sábado, 12 de diciembre de 2009

Tranvías: personajes de dos novelas

En mi memoria sentimental y literaria ocupan un lugar destacado los tranvías. Sé que no soy la única persona que tiene esa sensación. Sin ir más lejos, el poeta y narrador José Ángel Cilleruelo mantiene un blog en el que ese ser inerte, todavía útil en gran parte de las ciudades de la vieja Europa, es personaje central, foco de atracción de un universo de textos literarios y fotografías como no creo que tenga parangón en toda la Red. El blog lleva por título De los tranvías.

Mi infancia y mi adolescencia están profundamente vinculadas a un Madrid en el que ese medio de transporte formaba parte de la cotidianidad. Enormes seres metálicos que me trasladaban de un barrio a otro, de las calles más céntricas (aquella Gran Vía con vocación neoyorkina, cosmopolita, con algo del universo de Broadway en miniatura) a las que -hablo de mediados de los años sesenta-, en el límite de la urbe, bordeaban descampados, extrarradios, periferias o como quiera que se llamara entonces ese espacio en el que convivía un Madrid todavía rural con nucleos de casas bajas y bloques de viviendas sin servicios colectivos ni asfaltado. En los tranvías se hizo parte de mi educación sentimental. Tranvías que recorrían la Ciudad Lineal, desde la Plaza de Castilla o la cuesta del Sagrado Corazón hasta la Cruz de los Caídos o Canillejas. Tranvías que llegaban a la Universitaria o mostraban su bullicio metálico en la Red de San Luis, frente a la Telefónica, tranvías de Sol, de Bravo Murillo y García Morato, hoy Santa Engracia....


Los tranvías surgen en mi memoria vinculados, también, a mis primeras lecturas de poesía civil, de Blas de Otero o Pepe Hierro, a algunos de los poemas más memorables de Gil de BiedmaÁngel González, a las novelas de Juan García Hortelano, al nacimiento, esplendor y decadencia de amores adolescentes con protagonistas vestidas de uniforme de colegio de monjas y grandes carteras repletas de libros y cuadernos, a las tardes de fútbol cuando la televisión era sólo una ventana en blanco y negro en la que sólo cabía un partido (cuando cabía) cada sábado y me llevaban desde la Plaza de Castilla hasta el Santiago Bernabeú algunas tardes de domingo o me dejaban a la puerta del campo del Plus Ultra, un segunda división desaparecido en las tinieblas de los años 70.

Tranvías de tardes de manifestación y botes de humo. De viajes desde las entrañas de la Prosperidad a los aledaños de un Café Gijón mitificado, al que, guiado por un Diego Jesús Jiménez recién conocido, me asomé por vez primera (allí estaban Paco Umbral, Eladio Cabañero, Armando López Salinas, Pepe Esteban...) para descubrir la trastienda de lo que podía leer, desde la lejanía de mi barrio periférico, en la Estafeta Literaria, o en Triunfo, o en Cuadernos para el Diálogo, o en el mítico suplemento de libros del diario Informaciones. Tranvías que me hablaban de la juventud de mi padre, de hombres que vivían en la clandestinidad y que solían aprovechar el viaje en aquellos trastos para trasladar pequeños alijos de propaganda ilegal, de ejemplares de Mundo Obrero o de llamamientos a huelgas generales o manifestaciones. Tranvías en los que fui escolar, iluso niño navideño a la espera de regalos improbables (casi siempre imposibles), poeta en ciernes, lector de libros marxistas, pseudomarxistas y de libros cristianos irreverentes y algo sociales. Tranvías que acogieron al joven que volvía, desde la recién inaugurada UVA de Hortaleza (año 1964), al barrio de la Concepción, a contemplar las ruinas del demolido barrio de la Alegría donde todavía respiraba, digámoslo con palabras de Ana María Matute, su "primera memoria". Tranvías en los que pude leer las primeras revistas de música rock, o pop, o como queramos llamarla, o repasé los apuntes del preuniversitario. Tranvías....

