lunes, 31 de agosto de 2009

De las nieblas del norte a Blas de Otero

Un corto y hermoso viaje
Recién llegado de la Galicia más nororiental y de la Asturias más noroccidental (es decir, de las tierras que bañan, por un decreto ancestral dictado por la naturaleza, el río Eo y el mar Cantábrico), compruebo que, en Babelia del pasado sábado, aparece mi artículo sobre el libro inédito de Blas de Otero. Pero antes de entrar en su contenido (e ir más allá), quiero trasladar a los lectores de Al margen mi experiencia de poco menos de una semana en el norte. Aunque ligera, he vivido la lluvia en agosto, he recorrido una costa a la que llegan, digámoslo con palabras de Luis Goytisolo, "los verdes de mayo hasta el mar", y he podido perderme, con E. por lugares de un interior hecho de bosques inabarcables, de pequeñas aldeas perdidas (pese a Google, los GPS y el satélite) y de reductos, como Taramundi, en los que sentó sus reales, hace décadas, el hoy llamado turismo rural en medio de la comarca de Los Oscos. Si, como es mi caso, tienes la mirada hecha a las extensas llanuras de Castilla y a los sky line de ciudades como Madrid, por no hablar de algunas de mis querencias casi maniáticas, los polígonos industriales que crecen a su alrededor o los barrios periféricos de las grandes ciudades, acceder a ese mundo de color verde y de humedades y de soledad, un mundo en el que el ser humano percibe cuan pequeño es frente a la inmensidad de la naturaleza (por otro lado, tan frágil y vulnerable), es un auténtico regalo. Y si ese precipicio de verdes se vuelca hacia un mar limpio y agitado como el Cantábrico, de playas de arena blanca y de rocas como catedrales (visité la playa que lleva ese nombre, arriba podéis ver la fotografía de una playa limítrofe) tenemos a nuestra disposición una suerte de escenario natural para la felicidad posible. Allí, a ambas orillas del Eo, Asturias y Galicia conviven y se interrelacionan. Y allí, en un pueblo que desconocía, Tapia de Casariego, dedicamos algunas horas a conversar con Pepo Paz (acompañado de Sara y Miguel, sus sucesores en el reino de Tapia) sobre el valor del norte como lugar de destino para el verano y, de manera muy especial, sobre sus vínculos remotos con ese hermoso pueblo asturiano.
Veranos de la infancia y de la adolescencia, recuerdos de un tiempo en que llegar de Madrid a aquel lugar de la costa norte en el seiscientos familiar era echar el día, hermoso tiempo de descubrimientos y de felicidad sin límite, espacio de la imaginación y de la memoria en el que el verano es la patria de los sueños y de las horas interminables e irrepetibles, de las músicas que no se olvidan. También hablamos de libros, de novedades para el curso que empieza, de Harlodo Conti y de Sudeste, de la poesía de Handke y de las novelas que, junto a la de Conti, Bartleby prepara para el otoño: sus autores, Justo Sotelo, Lydia Davis o William Conescu. Como escribo de memoria y no quiero que ésta me traicione, ahí dejo el recuento de novedades.

Cuando dejamos Tapia y, casi al borde de la media noche, volvíamos hacia nuestro refugio más allá de Ribadeo, pensé que las horas de conversación que habíamos vivido habían sido un premio inesperado. Junto al pequeño puerto, mientras las terrazas vivían con intensidad su condición de lugar de encuentro, Pepo, E. y yo habíamos construido toda una teoría (probablemente nada original) sobre el valor que tiene, en la vida de todo ser humano, contar con raíces también en el lugar donde se viven las vacaciones. Recordé el pueblo de Soria de mi infancia, o las tardes interminables de agostos sucesivos en Los Urrutias, junto al Mar Menor, cuando vivían los padres y el mundo era inabarcable y el verano era el lugar de la magia donde todo era posible. Incluso el amor más idealizado. Hoy, cuando las grandes agencias nos venden vacaciones con bullicio, viajes a remotas playas que son, las más de las veces, islas de lujo y opulencia en medio de la más absoluta miseria, no es malo recordar que en lugares perdidos entre bosques apenas conocidos o en pueblos acostados junto al mar, en los que, pese a ciertos desmanes urbanísticos, todavía se respira la paz de los pueblos de pescadores, el verano puede ser sinónimo de felicidad. O de algo muy parecido a ella.

