lunes, 13 de septiembre de 2010

Retorno a los escenarios de un cuento que acabó en "Mar de octubre", mi primera novela

A principios de los años ochenta empecé un cuento. Comenzaba así: 
“El otoño acentuaba los tonos desolados de aquellos montes oscuros, secos como la tierra de la región. Montes minerales contra el cielo plomizo como si un hacha gigantesca los hubiera astillado durante siglos. Eran las afueras de Cartagena en el camino hacia las playas. Unas afueras que Martín acostumbró a recorrer en estío, cuando la desolación de las rocas se compensaba con un cielo rabiosamente azul y los pueblos de la costa se anunciaban plenos de expectativas, cuando el tiempo tenía otra medida y las montañas eran preludio de reposo, prólogo de una anhelada entrega al mar, al sol, al yodo. Mas aquel viaje, apresurado, urdido en pocas noches, nada tenía que ver con viajes anteriores. A pesar de existir una estrecha relación con aquéllos, era distinto. No sólo por producirse en pleno octubre, en las puertas del invierno. Era distinto porque otras eran las razones que lo habían puesto en la carretera. Iba en busca de un retazo de su historia personal que consideraba imprescindible para terminar la novela que tenía entre manos.”
Durante algunos años, quizá hasta 1984, cuando estaba terminando mi segundo libro de poemas (y el primero en el que me reconozco), El vuelo liberado (Endymion, 1986), el cuento quedó embarrancado. Añadí algunos párrafos más, pero poco significativos. Y fue a lo largo de 1984 cuando, sin esperarlo, de forma impremeditada, aquel cuento iría creciendo. Creció con cierto desorden pero lo hizo de tal manera que a principios de 1986 (con 80 ó 90 folios escritos) tuve la certeza de que ya no estaba ante un relato, sino ante la posibilidad de una novela, de mi primera novela. La terminé a principios de 1987, pasé 1988 buscando editorial (una peripecia contradictoria que algún día me atreveré a contar) sin mucho éxito hasta que, un día de diciembre, al ver en una librería ejemplares de una recién nacida colección de narrativa de Fundamentos, tomé nota de la dirección de la editorial y decidí enviar el manuscrito. Me olvidé de él tras esperar algo más de un mes sin tener ninguna respuesta hasta que el lunes posterior a la semana santa de 1989 recibí la llamada de Juan Serraller para comunicarme que había leído la novela, que a Fundamentos le interesaba. Me dio cita para la tarde de aquel día -la cita me llenó de un íntimo entusiasmo- y, horas después me vi entrando en el viejo portal de la calle Caracas y,  tras una breve conversación, salí de la editorial con el contrato de edición en el bolsillo y embargado por una extraña euforia..


En Mar de octubre narraba el regreso de un escritor a los lugares donde vivió parte de los veranos de su adolescencia, un lugar en la costa del Mar Menor, entre Los Alcázares y Cabo de Palos, para averiguar la verdad que se ocultaba detrás de dolorosos acontecimientos vividos uno de aquellos veranos. Pues bien, aquellos lugares forman parte de mi vida: aquel fue mi primer mar en los remotos 1963, o 1964, allí me asomé a mis primeros cines de verano y allí construí un peculiar imaginario hecho de interminables mañanas de playa, tardes de obligada siesta y noches que olían a mar y a jazmín. Casi todos los años vuelvo a estos lugares. Y este año 2010, mientras caminaba por la orilla de la inmensa playa de La Manga aprovechando la soledad en que se sumerge en los primeros días de septiembre, pensaba en mi primera novela, en los días vacacionales que E y yo hemos ido acumulando, en los veranos de mis hijos (hoy viviendo sus veranos al margen de nosotros) y en el mundo al que quise regresar con Mar de octubre.  


Era un mar accesible, rodeado de pequeños pueblos de pescadores (Los Urrutias, Los Nietos, Lo Pagán) que, por otro lado, yo redescubrí poco después de mi adolescencia en un magnifico libro de Juan Goytisolo, Fin de fiesta, un mar en cuyas aguas se reflejaban las sombras de las montañas minerales que rodeaban La Unión, el pueblo minero de mi abuelo paterno, y cuyos pescadores soñaban, en los tiempos de mis veranos infantiles y preadolescentes, con otros mares, con localidades de tierra adentro en los que llovía con frecuencia y en los que las montañas no eran secas roquedas sino prados y bosques. Toda aquella experiencia, forjada en un tiempo en el que los padres eran jóvenes, en el que las músicas que ambientaban las noches cálidas y húmedas a la vez venían de una Europa y de una Norteamérica casi desconocidas (me refiero a los primeros Beatles, a Elvis, a Johnny Halliday, el peculiar elvis francés) o de las precarias factorías de nuestros primeros grupos (Brincos, Sirex, Mustang...), se reflejó, casi sin pretenderlo en Mar de octubre, se apoderó de aquel cuento que acabó en novela.

