martes, 22 de septiembre de 2009

Recuerdo de Donosti en mayo

La fotografía de portada es del pasado mes de mayo. La tomé de camino a la playa de Ondarreta, al este de la bahía de la Concha de Donosti-San Sebastián, el 23 de mayo pasado, un sábado de nubes y claros, de lluvias esporádicas y sol . Fue un sábado memorable, de largos paseos por una ciudad que se desperezaba del letargo del invierno y en la que varias orquestas, en una de las plazas ajardinadas colindantes con la playa, convertían la música en la voz plural que reivindicaba para la ciudad la capital europea de la cultura de 2009. E. y yo caminamos largamente por sus viejas calles, recorrimos la bahía de la Concha, la dejamos atrás y buscamos la otra playa, la menos conocida y cuyo nombre, para un madrileño crecido en la era del cine tiene algo de denominación de vieja sala de cine de sesión continua y programa doble: Ondarreta.

Pero más allá de ese paseo casi obligado, recuerdo nuestra entrega a la observación, al gozo lento y pausado del reconocimiento en una ciudad que sólo muy vagamente recordábamos de un otoño remoto de 1990 en el que tuve la fortuna de recibir el premio de poesía Ciudad de Irún y toda la lluvia del mundo. Cerca de la baranda que daba a la playa de la Concha, la vi. Una mujer sin nombre pintaba sobre una tela en la que, a carboncillo, había dibujado las piezas esenciales de lo que habría de ser el cuadro final. La mujer, visible en las fotos que ilustran esta entrada, viste con un suéter de lana de color negro, lleva pantalón vaquero, tiene el pelo rubio y despeinado y su rostro huye de la cámara, se refugia en la creación: un cuadro con flores en la base, con hojas de cinta y flores amarillas, con trozos de tierra y flores diminutas de color rosa, todo ello al pie de un grueso tronco que imita a la madera (quizá de roble, quién sabe si de encina o de ébano) y que se diversifica a través de varios pequeños troncos descendientes, pequeñas ramas amputadas.

Al fondo, todavía un carboncillo aguardando el color, el perfil bien preciso de un animal imaginario: el dragón de los cuentos. Durante un buen rato, E. y yo la observamos mientras pintaba. Y yo pensé en su anonimato, en que el único vínculo entre su labor artística y los deseos del espectador era un pequeño recipiente para recoger monedas, en que en ningún lugar pude leer su nombre. Hoy, casi cinco meses después de aquella experiencia, recobro la fotografía, evoco el momento e intento ponerme en la piel de aquella mujer, en la piel de tantos artistas anónimos o poco conocidos que desarrollan su trabajo a la intemperie. "Probablemente", me dije, "vive en un piso abuhardillado, tiene un par de gatos y una habitación con libros cuya ventana da al casco viejo de San Sebastián, tiene un amor que es amante y amigo y gusta de la música folk, sobre todo de la norteamericana, del cine de autor, europeo especialmente, de las novelas experimentales y de la poesía de la experiencia". Es posible que mis conjeturas nada tengan que ver con la realidad, que la mujer sin nombre (si lo tiene, ¡cuánto me gustaría conocerlo!) sea una persona muy conocida en la ciudad norteña, que durante la semana trabaja en un banco o en una compañía de seguros, que dedica los domingos a buscar ingresos extras pintando sus telas junto a la Concha y que tiene dos hijos pequeños que pasan las horas que ella dedica al arte al amparo de una madre o de una suegra como tantas otras.
Al pensar así no he podido sustraerme al recuerdo de una magistral novela: Carta de una desconocida, de Stefan Zweig. Más que de la protagonista de ese libro, de buena parte de los personajes femeninos de Zweig, siempre protegiendo un espacio oculto, íntimo, que escapa a las convenciones (en Veinticuatro horas de la vida de una mujer, por ejemplo), que vive en lugares no visibles para el común de los mortales.
¿Quién no ha fantaseado ante una presencia parecida? ¿Quién no ha vivido la tentación de inventar una vida para cada personaje entrevisto no en una playa de un mayo lluvioso como es el caso, sino en el metro o en el autobús, en el ferrocarril de cercanías, en la terraza de un bar sin nombre?
Ahí os dejo estas líneas inspiradas por la mujer sin nombre y (casi) sin rostro. Allí quedó, detenida en el domingo de mayo y lluvia, volcada en su obra plástica, mientras no pocos viandantes la observaban: unos de paso, otros, como yo, dedicando largos minutos a contemplarla, a dejarse cautivar por su destreza, por la magia extraña de un paisaje idílico, irreal (más irreal aún en una Euskadi tan marcada por la violencia) con dragón al fondo.








