miércoles, 30 de diciembre de 2009

A punto de acabar el año: por un feliz 2010

Es casi la una de la madrugada del día 30 de diciembre. Constato que el número de visitantes del blog, esta noche, ha cruzado el rubicón de los 30.000, me pregunto por la identidad del visitante que lo ha hecho y proyecto una mirada retrospectiva al año a punto de finalizar: ha habido momentos felices como no podía ser de otro modo. Pero no todo ha sido felicidad porque la realidad y la vida son imprefectos, consoladores y apacibles a veces, crueles e ingratos otras. He viajado, he amado, he compartido conversaciones, ideales, poemas, novelas, sueños y horas de una intimidad feliz. He construido proyectos y los he imaginado cumplidos, lo que es bastante. E. y su perseverancia y su cercanía 33 años después, los hijos, los paseos por el campo, los poemas acabados, los poemas inacabados, la novela a medias, las manifestaciones por lo que debería ser evidente, el voto contra el escepticismo y la desidia, las lecturas, los amigos y amigas  (tan escasos siempre cuando son verdaderos), los nuevos escritores descubiertos, los manuscritos que me sorprendieron, Chicago, Sidney, Delhi... Ahí ha estado, sin duda, la felicidad. O, al menos, parte de la felicidad.

Pero la vida es un claroscuro. "Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde", escribió Jaime Gil de Biedma en su hermoso poema No volveré a ser joven. Ese verso siempre acude a mi mente en los momentos no fáciles. Y 2009 fue un año en el que la felicidad que arriba he descrito ha tenido su contrapunto de infelicidad, de desazón, de desconcierto. Se fueron dos amigos que llenaron muchas veces mi casa y mi mente y mi corazón: José Viñals y, sobre todo, mi hermano Diego Jesús Jiménez (Benedetti  o Ayala también duelen, pero no estuvieron tan cerca). Tuve otras pérdidas familiares, de gentes que formaban parte del paisaje de mi infancia. Y hubo dramas colectivos que no pueden dejer indiferente a nadie con un mínimo de sensibilidad: Gaza, Afganistán, las hambrunas de siempre, el paro que tocó a personas muy próximas, la crisis que cercenó proyectos...


Quiero un 2010 mejor. Infinitamente mejor. Con proyectos cumplidos. Con sueños. Con más felicidad que incertidumbre. Con más amor que desamor. Con poesía, con arte, con verdad. Con más empleo, con salud. Con amistad. Con palabras, esa hermosa materia que nos explica y nos emociona. Y sólo con los silencios imprescindibles. A todos: un 2010 mejor. Con un horizonte tan amplio como el de la fotografía.   

Cierro esta peculiar felicitación con un poema de mi libro Donde nunca hubo ángeles. Un poema que habla de muchas noches de felicidad y amistad y desazón discutiendo de arte, de palabras, de poesía:

DISCUTIR DE POESÍA

Discutir de poesía abrazando las horas hasta dar con el alba
no es despojar al tiempo de sentido.
Es armarlo.
El humo y el coñac, y la noche y la música
levantaron el mundo en torno de una mesa: discutimos
acerca de lo inútil y amamos el instante
que jamás nos consuela, que nos ata
y esclaviza.
¿Mas sabemos que en el aire de un verso algo respira
más allá del lenguaje?
Decimos
viento y nos convocan tardes vencidas,
horas de soledad o de intemperie,
días de dicha o desventura. Decimos tierra
y nos visita la oscuridad y el légamo
donde nunca hubo ángeles, y el paladar se empaña
con el sabor a muerte de un verano maldito,
decimos niebla y la luz se estremece
entre muebles sin uso y busca la memoria
el frío de un invierno en el muchacho
que apenas reconoces.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Mundos no tan al margen en tiempos de Internet: dos lecturas últimas.

Herta Müller, la última premio Nobel, es una escritora difícilmente encuadrable en el paradigma postmoderno de la literatura. Es una escritora alejada de las nóminas al uso de narrativa europea.


Aunque residente en Berlín desde 1987, sus espacios imaginarios trabajan en la Rumania rural, en la Suabia de la que es originaria, en un mundo duro, desapacible, en el que los seres humanos, por sus condiciones de vida, casi se confunden con los animales. Un mundo real y vivido, contado con un lenguaje afilado, perturbador, que no elude lo escatológico, que se acerca a las raíces de la condición humana en situaciones límite. Compré hace un par de meses En tierras bajas y lo leí de un tirón. Ayer me hice con la edición en bolsillo de El hombre es un gran faisán en el mundo y espero no tardando mucho hacer lo mismo que con el anterior.

