lunes, 27 de abril de 2009

"El gato gris", rincón del arte en el páramo de Velliza: José Noriega

Sábado de frío y viento en Valladolid, en el molino de José Noriega y Rosa, hablando de arte, de poesía, de política, de amigos comunes y de proyectos a compartir. Esperanza y yo los conocimos hace un año, con motivo de la feria del libro de Soria, durante un almuerzo multitudinario (o no tan multitudinario, seríamos 20 ó 25 personas) en un día especialmente frío y lloviznoso. José se retiró, hace ya muchos años, a Velliza, un pueblecito de no más de 50 habitantes, donde restauró un viejo molino y lo convirtió en hogar, en estudio, en taller, en espacio para el sueño, en paraíso del arte, en nido de amor. José Noriega fue obrero del metal en los años duros, bajo la dictadura de Franco. Entonces, se enamoró de Rosa, la estudiante insumisa (y comunista) de la época que acabaría siendo profesora de matemáticas en un instituto de enseñanza secundaria. Noriega y Rosa son felices en el molino, han construido allí un territorio hermoso, cálido, acogedor, uno de esos espacios que uno suele identificar con la felicidad... Y, aunque parezca cursi decirlo, con el amor. Sí: José llama a Rosa "mi novia" y la relación entre ambos tiene mucho que ver con la autosatisfacción de quienes han logrado construir un mundo en el que arte y sentimientos se mezclan y enriquecen.

José Noriega es un artista plástico informalista, un grabador magistral y un editor como el que todo poeta ha soñado alguna vez tener. Su editorial, El gato gris, radicada en el molino de Velliza, ha dado a luz hermosísimas obras de arte sustentadas en la imagen y en la palabra. Juan Carlos Mestre, Antonio Colinas, Francisco Pino, Miquel Martí i Pol, entre otros muchos, han sido "premiados" con la atención editorial de José Noriega. En estos días anda empeñado en la edición de un hermoso texto en prosa de José Jiménez Lozano con magníficos grabados salidos de su tórculo y de su minerva. Y, por supuesto, de su imaginación.

Velliza y El gato gris viven en el páramo. Allí, en el viejo molino restaurado, José Noriega es dueño de todo el proceso editorial, lo goza plenamente, vive de él y ha hecho de la generosidad una norma y un principio. He de confesar que he sentido algo parecido a la envidia al recorrer las distintas habitaciones de la casa, al contemplar las obras, firmadas por artistas universalmente reconocidos, que colgaban de sus paredes, al contemplar/descubrir sus trabajos del último momento, su taller, su "cocina" de artista, las obras a medias, la minerva... ¡Ah, la maravillosa minerva hija de un tiempo de impresores vocacionales y artesanos! ¿Envidia de qué?, se preguntará el lector. Pues de algo tan sencillo como su valentía para tirar por la calle de enmedio, construir la vida al margen de la gran ciudad, dedicar todas sus horas al arte (de creación, como artista plástico, y de edición, como editor artístico). José, Rosa, Esperanza y yo salimos, despúés de comer, al campo. Caminamos hasta la ermita situada a un kilómetro del pueblo, paseamos, después, por sus viejas calles, y vivimos esa sensación no por difusa menos honda consistente en saberse absorbido por un mundo apasionante.

José Noriega lleva tiempo invitándome a entregarle un puñado de poemas, o de textos en prosa, para hacer uno de sus maravillosos libros/obras de arte. Lo haré, seguro, pero cuando tenga la plena seguridad de haber escrito algo que esté a la altura de su inmensa creatividad como editor, como artista, como grabador. Hasta que ello ocurra, gozaré del único libro de El gato gris al que, en mi casa, tengo acceso: es de Antonio Colinas y José Noriega y su título es hermoso donde los haya: Donde la luz llora luz. Un poema manuscrito de Antonio y varios hermosísimos grabados de José que me atrevo a reproducir en esta entrada.











Ha sido un sábado hermoso e intenso, de los que no se olvidan. Cuando, a última hora de la tarde, nos despedimos de Rosa y de José a la entrada de la estación de ferrocarril de Valladolid, tuvimos la seguridad de que si algo puede emparentarse con la felicidad había sido el día que estaba a punto de concluir. Gracias, José. Gracias, Rosa.

sábado, 25 de abril de 2009

Un video de 7 años atrás / Mi particular homenaje al 25 de abril


El video: una entrevista sobre una novela.

