lunes, 22 de agosto de 2011

Sobre el olvido y la memoria: cuando Egea "desaparece" de un encuentro histórico con Ángel González.

1. De Ángel González.

Hace algo más de tres años, el 17 de mayo de 2008, participé, en Alcorcón en un acto de homenaje al poeta Ángel González. Compartí mesa redonda con Almudena Grandes, Benjamín Prado, Luis García Montero, Juan Cruz, Julio Llamazares y Javier Rioyo. Yo estaba allí por invitación del concejal de cultura (había contribuido a que el Instituo Cervantes apoyara el homenaje) y como conocedor y amante de la poesía de Ángel. También porque, tal y como escribí en este blog días después, "creía representar a los cientos de miles de lectores que han vivido la poesía de Ángel más allá de la figura ceñida a las noches de farra y al reducido grupo de amigos de las madrugadas madrileñas en que se centraron, con posterioridad a su muerte, la mayoría de las columnas y semblanzas que se publicaron". Otro "mérito" para compartir la mesa fue ser director de la colección de poesía donde se reeditó Tratado de urbanismo con lectura de Carlos Pardo (Bartleby, 2007). Es decir, yo no era amigo de Ángel y mi presencia allí obedecía a razones distintas a las de los amigos "oficiales". Pues bien, tuve la sensación (algo que se derivó de algún comentario entre irónico y hostil de uno de los compañeros de mesa y que me confirmaron después amigos presentes en el acto) de que en aquella mesa estábamos dos escritores que, para la mayoría de sus integrantes, quizá no debiéreamos estar. Uno era yo, ajeno al tono de confidencia y al lenguaje para iniciados con que se dirigían unos a otros. El otro era Julio Llamazares. En el fondo, pienso hoy, me consideraban intruso, un invitado ajeno, el crítico y poeta no requerido por ellos y, sobre todo, extraño al universo de amistades del poeta homenajeado y, por tanto, sin la "legitimidad" del amigo próximo para hablar de él y de su poesía....  Menos aún si había tenido la idea políticamente incorrecta de escribir, en el libro-homenaje que para la ocasión publicó el ayuntamiento de Alcorcón, un artículo titulado "El Ángel González al que admiro, quiero y releo", (podéis leerlo en mi blog- "Estantería") en el que afirmaba la necesidad de que  las nuevas generaciones de lectores no heredaran sólo la imagen de un Ángel González frecuentador de las noches alcohólicas, cantor de boleros o de peregrinación nocturna que solía destacar un grupo de escritores y poetas que se habían erigido en propietarios, intérpretes, herederos, quizá albaceas y difusores de su obra. Ángel González era y es mucho más. No era (ni es) de ellos, sino de millones de lectores que habíamos aprendido, a finales de los años 60, que la poesía es algo más que un desahogo íntimo. En Alcorcón hubo, por parte del ayuntamento, un intento de acabar con el reductivismo del grupo, sólo conseguido en parte, al que Ángel parecía sometido.