Blas de Otero

Parece que la inquietud que mostraba en mi artículo por el hecho inexplicable de que treinta años después de la muerte del poeta careciéramos de noticias sobre la publicación del libro que, según informaciones solventes, comenzando por las ofrecidas por Sabina de la Cruz, su viuda, dejó a su muerte, va a ser conjurada en un plazo relativamente breve. Una poeta amiga, muy próxima como docente a Sabina, me llamó por teléfono (de hecho, fue quien me comunicó que había aparecido mi artículo en Babelia, yo desconocía en qué fecha sería publicado) para decirme que en breve saldrían los inéditos de Blas. Y añadió: "saldrán con la poesía completa. Y son muchos los textos inéditos, comenzando por su libro La Galerna y Hojas de Madrid". Aunque el treinta aniversario de su muerte ha pasado inadvertido, hay que decir que si la novedad que me anunció mi amiga poeta es real, estaremos ante la mejor conmemoración posible. Hoy, cuando poetas que apenas han pasado la treintena cuentan con su poesía completa en edición casi de lujo, cuando se canonizan obras cuya relevancia es más que discutible (sobre todo porque tienen que ser sometidas a la prueba del tiempo), el hecho de que no contemos, en los escaparates de las librerías y en las bibliotecas, con la obra completa de Blas de Otero, es un delito de lesa literatura. No sólo porque fue un poeta comprometido con su tiempo e implicado, hasta límites hoy incomprensibles para la mayoría del establishment poético, con las luchas de los humillados y ofendidos, sino porque fue un poeta intenso, de un altísimo nivel lírico, que supo afrontar el lenguaje como descubrimiento y revelación y no como proclama (aunque no faltaran, en ocasiones, las proclamas). Sus sonetos, sus poemas dedicados a los hombres y tierras de España, sus reflexiones a través del poema sobre la realidad, colectiva e íntima, que vivía en un país sometido, su canto al amor y a la felicidad difícil, nos mostraron que se podía ser devoto de la mística de Juan de la Cruz y admirador de Maiakovski o de Aragon. Blas podía escribir, con decisión y sensibilidad a la vez un canto colectivo como "Si he perdido la vida, el tiempo, todo / lo que tiré como un anillo al agua. / Si he perdido la voz en la maleza, / me queda la palabra", y podía escribir con ternura y sensualidad "Besas como si fueses a comerme", primer verso de un extraordinario soneto de amor.

Con Pepe Hierro, con José Luis Hidalgo (un olvidado a reivindicar) y con Gabriel Celaya formó parte de un antología que fue libro de cabecera de mi generación: Cuatro poetas de hoy, de la mítica colección de bolsillo de Taurus. Yo era muy joven, casi acababa de abandonar la adolescencia cuando, de lejos, muy de lejos, lo conocí: lo vi en algunas tribunas de barrio, o en la Casa de Campo en un Primero de Mayo memorable por ser el primero tras la Constitución y, sobre todo, lo escuché en la voz de cantautores que fueron referencia y guía durante un tiempo históricamente decisivo, comenzando por Paco Ibáñez o Luis Pastor.

Pero hay algo más en este homenaje, algo muy íntimo y personal: Blas murió cuatro días después de que muriera mi padre. Recuerdo que mis visitas al cementerio civil a dejar flores en la tumba del padre con el que nada pude hablar de poesía (sabía de maderas y de humillaciones y de carencias, poco de literatura) tenían como colofón obligado mi presencia, durante unos minutos, ante la tumba de Blas. Por eso, el pasado 29 de junio, los treinta años de ausencia de Blas de Otero fueron para mí, también, los treinta años de ausencia de mi padre.

4 comentarios:

Pepo Paz Saz dijo...