Herta Müller, que narra la experiencia vital de unos seres que trabajan de sol a sol, en la que la sexualidad bordea lo maldito, en la que la religión gravita como amenaza a veces, como salvación otras, que cuenta un mundo en el que las infidelidades y los hijos “ilegítimos” forman parte de lo cotidiano, una existencia regida por el ritmo de las cosechas, por los funerales y los entierros, por el frío y la nieve y la suciedad y el barro, por el amor y por la crueldad. Un universo limitado, asfixiante, pero… lleno de una pavorosa actualidad: no sólo porque todavía, en la Europa del siglo XXI, sobre todo en la del Este, existen territorios, aldeas, pequeños pueblos en los que ese mundo vive más allá de la ficción, sino porque en los relatos de la Müller también respira la realidad que se vive (con las lógicas diferencias culturales) en tres cuartas partes del planeta.


Casi de manera simultánea, leí El caballo de cartón, de Abel Hernández, testimonio poético de un mundo desaparecido que en los años 50 y 60 no mostraba grandes diferencias con el que nos cuenta la premio Nobel y al que dediqué no hace mucho una entrada en este blog. No volveré a ese libro, pero sí viajaré con la imaginación a las tierras y pueblos abandonados de los que en él nos hablaba Abel. Y lo haré de l mano de un poeta mucho más joven que Abel Hernández y bastante más joven que Herta Müller: Fermín Herrero, soriano, nacido en 1962 en Ausejo de la Sierra. Para abrir boca, aquí reproduzco uno de los poemas del libro al que me referiré a continuación.

En el silencio de los pueblos se desmoronan
las paredes de adobe. Qué se podría hacer,
todo, todos se fueron, se fueron yendo
a la ciudad y todas sus muertes juntas
siguen aquí. Y también sigue aquí el castaño
y la fuente, la iglesia, los olmos muertos, los cerros
y la loma. Y también un ramal del nublado
que se volvió, cargado de pedrisco, y el gancho
que arrastraba hasta el banco de matar
a las cochinas. No debo interpretar sus silencios.

Fermín Herrero es un poeta de honda lírica, un escritor que aúna lenguaje y conciencia crítica, que no huye de la memoria y que tiene en el mundo rural que conoció de niño un referente que perdura de un libro a otro. Viene esto a propósito de un breve e intenso poemario que acabo de recibir: De la letra menuda es el título. Algo más de medio centenar de poemas cortos en los que muestra la memoria de un mundo deshabitado, que hoy solo pueblan fantasmas –entre ellos, el fantasma del poeta niño-, en el que la nieve, el viaje, la lluvia, los atardeceres, el vuelo de los pájaros, la vida intensa y mínima del matorral o del viejo álamo conforman una realidad que, en el fondo, es la metáfora del mundo, de un mundo que ya no existe (o que sí existe, no hay más que internarse en la Soria profunda, tierra de origen de Herrero).


He visto en los poemas de De la letra menuda un complemento silencioso de los relatos de la Müller, un caleidoscopio de emociones y de evocaciones que tocan universos pequeños que, todos, alguna vez, hemos conocido. Su lectura me ha permitido reconstruir experiencias que suelo recobrar cada vez que viajo, en coche, por las estrechas carreteras que, en nuestro país, se internan en las comarcas menos habitadas, incluso en el Madrid de la llamada sierra pobre. También cuando lo hago en tren. Siempre me ha fascinado ver, a lo lejos, ruinas de viejas aldeas, de pueblos que tuvieron vida y esplendor décadas antes, pequeñas torretas o campanarios de los que huyeron hasta las cigüeñas. Esos mundos (mejor dicho, la pequeña y gran historia de esos mundos) han cobrado vida estos días (metido en una polémica, por cierto, sobre el fragmentarismo y la propuesta "nocilla") al leer a Fermín Herrero. Cierro con otro poema del libro:

Con trapos viejos y un caldero tan abollado
como su edad camina muy despacio hacia
la casa abandonada donde guarda
los tiestos en el tiempo malo, al calorcejo
de aquella habitación tan calentita
donde tres veces diera a luz y una
amortajara a su difunto. Va a regar
los geranios. El año pasado heló
tanto que ni al abrigo aguantaron, a ver
los nuevos. El caldero abollado, la tos seca.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Narrativa de hoy: ¿Dónde está la guerra de las galaxias? ¿Cómo se libra?