2. De Javier Egea

En mi prólogo al I volumen de la Poesía completa de Egea subrayo mi extrañeza e incomprensión ante su ausencia, durante más de un cuarto de siglo, de todas las antologías y recuentos de ámbito estatal que, entre 1982 y 2007, se han publicado en España. Una incomprensión que se convierte en incredulidad y perplejidad si se valora el peso específico que algunos poetas amigos fueron adquiriendo, a lo largo de los años 80 y 90 del pasado siglo, en el ámbito universitario, editorial e institucional de España. Pues bien, la manifestación, negro sobre blanco, de esa perplejidad dio lugar a la expresión de determinadas reservas respecto al contenido de mi prólogo. Eso sí, muy acotadas. Me explico: fueron Álvaro Salvador y Luis García Montero, compañeros de Javier en el manifiesto La otra sentimentalidad, quienes expresaron su crítica por considerar que en mi texto había una acusación indirecta hacia ellos. Después de reconocer lo certero de mi análisis crítico de la obra de Javier, de valorar la importancia de la edición de su poesía completa y el gran mérito de Bartleby, me adjudican la acusación: ellos eran los grandes amigos, los "hermanos" de Egea, y, por tanto, no podían excluirlo. Álvaro Salvador llegó, incluso, a afirmar que él también fue excluido de casi todas las antologías. Por tanto, sería la casualidad, algún mal fario o la perversa voluntad de editores (algunos muy cercanos a los compañeros de Egea en La otra sentimentalidad), profesores, antólogos e historiadores, lo que habría relegado al silencio a Javier Egea durante varias décadas. Y claro, en los últimos años, la responsabilidad sería achacable a los herederos legales (como en el caso de Ángel González, o en el de Rafael Alberti, no falta voluntad de reprochar a los elegidos en el testamento por el fallecido la apropiación de derechos que se consideraban propios, exclusivos, intocables). Pues bien, hoy, 19 de agosto de 2011, he conocido un nuevo elemento para reflexionar sobre la desaparición de Quisquete de antologías y recuentos.

Sigamos....

Y... 3. De Ángel González, Javier Egea y Luis García Montero

La exclusión de la obra de Javier Egea (el volumen II de su Obra completa) de las ayudas del Ministerio de Cultura correspondientes a 2011, me ha llevado a escribir una amplia nota en Facebook mostrando mi desacuerdo ante una decisión injusta del que considero mi gobierno. A esa nota han respondido numerosos internautas con comentarios de los más diverso y con un denominador común: críticos con la medida, solidarios con Javier Egea, con la editorial, y admiradores de su obra poética. Entre ellos estaba Susana Rivera, la viuda de Ángel González, quien ha aportado una nueva muestra de la práctica (seguramente involuntaria) del silenciamiento. Es decir, de instrumentalización de la historia, de reescritura de hechos pasados de acuerdo con intereses contrarios a la memoria del poeta granadino. En esta ocasión el borrón, la tachadura o la difuminación de Quisquete está vinculada a la figura de Ángel González y se advierte en una evocación de Luis García Montero.

El autor de El jardín extranjero se indigna cada vez que alguien le adjudica un cierto papel, probablemente más por omisión que por acción, en el silenciamiento de Javier Egea (a juicio de muchos, el mejor poeta de los tres del histórico manifiesto). Es más, afirma haber hecho lo imposible por evitarlo. Nadie lo discute. Menos aún yo: no me consta. Sin embargo, la realidad, la historia de lo ocurrido no concuerda con esas afirmaciones: cientos de poetas a años luz de Javier Egea, buena parte de ellos usuarios del marchamo "poesía de la experiencia" y próximos al círculo de Prado o García Montero, han estado presentes en numerosas antologías en ese tiempo. Javier Egea, el proclamado hermano, amigo, compañero, no. Seguramente Luis García Montero tiene razón. Pero mi nota en Facebook ha servido para añadir un eslabón más al argumentario que lleva a la teoría del silenciamiento. Y en este caso, el eslabón se construye, curiosamente, con la figura de Ángel González como protagonista esencial.