Navegando en la red he encontrado el video de Terra. Fue a propósito de mi novela Los días de Eisenhower. Pinchando aquí podéis ver y escuchar la entrevista que, a finales de 2002, me hizo una periodista de Terra. ¡Cómo pasa el tiempo!

Algunos críticos emparentaron aquella novela con la narrativa de Marsé. Algo de razón había en ello, aunque existían otros vínculos literarios y otros referentes. Estos días en que hemos vuelto a la narrativa de Juan, recobro la memoria de aquella novela de 2002 para rendirle un homenaje complementario.

Mi particular homenaje al 25 de abril

Es el rescoldo, todavía vivo, de una vieja chaqueta de pana. La chaqueta de pana de aquel año universitario en el que aún vivía Franco y escuhábamos a Bob Dylan y a Joan Baez, nos dejábamos cautivar por las voces semironcas de Melanie o de Janis Joplin y nos enamorábamos con las canciones de Serrat y veíamos, como devotos escondidos en las catacumbas donde se adoraba al cine, en cine clubs semilegales, las películas de Bardem o de Berlanga y las obras maestras de neorrealismo italiano, o estudiábamos, con lápiz rojo para subrayar, los ensayos de Marcuse o de los filósofos, que tenían algo de mágico, de la Escuela de Frankfurt. Yo, entonces muy joven, estudiaba de noche en la recién inaugurada Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense. De día, trabajaba en el Banco Popular (desterrado, por razones políticas, en un viejo archivo ubicado en una calle Toledo próxima al Manzanares que todavía guardaba la fisonomía urbana del mejor Baroja)...
Y una mañana de abril llegó la noticia: la primavera inundó España aunque todavía no llegaría la libertad. De Lisboa llegaban hermosas novedades. Y claveles. Y carteles. Yo llevaba una chaqueta de pana de color miel: con ella me tumbé más de una vez en la hierba de los jardines de la Universitaria, en sus bolsillos quedaron hebras de tabaco de pipa, y en su solapa, en un ojal difícil, casi cerrado, coloqué un clavel muy rojo, muy frutal, muy nuestro: porque también ella y yo nos amábamos, éramos un mundo indivisible y lleno de futuro. De esa chaqueta de pana de color miel nacería, más de 15 años después, el poema "Chaqueta de pana" que formó parte de mi libro El muro transparente (Madrid, 1992). Es mi particular homenaje a un 25 de abril que no puede excluirse de la memoria colectiva. Para los que nacimos en la década de los 50 y ya somos cincuentones, para los que nacieron en los años 60 y son acuarentados (hermoso vocablo de MVM), para los que, nacidos en los 70 son treintañeros y para los que asomaron a la vida en los 80: para todos. Aquí os dejo las dos estrofas finales del poema --el poema completo está a vuestra disposición en la antología Monólogo del entreacto (Hiperion, 2007)--, esta suma de pequeñas cuadrículas de una memoria irrepetible. Es vuestra también:

Todo un tiempo resume: aquel que crece
en el portón que derribamos
sólo un poco. El que tuvo un clavel
en la solapa. El que compuso
un horizonte de imperfecto vuelo.

Oh símbolo del viento derrotado.
Oh chaqueta de pana sorprendida
entre ropa en desuso y viejos discos.

viernes, 24 de abril de 2009

Juan Marsé en Alcalá de Henares

Juan Marsé es un escritor clavado en mi educación sentimental, en mi memoria íntima, en la memoria colectiva, en mi formación literaria, en mi proceso de aprendizaje (técnico) como escritor. A Juan lo conocía de lejos y a través de su obra. Y lo conocía tanto como el mundo de Últimas tardes con Teresa, o el del barrio de Guinardó o el de la Barcelona excluida del Carmelo y de la posguerra. Todas sus novelas, pero sobre todo la que acabo de citar, Ronda de Guinardó y Si te dicen que caí, han ocupado un espacio privilegiado en mi personal catálogo de devociones. Y estos días he sido un afortunado. Mi responsabilidad cultural e institucional me ha permitido pasar algunas horas a su lado, convivir con él y con sus familiares más próximos, hablar de la vida y de la literatura, de amigos comunes (le duele todavía, cinco años después, el hueco de Manolo Vázquez Montalbán, su complemento narrativo de la Barcelona subalterna y amigo del alma. "Fue quien me hizo la primera entrevista para un periódico", me dijo), de sus recuerdos, cada vez más impregnados por la melancolía de quien comienza a sentirse mayor y achachoso (mejor sería decir, parafraseando a Gil de Biedma, "menos joven").