En la tarde del domingo he dedicado un rato a ver la entrevista que el programa Página 2 de TVE ha realizado a Manuel Vilas a propósito de su novela Aire nuestro. Ha sido una entrevista interesante en la que Vilas ha hecho un canto acrítico a la televisión (una televisión, por cierto, que sólo en la cadena en que lo entrevistaban y en algunos programas marginales de las autonómicas atiende a la cultura, el resto evita los programas culturales o, en el caso de las puramente comerciales, se dedica a programar basura) y en la que, a la hora de juzgar la narrativa española actual, ha afirmado lo siguiente: "Hay escritores que combaten en la guerra civil española y escritores que combaten en la guerra de las galaxias". No está mal la frase. Al menos, como lema publicitario funciona. Pero las dudas surgen cuando intentamos ahondar en su significado y pensar en él en conexión con la realidad social (no con la virutal y catódica, sino con la que afrontamos cada día al salir de casa) y con la realidad literaria. Tanto de nuestro país como de Europa, Estados Unidos o Latinoamérica, por ejemplo. No es difícil recordar la llamada tecnoficción de Pynchon en sus novelas de los años sesenta La subasta del lote 49 o Arco iris de gravedad o pensar en el nouveau roman o en experiencias narrativas de la contracultura. O en el más que superado lema "el medio es el mensaje" (años 50) del visionario McLuhan. La afirmación de Vilas nos lleva a plantearnos, al menos, dos reflexiones.


1. ¿Qué es combatir "en la guerra civil española" y quiénes lo hacen?
La primera tiene que ver con la premisa inicial: se deduce de tal planteamiento que quienes no asumen (o no asumimos) la llamada (para ser pedagógicos) "propuesta nocilla"  estamos combatiendo (literariamente) "en la guerra civil española". Cuando sólo horas antes de la entrevista de Página 2 nos llegaba la noticia, de una actualidad pavorosa,  de que García Lorca ha comenzado a ser el primer gran escritor desaparecido, y no sólo asesinado, del siglo XX, la afirmación de Manolo Vilas no deja de ser, con todos los respetos y con toda mi amistad, un sarcasmo. ¿Se refiere a quienes ejercen una propuesta narrativa moderna, innovadora aunque sustentada en la historia, con argumento?  ¿Se refiere a quienes, como Muñoz Molina, o Chirbes, o Belén Gopegui, o Isaac Rosa, o Menéndez Salmón, o Marta Sanz, por ejemplo, siguen arañando, con una rotunda vocación de modernidad, en la memoria colectiva? ¿O quizá plantea que los escritores abandonen la sombra que todavía proyecta (y proyectará sobre las futuras generaciones: no hay más que ver la perseverancia de la caverna en oponerse a cualquier afán recuperador de nuestra memoria) la guerra civil sobre el comportamiento colectivo de mayores, maduros y jóvenes? Yo (seguro que Vilas también) he vivido la experiencia de preguntar a vecinos, jóvenes y menos jóvenes, de pueblos del norte de Madrid sobre acontecimientos de la posguerra y se han negado a hablar. Diría más: me han hecho saber su miedo (heredado silenciosamente de padres a hijos). Ante esa realidad, ¿qué hemos de hacer los escritores? ¿No combatir ese miedo, no aportar claridad ni proyectar nuestra mirada del siglo XXI sobre las heridas que perviven desde hace 60 años?  Si algo necesita el momento narrativo que estamos viviendo en España es rigor en el análisis y no frases efectistas. La televisión, el comic, el cine, el underground, la publicidad son, sin duda, medios que proyectan contenidos, que comunican. Internet, además, intercomunica, proporciona nuevos contenidos globaliza. Somos, en gran medida, seres televisivos, marcados por la televisión, por la publicidad. Pero la narrativa es lenguaje escrito y crítico, instrumento superador de la banalidad, arte basado en palabras.  
   
2. ¿Dónde y cómo se libra la "guerra de las galaxias"?
Lo primero que cabe decir es que la película (una obra maestra de la ciencia ficción) a la que alude la afirmación de Vilas tiene ya 30 años. Que en ese tiempo ha habido, al menos, dos procesos de renovación/revolución/desestructuración narrativa en occidente. En España también. De esos procesos, las obras perdurables que han quedado se pueden contar con los dedos de una mano. Por tanto, afirmar que los escritores "modernos" (o post) están librando "la guerra de las galaxias" mientras que los antiguos están en la guerra civil española, no deja de ser una afirmación huera de contenido. Entre otras razones porque hay escritores modernos, innovadores, rupturistas si se me apura, que en España afrontan nuestra realidad social con moldes estéticos y literarios "no fragmentarios". Y que en Europa o en Norteamérica ocurre lo mismo: sólo a los sectores más conservadores se les ocurre decir en Italia, en Francia o en Alemania, o en Inglaterra, que hay escritores que "combaten" en la Segunda Guerra Mundial o en la guerra contra el nazi-fascismo (por tanto, no modernos) frente a los que están en "la de las galaxias".  Recordar novelas europeas recientísimas (de dos años para acá) proyectadas sobre la memoria colectiva y, a la vez, radicalmente modernas, como Las benévolas, de Johanatan Littel, o La elegancia del erizo, de Muriel Barbery, o El informe de Brodeck, de Philippe Claudel, o Chesil Beach, de Ian Mcewan o La lluvia antes de caer, de Johanthan Coe, por citar sólo las que he leído y me vienen a la cabeza, haría innecesario prolongar esta reflexión.

