lunes, 31 de agosto de 2009

De las nieblas del norte a Blas de Otero

Un corto y hermoso viaje
Recién llegado de la Galicia más nororiental y de la Asturias más noroccidental (es decir, de las tierras que bañan, por un decreto ancestral dictado por la naturaleza, el río Eo y el mar Cantábrico), compruebo que, en Babelia del pasado sábado, aparece mi artículo sobre el libro inédito de Blas de Otero. Pero antes de entrar en su contenido (e ir más allá), quiero trasladar a los lectores de Al margen mi experiencia de poco menos de una semana en el norte. Aunque ligera, he vivido la lluvia en agosto, he recorrido una costa a la que llegan, digámoslo con palabras de Luis Goytisolo, "los verdes de mayo hasta el mar", y he podido perderme, con E. por lugares de un interior hecho de bosques inabarcables, de pequeñas aldeas perdidas (pese a Google, los GPS y el satélite) y de reductos, como Taramundi, en los que sentó sus reales, hace décadas, el hoy llamado turismo rural en medio de la comarca de Los Oscos. Si, como es mi caso, tienes la mirada hecha a las extensas llanuras de Castilla y a los sky line de ciudades como Madrid, por no hablar de algunas de mis querencias casi maniáticas, los polígonos industriales que crecen a su alrededor o los barrios periféricos de las grandes ciudades, acceder a ese mundo de color verde y de humedades y de soledad, un mundo en el que el ser humano percibe cuan pequeño es frente a la inmensidad de la naturaleza (por otro lado, tan frágil y vulnerable), es un auténtico regalo. Y si ese precipicio de verdes se vuelca hacia un mar limpio y agitado como el Cantábrico, de playas de arena blanca y de rocas como catedrales (visité la playa que lleva ese nombre, arriba podéis ver la fotografía de una playa limítrofe) tenemos a nuestra disposición una suerte de escenario natural para la felicidad posible. Allí, a ambas orillas del Eo, Asturias y Galicia conviven y se interrelacionan. Y allí, en un pueblo que desconocía, Tapia de Casariego, dedicamos algunas horas a conversar con Pepo Paz (acompañado de Sara y Miguel, sus sucesores en el reino de Tapia) sobre el valor del norte como lugar de destino para el verano y, de manera muy especial, sobre sus vínculos remotos con ese hermoso pueblo asturiano.
Veranos de la infancia y de la adolescencia, recuerdos de un tiempo en que llegar de Madrid a aquel lugar de la costa norte en el seiscientos familiar era echar el día, hermoso tiempo de descubrimientos y de felicidad sin límite, espacio de la imaginación y de la memoria en el que el verano es la patria de los sueños y de las horas interminables e irrepetibles, de las músicas que no se olvidan. También hablamos de libros, de novedades para el curso que empieza, de Harlodo Conti y de Sudeste, de la poesía de Handke y de las novelas que, junto a la de Conti, Bartleby prepara para el otoño: sus autores, Justo Sotelo, Lydia Davis o William Conescu. Como escribo de memoria y no quiero que ésta me traicione, ahí dejo el recuento de novedades.

Cuando dejamos Tapia y, casi al borde de la media noche, volvíamos hacia nuestro refugio más allá de Ribadeo, pensé que las horas de conversación que habíamos vivido habían sido un premio inesperado. Junto al pequeño puerto, mientras las terrazas vivían con intensidad su condición de lugar de encuentro, Pepo, E. y yo habíamos construido toda una teoría (probablemente nada original) sobre el valor que tiene, en la vida de todo ser humano, contar con raíces también en el lugar donde se viven las vacaciones. Recordé el pueblo de Soria de mi infancia, o las tardes interminables de agostos sucesivos en Los Urrutias, junto al Mar Menor, cuando vivían los padres y el mundo era inabarcable y el verano era el lugar de la magia donde todo era posible. Incluso el amor más idealizado. Hoy, cuando las grandes agencias nos venden vacaciones con bullicio, viajes a remotas playas que son, las más de las veces, islas de lujo y opulencia en medio de la más absoluta miseria, no es malo recordar que en lugares perdidos entre bosques apenas conocidos o en pueblos acostados junto al mar, en los que, pese a ciertos desmanes urbanísticos, todavía se respira la paz de los pueblos de pescadores, el verano puede ser sinónimo de felicidad. O de algo muy parecido a ella.

