sábado, 21 de noviembre de 2009

El primer libro: rastros de dos momentos inolvidables

En los últimos años he leído innumerables manuscritos. De poesía, también de novela y algún que otro ensayo. Los que más me han conmovido, siempre, han sido los de aquellos escritores (poetas o narradores) que ponían, directamente o con la mediación de una editorial (hablo de Bartleby Editores, con la que colaboro desde hace más de una década), en mis manos su primer libro. El depósito de ilusiones, de sueños, de miedos e incertidumbres que el autor entrega a quien, conferido de una rara autoridad (moral, editorial, literaria), recibe el manuscrito va más allá del texto que en él se contiene. El manuscrito del primer libro es una especie de recipiente donde vive un ser humano que se ha lanzado al juicio de los demás “casi desnudo, como los hijos de la mar”, que diría Machado.
Con ese acto, se inicia un proceso que sólo en ocasiones muy contadas culmina con éxito. Es decir, se traduce en un libro editado. Ante cada manuscrito de un poeta que se estrena suelo viajar con la memoria a mi experiencia de escritor primerizo que, al fin, encontró editor. Sí: porque todos fuimos escritores de un primer libro de igual modo que hemos sido protagonistas del primer amor, de la primera huida, del primer engaño...



Era un día de septiembre de 1980. Han pasado casi ¡¡30 años!! Era un libro de poesía en el que había depositado todas las expectativas del mundo, un libro que no he reeditado y que curiosamente, mantengo en stand by hasta tener tiempo y ánimo para revisarlo en profundidad y corregirlo: su título, Poco importa romper con las alondras . Recuerdo con viveza mi entrada en el sótano de Cruz Verde, la calle paralela a San Bernardo, no lejos de donde se instalaría durante años la Asamblea de Madrid y cerca de la mítica librería Fuentetaja, entonces gestionada por el no menos mítico Jesús Ayuso, donde tenía su sede Endymion. Allí,  rodeado de gatos -la editorial y su almacén eran asilo y hospital de cuanto felino encontraba Jesús en la calle-, trabajaba, casi vivía, el entrañable Jesús Moya, mi primer editor,  mi EDITOR. No estaba. Un ayudante me entregó el libro (no recuerdo cuántos ejemplares, quizá media docena), me dijo que Jesús me esperaba, para tomar un café y celebrar la novedad en su despacho del ICONA (entonces, mi editor era funcionario, sueldo del que esencialmente vivía, la editorial era una heroicidad como tantas de la época). Cogí los ejemplares y, con ellos bajo el brazo, salí a la calle dominado por una euforia irracional. Me dirigí a la estación de metro de San Bernardo combinando la relectura compulsiva y la atención al firme de la calle.


Jesús Ayuso
Casi de milagro, me vi sentado en uno de los bancos del andén con el libro abierto entre mis manos.  "Al fin puedo considerarme poeta: ya tengo libro", me dije. Olí sus páginas, las examiné de arriba abajo, de abajo arriba e inexplicablemente, encontré algunas erratas que, de inmediato, considerá pequeños dramas, agresiones contra la integridad de aquella gavilla de poemas que habría de probarme ante el mundo literario. Observé la portada, la miniatura de un magnífico grabado de Arcadio Blasco Cuando llegó el convoy, entré en uno de sus vagones sin abandonar aquella atención hacia el libro. Y seguí releyendo. Los poemas cobraban un sentido distinto al que tenían antes de mostrarse paginados y en letras de imprenta. Pensé en mi pade, muerto un año antes, que no conocería el libro, que se fue de este mundo dudando de la virtualidad de mis sueños literarios,  pensé en las interminables noches en vela en que había soñado con aquel pequeño volumen de poemas. Hice transbordo en Ópera y cuando salí del metro en Puerta de Toledo casi corrí hacia la sede de ICONA en busca del autor de aquel milagro. Aquel café con Jesús Moya cerca de aquel edificio de granito que aún sobrevive mirando de frente a la vieja Puerta de Toledo, fue la primera y última celebración de la novedad.
Con aquel poemario, casi nunca aludido en mis notas biográficas, mantengo una deuda: su corrección y reedición. ¿Llegaré a hacerlo?
 
