martes, 4 de agosto de 2009

Diez años de vida para un libro de poemas: "Ciudad adentro"

E., en una cena en Fez (Marruecos) 
Ciudad adentro es el título provisional de mi nuevo libro de poemas. Un libro que cobró forma a finales de 2007, cuando contemplé en perspectiva los poemas que venía acumulando desde mucho tiempo atrás. En concreto, desde principios del año 2000. Es decir, el libro habrá tardado en hacerse nueve años, casi una década. Digo bien: hacerse. Es verdad que lo he escrito yo. Que, como todo libro, debe su hechura, su música, su telón de fondo, el lenguaje que lo modela, al poeta. Es decir, soy plenamente consciente de que el libro es mío. Pero sé, también, que ha crecido de manera autónoma, que una fuerza interior no explicable ha ido impulsándome, cada cierto tiempo, a perfilar nuevos poemas, borradores, apuntes y versos a los que he sometido a correcciones sin número, a sucesivas aproximaciones, todo ello sin conciencia de que unos y otras eran piezas de lo que pasado el tiempo sería un nuevo libro.

Sólo me queda, para darlo por concluido, terminar cuatro poemas, alguno de ellos iniciado hace cinco o seis años. Cuando ello ocurra (previsiblemente este verano), sus poemas, formando parte de la lógica interna que, al menos en mi caso, determina el contenido del libro, volarán sin ayuda: o con la del editor y, si se tercia, la del crítico. Diez años de escritura en los que la Historia (la colectiva) y mi historia (la íntima) han vivido sensibles transformaciones. En el año de los primeros versos de Ciudad adentro se produjo el 11-S, el terror se precipitó sobre las Torres Gemelas y dejó varios miles de muertos. El mundo entró en una pendiente marcada por Bush y los neocon que tendría algunos nombres propios todavía clavados en la piel más sensible de la Humanidad: Afganistán, Guantánamo, Irak, bombardeos indiscriminados, Gaza o Beirut. Tras esos nombres, seres humanos, hombres, mujeres y niños viviendo la pavorosa suerte de las víctimas. Entonces, la opulencia y el despilfarro guiaban a los gurús de la eocnomía. Al final de la década que ha engendrado mi libro, el mundo parece enfilar otro sendero: crisis económica que pone en cuestión las teorías neocon; Obama trabaja por una concepción del mundo distante de la de Bush: poíticas sociales, policentrismo, negociación y paz son los nuevos paradigmas.
Conocí nuevos paisajes y visité ruinas que son testimonio mudo de una memoria colectiva que se pretende enterrar: barracones de presos olvidados, campos de concentración y destacamentos penales en Garganta, en Soto del Real, en Bustarviejo. Como las que aparecen, abajo, en las fotos de nuestra visita, con María José, Beki, Elena y otras compañeras cervantinas.

Hasta aquí, en pinceladas, la Historia (colectiva). Su vibración, su pálpito más hondo están, creo, entre los versos que han ido sumándose, lentamente, al libro.


Pero -antes lo dije-, también está mi historia. Diez años que han marcado mi vida y que han dejado su sello (a veces no reconocible, pero no por ello menos presente) en mis poemas: tenía 46 años, tengo diez más. Mis hijos dejaron de ser niños. El amor, mi amor de siempre, maduró entre contradicciones, se adensó y serenó. Cambié de trabajos (de la Asamblea de Madrid y del barrio amado de Vallecas, al Instituto Cervantes y al centro de una ciudad caótica pasando por RTVE y por el mitificado Prado del Rey) y los cambios apenas dejaron huella en mi literatura. Tampoco en mis versos. Publiqué cuatro novelas (casi todas, iniciadas en los años 90), hechas con mi memoria y con mis sombras y mis luces y mis emociones, un ensayo sobre la poesía de Vázquez Montalbán, dos novelas cortas, un libro de viajes (sus títulos y editoriales pueden verse en la columna derecha de este blog) y dos de poemas, uno escrito a principios de los 90, el otro iniciado a mediados de la misma década. Y una antología: los cien poemas de Monólogo del entreacto. Es decir: he dado a la imprenta vida convertida en lenguaje. Y mientras eso, ocurría, crecía lentamente Ciudad adentro.


