viernes, 29 de mayo de 2009

Papelerías, por ejemplo


Papelerías. ¿No desata, el mero nombre, un universo de evocaciones? Las hay funcionales, modernas, en las que la informática, los consumibles y otros productos vinculados a las nuevas tecnologías, determinan su carácter: un carácter frío, distante, huidizo. Las hay cercanas. Al mundo de las emociones más íntimas y a los colegios e institutos: se llenan, cuando los alumnos abandonan las aulas, de adolescentes, de niños a punto de adolescencia, de madres que sueñan y multiplican sus destrezas conciliando trabajo y famlia, de algún padre despistado y de un soñador despistado, a la busca de presas para sus escritos, como yo.
Papelerías. Olor a goma de borrar (casi siempre MILAN) y a tinta. A tiza y a pubertad (ese olor extraño y envolvente en el que el sudor se mezcla con el perfume y con el olor de papel guardado en la mochila). A madera de lápiz hecha viruta y a grafito molido. Lugar de gozo por ese escaso tiempo que delimitan obligaciones familiares o laborales. Las cajas de clips, los estuches, los rotuladores de colores inverosímiles. Los rollos de cello. Las mochilas rendidas al pie del mostrador y al pie de sus dueños recién salidos del colegio. Los libros de texto, olorosos todavía a tinta y a papel satinado. Los tubos de pintura, extraños habitantes que han llegado a ellas por despiste: son los primos hermanos de bolígrafos, estilográficas, lápices y rotuladores que un buen día accedieron a la papelería porque alguno de sus propietarios pensó también en equipar a los artistas incipientes del colegio de al lado o a los alumnos tardíos de la escuela de adultos más próxima, empeñados en acudir en busca del tiempo perdido y de la añorada juventud a través de la pintura.
Papelerías. Las de mis horas de solitaria holganza. Las de mis entrehoras más gozosas: las del desayuno, las de después del almuerzo, las de algún sábado despistado, las de las tardes de algún viernes confuso. En ellas vive una parte de mi infancia y no pocas emociones de mi adolescencia. En ellas viven, como seres a punto de exclusión, algunos libros: los best sellers, los libros de recetas de cocina, los libros infantiles, alguna guía turística, libros de autoayuda para arreglar almas, los clásicos que piden en la escuela, editados en Austral, o en Castalia, o en Cátedra. Los comics. Las novelas juveniles ilustradas. Los cuentos de hadas y de brujas. Los cuentos.
Papelerías. ¿Por qué esta querencia? Recuerdo ahora una entrevista a Joan Manuel Serrat realizada por un periodista del que no retuve mentalmente el nombre. En ella, el cantautor confesó, como pasión secreta, como vicio oculto, su amor a las papelerías, su debilidad ante la posibilidad de perder el tiempo examinando los más extraños archiperres, buscando nuevos instrumentos de escritura, cuadernos especiales para escribir canciones (muy especiales tienen que ser, por cierto). Papelerías del otoño en la vieja ciudad. Habitadas por viejos a punto de jubilación o por jóvenes inexpertas que harán soñar a los más jóvenes del Instituto más próximo.
Papelerías de barrio. Entrañables amigas para días de lluvia y devociones. Papelerías casi siempre anónimas o con nombres mucho menos sofisticados que los que se otorgan, por sus dueños, a las librerías. Modestas tiendas un escalón por debajo de las tiendas de libros. Comercios añosos en la calle del Pez o de la plaza de Ópera. Refugio donde el barrio imagina un futuro de gloria literaria y de tertulias.
Papelerías de barrio. Fotocopias. Rollos de plástico para forrar libros. Bolígrafos de cuatro colores. Llaveros con escudos de ciudades. Posters. Estilográficas. Libros olvidados durante décadas en una estantería de difícil acceso. Reglas, cartabones, juegos de compás.
Papelerías. Confieso mi delito: uno de mis placeres más cultivados es entrar, solo, en una de ellas y con todo el tiempo por delante. Perder las horas revisando materiales, oliendo materiales, evocando experiencias infantiles a través de los olores (Proust y la magdalena, ya sabéis), del tacto, de la imaginación.
Papelerías, en fin, papelerías.

lunes, 18 de mayo de 2009

Adiós a Benedetti / Noticia de "La Casa del Poeta", a la sombra del Moncayo

Benedetti: mi personal adiós
Mario Benedetti ha muerto. Descanse en paz. Uno de los más seguidos escritores que constituyeron la nómina del boom latinoamericano acaba de dejarnos. Lo he leído, en un despacho de urgencia, en la edición digital de El País y he sentido una punzada de dolor. Y ha sido así a pesar de no formar parte de mi nómina de grandes devociones literarias.

