viernes, 14 de agosto de 2009

De mis visitas y paseos por Soria

Respirar el aire que respiró Machado
Abajo, a la izquierda podéis verm en una fotografía en el aula del Instituto de Soria en que Antonio Machado enseñó durante los años en que vivió en la ciudad . La fotografía es de algún día de finales de julio de 2008, en uno de los escasos momentos "fuera de agenda" de las jornadas celebradas con motivo de la reunión anual de los directores del Instituto Cervantes.
Algunos meses antes, quizá en el otoño de 2007, me invitaron a participar en el centenerario de la presencia del gran poeta sevillano en la ciudad. Recuerdo que llevé el texto de mi intervención (sobre el paisaje en la poesía de Antonio Machado) sin acabar del todo, pendiente sólo de algunas correcciones. Pedí a los organizadores del encuentro un ordenador y una impresora para poder dar los últimos toques al texto y, cuál no sería mi sorpresa y mi enorme alegría cuando me dijeron que en el instituto en que fuera profesor Antonio Machado, en el despacho de su director, podría trabajar el tiempo que quisiera con su ordenador. Acudí al viejo (y magníficamente cuidado y adaptado a la nueva realidad) instituto. Récorrí sus pasillos, imaginé a don Antonio, el don Antonio enamorado de una Leonor casi niña ("soñe que tú me llevabas / por una blanca vereda / en medio de un campo verde / hacia el azul de las sierras...."), respiré ese olor característico de los institutos, olor a adolescencia y a sueños sin cumplir, a tiza, a primeros after shave y a perfumes hurtados a la madre, a sudor y a incertidumbre, viví, durante algunos minutos, esa extraña experiencia que nos hace sentirnos orgullosos por habitar el espacio cotidiano de quien ha marcado la educación sentimental de generaciones, y supe que profesores y alumnos del instittuto, en colaboración con otras instituciones, habían elaborado un hermosísimo documental sobre la presencia del sevillano en aquellos parajes titulado Machado, última memoria que podéis ver pinchando en la imagen.
Un documental que no hace sino embellecerse si después vemos el que elaboraron las asociaciones de comerciantes de Soria (El viento acaricia la superficie del agua, pinchad a la derecha) con textos del poeta (Nota: en ambos casos aconsejo, una vez en el video, pulsar la ventanita inferior para verlos en alta definición: iHD).
Recuerdo que, caminando por los pasillos del instituto, asomándome a las aulas, evoqué mis días de estudiante de bachiller, mis noches en vela leyendo, en la edición de Austral, su poesía completa, mis primeros escarceos amorosos y el regalo de mi padre cuando aprobé la reválida de sexto: el LP con que Serrat homenajeó al poeta profesor. Después, ya en abril de 2009, regresé con motivo de la Feria del Libro, a leer poemas junto a Amalia Iglesias en el casino del Círculo de la Amistad, un lugar que parece detenido en el tiempo, en los días machadianos: unos salones de oscuro frescor, de mobiliario de maderas nobles, de tertulianos que parecen vivir al margen de la urgencia que preside este siglo.... Dejé la Feria de Libro y, lamentándolo mucho, viajé de nuevo a mi vida cotidiana en Madrid.

Ruinas que testifican
Pero a Soria siempre se vuelve (al menos a mí me ocurre). Y lo hice a mediados del pasado mes de julio. Fue un viaje de un día, a participar en el jurado que decide la beca Antonio Machado para un poeta extranjero: seis meses de residencia en esa ciudad para desarrollar un proyecto y escribir un libro. Pero no es la beca, ni las deliberaciones del jurado lo que quiero destacar. Es mi paseo por la ciudad bajo un sol de justicia. Es la visita a la exposición "Las edades del hombre" , ubicada en la concatedral de San Pedro para contemplar, sorprendido, el cúmulo de pequeños y menos pequeños tesoros rescatados de templos abandonados, iglesias en ruinas y ermitas perdidas en pueblos remotos, en muchos casos deshabitados, de la provincia.