Sí: todo eso ocurrió antes de que desaparecieran de Madrid. Antes de aquellos días de la primavera de 1973 en que el gobierno municipal franquista levantó la línea que llegaba hasta Canillejas desde la Cruz de los Caídos, la última línea con vida hasta aquel momento de una ciudad que los había integrado en su paisaje del mismo modo que cada uno de sus habitantes los habían hecho parte de su geografía más íntima.

En los últimos años, en mis viajes a ciudades europeas, desde Berlín a Varsovia o Viena, he podido comprobar cómo en ellas los tranvías, modernizados, remozados o completamente renovados, siguen formando parte del paisaje, de la vida cotidiana, de la cultura de la ciudad. Como debió ocurrir en Madrid. Sin embargo, las cosas fueron en sentido contrario. Los últimos años 60 y los primeros 70 fueron los del reinado de los "escalextric", de los pasos elevados, de la desaparición de las "rondas" (recuerdo Francisco Silvela o Doctor Esquerdo como dos hermosos bulevares que recorría el tranvía y en cuyo centro se levantaban terrazas veraniegas y cenadores) y del asesinato de los tranvías. Dicho sea de paso, hemos de saludar que en los últimos años asistamos a la parcíal y muy tardía purga de aquel crimen por parte de ayuntamientos de la periferia, que están instalando, en las afueras, nuevas líneas de tranvías (modernos, funcionales, distintos).

Escribí en algún lugar hace ya bastantes años que "la memoria es la única ciudad en la que no nos sentimos forasteros".  Cierto: en la memoria viven quienes fuimos en sucesivos momentos y viven los olores, las sensaciones, los rincones urbanos en que amamos o sufrimos. Si nos sumergimos en la memoria con la palabra (con la literatura, con la poesía), podemos, en parte, recuperar los paisajes perdidos, los olores que desaparecieron, los seres queridos que nos dejaron. De ese convencimiento partí para recuperar y dar vida a ese tiempo de tranvías, amores en ciernes, antifranquismo heroico (aunque fueramos cobardes y asustadizos) y sueños inabarcables cuando, a finales de los años ochenta y principios de los noventa, escribí El lento adiós de los tranvías, mi tercera novela, y ocho o nueve años después, Los días de Eisenhower. Raras novelas de la memoria, de la peculiar formación de protagonistas que vivieron entre el miedo y la felicidad adolescencia y primera juventud, raras novelas en las que quedó parte de mi vida: ¿qué otra cosa puede ser la memoria sino parte esencial de la vida?


Hace siete años decidí revisar a fondo El lento adiós... En 2007 terminé ese trabajo. Pues bien, durante tan dilatada labor de relectura y corrección de la novela he podido constatar que los tranvías, en mi obra literaria, no son los seres inertes a los que más arriba me refería. Son seres vivos, cargados de emoción y de ventanas a la imaginación y a la memoria propia y de mis predecesores. Trastos metálicos que, todavía hoy, a punto de morir 2009, transportan a un niño que permanece incólume cuando abro el libro en su primitiva edición de Mondadori y comienzo a releer los capítulos que, en una etapa que recuerdo casi de éxtasis, de pasión literaria permanente, fui escribiendo mientras en Madrid tocaba a su fin la década de los ochenta, se agrietaba la movida y los noventa preludiaban un cambio de siglo tormentoso.

