martes, 30 de junio de 2009

AUSTRALIA: días en Sidney con parada sentimental en Bangkok

Australia es el sueño perseverante de una infancia lejana. El reverso, el territorio prometeico, casi recién creado, del que me hablaban viejos libros de navegantes y conquistadores, de extraños viajeros y convictos que arribaban, encadenados, a playas remotas.

La Australia que soñé
Australia era el mundo inalcanzable al que, en los años sesenta, se referían mis amigos de pupitre y barrio cuando contaban las más hermosas historias de la emigración. Sí: digo hermosas porque la mayoría de aquellas historias eran dramáticas, duras. En Alemania, en Francia, en Bélgica o en Suiza, nuestros emigrantes se hacinaban en cuchitriles, vivían condiciones laborales enormemente duras, tenían que construir la nueva vida desde los cimientos, casi desde la nada. Sin embargo, cuando mis amigos hablaban de parientes más o menos lejanos que habían optado por Australia, construían un mundo que tenía connotaciones de paraíso. Hablaban de barrios residenciales con grandes espacios verdes, de paisajes de horizontes inabarcables, de tierras feraces por conquistar, de suelo barato, de “regalos” del gobierno para poblar territorios deshabitados, de playas vírgenes, de animales extraños, casi imposibles, que no existían en ninguna otra parte del mundo.

De modo que crecí con ese sueño heredado, o transferido por mis amigos. Y sobre ese sueño fui construyendo otros, haciendo acopio de mapas y guías, buscando en ellos respuesta a preguntas que surgían de la simple visión de su geografía física: ¿cómo era su desierto? ¿Y la costa norte, un territorio casi deshabitado? ¿Y la costa oeste? ¿Y la pequeña ciudad de Perth? ¿Y la imposible ciudad de Alice Springs, en pleno corazón del continente y centro urbano de un desierto interminable? A todas esas preguntas se añadían las hermosas connotaciones de los nombres de algunas de sus ciudades y estados, palabras que acariciaban el oído y se mostraban llenas de sugerencias: Adelaida, Canberra, Melbourne, Territorio del Norte, Nueva Gales del Sur, Sidney

Sydney: un mundo próximo y lejano a la vez

Sí. Siempre mantuve ese sueño en algún recodo de mi inconsciente. La aventura irrealizable, la utopía que nunca se alcanza. Sin embargo, he tenido la fortuna de adelantar ese sueño con motivo de la inauguración del Instituto Cervantes en la ciudad de Sidney. He podido, con la compañía y el magisterio de Isidoro Castellanos y Sonia, el director del Cervantes y su esposa, tomar contacto con una ciudad tan acogedora como llamativa. Modernidad y vanguardia despuntando en los rascacielos y en su arquitectura-símblolo, el Opera House, mezclados con las edificaciones originarias de los primeros asentamientos occidentales, compuestos de cuerdas de presos, de peligrosos convictos que habrían de convertirse en el fermento de la nueva nación. La deslumbrante naturaleza de una región húmeda, con verdes que llegan al mar, y playas de arena blanca y finísima, de aguas transparentes, casi provocadoras de tan azules, playas que se relacionan, con una amistad extraña, con los grandes rascacielos de cristal y acero, con el inmenso puente metálico (el Sidney Harbour Bridge) que hace de la bahía de Sidney una suerte de testimonio prematuro de la arquitectura industrial de los años 30. Ciudad europea y ciudad mediterránea a la vez. Y norteamericana. Y británica. Ciudad proyectada hacia el mar y, a la vez, asomada, al Oeste, a las Blue Mountains, un paraje de grandes bosques de eucalipto y montañas rocosas que esconden lugares jamás pisados por el hombre. Ciudad que sabe del desierto, de la tierra roja que ocupa la corona interior del continente, del país, de la isla. Ciudad que, con sus puentes y su sabia mezcla de arquitecturas, es metáfora de todo un continente.

Cuatro días pateando Sidney, recibiendo el sol avasallador y la lluvia súbita, el viento frío de su primer invierno y la niebla de las montañas azules, las horas apacibles de sus terrazas al mar y el mundo interior y oscuro de alguno de sus más emblemáticos bares, paseando sus playas (de Bondi, pasando por Manly, a Balmoral) y caminando por los senderos que bordean sus acantilados.