Blas de Otero

Parece que la inquietud que mostraba en mi artículo por el hecho inexplicable de que treinta años después de la muerte del poeta careciéramos de noticias sobre la publicación del libro que, según informaciones solventes, comenzando por las ofrecidas por Sabina de la Cruz, su viuda, dejó a su muerte, va a ser conjurada en un plazo relativamente breve. Una poeta amiga, muy próxima como docente a Sabina, me llamó por teléfono (de hecho, fue quien me comunicó que había aparecido mi artículo en Babelia, yo desconocía en qué fecha sería publicado) para decirme que en breve saldrían los inéditos de Blas. Y añadió: "saldrán con la poesía completa. Y son muchos los textos inéditos, comenzando por su libro La Galerna y Hojas de Madrid". Aunque el treinta aniversario de su muerte ha pasado inadvertido, hay que decir que si la novedad que me anunció mi amiga poeta es real, estaremos ante la mejor conmemoración posible. Hoy, cuando poetas que apenas han pasado la treintena cuentan con su poesía completa en edición casi de lujo, cuando se canonizan obras cuya relevancia es más que discutible (sobre todo porque tienen que ser sometidas a la prueba del tiempo), el hecho de que no contemos, en los escaparates de las librerías y en las bibliotecas, con la obra completa de Blas de Otero, es un delito de lesa literatura. No sólo porque fue un poeta comprometido con su tiempo e implicado, hasta límites hoy incomprensibles para la mayoría del establishment poético, con las luchas de los humillados y ofendidos, sino porque fue un poeta intenso, de un altísimo nivel lírico, que supo afrontar el lenguaje como descubrimiento y revelación y no como proclama (aunque no faltaran, en ocasiones, las proclamas). Sus sonetos, sus poemas dedicados a los hombres y tierras de España, sus reflexiones a través del poema sobre la realidad, colectiva e íntima, que vivía en un país sometido, su canto al amor y a la felicidad difícil, nos mostraron que se podía ser devoto de la mística de Juan de la Cruz y admirador de Maiakovski o de Aragon. Blas podía escribir, con decisión y sensibilidad a la vez un canto colectivo como "Si he perdido la vida, el tiempo, todo / lo que tiré como un anillo al agua. / Si he perdido la voz en la maleza, / me queda la palabra", y podía escribir con ternura y sensualidad "Besas como si fueses a comerme", primer verso de un extraordinario soneto de amor.

Con Pepe Hierro, con José Luis Hidalgo (un olvidado a reivindicar) y con Gabriel Celaya formó parte de un antología que fue libro de cabecera de mi generación: Cuatro poetas de hoy, de la mítica colección de bolsillo de Taurus. Yo era muy joven, casi acababa de abandonar la adolescencia cuando, de lejos, muy de lejos, lo conocí: lo vi en algunas tribunas de barrio, o en la Casa de Campo en un Primero de Mayo memorable por ser el primero tras la Constitución y, sobre todo, lo escuché en la voz de cantautores que fueron referencia y guía durante un tiempo históricamente decisivo, comenzando por Paco Ibáñez o Luis Pastor.

Pero hay algo más en este homenaje, algo muy íntimo y personal: Blas murió cuatro días después de que muriera mi padre. Recuerdo que mis visitas al cementerio civil a dejar flores en la tumba del padre con el que nada pude hablar de poesía (sabía de maderas y de humillaciones y de carencias, poco de literatura) tenían como colofón obligado mi presencia, durante unos minutos, ante la tumba de Blas. Por eso, el pasado 29 de junio, los treinta años de ausencia de Blas de Otero fueron para mí, también, los treinta años de ausencia de mi padre.

jueves, 20 de agosto de 2009

Jelinek, Lebert y noticia de "La mujer muerta"

Nota previa
Cambio el aspecto del blog. Lo hago por un simple deseo de renovación, por cierto cansancio al ver una estructura y un diseño demasiado frecuente. También cambio la fotografía de portada: procede de un viaje extraño de hace ahora casi un lustro. Fue una visita al bosque que ahí se refleja. Un bosque maravilloso, lleno de misterios, desconocido. Si sigues leyendo esta entrada entendrás el sentido profundo de que esa fotografía presida, a partir de hoy, Al margen.
De Jelinek a La mujer muerta pasando por Lebert