Lo he seguido desde principios de los años setenta, he leído sus poemas más como apoyo para mi aventura sentimental y como consuelo en determinados momentos que como referente literario y poético ineludible y leí, con curiosidad, buena parte de sus relatos. Sus novelas La tregua y La borra del café me acompañaron en no pocos viajes en metro y autobús en los años 1993 y 1994. Era, sin duda y con independencia de mi juicio personal, uno de los grandes de la literatura en castellano del siglo XX. Pero mi memoria personal lo recobra vinculado a las grandes movilizaciones civiles, al disco de Joan Manuel Serrat El sur también existe, a una poesía estrechamente vinculada a los proyectos colectivos, a una relación amorosa en la que lo individual e íntimo y lo colectivo y compartido se fundían e interrelacionaban. No puedo ocultar que uno de sus poemas, "Te quiero", tiene, desde que, no recuerdo cuándo, lo leí por vez primera, una especial capacidad para emocionarme. Incluso, he de reconocerlo, en alguna ocasión me ha colocado al borde de las lágrimas. Es un poema lleno de ternura, de entrega, de pasión amorosa y de implicación cívica. Era el poema-emblema de un tiempo, de ese tiempo en el que amar era, sí, buscar una habitación de prestado para el encuentro sexual con la amada, era compartir música y cigarrillos y pasión cinematográfica, era emocionarte con los testimonios, duros, heroicos a veces, otras, dignos pese al miedo y a la cobardía, de aquellos jóvenes sudamericanos (tupamaros, montoneros, socialistas, comunistas, peronistas...) que, allá por 1977, ó 1978, llegaban a una España que inauguraba la libertad desde el oprobio de las dictaduras chilena, argentina o uruguaya (sí, también en Uruguay hubo una dictadura) y desde el recuerdo, todavía reciente, de un tiempo de luminosas esperanzas, de libertad frustrada.

De ese mundo regresa el poema "Te quiero". Pero no lo hace solo. Lo hace acompañado de música, cantado por Nacha Guevara o en la voz colectiva de una coral de mi barrio, la Coral del Capricho (con voz reconocible, pese al bosque de tonos, de Esperanza) y me llega junto a un libro, del que se ha hablado muy poco, editado por Bartleby, titulado Estos poetas son míos en el que Benedetti muestra su pasión por la poesía a través del acercamiento, crítico y teórico, a la obra de algunos de los más hondos poetas latinoamericanos del siglo XX: desde Nicanor Parra a Juan Gelman, desde Cortázar a José Emilio Pacheco. Un libro que apenas aparece en sus reseñas biográficas (y dudo que aparezca en las crónicas que se publicarán en los próximos días) pero, a mi juicio, un libro imprescindible para entender al Benedetti poeta.
Descanse en paz el narrrador, el poeta, el ensayista, el hombre comprometido con su tiempo.