Su literatura: un desafío personal para el futuro
Cuatro días en los antípodas en los que no he dejado de pensar en la literatura y en algun escritor amigo y querido. He pensado en la literatura porque tuve la fortuna de compartir una mesa redonda sobre el estado de la literatura española actual con el escritor, profesor e hispanista Roy Boland. Porque de la avidez que mostró el público por conocer las obras últimas de los escritores españoles y latinoamericanos más recientes (y no tan recientes) no tardé en pasar a la avidez propia por conocer la literatura australiana, esa gran desconocida. Si prescindo de Morris West, o de Patrick White, mi ignorancia es casi absoluta. Conocer su mejor poesía de los últimos treinta años, su narrativa más apegada a la realidad australiana ha sido una de las tareas que me he impuesto para el futuro. Y una joven periodista de EFE, Monica Garriga (corresponsal en la ciudad y yo diría que en todo Nueva Gales del Sur), se ha conjurado conmigo para hacerme llegar libros recientes de los mejores poetas y narradores australianos. Mientras tanto, me aferro a la historia de la literatura universal que dirigió José María Valverde para Planeta y me zambullo en lo poco que se recoge relacionado con Australia (y Nueva Zelanda) en ella. El misterio de la infancia, el sueño de aquellos primeros años 60 ha comenzado a hacerse realidad.


Cuatro días inmensamente cortos, una millonésima parte de lo que hubiera deseado vivir en sintonía con mi sueño: allí quedan algunas personas que me harán familiar Sidney y Australia (y su literatura). Isidoro y Sonia, Monica, cuya conversación antes de escuchar a Sole Giménez en Opera House fue brillante e ilustrativa, Roy Boland, del que hablaré en próximas entradas, Pilar Ballesteros, subtituladora en español para la televisión australiana e infatigable defensora de nuestra lengua, Cynthia Fernandez Roich, Esther Lozano, periodista y fotógrafa free lance, Sonia Martínez Muñoz, periodista descubridora de un pueblo australiano llamado Cervantes -y con blog: pincha aquí-, y los trabajadores (trabajadoras sobre todo, son mayoría e inmensa: Marisa, Nadia, Gori y Rodrigo) del Cervantes.

Manolo: el amigo, el poeta. Parada en Bagkok.

Fue al final de la mesa redonda, cuando entre el público surgió su nombre: “no se ha referido a Manuel Vázquez Montalbán… ¿qué opinión le merece su obra?”, dijo una mujer de edad madura. No era así. Me había referido a él, pero quizá muy de pasada, como si quisiera conjurar una verdad terrible: allí, en Sidney, participó en su último acto literario. Sentí un extraño vacío. Manolo tenía también el sueño de los antípodas. Los pájaros de Bangkok o Los mares del sur son títulos de novelas en los que se refleja, de una manera viva, ese sueño. Pero también lo vivió en la poesía, en esos textos en los que el informalismo y una mirada compasiva se mezclaban con una concepción totalizadora de la lírica de la experiencia. Su dos últimos libros de poemas, sobre todo Pero el viajero que huye, fueron escritos, casi en su totalidad, en los aviones. Volando sobre el Pacífico, o sobre el Mar de China, o sobre el Golfo de Bengala (“dar la vuelta a la tierra / dar la vuelta a las aguas / en un mismo retorno / a la evidencia exacta del espejo sin fondo”, nos dijo), Manolo encontraba en el poema su consuelo y su gozo más íntimo y hondo. Roy Boland me contó lo que desconocía: él y su compañera, no sé si con otros amigos, cenaron con él aquel día de octubre antes de que emprendiera viaje a España vía Bangkok. Me contó que Manolo no quiso cenar nada, que sólo bebió un whisky y que tenía muy mal aspecto. “Mi mujer me dijo que no estaba en condiciones de hacer un viaje de más de veinte horas, que debía aplazarlo, que tenía la cara casi gris”, me dijo Roy Boland (no es literal y espero que Boland perdone si deslizo un error). Horas después, moría en el aeropuerto de Bangkok.

Una muerte que todavía me duele (aquel octubre de 2003, él y yo compartíamos “cartel” tres días después de su teórico regreso para presentar Por vivir aquí, una antología de poetas catalanes que escribían en castellano, algo que tuve que hacer yo sólo en compañía de los poetas antologados, convirtiendo el acto en un homenaje a su memoria) y que he sentido cercana y próxima, como una punzada de dolor, ayer mismo, en la escala en Bangkok en mi regreso de Sidney. Miré la modernidad de aceros y cristal del aeropuerto, su desolación en la madrugada, y pensé en Manolo y en su muerte en soledad y en la frialdad de aquellas salas anónimas. Y lo sentí tan cerca como cuando, hace seis o siete años, discutíamos sobre el sentido de alguno de sus textos inéditos….