Es curioso: al estar con él tuve la sensación de que lo conocía de siempre, de que estaba ante un ser familiar, al que podía encontrarme cada mañana en el bar donde suelo tomar café. Y tuve, también, esa gozosa complicidad que los que hemos nacido, crecido y madurado en la periferia del sistema (yo pasé mi infancia en el barrio de la Alegría, una réplica madrileña del Carmelo, y mi adolescencia se forjó en otro parecido, la UVA de Hortaleza, escenarios que forman parte inseparable de mi poesía y de mi narrativa) experimentamos cuando nos encontramos ante alguien que siempre ha sido como nosotros y que ha llegado al máximo reconocimiento público en literatura sin renegar de los orígenes. Es más: poniendolos en valor, reivindicándolos, elevándolos a la categoría de mitos. Me sentía ante el amigo, ante el confidente, ante ese ser vulnerable que está deseando que pasen los fastos oficiales para volver a su taller literario, al rincón de sus ficciones, a la novela que el Cervantes (paradojas de la vida), según nos confesó, ha interrumpido. Y por eso me he atrevido a ilustrar estas reflexiones con una fotografía (a su autora, Sonia Pérez Marco, le estoy infinitamente agradecido) que testimonia ese encuentro. Reconozco mi pecado y pido perdón, pero es una forma de mostrar mi alegría.
De Juan escribí en este blog (Un Juan y un John) cuando fue premiado. Y resalté su singularidad estética y su visión distante, discordante, con el experimentalismo, con la literatura lejana a las emociones, a la memoria, a la realidad. Esa singularidad ha formado parte, seis meses después de aquellas reflexiones, de su discurso de recepción del premio. Un discurso entrañable, cercano, con su punto de irónía, pero en el que ha cantado, ante todo, al contador de historias que mira críticamente el presente a la luz del pasado, de la memoria propia y de la memoria de todos, que ha evocado al aprendiz de relojero que escribía cuentos en los ratos libres y que soñaba con ser escritor, que ha hecho de los humildes protagonistas de una historia nutrida de amores clandestinos, de huidas, de sueños imposibles, de heridas de guerra y de posguerra, de adolescencias e inmigraciones, de cines de barrio y de mitos aprendidos en las viejas pantallas de las tardes invierno. Sí: he estado con Juan. Y he de confesar que cuando lo he visto subir las escaleras del "púlpito" del Paraninfo de la Universidad de Alcalá para leer su hermoso discurso y por el rabillo del ojo he podido observar la mirada arrobada de sus nietos, no he podido contener un nudo en la garganta, esa dificultad para tragar saliva que suele resolver la lágrima callada y la emoción.

"Los planteamientos peliagudos, la teoría asomando su hocico impertinente en medio de la fabulación, la llamada metaliteratura, en fin, son vías abiertas a un tipo de especulación que me deja frío y me inhibe: bastante trabajo me da mantener en pie a los personajes, hacerlos creíbles, cercanos y veraces". Así nos lo ha dicho. Ése es, quizá, el misterio de su literatura. Un misterio que, aunque parezca de lo más simple, se convierte (bien lo sabemos los que escribimos),en uno de las retos más complejos y difíciles cuando uno se enfrenta ante el papel en blanco.

lunes, 20 de abril de 2009

Antífona de otoño y viaje por los parajes de mi novela "La mujer muerta"



Escuchad lo que no escuhásteis en mi anterior entrada
Concluí mi anterior entrada pidiendo ayuda para insertar un enlace a un hermoso poema musicado por Amancio Prada y cantado y contado por éste y por el poeta Juan Carlos Mestre. Los hados de Internet, representados por una tal Sata, me fueron propicios al fin (tras un notable esfuerzo de aplicación de sus enseñanzas) y con sólo pinchar en Antífona podéis acceder a la página de músicas del poeta citado y seleccionar la melodía Antífona de otoño en el valle del Bierzo. Entraréis en un paisaje de nieblas, de vegetación, de leyendas, de memoria, de amores.