Crecía con Esperanza y los amigos más cercanos. Con mis hijos Malva y José Manuel, que tembién crecían. Crecía en los paseos por los barrios, en pie o desaparecidos, en los que alguna vez dejé o experimenté alegrías, tristezas, miedos. Crecía en las músicas amadas, casi siempre adheridas a momentos irrepetibles. Crecía con Serrat y sus canciones. Con las lecturas de la década y con los viajes. Con mi memoria y con la de todos. Con las polémicas sobre poesía y conciencia y con los acuerdos sobre poesía y conciencia. Con los poetas amigos en cenas memorables (Félix, Manolo -te me moriste tan temprano, amigo y camarada-, Juan Gelman, Pepe, que también se me fue en la década, Paca, Diego Jesús, Antonio y Antonio (Sarrión), Juan Carlos, Lupe, Marta, Aleja, Julieta....). Con Pepo, narrador por descubrir, y con la hermosa y emocionante historia de Bartleby Editores. Con Muga y con Beatriz Bejarano (compartida devoción por Niall Williams, a quien nos tradujo) y Pablo y María José, con mis paseos en autobús, mis viajes en metro o en tren de cercanías. Crecía mientras mis barrios de adolescencia desaparecían. Mientras el dolor punzante por la muerte de los padres se convertía en dolor apaciguado pero no menos hondo y en poema. Crecía con las nuevas experiencias laborales, Carmen (Caffarel), Mario, Luis Carlos, Iñaki, Águeda, Miguel... Con las charlas y lecturas de poemas en los lugares más insólitos (CEPA de Entrevías, recuerdo de Gema Olivares y su gente, Torrelaguna y su bibliotecaria, Nuria García Aranda). Con la lectura de manuscritos y el descubrimiento de poetas nuevos. Con el rescate imprescindible de nombres como Haroldo Conti, o José Donoso, o Angelina Gatell, o con el esfuerzo por dar a conocer poetas (Pepo, fuiste decisivo) no conocidos en España o poemas de narradores indiscutibles de la literatura universal (Faulkner, Handke, Grass, Carver). Es decir: con amor por lo bien hecho. Por la literatura y por la poesía. También por la política como arte noble de lo colectivo.




Así, con el cemento imprescindible de los momentos más íntimos (la tarde en un café, un paseo por el fresnedal junto al refugio del valle, miles de almuerzos con E., hipocondrias varias, ferias de libro, lecturas imprescindibles e inolvidables) y con lenguaje se ha venido haciendo el libro que concluyo: Ciudad adentro. Un libro-poema compuesto de poemas.

Todo lo hasta aquí escrito no hace sino confirmarme en dos ideas expuestas en el prólogo a mi antología (por cierto, Marta, gracias infinitas por tu hermosísimo estudio preliminar): concibo la poesía como una amalgama entre conciencia crítica y lenguaje revelador. Y como una materia artística hecha de memoria. Íntima y colectiva. Eso es todo. Por hoy.

3 comentarios:

Roxana A. Basso dijo...

Ernesto Sábato decía -muy sabiamente, como todo lo del maestro, aunque por mi tierra haya quienes todavía le defenestren-, que en algún momento los personajes de un libro cobran vida propia, y es entonces cuando el escritor se queda como a la intempérie, y no queda más remedio que seguirles. Habla de ello en términos metafísicos, y yo que lo leí hace más de 20 años, me acuerdo que por entonces me quedé flipada...

Flipas hasta que compruebas que es verdad.

A ver cuando sale del horno tu pastel.
Besazo.

Manuel Rico dijo...

Cierto: los personajes, al cabo de unas cuantas páginas de escritura, cobran vida propia y determinan el curso del argumento. Y... ¡pobre de la novela que se haga en contra de sus deseos y aspiraciones!

Espero sacarlo del horno antes de que acabe agosto. Después le daré una revisión y lo demás depende del editor o de la editora. Igual tienes antes en al calle tu libro.
De lo cual me alegraré infinito.

Un abrazo.

Manuel Rico dijo...

Fe de errata:

Donde digo "al calle" quise decir "la calle".

Duendes del teclado.