sábado, 6 de agosto de 2011

Las bicicletas, Antón Castro y la memoria

Hace un par de meses, revisando los trastos de nuestra casa en el valle, tuve que mover las bicicletas, las viejas bicicletas que desde que Fernando Fernán Gómez las llevara al título de su más conocida obra teatral han quedado varadas en el territorio del verano, de todos los veranos de nuestra pequeña o gran historia. En la fotografía, la bicicleta que utilizaba mi hijo, con la que hasta hace poco recorría las carreteras y caminos rurales que llevan a pequeños pueblos, o la que sube, como un reptil de asfalto, hasta el puerto de Navafría. La saqué del trastero, la coloqué frente al doble fresno situado junto a la casa y la fotografié. Mientras lo hacía, recordé un verso memorable de Diego Jesús Jiménez, procedente de su poema "La casa": "La bicicleta, sin niño por las cuestas". En efecto, estaba ante la bicicleta sin niño, ante la bicicleta huérfana, ante un animal metálico que, como el viejo arpa becqueriano, "de su dueño tal vez olvidado", dormía entre aperos de labranza, junto a la carretilla o la manguera, a la espera de que alguien lo ponga de nuevo en uso. He de decir que junto a ella, dormían otras bicicletas: la que usaba Malva, mi hija, en su adolescencia, y la que usé yo para acompañar las primeras pedaladas de una y de otro. Las bicicletas son para el verano, en efecto. Aunque en este caso lo sean para los veranos evocados, para algún paseo puntual, para ejercitar la memoria del tiempo en que eran usadas día tras día como parte del rito de un tiempo vacacional que, tal y como escribí en algunas páginas de mi novela Verano, creíamos eterno. Un verano que se iniciaba, de facto, con la retransmisión de los sanfermines por la radio a primerísima hora de la mañana y, poco después, con el inicio del Tour de Francia, la misa solemne de la bicicleta que acabaría colándose en las sobremesas y siestas de la mayor parte de los días del mes de julio.. 

Esta memoria de la bicicleta se ha avivado tras mi viaje al Moncayo, después de escuchar a Antón Castro recitar, en Veruela, algunos poemas de su último libro El paseo en bicicleta y, sobre todo, tras concluir su lectura hace apenas veinticuatro horas. Había leído, hace un par de meses, su anterior poemario, Vivir del aire (Olifante, 2010), y descubierto la presencia de un espléndido poeta detrás de su labor periodística, ensayística, de impulsor y animador de la cultura en Zaragoza. Reconozco que uno de los factores que han influido en esa empatía es mi conincidencia con dos ingredientes de su poesía que, a mi juicio, son esenciales: la presencia de la memoria con todas sus caras, y la emoción. Antón realiza ese "paseo" a través de una colección de poemas en verso y en prosa. El lenguaje, que combina el tono conversacional con destellos metafóricos, con iluminaciones de una notable intensidad lírica, viene a cerrar el círculo de un texto que se lee con gusto, que muestra un alto nivel de exigencia y en el que la vida respira a raudales. La del propio poeta y la de quienes alcanzamos a reconocernos en la memoria que reconstruye o imagina.

En El paseo en bicicleta está la infancia, el primer amor, el amor estudiantil, los amigos, el padre (abordado con una gran ternura, con una mezcla de compasión y reproche comprensivo), la madre, la memoria del Tour con algunos nombres míticos (de BahamontesAndy Slech, pasando por Fignon o Van Impe), está la Zaragoza de los años sesenta y la Zaragoza de vanguardia y cristal de la Expo de 2008 con sus arquitecturas en la frontera de la provocación. Está la naturaleza, Horacio Quiroga y su relación con la bicicleta, Marie y Pierre Curie y su luna de miel por la Francia de principios del siglo XX, está el conmovedor y torpe cartero que Jacques Tati interpreta en Día de fiesta, están los olores del verano de una Castilla tórrida vivida en el tránsito de cada año, desde Zaragoza a la Galicia originaria --una Castilla de olores, de sonidos, de sol crujiente e impiadoso--.

He recobrado, con Antón Castro,  mi relación a lo largo de muchos años con la bicicleta. No ha sido una relación fácil, ciertamente, sobre todo en el tiempo de mi infancia. Tuve, a mis diez u once años, un armatoste más que una bicicleta. No sé de dónde lo sacó mi padre, pero recuerdo que nunca salí con ella a la calle de aquel barrio "de la ciudad sobrante" (Vázquez Montalbán dixit) donde vivíamos. Pesaba un quintal, en vez de cubiertas con cámara tenía unas ruedas de caucho macizo, sin cámara, que acrecentaban su peso, y no había forma de detener el pedal: siempre tenías que ir pedaleando. Eso era, me dijeron, el "piñón fijo". Para más inri, no tenía frenos (tenía que utilizar la suela de mis sandalias como zapata). Por eso, sólo la utilicé en el patio familiar ya que me avergonzaba salir con ella a la calle para competir con amigos que tenían bicicletas con cambio, con freno y con ruedas hinchables (las BH eternas), lo que acentuó más si cabe la frustración con que recibí aquel regalo. También he recobrado los veranos del barrio de la adolescencia, tiempo después, cuando mis amigos y yo alquilábamos bicicletas para desplazarnos por unas afueras que todavía eran campo, entre el barrio de Hortaleza y La Moraleja o a los pinares de la Alameda de Osuna, hacia las lejanías de Barajas, o los primeros amores en las choperas más allá de la vía del ferrocarril que iba a Zaragoza y Barcelona, envolviendo arroyos inverosímiles. Y ha vuelto a mi memoria mi tío Federico, hermano de mi madre, cuya mente quedó varada en un niñez sin límite y al que yo veía, con los pantalones remangados y cogidos, en la pantorrilla, con pinzas de la ropa y vanagloriándose de su homonimia con Bahamontes recién llegado de largos trayectos por las carreteras próximas al Madrid de los sesenta al piso de la calle de Hermosilla donde vivía la hermana mayor de mi madre. Y las bicicletas de mis hijos, vinculadas a los veranos del valle del Lozoya, a sus primeros amores y a sus primeras salidas al río, o al embalse próximo. Y películas con bicicletas y meriendas campestres, y el film mítico de Marco Ferreri con el telón de fondo de una Italia de posguerra.

Todos sabemos que leer un libro es hacerlo nuestro. Agregar, mentalmente, piezas de nuestra memoria, experiencias vividas, lecturas, emociones propias.... Eso me ha ocurrido con  El paseo en bicicleta de Antón. Todas esas evocaciones han pasado a formar parte de mi lectura de ese hermoso libro. Leámoslo. Vivamos. Un mundo, familiar y desconocido a la vez, se abrirá ante nosotros.

En tanto, escuchad y ved este vídeo en el que, con hermosas imágenes, Antón Castro lee el poema "En ruta" con que abre el libro.

2 comentarios:

Miguel Ángel Yusta. dijo...

Magnífico libro el de Antón y un artículo que nos hace rememorar los tiempos que nos han hecho saborear el presente. Un abrazo con el recuerdo de los buenos días pasados en el Moncayo

Manuel Rico dijo...

Abrazos, Miguel Ángel, desde Madrid. Magníficas, por cierto, tus coplas.