En los parajes de la Puebla de la Sierra

En mi obra narrativa, la novela La mujer muerta ocupa un lugar muy especial. No sólo porque es la más extensa de las que he escrito, ni siquiera porque es una historia en la que realidad, memoria e imaginación se mezclan de manera perturbadora (al menos, eso pretendí y eso dijeron algunos críticos), ni porque la presentara Manolo Vázquez Montalbán, poeta al que en aquel momento animé a publicar su poesía amorosa (Ars amandi, uno de los primeros libros de Bartleby Poesía), sino porque la acción se desarrolla en unos escenarios cargados de misterio pese a estar no lejos de la ciudad con más población de España: Madrid. Allí volví hace una semana: desde el pequeño pueblo de Manjirón, tomamos una carretera que, pasando por Robledillo de la Jara, se convierte casi en trocha de ganado (aunque semiasfaltada) y se interna en el monte hasta atravesar, en cerradas curvas y bordeando desfiladeros que dan a abismos y a montañas inmensas y oscuras, cubiertas de bosque en gran parte de los casos, la llamada sierra del Rincón, antaño conocida como de la Mujer Muerta. A la Puebla hay que ir adrede. No es un pueblo de paso. Está en el fondo de un valle recóndito en el que los robles (como oscuros fantasmas de ramas retorcidas, todavía peladas por el invierno), los pinos, los fresnos, la carrasca y la jara se alternan con rocas prominentes y restos de antiguos corrales de piedra pegados a las lomas. Es otro mundo. Un mundo cargado de simbologías y misterios. Allí, en ese lugar que antes de empezar a escribir la novela (la inicié en 1996) sólo visité una vez, no es difícil imaginar la aparición de una aldea detenida en los años 40 e incrustada en el presente siglo. O, como ocurre en la novela, advertir a lo lejos, contra la falda de la montaña y en una zona sin caminos ni carreteras, la silueta de viejo automóvil avanzando hacia quién sabe dónde en un trayecto imposible, que vulnera toda lógica. Os dejo fotos. Para que las disfrutéis. Y sobre todo para que si alguna vez os acercáis a la citada novela vivais la fantasía de que en estas tierras hay una aldea llamada Cerbal, aldea dependiente de la cabecera de comarca, situada en el pueblo de Brezo, un pueblo medieval y amurallado que abraza un río sin nombre. En el que, por cierto, en el mes de septiembre de cada año se instala una maravillosa Feria Medieval -con demostración de cetrería incluida- al pie de los grandes patios del castillo.

sábado, 18 de abril de 2009

Dos dedicatorias de un poeta amigo

Juan Carlos Mestre, el amigo y el hermano. Creo que nos conocemos desde principios de los noventa, gracias a los buenos oficios de Diego Jesús Jiménez, que nos hizo coincidir en alguna de las sesiones de la Semana Poética de Cuenca. Juan Carlos Mestre es poeta enorme a cuyos versos, con una maestría y una sensibilidad de alto voltaje (como él suele decir), ha puesto música otro buen amigo, Amancio Prada. Hace un par de años recibí la nueva edición de su libro Antífona de otoño en el valle del Bierzo, edición de Calambur hermosa donde las haya en la que se incluye un CD-Rom con parte de los poemas musicados por Amancio. Lo había leído mucho tiempo atrás, cuando lo publicó Adonais (obtuvo el premio del mismo nombre en 1985) y guardaba un recuerdo muy vivo de alguno de sus poemas. Sin embargo, cuando volví a ellos en la magnífica edición de Calambur, los viví con mayor emoción que en la primera lectura. Y cuando escuché el CD, juro que experimenté la sensación propia de quien sabe que está ante una obra que nos habla del origen, de las fuerzas telúricas que dan sentido a la vida y en las que beben las emociones, de todas las infancias, de una naturaleza sabia viviendo los olores, los sabores, los colores, la luz del otoño en un lugar que tardaría años en conocer: el valle del Bierzo, ese híbrido de paisajes gallegos, leoneses y asturianos. Recuerdo, de manera muy especial, los versos que siguen:
Quien no haya visto el mar que se levante,
yo os lo voy a contar. Cerrad los ojos.
Imaginad que el agua, como un caballo blanco,
se hubiera subido al campanario.
Las hojas de los árboles son peces,
la nieve, espuma de cristal sobre las olas.