Una visita guiada como un viaje en el tiempo que tuvo su colofón al poco de abandonar la muestra. Un colofón con una dimensión arquitectónica llena de significados y con una reflexión algo melancólica: me refiero a las ruinas de la Iglesia de San Nicolás en medio del casco urbano. Rodeado de bloques de viviendas, el templo románico muesta su esqueleto, los vestigios, en forma de muros y arcos y restos de bóvedas, de lo que fue una esplendorosa iglesia construida entre los siglos XII y XIII. Se encontraba entre las primitivas parroquias de Alfonso X y todavía conserva algún resto (atenta, Iconos, quizá ahí tengas material para tus creaciones) de pinturas murales sobre el asesinato de Santo Tomas de Canterbury.

Pero lo que más me impresionó, tal y como podéis ver en las dos fotografías que hice con el teléfono y que reproduzco, es el acoso al que las ruinas parecen sometidas. En la foto de arriba, se puede ver cómo la fachada con balcones de una construcción reciente casi roza la piedra de la iglesia. Y en la de abajo, el bloque aparece a la izquierda.
Es como si dos mundos, dos tiempos, dos realidades, una abolida y muerta, otra presenta y tratando de afirmarse, pugnaran bajo el cielo azul y veraniego de la Soria más honda.

Lamenté que mi visita sólo durara un día. Un lamento que suele ser frecuente cuando visito pequeñas ciudades en las que todavía se respira la calma de otro tiempo. Soñar con una temporada entre los viejos muros de sus edificios, con lentos paseos por la orilla del Duero bajo los álamos del camino que lleva a San Saturio, sentarse a escribir en el viejo Casino o en cualquiera de sus cafés o terrazas, escuchar las campanadas del reloj de la Audiencia con su dulce y cálida parsimonia, escaparme por un día a los bosques y valles del Moncayo... Sé que es el sueño imposible de quienes, en este siglo XXI de agitación, globalización y mutación tecnológica estamos comprometidos con apuntar, en la literatura, un mundo mejor, más igualitario. Pero, ¿no es acaso una metáfora del mundo utópico que perseguimos ese sueño de una ciudad a la medida del hombre, en la que la prisa esté desterrada y el trabajo se ajuste a nuestras necesidades y no al revés? Soria, la Soria de mis lecturas machadianas de infancia (también de Gerardo Diego, aunque éste fue después), seguirá siendo un lugar recurrente de mis viajes. Estoy completamente seguro.

2 comentarios:

Raquel dijo...

En un viaje a Baeza tuve dos momentos machadianos muy similares al tuyo. Uno, en el aula del instituto de Baeza donde impartió sus clases, y el otro, frente a la pintura de San Cristobalón, donde habían colgado una tabla o algo similar con el poemilla de Machado:

Desde mi ventana,
¡campo de Baeza,
a la luna clara!
¡ Montes de Cazorla,
Aznaitín y Mágina!
¡ De luna y de piedra
también los cachorros
de Sierra Morena!

Sobre el olivar,
Se vio a la lechuza
Volar y volar.
Campo, campo, campo.
Entre los olivos,
los cortijos blancos.
Y la encina negra,
a medio camino
de Úbeda a Baeza.

Por un ventanal,
entró la lechuza
en la catedral.
San Cristobalón
la quiso espantar,
al ver que bebía
del velón de aceite
de Santa María.
La Virgen habló:
dejalá que beba
San Cristobalón.
Sobre el olivar,
se vio a la lechuza
volar y volar.

A Santa María
un ramito verde
Volando traía.
¡Campo de Baeza,
soñaré contigo
cuando no te vea!

Y es que siempre emociona recorrer los pasos del poeta.

Manuel Rico dijo...

Bonito comentario, Raquel. Vivimos vidas distintas, pero siempre hay alguna experiencia que, por alguna razón, se cruza con la vivida por otro o por otra. Este es el caso. Baeza, como Soria, fue una de las patrias de Machado.
Un abrazo