Leamos la respuesta que García Montero da a Lillliana Martínez Polo, en la revista digital Vivir.in, de Bogotá, cuándo ésta le pregunta cómo conoció al maestro de la generación del 50:
"En los 80, quisimos hacerle un homenaje a esa generación. Entonces lo llamé (a Ángel González) para pedirle manuscritos y fotografías originales. Me citó en una cafetería, debajo de su casa, un 20 de noviembre. La fecha en que la extrema derecha conmemoraba la muerte de Franco delante de su estatua.”(...) “Ángel vivía solo delante del Ministerio de la Guerra y de la estatua. Cuando llegué, encontré la cafetería cerrada y a un Ángel González tembloroso, porque estábamos rodeados de la extrema derecha, haciendo el saludo fascista. Él dijo: "Vámonos, que nos matan como nos reconozcan". Ese primer incidente creó una complicidad humana, literaria y política. Empezaron ahí los primeros recuerdos de su infancia...”
La misma escena, descrita por el periodista Fernando Araújo Vélez para Elespectador.com, también de Bogotá, el 25 de febrero de este año:
(Ángel González y LGM) “Se citaron en la plaza de San Juan de la Cruz, Madrid, pero sólo se dieron cuenta de su error cuando vieron la plaza repleta de hombres y mujeres vociferantes que ondeaban, histéricos, cientos de banderas españolas con un águila imperial en el centro. Era 20 de noviembre, el día de las extremas derechas en España. Un 20 de noviembre había fallecido Francisco Franco. Un 20 de noviembre había nacido José Antonio Primo de Rivera. Entre esos dos días, y entre ellos dos, la historia de España se tiñó de sangre, de odios, de muerte, de olvido. González aguardaba en la puerta de una cafetería. García Montero lo saludó. Tal vez ni siquiera alcanzó a saludarlo, porque González lo tomó del brazo, presuroso, y le dijo vámonos que si nos reconocen nos matan".

Esa versión es la que se ha hecho canónica, "oficial". Sin embargo, Susana Rivera, testigo del encuentro, ha escrito el siguiente comentario a mi nota:
"Luis García Montero lo desaparece del primer encuentro con Ángel González. Es verdad que (Ángel González) tomó a alguien del brazo, pero no fue a Luis, sino al gran poeta Javier Egea que también estaba citado. Por su propia barba y pinta de intelectual izquierdista y el pelo largo, barba, gafitas estilo John Lennon de Javier, junto con el largo abrigo de visón de su madre que vestía, Ángel temió que podrían llamar la atención de los fascistas congregados en la plaza de nuestra casa".

Es curioso que LGM, en su evocación, obvie el  detalle de que quien lo acompañaba era su amigo y compañero de manifiesto Javier Egea. Precisamente en la primera mitad de los ochenta, una etapa en la que iniciaba su carrera (como poeta y como profesor) al lado de quien ya era un soberbio poeta con un reconocimiento generalizado y que, además, había obtenido uno de los premios con mayor nivel de reconocimiento crítico e institucional de la época, el Juan Ramón Jiménez, por Paseo de los tristes. Egea era conocido y reconocido en Granada y fuera de Granada. Seguramente, ese olvido de Luis es también involuntario. Ni lo dudo ni tengo por qué dudarlo. Pero de parecidas involuntariedades se ha ido construyendo una de las marginaciones más absurdas, inexplicables e inmerecidas de la poesía española en los últimos 50 años. Con todos mis respetos hacia LGM y hacia su obra, dejo aquí estas reflexiones.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Raúl Zurita, el poeta de "Cuadernos de guerra" y del profundo Chile

El pasado mes de abril, en la Feria del Libro de Soria, especializada en poesía, pasé, entre otras, por la caseta de la pequeña editorial Amargord. Allí, un entusiasta editor (¿era José María de la Quintana?: probablemente, pero no puedo asegurarlo) me entregó un libro que --lo digo con mala conciencia-- desconocía. Se trataba del último poemario del chileno Raúl Zurita (Santiago de Chile, 1950), de título más que ilustrativo, Cuadernos de guerra. Me lo llevé con la intención de escribir una crítica para Babelia aunque no me metí con él de inmediato. Otros encargos se cruzaron en el camino y sólo a mediados del pasado mes de julio pude iniciar su lectura. Aun siendo consciente de que estaba frente a la nueva obra de uno de los grandes poetas de Chile y, más allá, de América Latina, no dejé de gozarlo como si me enfrentara a un gran poeta recién descubierto. Lo he leído de dos "tirones" hasta quedar extenuado: no por cansancio, sino por la alta tensión emocional, por la dureza del universo que Zurita nos dibuja, por la atormentada (y lúcida) reflexión a la que nos invita.