Un milagro: La Casa del Poeta en Trasmoz

Fue en Soria, el pasado 21 de abril, con motivo de mi presencia en la Feria del Libro de esa ciudad. Amalia Iglesias y yo leímos, en el Casino, poemas a un puñado de lectores y lectoras amantes de la lírica, militantes de la cultura en la localidad y animadores de cuanto acontecimiento literario se fragua en las tierras machadianas. Cuando finalizó la lectura, se dirigió a mí Trinidad Ruiz Marcellan, la fundadora, impulsora y mantenedora de la colección Olifante de poesía, toda una institución en Aragón (con sede en Tarazona) y uno de los referentes más sólidos de la poesía española de las últimas décadas. No conocía a Trinidad, pero ella se apresuró a presentarse y a regalarme una de las novedades recién aparecidas de su colección. Me sentí honrado: tengo una querencia muy especial por los libros, bellísimamente editados, de Olifante, y tener frente a mí a la artífice de ese proyecto ya era de por sí un acontecimiento.
Pero Trinidad fue más allá de aquella entrega: me habló de otra realidad que, como Olifante, fue proyecto un día. Me habló del Festival Internacional de Poesía del Moncayo (arriba, foto de la mítica montaña), de la geografía literaria de ese monte tan vinculado a la obra de Bécquer o de Antonio Machado, y me habló, de manera muy especial, de La Casa del Poeta en Trasmoz. Se trata de una vieja bodega de una casa de labranza que ha sido rehabilitada por la Asociación Cultural Olifante y adquirida por el ayuntamiento de Trasmoz (con la colaboración del gobierno regional y la diputación provincial), situado en la comarca "moncayana". Es una suerte de residencia para poetas, becados o no becados, a la que pueden acudir durante un tiempo para escribir, trabajar en un proyecto de creación o de investigación poética. Todo ello, aderezado con una magnífica biblioteca especializada en poesía, con organización de encuentros, charlas o recitales de la obra del poeta "becado" por las Tierras del Moncayo. ¿Quién no ha soñado alguna vez con vivir durante una semana, o 15 días o un mes una experiencia como ésa? Pues bien, Trinidad Ruiz Marcellan me inivtó a ello. Me habló, con pasión militante, de los tres años que lleva funcionando, de los poetas que ya han disfrutado de sus instalaciones, de cómo el pueblo de Trasmoz, con motivo del Festival Anual de Poesía, se convierte en un espacio en el que los poetas, esos seres laterales y ocultos para la mayoría de la sociedad, son protagonistas. Recordé un viaje a Reggio Calabria en septiembre de 2007 con motivo de un festival de poesía al aire libre (al pie del hermoso castillo de la ciudad) que organizaba la Casa della Poesía de Salerno por iniciativa de Rafaella Marzano y Sergio Iagulli, un viaje en el que no dejé de cavilar sobre la carencia, en España, de iniciativas parecidas. Por eso, cuando supe de La Casa del Poeta de Trasmoz pensé que, en parte, esa carencia comenzaba a superarse (¿para cuándo un encuentro entre la Casa de Salerno y la Casa de Trasmoz?: me ofrezco a gestionar los contactos necesarios).

Hoy, cuando los efectos de la crisis económica se dejan notar, todos los días, en los periódicos y en los informativos de televisión, cuando, pese a esa crisis, la cultura del consumo sin límite y del aparentar parece hacerse dueña de la conciencia colectiva, cuando se declara inexistente lo que no se considera útil, me parece imprescindible resaltar el valor de la iniciativa de Trinidad y de Olifante (y del municipio de Tramoz): La Casa del Poeta es una iniciativa que merece la pena. Desde el mismo momento en que Trinidad me habló de ella a las puertas del Casino soriano tuve un convencimiento, no sé si una certeza: algún día, espero que no tardando mucho, disfrutaré de unos días de estancia allí trabajando en algún libro de poemas.

jueves, 14 de mayo de 2009

Antonio Crespo Massieu: cuentos entre la luz y la sombra // Antonio Vega: entre la sombra y la luz