Él escribió un poema, doce años antes de aquella fatídica madrugada, en el que parecía grabada la noticia premonitoria de su muerte. Un bello poema con cuyo fragmento esencial cierro esta entrada enorme:

El cartero ha traído el Bangkok Post
el Thailandia Travel
una carta sellada
la muerte de un ser querido
para la muchacha de mi American Breakfast
cada mañana

aunque he pedido mi carta
no estaba
o no me la han dado compasivos
con el extranjero que espera vida o muerte
ignorado en un rincón de Asia


lunes, 22 de junio de 2009

Del valle medio a Cracovia

Hoy cambio la cabecera del blog. Con una fotografía de hace algo más de cuatro años. Una fotografía casi irreal, tomada en un de las laderas que custodian el pequeño pueblo serrano de San Mamés, en el Madrid desconocido del valle medio del Lozoya. Hace algunas horas, cuando preparaba la fotografía para incorporarla al blog, la radio emitía (Radio Nacional de España) un programa especial con motivo del "Día E" que, para divulgar y potenciar la lengua castellana en el mundo, ha organizado el Instituto Cervantes. Emitía desde el Cervantes de Cracovia y en el micrófono hablaba Abel Murcia, el amigo, el traductor de Kapuscinski y de Scymborska, director del Cervantes en esa ciudad (hasta hace un año lo fue de Varsovia) y magnífico poeta de las emociones.

Con Abel Murcia, Esperanza y yo compartimos algunos días de febrero de 2008. Fueron días de trabajo, pero también de conocimiento de la realidad de nuestra lengua en Polonia, y de inmersión en la memoria dolorosa de un país especialmente golpeado por la Historia. Días de frío y lluvia, de aguanieve a veces, en los que paseamos la ciudad vieja de Vasrsovia, felizmente reconstruida tras la destrucción nazi (en la foto, Abel, E. y yo), rodeamos el gigantismo arquitectónico del Palacio de la Cultura y viajamos hasta la Cracovia todavía conmovida y conmocionada por la sombra de Auschwitz. Abel MurcIa nos llevó por el museo del horror, nos acompañó por las calles que tantas veces hemos visto en el cine de esa ciudad de todos los exterminios que fue el campo de concentración, nos enfrentó a la memoria de Europa en un pequeño rincón de Europa. Y llovía, llovían lágrimas y penas. Yo pensaba en la perversión de la mente humana que había llegado a imaginar, planificar y ejecutar un plan tan meticuloso contra la Humanidad y, a la vez, recordaba mi experiencia ante las ruinas de otros campos más próximos: en España, en la sierra norte, los barracones abandonados en Bustarviejo, las vías del ferrocarril a Burgos, cuyo trazado construyeros miles de presos políticos en la posguerra, los barracones mutados de Garganta de los Montes.

Y recordé mi novela Trenes en la niebla en un momento muy especial de nuestra visita con Abel: cuando subimos a una cabina sobre el nivel del campo y contemplamos las vías por las que llegaban los trenes repletos de hombres, mujeres y niños, casi todos judíos, a experimentar a la fuerza la "solución final". ¡Qué terrible! Decía que recordé mi novela, porque en la perspectiva de las vías ya sin uso de Auschwitz, descubrí un paralelismo inquietante con el dibujo de la portada diseñada por la editorial (el nombre del dibujante no lo tengo a mano: en breve corregiré mi olvido, por el que ya me disculpo) para mi libro.

Abel nos hablaba, a través de RNE, de su amor por Polonia y por la lengua polaca, de su oficio de traductor de los grandes poetas de ese país. Y también nos leía un hermoso poema. Aunque no sea el que leyó desde Cracovia, reproduzco uno de su libro Kilómetro 43. Un poema hermoso y emocionante, cargado de memoria en el que muchos nos reconoceremos. Sin ninguna duda.

"LA BICICLETA


Montar en bicicleta:
el sueño de una infancia que apenas si recuerda
quien cumple el viejo rito de crecer con los años.