Elfriede Jelinek, austriaca y premio Nobel de 2004, escribió hace casi treinta años: “Una de las obras más importantes de la literatura mundial es La piel del lobo, de Hans Lebert (y, si me lo permite, uno de los mayores acontecimientos de mi vida). Lebert ha recorrido los caminos del pasado una vez más a sabiendas de que nadie le acompañaría porque el resto se encontraba en medio del hedor y de los gases de los nuevos tiempos y de los modernos medios de locomoción con los que le atropellarían antes de que pudiera sentir, como disparos en la nuca, su respiración. Proviene este cálido aliento de un hombre o de un animal o de los dos?”. Y en otro momento, afirma “Una historia de dioses y al mismo tiempo, una historia de fantasmas”.

Los fragmentos citados forman parte del artículo que la premio Nobel austriaca (y escritora “maldita” para su establishment) publicó en la revista Profil en Septiembre de 1981 a propósito de la novela de Hans Lebert La piel del lobo. Los reproduzco porque hace unos días Eva Monzón, novelista y traductora de Diario de una novela, de Steinbeck, me escribió un mail para decirme que acababa de terminar mi novela La mujer muerta, libro hoy inencontrable y publicado en 2000. Junto a la noticia, me daba una opinión que no reproduzco por ser suya e intransferible y me trasladaba su gratitud por lo que había disfrutado al leerla.

El lector se preguntará qué tiene que ver el mail de Eva Monzón con la opinión de la Jelinek sobre la novela de Lebert. Intentaré explicarlo: creo que sin la lectura, compulsiva y apasionada, de La piel del lobo a lo largo de algunas semanas del invierno de 1993 no habría escrito, nunca, mi novela. Al menos, no habría escrito la misma novela. Me recomendó la lectura del libro de Lebert el crítico y editor Constantino Bértolo y nunca acabaré de agradecérselo. En La piel del lobo descubrí cómo transitando un territorio entre lo real y lo fantasmal, entre la vigilia y el sueño, se puede ahondar en la conciencia atormentada de una sociedad. Lebert, con una escritura ambiciosa, casi mágica (algún crítico comparó sus obras con auténticas piezas operísticas), atrapa al lector en una trama perturbadora que se desarrolla, en el tiempo posterior a la Segunda Guerra Mundial, en un pueblo del interior de Austria, rodeado de grandes bosques. Allí, en la mente y en el corazón de un grupo de hombres y mujeres que forman parte de la vida cotidiana del pueblo, anida la culpa, pero también la nostalgia del dominio nazi, la mala conciencia, el miedo a que los muertos (millones de exterminados en los campos de concentración) vuelvan a la vida para vengarse. Y en el ambiente late, vibra, condiciona los comportamientos, la memoria enterrada, la memoria de una de las más inmensas humillaciones de que ha sido testigo la Humanidad. Es, sin duda, una obra maestra.

Pues bien: La mujer muerta nació a la sombra de aquella lectura. Y quizá por eso su argumento se desarrolle en un pueblo perdido en la sierra norte de Madrid (la cercanía a la gran ciudad a punto de entrar en el siglo XXI me era esencial para reforzar la vertiente mágica, fantasmal casi, de la historia) y quizá por ello se encarne en seres humildes pero marcados por la sombra, más alargada que la del ciprés de la ópera prima de Miguel Delibes, de nuestra posguerra, de experiencias colectivas dramáticas que han permanecido ocultas gracias al doble cemento de la desidia de los poderosos y del miedo de los vencidos. En mi lectura de La piel del lobo aprendí, también, a entender la naturaleza, los bosques, los espacios vírgenes, casi desconocidos pese a extenderse a poco más de una hora de Madrid, como un personaje más, como un ser vivo que actúa y condiciona la vida de todos. De ahí que los bosques que rodean una pequeña localidad madrileña tan próxima y remota a la vez como La Puebla de la Sierra se conviertan en mi novela en espacios donde crece el misterio, en los que el tiempo se equivoca y en los que fermenta la memoria colectiva que se ha intentado enterrar durante más de cincuenta años. Son bosques extraños, imprevisibles, anacrónicos con su condición de madrileños. Son los que puedes ver en las fotografías que han ilustrado este texto.