Como si se tratara, otra vez de mi primer libro: así recibí, en una nave industrial perdida en medio del polígono Cobo Calleja, de Móstoles, el primer ejemplar de Mar de octubre, mi primera novela. Aunque la editorial Fundamentos tenía (tiene) su sede en Madrid, en la calle Caracas, muy cerca de Fernández de la Hoz, donde estaba entonces el edificio central de Comisiones Obreras, yo no pude esperar a que llegaran allí los ejemplares. Por eso, pregunté a Juan Serraller, su director y propietario, qué imprenta lo había editado, en qué almacenes se encontraba. h dio la dirección, cogí mi conche y salí de Madrid, carretera de Extremadura adelante, hacia la ciudad de Móstoles, un nucleo residencial hijo del desarrollismo franquista al que rodeaban extensos polígonos industriales. Allí, en los alrededores de Móstoles, en aquel polígono industrial bañado por la luz agrisada del atardecer, estaban la imprenta y el almacén con que trabajaba Fundamentos. Era en diciembre de 1989 y aunque tres años antes había publicado un nuevo libro de poemas, El vuelo liberado, tenía la sensación  de que aquella novela era mi primer libro "en serio", un libro "de verdad". Más de 200 páginas, una historia con un extraño crimen como telón de fondo, la vuelta a los paisajes costeros de los veranos de mi pubertad.... Recuerdo mi regreso a casa conduciendo el Citröen Visa que me acompañaría durante largos años, deteniéndome de vez en cuando para contemplar la portada desde distintas perspectivas, para releer el comienzo del relato, para contemplar mi foto en blanco y negro en la solapa. Era  un nuevo milagro. El que convertía tres años de trabajo, de incierto trabajo en un objeto maravilloso. Nunca olvidaré el tacto del papel, un tanto rugoso y de tono ahuesado, ni el tipo de letra, una Garamond de cuerpo 12 que invitaba a la lectura, ni la ilustración, que no sé de donde se sacó el diseñador, en la que aparecía una mujer muerta con un pueblo de pescadores al fondo y que recordaba la maravillosa novela de García Hortelano, Tormenta de verano. Fue una experiencia casi mágica cuyos efectos no culminarían hasta que un mes después compartí mesa y presentación con Jorge Martínez Reverte en la recién nacida bilbioteca regional de Madrid en la calle Azcona. 
 
Son dos recuerdos imborrables. Dos momentos irrepetibles. Que, curiosamente, vuelven a mi memoria con la intensidad de lo que nunca ha de olvidarse cada vez que un joven poeta, una incipiente narradora ilusionada o un escritor maduro, tardío e inédito me entrega su manuscrito. En la era de Internet, en el universo del blog y de las redes sociales, las decenas de jóvenes escritores inéditos que conozco viven con la misma zozobra, con una carga de ilusión inmensa, el momento mágico. El de recibir, en sus manos, ya editado, el primer libro. En papel, por supuesto. Quizá el sueño más deseado y que más difícilmente se cumple..


Cerámica de Arcadio Blasco

11 comentarios:

Iconos dijo...

Has ahondado en el baúl de tus recuerdos, Manuel, y nos has relatado dos momentos personales e íntimos del autor ante su obra impresa: el olor del papel, su tacto, el tipo de letra... casi me recuerda a la primera vez que se le ve la carita a un hijo. Pero ¿sólo sucede la primera vez? Cuando has publicado otros libros ¿es distinta esta sensación? Y ahora que recibes, lees y decides qué manuscritos traspasarán el pórtico de un sueño para convertirse en realidad ¿no temes equivocarte?. Tu comentario de hoy me ha avivado ciertas curiosidades. Quizá pregunto demasiado. Un saludo.

Pepo Paz Saz dijo...

Yo siempre lo digo: a mí me gustaría recuperar la inocencia del lector que se acerca a los libros como la primera vez, olvidar todo lo que he aprendido en estos años y poder recorrer, como antaño, los pasillos de las librerías con ese cosquilleo en la boca del estómago que ahora, por desgracia, se ha esfumado. Tener la responsabilidad de editar lo que otros escriben es una carga demasiado pesada. Agravarla con la obligatoriedad de que, además, el libro se venda "algo", una pequeña tortura. Compararlo con la primera vez que ves la cara de un hijo creo que exagerado, Ana: esto segundo está muy por encima. No hay duda. Aunque, luego, los unos y los otros nos acompañen ya para siempre. Pero son compañías bien distintas. Por ejemplo, los hijos no admiten relecturas y correcciones. Ni siquiera erratas.

Iconos dijo...

Me desvelas, Pepo, algunas de las preguntas que le hacía a Manuel y añades que no es comparable esa sensación con la de ver por primera vez la carita a tu hijo. Por eso decía yo "casi", aludiendo a la sorpresa y a la emoción que debe producir -lo ignoro, y por eso busco una emoción que pudiera ser similar- descubrir algo que forma parte de tí. Los hijos no admiten erratas, pero sí admiten correciones, aunque ese debate poco tenga que ver con la literatura. Un saludo.

Manuel Rico dijo...