La impresión del regalo,
ese violento golpe a la altura del pecho,
el orgullo de amos que nos nubla los ojos,
un nudo en la garganta que corta las palabras:
ahora me siento dueño del tiempo y el espacio,
y al salir del colegio volveré pronto a casa.


La libertad corría atada a una cadena
que ruidosa movía dos ruedas sin destino:
el barrio era mi reino,
la bici, aquel caballo que yo montaba en sueños.


Sucede con los reinos, el mío ya no existe.
Mi caballo descansa en algún cementerio,
y aquella libertad tiene forma de rueca;
dos ruedas silenciosas deshilan mi destino."
ABEL MURCIA

martes, 16 de junio de 2009

UTOPÍAS QUE MIRAN HACIA UN TIEMPO ANTERIOR Y... ¿MITIFICADO? / NOTICIA DE GAMONEDA

Un video sobre la utopía

Hace unos días, en uno de esos momentos vacíos en los que te entregas, sin atención, a zapear en el televisor, me encontré con un documental, en La 2 de TVE, creo que en el marco del espacio Crónicas, titulado Tierras de Trapalanda (pinchad pequeña foto para verlo). Un documental magnífico, en el que se nos ofrecía la crónica de un mundo de esperanzas, ilusiones, utopías y, también, una parte del reverso de ese mundo: la decepción. De la parte de la utopía estaba el proyecto, iniciado hace 30 años por un grupo de jóvenes en una zona rural del prepirineo aragonés, de reconstruir un conjunto de pueblos abandonados, habitarlos, hacerlos recobrar la vida que se le escapó a espuertas con la emigración en los años 60 y 70 y llenarlos de creatividad, de iniciativas, manteniendo la fidelidad a sus orígenes rurales, arquitectónicos, ambientales. Del lado del reverso, o de la decepción, está la evidencia que ha dejado el paso del tiempo. La utopía sólo se cumplió en parte. Las necesidades objetivas de educación de los hijos, de hacer frente a la diaria supervivencia, la dificultad de soportar, año tras año, unas condiciones meteorológicas a las que parte de los miembros del grupo no estaba acostumbrada, fue, poco a poco y a lo largo del tiempo, mellando los viejos ideales, generando renuncias, cargando de relativismo los razonamientos y los sueños. Unos huyeron, volvieron a la rutina de la vida en la ciudad, a las servidumbres de un mundo en el que los problemas cotidianos quedan resueltos a costa de muchas renuncias. Otros se quedaron asumiendo que no todo era posible, que a pesar de cierta dosis de decepción, la vida en el pueblo reconstruido, en comunión permanente con la naturaleza, formando parte de los ciclos estacionales y conviviendo (y, en algunos casos, recuperándolas) con las tradiciones que la emigración casi había borrado, merece la pena. Otros, los menos, mantienen la bandera de la utopía y de la reordenación social en el campo. Saludables herencias, tanto los últimos como los penúltimos, del movimiento hippie que no pocas veces se han pasado por mi cabeza. Que, seguro, han pasado por la mente de muchos de los lectores de este blog. Como si una pulsión que nos lleva a buscar las raíces, a intentar otra vida, a recorrer el camino que nos devuelve a la naturaleza que abandonaron nuestros ancestros, estuviera, de forma permanente, en un rincón de nuestro cerebro a la espera de que algún día despierte y nos arrastre.

Casi nunca ocurre. El pragmatismo, la comodidad y el miedo a lo desconocido, nos paralizan. Pero yo siempre guardo, debajo de mi almohada, o en mi cajón de notas y proyectos, una quimera: disponder de mucho tiempo libre para coger el coche con E. y buscar, en las tierras remotas del interior de Soria, o de los montes de León, o del Teruel no existe, pueblos abandonados para intentar otra vida. Sé que es una quimera. Que es muy improbable que algún día me líe la manta a la cabeza y emprenda el camino. Mientras tanto, intento sustituir la quimera con un sucedáneo: mi casa en el valle del Lozoya, los fines de semana junto al bosque de fresnos denominado La Dehesa, al pie del monte de la Cruz, el huerto que, con destreza y sabiduría, cultiva Esperanza con mi torpe ayuda.
Los jóvenes de Tierras de Trapalanda lograron una parte de la quimera. La evidencia de que la utopía, aunque sea incompleta, es posible.