El pasado viernes, día 8, E. y yo cenamos con Antonio Crespo Massieu y con Carmen Ochoa, su compañera. Fue una velada de charla, de búsqueda en la memoria común, de reflexiones en voz alta, de crítica o elogio a amigos poetas (y a poetas menos amigos), de debate político y de recapitulación sobre su nuevo libro - libro que fue, junto a una amistad nacida hace algunos años, tras la obtención por Antonio del premio de poesía Ciudad de Irún, la excusa perfecta para celebrar la cena que veníamos aplazando sin mucho sentido-. El peluquero de Dios es un magnífico libro de relatos que nos revela la más profunda dimensión de la labor literaria de Antonio -quien, como ha quedado dicho, es poeta también-. Son siete cuentos intensos, sin material sobrante, que nos acercan a distintos momentos de nuestra hisotira (y de la historia europea) a través de personajes llenos de vida, que sufren contradicciones, que vislumbran los claroscuros de la realidad, que aman, recuerdan... y sufren. El profesor que asiste a la última clase antes de la jubilación y evoca sus entusiasmos iniciales, en un tiempo en el que apuntaban los primeros indicios de la transicíón política española; el peluquero que vive un drama profundo, contradictorio, lleno de aristas y de conductos a la desolación, en el campo de exterminio de Treblinka; la mujer que regresa al Madrid adolescente desde un Nueva York mítico y mitificado; el espectador que vive en un pequeño reducto en el interior de un cuadro...
En El peluquero de Dios está la memoria de nuestra guerra civil. Están los años del cambio hacia la democracia de la que todavía gozamos. La sombra del exilio y de la muerte lejos de las raíces. Los rescoldos de la Argentina de los desaparecidos bajo una de las más crueles dictaduras del último medio siglo. Cuentos para recordar, para vivir (y para aprender a vivir), para avivar una conciencia crítica, para reconstruir el inconsciente colectivo ante los grandes dramas que han vivido las sociedades contemporáneas. El libro, recién aparecido bajo el sello Bartleby Editores es una de esas extrañas obras, de no muy grueso formato (pienso en Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez), que descubren a un autor no por desconocido menos sólido, ambicioso y sensible. La difícl sencillez del relato. La transparencia. La emoción. La zozobra y la incertidumbre. Todo eso, y mucho más, está en esta colección de cuentos.
El relato no es un género fácil. El lugar que ocupa dentro de la narrativa no siempre es reconocido por los grandes editores y la mayor parte de los libros que se editan se ven condenados a arrastrar una vida clandestina o semiclandestina hasta que llega la vara mágica de un éxito puntual, o de una Feria del Libro, o el dedo "recomendador" de un buen amigo para que los lectores no asiduos se acerquen a él.
Esta noche, cuando todos los que valoramos el papel que la música y determinadas letras jugaron en la conformación de nuestra educación sentimental, lloramos la muerte de Antonio Vega (otra más del grupo de quienes crecieron y maduraron, humana y artísticamente, a la par que avanzaba una sociedad -la nuestra- recién salida de la dictadura hacia la plena democracia), me atrevo a recomendar con fervor, con pasión, con la certeza de que de su lectura a nadie dejará indemne, El peluquero de Dios.

DE ANTONIO VEGA Y DE SU MUERTE PREMATURA

Qué decir de Antonio Vega? Algunas verdades esenciales: su muerte nos habla de la fragilidad de una generación que tuvo que aprender, sin reglas establecidas y sin caminos trazados, a vivir en libertad. Que maduró sin darse cuenta, como si los juegos con que se estrenó la movida madrileña no fueran a terminar nunca. Que avanzó entre parques asediados por el paro de los ochenta y las jeringuillas tiradas en medio de la hierba como testimonios de la fragilidad de una juventud escéptica, confusa, deslumbrada por la libertad y, a la vez, atada a una adolescencia perpetua (¡tan hermosa cuando se evoca en la distancia de los años, tan frágil y pasajera cuando la muerte prematura la ilumina al fondo del túnel de la memoria más amada!). Antonio Vega había cumplido cincuenta y un años y era de una generación de jóvenes inconformes, sentimentalmente atados a las noches sin límite, de seres endebles y apasionados que jamás creyeron que algún día podían peinar canas, cumplir el medio siglo, alcanzar la edad que alguna vez tuvieron sus padres.

Antonio Vega, el genio de La chica de ayer o de El sitio de mi recreo, deja un vacío de piedra en la memoria de todos. Incluso en la de quienes, como yo, éramos algo mayores que él y que los músicos que lo acompañaban en Nacha Pop cuando las canciones citadas vieron la luz, y vivíamos alejados de aquella movida que el tiempo hace crecer y depura. Sus textos y músicas atizan la añoranza de un tiempo irrepetible. Nos hablan, al tiempo, de un submundo cruel, en el que la imaginación y el dolor parecían condenados a ir, por siempre, de la mano (¿cómo no recordar a Enrique Urquijo, a Antonio Flores, a tantos otros que transitaron ese camino dual y tormentoso?), en el que aquella felicidad posmoderna y ecléctica, que miraba de reojo hacia las grandes movilizaciones obreras de los ochenta, o hacia el golpe del 23-F, o hacia la reconversión industrial iniciada por Felipe González, parecía hecha con la materia de los sueños. De una materia, en todo caso, parecida a la que cimentó la geografía inolvidable de una bella novela de Scott Fizterald y cuyo título parecía pensada para Vega y sus coetáneos: Hermosos y malditos.