Creo que Aire Nuestro es una buena obra narrativa. Lo he dejado escrito en este blog (pinchen aquí). Pero a mi juicio es una obra narrativa valiosa en la medida en que baja de las galaxias y conecta, sobre una base compuesta de personajes reales (algunos inventados) que proceden tanto de la cultura "culta" como de la cultura popular, con nuestra geografía sentimental, con nuestra memoria personal y colectiva. Su estructura televisiva es importante. Pero sin la programación por la que opta, apegada a nuestro universo de emociones y de experiencias, se quedaría subida a la galaxia.
Hasta aquí, mis reflexiones sobre la frase de Vilas. Una aportación a un debate tan imprescindible como esquivado.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Un mundo desaparecido... ¿sin remedio? Mi lectura de "El caballo de cartón"


El pasado lunes tuve la fortuna de participar en la presentación del nuevo libro de Abel Hernández, El caballo de cartón. Fue un desayuno con la prensa del que supe muy poco tiempo antes. Creo recordar que fue el viernes precedente cuando Javier Santillán, el editor de Gadir, me llamó para proponerme acompañar a Emilio Lamo de Espinosa y a Antonio Ferres en la presentación. Me envió de manera inmediata el libro y con ese acto me abrió una nueva puerta a una literatura con la que siempre me he sentido identificado. El caballo de cartón es un libro de la memoria. De la memoria de las cosas y de la memoria de los hombres y mujeres que hicieron la microhistoria de nuestro país en unos años difíciles, extremadamente duros. Había leído, un año antes y de manera gozosa, sus Historias de la Alcarama, un extenso diálogo de un padre con su hija en el que aquel evoca la vida cotidiana en uno de los muchos pueblos desaparecideos en el interior de Soria: Sarnago, su lugar de nacimiento. Por eso, mi predisposición no podía ser más favorable. Me sumergí en el libro como quien bucea en su propia historia, en sus evoaciones más íntimas. Y lo acabé en un par de días.

Toda lectura de buena literatura es, de algún modo, un acercamiento a las experiencias más profundas y radicales (de raíz) del lector. Al leer El caballo de cartón, un texto en el que Abel se recuerda niño en un mundo rural desaparecido que recobra sus formas y detalles ante la visión, entre las ruinas de la casa abandonada en la que nació y se crió, de ese viejo jueguete deteriorado, cochambroso (el caballo de cartón regalado en una fiesta remotísima), he tenido una doble experiencia. La primera es la recuperación de los olores, los ruidos, las voces, los sabores, los colores y luces de abolidos veranos de mi infancia en una aldea soriana, Aguilar de Montuenga, en la que pasaba las vacaciones en un tiempo (finales de los años 50)  en el que, en el medio rural, se vivía, casi, como medio siglo antes. La permanente comunión del hombre con una naturaleza que marcaba el ritmo de su vida, la presencia cotidiana de los animales en la existencia de niños y mayores (gatos que limpiaban establos de ratones, perros que acompañaban la caza o espantaban al lobo y al zorro, lobos que hacían temibles los inviernos, caballos entre la labor en la era y la fantasía del niño), el ceremonial de la matanza, la magia de las primeras nieves, la luz de los otoños, la gravitación del poder de la iglesia sobre el microcosmos de los pueblos, el destierro del sexo, el peso de la dictadura y sus leyes ominosas, la extrañeza del viaje en gentes que permanecían durante toda su vida en lugares remotos que sólo abandonaban para una atención hospitalaria, para el servicio militar o cuando decidían emigrar/huir, la fiesta anual como lugar de la celebración, de la irreverencia, de la quiebra de la rutina y de la sensualidad y el desafío. La segunda experiencia que me ha avivado el libro es la conciencia de su estrecha sintonía con mi pasión por recorrer lugares de la España más recóndita e imprevista y con una actitud solidaria hacia quienes, en el reverso, vuelven, en los últimos años, a los pueblos que abandonaron para recobrar sus edificios y darles una nueva vida (emigrantes de antaño que regresan a los orígenes): la esperanza respira en el libro de Abel Hernández relegando, de manera sutil, el pesimismo que nos invadía en Historias de la Alcarama. 