Breve noticia de Antonio Gamoneda

Entre la lluvia de felicitaciones, solidaridades, apoyos (casi todos, salvo el blog El editor en su laberinto, en privado) y alguna crítica suelta, recibo carta de agradecimiento de Antonio Gamoneda por mi artículo en El País. Siempre vienen bien ese tipo de mosivas. Me ha alegrado, la verdad. Por dos razones: la primera, porque es una forma de reconocimiento de mi intento de aportar racionalidad a un debate que quienes le replicaron con insultos desquiciaron. La segunda , y fundamental, porque el poeta leonés hace una aclaración terminante: afirma que nunca utilizó el calificativo de "poeta menor" para referirse a Benedetti. Que fue "un añadido" de un diario de ámbito nacional (no de El País) que fue recogido por otros diarios y agencias sin contrastar su veracidad en ningún momento. Ahí quede la aclaración. Una evidencia más de la sinrazón de quienes insultaron.

Y una pequeña reflexión para terminar este asunto incómodo (aunque ineludible): en estos días he aprendido mucho de muchos silencios, de demasiadas miradas hacia otra parte de poetas muy cercanos (amigos algunos) que, en conversaciones de toda índole se quejan de la impunidad de determinados "prohombres" de la poesía actual, de la insostenible intolerancia que muestran, de la omnipresencia y del abuso de determinada estética. Ahora, en estos días, han perdido una oportunidad para elevar a categoría dignificadora lo que en privado suelen contar con una indignación que para sí quisieran las mejores empresas. En fin, el miedo (¿en una democracia?) es libre. O no, quién sabe.

martes, 9 de junio de 2009

EL CORAZÓN Y LA INTELIGENCIA DE JUAN GELMAN. CON ÉL EN FRANKFURT

La primera vez que tomé contacto con Juan Gelman fue hace diez, quizá once años. Fue en el otoño de 1998. En Babelia me encargaron una crítica a su libro Salarios del impío y otros poemas y hacía muy poco la desaparecieda colección valenciana Germanía había publicado Cólera buey. Poco después (o quizá fue antes, no lo recuerdo con precisión) me encargaron una entrevista. Hubiera deseado hacerla en directo, charlando largamente con Juan, pero tuve que hacerla a través del correo electrónico, mediante la red Internet de hace once años. Le envié un cuestionario a su dirección de email y, al cabo de dos o tres días, me lo devolvió cumplimentado.

Cuando me puse manos a la obra con la crítica y con la preparación del cuestionario, yo ya quería a Juan Gelman. El personaje, sin duda, me atraía desde mucho antes. Su vida, las durísimas consecuencias que para él y para su entorno más cercano (su hijo y su nuera, desaparecidos y asesinados, su nieta recuperada ya en el siglo XXI) había tenido la dictadura militar en Argentina y su experiencia de hombre exiliado relacionaban sus vivencias con las protaognizadas por varias generaciones durante la dictadura de Franco. Y me atraía, como no podía ser de otra forma, su poesía. De su biografía, intensa, dura en muchos momentos y más próxima a la felicidad en otros, da cuenta un magnífico documental al que se puede acceder en la página de Cervantes TV (http://www.cervantestv.es/ ) o, más directamente pinchando en el título: Juan Gelman y otras cuestiones .
Los pasados días 3 y 4 de junio tuve la fortuna de encontrarme con él en Frankfurt, de pasar largas horas conversando de lo divino y lo humano, de recobrar aquel primer contacto y de lograr el establecimiento de un clima de solidaridad entre nosotros, de apoyo mutuo, de confidencia. Le regalé un ejemplar de Verano, mi última novela (la lleva en la mano en la fotografía que nos hicieron en el aeroupuerto de la "capital financiera" de Alemania) y le hablé, porque él lo deseaba, de la situación en que vive en España la poesía en castellano. Caminamos por las calles de la ciudad alemana, charlamos durante desayunos y almuerzos (nos acompañaron en alguna ocasión dos magníficas personas a las que, tras la experiencia, no dudaría en calificar de amigos: Ignacio Olmos, director del Cervantes de esa ciudad, y Ana Sanvisens, jefa de estudios) y reflexionamos sobre el sentido de este maldito y apasionante oficio/vicio de la poesía. Evocamos, con emoción, la figura de Haroldo Conti, el amigo desaparecido, hablamos de Borges y Sábato y de la actitud de uno y otro ante el régimen militar y recorrimos nuestras respectivas experiencias de lectura y relación directa con poetas como Claudio Rodríguez, Nicanor Parra, Ángel González... y de los dos más claros exponentes de la poesía social en España. Blas de Otero y Gabriel Celaya.
Gelman transmite ternura, cercanía, apacibilidad. Pero también firmeza, claridad de ideas, complejidad y riqueza de matices en los análisis y en las percepciones. Y una concepción de la poesía que tiene en la búsqueda en el lenguaje de nuevas posibilidades expresivas (incluso quebrando el lenguaje convencional, inventando un nuevo lenguaje) de un lado, y, de otro, la confrontación con los constructores y mantenedores de un mundo injusto. En todos los países, incluidos los llamados "occidentales", pero de manera especial en lo países en desarrollo, comenzando por los de América Latina. Además, su poesía está alejada de los tonos conversacionales, del lenguaje directo y "sencillo". Tiene más, mucho más, de poetas como César Vallejo que de poetas de indudable importancia como Ángel González o Gil de Biedma, por citar dos nombres que me vienen de inmediato a la cabeza.
En nuestra conversación evocamos otros momentos. Especialmente la semana del Festival de la Palabra de abril de 2008, en la vieja ciudad de Alcalá, en la propia Universidad complutense, riendo hasta la extenuación, o de la mesa redonda que compartió con Jorge Riechmann, Luis García Montero, Marco Antonio Campos y Eduardo Hurtado y que me tocó moderar, o de los días que paasmos juntos, también, en Viena en octubre de ese mismo año con motivo de la inauguración de la biblioteca cervantina que lleva su nombre. Han sido dos días hermosos, inolvidables, de los que guardo, como oro en paño, la fotografía aeroportuaria que podéis ver.