Gracias, Manolo. Para mí también fue un placer recibiros en Tapia y compartir un rato de conversación. También el encuentro nocturno en Ribadeo alrededor de aquel tonel y del buen pulpo a feira con cachelos. No puedo encontrar mejor resumen de lo que supone nuestro engarce con ese rincón del occidente astur que la imagen que vísteis de mis dos hijos pedaleando por la calle, entre la gente, sin ningún miedo. Eso, en buena medida, es lo que disfrutamos nosotros en su día y es uno de los mejores regalos que puedo darles. Por eso estas dos quincenas de nuestro "año cero" son tan significativas para mí. El Norte verde tiene muchas cosas para elogiar pese a los desmanes urbanísticos que ha sufrido en los últimos años. No me voy a alargar ahora pero te dejo el enlace con un texto que me pidieron hace dos años en Tapia, para la revista que editan con motivo de las celebraciones de la fiesta del Carmen. Creo que resume mejor que cualquier otras palabras mi vinculacíón con el pueblo y sus gentes:

http://pepopazsaz.blogspot.com/2007/07/serie-del-sesenta-y-cinco.html

colorprimario dijo...

Hola... He llegado aquí casi por casualidad. Leí "De viejas estaciones invernales" no sé si también por caprichos del azar... un día cayó en mis manos mientras me entretenía en una librería y lo cierto es que la impresión que me causó fue bastante sólida. Un libro hermoso, sin duda. Me gustó la forma de rebuscar entre lo esencial el sentimiento más lúcido de la experiencia. También la forma de hacer poesía social sin descuidar en nada los elementos formales del verso. En fin... que un placer poder dejar aquí un comentario que ud. posiblemente leerá. Lo más probable es que no nos conozcamos nunca, pero me alegra poder poner un pie en este, su rincón privado abierto al mundo, para poder felicitarle por sus letras.

Supongo, Manuel, que estará cansado de que le pidan opiniones escritores primerizos. No sé qué suele hacer en esos casos, pero antes de despedirme quería invitarle a pasar por mi blog de poesía y pintura, y dejar un comentario si le apetece.

Espero no estar poniéndole en un aprieto... Si es así, le pido que me perdone y que olvide lo del comentario a menos que lo considere necesario.

Pues eso, maestro. Que un abrazo.

Y salud.
D.

Manuel Rico dijo...

No, no estoy cansado, "Colorprimario", de escritores primerizos. Todos fuimos primerizos alguna vez y si quienes tenemos una trayectoria más o menos consolidada nos hacemos los suecos ante ellos, la literatura, la poesía especialmente, carecerían de sentido.
Leeré tu blog, me gustaría que si alguna vez te acercas de nuevo a "Al margen" me tutearas y espero que algún día podemaos conocernos. Muchas gracias por la opinión que te sugirió la lectura de "De viejas estaciones...".
Un gran abrazo.

colorprimario dijo...

Vaya... Entre unas cosas y otras se me olvidó presentarme. Mi nombre es Diego, Diego Mille Notario. Y si me lo pides tan amablemente, te tutearé a partir de ahora. Con mucho gusto.

Ya que no te importa echarle un vistazo a lo que escribo, casi me veo en la obligación de decirte que de los textos que tengo puestos en el blog, los hay que apenas están corregidos. Te lo comento porque, por lo que he visto, creo que eres escritor que perfecciona lentamente sus poemas, lo cual, creéme, admiro profundamente. Pero mucho me temo que yo busco o me dejo fascinar más por la inmediatez, lo cual tal vez sea un problema muy de nuestros días. Para que no pienses que no me lo tomo en serio (algún día me gustaría dedicarme sólo a escribir, aunque no sé si tal cosa será posible), te aclaro que algunos de los poemas que he seleccionado para un primer libro, que tal vez se publique pronto, están más trabajados que lo que suelo colgar por mi espacio.

Y puede que de todo esto te hubieras dado cuenta igualmente, pero a veces me veo muy torpe para este oficio y entonces me da por apelar a la santa indulgencia de mis lectores. En fin... Supongo que son cosas de novato, ya el tiempo lo dirá.

Pues eso. Otro gran abrazo para ti, Manuel. Y a seguir bien.

D.