lunes, 5 de diciembre de 2011

Algunas calles comerciales de mi ciudad: presente y memoria

No hace mucho, anduve durante un buen rato por la vallecana Avenida de San Diego. Es una calle no demasiado ancha que antaño, cuando yo tenía diez y once años, establecía una suerte de línea divisoria entre el barrio de Portazgo y Puente de Vallecas y el mundo recién nacido de Entrevías y del llamado barrio de Palomeras. Allí acababan los edificios de varias plantas, las calles adoquinadas (el asfalto era todavía rara avis) y el mundo "civilizado" y nacía un universo de casas bajas, de chabolas crecidas en noches clandestinas y el descampado que cruzaba el ferrocarril que venía de Atocha. Hoy ha pasado a ser una arteria central de la zona, uno de los ejes comerciales del distrito. Es una calle viva, llena de pequeños comercios

Calle próxima a Bravo Murillo. Foto Enrique F. Rojo. 2008
En la fotografía aparece por prura casualidad el novelista Antonio Ferres
Recordé otra calle de parecidas características y recorrida en los años 70 con la fruición de quien explora y descubre. Bravo Murillo nacía en Cuatro Caminos y se extendía, como calle comercial y universo de los sueños, hasta la Plaza de Castilla, aunque perdía su densidad de escaparates cuando pasaba de la calle Capitán Blanco Argibay. Fue y es calle comercial, espacio que abre a la ciudad el bosque de callejuelas, pequeñas empresas, imprentas y artes gráficas que se despliega, hacia el oeste de Madrid hasta los aledaños de la Universitaria al sur y del barrio del Pilar y de la Dehesa de la Villa más al norte.

Mi tía María, una hermana de mi madre que murió soltera e infinitamente triste, solía llevarme en el tiempo de su juventud y de mi infancia y cuando se acercaban las navidades a Conde de Peñalver, calle a la que llamaba Torrijos y en la que alentaba un mundo nuevo y prometedor.... Allí, en tenderetes que en los días próximos al del sorteo de la Lotería colocaban algunos libreros, me compró algunos libros con las historias de Guillermo Brown y, en una de las papelerías más amplias y bien surtidas de la calle, más de una estilográfica Parker 51, gesto del que se nutriría, muchos años después, mi imaginación para escribir la segunda de las novelas cortas de mi libro Espejo y tinta (2008)

Otra calle comercial  vinculada a mi biografía es López de Hoyos. Siempre ha sido una calle extraña, crecida en el tiempo en que E. y yo comenzamos a construir nuestra vida en común. Allí solíamos acudir a comprar en el mercado de Prosperidad, o a una famosa cafetería, hoy desaparecida, donde refugiaremos algunas tardes sabatinas junto al chocolate con churros y la conversación. También en López de Hoyos nos aguardarían tiendas de muebles para nuestra segunda casa, o jugueterías para las primeras noches de reyes de nuestros hijos. En esa calle, en una sucursal bancaria, trabajé varios años y de aquella experiencia guardo en mi mente (¡todavía!) nombres de clientes y empresas que se mezclan con el olor a aceitunas y vinagre de una de las más emblemáticas tabernas de la zona (abierta hoy, ¡todavía!).
 
Calle López de Hoyos

Alcalá/Avenida de Aragón, que llegaba del corazón de la ciudad, de la plaza de la Independencia y de la puerta del Sol, al mundo arrabalero  y menesteroso que crecía más allá del puente de Las Ventas, fue la calle comercial más visitada de mi infancia. Allí confluían viejos barrios: Quintana, La Elipa, la Concepción, San Blas, Simancas, Canillejas.... 