Termino con dos referencias: la primera tiene que ver con la mirada que Gelman proyecta sobre la poesía contemporánea española. La segunda, con la entrevista de hace diez años (aparecida en El País). Respecto a lo primero, Juan y yo coincidimos en la defensa de la pluralidad estética, en la inconveniencia de imponer formas de escritura o de condenarlas. No de otro modo cabría entenderlo si tenemos en cuenta que la lírica de Gelman combina vanguardismo, contemplación y reflexión, conciencia cívico-política, intimismo radical (el amor, la sexualidad, la relación con sus hijos y con la memoria imprescriptible de su hijo y de su nuera). En lo que se refiere a la segunda, reproduzco las dos respuestas a otras tantas preguntas formuladas por mí en la citada entrevista para Babelia. No olvidemos que fue respondida en 1999, cuando aún faltaban 8 años para que le dieran el Premio Cervantes.´

A continuación, podéis leer sus respuestas (y, claro, mis preguntas). Para leerla completa, pinchad AQUÍ.

FRAGMENTO FINAL DE LA ENTREVISTA

P.- ¿Sigue de cerca la poesía que, hoy, se escribe en España? ¿Qué opinión tiene acerca de ella?

R. Admiro la obra de José Angel Valente, con quien usted generosamente me emparienta. Leo a grandes poetas españoles como Angel González, Claudio Rodríguez, Antonio Gamoneda, José Hierro. Quizás lo sobresalte la aparente heterogeneidad de mis preferencias, pero ocurre que no creo ni en escuelas, ni en generaciones poéticas, ni en movimientos nacionales de poesía, etc. Sólo creo en los poetas.

P.- ¿Reconoce algún tipo de deuda literaria, o de influencia, de los poetas españoles contemporáneos?

R. Francamente, no.

P. ¿Y en lo que se refiere a la poesía latinoamericana?

R. Francamente,sí: César Vallejo.

domingo, 7 de junio de 2009

LA POLÉMICA GAMONEDA/BENEDETTI

Hoy cambio la imagen de cabecera del blog. Cambio paisaje soriano por fragmento de un óleo sobre tabla de José Manuel Rico. No soy yo: es mi hijo. Una licencia sentimental que me permito antes de acometer uno de los asuntos que más me han inquietado en las últimas semanas. Vayamos a él.