Sin embargo, sólo al concluir su lectura y tras escribir el borrador de la crítica, descubrí, con cierta vergüenza y algo más de mala conciencia,  que no es un libro de 2011. Fue editado en 2009 y presentado en Madrid por el propio Zurita: ni fui consciente, entonces, de su edición, ni me enteré de su lectura pública. Es decir: un descuido imperdonable. No sólo porque no lo supe entonces, sino porque ese extremo convertía en papel mojado mi trabajo para el suplemento: habían pasado dos años desde la salida a librerías del poemario y la norma establecida (en todos los suplementos) no permite la reseña sobre un libro tan "antiguo" cuando en el año en curso hay numerosos libros que se quedan en la cuneta. Decidí salvar la crítica y trasladarla a Al margen. El texto, con algunas adaptaciones al medio, es el que podéis leer a continuación.
"A veces, libros de poesía que rompen la norma, muestran un hondo y poderoso aliento y sitúan al lector ante las contradicciones del siglo, pasan inadvertidos no se sabe muy bien por qué. Tal es el caso de Cuadernos de guerra, del chileno Raúl Zurita, una colección de poemas publicada en 2009,de la que apenas se ha hecho eco la crítica (académica y periodística) en la que aborda un recorrido por la memoria más dramática del siglo XX.
"No es, contra lo que pudiera inferirse de la anterior definición, una poesía de alegato, sino una poesía total, cívica, filtrada por la experiencia íntima: la vivencia de los hechos colectivos se amalgama con destellos procedentes del sueño, de la memoria, con la alusión a un presente inaceptable y con la referencia a hechos históricos especialmente dramáticos, terribles: Hiroshima, el golpe de estado de Pinochet y su secuela de asesinatos, torturas y exilios, Auchswitz y el Holocausto, las penalidades de los presos en el desierto de Atacama durante la dictadura. Pero ese itinerario por la desolación tiene ventanas a mundos personales en los que lo onírico y lo realista se mezclan. Ahí está el Raúl Zurita niño y su memoria del padre y de sus familiares más próximos, sobre todo su hermana, o el sueño amoroso a la sombra de una ciudad devastada, o la evocación del mar y de la playa de la infancia como escenario de su propia llegada al mundo: 'Mamá está de pie y su bañador ceñido y oscuro se / recorta como un raro pájaro contra el cielo del / fondo. Amanece. La muchedumbre avanza entre/ gritos / y al frente la playa flota curvándose en la / creciente claridad'.

"Paisajes desiertos, ciudades quemadas, cordilleras de ceniza, paisajes marinos o esteparios que parecen surgir de una pesadilla. Todo ello viene a conformar un libro inquietante y poderoso que es, pese a la casi absoluta presencia de la desolación, un canto a la vida y al amor. Zurita, un clásico contemporáneo que nunca ha tenido complejo alguno por llevar la política a la poesía, muestra en Cuadernos de guerra la pertinencia y la actualidad de esa lírica (una lírica, apostillo, siempre necesaria). Y lo hace a partir de un impulso experimental, sin traicionar la vocación innovadora que preside su poesía desde sus primeras entregas, allá por los años setenta: un versículo fronterizo a la prosa en el que el tono coloquial se astilla para reforzar las imágenes más perturbadoras. Una poesía dura y tierna a la vez. Envolvente, narrativa, cuya fuerza reside en la certera mezcla de lenguaje próximo e iluminador y realidad atormentada".  