Entonces, La Manga era una inmensa lengua de arena, cubierta de matorrales, con refugios de pescadores y ocasionales chumberas. Era un lugar desierto al que se desplazaban yates de recreo y barcas de pesca, al que acudían los primeros turistas del norte de Europa a bañarse en la soledad de unas playas inmensas (así o describe Goytisolo y así lo refleja la fotografía en blanco y negro que podéis ver en esta entrada), todavía no convertido en la ciudad lineal entre dos mares en que se fue convirtiendo desde principios de los 70. Mi personaje, Martín Revuelta, vuelve. Y, con él, con el recuerdo de la construcción de la novela y de los más queridos recuerdos de los veranos de aquel tiempo, regresa el muchacho que fui. Es el poder de la literatura y la pulsión que, desde que tengo conciencia del papel de la memoria, me lleva a volver a los lugares en donde fui feliz (o en donde el paso del tiempo ha creado espacios de felicidad). Hoy circundan el Mar Menor pueblos remozados, con nuevas edificaciones, muy alejados de los que describiera y viviera el Juan Goytisolo que no tardaría en escribir Campos de Níjar tras viajar más al Sur, a tierras de Almería. Entonces eran pueblos con embarcaderos pequeños, con viejísimas edificaciones deterioradas por el salitre y el óxido, con instalaciones balnearias viviendo entre dos nostalgias imposibles, Venecia y Baden-Baden, con paseos marítimos incipientes y con cines de verano, con pensiones junto al mar a las que acudían familias conocidas de Murcia, Cartagena o Madrid, sin grandes hoteles, sin spas (¿o spaes?) y sin lujos. A esos lugares, o a la memoria de esos lugares, vuelve mi personaje en Mar de octubre. La novela cuya acción se desarrolla, a través de un argumento que tiene algo de trama negra, a  lo largo de una semana de un otoño reinventado, crecido en pueblos desiertos y en una Manga fantasmal, vacía, casi abandonada, de un año perdido en la segunda mitad de la década de los ochenta.

13 comentarios:

dorita dijo...

!Qué bonito Manuel! No sé porqué el comienzo de MAR DE OCTUBRE, me ha recordado un librito de un autor gijonés HELENA O EL MAR DEL VERANO, de Julián Ayesta, su único libro de narrativa.
En cuanto a volver al paisje, paisaneje y demás, me parece imprescindible volver de vez en cuando, aunque algunas veces no sé si es mejor a través del recuerdo que a través de la realidad.
Hace dos días he viajado a un espacio que había idealizado y que está muy cerca de mi casa, pero al que no había vuelto desde hace veinte años, por lo menos. Me ha decepcionado porque aunque sigue igual, su dueña ha construido sobre la sala de la niñez elementos modernos, por otra parte imprescindibles, que le han quitado el encanto de entonces, y dejado al descubierto la decadencia de ahora. Lo siento pero lo he visto ásí: más pequeño y devastado. Solamente la madera,parecía conservar la prestancia de otro tiempo.El recuerdo de ahora será la madera.Siempre habrá algo que no muera

Manuel Rico dijo...

HELENA O EL MAR DEL VERANO siempre me pareció una de las joyas ocultas más importantes de la narrativa española del siglo XX. No es una mala referencia aunque Mar de octubre se desarrolla en un territorio, geográfico y argumental, muy diferente.

Gracias por tus incursiones en la memoria y un abrazo.

Pepo Paz Saz dijo...

Preciosa la fotografía del atardecer en el Mar Menor y preciosa, también, tu evocación de aquel mar de octubre que desembocó en tu primera novela, Manolo.

Manuel Rico dijo...

La primera novela, Pepo, siempre es, al menos durante un tiempo, una incógnita llena de puertas... al abismo, o a la felicidad. En aquel tiempo yo viví su escritura con mucho miedo y con raros momentos de euforia. Lo fundamental fue no desfallecer cuando amenazaba el desánimo o cuando el argumento se embarrancaba.
La primera novela es algo así como el primero hijo. Sólo "algo así" ya que no es comparable la experiencia.

Un abrazo.

RAB dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
RAB dijo...

Con cuánta emoción -y pasión- cuentas tus recuerdos, Manuel... volver a los lugares en los que has sido feliz, y sobre todo, si son los lugares que han dado origen a tus naraciones ¡qué gusto! Interesante esa transformación del blanco y negro al color en las fotografías... también dan mucho de si. Y cuentan el resto de la historia ;)

Manuel Rico dijo...

Bueno, Roxana, supongo que a ti te pasará lo mismo. En mi caso, de todas formas, es casi una obsesión. Supongo que no hay literatura sin memoria. Es como si a lo largo de la vida tuviera que reencontrarme con lugares que fueron míos. Aunque lo cierto es que siempre constatas cambios que duelen. Quizá porque espropian de tu inconsciente una parte que fue tuya.
Un abrazo.