Ayer apareció mi artículo titulado "Lo inoportuno y lo inaceptable" en El País a propósito de las réplicas que las palabras de Gamoneda tras la muerte del uruguayo generaron. Me costó mucho escribirlo. Por dos razones: la primera, porque quería que fuera una combinación entre la exposición de hechos incontestables y la crítica solvente, rigurosa, a los excesos que determinados representantes de nuestro mundo cultural habían, a mi juicio, cometido. La segunda, porque el artíulo, para ser eficaz y para mostrar la gravedad de los hechos criticados, no debería quedarse en un plano abstracto. Era imprescindible que la transcripción de cada réplica llevara aparejado el nombre de su autor. De ese modo, Felipe Benítez Reyes, Benjamín Prado, Javier Rioyo y Chus Visor han visto, en mi artículo, reflejadas sus opiniones. No me ha animado animadversión alguna hacia ellos, sino un cierto hartazgo del estilo un tanto pedestre con que se suele abordar, en nuestro mundo poético, la polémica teórica, las diferencias de opinión. Y, ¿por qué no decirlo?, la indignación que me producía el silencio con que ese mundo recibía los insultos con que fue "premiado" Antonio Gamoneda tras confesar públicamente su falta de empatía con la poesía de Benedetti y calificarlo de "poeta menor".
Cierto que Gamoneda fue inoportuno, descortés, poco elegante al emitir ese juicio a las veinticuatro horas de la muerte del escritor uruguayo. Que, dicho sea en lenguaje coloquial, "se pasó". Pero en modo alguno llegó a la descalificación o al insulto. De hecho, emitió juicios literarios calificando de lenguaje "coloquial" o "normalizado" el empleado en su poesía por Benedetti. Nadie le replicó en el terreno estético -bueno, creo recordar, y lo digo con todas las cautelas del caso, que Chus Visor dijo, junto a las afirmaciones que reproduzco en mi artículo de El País, que su poesía no la entendía nadie-, sino en el terreno personal, en el del insulto, con palabras hirientes.

He recibido numerosos mensajes de felicitación. Muy curiosos. Lo digo porque en gran parte de ellos había un par de expresiones que me han conmovido y preocupado a la vez: "en tu artículo nos reconocemos muchos", "ha sido un artículo valiente", "ya era hora de que alguien hablara con claridad", decían. Me han conmovido porque uno siempre siente una íntima satisfacción cuando logra conectar con las aspiraciones y sentimientos de otros. Y me han preocupado porque existe una convención muy extendida: si uno quiere aspirar a alguno de los premios más relevantes de este país, publicados por la editorial a la que he hecho referencia (yo tengo un libro, Donde nunca hubo ángeles, allí editado), debe obviar toda crítica, asumir en silencio las verdades que se establecen desde una determinada opción estética. Aunque parezca mentira, es así. Incluso en la forma en que fue replicado Gamoneda (el tono, el nivel de la descalificación, el recurso a expresiones groseras) transmitía una cierta conciencia de impunidad, como si hubiera la certeza de que nadie replicaría. Diré más: no pocos de los amigos y conocidos que me han enviado felicitaciones, me han advertido, a continuación, de que me "vaya preparando". El significado de esa advertencia es claro: léanse las líneas anteriores.

Como poeta, mi estética está alejada de Gamoneda. Probablemente, esté más cerca de la de Benedetti (vease la entrada Benedetti: mi personal adiós en este blog) o de la de la llamada "poesía de la experiencia". No hay más que asomarse a mi antología Monólogo del entreacto para comprobarlo. Por tanto, no había razones de identidad estética con el poeta leonés en mi artículo. Sólo había un puro y simple afán de equilibrio, de aportar racionalidad, de poner sobre el papel, negro sobre blanco, la suma de despropósitos en que habían incurrido quienes se habían lanzado, en tromba y sin ningún miramiento, contra el poeta leonés. Gamoneda se equivocó, cierto. Los replicantes no se equivocaron: buscaron el calificativo más hiriente, la descalificación más dura.

Termino con dos preguntas y con una respuesta: ¿Cuándo podremos debatir sobre poesía sin que el desacuerdo estético derive en bronca o enfrentamiento? ¿Cuándo se podrá criticar, sin descalificaciones, con rigor, a un editor sin temor a "represalias editoriales", valga la redundancia? Quizá nunca. Lamentablemente.