Hasta aquí la crítica. Como muestra del poder de la poesía de Zurita en este libro, os dejo uno de sus poemas más conmovedores:

CIELO ABAJO 
Como si fuera el mar, el desierto había adquirido
el tono violáceo del amanecer y por los viejos
cauces resecos el día iba entrando en la tierra tal
como hace infinitos años los ríos entraban en el
mar. Adelante las rompientes estallaban con furia
y como si nos contara un cuento Veli nos dijo
que las aguas saladas del mar eran la noche de las
aguas dulces y que por debajo de ellas los ríos
seguían cruzando hasta reaparecer limpios y
nuevos por el otro lado el mar. Fue en Punta de
Lobos, el día antes de volver. Mamá después me
contó que cuando papá estaba a punto marcharse
mi abuela le había dicho que tenía que cantar
porque cuando se moría un bueno el cielo se
hacía más ancho. Así se fueron marchando papá,
mamá, mi hermana, todos, y por cada partida
parecían crecer estos pedregales donde a mamá

donde papá nunca me contesta. A los años,
cuando sólo tres sombras nos reunimos en torno a
Josefina Pessolo, la madre de mi madre, nos
dimos cuenta que hacía mucho tiempo que ella
también había partido. Sólo sus labios se seguían
moviendo: canten —seguían diciéndonos— canten y
canten. Y continuaron moviéndose hasta el amanecer.
 
Y cierro con la voz y la imagen del poeta. Si no pude (pudimos) estar en la lectura/presentación que en 2009 dio en Madrid, aquí recuperamos, gracias a la magia "youtubera",  su lectura de uno de los poemas. Gocemos de él.


sábado, 6 de agosto de 2011

Las bicicletas, Antón Castro y la memoria

Hace un par de meses, revisando los trastos de nuestra casa en el valle, tuve que mover las bicicletas, las viejas bicicletas que desde que Fernando Fernán Gómez las llevara al título de su más conocida obra teatral han quedado varadas en el territorio del verano, de todos los veranos de nuestra pequeña o gran historia. En la fotografía, la bicicleta que utilizaba mi hijo, con la que hasta hace poco recorría las carreteras y caminos rurales que llevan a pequeños pueblos, o la que sube, como un reptil de asfalto, hasta el puerto de Navafría. La saqué del trastero, la coloqué frente al doble fresno situado junto a la casa y la fotografié. Mientras lo hacía, recordé un verso memorable de Diego Jesús Jiménez, procedente de su poema "La casa": "La bicicleta, sin niño por las cuestas". En efecto, estaba ante la bicicleta sin niño, ante la bicicleta huérfana, ante un animal metálico que, como el viejo arpa becqueriano, "de su dueño tal vez olvidado", dormía entre aperos de labranza, junto a la carretilla o la manguera, a la espera de que alguien lo ponga de nuevo en uso. He de decir que junto a ella, dormían otras bicicletas: la que usaba Malva, mi hija, en su adolescencia, y la que usé yo para acompañar las primeras pedaladas de una y de otro. Las bicicletas son para el verano, en efecto. Aunque en este caso lo sean para los veranos evocados, para algún paseo puntual, para ejercitar la memoria del tiempo en que eran usadas día tras día como parte del rito de un tiempo vacacional que, tal y como escribí en algunas páginas de mi novela Verano, creíamos eterno. Un verano que se iniciaba, de facto, con la retransmisión de los sanfermines por la radio a primerísima hora de la mañana y, poco después, con el inicio del Tour de Francia, la misa solemne de la bicicleta que acabaría colándose en las sobremesas y siestas de la mayor parte de los días del mes de julio.. 

Esta memoria de la bicicleta se ha avivado tras mi viaje al Moncayo, después de escuchar a Antón Castro recitar, en Veruela, algunos poemas de su último libro El paseo en bicicleta y, sobre todo, tras concluir su lectura hace apenas veinticuatro horas. Había leído, hace un par de meses, su anterior poemario, Vivir del aire (Olifante, 2010), y descubierto la presencia de un espléndido poeta detrás de su labor periodística, ensayística, de impulsor y animador de la cultura en Zaragoza. Reconozco que uno de los factores que han influido en esa empatía es mi conincidencia con dos ingredientes de su poesía que, a mi juicio, son esenciales: la presencia de la memoria con todas sus caras, y la emoción. Antón realiza ese "paseo" a través de una colección de poemas en verso y en prosa. El lenguaje, que combina el tono conversacional con destellos metafóricos, con iluminaciones de una notable intensidad lírica, viene a cerrar el círculo de un texto que se lee con gusto, que muestra un alto nivel de exigencia y en el que la vida respira a raudales. La del propio poeta y la de quienes alcanzamos a reconocernos en la memoria que reconstruye o imagina.