6 comentarios:

Iconos dijo...

Es inevitable que te salga la imaginación narrativa, la construcción de un personaje, incluso cuando estás dando un paseo con E. por cualquier lugar. Es un divertido ejercicio gimnástico para la imaginación que, como apuntas, se puede practicar en el metro, en un atasco o en la caja de un supermercado. A mí me ha sucedido últimamente no con una persona, sino con una enigmática inscripción que se encuentra en la iglesia de San Justo de Segovia. El pintor, que nunca acabó el mural, escribió sobre el yeso: "non poteo facere pinture". A partir de sus trazos, mi imaginación vuela entre mil historias.. Un abrazo.

Gabriel Ramírez dijo...

Manuel, me pregunto hace mucho tiempo por qué me acerco a este blog, por qué me gusta tanto echar un vistazo. Ayer hice una prueba. Invité a mi hijo Gonzalo (15 años, adolescente y, por tanto, bomba hormonal a punto de explotar y mente colocada en lugares extraños) a que leyera tu última entrada. Cuando terminó se quedó pensando. Y me dijo: "Los escritores siempre estáis con la mism canción en la cabeza". Y es por eso. Este blog está lleno de oficio, de literatura. Uno se acerca y recuerda que las cosas son así aunque nos muestren otra cosa y traten (algunos) de convertir esto en "mundillo literario" sólo.
Pues eso.

Manuel Rico dijo...

Para Iconos:
Una inscripción como la que describes (te extiendes algo más en tu blog) es una invitación a fantasear, sin duda. Pero es también la evidencia de una imposibilidad, o de una impotencia: el mural, como tantas historias reales del presente o de un pasado no muy lejano, quedó incompleto... También es una llamada a los investigadores/historiadores: ¿qué ocurrió realmente? Apasionante labor. La mujer de mi fotografía es un ser de carne y hueso, real aunque sin rostro. Una puerta a la imaginación, por supuesto. Pero también una invitación a que, si lee mi entrada (ella, o algún amigo), se identifique o dé señales de vida.... Si así fuera estaríamos ante una novela en la realidad: como mi "Verano". En el fondo, espero que dé señales de vida.
Abrazos.

Manuel Rico dijo...

Para Gabriel:
Una idea magnífica invitar a tu hijo a leer este blog. A veces, los escritores tenemos que probarnos en la lectura que de nuestros textos hacen las generaciones que vienen detrás. Una de mis obsesiones, cuando escribo novela o poesía, es no desengancharme de quienes tienen ahora la edad de mis hijos, por ejemplo (19 y 25 años, qué barbaridad). O enlazar con los que empiezan a leer. Supongo que a ti te ocurre algo parecido.
En conclusión: aparte de decirte que siempre estamos con la misma canción en la cabeza, ¿te contó si le interesó? La respuesta a esa pregunta me parece esencial.

Un fuerte abrazo.

Gabriel Ramírez dijo...

Manuel: Los adolescentes nunca dan una opinión que pueda servir a sus padres de referencia :)
La buena noticia es que esta tarde, al llegar a casa, en la pantalla de mi ordenador se veía una entrada antigua de tu blog. Andaba por allí Gonzalo y le he preguntado cómo podía ser: "Quería saber qué cosas os decís entre vosotros. Nada más". Así que la cosa puede estar funcionando. Te mantendré informado.

cambalache dijo...

Muchas gracias por tu mensaje. Un abrazo amigo Rich. Germán