lunes, 1 de junio de 2009

LOS POEMAS, CASI DESCONOCIDOS, DE JOSÉ DONOSO

A José Donoso lo conocía como escritor, sobre todo, por dos libros: la novela El obsceno pájaro de la noche y un maravilloso ensayo/crónica/texto memorialístico titulado Historia personal del boom. Pero Donoso no pudo sustraerse, en una época de su vida, a escribir poemas. Y lo hizo bien, con una voluntad de depuración lingüística que no estaba en sus novelas y con la decisión de contar, de manera transparente, con una sencillez no desdeñosa de puntuales metáforas, su experiencia cotidiana entre 1971 y 1977. El novelista complejo, a tramos oscuro y atormentado, decidió un buen día, en el invierno azotado por el cierzo de Calaceite, hablar de sí mismo y de su relación con la cotidianidad de un pueblo perdido en medio de la comarca del Matarraña en el que compraría una hermosa casa de piedra (en la foto que compartimos Félix Grande y yo, así como en las otras que ilustran la entrada, podéis ver parte de su interior) y al que acudiría buena parte de la intelectualidad más relevante de la época: Buñuel, los Moix, Vargas Llosa, Ángel Crespo, Bryce Echenique...

Quien había consumido a lo largo de su trayectoria literaria "whisky con agua" o "whisky con hielo" -así calificaba Fernando Quiñones, con acierto, a la novela y al cuento respectivamente- decidió un buen día consumir "whisky solo": es decir, escribir poesía. En otras palabras, lenguaje en su estado de máxima concentración. De esa experiencia, que se inició un día de 1971 en que Donoso decidió seguir los pasos del traductor al francés de El obsceno... para retirarse a vivir con Pilar Serrano, su mujer, y su hija, a Calaceite, surgirían los poemas del libro, recién aparecido (y comprable en la Feria del Libro de Madrid que acaba de inaugurarse), Poemas de un novelista. Es un libro emocionante, constituido por cuatro bloques de poemas de entre los que destacan, por su extensión y hondura, los que integran el primero: "Diario de un invierno en Calaceite (1971-1972)". Las otros bloques están compuestos por
"Tres poemas de 1951", "Madrid, 1979" y "Retratos (Sitges, 1977)".

La publicación de este libro, del que tuve noticia en el mismo Calaceite, hace poco más de un año, gracias a las revelaciones de Emilio Ruiz Barrachina, autor del documental Tinta y piedra (un acercamiento al fenómeno surgido en ese pueblo aragonés alrededor de la figura de Donoso en los años 70, accesible pinchando AQUÍ). Por él accedí a un ejemplar de su primera y única edición chilena, de 1981, realizada por la pequeña editorial Ganymedes, y a partir de su lectura aconsejé su publicación en Bartleby poesía. No pocos se preguntarán por la razón que ha llevado a esa editorial a publicar los poemas de un escritor conocido como novelista. Por una razón muy simple: voluntad de ofrecer, también, la cara menos conocida de los grandes autores del siglo XX. Lo hizo, por ejemplo, con el Diario de una novela, de John Steinbeck, y lo hizo con Esa belleza, de John Berger. Por ello, no es novedad que esta pequeña y valiente editorial se lance a la edición de poemas de narradores universalmente reconocidos: ahí están los poemas de Faulkner, publicados el pasado año, o los de Raymond Carver, o los de Günter Grass, cuyo último libro, Payaso de agosto, está también en las librerías y en la Feria.

Los poemas de Donoso cuentan con un prólogo de uno de los privilegiados testigos de aquel invierno de hace casi cuarenta años: Jorge Edwards. Y con otro prólogo del propio Donoso que tiene entidad por sí mismo en la medida en que recoge la mirada del narrador chileno sobre sus propios poemas y sobre la historia de su peculiar apredizaje lírico. Sus referencias (John Donne, la Dickinson, Eliot... ) y una voluntad de despojamiento que tiene mucho de mágico en un narrador de lo complejo, se mezclan con sus vivencias personales y con sus amores y desamores. Sin duda es un libro más que recomendable. Que nos hará vivir una experiencia, la de Donoso, extraña y apasionante. Y la nuestra propia, como lectores que acceden al universo hasta ahora apenas conocido de su poesía. Feliz lectura. Mientras tanto, aquí os dejo este breve muestra:
"Deshabitados los ojos.
Vacía la piel:
trepa la yedra a la piedra
que no la siente trepar.
Es la temporada de endebles,
silenciosos huracanes.
La nube pasa,
embala el paisaje en su cáscara de frío.
La luz afila aleros y esquinas:
por súbitos trapecios de sombra
transcurre gente encorvada y de prisa,
vuelta hacia adentro como un guante,
toda superficie gastada y mal pulida"
Nota: las fotografías son del autor del blog. Abril 2008.