Con su poesía, con el compromiso moral, cívico, ético, compartido, y con la compañía de algunos mitos comunes (y vivos), hemos pasado momentos irrepetibles junto a Antonio Gamoneda, alguna cena con Pepe Hierro y Carlos Sahagún, con Diego Jesús y Társila, un cumpleaños (de hace tanto tiempo que casi me avergüenza recordar la fecha) en mi casa de Madrid, con Aleja y Esperanza, con Félix Grande y Paca Aguirre, un debate, en el patio de la casa de Diego Jesús en Priego, alllá por el mes de julio de 2001, en el que no llegamos a las manos de milagro (comenzamos discutiendo sobre realidad e imaginación en mi novela La mujer muerta y terminamos enfrentados a propósito de Euskadi), un almuerzo, en el hostal de Priego, algunos veranos después, rodeados de amigos y de poetas de los que tanto habíamos aprendido en nuestra adolescencia: Paco Brines, Manolo Vázquez Montalbán (recién llegado de un larguísimo viaje en coche por sierras y quebradas, desde Barcelona, ávido de morteruelo), Pablo García Baena (¿o ese fue otro año?), otra vez Gamoneda, Martínez Sarrión, Antonio Carvajal...
En esa "amistad a lo largo", que diría Gil de Biedma (santo alejado de sus devociones), nunca han faltado sus libros dedicados. Llegan, como pájaros de amistad, a casa, los abro con la seguridad de encontrarme con sus poemas y, casi siempre, me tengo que detener durante un buen rato ante las páginas de guarda, que Juan Carlos convierte, como artista plástico que es además de poeta, en cuadros-dedicatorias. Son pequeñas obras gráficas que nunca serán expuestas. Por eso, porque lo creo de justicia y porque somos amigos, hoy quiero compartirlas con los lectores de "Al margen". La primera dedicatoria procede del libro-antología titulado Las estrellas para quien las trabaja. Dice así: "Para Esperanza y Manolo Rico, con el fervor de siempre". Pero el texto aislado queda huérfano. Arriba, al pie del fragmento de poema que he evocado, podéis contemplarla.

La segunda, abre su último e inquietante libro (del que tuve el placer de hablar y leer poemas en Radio Nacional en una madrugada del pasado verano) titulado La casa roja. Su texto es parecido al anterior. Pero sin la imagen sería parte de una emoción incompleta. Ahí queda:

Sé que en el portal de Juan Carlos hay mucha más obra plástica. Y de más calidad, seguramente. Pero estas dos dedicatorias que, gracias a la magia de las nuevas tecnologías, he podido escanear para trasladarlas a este blog y para, una vez impresas a todo color, enmarcarlas para que ocupen un lugar en mi refugio del valle (no de Bierzo, sino del Lozoya: también tendrá su canto otoñal aunque no sea tuyo, te lo prometo, Juan Carlos). Estas dedicatorias llevan parcelas de la vida de ambos (mejor dicho, de los tres, también de Esperanza): son una zona de intersección entre dos experiencias vitales y artísticas. Gracias, Juan Carlos. Espero no herirte con poner en la blogosfera tan hermosas muestras del arte de dedicar.

Hubiera deseado insertar un enlace con el poema Antífona musicado por Amancio Prada para que quienes no lo conozcan lo vivan y lo gocen. Sin embargo, no doy con la fórmula, no sé cómo hacerlo. ¡Si alguien de entre quienes leen estas líneas lo sabe, que me aconseje o instruya con su comentario!. Se lo agradeceré infinitamente.