En la era de Internet y de la pasión por el fragmentarismo que protagonizan algunos adalides de la postmodernidad, en un siglo XXI de cultura posturbana podemos preguntarnos por el sentido y la vigencia de este tipo de literatura. No sé la respuesta posmoderna. La mía es que su vigencia es plena. No sólo porque habla de mundos que nos han precedido, en los que están clavadas nuestras raíces, o porque generen un espacio de ficción apasionante, sino porque contribuye a poner ante nuestras narices una realidad tan del siglo XXI como el PC o el teléfono móvil:  la que representan miles de hectáreas de tierras abandonadas en las que duermen ruinas, casas que tuvieron vida (con viejos caballos de cartón en alguno de sus chiscones o desvanes), iglesias con maravillosas cúpulas semiarruindas, ermitas cerradas e invadidas por las telarañas, tierras de cultivo condenadas al barbecho para siempre, frutales o huertos sin sentido, invadidos por la mala hierba, cementerios entre cardos y secos matorrales.. En Soria, en Teruel, en Zamora, en Huesca, en León... En esas y en otras muchas provincias es posible acercarse a esa realidad.


El caballo de cartón, como Historias de la Alcarama, es, también, una invitación a indagar en esa realidad. Tiene una función social evidente en tiempos en que se reniega de la literatura comprometida: nos invita a conocer esa otra cara del siglo. Una cara en la que respira el pasado pero que no es pasado: no hay más que coger el coche, enfilar por una de las carreteras que se internan en esa España interior y darse de bruces con ella. Aunque en el coche llevemos un portátil, un teléfono móvil o aunque nos vaya guiando por los más remotos lugares un ultramoderno GPS.
Termino con una invitación: el lector puede conocer en detalle la opinión de Hernández asomándose a la entrevista que aparece publicada en el blog (maravilloso blog lleno de descubrimientos, de invitaciones al viaje, de denuncias) Pueblos dehabitados. Y puede aprovechar para acercarse/internarse en buen número de localidadess abandonadas idénticos al Sarnago del que Abel Hernández escribe.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Tranvías: personajes de dos novelas

En mi memoria sentimental y literaria ocupan un lugar destacado los tranvías. Sé que no soy la única persona que tiene esa sensación. Sin ir más lejos, el poeta y narrador José Ángel Cilleruelo mantiene un blog en el que ese ser inerte, todavía útil en gran parte de las ciudades de la vieja Europa, es personaje central, foco de atracción de un universo de textos literarios y fotografías como no creo que tenga parangón en toda la Red. El blog lleva por título De los tranvías.

Mi infancia y mi adolescencia están profundamente vinculadas a un Madrid en el que ese medio de transporte formaba parte de la cotidianidad. Enormes seres metálicos que me trasladaban de un barrio a otro, de las calles más céntricas (aquella Gran Vía con vocación neoyorkina, cosmopolita, con algo del universo de Broadway en miniatura) a las que -hablo de mediados de los años sesenta-, en el límite de la urbe, bordeaban descampados, extrarradios, periferias o como quiera que se llamara entonces ese espacio en el que convivía un Madrid todavía rural con nucleos de casas bajas y bloques de viviendas sin servicios colectivos ni asfaltado. En los tranvías se hizo parte de mi educación sentimental. Tranvías que recorrían la Ciudad Lineal, desde la Plaza de Castilla o la cuesta del Sagrado Corazón hasta la Cruz de los Caídos o Canillejas. Tranvías que llegaban a la Universitaria o mostraban su bullicio metálico en la Red de San Luis, frente a la Telefónica, tranvías de Sol, de Bravo Murillo y García Morato, hoy Santa Engracia....


Los tranvías surgen en mi memoria vinculados, también, a mis primeras lecturas de poesía civil, de Blas de Otero o Pepe Hierro, a algunos de los poemas más memorables de Gil de BiedmaÁngel González, a las novelas de Juan García Hortelano, al nacimiento, esplendor y decadencia de amores adolescentes con protagonistas vestidas de uniforme de colegio de monjas y grandes carteras repletas de libros y cuadernos, a las tardes de fútbol cuando la televisión era sólo una ventana en blanco y negro en la que sólo cabía un partido (cuando cabía) cada sábado y me llevaban desde la Plaza de Castilla hasta el Santiago Bernabeú algunas tardes de domingo o me dejaban a la puerta del campo del Plus Ultra, un segunda división desaparecido en las tinieblas de los años 70.

