Me gusta pasear por ellos, ver los bares cerrados (en alguna ocasión, he encontrado alguno abierto y no he podido resistir la tentación de entrar en él y tomar un café) y los restaurantes de menú suspendidos en un paréntesis. De vez en cuando, se advierte la presencia de un pequeño bloque de viviendas, una construcción anacrónica, casi provocadora, en la que me gusta imaginar que viven pequeños empresarios con nave en la zona, o trabajadores de las fábricas próximas. Para ellos, el domingo es el día de la tranquilidad en el polígono, el día del paseo, de la contemplación de naves e industrias en letargo.

Anuncio, lleno de encando, de la moto Vespa. Años 60
Detrás de este interés está, sin duda, la memoria: tuve un tío que trabajaba en Plata Meneses, una empresa que tuvo su etapa de esplendor en los últimos treinta años del pasado siglo, situada en el mismo polígono en que se encuentra la redacción de El País. A veces, cuando era niño, iba con mi madre a esperarle a la puerta de la fábrica con la sola intención de que me montara en su bicicleta de carreras. Pero también está el recuerdo de algunas imágenes memorables de la pretransición: recuerdo una mañana en la que, como estudiante, acudí con otros compañeros de Facultad, a distribuir octavillas en la puerta de la factoría de Vespa, convocando a un paro general contra el proceso 1001, o la multitud industrial, asalaridada, caminando hacia García Noblejas el día de la huelga general de un 14 de diciembre de 1988 (cito de memoria, acepto correcciones); recuerdo mi caminata eufórica, por el polígono Cobo Calleja, próximo a Fuenlabrada, avanzando hacia el almacén de una imprenta en la que se encuadernaban los libros que editaba, en 1989 ó en 1990, Fundamentos, en busca de ejemplares de Mar de octubre, mi primera novela: fui incapaz de esperar que me la enviaran a casa y atravesé Madrid hasta perderme en las calles interminables de ese polígono industrial del área metropolitana.  O mi visita apresurada a una una imprenta perdida en el antes citado polígono de las Mercedes, próximo a la autovía de Barcelona, para recoger, calientes, olorosos todavía a tinta y a papel, ejemplares de algunos de los libros más queridos de la colección de poesía de Bartleby: Antonio Gamoneda y su Blues castellano, C. K. Williams  o Mary Jo Bang, autora de una portentosa Elegy.

Y recuerdo, sobre todo, cómo, casi desde la adolescencia, mi imaginación ha vinculado esos espacios de industria y desempleo a determinada literatura crítica: Günter Grass, Kafka, novelas de los narradores del cincuenta, sobre todo del Ignacio Aldecoa más urbano, de Juan García Hortelano, de Armando López Salinas, a los poemas de Ángel González, de Gabriel Celaya, de Blas (sólo hubo un Blas), de José Agustín Goytisolo...  Y, cómo no, a cierta narrativa procedente de la Italia neorrealista de los años cincuenta: Moravia, Pavese, Vitorini...  Tampoco la pintura se ha librado de ese afán de mestizaje evocador: Antonio López tiene algunos lienzos memorables sobre ese Madrid periférico e industrial. Y mi viejo amigo Carlos Morago, sin duda, cuyo tratamiento de esos espacios, casi siempre hundidos en la soledad, aparece filtrado por un sutil tamiz que nos recuerda a Turner.

Madrid. Oleo sobre lienzo de Carlos Morago

Mi poesía tampoco es ajena a esa realidad durmiente: tantos paseos en soledad por sus calles abandonadas temporalmente, tantos recuerdos de pequeños rincones olvidados que, entre nave y nave, muestran algún apunte de una naturaleza primitiva --solares con higueras y descuidada hierba en la que brillan, de vez en cuando, botes vacíos de cerveza, cristales rotos que antes fueron botella o búcaro, oxidados recipientes de metal que alguna vez contuvieron sardinas o bonito en escabeche--.  Entre esas experiencias hay una recurrente: el atardecer del domingo, un domingo de otoño de fuerte viento y olor a lluvia, en el que un hombre camina contra el viento atravesando la soledad industrial del polígono mientras vuelan, sin rumbo, restos de periódicos, bolsas de plástico, hojas, papeles inútiles....

 En todos mis libros siempre ha habido al menos un poema cuyo origen está en esas experiencias. Aquí os dejo un fragmento del que apareció en Quebrada luz (Ferrol, Esquío, 1996), titulado Luz extinguida:

                                 El humo
extendía su gasa
de miedo y desconcierto sobre las factorías
y en el ojo tejía su red y su emboscada
la ciudad industrial, la tierra promisoria
que alguna vez soñamos.


Al humo acostumbramos la voz y la mirada.
Eran años de tinta,
de oculta podredumbre, de deseos sin límite.


Sabedlo hoy, muchachas de cristal
nacidas en la luz, en su extensión sin niebla y en sus calles
altas de claridad y de palabra,
hechas como el domingo para el sueño.

¡Qué ciudad la vuestra tan distinta
de la que vio el declive sin tregua de la luz,
de la que fue obligada
a contemplar la vieja claridad
hundida en el silencio de todas las derrotas!

1 comentario:

Ana Rodríguez Fischer dijo...

¡Qué maravilla!
Me confieso adicta a los documentales que recuperan (¿rastrean?) lo que existía hasta ayer mismo: todo cuanto recuerdas/mantienes. Aquí, a cuenta de la riqueza del Modernismo, se arrasó con todo eso... Hubo un tiempo en que podía (tenía tiempo de) pasear por espacios en ruinas (o lo que lo iban a ser), destruídos... Quizás lo mejor de la crisis es que va a ralentizarlo todo.
Hablan ahora de RElocalización. Y otras cosas.
Abrazos!