jueves, 16 de abril de 2009

UN PARÉNTESIS ROMÁNICO

Antecedentes

Hubo un tiempo en que me enamoré de la Historia del arte. Fue en el paleolítico inferior, cuando, a principios de los setenta del pasado siglo, tuve la fortuna, como alumno de COU en el turno de noche de un instituto de barrio, de dar con un magnífico profesor (Carlos Fradejas se llamaba: si los dioses de Internet le permiten leerme, ahí le dejo el mensaje y la oportunidad de conectar con su agradecido y deslumbrado alumno de entonces). Aquel profesor, que charlaba a deshora con jóvenes que trabajábamos como asalariados durante el día, me dio a leer uno de los libros que más me han marcado a lo largo de mi vida: Historia social de la literatura y el arte, de Arnold Hauser (en tres hermosos tomitos, editorial Guadarrama). La lectura de aquel texto me ayudó a acercarme al misterio del arte, a los secretos de la estética y a los resortes que, en el sustrato de la vida social, económica, sentimental incluso, de cada etapa histórica, conducen a la producción artística en una dirección u otra. Gracias a aquel libro, especialmente a la lectura de los capítulos dedicados a la Edad Media (sobre todo el titulado "Feudalismo y estilo románico"), pude vivir esa extraña experiencia consistente en tener la sensación de haber sido habitante de ese tiempo. La Edad Media me absorbió durante algunos años. Leí todo lo que caía en mis manos y visité, con Esperanza, los más hermosos templos románicos de la geografía española. La austeridad y el despojamiento de los templos (nos gustaba imaginar el policromado que desapareció bajo los encalados anti-epidemia), la frontalidad algo näif de los retablos y frescos, las dimensiones, a la medida de los seres humanos, de las iglesias, los arcos de medio punto, los bajorrelieves.... Algo respiraba allí que no respiraba en el gótico, ni en el arte renacentista, ni mucho menos en el rococó, que me hablaba de alguna pulsión íntima e inexplicable. Supe de la labor entre artesanal y artística (o viceversa) de los monasterios, del trabajo de las logias, de la organización social de las ciudades, del desvalimiento de los siervos de la gleba, del misterio que envolvía la vida de la mujer.
Escribió Hauser: "En el arte se abre paso, junto al formalismo y al abstraccionismo estereotipado, una tendencia emocional y expresionista". Continúo yo: tras el rigorismo formal, tras la tendencia a la abstracción de las seres contemplados en su frontalidad cuasiprimitiva, latían las incertidumbres de la época, un expresionismo contenido por la dominación pero, a la vez, desbordado en la sutileza que sólo ve quien tiene una especial sensibilidad para ello. Tras la apariencia de quietud, hay movimiento, vida.

El hallazgo

Ese apasionado aprendizaje dejó en mí una querencia que se mantiene por encima del paso de los años. Consiste en buscar ruinas románicas, en sorprender, en templos y construcciones posteriores, los sillares, los muros que fueron origen de una primera "versión" del templo y que se remontan a la Edad Media, al románico. En esa búsqueda había también una dosis de fantasía: imaginaba que en algún lugar remoto de la región de Madrid podía encontrar, alguna vez, un templo románico en el que nadie había reparado. ¿Hay en Madrid arte románico? Parece que sí aunque sea muy difícil afirmarlo con rotundidad. Deambulé por carreteras perdidas, crucé aldeas, caminé por las afueras de los pueblos en pos de las ermitas menos frecuentadas... Hasta que un día, visitando una comarca fronteriza (la del Sorbe, en la Guadalajara prealcarreña, limítrofe con Madrid) me vi en un pueblo llamado Beleña de Sorbe donde (¡a menos de 80 kilómetros de Madrid!) se levanta un templo románico "de libro". Como una anticipo de las tierras de Hita y Sigüenza, mucho más alejadas de la capital. Como una extraña aparición. La encontré en 1983, o en 1984. Desde entonces no he vuelto por allí. Por las fotografías a las que he podido acceder, la iglesia de Beleña está bien cuidada (incluso puede haber sido rehabilitada o restaurada). En estos días, después de comprobar cómo el arte románico puede cobrar nueva vida gracias a la labor artesanal de una artista del siglo XXI (o a la labor artística de una artesana), entrevista en las fotografías del blog iconos medievales, he sentido la necesidad de volver a Beleña, de recobrar las viejas sensaciones, de vivir de nuevo la perturbación inexplicable que la piedra algo dorada de un muro hendido por ventanas con arcos de medio punto y relieves con figuras humanas hieráticas, sorprendidas en un gesto de asombro, puede provocar en mí. Si alguien piensa que exagero, que me dejo vencer por la belleza con que el paso del tiempo dota a nuestros recuerdos, que acceda a la página del enlace que sigue: http://www.astragalo.net/guadalajara/belena.htm . Hablamos

martes, 14 de abril de 2009

LA INQUINA DE BENET HACIA "TIEMPO DE SILENCIO"