Tranvías de tardes de manifestación y botes de humo. De viajes desde las entrañas de la Prosperidad a los aledaños de un Café Gijón mitificado, al que, guiado por un Diego Jesús Jiménez recién conocido, me asomé por vez primera (allí estaban Paco Umbral, Eladio Cabañero, Armando López Salinas, Pepe Esteban...) para descubrir la trastienda de lo que podía leer, desde la lejanía de mi barrio periférico, en la Estafeta Literaria, o en Triunfo, o en Cuadernos para el Diálogo, o en el mítico suplemento de libros del diario Informaciones. Tranvías que me hablaban de la juventud de mi padre, de hombres que vivían en la clandestinidad y que solían aprovechar el viaje en aquellos trastos para trasladar pequeños alijos de propaganda ilegal, de ejemplares de Mundo Obrero o de llamamientos a huelgas generales o manifestaciones. Tranvías en los que fui escolar, iluso niño navideño a la espera de regalos improbables (casi siempre imposibles), poeta en ciernes, lector de libros marxistas, pseudomarxistas y de libros cristianos irreverentes y algo sociales. Tranvías que acogieron al joven que volvía, desde la recién inaugurada UVA de Hortaleza (año 1964), al barrio de la Concepción, a contemplar las ruinas del demolido barrio de la Alegría donde todavía respiraba, digámoslo con palabras de Ana María Matute, su "primera memoria". Tranvías en los que pude leer las primeras revistas de música rock, o pop, o como queramos llamarla, o repasé los apuntes del preuniversitario. Tranvías....

Sí: todo eso ocurrió antes de que desaparecieran de Madrid. Antes de aquellos días de la primavera de 1973 en que el gobierno municipal franquista levantó la línea que llegaba hasta Canillejas desde la Cruz de los Caídos, la última línea con vida hasta aquel momento de una ciudad que los había integrado en su paisaje del mismo modo que cada uno de sus habitantes los habían hecho parte de su geografía más íntima.

En los últimos años, en mis viajes a ciudades europeas, desde Berlín a Varsovia o Viena, he podido comprobar cómo en ellas los tranvías, modernizados, remozados o completamente renovados, siguen formando parte del paisaje, de la vida cotidiana, de la cultura de la ciudad. Como debió ocurrir en Madrid. Sin embargo, las cosas fueron en sentido contrario. Los últimos años 60 y los primeros 70 fueron los del reinado de los "escalextric", de los pasos elevados, de la desaparición de las "rondas" (recuerdo Francisco Silvela o Doctor Esquerdo como dos hermosos bulevares que recorría el tranvía y en cuyo centro se levantaban terrazas veraniegas y cenadores) y del asesinato de los tranvías. Dicho sea de paso, hemos de saludar que en los últimos años asistamos a la parcíal y muy tardía purga de aquel crimen por parte de ayuntamientos de la periferia, que están instalando, en las afueras, nuevas líneas de tranvías (modernos, funcionales, distintos).

Escribí en algún lugar hace ya bastantes años que "la memoria es la única ciudad en la que no nos sentimos forasteros".  Cierto: en la memoria viven quienes fuimos en sucesivos momentos y viven los olores, las sensaciones, los rincones urbanos en que amamos o sufrimos. Si nos sumergimos en la memoria con la palabra (con la literatura, con la poesía), podemos, en parte, recuperar los paisajes perdidos, los olores que desaparecieron, los seres queridos que nos dejaron. De ese convencimiento partí para recuperar y dar vida a ese tiempo de tranvías, amores en ciernes, antifranquismo heroico (aunque fueramos cobardes y asustadizos) y sueños inabarcables cuando, a finales de los años ochenta y principios de los noventa, escribí El lento adiós de los tranvías, mi tercera novela, y ocho o nueve años después, Los días de Eisenhower. Raras novelas de la memoria, de la peculiar formación de protagonistas que vivieron entre el miedo y la felicidad adolescencia y primera juventud, raras novelas en las que quedó parte de mi vida: ¿qué otra cosa puede ser la memoria sino parte esencial de la vida?


