sábado, 14 de noviembre de 2009

Instantáneas: mi mirada hacia Delhi en cuatro tiempos

I
La imagen de cabecera que desde hace dos días abre el blog refleja los muros y arcos de la fachada exterior de la destruida mezquita Qwwat-ul-Islam, construida por Qutb-ud-din-Aybak, primer goberanante de la dinastía de los esclavos, en 1190. Forma parte del llamado complejo Qutb, un conjunto de edificios y monumentos situado en la ciudad de Delhi denominado Qutb Minar, que está considerado, desde 1993, Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Recién llegado a Delhi, lunes 9 de noviembre de calor tendente a la tormenta (que, por supuesto, no se desató), paseé buena parte de la "nueva ciudad" guiado por la jefa de estudios del Instituto Cervantes, Ana  Reguillo. Fue un recorrido un poco a contrarreloj (el tiempo era limitadísimo, apenas dos días más tarde, a primera hora, debía volver a Madrid), pero fructífero: visité lo esencial de Delhi. No sólo la mezquita y el perturbador (y mágico) conjunto de edificios que la rodean, incluido su minarete de piedra roja, sino la tumba de Humayun, paradigma de la arquitectura mogol, la Puerta de la India, un monumento del siglo XX dedicado a los caídos indios en la Primera Guerra Mundial o la mezquita sij Bangra Sahib, una maravilla de fachadas blancas y cúpulas doradas en cuyo interior tuve que cubrirme (con un viejo pañuelo rojo que debió utilizar para lo mismo una multitud, puesto que una vez usado se depositaba en un recipiente a la entrada para que los nuevos visitantes entraran, también, cubiertos) y descalzarme no sólo de zapatos, también de calcetines. Hasta aquí, la vertiente turísitica (por llamarlo de alguna manera) del viaje.

Después, a primera hora de la tarde, fue otro paseo: visitar alguna de las calles de la ciudad nueva, observar a la gente en plenas labores cotidianas, ya fuera en el barrido de las pocas aceras existentes ya fuera en plena siesta en cualquiera de los jardines que rodean, en esa zona de Delhi, las grandes y lujosas residencias de ciertas autoridades gubernamentales o de grandes empresarios privados. Nueva Delhi cubierta de densas arboledas, casi bosques, de amplísimas avenidas y de  nuevas e impecables arquitecturas que conviven con las levantadas durante el dominio (¿protectorado?) colonial británico. Es en el alejamiento de las rutas del turismo, en la inmersión en el mundo donde la ciudad (también la vieja) vive, donde uno recibe la más fidedigna noticia de un mundo sumergido... no en el agua, sino en la miseria, entre desperdicios. Nueva Delhi de  coches lujosos y coches de mediana gama y de coches humildes, desvencijados, en los que se mira el siglo XXI con mirada, todavía, del siglo XX --o del XIX, añado--; Nueva Delhi de diplomáticos y ejectutivos y tecnólogos, esa minoría absoluta que vive en una campana de cristal, de seguridad y de servicio, y Nueva Delhi de niños pidiendo, de viejos derribados en medio de la calle, de jóvenes deambulando entre las basuras.

II
Observad la fotografía bajo estas líneas.
La tomé ese mismo lunes, en una tienda/taller de restauración y venta de antigüedades al que me llevó mi "guía" en uno de los recesos de la tournè monumental. No olvidaré nunca el frescor que, un reverso casi inverosímil del calor de la calle, nos envolvió. Tampoco la mezcla de olores, una amalgama de barnices, hierbas medicinales, maderas de oriente y té, que nos acompañaron. Recorrimos el establecimiento, sumergido en un claroscuro acentuado por la tonalidad apenumbrada de lo antiguo, y observamos los viejos muebles, los jarrones, los cuadros y grabados de siglos anteriores, como si en ellos respiraran nuestros ancestros. Casi al fondo del local, cuando era visible el muro donde la tienda acababa, los vi. Y tomé la fotografía: tres artesanos trabajan, con una paciencia infinita, en la restauración de una vieja puerta (no sé si de un gran armario o de una casa). La fotografía, perdóneseme la inmodestia, está lograda. Tiene algo de pintura decimonónica, de óleo tamizado por una luz vencida e interior.
Ese lugar, donde unos hombres acostumbrados a tratar con las más ancestrales maderas ejercen su oficio y su sabiduría, es una de las islas en las que la India olvida una realidad dura en la que millones de seres humanos sobreviven a duras penas, se funden con un medio hostil, conviven con una naturaleza a veces exhuberante y a veces huera.