Termino con dos invitaciones: a escuhar, como homenaje a Vega, una de sus canciones (ya sé que no soy nada original: pichad aquí o aquí) y a recobrar una anotación en este blog de hace casi dos años. Su título (pinchad en él): "La chica de ayer".

lunes, 4 de mayo de 2009

Sobre el blog y sus efectos / Dos breves homenajes: Pablo Lizcano y Ana María Navales

Hoy, Al margen estrena telón de fondo en la cabecera. Un nuevo paisaje toma el relevo a la carretera solitaria que se perdía entre montañas y que lo ha presidido en las dos últimas semanas. La fotografía, al igual que la que puede el lector ver a la izquierda, fue tomada por quien firma esta nota en el otoño de 2005: es el valle del Lozoya contemplado/atrapado desde el Mirador de los Robledos, junto al monumento al guarda forestal, en un claro del bosque que se extiende entre Rascafría y Navacerrada. Habrá, en el futuro, otras fotografías de cabecera. Lo he decidido. Si el blog (ver notas posteriores) es dinamismo e interactividad, ¿por qué su encabezamiento, su ilustración de fondo, ha de mantenerse, sin cambios, por los meses de los meses?

Sobre el blog y sus efectos
A lo largo de la tarde del domingo le he dado vueltas al abanico de razones que lleva a una persona, sea o no escritor, sea o no periodista, a confesarse de vez en cuando mediante anotaciones (o "entradas", ese término tan genérico y que tan poco me gusta) en un blog. Y he llegado a una conclusión: junto a la necesidad de meditar en voz alta, de compartir experiencias, hay no pocas dosis de vanidad, de narcisismo. Es algo muy parecido, si no idéntico, al impulso que lleva al escritor, o al artista plástico, o al cantante, a proyectar en los demás sus fantasmas en busca de un reconocimiento. Pero hay algo más: búsqueda de amparo frente a la soledad. Hay necesidad de comunicación, una comunicación meditada (aunque sin la gravedad que requiere un libro) y necesitada del juicio ajeno, un juicio que el propio género demanda en un tiempo casi inmediato. El bloguero pone sus fantasmas en la plaza pública y espera el veredicto, el ánimo de los demás, la comprensión, la crítica, el "comentario". Y lo espera en un tiempo razonablamente corto. Es como el pescador que echa la caña y pacientemente aguarda que el pez pique el anzuelo para dar por concluida la faena del día y proceder a preparar la pesca del día siguiente. Blogs para la vanidad propia y para combatir el anonimato. Blogs para el consuelo y la compañía. Blogs para crear, para llorar, para protestar, para amar, para odiar, para avivar la memoria y proyectar ternura. Blogs para las tardes de lluvia de los sábados y para el portátil sin apenas cobertura y manejado en la montaña. Para aprender y para enseñar. Para encontrar amigos perdidos en la niebla de otros años (Juan Carlos Montoya, el fotógrafo espléndido del que perdí la pista hace varios años y al que, gracias a la blogosfera, volví a encontrar alumbrando una nueva existencia en la Granada de Lorca, es el ejemplo más reciente) y para descubrir complicidades impensadas. El blog es interactividad pura y dura. Dinamismo creativo. Espacio de encuentro y espacio de intercambio. Tierra de las emociones y del compañerismo, de la hermandad y del llanto. También de la risa y de la incredulidad.

Hasta aquí esta anotación que pretendía ser una reflexión sobre las papelerías (sí, no se extrañe el lector, sobre las papelerías, no sobre las librerías) y que se ha convertido, por arte de magia y por esos inexcrutables caprichos de la conciencia (mala) en una meditación sobre el blog. ¿Un nuevo género literario? Quizá. El tiempo, implacable juez, lo dictaminará.