El círculo se ha cerrado hace sólo unas horas, cuando al hojear un monográfico, de 2005, de la revista de la Asociación Colegial de Escritores, La República de las Letras dedicado a la Jelinek, me encuentro con los párrafos -con que inicio esta entrada- que dedica a Lebert y a su gran novela. Y he caído en la cuenta de que entre las novelas que he leído en la última década han sido muy pocas las que me han conmocionado y atrapado. La pianista y Los excluidos, de la escritora austriaca, forman parte de esa minoría.
Hace cuatro años, visité Viena con mis hijos y con E. Hace año y medio volví para compartir con Juan Gelman la inauguración de la bilbioteca del Instituto Cervantes de esa ciudad. Pues bien: mi experiencia, en ambas visitas, ha sido extraña y contradictoria. La belleza de la ciudad y mis conversaciones con poetas y escritores comprometidos con la izquierda no han podido contrarrestar (tuve alguna discusión con algún crítico con la inmigración y con la Europa ampliada) la sensación de que son pocos los que quieren indagar en la incómoda memoria del nazismo, de que el olvido es la vacuna que, inconscientemente, aplican para no enfrentarse, tal y como se hiciera en Alemania, a un pasado tormentoso, duro, un pasado que es imprescindible tener siempre en la cabeza. Y en la conciencia colectiva. De esos viajes, de mis experiencias lectoras de Lebert, la Jelinek (y Handke: atentos a su poesía completa, recién editada por Bartleby) y de mi convivencia, durante más de cinco años y tres reescrituras, con la elaboración de La mujer muerta, ha surgido, a lo largo del tiempo, este poema que formará parte de mi nuevo libro Ciudad adentro:
En Viena, la pulcritud y los tranvías
y un miedo raro tiritando en el borde
cansado de la Historia: en esa zona
de inexactitud y de niebla donde cuece el espanto
por el silencio turbio de la memoria, por la escondida culpa
tras los ojos azules de viandantes
parecidos a aquellos
que dibujara la Jelinek
con el rigor amargo
de lo que hiela, aturde y envenena.

En Viena bebí el aire de un canal del Danubio
de luz inmaculada e irisaciones verdes.

En Viena soñé viejos
cafés que nunca serán míos,
lentas tardes de humo mientras Handke
—o quizá un parecido inventor de agrietados
universos de vida y de lenguaje—
escribía poemas
en la soledad de una mesa escondida
detrás de una columna, recordando
la nieve congelada en la memoria
y el terror de los trenes de ganado y madera
y el olor de la ropa ennegrecida
y el silencio y el llanto contra cielos blanquísimos
por lentas humaredas
de sangre transformada
en silencio y neblina, en olvido y en miedo.

En Viena viví y amé un presente
de tranvías lentísimos y apacibles ancianos.

Y la extraña belleza de una voz escondida
en calles periféricas y en hoteles abiertos
al aire de la noche y de la desmemoria.

(Momentos de Viena en 2005)