Leo la biografía de Luis Martín-Santos, escrita por José Lázaro. En ella, construida de una manera novedosa, utilizando el discurso de una sucesión de personajes que conocieron o tuvieron algún tipo de relación con el autor de Tiempo de silencio, descubro uno de los misterios que han acompañado, desde hace muchos años, mi admiración por él. Me refiero a la razón de fondo por la que Juan Benet, amigo y compañero de generación (algo más joven) de Luis, nunca reconoció valor alguno a la novela que marcó un antes y un después en la narrativa española del siglo XX. Lázaro destaca las diversas descalificaciones con que Benet premió a Tiempo de silencio. Pero, sobre todo, destaca una respuesta que éste dio a Eduardo G. Rico en una entrevista aparecida en 1970 a propósito de la novela: "Una novela con fondo de verbena y vida de pensión, y una puñalada: es costumbrismo puro, a lo Mesonero Romanos. Además, tiene el humor confundido. La ironía, que alcanza en alguna ocasión cotas muy altas, no se mantiene a lo largo del libro". Aunque en el libro de Lázaro se resalta la opinión de Blanca Andréu respecto al disgusto de Benet por reconocerse, de manera paródica, en el personaje de Matías de la novela, creo que el problema esencial es que Benet nunca soportó que Luis Martín Santos lograra una espléndida síntesis entre un argumento propio de una novela del realismo social y una formalización en la que estaban presentes las enseñanzas de Joyce y de Faulkner. Cierto que Benet fue un gran escritor. Eso es una realidad indiscutible. Pero ninguna de sus novelas tuvo, en la literatura española de la segunda mitad del siglo XX el efecto que tuvo Tiempo de silencio.

Pero el juicio de Juan Benet sobre la novela de Martín-Santos tuvo un correlato posterior en lo que en no pocos medios se ha calificado como colectivo de discícuplos (Molina Foix, Marías, Gándara, entre otros.... ): una permanente tendencia a calificar de costumbrismo aquella narrativa en la que una realidad reconocible, contemplada de manera crítica, tuviera un protagonismo esencial. Aunque el lenguaje y la apuesta estructural no tuvieran nada que ver con el costumbrismo. Juan Benet (que, curiosamente, nunca tachó de costumbrista a su amigo y colega Juan García Hortelano, bastante menos "vanguardista" que Martín-Santos) dejó estigmatizada la gran novela española de los años 60 con un calificativo que heredarían sus "sucesores". No sólo dejó la estela de una escritura difícil, faulkneriana, de un alto nivel de autoexigencia, sino un juicio sobre Tiempo de silencio absolutamente injusto y poco fundado.

En el fondo estaba un sentimiento de estupor ante el talento de un psiquiatra políticamente comprometido que, además de adelantársele con la edición de su primera novela, fue capaz de metabolizar Ulises para encarnar en jornada y media un fragmento de la vida de Madrid en una prosa absolutamente innovadora y rupturista. Como hiciera Joyce, salvando las distancias pero no del todo, con Dublín. Creo que esa es la razón esencial de la frialdad, casi la inquina, de Benet y sus discípulos de entonces hacia la novela de Martín-Santos.

miércoles, 1 de abril de 2009

SHAKESPEARE, NATASHA THRETEWEY Y OTRAS HISTORIAS

Shakespeare, una nueva juventud
Los sonetos de Shakespeare son una materia viva. Como toda la buena poesía. Viven por encima del paso de los años, de los siglos, y cobran nueva luz con la lectura de cada generación. Bartleby, con la apuesta por una nueva edición/versión de los sonetos del genio inglés ha abierto una puerta para una lectura acorde con la sensibilidad (y la sentimentalidad) del siglo XXI, de la generación de Internet y del ciudadano que accede a la madurez lectora cuando desde los foros más diversos (y discutibles, por supuesto) se habla de la muerte del libro, de la muerte del soneto, de la muerte de una concepción de la poesía hija de la galaxia Gütenberg por falta de adaptación a la galaxia de lo virtual/globalizado/interactividado y fragmentado. Pues bien, Christian Law Palacín, joven poeta del siglo XXI, se ha atrevido a indagar, a arañar en la vida de los sonetos de Shakespeare. Ha entrado en ellos como quien entra en una habitación cerrada desde hace mucho tiempo y decide abrir las ventanas para que entre en ella el aire y la luz del sol. Su traducción es una forma de dar a la palabra nueva luz, de hacer de cada viejo soneto un soneto nuevo, de inyectar en cada verso, en cada silencio, en cada estrofa, un aire vivificador, fresco, el aire que respiramos en el nuevo siglo. Sonetos que se saborean, que casi se mastican, que nos hablan de la carnalidad original que casi todas las traducciones anteriores habían encubierto, o sometido a lo litearia(política)mente correcto. Law Palacín ha encontrado la vida que otros traductores sólo encontraban parcialmente. Y se leen distinto, como si hubieran sido escritos hoy por un Shakespeare joven nacido al siglo XXI. El amor, la muerte, el erotismo directo o inducido, la ironía, el poder, la hipocresía.... Todo cobra la luz de lo que nunca muere, se hace novedad radical, parte de nuestra existencia de hoy, respiración. Y cuando digo respiración, digo música, ritmo, endecasílabos escritos con una destreza que asombra, magia. Es decir: nos viene a mostrar que ni el libro, ni la poesía, ni un recipiente tan tradicional como el soneto están en peligro de muerte. Si acaso, están en "peligro" de eternidad. Laica, por supuesto.