III
Sólo he permanecido tres días en la ciudad. He respirado los mil olores de un país mestizo, he contemplado los distintos espacios donde una ciudad de más de veinte millones de habitantes muestra sus abismos sociales, sus distintas realidades. Cierto que en tan corto espacio de tiempo, la visión que se puede tener de una ciudad de tales dimensiones es muy limitada. Pero sí me ha permitido, creo, captar la esencia, que no es otra que la convivencia de la opulencia más extrema con una pobreza y un hacinamiento difíciles de imaginar.
La fotografía de arriba está tomada no lejos de la sede del Cervantes. Un cartel de Telecom, tiendas abolidas y, enfrente, un montón de arena, otro de ladrillos, y una mujer y su hijo. Viven aquí, me dijo mi acompañante. Toda la familia, cuando el padre es contratado, se desplaza de alguna provincia, o de una ciudad de la periferia de Delhi y vive al lado de la zanja, o junto a los ladrillos, es decir, pasan a formar parte de ese paisaje roto, siempre inacabado, de las obras públicas con poco impulso público. Escenas como ésa, incluso más expresivas del abismo, habría de contemplarlas dos días más tarde, en la noche de la víspera del retorno, cuando, en compañía de Óscar Pujol, director del Crevantes de Delhi, nos internamos en las calles enrevesadas del Viejo Delhi. Es una ciudad que parece rendida a la decadencia. Una ciudad en la que sus edificios hablan de un esplendor antiguo (incluso los carteles visibles en los viejos escaparates anunciando negocios muertos, oficios desaparecidos de esa zona de la ciudad: "libros de medicina", "joyería", "librería") en la que vive una multitud en movimiento conviviendo con perros, con vacas esqueléticas, con carruajes inutilizados bajo un cielo sucio y bajo un universo de cables enlazados caóticamente, tendidos de una fachada a otra de las calles, colgando de los escasos balcones o de los canalones de las techumbres como amenazas o como polvorientas imágenes nacidas de algún cuadro de Viola. Familias enteras sentadas a la intemperie, comerciantes de alfombras, de ropas a precios de rupia, artesanos, niños de pedir, alguna mujer oculta bajo un buka o de recogida (el predominio de los hombres, al menos al anochecer, es absoluto en el Delhi viejo). Me vinieron a la memoria las medinas de Fez o Marrakech, pero tuve la certeza de que cuanto veía multiplicaba por diez, o por cien, las carencias observadas en la vida cotidiana de aquellos inmensos mercados marroquíes. En el ambiente, olía a incienso, a fritanga, a especias, a sudor, a humo de tabaco o de lo que fuera, y en las zonas no asfaltadas, había pequeños charcos oscuros, aguas residuales y un universo de basuras diversas (papeles, viejos envoltorios, cáscaras de naranja o de plátano, botellas rotas). Algo después de las nueve, cuando la noche caía sobre el viejo Delhi, decidimos volver al nuevo, al otro lado del contraste. Caminamos por una zona de soportales hacia donde nos aguardaban los coches. A un lado y a otro de nosotros, bajo los soportales, dormía una multitud de hombres (no había mujeres) tumbados en el suelo embutidos en ropas humildes, casi miserables, que parecían las mismas que alguna vez habíamos podido contemplar en viejos grabados de la Edad Media o del tiempo en que comenzaron a edificar el minarete de Qutb, allá en el siglo XII.