viernes, 14 de agosto de 2009

De mis visitas y paseos por Soria

Respirar el aire que respiró Machado
Abajo, a la izquierda podéis verm en una fotografía en el aula del Instituto de Soria en que Antonio Machado enseñó durante los años en que vivió en la ciudad . La fotografía es de algún día de finales de julio de 2008, en uno de los escasos momentos "fuera de agenda" de las jornadas celebradas con motivo de la reunión anual de los directores del Instituto Cervantes.
Algunos meses antes, quizá en el otoño de 2007, me invitaron a participar en el centenerario de la presencia del gran poeta sevillano en la ciudad. Recuerdo que llevé el texto de mi intervención (sobre el paisaje en la poesía de Antonio Machado) sin acabar del todo, pendiente sólo de algunas correcciones. Pedí a los organizadores del encuentro un ordenador y una impresora para poder dar los últimos toques al texto y, cuál no sería mi sorpresa y mi enorme alegría cuando me dijeron que en el instituto en que fuera profesor Antonio Machado, en el despacho de su director, podría trabajar el tiempo que quisiera con su ordenador. Acudí al viejo (y magníficamente cuidado y adaptado a la nueva realidad) instituto. Récorrí sus pasillos, imaginé a don Antonio, el don Antonio enamorado de una Leonor casi niña ("soñe que tú me llevabas / por una blanca vereda / en medio de un campo verde / hacia el azul de las sierras...."), respiré ese olor característico de los institutos, olor a adolescencia y a sueños sin cumplir, a tiza, a primeros after shave y a perfumes hurtados a la madre, a sudor y a incertidumbre, viví, durante algunos minutos, esa extraña experiencia que nos hace sentirnos orgullosos por habitar el espacio cotidiano de quien ha marcado la educación sentimental de generaciones, y supe que profesores y alumnos del instittuto, en colaboración con otras instituciones, habían elaborado un hermosísimo documental sobre la presencia del sevillano en aquellos parajes titulado Machado, última memoria que podéis ver pinchando en la imagen.
Un documental que no hace sino embellecerse si después vemos el que elaboraron las asociaciones de comerciantes de Soria (El viento acaricia la superficie del agua, pinchad a la derecha) con textos del poeta (Nota: en ambos casos aconsejo, una vez en el video, pulsar la ventanita inferior para verlos en alta definición: iHD).
Recuerdo que, caminando por los pasillos del instituto, asomándome a las aulas, evoqué mis días de estudiante de bachiller, mis noches en vela leyendo, en la edición de Austral, su poesía completa, mis primeros escarceos amorosos y el regalo de mi padre cuando aprobé la reválida de sexto: el LP con que Serrat homenajeó al poeta profesor. Después, ya en abril de 2009, regresé con motivo de la Feria del Libro, a leer poemas junto a Amalia Iglesias en el casino del Círculo de la Amistad, un lugar que parece detenido en el tiempo, en los días machadianos: unos salones de oscuro frescor, de mobiliario de maderas nobles, de tertulianos que parecen vivir al margen de la urgencia que preside este siglo.... Dejé la Feria de Libro y, lamentándolo mucho, viajé de nuevo a mi vida cotidiana en Madrid.

Ruinas que testifican
Pero a Soria siempre se vuelve (al menos a mí me ocurre). Y lo hice a mediados del pasado mes de julio. Fue un viaje de un día, a participar en el jurado que decide la beca Antonio Machado para un poeta extranjero: seis meses de residencia en esa ciudad para desarrollar un proyecto y escribir un libro. Pero no es la beca, ni las deliberaciones del jurado lo que quiero destacar. Es mi paseo por la ciudad bajo un sol de justicia. Es la visita a la exposición "Las edades del hombre" , ubicada en la concatedral de San Pedro para contemplar, sorprendido, el cúmulo de pequeños y menos pequeños tesoros rescatados de templos abandonados, iglesias en ruinas y ermitas perdidas en pueblos remotos, en muchos casos deshabitados, de la provincia.

Una visita guiada como un viaje en el tiempo que tuvo su colofón al poco de abandonar la muestra. Un colofón con una dimensión arquitectónica llena de significados y con una reflexión algo melancólica: me refiero a las ruinas de la Iglesia de San Nicolás en medio del casco urbano. Rodeado de bloques de viviendas, el templo románico muesta su esqueleto, los vestigios, en forma de muros y arcos y restos de bóvedas, de lo que fue una esplendorosa iglesia construida entre los siglos XII y XIII. Se encontraba entre las primitivas parroquias de Alfonso X y todavía conserva algún resto (atenta, Iconos, quizá ahí tengas material para tus creaciones) de pinturas murales sobre el asesinato de Santo Tomas de Canterbury.

Pero lo que más me impresionó, tal y como podéis ver en las dos fotografías que hice con el teléfono y que reproduzco, es el acoso al que las ruinas parecen sometidas. En la foto de arriba, se puede ver cómo la fachada con balcones de una construcción reciente casi roza la piedra de la iglesia. Y en la de abajo, el bloque aparece a la izquierda.
Es como si dos mundos, dos tiempos, dos realidades, una abolida y muerta, otra presenta y tratando de afirmarse, pugnaran bajo el cielo azul y veraniego de la Soria más honda.