En todas esas calles he vivido (y vivo) la sensación de formar parte de un lugar en el que la soledad se debilita, casi desaparece. En esas calles, casi todas afirmadas en barrios periféricos de Madrid (San Diego, de Vallecas, Bravo Murillo, del barrio de Tetuán, López de Hoyos, de la antigua Prosperidad) yo cultivé mi amor por los sábados y domingos por la tarde, por los días excepcionales en los que mi vida cotidiana, cultivada en el barrio, en las calles laterales, en el barrio de la Alegría primero y en la UVA de Hortaleza después, se aferraba a un paréntesis que tenía que ver con multitudes, con luces, con escaparates, con cafeterías y bares, con papelerías y ferreterías, con tiendas de ropa y de zapatos. Eran como incrustaciones de un cosmopolitismo incipiente, ese cosmopolitismo que allá por los últimos años sesenta alcanzó a la Gran Vía (entonces llamada avenida de José Antonio) y del que, en nuestros barrios de la ciudad sobrante (que diría el añorado Vázquez Montalbán) teníamos noticia gracias a esas calles  por las que nos llegaba la civilización y la modernidad. Recuerdo que eran nuestros sucedáneos de Broadway o de la Gran Vía de los cines de estreno. Cierto que una cosa era Torrijos, tan clavada en ese barrio de Salamanca al que Manolo Longares, en su magistral Romanticismo, bautizaría como "el cogollito", donde los cines estaban casi en el nivel de los de la Gran Vía aunque sin su brillo ni su glamour. Pero la verdad es que eran calles especializadas en los cines de sesión continua y programa doble: Mundial, Aragón, Morasol, Ventas, Mundial, López de Hoyos, Lepanto, San Diego, Tetuán,..

 
El viejo cine Tetuán en los años 40
Es verdad que no todo era modernidad: que había (y hay, aunque cada vez menos) tiendas de artesanía, comercios donde se vendían muebles y utensilios de mimbre, que de vez en cuando asomaba, entre una mercería y un bar, una tienda de carbón de piedra y de carbón de encina, a el chiscón de un zapatero, o una carpintería. Solían se restos del tiempo en que aquellas calles eran todavía un híbrido de descampado y barrio lateral (años 30, años 40), establecimientos gestionados por gente mayor, de una generación perdida en la miseria del más intenso blanco y negro. Pero a mí, niño y adolescente en los sesenta, me gustaba descubrir aquellas arqueologías de otro tiempo.   

Hoy vuelvo, de vez en cuando, a esas calles. Me gusta pasear por ellas, detenerme ante sus escaparates, comprobar que mantienen cierta vitalidad comercial incluso en medio de la crisis, que en sus fachadas se alternan los establecimientos con cierto pedigrí con otros nuevos promovidos por inmigrantes. Tal vez sea una vitalidad ligeramente empobrecida, pero digna, paseable, hecha con la humanidad urgente de lo cotidiano: han muerto los cines, ha desaparecido alguna cafetería que era el colmo de lo "chic"en otro tiempo (butacas de eskay, casi siempre de color rojo, fotografías de actores y actrices de Hollywood en las paredes, muebles de formica y un menú innovador a base de sandwiches y tortitas con nata). También es visible en ellas, un cierto aire de decadencia, casi de rendición. ¿Ante qué enemigo? No es un enemigo invisible, sino uno muy visible: los nuevos centros comerciales de la periferia. Los zocos, los Alcalá Norte o Madrid Sur, los Plenilunio o Vaguada. Mundos de neón e hiperconsumo: allí viven nuevos comercios, cines, algún que otro teatro y, sobre todo, lugares para el encuentro y la ensoñación (aunque a algunos de nosotros nos parezca mentira). Mundos en los que, estoy seguro, en el día de hoy no pocos niños habrán comenzado a cultivar la añoranza de una felicidad extraña y a ellos vinculada no muy diferente de la que a mí me une a las calles comerciales que acabo de evocar.

2 comentarios:

Ana Rodríguez Fischer dijo...

Espléndida entrada, Manuel! Repleta de sugerencias! Cada vez que vuelvo de Madrid (recientemente) lo hago con la sensación de que me faltan tantas calles por recorrer... La próxima ya tengo una buena guía en tus líneas de hoy. Abrazos!

Manuel Rico dijo...

Gracias, Ana. Ya sé que has estado en Madrid y me hubiera gustado que tomáramos un café juntos. Algo inevitable lo ha hecho imposible. Ya te contaré. Calles comerciales como las que describo seguro que las tenéis en Barcelona. Yo diría que son patrimonio de toda gran ciudad. Un gran abrazo y te envío un e-mail.