Nunca olvidaré, como escritor y crítico, también como editor, y, ante todo, como poeta, la mañana (¿fue una mañana?) de un día de otoño (¿fue en otoño?) en la que en una librería conocida de Madrid, Susana, librera que en más de una ocasión me había hecho saber su admiración por la línea editorial de Bartleby Poesía y por la labor que estaba desarrollando, me habló de Christian Law y de su trabajo con los Sonetos de Shakespeare. Le dije que hablara con él, que me enviara su traducción.... y de aquel envío vino mi redescubrimiento de los sonetos. Su nueva y actualizada vida. Su maravilla. Gracias, Christian; gracias, Susana (seguro que Pepo Paz comparte este gesto de gratitud).

Natasha Trethewey, una lección para nuestros líricos alérgicos al poema crítico

Los inmaculados de toda laya. Los alérgicos al poema que bebe en la civilidad, en la memoria colectiva, en la Historia y en la historia. Los amantes del hermetismo. Los que identifican modernidad con ligereza. Los que -parafraseo y adapto unos versos memorables de Pepe Hierro- huelen la flor de la bella palabra / acaso no comprendan las de Natasha, sin aroma. Sí, todos los nombrados o sugeridos encontrarán el reverso de sus teorías, filias y fobias en Guardia nativa (traducido y prololgado magistralmente por Luis Ingelmo), un poemario que es, en el fondo, un libro poema en el que Natasha, hija de una mujer de raza negra (una rubia, en fin, de piel blanca y genes negros), recupera la memoria de los soldados negros que lucharon por su libertad en las filas de la Unión durante la guerra de Secesión en Estados Unidos. Sí: recupera la memoria colectiva, pero lo hace a través de su propia memoria íntima, de su experiencia personal. Recupera la dignidad de los negros enterrados o desaparecidos sin dignidad más de un siglo antes. Araña en la culpa colectiva de una sociedad desmemoriada, olvidadiza. Recupera su infancia y sus sueños, su amor por una madre maltratada hasta el asesinato, nos sitúa ante un mundo turbio y hermoso a la vez.

¿Quién, en la poesía de hoy, se atreve a arañar en la memoria de los trabajadores que se dejaron la vida en una huelga por la libertad bajo el franquismo, o durante la República, o en los años primeros de nuestra posguerra? ¿O en la memoria de nuestros padres, de nuestros abuelos? No diré que nadie. Diré que sólo unos pocos. Y aún así, con el riesgo de ser calificados de poetas "políticos" o poetas panfletarios (aunque su poesía tenga un lenguaje radicalmente innovador, emocionado, "lírico"). Guardia nativa obtuvo el premio Pulitzer de Poesía de 2007. Es un libro con una poderosa carga crítica pero con una incontestable calidad en el lenguaje poético (con sonetos incluso, por cierto) puesto en juego. Es un libro directo y complejo a la vez. Realista e imaginativo al tiempo. Emocionado, emocionante y perturbador. Poesía contemporánea. Poesía de siempre. Una auténtica lección contra los complejos que, como una sombra que nos viene de décadas atrás, acechan a los poetas que bebemos en nuestra experiencia íntima, una experiencia no ajena a la colectiva, a la historia (nuestra) y a la Historia (de todos).