sábado, 6 de febrero de 2010

Volver al cine - I

Desde que era niño y hasta el día de hoy, el cine ha sido uno de los elementos cruciales de mi formación cultural y sentimental. Diréis que es una tautología, o un lugar común, que el siglo XX y lo que llevamos de nuevo siglo no son concebibles sin el cine. En efecto. Pero me refiero, sobre todo,  a mi aventura personal y a mi relación con él. También, de alguna manera, a la aventura de quienes generacionalmente me acompañan (niños de los años cincuenta). Pensé en acometer esta reflexión hace algo más de un año, tras ir con E. a ver una hermosísima película (que recomiendo) de Philippe Claudel, Hace mucho que te quiero. Y lo hice porque, al salir, mientras tomábamos unas cervezas, caímos en la cuenta de que cerrábamos un largo paréntesis: ¡Habíamos vuelto al cine! Ella y yo. Los dos solos. Como en los tiempos iniciales del amor y del conocimiento. Lo subrayo porque, aunque parezca mentira, desde principios de los años ochenta lo dejamos relegado en el rincón de los actos excepcionales  porque otras habían sido nuestras costumbres, sobre todo, a partir del nacimiento de nuestros hijos. No habíamos dejado de ver, de vez en cuando, películas. Pero en televisión, casi siempre relacionadas con los gustos y la sensibilidad de los chavales. O en videos alquilados o comprados. Y nuestras visitas a las salas de cine estaban vinculadas a la asistencia, con ellos, a estrenos muy especiales (Aladine, El Rey León....).
Cine Doré, de Madrid. En la actualidad, sede de la Filmoteca
Hoy, con la cincuentena más que rebosada, los hijos sobrepasando, con holgura, la edad adolescente, he sentido la necesidad de recapitular sobre esa relación discontinua, cargada de afectos, con el cine.

Primer idilio
Comenzó siendo, al final de los años cincuenta y a principios de los años sesenta, un mundo mágico, un inmenso ventanal a realidades desconocidas y apasionantes en las que se cumplía buena parte de las fantasías que acumulábamos en las lecturas nocturnas o en las audiciones de radio en un tiempo en el que la televisión sólo era una noticia (aunque de inminente implantación) cargada de incertidumbres y, en cualquier caso, en blanco y negro. Era el cine de la tarde de los sábados, las largas colas en salas céntricas, cercanas al Retiro, cines Narváez, Sáinz de Baranda (zona a la que Manuel Longares calificaría como espacio menestral y humilde del barrio de Salamanca), o las recién abiertas del barrio de la Concepción o de la antigua y madrileña “carretera de Aragón”, cines Concepción, Texas, Mundial, Ventas, Lepanto, cines acogedores, cuyo olor podría hoy identificar fácilmente (aquel "ozono pino" irrecuperable), y que, a lo largo de los años ochenta, se llevaron piquetas y excavadoras, guiadas por el impulso de una discutible modernidad… Tardes junto a los padres, o junto a algún familiar, en las que vivíamos una extraña comunión con los mitos de Hollywood, en las que descubríamos que había un país, Estados Unidos, en el que había teléfonos de colores, modernos y blanquísimos electrodomésticos, inmensos horizontes casi vírgenes, y muchachas rubias e inalcanzables, del que después (mucho más tarde) conoceríamos otras caras, comenzando por la caza de brujas de McCarthy. En aquellas tardes, niños todavía, nos familiarizamos con Charlton Heston o John Wayne (entonces desconocíamos sus propensiones autoritarias, casi ultras, su pasión compartida por el rifle y el mandoble), con Rita Hayworth y Doris Day o Shirley McLaine, o con el sueño luminoso y carnal, provocador incluso para quienes todavía no habíamos alcanzado la adolescencia, de Marylin Monroe. Eran tardes como inmensas burbujas en las que construíamos una realidad a la medida de nuestros sueños, en las que ignorábamos los silencios de la generación de nuestros padres, desconocíamos que España era una inmensa cárcel y nos olvidábamos de las sevicias de nuestro barrio sin agua corriente y sin calles asfaltadas (del sustrato emocional de todo ello di cuenta en mi novela Los días de Eisenhower). Nos dejamos seducir por Walt Disney y su mundo idílico (cruel algunas veces), lleno de pasadizos e los cuentos que nos leían en la infancia más temprana, ignorábamos la sutil propaganda del imperio USA y de un modo de vida que, años después, diseccionarían Ariel Dorffman y Armando Mattelart en un magnífico ensayo (publicado en Chile, en 1971) sobre el trasfondo ideológico del universo Disney titulado Para leer al Pato Donald.