En El paseo en bicicleta está la infancia, el primer amor, el amor estudiantil, los amigos, el padre (abordado con una gran ternura, con una mezcla de compasión y reproche comprensivo), la madre, la memoria del Tour con algunos nombres míticos (de BahamontesAndy Slech, pasando por Fignon o Van Impe), está la Zaragoza de los años sesenta y la Zaragoza de vanguardia y cristal de la Expo de 2008 con sus arquitecturas en la frontera de la provocación. Está la naturaleza, Horacio Quiroga y su relación con la bicicleta, Marie y Pierre Curie y su luna de miel por la Francia de principios del siglo XX, está el conmovedor y torpe cartero que Jacques Tati interpreta en Día de fiesta, están los olores del verano de una Castilla tórrida vivida en el tránsito de cada año, desde Zaragoza a la Galicia originaria --una Castilla de olores, de sonidos, de sol crujiente e impiadoso--.

He recobrado, con Antón Castro,  mi relación a lo largo de muchos años con la bicicleta. No ha sido una relación fácil, ciertamente, sobre todo en el tiempo de mi infancia. Tuve, a mis diez u once años, un armatoste más que una bicicleta. No sé de dónde lo sacó mi padre, pero recuerdo que nunca salí con ella a la calle de aquel barrio "de la ciudad sobrante" (Vázquez Montalbán dixit) donde vivíamos. Pesaba un quintal, en vez de cubiertas con cámara tenía unas ruedas de caucho macizo, sin cámara, que acrecentaban su peso, y no había forma de detener el pedal: siempre tenías que ir pedaleando. Eso era, me dijeron, el "piñón fijo". Para más inri, no tenía frenos (tenía que utilizar la suela de mis sandalias como zapata). Por eso, sólo la utilicé en el patio familiar ya que me avergonzaba salir con ella a la calle para competir con amigos que tenían bicicletas con cambio, con freno y con ruedas hinchables (las BH eternas), lo que acentuó más si cabe la frustración con que recibí aquel regalo. También he recobrado los veranos del barrio de la adolescencia, tiempo después, cuando mis amigos y yo alquilábamos bicicletas para desplazarnos por unas afueras que todavía eran campo, entre el barrio de Hortaleza y La Moraleja o a los pinares de la Alameda de Osuna, hacia las lejanías de Barajas, o los primeros amores en las choperas más allá de la vía del ferrocarril que iba a Zaragoza y Barcelona, envolviendo arroyos inverosímiles. Y ha vuelto a mi memoria mi tío Federico, hermano de mi madre, cuya mente quedó varada en un niñez sin límite y al que yo veía, con los pantalones remangados y cogidos, en la pantorrilla, con pinzas de la ropa y vanagloriándose de su homonimia con Bahamontes recién llegado de largos trayectos por las carreteras próximas al Madrid de los sesenta al piso de la calle de Hermosilla donde vivía la hermana mayor de mi madre. Y las bicicletas de mis hijos, vinculadas a los veranos del valle del Lozoya, a sus primeros amores y a sus primeras salidas al río, o al embalse próximo. Y películas con bicicletas y meriendas campestres, y el film mítico de Marco Ferreri con el telón de fondo de una Italia de posguerra.