Lamenté que mi visita sólo durara un día. Un lamento que suele ser frecuente cuando visito pequeñas ciudades en las que todavía se respira la calma de otro tiempo. Soñar con una temporada entre los viejos muros de sus edificios, con lentos paseos por la orilla del Duero bajo los álamos del camino que lleva a San Saturio, sentarse a escribir en el viejo Casino o en cualquiera de sus cafés o terrazas, escuchar las campanadas del reloj de la Audiencia con su dulce y cálida parsimonia, escaparme por un día a los bosques y valles del Moncayo... Sé que es el sueño imposible de quienes, en este siglo XXI de agitación, globalización y mutación tecnológica estamos comprometidos con apuntar, en la literatura, un mundo mejor, más igualitario. Pero, ¿no es acaso una metáfora del mundo utópico que perseguimos ese sueño de una ciudad a la medida del hombre, en la que la prisa esté desterrada y el trabajo se ajuste a nuestras necesidades y no al revés? Soria, la Soria de mis lecturas machadianas de infancia (también de Gerardo Diego, aunque éste fue después), seguirá siendo un lugar recurrente de mis viajes. Estoy completamente seguro.

martes, 11 de agosto de 2009

Niall Williams: la historia de la edición de su última novela

Nota previa: cambio imagen de cabecera. Del paisaje serrano próximo a Gargantilla del Lozoya al mar y al cielo, que parecen arder, de Ondarribia en un día de octubre de 2005. Fotografía que me recuerda tres memorables jornadas de reflexión y debate sobre poesía en el parador de esa ciudad que mira, por encima del mar, a Francia. Quede ahí como testimonio de uno de los momentos mágicos de aquellos días.

Pero .... vayamos a Williams

Hace poco más de un año publiqué en este blog una entrada sobre Sólo una palabra tuya, la novela de Niall Williams que había sido novedad de Bartleby en la Feria del Libro de 2008. El título era Niall Williams, la Irlanda relegada y la Feria del Libro de Madrid (pincha y podrás releerla) y consistía en un elogio apasionado del libro. No contaba el modo en que el original llegó a mis manos ni el proceso, lleno de coincidencias y buenos augurios, que condujo a su publicación. Hace unas horas, en uno de los blogs que de vez en cuando sigo, Heterónimos y las palabras de otros, he podido leer una emocionada entrada (¿o un post?) en la que Beatriz Bejarano del Palacio, la traductora de la novela que se "fogueó" por vez primera con Bartleby/Pepo Paz con su primera traducción literaria de relieve, cuenta su visión de la pequeña historia que llevó el libro de Williams al catálogo de Bartleby Narrativa. Un poco por gratitud a su generosa -y apasionada- narración y otro poco por mis vínculos con el mundo que ella cuenta (un mundo pequeño y accesible, hecho de afectos y casualidades, en el que una librería del barrio de Vallecas, Muga, ejerce una perseverante militancia en favor de la buena literatura), contaré la otra cara de esa historia.

Tal y como referí en mi entrada de hace un año, en 1998 leí, conmovido, una novela anterior de Williams, Como en el cielo, que convertí en una de mis recomendaciones más reiteradas (también de E., que ha hecho de la novela una especie de seña de identidad) y motivo para hablar de literatura con los amigos en sobremesas, paseos y viajes. Han pasado once años desde entonces y no se ha atenuado mi empatía con el libro y con sus personajes. Por eso precisamente, porque han pasado once años y porque una tarde de un mes que no recuerdo (pudo ser primavera) de 2007, cuando hacía nueve que había dejado de ser novedad, la vi como libro recomendado en uno de los anaqueles de Muga, me quedé sorprendido. Gratamente sorprendido. ¿Cómo es posible, me dije, que en una librería de barrio se destaque una novela casi imposible de encontrar y que, además, se recomiende?

Convencido de que sólo alguien que hubiera vivido parecido proceso de descubrimiento de la narrativa de Williams, y más en concreto de ese libro, podía haber alentado esa iniciativa, pregunté al librero (a Pablo). Descubrí, en Muga, a un grupo de fervientes seguidores de Williams (ahí estaba, también, María José) y supe que una empleada de la librería, ausente aquella tarde, estaba traduciendo la última novela del irlandés. Quise hablar con ella, pero había cambiado, según me dijeron, el turno y no podía ser. Dejé mi dirección de correo electrónico para que se la hicieran llegar y les dije que yo compartía la devoción por el novelista, que todavía me duraba la impresión que me produjo la lectura de Como en el cielo muchos años antes y que si la traducción era buena, hablaría con Pepo Paz, el editor y responsable directo de la colección de narrativa para que se hiciera con los derechos y la editara.

