sábado, 17 de octubre de 2009

UNA EXTRAÑA SEMANA EN 4 FOTOGRAFÍAS

La fotografía que, desde hace tres o cuatro días, ocupa la portada fue tomada, el pasado día 8, en Chicago. Con un teléfono móvil. Todavía impresionado por la ciudad y un día después de recibir el nuevo libro de Manolo Vilas, Aire nuestro (que reposa, a la espera de lectura, en mi mesa de trabajo y de la que confío escribir algunas líneas), me apresto a escribir una extraña crónica. Vayamos a ello.

I. En Lozoyuela
Los días transcurridos entre los pasados 3 y 12 de octubre, una semana larga, fueron para mí un período extraño. El 3 era sábado, un día otoñal luminoso que pasé en el valle del Lozoya, leyendo, intentando escribir, caminando y, por algún tiempo, ayudando a E. a limpiar el huerto en las primeras labores dirigidas a preparar la tierra para el invierno. Ese día, viajé a Lozoyuela a hacer unas compras e hice algo que desde que comencé la escritura de mi libro Por la sierra del agua a principios de 2001 había venido aplazando de modo inexplicable: fotografié, con el teléfono móvil (no llevaba cámara, pero pensé que debía aprovechar el lapsus de mi desmemoria) la vieja fábrica de harinas abandonada "San Vicente". Abajo podéis ver la fachada. Se trata de un edificio de 1935 que quién sabe cuándo dejó de cumplir con la función que, en un mosaico azul con letras blancas, se anuncia en el centro de su fachada de piedra.

La "Electro Harinera de Lozoyuela" es hoy un edificio muerto junto a la vía de servicio que discurre en paralelo a la Autovía del Norte o Nacional I. Es una arquitectura que nos habla de un tiempo de pequeñas industrias dando vida a pueblos que, en algunos productos, se autoabastecían, abastecían a la comarca e incluso llegaban a comercializarlos más allá de la provincia. Confieso que, en mis paseos por el campo y en mis viajes en busca de lugares escondidos y paisajes desconocidos siempre me han conmovido estas pequeñas ruinas industriales. No pocas veces, al final de un camino que nadie transita, detrás de una fila de álamos bordeando un río, al lado de una estación de ferrocarril en la que ya no paran los trenes, he tropezado con estos espectros que nada saben de la globalización, de Internet, de las tecnologías de la información y de la comunicación, en cuyo interior buscan refugio los vencejos y las avutardas, hacen el amor las jóvenes parejas al final de cualquier fiesta de verano o se protegen de la intemperie vagabundos y mendigos... Viejos molinos sin uso, antiguas fábricas de hielo, "fábricas de la luz" (como la que quedó a la vista hace un par de años cuando el embalse de Riosequillo fue vaciado para arreglar un problema técnico) que cubrían las necesidades de electricidad de dos o tres pueblos, aceiteras, fábricas de galletas o de chocolate, ingenios de una industria precaria, próxima, que dejaron de funcionar hace treinta, o cuarenta años. Son ruinas que me conmueven, que me inducen a pensar en cuántos seres humanos dejaron allí su esfuerzo, sus sueños, sus ilusiones y sus experiencias. Y que, como mudos participantes en una rara manifestación, parecen exigirme la realización de un proyecto de hace muchos años continuamente aplazado: hacer un amplio reportaje fotográfico con todas las "ruinas industriales" que sobreviven (es un decir) en las extensas zonas rurales de nuestro país. ¿No sería una hermosa experiencia?

Hice mías las ruinas de la harinera abandonada, paseé por las calles limítrofes con el campo del pequeño pueblo y volví al refugio, a vivir la noche otoñal en medio del valle del Lozoya.

II. En Chicago
Tes días después, razones laborales me llevaron al corazón de la ciudad mítica de la Norteamérica más norteña. Dicen de ella que es el paraíso de la arquitectura. Más allá de la circunstancia de haber unido su suerte a la de Madrid en su pretensión de ser ciudad olímpica en 2016; más allá de ser la ciudad en que nació, creció y se formó Obama, la imagen que yo tenía de Chicago era de doble cara. De un lado, el vanguardismo edificatorio, la belleza futurista de sus rascacielos, desde la torre Sears hasta el Hancock Center, pasando por la torre de Willis hasta el todavía irreal (es sólo un proyecto) Chicago Spire de Santiago Calatrava. Nombres de arquitectos irrepetibles como Frank Lloyd Wright, Bruce Graham o Fazlur Khan estrechamente vinculados a una ciudad imaginaria mezcla de las ciudades de ciencia ficción entrevistas en viejos tebeos de Superman o de Batman y la deshumanización tecnológica con que, en el tiempo de mi adolescencia, temíamos al siglo XXI. De otro lado, una ciudad que el cine ha vinculado a la Ley Seca, a la lucha entre bandas de gángsters por el control del comercio clandestino de alcohol en los años veinte del pasado siglo: una ciudad en la que, curiosamente, se afianzó una literatura de denuncia alrededor de la llamada Escuela de Chicago, de la poesía realista, directa, seca y emocionada de Carl Sandburg, tal y como refleja este fragmento del poema "Chicago":

Salchichería del mundo,
Fábrica de Útiles. Almacén de Trigo.
Juego de Vías Férreas. Tirada de Mercaderías de la Nación;
ciudad tempestad, enronquecida, vocinglera,
ciudad de anchas espaldas.
Me dicen que eres perversa y lo creo, porque he visto a
tus mujeres acicaladas bajo los reverberos esperando a
los mozos del campo.
Y me han dicho que eres canalla y yo respondo: Sí, es
cierto, yo he visto al hombre con revólver matar y
quedar libre para volver a matar.
Y me han dicho que eres brutal y yo respondo: Sobre el
rostro de tus mujeres y de tus niños he visto las señales
del hambre desenfrenado.