IV
Cuando regresamos al nuevo Delhi, mientras el taxi sorteaba hombres en bicicleta, pequeños taxis/motocarro pintados de amarillo y verde, motoristas apresurados y viandantes que nos miraban con la extraña lejanía de los indiferentes, yo pensaba en la literatura y en mis obsesiones. Pensaba que junto a hombres tumbados en el suelo, quién sabe si enfermos o dormidos, detrás de las familias hacinadas junto a una acera, más allá de las decenas de pobres que recibían un plato de sopa en la puerta de una mezquita, podían verse, a través de las ventanas de algunas casas miserables, enormes pantallas de plasma por las que asomaba una multitud de canales procedentes de los más diversos países (también de los más poderosos, de los de mejor nivel de vida) mostrando el bienestar inalcanzable. Desde hace años, no pocos críticos nos vienen diciendo que la literatura crítica dejó de tener sentido, que ahora se lleva lo fragmentario, lo postmoderno, si es posible infectado de sellos comerciales (alguien me contó, no hace mucho, que en unas jornadas celebradas en Sevilla, Fernández Mallo le dijo que ahora no tiene sentido decir "encendió un cigarrillo¨", que hay que decir "encendió un Marlboro", o la marca que sea). Yo miraba a través de la ventanilla del taxi hacia aquellos seres tendidos en las aceras, o tirando de carros del mismo modo que tiraban sus antepasados del siglo XIV, o XV, pensaba en los niños que, en uno de los mercadillos que había visitado a mediodía, me rodearon como en enejambre para que les diera una moneda, o un caramelo, o algo, y me preguntaba en qué tinta había bebida la pluma que alguna vez firmó el certificado de defunicón de la literatura crítica, reflexiva, orientada a entender el mundo y a ayudar a cambiarlo.

Pero pensé que pronto estaría en España, volvería en una cómoda aeronave a mi lugar de origen y podría seguir pensando cómodamente en el fin de la Historia de Fukuyama. No hay alternativa, nos dijo. La realidad no puede cambiarse. Menos aún, me dije, con la poesía o con la novela. Sin embargo, sí hay un sistema que no es fragmentario pese a las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación: el que permite la existencia de la miseria y condena a tres cuartas partes de la Humanidad a renunciar a cualquier horizonte de realización personal. O vital, simplemente.

Cierro esta entrada con una imagen algo más apacible: las columnas de la mezquita de Qutb. Columnas extrañas, el reverso de nuestras columnas románicas, o góticas, de los monasterios. Emergen de entre las ruinas de la vieja mezquita como homenajes a la capacidad de creación de los hombres. Como desafíos creativos a la ignominia de un mundo desigual, injusto.


9 comentarios:

Iconos dijo...

Desolador, amigo, el itinerario por los olores de Delhi. Cuando comencé a leer tu relato, empecé a pensar en cómo serían los aromas de India y tus palabras han superado mi curiosidad. Ahora sólo me queda preguntarte por los colores de Delhi, en busca de un poco de alegría. Un abrazo.

R.A.B dijo...

Pues a mí esa mezcla de maderas de oriente con té y barnices me puede resultar embriagador. Tengo proyectado un viaje a India, sólo que tendré que ir preparada. Dicen que el sumergimiento en el corazón del elefante puede ser demoledor. Y con ello transformador, claro.
Beso.

Manuel Rico dijo...

Los colores de Delhi son vivos, intensos, sobre todo en las zonas donde se venden los productos artesanales de quienes llegan de las más remotas regiones. Son vivos en la seda que cubre a las jóvenes indias, en su mirada luminosa. Vivos en los templos, en la ropa de las multitudes que los visitan.Y hay un verde dominante en la Delhi nueva, un verde de bosque y de grandes árboles. Sin embargo, los recuerdo (los colores) polvorientos, tamizados por el gris, en la ciudad vieja.
No sé si, al menos en la primera parte de este comentario, te traslado un poco de alegría.
Un abrazo.

Manuel Rico dijo...

Sí, Roxana, puede resultar embriagadora esa mezcla de olores a la que aludo. Para que ello sea así, creo yo, es necesario visitarla con más tiempo por delante, con la voluntad de adentrarte en sus rincones menos conocidos, en lo más profundo de unas crencias ancestrales. A mí no me ha sido posible. Tres días son un tiempo extremadamente corto.
Un abrazo.

Leo Zelada Grajeda dijo...

En tres días es imposible que tengas una impresión profunda de una ciudad.

Manuel Rico dijo...

Es obvio. No sólo de una ciudad como Delhi. Si me apuras, de cualquier ciudad. Incluso de la más pequeña. Sólo puedes tener una visión capilar. Aunque en ella haya signos de profundidades más o menos inquietantes (como la pobreza o la opulencia).
Bienvenido de nuevo a "Al margen".

Leo Zelada Grajeda dijo...

Gracias Manuel.
Aún así esta interesante tu visión de Delhi.

Saludos.

Anónimo dijo...

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Manuel Rico dijo...

Estimado Anónimo:
Supongo que el texto que has escrito es el enlace para alguna música, para un video o para alguna página web. No he podido acceder. Por tanto, no sé qué quieres decir con ello. Lo siento.

En todo caso, gracias y un abrazo.