Todos sabemos que leer un libro es hacerlo nuestro. Agregar, mentalmente, piezas de nuestra memoria, experiencias vividas, lecturas, emociones propias.... Eso me ha ocurrido con  El paseo en bicicleta de Antón. Todas esas evocaciones han pasado a formar parte de mi lectura de ese hermoso libro. Leámoslo. Vivamos. Un mundo, familiar y desconocido a la vez, se abrirá ante nosotros.

En tanto, escuchad y ved este vídeo en el que, con hermosas imágenes, Antón Castro lee el poema "En ruta" con que abre el libro.

martes, 2 de agosto de 2011

Militantes de la poesía a la vera del Moncayo.

Pórtico iglesia monasterio de Veruela
La poesía requiere de auténticos militantes, de seres entusiastas con capacidad para el sueño y que, a su vez, sepan moverse en la realidad, una realidad especialmente hostil --indiferente, más bien, lo cual es una forma de hostilidad-- a la poesía. Acabo de vivir una experiencia de dos días a la sombra del Moncayo. Entre Litago, Trasmoz y el monasterio de Veruela. Invitado por Trinidad Ruiz Marcellán y por la Asociación Cultural Olifante he cumplido, al fin, uno de esos deseos que se van aplazando sin saber muy bien por qué a lo largo de la vida. El Moncayo ha sido siempre un nombre que he vinculado a mi formación poética. Inseparable de los versos sorianos de Antonio Machado y de Gustavo Adolfo Bécquer, imagen mítica en la lejanía desde la carretera que enlaza Tarazona con Tudela, visitar sus pueblos, perderme por las carreteras que los unen o que se acercan a la cima, eran algunas de mis asignaturas pendientes. El Festival Internacional de Poesía Moncayo que acaba de concluir (y que ha sido dedicado a Gabriel Celaya en su centenario) ha sido la puerta que me ha ayudado a acceder a esas tierras, a vivirlas y, de manera muy especial, a quererlas a través de sus gentes, sobre todo de aquellas que, conducidas e impulsadas por Trinidad, han colocado la poesía en el centro de sus vidas. 

Hace ya tiempo, escribí una entrada en Al margen a propósito de la Casa del Poeta de Trasmoz. Entonces pensé de lejos en la posibilidad de disfrutar allí de una estancia. Ahora, tras gozar de la hospitalidad de quienes animan y dan vida a ese proyecto, creo que esa posibilidad se puede convertir en probabilidad. Y, no tardando mucho, en realidad. Veremos.

La lectura de los poetas aragoneses en la iglesia de Litago, la experiencia de compartir mesa y lectura con un Antón Castro al que acabo de descubrir como un gran poeta y con un Ángel Guinda en su plenitud creadora en un espacio tan cargado de significados como el monasterio de Veruela ha sido un regalo impagable. Tanto E. como yo nos hemos sentido abrumados por la belleza del monasterio, de su iglesia, de un claustro extremadamente singular. Y yo he sentido, con un regocijo casi infantil, una extraña felicidad nacida de la unión del momento que estaba viviendo con veranos remotos en el Madrid de mi adolescencia, cuando, en autobús, me dirigía a comer a casa de una tía carnal que vivía en la calle de Hermosilla: en aquellos viajes siempre me acompañaba un libro hermoso, inolvidable: la edición de Austral de las cartas Desde mi celda, escritas por Bécquer en algún lugar no identificado (los expertos no se acaban de poner de acuerdo sobre la ubicación de la celda) de ese monasterio.

Detalle del claustro de Veruela. Foto de E.
Y hubo noche de brujas o de embrujamiento en Trasmoz. Con Luigi Maráez, artista polifacético y cantautor de voz aterciopelada, visité, en la noche del viernes, su particular museo cargado de misterio, de puertas a la muerte y de alegorías y cantos a la vida. No se trata de un museo, es verdad, aunque cumpla también esa función. Es su casa, la casa que comparte con su compañera, cantante de voz maravillosa, llena de matices, Âlime Hüma: ese hogar que ha ido construyendo a lo largo de cuatro años en el que su historia y la historia de la cotidianidad de la comarca del Moncayo se ha integrado con la de la muerte gracias a la recuperación de objetos de toda índole: lápidas encontradas en parajes solitarios, abandonados, esquelas mortuorias, muñecas de aspecto apacible y, por ello, inquietante, cruces, efigies de santos y de demonios, huesos, calaveras, féretros, grabados, cuadernos, juegos, instrumentos musicales, rejas, puertas de camposantos, relicarios...