Habiendo contestado así me vuelvo aún una vez hacia
aquellos que desprecian esta ciudad, mi ciudad y les
devuelvo su desprecio y les digo:
mostradme otra ciudad que cante con la cabeza alta,
tan orgullosa de ser viva, robusta, fuerte y astuta.

Aunque estuve en esa ciudad sólo tres días, pude disfrutar, a lo largo de la mañana del 8 de octubre, de un largo paseo. Ya sé que así es difícil respirar y metabolizar la atmósfera de un lugar tan complejo y diverso en una mañana. Pero sí diré que me he traído la sensación de que se trata de una ciudad moderna, dinámica, innovadora, en la que el arte y la creación se respetan y valoran. También he de decir que sólo he podido ver un Chicago: el de la "city", el de los rascacielos, el de las orillas del lago Michigan, el Chicago blanco quizá. No el de los barrios deprimidos que se extienden en las afueras, no el que todavía guarda evidencias contemporáneas de las sevicias que cantara Sandburg.

Eso sí, visité el Hotel Intercontinental. Un hotel que se mantiene, perfectamente remozado y modernizado en todos los planos, igual que en los años treinta. Parte de ese sabor, de esa atmósfera de época, lo aporta la piscina, situada en la séptima planta, donde entrenó el Tarzán más genuino: Johnny Weissmuller. La sillas y las hamacas de mimbre, la decoración art decó, el colorido de sus azulejos, el azul ligeramente verdoso del agua.... Todo parecía detenido en los años 30.
III. Atardecer en el valle
El día 9, viernes, completé este itinerario casi surrealista. Dejé la urbe futurista, busqué el acogimiento del fin de semana en mi refugio del valle. En más de una ocasión he escrito acerca del valor que, para mí, tiene poder frecuentar un lugar con raíces, apegado a los sentimientos más hondos, donde la vida discurre con el pausado ritmo de las cosas que apenas se han alterado desde hace siglos.
Aproveché para cerrar el libro de poemas en que vengo trabajando desde hace 10 años, para caminar hasta el río, para recuperar el sabor de las realidades pequeñas y cercanas. Del paseo del atardecer quedó la fotografía que podéis ver arriba. Es como si los fresnos ardieran. Caprichos de la luz.

5 comentarios:

Iconos dijo...

Me gusta, Manuel, este juego fotográfico-literario que practicas en tus últimas entradas. Supongo que ha sido una semana extraña, en la que un día duermes en Chicago y casi al día siguiente desayunas junto a un fresno de la sierra madrileña, aunque estoy convencida de que estos enormes saltos geográficos que has practicado esta semana darán lugar a interesantes poemas y lecturas. Además, te animo a emprender -o continuar- ese recorrido por edificios industriales abandonados en los lugares más inesperados. Entre sus muros se anclaron historias y tú eres de los que saben escuchar a las piedras. Un abrazo.

Pepo Paz Saz dijo...

Tal vez sea otra casualidad, Manolo. Ayer por la noche dejé lista para publicar la siguiente entrada en mi blog. Y veo que andamos dándole vueltas otra vez a similares fantasmas. Siempre me llama la atención esa fábrica desahuciada, al pasar por El Molar (¿no está ahí?). Por cierto, en Olmedo (Valladolid) queda en pie otra impresionante...

Manuel Rico dijo...

Para Iconos: estoy seguro de que, como dices, estas experiencias viajeras un tanto atropelladas (aquí sólo doy cuenta de algunas, las que creo pueden interesar al lector) se traducirán en poemas y lecturas. Siempre la experiencia vital juega con el medio y largo plazo para convertirse en experiencia literaria. Gracias por tu ánimo para que rescate ese catálogo imaginario de edificios industriales en ruinas perdidos en los más inesperados parajes (a veces, por cierto, cerca de alguna ermita románica o gótica). Espero, en todo caso, dejar aquí alguna que otra fotografía antes de emprender el proyecto. Lo dicho: gracias.
Otro abrazo.

Manuel Rico dijo...

Para Pepo: no está en El Molar, está en Lozoyuela, pero perfectamente podría estar donde tú dices. Creo recordar que hay también una "fábrica de hielo", pero ahora no logro situarla. En todo caso, en la Castilla más profunda (en Soria, por ejemplo), he visto edificios parecidos que nunca llegué a fotografiar.... Visitaré tu blog para ver tu "fantasma".

dondirindon dijo...

Hola Manuel, tu blog es un espacio amigo, siempre rico y sugerente.
En la vega del Jarama, había una antigua fábrica de harinas, que pude conocer antes de que la acondicionaran para bodas...Es, sigue siendo un lugar muy hermoso, en la linde entre Torremocha y Uceda.Especialmente cuando los álamos "arden de luz otoñal".
A la antigua fábrica de harinas, iban los agricultores de la zona a moler su grano para cocer su pan y para que sus animales tuvieran harina de cebada en sus comidas...Otros tiempos, en que la gente no vivía con prisa y desasosiego, y se ayudaba a descargar,los sacos de trigo, porque si, porque eran conocidos sin más.
Abrazos y Gracias. Ner