Hace siete años decidí revisar a fondo El lento adiós... En 2007 terminé ese trabajo. Pues bien, durante tan dilatada labor de relectura y corrección de la novela he podido constatar que los tranvías, en mi obra literaria, no son los seres inertes a los que más arriba me refería. Son seres vivos, cargados de emoción y de ventanas a la imaginación y a la memoria propia y de mis predecesores. Trastos metálicos que, todavía hoy, a punto de morir 2009, transportan a un niño que permanece incólume cuando abro el libro en su primitiva edición de Mondadori y comienzo a releer los capítulos que, en una etapa que recuerdo casi de éxtasis, de pasión literaria permanente, fui escribiendo mientras en Madrid tocaba a su fin la década de los ochenta, se agrietaba la movida y los noventa preludiaban un cambio de siglo tormentoso.

Así me refiero a los viejos tranvías en un fragmento de mi novela:
"Cuando tomó asiento y el tranvía iniciaba su marcha, Mario tuvo una sensación obtusa y amarga: aquellos cacharros, viejos compañeros de tantas travesías de la infancia, iniciaban un lento e irreversible adiós. Recordó que algo había leído en el periódico: aquellos habitantes de hierro, pintados de verde o de azul, engalanados con una publicidad en la que aún perduraban las huellas de los cincuenta, en la que la aspirina o el coñac, los grandes almacenes o el elixir equívoco, mezcla de salvación alcohólica y tonificante, se ofrecían como consuelo para sobrellevar una vida no por rutinaria menos difícil, aquel año habían comenzado, por oscuros intereses municipales, a ser pasto de la memoria, a dejar una maraña de vacíos en el paisaje urbano, a extender una sensación de orfandad en quienes, como él, habían hecho de sus asientos tronos pasajeros, de sus chirridos parte de la música y del signo de la hora. No de la hora abstracta, sino de la hora perfectamente precisa y cotidiana: la del viaje diario al trabajo, la del encuentro con los grandes almacenes o con las viejas librerías del casco antiguo, la de la visita al amigo o al pariente, la del amor, la de las huelgas imposibles, la del preámbulo de los partidos de fútbol del domingo o la hora última, en el filo de la madrugada, de los rezagados, de los borrachos o de las prostitutas, la hora llena de grietas de los mordidos por la soledad."

sábado, 5 de diciembre de 2009

Recogerse el pelo, salir del blog y otras reflexiones

Que Internet está modificando los hábitos de lectura, los caminos de acceso a determinados libros y las formas de hacer públicos textos literarios (cuentos, novelas y poemas) es ya una verdad universal. El e-book abre perspectivas cuyo alcance último se nos escapa. Y sugiere preguntas diversas: ¿convivirá el libro en papel con el libro digital?, ¿terminará éste con aquél?, ¿quedará el libro tal y como lo conocemos relegado a la condición de objeto marginal, vicio de colecconistas o consumo de minorías? Son preguntas que quienes nos hemos formado en la cultura del libro nos hacemos con cierta angustia, con la marca del temor a lo desconocido y el miedo a perder el suelo sobre el que hemos venido caminando.

Igual se trata sólo de un vaticinio interesado, pero soy de los que opinan que habrá convivencia del mismo modo que hoy convive la televisión de alta definición (donde es posible ver el cine en alta definición) con las salas de cine (eso sí, en el formato multicine incorporado a gran superficie comercial) y con la costumbre de ir al teatro. El video no mató a la estrella de la radio frente a lo que nos contaba una canción pop de principios de los ochenta (la radio está más viva que nunca, por cierto) ni la televisión ha matado al cine o al teatro. En todos ellos, la proteína, es decir, la historia como sustento del hecho narrativo, se mantiene incólume o con más fuerza que nunca.


Viene todo esto a propósito de dos reflexiones.
La primera está relacionada con el fragmentarismo consecuencia del efecto nocilla (literatura mutante, así lo llama Vicente Luis Mora) en que, con la excusa de la omnipresencia de Internet, se ha querido situar el paradigma de la novela del siglo XXI. Agustín Fernández Mallo tiene un ferviente "hincha" llamado Manuel Vilas, autor al que me he referido aquí  y que cuenta en su haber con una obra certera, Aire Nuestro, en la que se advierte una voluntad estructural para acercarse al formato novela (mi elogio, curiosamente, no apareció en su blog). Pues bien, Internet es un espacio virtual donde todo convive. Pero un espacio virtual que no afecta a la esencia de la literatura desde sus orígenes: dar forma, a través del lenguaje, a nuestras emociones y a nuestros miedos, que son las emociones y los miedos de siempre. Que tampoco afecta, si hablamos de narrativa, a la base esencial de la novela desde El Quijote o la picaresca hasta nuestros días: la historia. La literatura mutante produce otros materiales, parecidos cuando no casi idénticos (estructuralmente, se entiende) a los que produjeron las vanguardias: produce fragmentos, agregaciones de imágenes, reflexiones a las que se busca un hilo conductor no siempre de manera afortunada. Es el nuevo escenario de Internet. Pero el medio no es el mensaje aunque lo dijera McLuhan hace más de medio siglo. La fragmentariedad del mundo tal y como lo recibimos a través de los nuevos medios tiene en la literatura un paradigma ordenador: ahí están las últimas novelas de Muñoz Molina o de Luis Landero, por ejemplo. La narrativa no es un espejo/reflejo de lo que nos llega a través de la Red. Ni siquiera un espejo deforme. Es un "lugar" cualitativamente diferente, que se nutre de la realidad y la trasciende para construir una nueva realidad. Con palabras: por supuesto.