Así me refiero a los viejos tranvías en un fragmento de mi novela:
"Cuando tomó asiento y el tranvía iniciaba su marcha, Mario tuvo una sensación obtusa y amarga: aquellos cacharros, viejos compañeros de tantas travesías de la infancia, iniciaban un lento e irreversible adiós. Recordó que algo había leído en el periódico: aquellos habitantes de hierro, pintados de verde o de azul, engalanados con una publicidad en la que aún perduraban las huellas de los cincuenta, en la que la aspirina o el coñac, los grandes almacenes o el elixir equívoco, mezcla de salvación alcohólica y tonificante, se ofrecían como consuelo para sobrellevar una vida no por rutinaria menos difícil, aquel año habían comenzado, por oscuros intereses municipales, a ser pasto de la memoria, a dejar una maraña de vacíos en el paisaje urbano, a extender una sensación de orfandad en quienes, como él, habían hecho de sus asientos tronos pasajeros, de sus chirridos parte de la música y del signo de la hora. No de la hora abstracta, sino de la hora perfectamente precisa y cotidiana: la del viaje diario al trabajo, la del encuentro con los grandes almacenes o con las viejas librerías del casco antiguo, la de la visita al amigo o al pariente, la del amor, la de las huelgas imposibles, la del preámbulo de los partidos de fútbol del domingo o la hora última, en el filo de la madrugada, de los rezagados, de los borrachos o de las prostitutas, la hora llena de grietas de los mordidos por la soledad."

6 comentarios:

David Pérez Vega dijo...

Hola Manuel:

Me ha gustado este evocador texto, y te lo dice alguien que no conoció los tranvías de Madrid.
Sí he tenido esa sensación nostálgica, sin embargo, viajando en tranvía por Lisboa o Praga, ese visitar la ciudad desde un punto de vista pausado, ese entrar despacio y sentado en la intimidad de las viejas calles.

saludos

Lola Torres Bañuls dijo...

Me ha gustado mucho el texto, poético, totalmente poético. Me encanta. Lo he visto, he visto Madrid y todo ese recorrido por la memoria.
Que yo recuerde sólo he subido a un tranvía en Viena, una sola vez.
Pero de trenes tengo más experiencia, de larga distancia alguna vez he viajado y de cercanías todos los días. Incluso he escrito un poemario sobre los trenes. Ya por fin lo he terminado. Después de casi dos años.

Un saludo.

Manuel Rico dijo...

Lola y David:
El que no hayáis conocido el Madrid de los tranvías habla de vuestra juventud. La verdad es que, más allá de la nostalgia, cuando escribo sobre los tranvías suelo hacerlo lamentando el desmán urbanístico que se cometió en la última década del franquismo, entre mis 14 y mis 19 años. Es, también, una forma de mostrar mi deseo de que en un futuro se recobre ese medio de transporte.

En fin, gracias y un abrazo.

Elías Moro dijo...

Estimado Sr. Rico: absolutamente delicioso su texto sobre los tranvías. Yo también soy madrileño (del 59) y también tengo ese recuerdo de los tranvías.
Gracias por traernoslo de nuevo a la memoria.
Soy también el otro "tranviario de servicio" de la página de Cilleruelo. Desde el momento en que la descubrí, supe que tenía que pagar mi billete y viajar en ella. Y en el archivo que creé desde entonces, como esa cochera donde ese encerraban por las noches, conviven textos y fotografías que de cuando en cuando le envío a JAC para que los muestre en la página.


Un saludo agradecido.
Elías Moro

Manuel Rico dijo...

Gracias, Elías, por tu comentario. Al final, los devotos de los viejos tranvías acabamos encontrándonos en la blogosfera. Seguro que JAC ha encontrado en ti una fuente inagotable e inestimable de testimonios e imágenes.

Un abrazo.

R.A.B dijo...

Deliciosa diría yo esa primera paginita escrita en Times New Roman (parece), que da por preguntarse en qué soledad habrá quedado ese prota después de que le quitaran sus tranvías. Cómo sustituiría esos tranvías. Yo nunca los conocí, en Mar del Plata los hubo pero los quitaron en los '50, y antes de llegar a Madrid y siendo de una ciudad de provincia, sólo llegué a conocer los autobuses, el "cole", el "micro", y en su vertiente más lunfardística: el "bondi". Je. Yo soy de la generación del metro -subte-, y la verdad es que tanto unos como otros me invitan a meditar más que a leer. Pero cuando llego a casa y pienso en ese mundo que se cuece en el fragor del anonimato dentro de ciertos transportes, me da por escribir.
Beso :+