lunes, 19 de diciembre de 2011

El tirachinas: una ventana en el tiempo

Hace unos días, por la mañana, entré en el dormitorio de mi hijo a cerrar la ventana antes de salir de casa (en el fondo, es una habitación para todo: allí estudia, trabaja, escucha música, ve cine, navega por Internet, piensa, a veces come, sueña, se rebela, ama y se entristece, se alegra a veces, ríe, quizá llore). Es un cuarto en el que, en un desorden ordenado, duermen objetos de la más diversa naturaleza: en sus paredes, cuelgan algunos de sus óleos del tiempo anterior al comienzo su vida universitaria, decenas de dvds con películas de toda índole, desde Truffaut hasta los clásicos del cine mítico de Hollywood, libros de literatura (novelas, sobre todo novelas, desde KerouacJuan Marsé, libros de arquitectura, de filosofía, de Erich Fromm al teórico del arte Ernst Fischer, de sociología, apuntes, muchos apuntes, cientos de folios escritos o impresos con planos de lo más diverso, cartulinas de gramaje distinto para hacer maquetas, cables infinitos,  lápices, bolígrafos, rotuladores de punta fina, fotografías de chicas a las que conozco de haberlas visto alguna vez por casa, una agenda de pared, escrita a mano, con las tareas semanales, libretas con sus bocetos, con sus dibujos, semillas de lo que algún día, quizá, sean óleos, o proyectos...  Es su mundo, un mundo al que me suelo acercar con prevención y con mala conciencia, pero en el que, sin quererlo, reconozco al joven que fui. Eso sí: mucho más formado, más consciente, con un bagaje cultural infinitamente superior al que yo (nosotros, E y yo) teníamos.

En ese desorden, que a veces me enerva sin razón y que a veces me parece maravilloso, está la propia confusión de la edad, la encrucijada de caminos con que nos enfrentamos a la vida en un momento decisivo de nuestra formación cultural, educativa, sentimental. Con retraso, he visto mi propia encrucijada cuando yo tenía 21 años, he recobrado mi crisis de identidad en aquel tiempo, el dilema gravísimo de entonces: no sabía qué hacer, dudé entre magisterio y la nada, y al final E (nunca se lo agradeceré lo suficiente), entonces novia, me ayudó a encontrar un sendero: periodismo, carrera que comencé a esa edad imposible que hoy tiene mi hijo. Después, vino la poesía que había tanteado de adolescente, la novela, el ensayo... la literatura. 

La Dehesa de Gargantilla en verano
Esta mañana,, sin embargo, lo que me ha llenado especialmente la atención ha sido un tirachinas: el tirachinas. Estaba allí, colgado de una lámpara de pared de doble foco, como un ser procedente de otra realidad, de un espacio perdido en el tiempo y en la memoria: aquel tirachinas, de pulida horquilla de madera de fresno, de uno de los fresnos de nuestra casa en el valle del Lozoya, con gomas de tocino compradas (creo, no estoy del todo seguro) en El Rastro, venía a mí desde el hondón de finales de los años noventa. Ahí estaban mis manos, casi siempre torpes pero entonces convertidas, a los ojos de mi hijo, en mágicos instrumentos para limpiar la rama, desbastar los nudos, hendir la madera para enlazar las gomas, cortar y dar forma a la badana que envolvería la piedra; ahí estaban mis sueños infantiles proyectados, en el momento en que fabriqué el tirachinas, en un universo de bosques y de pájaros, de águilas y halcones, de lavanderas y colirrojos, de cientos de aves entrevistas en los Cuadernos de campo de Félix Rodríguez de la Fuente, de mi hijo José Manuel. "Cuánto pavoroso contacto con mis orígenes", escribió el poeta Vicente Gaos. La visión del tirachinas en su dormitorio no fue pavorosa, pero sí fue un hermoso pasadizo para valorar aquellos veranos en los que el valle, el jardín de Gargantilla, el bosque de fresnos al que llaman en el pueblo La dehesa, construían el paraíso de una infancia que acabaría en la desembocadura difícil de la adolescencia y en el mar de la juventud.