Para Iconos:
Sí, Ana,hay algo similar a la primera vez que se le ve la carita a un hijo. Me preguntas si ocurre en otras ocasiones. No con la intensidad de la primera vez, pero sí ocurre. En el fondo, un nuevo libro, por muchos que hayas publicado antes, tiene algo de primer libro, de ceremonia inaugural (de un modo parecido, creo, a la forma en que se descubre la cara de hijos que no son el primero). Eso sí: cada libro es un mundo y el proceso que lleva al momento final es diferente. A veces, los miedos e incertidumbres son más intensos.

No, nunca temo equivocarme. Porque tiendo a valorsr ante todo la calidad. Otra cosa, como afirma Pepo, es su salida comercial...

No preguntas demasiado, no te preocupes.
Abrazos.

Manuel Rico dijo...

Para Pepo:
Yo vuelvo a vivir esa "primera vez" a la que te refieres cuando me llega la noticia de que acaba de aparecer un gran libro, o cuando por todos los lados funciona el boca a oreja, o cuando cualquiera de mis autores de cabecera publica nuevo libro. Incluso entro en un estado de ansiedad cuando lo anuncian y tarda en llegar a librerías. En casa me dicen que es una manía...

Los hijos, perdona Pepo, sí admiten correcciones. Y tachaduras en algunos casos. Y erratas. Y relecturas que, aveces, una realiza en compañía de ellos mismos: por ejemplo cuando, psada la adolescencia, evocas con ellos su infancia, o su forma de ver el mundo cuando eran más pequeños. En el fondo, los "relees". Pero, claro, no es lo mismo que con el primer libro.
Sigue luchando en el campo de la edición, esa pequeña tortura diaria en la que hay, también cierta felicidad.
Saludos.

Bartleby Editores. 1998-2008: Diez años creando lectores dijo...

Bueno, Manolo. Nunca te he oído hablar de tus libros con idéntico fervor (y orgullo) al que pones cuando lo haces de tus dos hijos. A eso me refería. Por mi parte, aunque la experiencia sea mínima en cuanto al tema de la publicación (o tal vez porque el publicar con regularidad en la prensa escrita de ámbito nacional rebaje el sentimiento), afirmo (con cierta solemnidad) que lo de ver a tu hijo por ver primera no se puede comparar con nada. Ni siquiera con ver por primera vez aquello que más amamos los que amamos la Literatura: un libro. Tu libro. Pepo

Manuel Rico dijo...

En efecto, Pepo. No se puede comparar con nada recibir en tus brazos el primer hijo, verle la cara, reconocerte en él. Por eso he dicho "hay algo similar". No todo, ni mucho menos. Supongo que Ana piensa más o menos lo mismo.

Insisto en lo de la corrección porque es consustancial a la vida. El concepto que tienes de tu hijo o de tu hija puede corregirse con el paso del tiempo, a la luz de nuevos descubrimientos sobre su vida, sobre su comportamiento fuera de casa, sobre su relación con el mundo. En fin, que estamos de acuerdo. Creo.

Un abrazo.

Iconos dijo...

Estamos de acuerdo (supongo). Por tanto: la sensación de tener el primer libro publicado en las manos podría parecerse a algo similar a lo que vives cuando ves, por primera vez, la carita de tu hijo... En definitiva: que debe ser una sensación especial, única, satisfactoria e irrepetible. Ánimo, aventureros, sin vuestro papel al frente de la edición, esa sensación se evaporaría. Abrazos.

Pepo Paz Saz dijo...

Bueno, insisto, para mí no han sido momentos comparables. Lo siento...

Manuel Rico dijo...

Para mí sí son comparables. Comparable es todo. Pero en la comparación se impone, sin lugar a dudas, el nacimiento de un hijo: las emociones, los pensamientos que acuden a tu cabeza, los sentimientos, comenzando por el amor, son irrepetibles. Pero en el nacimiento de un libro hay "algo similar", no idéntico ni equivalente, a todo eso. A notable distancia, claro.

Marisu dijo...

Estoy sorprendida de "ver" tus sentimientos tan al desnudo.También de cuanto se parecen, no solo los sentimientos, sino las actitudes ante el hecho y el ansia de poner nuestras manos sobre nuestros libros, primeros o segundos... tal vez ante cada uno, cuando se convierten en una realidad en papel.Cuanto se parecen a las emociones de cualquier autor o autora.Hasta las anécdotas...yo nunca fui a buscar mis escasos libros a un polígono, pero he acompañado a alguien en su impaciencia en un recorrido similar.
Cuando dejas ver tu interior así,quienes te apreciamos, te sentimos muy cerca.
Un abrazo.
María jesús.