Después fue el intercambio de correos electrónicos, el conocimiento personal de la joven traductora, Beatriz Bejarano, en la misma librería y en el mismo día en que acudí para comunicarle que la novela sería editada, y el comienzo de los trámites habituales que llevan a la edición de un libro.

Pero hubo una parte del proceso en el que disfruté de manera muy especial. Fue cuando Beatriz me envió el primer borrador de la traducción y abordé la lectura de Sólo una palabra tuya sin otro condicionante que la búsqueda de errores, erratas y frases inadecuadas, el ofrecimiento de sugerencias y el gozo de la materia literaria. La novela me atrapó desde el primer momento. La red de afectos, de decepciones, de sueños y de carencias sociales que Williams construía (con un lenguaje poético de gran intensidad), el canto al amor que respiraba en sus páginas se vieron complementados con una red de sugerencias y correcciones a estilográfica que devolví a la traductora. Ella las asumió con deportividad e inteligencia, con algún desacuerdo puntual también, algo de lo que le estaré para siempre agradecido.

Hasta aquí la historia de un proceso. Del que, nacido de la imagen de un libro recomendado pese a ser una novedad de casi una década antes, condujo a un libro hermoso por dentro y hermoso por fuera: en mi mente ha quedado grabada, quizá para siempre, esa portada azul en la que puede verse, tras una retícula que simula una ventana, el mar, las rocas, el cielo y un ser anónimo caminando… y en blanco y negro. La que habréis podido contemplar al principio de esta entrada.

martes, 4 de agosto de 2009

Diez años de vida para un libro de poemas: "Ciudad adentro"

E., en una cena en Fez (Marruecos) 
Ciudad adentro es el título provisional de mi nuevo libro de poemas. Un libro que cobró forma a finales de 2007, cuando contemplé en perspectiva los poemas que venía acumulando desde mucho tiempo atrás. En concreto, desde principios del año 2000. Es decir, el libro habrá tardado en hacerse nueve años, casi una década. Digo bien: hacerse. Es verdad que lo he escrito yo. Que, como todo libro, debe su hechura, su música, su telón de fondo, el lenguaje que lo modela, al poeta. Es decir, soy plenamente consciente de que el libro es mío. Pero sé, también, que ha crecido de manera autónoma, que una fuerza interior no explicable ha ido impulsándome, cada cierto tiempo, a perfilar nuevos poemas, borradores, apuntes y versos a los que he sometido a correcciones sin número, a sucesivas aproximaciones, todo ello sin conciencia de que unos y otras eran piezas de lo que pasado el tiempo sería un nuevo libro.

Sólo me queda, para darlo por concluido, terminar cuatro poemas, alguno de ellos iniciado hace cinco o seis años. Cuando ello ocurra (previsiblemente este verano), sus poemas, formando parte de la lógica interna que, al menos en mi caso, determina el contenido del libro, volarán sin ayuda: o con la del editor y, si se tercia, la del crítico. Diez años de escritura en los que la Historia (la colectiva) y mi historia (la íntima) han vivido sensibles transformaciones. En el año de los primeros versos de Ciudad adentro se produjo el 11-S, el terror se precipitó sobre las Torres Gemelas y dejó varios miles de muertos. El mundo entró en una pendiente marcada por Bush y los neocon que tendría algunos nombres propios todavía clavados en la piel más sensible de la Humanidad: Afganistán, Guantánamo, Irak, bombardeos indiscriminados, Gaza o Beirut. Tras esos nombres, seres humanos, hombres, mujeres y niños viviendo la pavorosa suerte de las víctimas. Entonces, la opulencia y el despilfarro guiaban a los gurús de la eocnomía. Al final de la década que ha engendrado mi libro, el mundo parece enfilar otro sendero: crisis económica que pone en cuestión las teorías neocon; Obama trabaja por una concepción del mundo distante de la de Bush: poíticas sociales, policentrismo, negociación y paz son los nuevos paradigmas.
Conocí nuevos paisajes y visité ruinas que son testimonio mudo de una memoria colectiva que se pretende enterrar: barracones de presos olvidados, campos de concentración y destacamentos penales en Garganta, en Soto del Real, en Bustarviejo. Como las que aparecen, abajo, en las fotos de nuestra visita, con María José, Beki, Elena y otras compañeras cervantinas.