Recordé sus quince, dieciséis o diecisiete años: su madurez quizá prematura, su tendencia a preguntarse por el sentido de la vida, por el lugar que ocupamos en el mundo, por la utilidad de cuanto hacemos. Y recordé una experiencia muy hermosa, en la que creo que advertí que el niño del tirachinas había crecido, había empezado a madurar: fue un domingo de invierno, por la tarde, en que fuimos juntos al cine (no íbamos desde que era muy pequeño, aquellas salidas al cine en las navidades de los nueve, diez, once años, películas de Walt Disney, de dinosaurios, de"power ranger"). Aquella vez, emboscadas inevitables de la edad, no elegí yo la película, no fui yo quien tomó la iniciativa, sino él. Aquella tarde, quizá sin pretenderlo, mi hijo fue una reencarnación del padre: fuimos a una sesión de media tarde del cine Victoria a ver una gran película, El viento que agita la cebada, de Ken Loach. Era en 2006, cuando mi hijo tenía diecisiete años y comenzaba su vida universitaria. Han pasado cinco, el está casi al final del camino de la carrera que inició entonces y yo lo contemplo con admiración y confusión. 
Sin título. Óleo sobre lienzo. Fragmento. José Manuel Rico
Hace ya muchos años, algo más de tres lustros, publiqué, en la colección Esquío, de El Ferrol, un libro de poemas  titulado Quebrada luz. En ese libro hay un poema titulado "Luz de madera" que es un homenaje a mi padre, escrito diecisiete años después de su muerte, en el  que imagino, huelo, siento su presencia en la madera de una librería de pino de Oregón fabricada por él ,  tablero a tablero, en su carpintería. Fue su regalo de bodas. Hoy, la librería está en nuestra casa del valle. En ella reposan libros de cuando él vivía. El tirachinas encontrado en la habitación de mi hijo ha avivado ese recuerdo. Al igual que la madera del viejo mueble, el fresno seco y lijado de la horquilla del tirachinas de mi hijo  "hablaba de destrezas, de manos y de sueños", de mi remoto empeño por hacer realidad la ilusión de aquel niño que entonces era mi hijo y que hoy es un hombre hecho y derecho, lleno de responsabilidad, de conocimiento, de sabiduría. En la encrucijada de los 21 años. Reproduzco el poema citado:

Solía ocurrir algunas tardes:
cuando la voz de tabaco suspendía en la casa
el sueño sin relojes de un padre hecho cansancio,
me llegaba esa luz insuficiente
que adquiere la madera al llenarse de tiempo.

En esa luz opaca, olorosa a barnices,
yo crecí sin saber que en los muebles de casa
florecía la noche y no sólo la vida,
que la luz que otorgaba
memorias vegetales a sus vetas oscuras
hablaba de destrezas, de manos y de sueños,
trocaba los ocultos deseos de mi padre
en una realidad utilitaria.

Crecí con esa luz de infancia y de madera.
Todavía conservo
la vieja librería. Al contemplarla
sorprendo a veces
la herida de un fulgor. Quizá se trate
del temblor de su mano, de la antigua destreza
que se impuso a la muerte y nos vigila.

                        (Del libro Quebrada luz. El Ferrol, 1996)

lunes, 5 de diciembre de 2011

Algunas calles comerciales de mi ciudad: presente y memoria

No hace mucho, anduve durante un buen rato por la vallecana Avenida de San Diego. Es una calle no demasiado ancha que antaño, cuando yo tenía diez y once años, establecía una suerte de línea divisoria entre el barrio de Portazgo y Puente de Vallecas y el mundo recién nacido de Entrevías y del llamado barrio de Palomeras. Allí acababan los edificios de varias plantas, las calles adoquinadas (el asfalto era todavía rara avis) y el mundo "civilizado" y nacía un universo de casas bajas, de chabolas crecidas en noches clandestinas y el descampado que cruzaba el ferrocarril que venía de Atocha. Hoy ha pasado a ser una arteria central de la zona, uno de los ejes comerciales del distrito. Es una calle viva, llena de pequeños comercios

Calle próxima a Bravo Murillo. Foto Enrique F. Rojo. 2008
En la fotografía aparece por prura casualidad el novelista Antonio Ferres
Recordé otra calle de parecidas características y recorrida en los años 70 con la fruición de quien explora y descubre. Bravo Murillo nacía en Cuatro Caminos y se extendía, como calle comercial y universo de los sueños, hasta la Plaza de Castilla, aunque perdía su densidad de escaparates cuando pasaba de la calle Capitán Blanco Argibay. Fue y es calle comercial, espacio que abre a la ciudad el bosque de callejuelas, pequeñas empresas, imprentas y artes gráficas que se despliega, hacia el oeste de Madrid hasta los aledaños de la Universitaria al sur y del barrio del Pilar y de la Dehesa de la Villa más al norte.

Mi tía María, una hermana de mi madre que murió soltera e infinitamente triste, solía llevarme en el tiempo de su juventud y de mi infancia y cuando se acercaban las navidades a Conde de Peñalver, calle a la que llamaba Torrijos y en la que alentaba un mundo nuevo y prometedor.... Allí, en tenderetes que en los días próximos al del sorteo de la Lotería colocaban algunos libreros, me compró algunos libros con las historias de Guillermo Brown y, en una de las papelerías más amplias y bien surtidas de la calle, más de una estilográfica Parker 51, gesto del que se nutriría, muchos años después, mi imaginación para escribir la segunda de las novelas cortas de mi libro Espejo y tinta (2008)

Otra calle comercial  vinculada a mi biografía es López de Hoyos. Siempre ha sido una calle extraña, crecida en el tiempo en que E. y yo comenzamos a construir nuestra vida en común. Allí solíamos acudir a comprar en el mercado de Prosperidad, o a una famosa cafetería, hoy desaparecida, donde refugiaremos algunas tardes sabatinas junto al chocolate con churros y la conversación. También en López de Hoyos nos aguardarían tiendas de muebles para nuestra segunda casa, o jugueterías para las primeras noches de reyes de nuestros hijos. En esa calle, en una sucursal bancaria, trabajé varios años y de aquella experiencia guardo en mi mente (¡todavía!) nombres de clientes y empresas que se mezclan con el olor a aceitunas y vinagre de una de las más emblemáticas tabernas de la zona (abierta hoy, ¡todavía!).
 