Dos breves homenajes: Pablo Lizcano y Ana María Navales
Concluyo con dos recuerdos obligados (o dos pequeños homenajes): hoy he sabido que Pablo Lizcano, periodista y escritor, ha muerto ("las bombas comienzan a estallar cerca", pensé cuando he conocido la noticia en la conciencia de que pertenecemos a la misma generación). Lo conocí a principios de los noventa, en labores de periodismo y gestión cultural, y fui un devoto de su programa de televisión (creo que en La 2 de TVE): entrevistas de calidad, profundas conversaciones y una cercanía inteligente hacia esa zona en la que la cultura y la política saben relacionarse, mezclarse, dar lugar a un ser mestizo y enriquecedor. Descanse en paz Pablo Lizcano y vaya mi abrazo a Rosa (Montero), su compañera.

El otro recuerdo es hacia Ana María Navales, a quien no vi en mi última visita a Zaragoza. Allí charlamos, Esperanza y yo, de adolescentes e institutos, de fracasos escolares e inmigración, con Manolo Vilas, José Luis Calvo y María Ángeles Naval, los hermanos maños, amantes de la literatura y del buen vino, pero también de los amigos literarios de Aragón. Entonces lo supe: pregunté por Ana María y el propio Manolo me lo dijo. "¿No lo sabes? Murió hace unas semanas". Sentí una sensación extraña: sobre Ana María escribí, a principios de esta década, algunos artículos de crítica literaria en varias revistas, me ocupé, en Babelia, de algunos de sus poemarios y tuve la satisfacción de prologar sus cuentos completos (Cuentos de las dos orillas, 2001), editados magistralmente por la editorial canaria Prames. Pensé en Turia, la revista que codirigía con Raúl Carlos Maicas, en unas jornadas memorables en Albarracín con motivo de mi participación en el jurado de un premio de cuentos, jornadas en las que charlamos hasta el agotamiento con Mario Muchnik y Nicole y en las que pude comprobar que en Ana había, junto a su sabiduría literaria, junto a cierto descreimiento respecto a un mundo literario que no siempre había sido justo con ella, una generosidad sin límite y una vocación poética primigenia, poderosa. Descanse en paz.