Hasta aquí, en pinceladas, la Historia (colectiva). Su vibración, su pálpito más hondo están, creo, entre los versos que han ido sumándose, lentamente, al libro.


Pero -antes lo dije-, también está mi historia. Diez años que han marcado mi vida y que han dejado su sello (a veces no reconocible, pero no por ello menos presente) en mis poemas: tenía 46 años, tengo diez más. Mis hijos dejaron de ser niños. El amor, mi amor de siempre, maduró entre contradicciones, se adensó y serenó. Cambié de trabajos (de la Asamblea de Madrid y del barrio amado de Vallecas, al Instituto Cervantes y al centro de una ciudad caótica pasando por RTVE y por el mitificado Prado del Rey) y los cambios apenas dejaron huella en mi literatura. Tampoco en mis versos. Publiqué cuatro novelas (casi todas, iniciadas en los años 90), hechas con mi memoria y con mis sombras y mis luces y mis emociones, un ensayo sobre la poesía de Vázquez Montalbán, dos novelas cortas, un libro de viajes (sus títulos y editoriales pueden verse en la columna derecha de este blog) y dos de poemas, uno escrito a principios de los 90, el otro iniciado a mediados de la misma década. Y una antología: los cien poemas de Monólogo del entreacto. Es decir: he dado a la imprenta vida convertida en lenguaje. Y mientras eso, ocurría, crecía lentamente Ciudad adentro.


Crecía con Esperanza y los amigos más cercanos. Con mis hijos Malva y José Manuel, que tembién crecían. Crecía en los paseos por los barrios, en pie o desaparecidos, en los que alguna vez dejé o experimenté alegrías, tristezas, miedos. Crecía en las músicas amadas, casi siempre adheridas a momentos irrepetibles. Crecía con Serrat y sus canciones. Con las lecturas de la década y con los viajes. Con mi memoria y con la de todos. Con las polémicas sobre poesía y conciencia y con los acuerdos sobre poesía y conciencia. Con los poetas amigos en cenas memorables (Félix, Manolo -te me moriste tan temprano, amigo y camarada-, Juan Gelman, Pepe, que también se me fue en la década, Paca, Diego Jesús, Antonio y Antonio (Sarrión), Juan Carlos, Lupe, Marta, Aleja, Julieta....). Con Pepo, narrador por descubrir, y con la hermosa y emocionante historia de Bartleby Editores. Con Muga y con Beatriz Bejarano (compartida devoción por Niall Williams, a quien nos tradujo) y Pablo y María José, con mis paseos en autobús, mis viajes en metro o en tren de cercanías. Crecía mientras mis barrios de adolescencia desaparecían. Mientras el dolor punzante por la muerte de los padres se convertía en dolor apaciguado pero no menos hondo y en poema. Crecía con las nuevas experiencias laborales, Carmen (Caffarel), Mario, Luis Carlos, Iñaki, Águeda, Miguel... Con las charlas y lecturas de poemas en los lugares más insólitos (CEPA de Entrevías, recuerdo de Gema Olivares y su gente, Torrelaguna y su bibliotecaria, Nuria García Aranda). Con la lectura de manuscritos y el descubrimiento de poetas nuevos. Con el rescate imprescindible de nombres como Haroldo Conti, o José Donoso, o Angelina Gatell, o con el esfuerzo por dar a conocer poetas (Pepo, fuiste decisivo) no conocidos en España o poemas de narradores indiscutibles de la literatura universal (Faulkner, Handke, Grass, Carver). Es decir: con amor por lo bien hecho. Por la literatura y por la poesía. También por la política como arte noble de lo colectivo.




Así, con el cemento imprescindible de los momentos más íntimos (la tarde en un café, un paseo por el fresnedal junto al refugio del valle, miles de almuerzos con E., hipocondrias varias, ferias de libro, lecturas imprescindibles e inolvidables) y con lenguaje se ha venido haciendo el libro que concluyo: Ciudad adentro. Un libro-poema compuesto de poemas.

Todo lo hasta aquí escrito no hace sino confirmarme en dos ideas expuestas en el prólogo a mi antología (por cierto, Marta, gracias infinitas por tu hermosísimo estudio preliminar): concibo la poesía como una amalgama entre conciencia crítica y lenguaje revelador. Y como una materia artística hecha de memoria. Íntima y colectiva. Eso es todo. Por hoy.