Poster de Irene Celic. No confundir con el cuadro de Andy Warhol.
Segundo idilio: hacia una conciencia del cine
Crecimos y llegó, sin que nos diéramos cuenta, la adolescencia, y comenzamos a ir al cine solos, o en pandilla, y comenzamos a ejercer una cierta capacidad de selección. El western, las películas de romanos, las películas para mayores en las que intentábamos, con éxito a veces, colarnos simulando una edad que no teníamos, y lo que antes era magia en las estrellas de Hollywood o en las incipientes (que venían de la italiana Cinecitá, no de Hollywood) Sofía Loren, o Claudia Cardinale, o Llina Lollobrígida, se convertía en atracción sexual, en alimento de las masturbaciones nocturnas (y diurnas y mediopensionistas), o en fascinación por convertirlas en modelos a seguir por la chica de nuestros sueños (casi siempre parte de una pandilla que, en paralelo, sin mezclas, solía ir al cine el mismo tiempo). Era en la segunda mitad de los sesenta de camino a los setenta y los nuevos cines estaban algo más alejados del barrio, eran parte de las primeras cañas, de los cigarrillos, de la primera independencia y las primeras decepciones. Recuerdo, de aquellos años y de mi relación con el cine, nuevas salas de barrio que se levantaban, de la noche al día, en urbanizaciones apenas estrenadas: cine Hortaleza y Simancas, Ciudad Lineal, Covadonga o López de Hoyos, cine París o cine Bristol, o Las Vegas…. Eran de función doble y sesión continua, de No-Do y palomitas. Aunque nos enamoramos de magníficas películas de John Ford, o de Huston, o de Capra, también de Billy Wilder o de Stanley Donnen, nada sabíamos de esos directores, ni siquiera que las dirigían: sólo nos fascinaban las estrellas, las protagonistas (y, con disimulo, emulábamos a los actores). “¿De quién era la película?”, preguntábamos a veces, y cualquiera de nuestros amigos nos decía: “de Marlon Brando y Rita Hayworth”, o de "Charlton Heston y Sofía Loren", por ejemplo. La era de los directores y de otros mitos y pasiones, vendría después. Pero no mucho después. A ello me referiré en nuevas entradas en Al margen.

Aquí os dejo con el video de una hermosísima canción de Joan Manuel Serrat: un emocionado homenaje a los cines que desaparecieron bajo el dominio de grandes almacenes y oficinas bancarias. Su título: "Los fantasmas del Roxy". Un cine, desaparecido como tantos otros, como aquellos en los que mi vida, por unas horas, fue distinta. Continuará.

7 comentarios:

Lola Torres Bañuls dijo...

Que meláncolico discurso. Es bonito. Me gustan estas entradas, como la del metro también me gustó mucho.

Yo si voy al cine es a ver "Wale", "Cars", "la princesa y el sapo" y cosas por el estilo. Es que con un niño de 8 años, ya sabes.
Recomiendo fervientemente "Walle".



Saludos.

Manuel Rico dijo...

Es una reflexión sobre la vuelta al cine después de largos años de haberlo excluido de mi vida. Fue el tiempo de crecimiento de mis hijos y veo que tú, con tu niño de 8 años, estás inmersa en esa etapa: el cine que vi durante mucho tiempo era parecido al que tú ves ahora. Después uno se acostumbra a no ir, hasta que lo redescubres cuando ya no "dependes" de la infantería familiar.
Tomo nota de tu recomendación.

Un abrazo.

Lola Torres Bañuls dijo...

Manuel pues la verdad es que así es. (no era el metro la entrada era sobre el tranvía).

Manuel si vas a ver Walle piensa que es una película para niños, pero a mi me encanta. Si vas recordarás los tiempos en que tenías que ir al cine con los niños, eso también es bonito. Si lo haces disfruta del momento y pierdete en la fantasía de la película.

Un abrazo.

Anónimo dijo...

Manuel, estoy seguro que te has dejado en la lista dos o tres a los que también asististe:son el cine Aragón, el cine Las Vegas (en la calle José del Hierro) y el López de Hoyos. Salas con doble programa en sesión continua...

Manuel Rico dijo...

Lola, intentaré ver la película. No te lo aseguro porque en esta vuelta al cine tengo tantas asignaturas pendientes arrastradas en el largo paréntesis que cito... Pero si voy a verla, seguiré tu consejo. Me dejaré llevar por la fantasí...

Anónimo: de los tres cines que citas, dos ya los recojo en mi entrada. El cine Las Vegas, que estaba al comienzo de García Noblejas, cerca de la Cruz (el de José del Hierro, era el Texas, donde, recuerdo, vi por vez primera dos películas bien diferentes: "101 dálmatas" y "El hombre que mató a Liberty Valance"). Todo un mundo.
Saludos.

Iconos dijo...

Es un bello recorrido cinematográfico y sentimental que me ha evocado las tardes de domingo y palomitas en un cine, el cine Botellas, que era casi el único escape que teníamos los niños reinosanos. Ahora, en su lugar, no hay nada. Está cerrado mientras las ilusiones de los pequeños tienen que viajar a poblaciones cercanas o recurrir al DVD (no es lo mismo).

Ahora yo también redescubro aquella etapa infantil junto a mis hijas y soy plenamente feliz con películas como Up.

Manuel Rico dijo...

Aprovecha, Iconos, esa etapa, que es corta: se va en un suspiro y de ello sólo eres consciente cuando ha pasado.
No he visto Up (¿es ése el título?), pero me alegro de que verla te haya hecho feliz.

Saludos.