Manuel Rico dijo...

Quise decir "expropian". Los fantasmas del teclado.

RAB dijo...

Para ser franca, últimamente no puedo escribir sobre el pasado Cuando te mueves de un sitio a otro a veces los contornos se diluyen... así que ahora mismo me interesa más el presente. Escribir sobre realidades sociales de las que no hay mucho testimonio... puesdes leerlo aquí:

http://posadapoiesis.blogspot.com/2010/08/bumerang.html

Un saludo Manuel

Pepo Paz Saz dijo...

Literatura con memoria no significa escribir del pasado necesariamente. En realidad, y como los hechos se empeñanan en demostrarnos día sí y día también, nuestras sociedades nunca aprenden ni de su pasado ni de su presente: por eso parece que andamos metidos en un bucle permanente...

UN LECTOR dijo...

Siendo "Mar de octubre" la primera novela publicada de su autor, en ella ya aparecen las características distintivas del arte de atrapar al lector que con tanta habilidad sabe desarrollar Rico en sus narraciones: intriga, prosa muy visual, riqueza expresiva y exactitud léxica, estructura y secuenciación lógica de los diálogos, personajes altamente reflexivos y lúcidos, presencia de la naturaleza, descripciones desoladas y melancólicas...

"Mar de octubre" es, en estos momentos, una obra prácticamente inencontrable (en www.iberlibro.com sólo figura una librería donde ahora mismo se pueda localizar). El mundo editorial peninsular tiene una deuda monumental con el escritor madrileño. Desearíamos encontrarnos algún día (en la casa editorial idónea) ante algo así como la "Biblioteca Manuel Rico", a la manera en que algunos sellos publican el corpus literario de determinados autores.

Sería altamente interesante que Rico explicara en su blog no sólo su "peregrinaje contradictorio" en busca de salida a ese "relato otoñal" transformado inevitablemente en novela, sino la razón por la cual sus títulos de poesía y de narrativa se encuentran diseminados en tantos y tan diferentes catálogos editoriales.

Manuel Rico dijo...

Estimado LECTOR.
Agradezco tu comentario. Aunque, tal y como he dicho otras veces, creo que es desemedido y elogioso en exceso.
Algún día contaré la peripecia editorial de "Mar de octubre" (y de la siguiente novela, "Los filos de la noche", que apareció también en Fundamentos), pero ahora me acucian otras labores.

Respecto a la dispersión editorial de mis títulos, te diré que ha habido algo de azar y otro poco de labor de mi agente literaria. Lo cierto es que si hago un ejercicio de memoria sobre los sellos de mis libros en prosa tienes parte de razón: 2 en Fundamentos, 2 en Mondadori, 1 en Alfaguara, 1 en Planeta, 2 en Espasa, 1 en Alianza, 1 en Bruguera, 1 en Gadir y la reedición de "La mujer muerta" en Rey Lear. No te creas que es mala idea lo de la "Biblioteca". Me gustaría concentrar toda mi obra narrativa en un sello. NO necesariamente en un sello de los grandes, sino en una editorial de prestigio y rigor, de fondo, con independencia de su cuenta de resultados. Pero eso requiere la iniciativa de dos partes: el autor y la editorial. En todo caso, ya veremos.
Un abrazo.

UN LECTOR dijo...

Interpreto que cuando señala "2 en Mondadori", se refiere no sólo a su novela "El lento adiós de los tranvías", sino a su ensayo dedicado a Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión"). Siendo así, entonces tendríamos que añadir los 2 de Cátedra (dedicados a Félix Grande e igualmente a Montalbán). Y, si no incurro en error, sus poemarios deambulan nada menos que por siete editoriales diferentes (u ocho, si contabilizamos la antología "Monólogo del entreacto", acogida por Hiperión).

Lo dicho: un fascinante autor de trayectoria extrañamente accidentada y sin duda muy al margen que, con toda seguridad, algún día será ordenadamente "restablecido" y "reconducido", no ya porque es algo de plena justicia artística, sino debido a que su corpus literario llena un capítulo de la historia literaria española imposible de pasar desapercibido (es cuestíón de tiempo, de infinita paciencia y de confianza en que, en todas las artes, la profundización seria y responsable y el verdadero trabajo de calidad terminan necesariamente por imponerse). La duda es: ¿lo llegará a ver usted (¿lo llegaremos a celebrar nosotros brindando con usted?) o presumiblemente ocurrirá más allá en el tiempo, mucho después de su crepuscular adiós a los tranvías y de su despedida del verano de la vida?

Siento disentir cuando afirma que me muestro desmedido en mis "elogios" o que habitualmente me "excedo". Escribe usted demasiado bien para que pueda permanecer oculto o "al margen" de manera permanente.

Igualmente, un abrazo.