viernes, 1 de mayo de 2009

Sobre cine de barrio en una librería de barrio: tarde en Muga

Hay espacios de y para la cultura que viven y crecen en los márgenes de la ciudad. Que, por ejemplo, en Madrid, maduran lejos del Círculo de Bellas Artes, o de La casa encendida, o de la red de infraestrucutras que, en el centro, o en el eje Prado-Recoletos (el Prado, el Thyssen, la Biblioteca Nacional) ofrecen la flor y nata de la cultura no solo de la ciudad, sino del país. Esos espacios, por los que yo tengo una especial querencia, están en los barrios periféricos, viven como desconocidos complementos de los de la ciudad central y son posibles gracias al esfuerzo de cientos de seres anónimos que aman la pintura, la poesía, la narrativa, la música, el cine. Centros culturales de distrito, universidades populares de pueblos del cinturón industrial, asociaciones de vecinos, centros de educación de adultos, bibliotecas locales... Ahí, en esos espacios que pocas veces aparecen en los periódicos, también vive y bulle la cultura: desde la más depurada y compleja hasta la más popular y accesible. También en las librerías de barrio, en esas "cuevas" donde los libros parecen instalar su infantería para tomar al asalto (un asalto blando, apacible, casi amoroso) las estanterías de las casas más humildes y en las que, gracias al empeño de unos pocos, la venta de libros es una parte más de un amplio abanico de dedicaciones: conferencias, debates, lecturas de poemas, presentaciones de libros, cuenta cuentos, teatro infantil, talleres de pintura...
Viene todo esto a propósito de mi experiencia del pasado 24 de abril, viernes de tiempo tornadizo y colofón de "San Cervantes" (que, como todo el mundo sabe, es el 23). Fue en una librería de Vallecas, en la Avenida Pablo Neruda. Su nombre: MUGA. Entré en ella sólo con la intención de echar una ojeada a las novedades de poesía y de novela y me encontré con algo que no esperaba: una charla, acompañada de imágenes, de Bartolomé Salas titulada "El otro cine de barrio: dignificando el cine español". Formaba parte de una actividad más vasta y diversificada que suele organizarse cada año bajo la etiqueta genérica "Vallecas calle del libro" en los aledaños del día del libro. Este año, por lo que pude comprobar cuando el librero me entregó el cuaderno con el programa , se ha dedicado a "Literatura y cine". Había un público amplio y diverso. Una parte sentado, otra de pie, que casi ocupaba la mitad del espacio de la librería (que no es demasiado pequeño, todo hay que decirlo). Empecé a escuchar de manera desatenta, mientras hojeaba (y ojeaba) algunos libros recién aparecidos y, a los pocos minutos, Bartolomé Salas me había enganchado.
Si: allí se contaba la otra historia del "cine de barrio", el reverso de la que nos suele contar una conocida actriz en TVE cada sábado. El cine resistente, transformador que se hizo durante la guerra civil. El cine que, en los años cuarenta, se coló por los intersticios de la censura para mostrar un país desolado, hambriento, sin libertades. El que, en los cincuenta, pusieron de relieve los directores, entonces jovencísimos, que iniciaban su carrera: Bardem, Berlanga, Basilio Martín Patino, Saura, Mario Camus y un largo etcétera. También se reflexionó sobre el cine de los sesenta, sobre el de la transición y sobre el que, en los ochenta, comenzo a mostrar un país en mutación (Almodóvar al fondo). Pero, sobre todo, se aportó la otra mirada: la no oficial, la crítica, la que, quizá sin tener conciencia de ello, contribuyó, desde las catacumbas de la dictadura, a construir la sociedad emergente que surgiría después de Franco. Bartolomé Salas, con las imágenes que iban irrumpiendo en la pantalla de su ordenador y con un verbo cercano, sin tecnicismos ni alambicamientos, me hizo vivir la otra cara de nuestro cine. Y me
llevó a visitar las galerías de mi memoria sentimental y cultural más entrañable: recordé, allá por los años 1972 y 1973, el cine-club que pusimos en marcha, sorteando censuras y amenazas de cierre, en un club juvenil en la UVA de Hortaleza, o el que, cuando acabó con él la autoridad competente, organizamos, un grupo de iluminados e iluminadas (os abrazo a todos, ya más que maduros, desde esta ventana de Internet), en el centro parroquial del barrio de Portugalete, entre Arturo Soria y el barrio de Canillas. Sí, allí cultivamos la parte más noble de nuestra conciencia con Plácido, o con El cochecito, o con Calle Mayor, o con Muerte de un ciclista. Sí: era nuestro cine de barrio en el barrio. Lo descubríamos como quien descubre el reverso, el otro lado del cine que, precedido por el No-Do, nos mostraba el régimen en las salas más frecuentadas de la ciudad.
Mientras escuchaba a Bartolomé Salas. Mientras veía las imágenes que llenaban la pantalla que tenía frente a mí, la librería Muga se enriquecía, en mi imaginación, con todas las salas de barrio en las que se forjó una parte de la cultura de varias generaciones comenzando por la mía. Gracias al menguado colectivo de libreros y libreras de Muga, todos jóvenes y apasionados (como debe ser) del libro y de la literatura, se va forjando, poco a poco, un "contenedor" (vaya palabro) de actividades culturales, de devoción por todo lo que signifique cultura, en un lugar apartado de los altares conocidos de siempre, de los templos que se levantan en el centro de Madrid. Avenida de Pablo Neruda (no sé el número, pero está cerca de la Asamblea de Madrid, en la acera de enfrente), en Vallecas, en uno de los bloques que, en los últimos años ochenta y en la primera mitad de la década de los noventa se levantaron para dignificar la vida cotidiana de los primeros pobladores de la zona: los emigrantes (por cierto, protagonistas de buena parte del "otro cine de barrio" que nos mostró Salas) que llegaban del campo y que, noche tras noche, como flores de luna (título de un espléndido documental de Juan Vicente Córdoba sobre la historia del Pozo-Entrevías), levantaron las casas de las Palomeras Altas y Bajas, de Entrevías, del Pozo. Fue una tarde hermosa. Gracias a los chicos/as de Muga, que están llevando a cabo una labor impagable.
Cierro esta entrada emulando a otros maestros (y maestras) del blog: invitándoos a escuchar la letra y la música de un cantautor de Vallecas: Luis Pastor. La canción es Soy, una hermosa reivindicación de las raíces de un "chico de barrio" que llegó, hace mucho, de un lugar de Extremadura a construirse la vida en el Madrid del desarrollismo. Pinchad aquí: SOY.