Calle López de Hoyos

Alcalá/Avenida de Aragón, que llegaba del corazón de la ciudad, de la plaza de la Independencia y de la puerta del Sol, al mundo arrabalero  y menesteroso que crecía más allá del puente de Las Ventas, fue la calle comercial más visitada de mi infancia. Allí confluían viejos barrios: Quintana, La Elipa, la Concepción, San Blas, Simancas, Canillejas.... 

En todas esas calles he vivido (y vivo) la sensación de formar parte de un lugar en el que la soledad se debilita, casi desaparece. En esas calles, casi todas afirmadas en barrios periféricos de Madrid (San Diego, de Vallecas, Bravo Murillo, del barrio de Tetuán, López de Hoyos, de la antigua Prosperidad) yo cultivé mi amor por los sábados y domingos por la tarde, por los días excepcionales en los que mi vida cotidiana, cultivada en el barrio, en las calles laterales, en el barrio de la Alegría primero y en la UVA de Hortaleza después, se aferraba a un paréntesis que tenía que ver con multitudes, con luces, con escaparates, con cafeterías y bares, con papelerías y ferreterías, con tiendas de ropa y de zapatos. Eran como incrustaciones de un cosmopolitismo incipiente, ese cosmopolitismo que allá por los últimos años sesenta alcanzó a la Gran Vía (entonces llamada avenida de José Antonio) y del que, en nuestros barrios de la ciudad sobrante (que diría el añorado Vázquez Montalbán) teníamos noticia gracias a esas calles  por las que nos llegaba la civilización y la modernidad. Recuerdo que eran nuestros sucedáneos de Broadway o de la Gran Vía de los cines de estreno. Cierto que una cosa era Torrijos, tan clavada en ese barrio de Salamanca al que Manolo Longares, en su magistral Romanticismo, bautizaría como "el cogollito", donde los cines estaban casi en el nivel de los de la Gran Vía aunque sin su brillo ni su glamour. Pero la verdad es que eran calles especializadas en los cines de sesión continua y programa doble: Mundial, Aragón, Morasol, Ventas, Mundial, López de Hoyos, Lepanto, San Diego, Tetuán,..

 
El viejo cine Tetuán en los años 40
Es verdad que no todo era modernidad: que había (y hay, aunque cada vez menos) tiendas de artesanía, comercios donde se vendían muebles y utensilios de mimbre, que de vez en cuando asomaba, entre una mercería y un bar, una tienda de carbón de piedra y de carbón de encina, a el chiscón de un zapatero, o una carpintería. Solían se restos del tiempo en que aquellas calles eran todavía un híbrido de descampado y barrio lateral (años 30, años 40), establecimientos gestionados por gente mayor, de una generación perdida en la miseria del más intenso blanco y negro. Pero a mí, niño y adolescente en los sesenta, me gustaba descubrir aquellas arqueologías de otro tiempo.   

Hoy vuelvo, de vez en cuando, a esas calles. Me gusta pasear por ellas, detenerme ante sus escaparates, comprobar que mantienen cierta vitalidad comercial incluso en medio de la crisis, que en sus fachadas se alternan los establecimientos con cierto pedigrí con otros nuevos promovidos por inmigrantes. Tal vez sea una vitalidad ligeramente empobrecida, pero digna, paseable, hecha con la humanidad urgente de lo cotidiano: han muerto los cines, ha desaparecido alguna cafetería que era el colmo de lo "chic"en otro tiempo (butacas de eskay, casi siempre de color rojo, fotografías de actores y actrices de Hollywood en las paredes, muebles de formica y un menú innovador a base de sandwiches y tortitas con nata). También es visible en ellas, un cierto aire de decadencia, casi de rendición. ¿Ante qué enemigo? No es un enemigo invisible, sino uno muy visible: los nuevos centros comerciales de la periferia. Los zocos, los Alcalá Norte o Madrid Sur, los Plenilunio o Vaguada. Mundos de neón e hiperconsumo: allí viven nuevos comercios, cines, algún que otro teatro y, sobre todo, lugares para el encuentro y la ensoñación (aunque a algunos de nosotros nos parezca mentira). Mundos en los que, estoy seguro, en el día de hoy no pocos niños habrán comenzado a cultivar la añoranza de una felicidad extraña y a ellos vinculada no muy diferente de la que a mí me une a las calles comerciales que acabo de evocar.