Las manera de recogerse el pelo. Generación bloguer es una antología de poetas "blogueras" ideada/promovida por el poeta asturiano David González que, tal y como ha anunciado en diversas ocasiones Pepo Paz, editará Bartleby en unos meses. Poetas que, mayoritariamente, se han curtido en la escritura en el mundo de Internet, en el ámbito del blog. Que han crecido en este ecosistema virtual que, siempre, habla del ecosistema de la realidad , de nuestro mapa de emociones, incertidumbres, miedos y deseos. Pues bien, estas poetas, buenas poetas (¿o poetisas?) pasarán del blog (de Internet) al papel, verán sus poemas, negro sobre blanco, agrupados en un libro hecho con el gusto y la delicadeza con que Bartleby hace los libros, un libro que irá a los anaqueles de las librerías, estará (si es posible) en las mesas de novedades de éstas y será leído al amor de la lumbre, en un café, en el tren, en el metro o en el autobús o junto a una ventana que da al mar (por ejemplo), por lectores devotos de la poesía .

Ese itinerario conduce, a la vez, a dos reflexiones: de un lado, es bueno destacar la importancia que tiene, para todo poeta, por muy joven que éste sea, el libro convencional, el libro de siempre. Tiene algo (lo he escrito alguna vez en este blog) de canonización, de "certificado" que acredita su condición de escritor. Puesto que es obvio que todas las poetas de La manera de recogerse el pelo  pueden colgar sus libros (no sólo los poemas antologados) en sus blogs o en mutitud de páginas web, ¿qué sentido tiene la edición en papel? Dejó ahí la pregunta. La segunda reflexión es algo más peliaguda: estos días, con motivo de una agria polémica sobre el pirateo de libros de poemas, Pepo Paz ha sugerido la posibilidad de colgar la antología y no editarla para así dar la razón a quienes justificaban, en los comentarios recibidos en su blog,  la apropiación indebida de textos ajenos. Ha habido, como es natural, protestas entre quienes entendían y justificaban (algunas interesadas, por tratarse de antologadas) el pirateo de otros por el gran papel difusor de cultura que tiene Internet pero, sin embargo, no veían bien que esa "medicina" se aplicara a La manera...  Pues bien, esa es una de las muchas evidencias de la necesidad de oponerse a todo pirateo. Si se cuelga en la red, ¿para qué editarlo? Si un libro puede ser reproducido en su integridad, o casi, por cualquier bloguero, ¿qué sentido tiene gastar tiempo, dinero y esfuerzo en la edición en papel? Aun considerando en el horizonte el e-book, es obvio que hay que salvaguardar los derechos de los autores y de los editores, también trabajar para que la red de librerías interesadas en vender poesía se mantenga y crezca, y evitar que cualquier ciudadano pueda, por la vía directa, copiar entero (o casi) un libro y colgarlo en la red como si éste si fuera propiedad suya. Que lo haga si quiere con los de dominio público, no sujetos a derechos... Pero hacerlo con el resto de los libros es un delito.

La manera de recogerse el pelo, editado en papel, tendrá algo de consagración de las poetas que lo nutren. Saldrán del blog, cruzarán ese espacio invisible que separa la pantalla y el universo de la Red del libro que se acaricia, cuyas páginas se huelen (ese aroma algo ácido del papel y la tinta), cuyo lomo puede contemplarse, junto al de otros libros, en una estantería.... Pero... ¿y si no llegara a ser un libro... en papel? El contenido sería el mismo, cualquiera se lo podría descargar e imprimir, no habría merma en los poemas, ni en las biografías de las poetas. Incluso podría ser leído sin descargarlo ni imprimirlo. ¡¡Y sería gratis para los lectores!! Como director de la colección que lo acoge, creo que no sería lo mismo. Y estoy convencido de que así piensan las propias poetas que integran la antología. ¿O no?