Un mundo vive en la casa de Luigi, un mundo perturbador, de una belleza maldita y esplendorosa a la vez. Cuando, aquella noche (era la madrugada) recorríamos con él las habitaciones de su casa-museo, estuve a punto de desterrar mi escepticismo respecto a los límites de la vida y de la realidad, a punto de creer en las brujas de Trasmoz, en las leyendas de Bécquer. Me vi, a la vez, en medio de un paisaje surrealista, de un cuadro pintado a la limón por Dalí, Zurbarán, Valdés Leal y Picasso. Y después, cuando, en el interior del coche que, de vuelta a nuestro alojamiento, avanzaba atravesando la oscuridad por la estrecha carretera que une Trasmoz con Litago, miraba a través de la ventanilla el paisaje de sombras, pensé que en cualquier recodo del camino podían esperarnos las ánimas de la leyenda becqueriana.
Vitrina con muñecos en la casa de Luigi
en Trasmoz
No sé si las ánimas, pero Bécquer sí respiraba, con toda seguridad, en la tarde-noche del sábado en el monasterio, momento cumbre del Festival. Homenajeábamos a Celaya. Veintiocho poetas vivimos, en el interior de la austera y a la vez grandiosa iglesia de Veruela, una experiencia irrepetible. Leímos al gran poeta donostiarra. Interpretamos su poema "La poesía es un arma cargada de futuro" y, pertrechados de linternas, dirigidos por Ricardo Calvo (con un templo lleno de oyentes y espectadores), hicimos que la poesía, su poesía, iluminara la noche cisterciense. Me quedo con un momento inolvidable: tuve la fortuna de leer, al lado de la poeta Pilar Castro, el texto celayano "España en marcha" desde el púlpito de la iglesia. Ella leyó una traducción en euskera. Yo lo hice en castellano intentando sortear los tonos que Paco Ibáñez convirtió en indelebles con su versión musicada. Cuando acabó el acto, mientras la música cubana inundaba la mágica atmósfera del monasterio, pensé que había sido la primera y probablemente la última vez en mi vida que había compartido púlpito con una mujer. Y nada menos que en uno de los más bellos monasterios cistercienses de España. Y leyendo un poema en el que la memoria colectiva de mi generación se reconoce y se emociona.

Olifante, Trinidad Ruiz Marcellán, su compañero Marcelo, Ángel Guinda, Pilar Castro, Luigi Maráez, Manolo Forega, Antón Castro, tantos otros, son, tras este festival, parte de mi familia. Son (¡otra más!) la evidencia de que allá donde hay gente dispuesta a dejarse la piel por la poesía, ésta acaba formando parte de la realidad, integrándose en el paisaje. Además de la belleza del Moncayo y de la soledad de sus pueblos diminutos tengo nuevas y poderosas razones para volver: todos ellos. Gracias. En un mundo gobernado por la furia especuladora de los mercados, se agradece infinito la humildad de la poesía y la hospitalidad generosa y desinteresada de tantos poetas. De tantos amigos.

Así nos invitó Trinidad a rendir homenaje a Gabriel Celaya a los poetas presentes:

"En un mundo que cree imprescindible lo necesario y  considera necesario lo superfluo, las palabras de Gabriel Celaya ondean como una bandera de paz, solidaridad y salvación: "Poesía para el pobre, poesía necesaria como el pan de cada día".  Alimentos, sí, también para el espíritu. Poesía cargada de valores para rehumanizarnos, para mejorar el mundo.."