domingo, 27 de septiembre de 2009

La mujer de blanco

Obsérvese la fotografía que reproduzco bajo estas líneas. Está tomada, con un teléfono móvil, hace apenas dos días, en la zona cristiana y barroca de la mezquita-catedral de Córdoba. Alguien, a mi lado, me señaló a la mujer de blanco, una mujer de edad indefinida que había decidido descansar sobre una silla metálica de tijera, al pie de la estatua de un santo cuyo nombre ignoro. "Ahí tienes una fotografía magnífica", me dijo quien me advirtió de su presencia.

Autor de la fotografía: Manuel Rico
De inmediato me di cuenta de que mi interlocutor tenía razón. Allí había una fotografía cargada de sugerencias, de pasadizos a la imaginación. Lo que no supe en aquel momento es el modo en que la mujer iba a quedar atrapada en una foto realizada, con una luz precaria, en el interior de la mezquita. Lo supe más tarde, al contemplar el resultado en la pantalla del ordenador. La instantánea puede perfectamente ser identificada con un cuadro, con una obra plástica: con una pintura. Es la luz de la mezquita en la mañana de septiembre, es una cierta incapacidad del teléfono móvil (no es una cámara con todas sus capacidades y posibilidades) para aportar la nitidez que los documentos gráficos requieren, es la rapidez con que tuve que actuar para evitar que la mujer de blanco se levantara y abandonara aquel lugar, es una cierta difuminación de los contornos de personas y objetos, de la propia mujer que concentra la atención del que mira, es una sutilísima tendencia hacia el impresionismo.
Y ahí está, como fugada de una instantánea ocurrida a finales del siglo XIX, o en las primeras décadas del XX. Es una mujer que puede ser de cierta edad pero que, sin embargo, no ha renunciado a la coquetería, a mostrar un sentido del gusto en la ropa que la sitúa fuera del tiempo. La pamela, el traje blanco, el bolso, la disposición de la mano izquierda, la cabeza, medio inclinada, en un gesto en el que se mezclan la curiosidad y el cansancio. La imaginamos sola, independiente, quizá esperando a un acompañante que le ha dicho que aguarde y repose un rato, que no tardará en volver. Quizá tenga hijos (y nietos tal vez) que viven, como ella, en una ciudad alejada de Córdoba, muy al norte, en Europa tal vez, en tierras de mucho verde y mucha lluvia, quizá guarde para sí una historia de dedicaciones artísticas (por el porte, no parece descabellado imaginarlo), o de maestra, y una vocación cosmopolita e ilustrada vivida al margen de los valores más bien conservadores de su hipotética generación. Podría ser inglesa, o irlandesa, con un porte como el que quizá hubiera mostrado, en una situación parecida, Virgina Woolf.

No sería inverosímil pensar en un personaje de alguno de los cuentos de Isak Dinesen, la autora danesa de Memorias de África, o en alguna de las damas ya maduras que, en los jardines de algún lugar de la América sureña de las novelas de William Faulkner, se sienta a meditar sobre el final de la juventud propia y ajena, sobre amores perdidos y sueños imposibles.

En el cuadro (en la fotografía de arriba, quiero decir), la mujer de blanco está en el centro. Su traje, su pamela, incluso sus zapatos de color ahuesado, o crema, contrastan con los tonos asalmonados del mármol. También con el gris oscuro de los zócalos. Pero, sobre todo, contrasta su actitud entre reconcentrada y vencida, como a la espera, con la de quienes la rodean: todos hacen algo. Escuchan, quizá, a un guía, contemplan las bóvedas o el artesonado del techo o intentan comunicarse por un teléfono móvil con parientes o amigos. Sólo ella parece vivir en un lugar al margen. Tan al margen que no se da cuenta de que alguien, entre los visitantes de la mezquita cordobesa, esta desatándola del tiempo (como a los niños del poema "Plaza de Santa Ana" de DJJ) con la precaria lente de un teléfono móvil.

En el exterior de la escena, discurría el bullicio del sábado dentro de un templo en el que el tiempo, también, se ha detenido: como si prolongara su respiración del siglo XII, o XIII una ciudad que fue ejemplo de convivencia de razas, religiones y filosofías, la mezquita nos ofrecía su mestizaje de piedra entre cristianismo e islam: su metáfora, sustentada en un bosque de columnas y capiteles que imitan a las palmeras del norte de África, del diálogo entre civilizaciones y culturas.

Y en un espacio lateral, cansada y meditabunda, parecía aguardarnos una mujer de blanco, con bolso y con pamela, de la que todo ignoramos. Salvo aquello que queramos imaginar.

A cambio de traer su imagen a este blog, me permito, aun a riesgo de bordear la cursilería, una licencia de otro tiempo: dejó aquí, para ella, una rosa como muestra de agradecimiento. Es una fotografía que realicé la pasada primavera en mi refugio en el valle del Lozoya.

5 comentarios:

Roxana A. Basso dijo...

Pues si coges el photoshop y recortas la imagen alrededor de la dama de blanco, a primera vista casi se diría o podría confundirse con un Renoir o un Monet de nuestra era, jeje... Si tiene un aire impresionista, con las pintadas arrancadas detrás (o eso parecen) y la pose de la dama en cuestión, forman un conjunto de lo más evocativo. ¿Con qué modelo de móvil se tomó? :D (vamos, que era un chiste, pero en cuanto la vi un poco que dudé de lo que veían mis ojos). Sorpresas de la tecnología.

Iconos dijo...

Captaste la luz y la convertiste en un poema visual, Manuel. Atrapaste el instante en que esa elegante mujer perdía la vista a su alrededor, dejando descansar la mirada. Mejor que lo diga Gimferrer:
"Algo más que el don de síntesis:
ver en la luz el tránsito de la luz".
Un abrazo.

Manuel Rico dijo...

Para Roxana:
El primer sorprendido fui yo. El teléfono es de una marca bastante habitual y conocida (prefiero no hacer publicidad en espacios no reservados para ello)de pantalla tactil. Pero ya ves, a veces la tecnología más sofisticada se rebela y busca los caminos del arte. Algo que, sin duda, se agradece. Un abrazo.

Para Iconos: Buena metáfora. La tuya describiendo la transformación de la imagen, quiero decir. Y la de Gimferrer también, por supuesto, aunque más abstracta: luz sin seres humanos de poe medio. Un abrazo también.

Manuel Rico dijo...

Por cierto, Roxana. Lo que hay detrás de la mujer de blanco no son "pintadas arrancadas". Es el mármol, que en la zona tiene una "mancha" de color blanco que hace contraste frente al salmón predominante. Hasta en eso la foto es mágica: ¿no parece el reflejo de la vestimenta de la mujer?

Roxana A. Basso dijo...

Sabía que me lo destacarías :D es que lo vi después. Mi tendencia a ver todas las imágenes en abstracto hace que en ocasiones mi imaginación vuele y el procesamiento de datos dé error :D. En fin, que más que pintada o mármol parece espejo. Eso es lo bonito de ver una imagen fractalmente.
:)